Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

  • Una escena cinematográfica melancólica y ligeramente surrealista al anochecer en una cocina tradicional mexicana. En el centro, una mesa de madera sencilla sostiene una cafetera fría y tazas vacías. A través de una puerta abierta, vemos a una mujer de espaldas, alejándose hacia una calle brumosa y etérea, llevando una bolsa de tela floral. La calle parece disolverse en estrellas y un horizonte oceánico lejano, mezclando las diferentes versiones de su desaparición (sacrificio, misterio, escape). Dentro de la casa, se ve a un hombre en las sombras, trenzando el cabello de una niña con enfoque y ternura. La iluminación es suave y cálida por dentro, pero fresca y misteriosa por fuera. Estilo cinematográfico de los años 2000 con tonos ocres y azules.

    Un cuento conmovedor e irónico sobre la ausencia materna: cuando una madre sale por pan y nunca vuelve, la familia construye mitos para sobrevivir, hasta que la realidad revela una verdad inesperada.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    En el barrio de San José, las ausencias tienen género masculino. Todos conocemos la historia del padre que salió por cigarros y terminó en Chicago, o del que se fue a la cantina y se quedó a vivir en el fondo de una botella. Pero lo de mi casa fue distinto, una anomalía que rompió la lógica del vecindario y nos dejó suspendidos en un asombro que dura ya diez años. Mi mamá dijo que iba a comprar pan y nunca volvió.

    Salió un martes, a las seis de la tarde. Llevaba su bolsa de tela con flores bordadas y un billete de cincuenta pesos que mi papá le había dado para la cena. El café ya estaba puesto en la estufa, soltando ese aroma que suele prometer que todo estará bien. Pero el café se enfrió, la noche cayó sobre Tlaxcala y el pan caliente nunca llegó a la mesa.

    Mi papá, un hombre de pocas palabras y manos callosas, no se desmoronó. Al menos, no frente a nosotros. Aprendió a trenzar el cabello de mi hermana menor con una torpeza que con el tiempo se volvió delicadeza, y a remendar los uniformes escolares con puntadas gruesas pero firmes. Para él, la ausencia de mi madre no era una huida, sino un sacrificio. «Se fue para salvarnos», nos decía mientras servía la sopa. En su mente, ella había pagado una deuda antigua, un pacto invisible con sombras del pasado para que nosotros no fuéramos tocados. Su partida era, para él, el acto de amor más extremo y protector que una madre podía realizar: alejarse para que el peligro no nos encontrara.

    Dalia, mi hermana mayor, siempre fue más pragmática. Para ella, el mundo es una serie de causas y efectos sin espacio para el heroísmo trágico. Su versión era más terrenal: un accidente. Un golpe seco en la cabeza, una amnesia súbita en medio del bullicio de la ciudad, y un olvido absoluto de quién era y a dónde iba. Dalia la imaginaba viviendo una vida prestada en un pueblo lejano, trabajando en una mercería o una cocina ajena, mirando a veces el pan en una vitrina con una tristeza inexplicable, sintiendo unas ganas de llorar que no sabía de dónde venían.

    Yo, que en ese entonces vivía refugiado en las novelas de ciencia ficción que encontraba en la biblioteca pública, prefería la versión de lo imposible. Para mí, no hubo abandono ni accidente. Entre la panadería y la farmacia se había abierto un portal interdimensional, una falla en el tejido del espacio-tiempo que se la había tragado sin dejar rastro. A veces, mirando las estrellas desde el patio, me convencía de que ella era ahora una embajadora en la constelación de Orión, o que estaba atrapada en una dimensión donde el tiempo no corre y el pan nunca se pone duro. Era más fácil creer en extraterrestres que en la posibilidad de que una madre simplemente decidiera no regresar.

    Crecimos así, alimentados por mitos y por la resiliencia de un padre que se hizo cargo de todo, desafiando la «hipocresía» de los vecinos que no concebían una familia sin el ancla materna. Mi papá sacó la casa adelante, nos hizo hombres y mujeres de bien, y el nombre de mi madre se convirtió en una oración que se pronunciaba en voz baja.

    La ironía nos alcanzó el mes pasado, cuando decidimos remodelar la vieja cocina para vender la casa. Al mover el pesado aparador de madera que mi abuelo había construido, encontramos una pequeña caja metálica que mi madre guardaba celosamente. No había portales, ni deudas de sangre, ni rastros de amnesia. Dentro había un boleto de autobús a Puerto Vallarta con fecha del mismo martes que salió por el pan, y una nota breve, escrita con su caligrafía perfecta: «El pan de esta casa siempre me supo a ceniza. Me voy a buscar el sabor de la sal».

    Resultó que no era una heroína, ni una víctima, ni una viajera espacial. Era solo una mujer que, después de veinte años de servir la sopa y remendar calcetines, decidió que cincuenta pesos y una bolsa de tela eran equipo suficiente para empezar a vivir. Mi mamá dijo que iba a comprar pan y nunca volvió, y al final, el pan que se volvió eternidad no fue más que el pretexto para no morir de hambre en una vida que ya no le pertenecía.

    A veces, las historias que nos contamos para sobrevivir son más fantásticas que la realidad misma. ¿Qué versión de la ausencia te ha parecido más humana? Te invito a compartir tu reflexión sobre esos vacíos que nunca se llenan y las verdades que preferimos no ver. ¡Tu comentario le da un nuevo sentido a este relato!

  • Escribo esta crónica impulsada por la necesidad de alzar la voz y cuestionar aquello que, bajo el velo de la cultura, carece de sustancia. Me considero una voz crítica en los ámbitos que me conciernen, y en esta ocasión, mi mirada se posa sobre la revista «Piedra de Toque», dirigida por José Luis Puga.

    Hace algunos años, en mi búsqueda por difundir mis textos y dar a conocer mi obra, me acerqué a «Piedra de Toque». Con la soltura que otorga la convicción, envié un correo electrónico exponiendo mi intención. La respuesta, sin embargo, fue desalentadora: los números de la revista y sus contenidos futuros ya estaban programados con hasta seis meses de antelación, y no se aceptaban más colaboraciones. Imaginé que el contenido que yo había ojeado en ediciones anteriores era el estándar, y que mi propuesta, quizás, no encajaba en ese espacio tan exclusivo. Mi réplica fue clara: no estaba dispuesto a esperar seis meses para ser considerada. La conversación terminó allí.

    Mi conocimiento del director de esta publicación es limitado en lo personal, pero extenso en el tiempo, y su singular estilo, marcado por la pedantería y el engreimiento, es innegable. En ensayos previos sobre la cultura en Tlaxcala, señaló cómo el gobierno, en su afán de legitimación, aglutina a creadores, artistas y demás actores del ámbito. Sin embargo, esta congregación a menudo se convierte en un espacio para lo fatuo y lo hipócrita, donde solo unos pocos —o los meros aplaudidores— encuentran cabida.

    En el caso específico de «Piedra de Toque», el problema radica en la soberbia y la falsedad. Lejos de fomentar el debate o enriquecer el quehacer cultural, sus contenidos, aunque pulcros y propios de un editorialista experimentado, carecen de impacto. No sorprenden, no incitan a la reflexión crítica, ni impulsan al lector hacia posturas más progresistas o humanistas. En definitiva, la forma prevalece sobre el fondo, y en un mundo donde la autenticidad escasea, la humildad se erige como un valor fundamental. La soberbia, por el contrario, solo construye muros que aíslan y empobrecen el verdadero diálogo cultural.

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  • Crónica satírica sobre Tlaxcala en julio de 2026: gobernadora culpa a la prensa, inversión en carreteras, salas de oralidad y CECOFAM judicial.

    Por: Edgar Sánchez Quintana

    (Se enciende el letrero rojo de «AL AIRE». Suena de fondo una cumbia sonidera del Grupo Quintanna distorsionada que poco a poco se desvanece para dar paso a una voz aguardentosa y llena de sarcasmo).

    Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:

    ¡Qué tal! Bienvenidos a una emisión más de El Descorche Tlaxcalteca, el único programa donde la realidad supera a la ficción y la política local nos da más comedia que un show de stand-up mal pagado. Soy su anfitriona de cabecera, Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala, y hoy vengo con la garganta afilada y el hígado preparado para digerir las joyas informativas que nos regaló este julio de 2026 nuestra amada y siempre sorprendente Tlaxcala. Y como siempre, para hacerme segunda en esta terapia de grupo masiva, me acompañan los inigualables, los inconfundibles, los que no pagan renta en el inframundo… ¡Los Pitidos del Más Allá!

    Los Pitidos del Más Allá:

    (A coro, con voz cavernosa y tono burlón)

    ¡Auuuuch! ¡Atinaste! ¡Aquí andamos, Sofi, listos para jalarle los pies a los vivos y reírnos de sus desgracias! ¡Ea, ea, ea, el que no brinque se mosquea!

    Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:

    ¡Eso es todo, mis espectros del sabor! Pues agárrense fuerte de sus asientos, o de sus ataúdes, porque esta semana la cosa estuvo que arde. Empezamos con nuestra primera nota, directo desde el Palacio de Gobierno, donde la gobernadora Lorena Cuéllar volvió a responsabilizar a la prensa por «alimentar el miedo» y afectar la imagen de Tlaxcala al sobredimensionar hechos de inseguridad. ¡Así como lo oyen! La culpa no es de la inseguridad, sino de los que la cuentan. ¡Qué bonita es la transparencia cuando nos da con el chismógrafo!

    El Contreras:

    (En voz baja, mientras revisa su celular con desinterés)

    No, no, no. Eso no importa. Lo importante es que la gobernadora se ve muy bien en las fotos, y eso es lo que la gente quiere ver. La prensa siempre exagerando.

    Los Pitidos del Más Allá:

    (Con voz de locutor de radio antiguo)

    ¡Piiii! ¡La inseguridad es un invento de los medios, como el chupacabras! ¡Piiii! ¡Si no sale en el boletín oficial, no existe! ¡Piiii! ¡A callar a los periodistas, que no estropeen la narrativa! ¡Piiii! ¡Viva la Tlaxcala sin miedo… a la verdad!

    Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:

    ¡Ay, mi Tlaxcala mágica! Pasemos a cosas más terrenales y menos culposas, pero igual de turbias. Vámonos a las carreteras, donde se anunció una «millonaria inversión». ¡Sí, una millonaria inversión en carreteras! Pero uno sale a la calle y parece que los baches son patrimonio cultural. ¡Qué bonita es la inversión cuando se queda en el papel y no en el asfalto!

    El Contreras:

    (Con tono monocorde)

    Qué tontería. Los baches son parte de la experiencia tlaxcalteca, le dan carácter a las calles. Además, así los coches van más despacio y hay menos accidentes. Es una medida de seguridad encubierta.

    Los Pitidos del Más Allá:

    (Cantando con ritmo de cumbia)

    ¡Chiquitibun a la vin bom ba, a la vio, a la vao, a la vin bon ba, la inversión va que va! ¡El bache, el bache ra ra ra con su millonaria inversión va que va hea ¡ponle sabor! (El coro se voltea hacia la pared y muestra el trasero como símbolo de sumisión)

    Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:

    ¡A ver cuánto les dura el pavimento! Y hablando de cosas que cuestan un ojo de la cara, vámonos a la Ciudad Judicial, donde se supervisa el avance de las nuevas salas de oralidad del TSJE, con una inversión de 100 millones de pesos. ¡100 millones para que la justicia sea oral! Ojalá que con tanto dinero, la justicia no solo hable, sino que también escuche y actúe. ¡Qué bonita es la justicia cuando se viste de gala y se olvida de los expedientes!

    El Contreras:

    (Con voz de quien sabe mucho)

    Es que la oralidad es muy importante. Así se ve más moderno, más transparente. Y 100 millones no es nada para la imagen de la justicia. Además, seguro tienen muy buen café en esas salas.

    Los Pitidos del Más Allá:

    (Con voz de merolico)

    ¡Lleve su justicia oral, su sala de 100 millones, a mitad de precio, fresquecita, recién inaugurada! ¡Qué bárbaros, ni tiempo de pedir fiado les dieron! ¡A ver si los jueces los alcanzan, o si de perdis los litigantes pagan sus abonos chiquitos con lo que se ahorran en papel! ¡Qué joyita de justicia tenemos!

    Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:

    ¡Palabras sabias de los que ya no están! Y para cerrar con broche de oro esta emisión de locura: el gobierno estatal alista un nuevo Centro de Convivencia Familiar (CECOFAM) en Ciudad Judicial con «mejores espacios». ¡Sí, un CECOFAM para que las familias convivan… por orden de un juez! ¡Qué bonita es la convivencia cuando es obligatoria y bajo supervisión!

    El Contreras:

    (Cuchicheando en voz baja)

    Qué buena idea. Así las familias aprenden a llevarse bien. Y si no, pues ahí mismo en el juzgado les resuelven. Es muy práctico. Además, seguro tienen juegos de mesa.

    Los Pitidos del Más Allá:

    (Cantando con ritmo de mariachi desafinado)

    ¡Es un delito quererte, es un delito quererte, llévame al CECOFAM solo para verte! ¡Qué familia tan unida, qué amor tan judicial! ¡A ver si con tanto espacio, no se les olvida por qué se pelearon! ¡Buhhhhh!

    Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:

    Y con esta reflexión tan profunda, llegamos al final de nuestro Descorche Tlaxcalteca número 8. Gracias por sintonizarnos, por aguantar la bilis y por reírse con nosotros de esta tragicomedia llamada realidad. Soy Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala, y me despido no sin antes recordarles: si la vida les da limones, hagan limonada; pero si les da gobernadores que culpan a la prensa, carreteras con baches millonarios, justicia oral de 100 millones y convivencia familiar judicial… ¡pues mejor destapen una botella y sírvanse un trago doble! ¡Nos escuchamos en la próxima!

    Los Pitidos del Más Allá:

    (Desvaneciéndose lentamente)

    ¡Adiós, mortales! ¡Pórtense mal y cuídense bien! ¡Y no olviden dejar un pan de muerto en la ofrenda! ¡Buhhhhh!

    (La cumbia sonidera del Grupo Quintanna suena, vuelve a subir de volumen y el letrero de «AL AIRE» se apaga).

  • Una escena cinematográfica surrealista y sarcástica ambientada en un reino fantástico de colores pastel. En primer plano, un majestuoso pavo real con plumaje iridiscente pero una grotesca cola de mandril (parcialmente oculta) se yergue orgulloso, representando la hipocresía. Cerca de él, elegantes figuras victorianas visten ropas opulentas, pero un lado de sus cuerpos es visiblemente deforme y descolorido, simbolizando el racismo. Un grupo de personajes con cara de mono, gestos exagerados y el dedo meñique constantemente levantado (representando el clasismo) conversan pomposamente. En el centro, un "Hombre Normal" con atuendo sencillo observa con una expresión desconcertada pero perspicaz, contrastando con la artificialidad de los demás. El estilo mezcla el surrealismo de Dalí y el País de las Maravillas de Carroll, con un toque de humor negro y sátira social.

    Un cuento surrealista y sarcástico que disecciona el clasismo, el racismo y la hipocresía en un mundo irreal, inspirado en la realidad política de Tlaxcala. Una fábula crítica sobre las fachadas del poder.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    En el corazón de un mundo irreal, donde los cielos se teñían de un perpetuo crepúsculo pastel y las edificaciones se alzaban con una grandiosidad que rozaba lo absurdo, existía un reino. Un reino que se autoproclamaba de «orden y respeto», donde la frase «La ley es la ley» resonaba en cada esquina, pronunciada con una solemnidad que ahogaba cualquier atisbo de cuestionamiento. Todo en la superficie parecía perfecto, inmaculado, pero una extraña quietud, una artificialidad palpable, flotaba en el aire como un perfume rancio.

    Los habitantes de este peculiar lugar eran criaturas tan singulares como el propio paisaje. Los más prominentes eran, sin duda, los Pavos Mandril. Seres de plumajes iridiscentes, que deslumbraban con sus colores vibrantes y su andar pomposo. Sin embargo, bajo la opulencia de sus colas, se ocultaba una grotesca cola de mandril, que disimulaban con movimientos calculados y una destreza aprendida. Eran los «gobernantes» del reino, y sus discursos, llenos de grandilocuencia vacía, se esparcían por las plazas, prometiendo un bienestar que nunca llegaba. Su existencia era la encarnación de la hipocresía, una belleza superficial que escondía una verdad incómoda.

    Junto a ellos, se movían los Bífidos Victorianos, criaturas de apariencia elegante, ataviadas con fastuosos trajes de época que evocaban un refinamiento exquisito. La mitad de su cuerpo era de una belleza clásica, esculpida con la perfección de un mármol antiguo; la otra mitad, sin embargo, estaba deforme y descolorida, una anomalía que sus ropajes cubrían con celo. Eran los «racistas» del reino, quienes juzgaban a los demás por la pureza de su linaje y la armonía de sus formas, ignorando la contradicción andante que ellos mismos representaban. Sus susurros despectivos sobre los «impuros» y los «diferentes» eran tan constantes como el tic-tac de un reloj antiguo.

    Finalmente, estaban los Monos Meñique Alzado, seres con rostros simiescos, cuya obsesión por la «clase» era casi patológica. Hablaban con una «prominencia» exagerada, un acento forzado que creían distinguido, y gesticulaban constantemente con una mano levantada y el dedo meñique erguido, como si cada gesto fuera una declaración de superioridad. Eran los «clasistas», que despreciaban a quienes no cumplían sus estándares artificiales de etiqueta y riqueza. Su vida era una constante representación, un intento desesperado por diferenciarse de aquellos a quienes consideraban inferiores.

    Un día, en medio de esta aparente armonía, un discreto portal se abrió en el centro de la plaza principal. De él emergió un ser extraño, un anacronismo en ese mundo de artificio: el Hombre Normal. Vestía ropas sencillas, hablaba con una franqueza desarmante y, para horror de los habitantes, no entendía las complejas reglas no escritas del lugar. Su naturalidad era una afrenta a la artificialidad reinante. No alzaba el meñique, no ocultaba nada, y sus palabras, desprovistas de grandilocuencia, tenían un peso que las de los Pavos Mandril carecían.

    Los habitantes del reino lo observaron con una mezcla de asombro y desconcierto. El Hombre Normal, ajeno a las miradas, comenzó a señalar las contradicciones más evidentes: la cola de mandril de los Pavos, la mitad deforme de los Bífidos, la vacuidad de los discursos de los Monos Meñique Alzado. Lo hacía con una lógica simple, casi infantil, pero devastadora para la estructura del reino. «¿Por qué esconden esa cola tan peculiar?», preguntó a un Pavo Mandril, que se sonrojó bajo sus plumas. «¿No es extraño que juzguen la belleza cuando ustedes mismos son una contradicción?», inquirió a un Bifido, que se encogió bajo su fastuoso vestido. Sus preguntas eran como pequeñas agujas que pinchaban la burbuja del autoengaño.

    El Consejo de los Pavos Mandril se reunió en secreto, sus voces resonando en la sala de mármol. «Es un revoltoso», graznó uno. «Un pensador que amenaza nuestro orden natural», añadió otro. Las verdades del Hombre Normal, aunque obvias, eran peligrosas porque exponían la hipocresía que sostenía el sistema. Los Monos Meñique Alzado intentaron ridiculizarlo, acusándolo de «vulgar» y «sin clase». Los Bífidos Victorianos lo marginaron, susurrando sobre su «extraña» procedencia y su «falta de refinamiento». Incluso los Pavos Mandril intentaron cooptarlo, ofreciéndole un puesto en el gobierno, una cola de mandril honoraria, para que se «adaptara» y guardara silencio. Pero el Hombre Normal se negó. Su única arma era la verdad y la lógica, que contrastaban brutalmente con la retórica vacía del reino.

    El clímax llegó durante el Gran Anuncio. Los Pavos Mandril habían organizado un evento fastuoso, una «presentación» de algo grandioso, quizás un nuevo decreto que prometía la felicidad eterna, o la «autobiografía» de uno de ellos, un tomo lleno de autoelogios y falsedades. Era un evento exclusivo, solo para invitados, en un sitio apartado y ostentoso de la universidad. El Hombre Normal, sin invitación, logró colarse. En el momento cumbre del anuncio, cuando el Pavo Mandril principal, con su plumaje más brillante y su cola cuidadosamente oculta, se disponía a pronunciar la frase final, la voz del Hombre Normal se alzó. No fue un grito, sino una pregunta simple, pero que desnudó la farsa: «¿Por qué insisten en que la ley es la ley, cuando la ley que ustedes imponen es la que les permite ocultar sus propias colas de mandril?».

    Por un instante, el reino se sumió en un silencio sepulcral, seguido de un caos indescriptible. Las máscaras se resquebrajaron. Los Monos Meñique Alzado tartamudearon, sus dedos meñiques temblaban. Los Bífidos se cubrieron con más fuerza, sus mitades deformes parecieron palpitar bajo la tela. Los Pavos Mandril, con el rostro descompuesto, intentaron recuperar la compostura, pero el daño ya estaba hecho. El Hombre Normal fue expulsado, declarado persona non grata, y el «orden» se restableció rápidamente. Sin embargo, algo había cambiado. Una semilla de duda había sido plantada.

    Aunque el reino intentó borrar su paso, las palabras del Hombre Normal resonaron en los rincones más olvidados. Algunos habitantes, los más oprimidos o los menos ciegos, comenzaron a ver las colas de mandril, las mitades deformes, la falsedad de los meñiques alzados. La «normalidad» de la hipocresía ya no era tan fácil de mantener. El Hombre Normal, aunque ausente, había dejado una huella imborrable en el «País de las Maravillas Invertidas». La lucha por la conciencia había comenzado, y el eco de la verdad, una vez liberado, es imposible de silenciar por completo. El reino, aunque se aferrara a sus viejas costumbres, ya no sería el mismo.

  • Una imagen impactante que representa la arquitectura invisible del poder en México y Tlaxcala. Un edificio de estilo colonial, con la fachada de "Ley, Orden, Progreso, Igualdad, Democracia, Justicia, Libertad", es manipulado por manos gigantes desde arriba, como marionetas. Debajo de la fachada, se revelan mecanismos ocultos y opresivos: engranajes, cadenas y figuras racializadas en posiciones de servidumbre, mientras hombres de traje observan desde oficinas. La escena evoca una tensión subyacente y la desigualdad estructural, con una paleta de colores apagados y contrastes de luz y sombra que resaltan lo oculto.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    En el discurso público contemporáneo, la lucha contra la corrupción y la defensa de la democracia suelen presentarse como los pilares fundamentales de la acción política. Sin embargo, esta aparente batalla por la probidad y la participación ciudadana a menudo vela una contienda más profunda y estructural: la lucha de clases y la perpetuación de privilegios a través de mecanismos ideológicos arraigados. Este ensayo propone que el clasismo y el racismo no son meros prejuicios individuales o actitudes aisladas, sino construcciones ideológicas históricamente abrazadas por las castas gobernantes en Tlaxcala y México. Su función primordial ha sido naturalizar la desigualdad, justificar sus privilegios y mantener una hegemonía que se disfraza de orden natural, utilizando la hipocresía como una herramienta esencial de disimulo. A pesar de los discursos progresistas y las promesas de equidad, estas problemáticas persisten, configurando una arquitectura invisible del poder que determina la vida política y social de la nación y, de manera particular, del estado de Tlaxcala.

    I. Conceptualización del Clasismo y el Racismo como Instrumentos de Poder

    Para comprender la profundidad de estas dinámicas, es crucial trascender las definiciones superficiales y adentrarnos en su conceptualización como instrumentos de poder. El clasismo, más allá de la simple discriminación por clase social, se erige como un sistema de creencias y prácticas que legitima la jerarquía social y la explotación económica. En la visión de Pierre Bourdieu, el clasismo se manifiesta a través del habitus, un sistema de disposiciones duraderas que genera prácticas y percepciones, y la distinción, que opera como una forma de violencia simbólica al imponer una jerarquía de gustos y estilos de vida que refuerzan las divisiones sociales . Así, la clase dominante no solo posee capital económico, sino también capital cultural y social que le permite ejercer una dominación sutil pero efectiva. Karl Marx, por su parte, ya señalaba que la ideología dominante en cualquier sociedad es la ideología de la clase dominante, utilizada para justificar y perpetuar su posición privilegiada frente a la lucha de clases .

    De manera análoga, el racismo no es únicamente un prejuicio racial; es un sistema de opresión que asigna valor diferencial a grupos humanos basándose en características fenotípicas o culturales, justificando la dominación y la exclusión. Frantz Fanon analizó magistralmente la psicopatología del colonialismo y la alienación que el racismo produce en el colonizado, mostrando cómo la construcción social de la raza es un mecanismo para deshumanizar y someter . En este contexto, la hipocresía se convierte en un velo indispensable. La negación o el disimulo de estas prácticas clasistas y racistas permiten mantener la fachada de una sociedad justa, meritocrática e igualitaria, mientras que, en la sombra, los mecanismos de opresión continúan operando con impunidad. Esta doble moral es fundamental para la estabilidad del sistema, ya que evita la confrontación directa y la deslegitimación de las estructuras de poder.

    II. El Entramado Ideológico: Naturalización de la Desigualdad

    La persistencia del clasismo y el racismo como pilares del poder se explica a través de la construcción de un complejo entramado ideológico que logra naturalizar la desigualdad. Antonio Gramsci introdujo el concepto de hegemonía cultural, explicando cómo la clase dominante no solo ejerce el poder a través de la coerción, sino también mediante el consenso. Logra que sus valores, sus normas y su visión del mundo sean aceptados como «sentido común» por las clases subalternas, haciendo que la desigualdad parezca no solo inevitable, sino incluso justa y natural . Este proceso implica la construcción del «otro», donde las «masas» o las «mayorías» son representadas como ignorantes, incapaces, perezosas o moralmente inferiores. Estas narrativas deshumanizantes justifican su exclusión del poder, de los recursos y de las oportunidades, y legitiman la concentración de la riqueza y la toma de decisiones en manos de una élite.

    Los mecanismos de reproducción de estas ideologías son múltiples y pervasivos. La educación, lejos de ser un espacio de emancipación, a menudo funciona como un aparato ideológico que reproduce las estructuras de clase y raciales, transmitiendo los valores y conocimientos considerados legítimos por la élite. Los medios de comunicación, por su parte, refuerzan estereotipos y narrativas que perpetúan la desigualdad, mientras que las instituciones políticas y culturales, aunque formalmente democráticas, pueden operar como vehículos para la internalización de estas ideologías, consolidando un statu quo que beneficia a unos pocos. La internalización de estas ideas por parte de las propias clases oprimidas es una de las mayores victorias de la hegemonía, ya que desactiva la posibilidad de una conciencia crítica y una acción colectiva transformadora.

    III. Tlaxcala: Un Caso de Estudio en la Perpetuación de Privilegios

    El estado de Tlaxcala, con su rica historia y su compleja composición social, ofrece un caso de estudio paradigmático para observar la perpetuación de privilegios a través del clasismo, el racismo y la hipocresía. Desde la herencia colonial, donde la división de castas y la jerarquía racial fueron impuestas, hasta los cacicazgos postrevolucionarios y las estructuras agrarias que concentraron la tierra y el poder en pocas manos, Tlaxcala ha sido un escenario donde las élites locales han utilizado y adaptado estos mecanismos. Las castas gobernantes tlaxcaltecas, a lo largo de la historia, han empleado el clasismo y el racismo, a veces de forma explícita y otras de manera implícita, para consolidar y defender sus posiciones de poder y riqueza. Esto se ha manifestado en la distribución de la tierra, el acceso a la educación, la participación política y la representación cultural, donde ciertos grupos han sido sistemáticamente marginados y desvalorizados.

    Las manifestaciones contemporáneas de estas ideologías son sutiles pero persistentes. Más allá de la «corrupción» superficial que a menudo acapara los titulares, el clasismo y el racismo se observan en la falta de oportunidades para las comunidades indígenas, en la precarización laboral de los sectores más vulnerables, en la invisibilización de ciertas expresiones culturales y en la perpetuación de redes clientelares que benefician a los mismos de siempre. La hipocresía se manifiesta en discursos de inclusión que no se traducen en políticas públicas efectivas, o en la celebración de una identidad tlaxcalteca que ignora las profundas divisiones internas y las desigualdades estructurales. La lucha por la «democracia» o contra la «corrupción» se vuelve insuficiente si no se aborda la raíz de estas problemáticas, que residen en la naturalización de la desigualdad a través de estas ideologías de dominación.

    IV. La Lucha Social: Más Allá de la Corrupción y la Democracia Formal

    Si la corrupción y la democracia formal son a menudo síntomas, no la raíz del problema, entonces el verdadero conflicto se sitúa en la dicotomía entre «los que tienen y los que no». La lucha social, para ser efectiva, debe trascender la superficie y enfocarse en desmantelar el entramado ideológico que sostiene la desigualdad. La ignorancia y la falta de alternativas juegan un papel crucial en la perpetuación de este ciclo de dominación. Cuando las masas carecen de conocimiento crítico y de ideologías emancipadoras, se vuelven más susceptibles a aceptar el «sentido común» impuesto por la clase dominante. La ausencia de narrativas alternativas y de herramientas conceptuales para analizar su propia opresión, lleva a la aceptación de un «estado de cosas» que se presenta como inmutable y natural. Esto se traduce en una forma de entender cómo debe ser el estado y cómo deberían comportarse los que están al servicio de la sociedad, siempre en beneficio de los intereses hegemónicos.

    Por ello, la construcción de una conciencia crítica es imperativa. Desmantelar el entramado ideológico requiere un esfuerzo sostenido en la educación popular, la organización social de base y la creación de narrativas alternativas que desafíen la hegemonía. Es necesario visibilizar la «arquitectura invisible del poder», nombrar el clasismo y el racismo no como fallas individuales, sino como sistemas de opresión. Solo así se podrá gestar una lucha social que no se quede en la superficie de los problemas, sino que apunte a la transformación estructural, promoviendo una sociedad más justa, equitativa y verdaderamente soberana.

    Conclusión:

    El clasismo, el racismo y la hipocresía no son meros vestigios del pasado, sino pilares activos de la hegemonía y la desigualdad en Tlaxcala y México. Las castas gobernantes han tejido un entramado ideológico que naturaliza la opresión, justificando sus privilegios y manteniendo a las mayorías en una posición de subordinación. La crítica a esta «arquitectura invisible del poder» nos obliga a mirar más allá de los discursos superficiales sobre la corrupción o la democracia formal, para reconocer que la verdadera lucha social se libra en el terreno de las ideas y la conciencia. La urgencia de una transformación radica en la necesidad de desmantelar este sistema, promoviendo una conciencia crítica que empodere a «los que no tienen» y les permita construir un futuro donde la justicia, la equidad y la dignidad sean los verdaderos cimientos de la sociedad. Solo así podremos aspirar a una Tlaxcala y un México donde la hipocresía del poder sea finalmente desenmascarada y la soberanía del pueblo, en su sentido más amplio, sea una realidad palpable.

    Referencias:

    [1] Bourdieu, Pierre. La distinción: Criterios y bases sociales del gusto. Taurus, 1988.

    [2] Marx, Karl. El Capital, Vol. I. Fondo de Cultura Económica, 1946.

    [3] Fanon, Frantz. Piel negra, máscaras blancas. Akal, 2009.

    [4] Gramsci, Antonio. Cuadernos de la cárcel. Ediciones Era, 1981.

  • Por Edgar Sánchez Quintana

    El telón se levanta, no sobre un escenario pulcro y enigmático, sino sobre un caos revelador. Un sueño, vívido y perturbador, me transportó a un espacio teatral donde la maquinaria, la utilería y los enseres, usualmente ocultos tras bambalinas, se exhibían a la vista del espectador. Era un teatro donde las fronteras entre la realidad y la ficción se disolvían, donde el público, o al menos yo, se sentía intrínsecamente involucrado en la obra. Este sueño, más allá de su naturaleza onírica, se erige como una poderosa metáfora y un punto de partida para reflexionar sobre el futuro del teatro: una propuesta de un arte escénico renovado que, a través de la transparencia, la tecnología (especialmente la Inteligencia Artificial) y la integración de enfoques terapéuticos como la psicomagia de Jodorowsky y las constelaciones familiares de Hellinger, busca la purificación del alma y la disolución de las separaciones impuestas por un teatro contemporáneo a menudo prostituido por el capitalismo. Un teatro, en esencia, anclado en un Humanismo Mexicano y la Soberanía del ser, que desafía la crisis actual y propone una nueva dirección.

    I. La Crítica al Teatro Actual: El Chaleco de Fuerzas del Capitalismo

    El teatro, en su esencia más pura, ha sido históricamente un espejo de la sociedad, un espacio para la reflexión y la catarsis colectiva. Sin embargo, en la era contemporánea, parece haberse enfundado en un «chaleco de fuerzas» impuesto por las lógicas del mercado. La obra, para ser puesta en escena, debe ser rentable, diseñada para un público masivo, perdiendo así su capacidad de interpelación profunda y transformadora. Esta mercantilización ha llevado a una hipocresía de la «belleza» escénica, donde todo aquello que no es estéticamente agradable o funcional para la narrativa comercial es ocultado. Los cabrestantes, los amarres, las lonas, la utilería desgastada; todo aquello que revela la construcción y el artificio del teatro, se mantiene lejos de la vista, relegado a los sótanos. Esta ocultación no es meramente una cuestión de estética; es un paralelismo con la psique humana y social. Así como el teatro esconde sus entrañas, la sociedad y el individuo reprimen sus «basuras mentales», sus conflictos no resueltos, sus verdades incómodas. Se nos enseña a mostrar solo lo bello, lo pulcro, lo aceptable, ignorando que la verdadera catarsis a menudo emerge de la confrontación con lo oculto, lo caótico, lo «feo». Esta negación de la totalidad es, en sí misma, una forma de violencia y una barrera para la auténtica purificación del alma.

    II. Pioneros de la Ruptura y la Catarsis

    La historia del teatro, sin embargo, nos ofrece luminarias que desafiaron estas convenciones y buscaron nuevas formas de interacción con el espectador. Bertolt Brecht, con su concepto de «distanciamiento» (Verfremdungseffekt), buscó romper la ilusión teatral para que el público no se identificara pasivamente con los personajes, sino que reflexionara críticamente sobre las situaciones presentadas. Esta técnica, que expone el artificio de la representación, encuentra una resonancia sorprendente con la transparencia del teatro de mi sueño, donde la maquinaria visible invita a una conciencia activa del proceso creativo. De manera similar, Samuel Beckett, en obras como «Esperando a Godot», sumergió al espectador en la desolación y el absurdo de la condición humana, forzándolo a confrontar la realidad sin adornos ni escapismos. Ambos, a su manera, buscaban una catarsis como objetivo, no a través de la identificación emocional tradicional, sino mediante la provocación intelectual y la confrontación existencial. El teatro, en sus manos, se reafirmaba como un espacio de purificación emocional, donde el movimiento exterior de la obra forzaba un movimiento interior en el espectador, liberando tensiones y abriendo nuevas perspectivas.

    III. Hacia un Teatro Transparente y Digital: La Propuesta del Sueño

    El sueño me reveló un camino audaz para el teatro del futuro: un espacio donde la escenografía revelada se convierte en un acto de honestidad radical. La visibilidad de la maquinaria y la utilería no es un descuido, sino una declaración de principios, una ruptura con la hipocresía de lo oculto. Es un teatro que no teme mostrar sus entrañas, que celebra el proceso tanto como el resultado. A esto se suma la integración digital (IA), donde una pantalla expande el escenario a una «realidad de caricatura», y los personajes pueden atravesar del espacio digital al físico con una sincronía asombrosa. La Inteligencia Artificial, en este contexto, no es un mero adorno tecnológico, sino un catalizador de nuevas experiencias inmersivas, capaz de disolver las fronteras entre lo real y lo imaginario, entre el actor y el avatar. El espectador como participante deja de ser una figura pasiva; la experiencia del sueño, donde me sentía involucrado en la obra, sugiere un teatro que rompe la cuarta pared de manera radical, invitando a una interacción profunda y personalizada. Este teatro, lejos de alienar, busca integrar al individuo en la narrativa, haciendo de la experiencia un acto co-creativo.

    IV. El Teatro como Terapia y Transformación: Jodorowsky, Hellinger y el Humanismo Mexicano

    La búsqueda de un teatro que purifique el alma nos lleva a explorar caminos que trascienden la mera representación artística. Alejandro Jodorowsky, con su concepto de la psicomagia, nos mostró el teatro como un acto terapéutico, donde la representación simbólica de conflictos internos puede conducir a la sanación. El teatro, en esta visión, se convierte en un ritual de liberación, una vía para confrontar y transformar las heridas del inconsciente. De manera complementaria, Bert Hellinger y sus constelaciones familiares ofrecen una metodología para representar dinámicas ocultas en los sistemas familiares, liberando cargas ancestrales y promoviendo la reconciliación. La combinación de estas metodologías con la IA abre un campo de posibilidades inmenso. La inteligencia artificial podría crear plataformas interactivas que «fuerzan a realizar acciones que en la vida real son imposibles», permitiendo al individuo explorar escenarios alternativos, confrontar miedos o sanar traumas a través de simulaciones inmersivas y personalizadas. Esta fusión de arte, terapia y tecnología eleva la catarsis a un nuevo nivel, transformando el teatro en un laboratorio de autoconocimiento y sanación. En este contexto, el Humanismo Mexicano y la Soberanía adquieren una relevancia fundamental. Un teatro que rescate la dignidad del individuo, promueva la autoconciencia y la liberación, y celebre la Soberanía cultural y existencial frente a la homogeneización capitalista, es un teatro que refleja y fortalece la identidad y los valores de nuestro humanismo. Es un arte que no solo entretiene, sino que empodera, que nos recuerda nuestra capacidad de agencia y transformación.

    Conclusión:

    El teatro del futuro, vislumbrado en un sueño caótico y transparente, se presenta como una respuesta urgente a la crisis de un arte escénico a menudo despojado de su poder transformador. La crítica al teatro capitalista, que oculta sus artificios y prostituye su esencia, nos impulsa a buscar nuevas vías. La herencia de pioneros como Brecht y Beckett nos recuerda la capacidad del teatro para la reflexión crítica y la catarsis. Sin embargo, es en la audaz integración de la transparencia escénica, la tecnología digital (IA) y las metodologías terapéuticas de Jodorowsky y Hellinger donde emerge una visión verdaderamente revolucionaria. Un teatro que no solo entretiene, sino que transforma, sana y empodera al individuo, disolviendo las separaciones entre el arte y la vida, entre el yo y el otro, entre lo real y lo imaginario. Es una invitación a repensar el papel del teatro en la sociedad contemporánea, a explorar estas nuevas vías para su revitalización y a construir un espacio donde la Soberanía del espíritu humano y el Humanismo Mexicano encuentren su más profunda expresión en el escenario de la existencia.

  • Retrato hiperrealista y digno de una mujer indígena de unos 70 años, con el rostro marcado por la vida pero con una expresión serena y resiliente. Está sentada en una manta gastada en una acera de la ciudad, rodeada de manojos de hierbas medicinales frescas (estafiate, epazote, ruda, romero). Sus manos, nudosas pero delicadas, están arreglando las hierbas. La iluminación es suave y cálida, resaltando las texturas de su piel y los colores vibrantes de las plantas. El fondo urbano difuminado sugiere su vida en la calle, pero el enfoque está en ella y su conexión con la tierra y sus remedios. La atmósfera general es de fuerza tranquila, sabiduría y resistencia.

    Una crónica conmovedora sobre la vida de una mujer en situación de calle en Tlaxcala, su sabiduría en hierbas medicinales y su inquebrantable resiliencia frente a un pasado de abandono y abuso.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    La voz de la mujer era un río seco, pero sus palabras, como piedras afiladas, tallaban la memoria. Setenta años de vida, la mayoría de ellos en el asfalto, y una historia que se negaba a ser borrada por el olvido o la caridad. No era una historia de victimismo, sino de una entereza forjada en el fuego de la traición y el frío de la indiferencia.

    —Mi madre nunca me quiso —comenzó, con una calma que helaba la sangre—. Y yo siempre la odié por lo que me hizo. No sé si ya se murió, no me importa. Y si ya está muerta, me gustaría que esté pagando en el infierno, quemándose en la lumbre eterna. Porque yo no la voy a perdonar.

    El sacerdote, con sus sermones de perdón, no conocía el rencor que habitaba en su corazón, una herida que no se quitaba con nada, ni con la hierba más amarga. De niña, solo quería un poco de cariño, un poquito, pero solo recibía regaños y trabajos. Mientras a sus hermanos les tocaba la carne del pollo, a ella solo el caldo aguado y las tortillas duras, que remojaba con resignación.

    Pero el verdadero infierno comenzó cuando su madre la obligaba a dormir entre ella y su «querido». Las manos cochinas de aquel hombre, el amante que ponía para el pollo y la comida, se paseaban por su cuerpo mientras su madre, sabiendo, callaba. Y luego, los campos de labor, a los siete u ocho años, llevando la comida bajo el sol, mientras el mismo hombre la correteaba por los surcos, ofreciéndole regalos si se sentaba en sus piernas. Su madre lo sabía, lo hacía a propósito, como si el odio fuera una herencia que se descarga en los hijos.

    —Ella siempre me decía que yo había nacido para ser puta y que de puta me iba a morir —recordó, con una punzada de dolor que aún no cicatrizaba. En México, a donde la llevaron «prácticamente vendida», la acostaron con muchos hombres. El asco, la incomprensión de por qué su madre la había llevado a esos lugares tan cochinos, se anidó en su alma.

    Ahora, a sus setenta años, vive en la calle, vendiendo hierbas para curar. La gente le regala ropa y comida, y ella, con una fe inquebrantable, afirma que «Dios nuestro Señor siempre me cuida y me bendice». Su familia, la que su madre dejó con «un terrenito o un cuarto de la casa», la desconoce, finge no saber quién es. Pero a ella no le importa. No quiere nada de ellos, ni siquiera el saludo. El cuerpo, acostumbrado a comer sobras o a no comer, le ha enseñado a sobrevivir. «Cuando como mucho nomás siento como del estómago suben muy fuerte los trasudores, y luego bajan como si fuera un frío de muerte», confesó, un escalofrío que le recordaba la cercanía de la muerte.

    La muerte, que ya la había rondado una noche, dormitando en un costado de San José. Un carro se estacionó, una voz le susurró: «Ven conmigo, ya es hora». Pero ella, con el coraje escondido desde muy dentro, gritó: «¡Vete a la chingada, a mí no me vas a llevar, lárgate!». Y al abrir los ojos, no había nadie. Se fue a dormir por la Cruz Roja, y en un Oxxo, con un café, masticó una rama de estafiate amargo. Pero no le supo a amargo, sino a epazote, a hierba dulce. Como si la vida, a pesar de todo, aún le ofreciera un resquicio de dulzura.

    —Mi madre, si es que está en el infierno, que le queme la lumbre muy fuerte y que grite por muchos años de dolor, para que pague las cosas que hizo en vida —concluyó, con una sentencia que solo el tiempo y el estafiate amargo de la memoria podrían, quizás, algún día, suavizar. Pero no el perdón. No hay perdón para ella.

  • Imagen cinematográfica e hiperrealista de un enfrentamiento social en Atlangatepec, Tlaxcala. En primer plano, un grupo de comuneros, incluyendo ancianos y mujeres, se defienden con ramas y pancartas frente a una línea de policías antimotines envueltos en humo de gases lacrimógenos. Al fondo, un helicóptero sobrevuela ominosamente y nubes de tormenta con forma de tornado se ciernen sobre las montañas. La escena, con el humo de llantas quemadas, captura la tensión, la resistencia y la inminente tormenta de un conflicto social.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    —¡Ya va a llover! —dijo Joaquín, mirando el cielo que se encapotaba sobre la laguna de Atlangatepec.

    El abuelo, con la sabiduría de sus ochenta años y el cuerpo curtido por el sol y las huelgas textileras, negó con la cabeza.

    —Pues no sé, mijo, porque el viento corre de aquel cerro pa’l norte y son tiempos del este. Pero esas ramas que apenas cortamos, las ves, están verdes. No van a arder.

    —Sí arden, abuelo, pero echan mucho humo —respondió Joaquín, con una chispa de picardía en los ojos. —Es lo que queremos para que no pasen. Mira, ya hasta andan los helicópteros zumbándonos las orejas. Tráete los gallitos de llantas de tu troca, las vamos a incendiar en el camino. Mi hijo ya se comunicó con los otros vecinos de allá para que nos vengan a ayudar a contener a estos hijos de la chingada que a la fuerza se quieren meter y no nos vamos a dejar.

    La voz del abuelo se endureció, recordando viejas batallas:

    —¡Hija de su chingada madre es ella, la disque nueva historia! Nos va a chingar los terrenos con pura basura y mierda. ¡No hay que dejarnos!

    En una oficina climatizada, a kilómetros de Atlangatepec, el Licenciado hablaba por teléfono, con la voz impostada de quien maneja los hilos del poder.

    —Hablamos de la Secretaría de Gobierno. El día de hoy no van a ir los de PROFEPA, sino los topógrafos. Tenemos urgencia en ya iniciar con el marcaje y las medidas exactas para que comiencen con los planos. Luego nos encargamos con los del agua y los de…

    —Pero, Licenciado, hay gente muy revoltosa en la comunidad —interrumpió una voz al otro lado de la línea—. ¿Por qué no mejor hacen reuniones con los ejidatarios y los vecinos? Son muy labregos y broncudos. Allá hasta ven a la gente de manera recelosa.

    —No —sentenció el Licenciado—, ustedes tienen a las autoridades y la ley a su favor, así que ese puñado de insolentes no van a frenar el desarrollo de la Cuarta Transformación. Continúen como se ha convenido.

    Los topógrafos bajaron su instrumental y fingieron ser de PROFEPA para ver si los dejaban trabajar. La gente comenzó a reunirse, comunicándose por WhatsApp. Se escucharon dos cohetes, un aviso. Las ramas recién cortadas de la poda se amontonaban cerca de los autos de los fuereños.

    En la carretera, el Comandante arengaba a sus hombres:

    —¡Oficial, ya tiene todo preparado! Vamos a un mitin. Esos pinches parroquianos de Atlanga ya se pusieron pendejos. ¡Les vamos a partir su madre! Son órdenes superiores. Lleven todo su equipo antimotín y gases lacrimógenos. Nos dicen que no son más que cincuenta. Nosotros llevamos los dos turnos y otros de Apizaco que se van a sumar. Van a llevar helicóptero para que desde allí den instrucciones.

    Joaquín Carbente, el nieto, intentó detener a su abuelo:

    —Abuelo, no vaya. Esa gente de autoridad es muy culera. No vaya a ser que empiecen los arrempujones y se pueda caer. Quédese con ama.

    El viejo lo miró con la misma fiereza que en las huelgas de las textileras:

    —¡Yo voy a defender esta tierra, y tú no me vas a decir qué hacer! ¡Vete a la chingada! Pinches policías, no les tengo miedo, ni nunca les tuve miedo ni cuando fui del partido comunista o cuando nos levantamos en las huelgas de las textileras. Me canso que no me rajo, aunque me duela mi columna. Hay que hacer presencia. Ahorita nos ponen eso, después se van a meter hasta en tu casa y no lo vamos a permitir. Pásame mi bastón y un vaso de agua para que me tome el complejo “B”.

    —¡Fórmense… y hagan como que son chingones, aunque yo sé que son unos pendejos! —gritó el Comandante a sus policías—. ¡Y no vayan a perder el equipo o un escudo porque se los vamos a cobrar!

    —Pero, Comandante, todavía me están descontando del uniforme… —murmuró un oficial.

    —Pues para que aprendas a valorar. Si te lo regalan no valoras y lo descuidas. Así vas aprendiendo a cuidar las cosas para que sepan lo que cuesta. ¡Firmes! Desde este momento, orden cerrado y todos como un solo cuerpo, así como practicamos la semana pasada.

    —¡Hijos de la chingada, esos cabrones traen equipo antimotín, y nosotros nada! —gritó una mujer.

    —¡Qué importa! ¡Tenemos nuestros derechos! —respondió otro.

    —¡Chingasu la Lorena! —se escuchó.

    —¡Sí, vamos a partirles su madre! ¡El pueblo no se raja! ¡No queremos ese basural aquí! ¡Son terrenos de labor, y la presidenta municipal del pueblo ya se vendió!

    Las mantas lucían sus reclamos como voces calladas y al mismo tiempo estruendosas. Las vestimentas de los civiles eran parcas, ocres, incluso de ropa de diario, ni siquiera era ropa dominguera. En los ojos lucía un fulgor de amar la tierra que pisaban, del verde amoroso de la comarca de Atlanga. En lontananza, allá muy lejos, por donde se asomaba un rescoldo de montaña, se avecinaba una tormenta con nubes que se hacían como tornillo y se entrampaban en la lejanía. Ese paisaje no imaginaba que en este pueblo estaba por incendiarse una mecha de pasiones entre el enojo y la frustración de los implicados.

    Un periodista, ajustándose los lentes de su cámara, murmuró:

    —¿Qué tal? ¿Quién te avisó? Ya ves, uno siempre se entera. ¿Crees que se ponga bueno? Ya veremos. Necesito una buena nota periodística. —Probó con algunos clics y preparó las pilas para recargar si fallaba algo. Llevaba mascarillas de las buenas en la mochila, porque también sabía un poco más que el común de la gente.

    —¡Formen un frente y avancen, ya! —ordenó el Comandante.

    El contingente casi militar avanzó frente a los comuneros y vecinos enojados, entre niños mocosos y poco vestidos, comadres de todos los moles y viejitos sin dientes. El primer disparo de gas lacrimógeno sacó a relucir el desequilibrio de poderes tácticos. La muchedumbre siguió en su protesta de enojo, lanzando consignas contra la autoridad. El helicóptero se paseaba como gavilán buscando presa. A los comuneros no les quedó de otra que agarrar las varas puestas en la carretera para atacar a los indefensos policías antimotín. Las ramas cayeron encima de los cascos y los escudos de acrílico bailotearon en medio de la trifulca.

    —¡Toma, maldito! —gritó el abuelo, golpeando con su bastón—. ¡Y di que te fue bien, hubiera sido de capulín, duele más!

    Al día siguiente, los titulares de los periódicos oficiales rezaban: “Los policías fueron atacados con ramas. Es inconcebible, hay heridos entre los oficiales. Ellos fueron a guardar el orden y fueron atacados por una horda de maleantes que están en contra del progreso de Tlaxcala.” La verdad, como siempre, se había enramado en la retórica del poder.

  • Imagen cinematográfica y surrealista para el cuento 'La Sopa del Diablo'. En el centro, un tlacuache con expresión pensativa cae como un ángel caído en una cisterna oscura. El agua turbia refleja los rostros distorsionados de un líder sindical y un burócrata. Al fondo, se observa el edificio de Amatech y una misteriosa torre de cristal iluminada (la 'torre del miedo'). La atmósfera es de misterio noir, con sombras que ocultan fajos de dinero y sellos oficiales, simbolizando la podredumbre institucional.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Sísifo, el tlacuache, era un filósofo de la basura. Sus días transcurrían en una meditación nihilista entre los pequeños bosques que aún resistían el avance de la Universidad Autónoma de Tlaxcala y los muros de la flamante empresa Amatech. Había visto cómo sus antiguos cotos de caza se convertían en estacionamientos y cómo la promesa de progreso devoraba la tierra. Incluso, en la rectoría, una torre de cristal se alzaba como un monumento al miedo, y por las noches, un fantasma femenino, recién inaugurado, penaba por la banqueta, repitiendo con voz quebrada: “Él me engañó, yo confié en él”. Sísifo, cansado de la vida, de la soledad desde que su amada había sido atropellada semanas atrás, decidió que era hora de unirse a ella. La cisterna de Amatech, ese ojo oscuro que prometía un abismo, sería su puerta al Hades.

    Faustino, empleado de Amatech, sentía que el estómago le hacía nudos. No era la primera vez. Desde que la empresa había prohibido la entrada de alimentos y agua externos, obligándolos a consumir los productos de la cafetería, los malestares eran una constante. Se había tomado ya dos Alka-Seltzers y un Pepto-Bismol, pero el dolor persistía. Sus compañeros, con la misma dolencia, murmuraban sobre la mala suerte, la envidia. Faustino, desesperado, acudió a Doña Remedios, la curandera del barrio. Con un huevo de gallina negra, Doña Remedios le pasó el cuerpo, recitando oraciones antiguas. Al romperlo en un vaso de agua, el huevo reveló formas extrañas, como sombras que se retorcían. “Mal de ojo, hijo. Te tienen envidia en la empresa. Mucha envidia”, sentenció la curandera, y Faustino asintió, convencido de que sus propios compañeros eran los causantes de su desgracia.

    Mientras tanto, en las oficinas de Amatech, el Líder Sindical, un hombre de sonrisa fácil y apretón de manos flojo, se reunía con la gerencia. La noticia de la intoxicación masiva corría como pólvora, pero él, experto en apagar fuegos, ya tenía un plan. “No hay que alarmar a la gente”, dijo con voz untuosa. “Esto se resuelve con un buen incentivo. Un bono extra en el aguinaldo de Navidad, y todos contentos. La empresa no tiene por qué preocuparse”. La gerencia asintió, complacida. El Líder Sindical saldría de la reunión con la promesa de una jugosa compensación personal, mientras la salud de sus representados se vendía al mejor postor.

    El funcionario de COEPRIST, la Comisión Estatal para la Protección contra Riesgos Sanitarios, sudaba frío. La llamada de Amatech había sido clara: “Esto no puede salir a la luz. El dueño es el más rico del país, y si se entera, cierra la empresa. Y si la cierra, la gobernadora nos corre a todos”. El funcionario, un hombre de principios flexibles, se vio atrapado entre el miedo a perder su puesto y la codicia de un sobre que, discretamente, había aparecido en su escritorio. El informe oficial diría que la intoxicación se debió a “factores externos no relacionados con la calidad del agua”. Todos se cuidaban la espalda, y la verdad se diluía en el pozo de la corrupción.

    El tiempo pasó. La empresa, para evitar cualquier rastro de la intoxicación y con una audacia digna de su dueño, decidió lanzar una nueva línea de productos: “Agua Pura Amatech: Bebida Energética Ancestral con Probióticos Orgánicos”. El agua, por supuesto, provenía de la misma cisterna, ahora “purificada” con un proceso secreto. En la inauguración, frente a las cámaras y con sonrisas forzadas, el Líder Sindical y el funcionario de COEPRIST brindaron con la nueva bebida, proclamando sus bondades para la salud y el bienestar. Faustino, ahora recuperado y con una extraña sensación de vacío en el estómago, fue contratado para una nueva tarea: “limpiar” la cisterna a fondo. Descendió al oscuro pozo, y entre el lodo y los restos de lo que alguna vez fue Sísifo, el tlacuache nihilista, encontró un pergamino antiguo, enrollado y sellado. No era un contrato de la empresa, sino un mapa de la Tlaxcala prehispánica, con rutas de agua subterráneas que conectaban la cisterna con manantiales ocultos y, en el centro, un glifo que representaba a un tlacuache como guardián de la memoria ancestral. Faustino sonrió. La verdadera sopa del diablo no era el agua contaminada, sino la historia que se negaban a contar.

  • Imagen conceptual e hiperrealista de la Casa del Poeta Ramón López Velarde en la Ciudad de México. La fachada del edificio colonial es parcialmente traslúcida, revelando en su interior estanterías llenas de libros y un manuscrito dorado de poesía que flota con luz propia. En primer plano, la silueta de un hombre intelectual (inspirado en Jorge Juanes) observa la casa con determinación. La escena simboliza la protección del pensamiento y la cultura frente al olvido, bajo una iluminación dramática y sagrada.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    En el vibrante panorama intelectual de México, la figura de Jorge Juanes López emerge como una voz ineludible. Filósofo, crítico de arte e investigador de tiempo completo en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), Juanes ha dedicado su lucidez a desentrañar las complejidades de la estética, la modernidad y la posmodernidad. Su pensamiento, fértil y a menudo polémico, no se limita a las aulas, sino que se proyecta hacia el debate público, vinculando la filosofía con el panorama civilizatorio y la pulsión de vida .

    Mi acercamiento a Jorge Juanes se dio hace algunos años, no tanto de forma personal, sino a través de la academia y el pensamiento. Recuerdo haber acudido a un coloquio en Puebla donde se abordaban temas que, en aquel tiempo, eran cruciales en el ámbito filosófico. Juanes ya había consolidado su fama entre un selecto grupo de intelectuales y, sobre todo, entre los estudiantes de la Facultad de Filosofía de la UAP. Había una especie de bohemia intelectual que lo rodeaba, una atmósfera de efervescencia donde se discutía la estética, la filosofía marxista y los movimientos del pensamiento latinoamericano, con nombres como Horacio Cerutti, Enrique Dussel y Leopoldo Zea resonando en cada conversación.

    Su avezado conocimiento sobre estos temas convertía cada clase en una verdadera cátedra, comparable a las que impartirían Theodor Adorno en la Universidad de Frankfurt o Heidegger en Friburgo. Juanes, a menudo, era tildado de incomprendido o incluso de «loco», como si habitara fuera del tiempo, con una visión que trascendía las modas intelectuales del momento. Sin embargo, su rigor y su capacidad para clarificar conceptos complejos del pensamiento crítico eran innegables, y su influencia en mi propia formación fue profunda.

    La Casa de López Velarde: Un Símbolo en Riesgo

    Recientemente, la agudeza crítica de Juanes se ha posado sobre un tema de profunda resonancia cultural: la situación de la Casa del Poeta Ramón López Velarde. Este inmueble, ubicado en Álvaro Obregón 73, en la emblemática Colonia Roma de la Ciudad de México, no es solo una edificación; es un espacio cargado de memoria, un santuario de la palabra que ha sido objeto de controversia y preocupación en el ámbito cultural .

    La Casa del Poeta Ramón López Velarde es un referente para la literatura mexicana. Fue el último hogar del autor de «La Suave Patria» y, por extensión, un epicentro de la poesía nacional. Sin embargo, su gestión y su vocación original han sido motivo de debate, llevando a que diversas voces se alcen en su defensa. Es en este contexto donde Jorge Juanes ha decidido sumarse al Comité de Defensa de la Casa del Poeta, aportando su peso intelectual a una causa que considera fundamental .

    Para Juanes, esta iniciativa trasciende la mera protección de un edificio. Se trata de una lucha por la defensa de la cultura y el arte frente a lo que él denomina una «destrucción perpetua, progresiva, a veces, en nombre de una falsa emancipación». En sus palabras, «no hay peor lucha que la que no se hace», y esta es, sin duda, una batalla por la memoria y la identidad .

    La Poesía como Maestra de la Humanidad

    La argumentación de Juanes se ancla en una profunda convicción sobre la importancia de la poesía. Él vincula la defensa de la Casa de López Velarde con la esencia misma del acto poético, recordando un manuscrito de 1913, encontrado por Franz Rosenzweig, donde figuras de la talla de Hölderlin, Hegel y Schelling proclaman que la poesía es la «maestra de maestras de la humanidad». Para el filósofo poblano, defender a López Velarde es, en última instancia, defender una «manera de pensar radical y extrema», un «pensar poético» que se desprende de la poesía misma y que nos invita a reflexionar desde sus propias coordenadas .

    Esta postura resuena con la visión que hemos explorado en otros ensayos sobre la soberanía cultural y la resistencia. La defensa de un espacio como la Casa de López Velarde se convierte en un acto de resistencia contra la homogeneización cultural y el olvido. Es un recordatorio de que la identidad de un pueblo se construye también a través de sus poetas, de sus espacios sagrados y de la capacidad de su intelectualidad para alzar la voz cuando la memoria está en juego.

    La Crítica Estética como Acto Político

    La participación de Jorge Juanes en este comité de defensa subraya una vez más la intrínseca relación entre la crítica estética y el acto político. Para un pensador que ha desentrañado la «cultura de la alegría y la afirmación más potente de la pulsión de vida» en Nietzsche, o la «modernidad profunda» en Bolívar Echeverría, la defensa de la Casa de López Velarde es una extensión natural de su filosofía . No se trata de un mero activismo, sino de una aplicación práctica de su pensamiento, donde la preservación del patrimonio cultural se convierte en un baluarte contra la erosión de la identidad y la banalización del arte.

    En un México que constantemente se debate entre la modernidad y la tradición, entre el progreso y la memoria, voces como la de Jorge Juanes son esenciales. Su llamado a defender la Casa de López Velarde es un recordatorio de que la cultura no es un adorno, sino el cimiento sobre el cual se construye la conciencia de una nación. Me sumo a la protesta junto con Juanes y otros autores e intelectuales, porque me parece que no podemos quedarnos dormidos y mirar hacia otro lado. Solo los intelectuales y creadores, así como los personajes dedicados a la cultura y el arte, saben que hay que pelear por los espacios y no permitir el reduccionismo. Primero será el edificio, luego será el pensamiento.