Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

  • Relatos al borde
    Entre la ironía y la realidad
    Índice

    Contenido

    Índice. 1

    Prologo. 2

    Extinción. 3

    Dos mundos, un alma: la puerta del cambio. 4

    El Laberinto Interior: Una Mirada desde el Encierro. 6

    Lapsus Linguae: El reencuentro de las sombras. 10

    non omnis moriar. 15

    El escuadrón de la muerte. 19

    Me salí del restaurante. 22

    El vestido de novia. 24

    El mal tercio. 29

    El mal del Vitíligo Tripigmentado. 33

    Somos neogóticos y qué. 41

    Hablando a solas frente al espejo. 47

    Las disfrazadas. 50

    Prologo 

    «Relatos al Borde» nace de una necesidad: la de capturar en palabras las sombras y luces de la vida cotidiana, filtradas a través de la lente de la ironía, el sarcasmo y la introspección. Esta colección de cuentos es un viaje a través de lo imprevisible, donde cada historia te lleva al borde de lo esperado, solo para derrumbarlo con un cierre sorprendente e irónico.

    Los cuentos aquí reunidos no son capítulos de una novela, sino piezas independientes unidas por un hilo invisible que recorre cada relato: la búsqueda de la autenticidad en lo común y lo extraordinario, y una constante exploración de la condición humana en sus múltiples facetas. Tlaxcala, con su rica diversidad cultural y sus matices provincianos, sirve como telón de fondo para muchas de estas historias, aportando un sabor regional que enriquece la narrativa.

    El lenguaje en esta obra busca ser fresco y evocador, sin caer en la pretensión, adornando lo esencial con sutileza. Cada adjetivo, cada giro de frase, ha sido elegido con cuidado para dar nueva vida a la tradición cuentística, buscando un equilibrio entre lo cotidiano y lo poético.

    «Relatos al Borde» no solo encierra el misterio y la provocación de su título, sino que también invita a los lectores a enfrentarse a lo desconocido, a desafiar sus propias expectativas y a sumergirse en una lectura que oscila entre la lucidez y la ensoñación, la crítica social y el juego literario. Este es un libro para quienes disfrutan del placer de lo imprevisible y del deleite de lo inesperado.»

    Extinción

    La primavera apenas se asomaba en la colonia López Mateos. Los perros callejeros aullaban en la madrugada, reemplazando el viejo silbato de la fábrica que antes marcaba el ritmo del barrio. Ese día, el gobernador Antonio Hidalgo, famoso por su rigidez y despotismo, se encontraba en el zoológico del «Lago del Niño» para inaugurar el nuevo deportivo de la colonia.

    Hidalgo, el gobernador actual había perdido una pierna a causa de la diabetes, una herida que consideraba tanto física como emocional. Sin embargo, en lugar de esconder la pierna amputada, decidió exhibirla como un símbolo de su supuesto sacrificio. Embalsamada y decorada con una cinta tricolor, la pierna descansaba sobre una mesa en el estrado, brillante bajo la luz del sol.

    Durante la ceremonia, los pobladores se mostraban impasibles, sus ojos fijos en la grotesca exhibición. Pero mientras el gobernador pronunciaba su discurso, dos perros xoloitzcuintles, famélicos tras días sin comer, olfatearon la pierna y, guiados por un instinto primitivo, se abalanzaron sobre ella. Los presentes se quedaron mudos, observando cómo los perros devoraban la extremidad con voracidad.

    El gobernador, al ver cómo su pierna era destrozada, sintió que su propia identidad se desmoronaba. En un arranque de furia, sacó un arma y disparó a los perros. Tres estruendos resonaron en el aire, y los xoloitzcuintles cayeron muertos junto al estrado.

    El encargado del zoológico se acercó con cautela y, en voz baja, dijo: —Señor gobernador, esos eran los últimos perros de esa especie. Estaban en peligro de extinción.

    El gobernador, aún con el arma en la mano, respondió con frialdad: —Bueno, pues no iba a dejar que esos perros se comieran mi pierna.

    El evento terminó en silencio. La pierna embalsamada, ya irreconocible, yacía en el suelo, mientras los presentes se retiraban sin saber si reír o llorar ante lo que acababan de presenciar. Hidalgo, por su parte, supo que, aunque había sobrevivido políticamente, algo en él se había perdido para siempre.

    Dos mundos, un alma: la puerta del cambio

    —¡Qué hermosa guerra! —pensó el hombre mientras observaba los cuerpos tirados en la calle, contorsionados en posiciones grotescas, con las piernas torcidas, cortadas o chamuscadas. Las balas habían hecho su trabajo, dejando boquetes en esos cuerpos, las quemaduras eléctricas marcaban su paso—. Y allí está ese anciano, tirado sin alma, sus ojos dos grandes lágrimas suspendidas. Son todos ellos cuerpos tendidos, excrementos e intestinos expuestos, posiciones cómicas, dedos acalambrados y huesudos.

    Pero las calles le recordaban su infancia, aquellas veces en que andaba por la avenida Juárez, la calle Guerrero o Veinte de Noviembre, comprando algún mandado para su madre o simplemente vagando, apedreando perros y lanzando piedras a las urracas del río Zahuapan. “Qué irónico recordar mi historia en estas calles donde siempre pensé que otros eran los dueños. Ahora, todos fingen indiferencia mientras las moscas se meten en sus bocas para acicalarse las patas sobre la lengua. Mira a esa niña que una vez me llamó mocoso y piojoso; ahora sus labios muertos, bien muertos, nadie los quiere.”

    Mientras observaba el caos a su alrededor, un destello atrajo su atención. Una puerta, imposible de ignorar, apareció en medio de la calle destruida. Intrigado, el hombre se acercó y, sin dudar, atravesó el umbral.

    Al otro lado, la realidad cambió drásticamente.

    La ciudad de Tlaxcala, que momentos antes estaba sumida en la destrucción, se transformó en un lugar vibrante y lleno de vida. Las calles estaban llenas de risas, niños corriendo, parejas paseando de la mano. Las antiguas avenidas que recordaba de su niñez estaban adornadas con flores, y los árboles, antes destrozados, ahora se alzaban majestuosos, dando sombra y frescura.

    —¿Qué es esto? —se preguntó, aturdido. Donde antes había cuerpos sin vida, ahora había personas conversando, compartiendo comida, ayudándose mutuamente.

    El aire, antes cargado de humo y pólvora, estaba lleno de fragancias dulces. Escuchó música suave que provenía de un grupo de jóvenes tocando instrumentos, y las voces se entremezclaban en cantos de paz y unidad. No había miedo ni dolor, solo un profundo sentido de comunidad.

    El hombre, acostumbrado al nihilismo y al sarcasmo, sintió una punzada en su pecho. Este lugar, esta dimensión, era lo opuesto a todo lo que conocía. Aquí, no había guerra, no había cuerpos tendidos, no había moscas alimentándose de la desgracia ajena. La gente caminaba con los ojos encendidos, sí, pero de amor y esperanza, no de rabia o locura.

    Caminó por la ciudad, observando a las personas que le sonreían amablemente, como si lo conocieran de toda la vida. Se detuvo frente a un edificio que recordaba haber visto destruido en su mundo. Ahora, era una escuela, llena de niños que aprendían y jugaban, llenos de futuro.

    —Esto es… imposible —susurró, pero una parte de él no podía evitar sentirse atraída por esta visión de paz.

    Volvió a mirar hacia la puerta dimensional, que seguía abierta. Al otro lado, podía ver la realidad que había dejado atrás: destrucción, caos, y el placer morboso que había sentido al contemplar aquel mundo en ruinas.

    Pero algo dentro de él había cambiado. En este nuevo lugar, se sintió como un intruso, un extraño que no pertenecía a este mundo de armonía. Y, sin embargo, no podía negar el anhelo que sentía, un anhelo que nunca había experimentado en su propia dimensión.

    —Tal vez… —pensó, mientras se acercaba de nuevo a la puerta— tal vez no todo está perdido.

    Y con un último vistazo a la ciudad transformada, dio un paso atrás, regresando al caos, pero esta vez, con una semilla de esperanza plantada en su corazón.

    El Laberinto Interior: Una Mirada desde el Encierro

    El Mundo de Víctor

    Los colores se desperdigaban en una abyección absorta y constante, que era chupada continuamente por su propia naturaleza. La concordancia entre el espacio y el desbaratamiento de la entidad era compacta. Un cuerpo de áureos contrastes untuosos y explosivos. La entidad se desmembraba en colores y luego se diseminaba por el sitio, en un jugueteo endiablado, psicodélico, como la pirotecnia de un festejo de la Independencia. Eran mendrugos de luz contorsionándose en un desproporcionado movimiento. La ingrávida presencia se aposentaba en el sitio, era su ambiente y dueño del contexto donde se representaba; su residir allí se instituía ante las demás cosas de un modo ensamblado, su acoplamiento en la existencia y en el entorno moraba en la aceptable percepción. ¡Vaya energética salpicadura de su identidad! Va aquí y allá cabalgando como una compacta nube de caspa diamantina, y luego se desperdiga barnizándose tanto en los cuerpos animados e inanimados, en los materiales duros y blandos, transparentes y opacos, así como en torno a sí misma, haciéndose y tragándose en un embudo acaracolado, en un erizo astral, o parecido a un pulpo ciclónico de alguna luna de Neptuno. Apoteosis de esta entidad que apenas se conoce y que, sin embargo, en algo es semejante a aquella forma que tenían los griegos llamada Quimera, pero que dista mucho de ser la misma. Ante esta cosa, el lenguaje comete tropezones al no saber su género, al no contar con el preciso adjetivo o verbos que describan una acción por demás extraña ante los ojos humanos. Intrínsecamente, cada acción del hábitat la contiene. Entonces, ¿cómo describir un ente que en sí mismo es verbo?

    La ostentosidad imaginativa de la decoración de la estancia me emocionaba a tal grado que los ojos se ponían cuadrados y voluminosos. Allí, los nopales reguilete, atrás brincando los peces que salen del suelo, en todos lados las cosas que con la presencia caen. Acullá, un hombre que se comía su sombra y de eso se alimentaba. Allende, una reata de adobe hecha realidad. Y más allá, quién sabe dónde, como: el elástico que corría como si fuera un coyote, su color de cuervo se desprendía como ojiva de mosquete; las destornilladas marejadas en el cielo que temblaban nomás del miedo de verme; el olor azulado de la menta que se descolgaba desde los altos muros de los globos estacionarios, y venía a robustecer la llama dominante de un aura andrajosa que campeaba cerca de las neuronas; la fastuosidad de mi socarrona mirada que mentaba la madre a los transeúntes y a los jefes de tribus ingobernables. Toda esta suntuosa descripción se encontraba también pegada como una leyenda muy pedagógica en una pancarta de obreros en marcha del primero de mayo, en la esquina superior izquierda del horizonte. Además, los patos revoloteaban en la enredadera, estaban asidos a una red canela, la malla dejaba pasar sus pescuezos, andaban metiendo una y otra vez en la boca su lengua velluda; y abajo, las palomas circulaban delante de nuestros pasos, como una ola plácida de pantano, una ola que así prefería, sin provocaciones, porque si acaso había ¡las malditas dejarían caer sus corucos como maná en tiempos bíblicos! Y eso no era todo. La neblina se hacía gel tan pronto como bajaba la temperatura y luego se escurría como baba chiclosa y hacía que los peces ya no brincaran del suelo, sino que se desplazaran por esa gelatina uniforme, y que yo encontrara cierta tibieza en sus escamas. Era entonces cuando comenzaban a crecer una especie de espárragos que despachaban desde su interior unas oraciones del Antiguo Testamento y cabrilleando andaba el elástico como burro sin mecate. Había un adherido estornudo en los muros violetas que los hacía decolorarse, mientras que las bocinas, con un pequeño foquillo verde, inquietaban con un cloqueo antes de salir marchando. Por cenagales hediondos andaban un par de caimanes ciegos que se prestaban un par de ojos mutuamente; largas patas de araña circulaban por su nuca y cuello. La coincidencia estaba en que mientras la entidad se posesionaba del entorno, los objetos se alimentaban de su aura chispeante, era como si la totalidad estuviera embotellada, contenida en sí misma, o se compenetrara todo con todo, proliferando en ello los roces y los ajustes en las acciones y en las quietudes. Me parecía que todo tendería a convulsionar, que yo mismo y mis neuronas se coagularían para formar un demente o un individuo comatoso, porque la comprensión de esa realidad tendía más allá de una metafísica lógica o de una verdad coincidente con las leyes de la física elemental aprobada por nuestra razón.

    La inquietud imaginativa quedaba superada en una realidad absorbente; el manto de mis sentidos aseguraba que estaba despierto, vivo, testigo de la entidad, de las cosas y de mí mismo. Pero… Vulcano era quien hacía espesar los eructos del volcán. La lava corría como miados de él. Ya habíamos terminado de desayunar, yo me preparaba un pan tostado con mantequilla cuando llegó el temblor montado en patineta, su desliz hizo que se me fuera el angelito; ruinmente, detuve su desequilibrio con una zancadilla y fue a dar abajo del refrigerador. Poco a poco, las cosas fueron aplacándose de la furibunda excitación y todo regresó a la normalidad; no pasó gran cosa, más que caerse dos edificios y una estatua que de por sí ya iban a tumbar.

    El caos de Víctor

    Entrar en un burdel, tomar alcohol del más escamoso y abestiarse, esa es la aventura. Ella era la que me señoreaba con un síncope de indómitos regalos. La apoteosis prometida llegaba a desenvainar una rapsodia autóctona, pero los balidos que simultáneamente se percibían eran de las acompañantes que ceñían sus caderas con un hilo de alhajas y bisutería. El latido llegaba al cerebro con un cargamento de alcohol y se acumulaba en los términos de las raicillas neuronales, donde hacen enlace, y en ese colchón de alcohol me ampliaba como un globo inflado con soplete. ¡Ah, qué hermosa vacación! Nada cuesta mostrar segmentos fotográficos, dormir los sentidos y despertar a la bestia con sus gritos y fornicaciones salvajes. Y la bóveda del burdel son pantallas e iluminación inalámbrica que sube y baja, prende y acciona a complacencia de la computadora y según el calor del ambiente. Sagitario estaba bailando en un templete circular y suspendido a una altura de siete metros, su aureola resplandecía cada que el disc-jockey hacía sus cambios casi imperceptibles. La luna participaba desde la salida hacia el bosque de los enamorados con un plenilunio, pero que era parte del decorado, pues era un globo con iluminación interna; este globo era sostenido por unas nubes de gas pesado. Ningún pájaro ni avión pasaba por allí, ese tipo de cosas no existen, son invenciones de chamacos. ¡Pura fantasía! Todo alcohol me aburre, mejor dentro de mí me duermo.

    La realidad de Víctor

    La recámara de Víctor es sencilla, como la que podría tener un adolescente de clase media. La puerta no tiene seguro, además de que ni falta que le hace, ni modo de que quisiera escaparse o encerrarse. Más encerrado no podría estar. Su madre, Doña Margarita, ha puesto unas cortinas floreadas de color azul con rosas salmón, tiene para él una litera, -la de abajo- y juguetes que le quedan de cuando era niño. A mano izquierda, una mecedora que Víctor no utiliza como mecedora, sino solo para estar sentado. Víctor no tiene amigos. No hay modo de que se pueda comunicar con ellos, él es autista. La única conexión con el mundo es su madre. Todos los demás seres humanos que le rodean existen solo como objetos lejanos, que están separados de él por un vidrio de doce pulgadas. Unas enormidades de cosas no tienen existencia. Hay ropa de su hermano tirada: prendas sucias, calcetas de fútbol, pantalón de vestir, cachucha roja con “NY” en la parte central. Y otros objetos como la envoltura de chicle entre la cama y el buró, el pedazo de papel de baño encima de los libros de la escuela que están sobre la mesita de trabajo y. polvo, polvo en los muebles y bajo la litera. Víctor va a las terapias los días lunes, miércoles y viernes de cuatro a seis de la tarde. El DIF es una institución que cuenta con especialistas para diferentes problemas: niños autistas, síndrome de Down, problemas de aprendizaje, chiquillos maltratados, jovencitos con problemas de conducta, jovencitas violadas y embarazadas, entre otras complicaciones. Víctor ha aprendido una recitación-presentación para ayudar a congeniar con otros compañeros que tienen el mismo problema. Su mamá se siente muy orgullosa. De lo que pasa en su mente, nadie lo imagina:

    La traslucidez se atiborraba de espejismos ignotos, manchas en descampo, sombras revoloteando y hendidas en los claroscuros, negruras hipotecadas en quicios y esquinas imaginadas; y el deslustrado de los objetos hacía mostrar bodegones como tabernas de poca monta o tugurios de quinto patio; el enervante de dicho espacio lo era el parpadeo de un neón o la muerte advertida de un balastro, el tartamudeo luminoso daba un cumplido sollozante a las persianas tiznadas de zinc. La época hacía sus respectivos pliegues, como pendones colgaban las acciones simultáneas. La elasticidad era una propiedad que se adaptaba indisolublemente a la materia y el doblez se elaboraba sobre un doblez antecedente, era el pliegue sobre el pliegue por donde la luz perdía potencia y era tragada; y los hay que son pliegues arremolinados como un embudo para transformarse en pliegues complejos. El tiempo, como un entablado de costura, pero no ha de pensarse que precisamente por imaginarse de ese modo, no podría tener astillas, rugosidades o asperezas; por el contrario, tenía astillas, rugosidades y asperezas. El tiempo es el norte que dicen los abuelos, aquel que ahora se encuentra en el rocío que lucen los herbazales. Con la cara semidormida hago malojear mi par de manos por sobre el horizonte, a la altura de los cerros blanquizcos, el alimonado colorido cercano me hizo recordar las pastillas refrescantes en la bolsa de la chamarra. Era apremiante la mirada hacia ese pequeño elemento del tiempo: puñado de puntos cardinales… Como un azote, la humanidad había pisoteado por todo ese sendero de la temporalidad, lo imaginario. ¡Tuve la obstinación calcificada de lucideces! El ostracismo de mi academia no quería compaginar con mi ocioso daño cognitivo. Me imagino como una revolvedora desinflada que al mismo tiempo que mezcla los elementos con el cemento, también se vacía junto con todo… Estoy frente al busto del héroe, noto su inmovilidad, la rigidez de sus facciones, la pobreza de su vitalidad. La única vitalidad que en él resulta está en la cara: frente a la nariz le cuelga una tela de araña como moco permanente; el viento hace vibrar esas insignificantes cuerdas, y el moco sube y baja, es la araña en su hábitat. Un audaz enturbamiento en los pensamientos hizo un cortejo a los sentidos hibernados.

    Lapsus Linguae: El reencuentro de las sombras

     

    ra extraño ver aquellos aposentos para quienes habían vivido dentro de una moral de fines del siglo XX y la tina de hidromasaje en un sitio prioritario de la casa o sea a un lado de la sala; donde los invitados podían sentarse perfectamente cómodos en el agua o bien hacerlo desde los sillones empotrados como nichos. En el desnivel de la morada se encontraba, del otro lado del cristal, un monolito de tamaño regular; esta escultura se parecía al dios Tlaloc: deidad del agua, pero, no puedo estar seguro, podría ser simplemente otra cosa. Era una mansión que, en sus lujos repartidos por toda ella, nos hacía comprender que el superávit económico se había posesionado de sus habitantes. A los dueños de la casa les maromeaban las comodidades en todo perímetro y su prosperidad rezaba en el futuro una bienaventuranza.

    Las curvaturas de los muros cercanos al jardín trasero llevaban la sinuosidad de los troncos viejos de un eucalipto y la caprichosidad curvilínea de un ocote al pie de algún precipicio, dichas curvas nacían por entre los muros más rectos y cortantes y por una transformación quimérica de la materia hasta llegar a camuflagearse con los troncos y las ramas; que de tal modo quedaba la decoración de jardines y la arquitectura realmente armonizadas. El minimalismo había dejado onda huella hasta los días que nombro. La auriferidad de algunas esquinas de las piezas contiguas hacían llamado como pavos reales habilidosos, era por demás banal decir que la residencia era lujosa. Del lado por donde se encontraba la gran mesa de mármol, por encima del pasto, hacia el frente, se veía algo que para mí  parecía un enorme ayocote, y por esa perspectiva la interpretación para todos era la misma, pero cuando se daba un ligero paseo por los jardines y viniendo de regreso se transformaba este enorme fríjol en una escultura prodigiosa de ángulos flácidos, formas geométricas, eufóricas y texturas distintas; por la noche, dicha pieza era el centro de atención tanto para invitados como para las luces multicolores y sonidos apacibles y en veces contradictorios, pero no por eso de mal gusto; las formas distintas obedecían a un plástico hinchado con un gel inteligente que obedecía a un programa informático y siempre cambiante.

    Negros y profundos en la altura, como gérmenes mohosos de la niebla, los cuervos revoloteaban en la inmensidad anunciando posiblemente una noche de carbón, carente de luna. A la residencia se le van poco a poco apacentando las sombras, las somnolencias y las opacidades. Ningún gato de barriada hace circo ni presencia, en otros lados existen, aquí no. Tampoco se encontraban presentes los aromas típicos de una fábrica de papel, o de un mercado o de la brisa del mar. La zona residencial se extendía por terrenos semiboscosos y por avenidas serpenteantes que se unían con arterias más cardinales de la ciudad y hasta con autopistas rápidas del país. La metrópoli donde se ubicaba nuestra narración era de un número regular de habitantes. Se puede decir que era una capital media y en expansión económica. México significaba un elemento de importancia para el mundo, en cambio para los moradores de la residencia, México significaba, sí, el terruño, pero era también el ancla que exigía pocos movimientos en tanto ser una entidad de contrastes y sube y bajas persistentes. Nuestros protagonistas sí contribuían al engrandecimiento de la nación, eran participantes activos de la economía local. Su empresa lo era una cadena de farmacias en la ciudad y pronto estarían haciendo ofertas de productos farmacéuticos por Internet y entregas a domicilio.

    Ella era una mujer dinámica de cadera amplia y de cabello largo y negro. Tenía una presencia distinguida, sabía ser buena anfitriona. Cuando llegó él, se escuchaba por los altavoces disimulados en el mueble principal un disco de Tchaikovski.

    —Despertaste temprano.

    —Casi a la misma hora, me quedé tarde a checar algunas cosas que tenía pendientes— Él se asoma al tocador de la recamara y observa sin interés la revista “Vanidades”, frente hay toda una miscelánea de objetos de belleza, cremas, lociones y artículos de aseo; además de mascarillas, joyería fina y substancias para el cuidado de la piel de reconocida marca —pero dormí bien, quiero darme un baño—de lejos se escucha la voz de la sirvienta que grita:

    —Señora, le preparo de una vez el desayuno— su timbre ladino y chillante   hace muecas entre los lujos de la casa, es una mujer muy trabajadora pero muy coqueta, esa muchacha se entretenía por lo regular en los mismos menesteres que Afrodita.

    —No, primero me voy a dar un baño, pero si quieres hazlo y cuando baje, lo calientas en el horno— aja.

    —Ya pensaste en lo que te dije ¡No me vayas a decir que aún no tienes la respuesta!, siempre me das largas— dice él en tanto que se sienta en el taburete y toma un perfume, el frasco tiene el título de Elizabeth Harden, lo pasa por la nariz y sus aletas se hinchan de su esencia. —¡Por favor corazón cásate conmigo!

    —¡Ya Fernando, no empieces, es muy temprano para empezar a pelear! Déjame tranquila, quiero empezar la mañana contenta. ¡Y ya no me presiones tanto! Y por favor… que voy a bañarme. —Toma algunas cosas que están listas sobre la cama y se dirige al baño.

    Fernando se queda rozando la muñeca izquierda, haciendo que se impregne el perfume que se ha puesto. Observa cómo se cierra la puerta del baño y allí deja la mirada; para sí mismo hace una mueca de desilusión. Se levanta y se dirige a la cocina.

    —Ya saben lo que tienen que hacer, utilicen la intuición para dar con lo más valioso, y por favor empleen los conocimientos y la experiencia que tienen y tu Pancho controla tus ímpetus, y por favor ¡No hagan pendejadas! Rápido y bien, rápido y bien… órale chavos, rápido y bien, rápido y bien. — El jefe de la banda truena los dedos en señal de celeridad, el sonido se ahoga por todo el tapizado de la vagoneta. Antonio, el jefe de la banda observa por el espejo retrovisor cómo va Javier acercándose. Frente al jefe, en la guantera, están los binoculares, es la herramienta que ha utilizado durante los últimos días. —Jefe, ya es hora, el drenaje huele a champo y la sirvienta está en la cocina, los demás empleados llegan en una hora y cuarto—dice Javier al mismo tiempo que abre la puerta y se sube al auto.

    —Bueno pues… órale chavos, rápido y bien, rápido y bien.—Mientras la banda penetraba la casa, en la mente de Antonio espolvoreaba ese pasquín de Fantomas tan ensoñado en su niñez, el héroe del Zorro era otro pero no representaba una identificación plena, el personaje de Fantomas le gustaba por su disciplina, por el buen gusto, por verse como un hombre conocedor, inteligente, guerrero  y templado; bueno, habría que señalar también su sino con las mujeres, era el espíritu de conquistador quien lo acompañaba a todas partes, y Antonio quería ser igual, quería ser una copia, o una viva representación de ese héroe. En la vida real había cosas que no cuadraban, como ser un protagonista que se las arreglaba solo, que no tenía compinches. Por eso Antonio sí contaba con unos y eran los mejores, con varios años de carrera, sin antecedentes penales y con un currículo como para pertenecer a una empresa de guardaespaldas o alguna élite de ninjas orientales. Utilizaban armas no letales, pero sí muy efectivas.

    Perros no hay, la alarma está desconectada, la puerta de servicio junto a la cocina está abierta, la sirvienta ha estado trabajando desde las seis y media. Han desconectado el teléfono. Llevan guantes…

    Ella se baña, levanta tanto la cara como los brazos para dejar que el agua escurra en la mata de cabello, cierra los ojos para dejar sentir el placentero chorro tibio. El baño está lleno de vapor, por fuera, tras el cancel de la bañera se observan los muebles lujosos, el recubrimiento vidrioso en pisos y muros en tonos salmón, guinda y rosa y con el tema de globos de jabón y espuma. Hay una jardinera con plantas de interior a un costado de la tina de hidromasaje y sobre esta un plafón transparente en el techo. De lado izquierdo, frente a la tina está el guardarropa, de lado zurdo se encuentra el closet la zapatera y una sección de anaqueles donde está la colección de bolsos de mano guardados en bolsas plásticas, de lado derecho se encuentra: Al centro la puerta que comunica a la habitación, toda ella es un espejo; en un costado está otro tocador que podría asemejarse al que usan las estrellas en los camerinos de teatro lujoso, en el otro extremo está la cajonera donde se guardan: medias, pañoletas, ropa interior, camisetas, cintos, bisutería y demás accesorios; así como artefactos de belleza y artilugios para adelgazar y simulado con dos cajones está la caja fuerte, la alfombra es de un tono canela.

    La sirvienta trabaja en la cocina, Fernando entra y la busca, cuando ella abre la puerta del refrigerador la toma de la cintura. — ¡Ora! No espante, Oh… espérese que tengo prisa en hacerle el desayuno a la seño— sus manos hurgan dentro, todos los recipientes están fríos como si estuvieran detenidos en el tiempo, son alimentos invernados, pero prestos para la calentada, dispuestos para ser comidos, degustados, se podría pensar que de igual modo la sirvienta, tal vez en ello había cierta empatía, confesión callada, era la comprensión de sí misma en los medios de trabajo, en las materias primas de la cocina. Él está subiendo sus manos hacia los pechos, los toca cuando siente un jalón y una llave al cuello que lo lleva al suelo—¡Pero… que es esto… de que se tratm… mmmm… mmm!— La sirvienta cuando voltea simplemente se desmaya, le ponen a ambos cinta en la boca y bolsas de tela negra en la cara, las manos quedan atadas a la espalda. Los rateros no pronuncian palabra, como si fueran unos mudos de nacimiento se comunican con señales, pancho termina de amarrar, cierra el refrigerador y husmea en la alacena, no hay nada valioso más que un sitio que parece cava, desliza la puerta, se encuentra con una chapa y sin ninguna complicación bota el seguro, observa las fechas de las botellas y escoge dos que son las más longevas.  Antonio se dirige al piso superior, a la habitación principal, el otro se ha dirigido al despacho, cuando entra ya tiene preparado un desarmador eléctrico, quita los tornillos que sujetan las tapas, la abre. Sigue trabajando y desconecta el disco duro y el DVD, los sustrae de la carcasa, luego va con la tarjeta principal, obtiene lo más importante y guarda el desarmador, saca la navaja y lo desliza entre el escritorio y el cajón, una pequeña palanca y el cajón cede, hay dinero en efectivo (seguramente es “la caja chica”) una agenda con números de cuenta y contraseñas, las llaves del par de autos están allí. Guarda en su maleta todo eso y sigue buscando. Bajo la ventana que mira al patio hay un plafón falso, lo desliza y allí está la tarjeta madre que gobierna tanto a la escultura del patio y la iluminación como otros elementos y programas de la casa. Se dirige a la sala de estar y allí está la televisión; es de las que tienen la tecnología más avanzada, como es de pantalla plana parece un cuadro más, desconecta, desmonta el equipo, así como los complementos de sonido; hay un artilugio interesante que llama su atención, su precio calculado llega fácil a la tabula propuesta por Antonio, por lo demás o es muy voluminoso o no alcanza a ser más que otro bibelot más de la alcurnia.

    Antonio entra a la habitación, sabe que lo más acertado es actuar sin que la víctima lo note, él tiene el lema: “actuar sin un roce y como un fantasma.”  Llega directamente al tocador y husmea los cajones, saca un estuche aderezado con orfebrería mudéjar. La observa. valúa y levanta la tapa con cuidado para no ser sorprendido por una caja musical o un payaso saltarín. Dentro de ella están las joyas más usadas: dos relojes, esclavas, cadenas y anillos, todo de oro y de muy buena hechura.  Deposita toda la caja en su mochila. Recorre la habitación con la mirada y no descubre nada interesante. Entra al vestidor, y atisba como todo un profesional el sitio obvio para una caja fuerte, le da una mirada al cuadro del fondo, pasa sus manos por él y sólo es un cuadro en el fondo, soba los cajones y da con los simulados. Busca la combinación por allí, sabe que se guarda en algún sitio cercano, por si acaso falla la memoria, hala del botón dorado y allí está la caja, hace un chasquido. Se dirige al baño. Se está terminando de bañar, sobre su cuerpo sigue escurriendo el agua. Al pasar Antonio por el tocador —que se asemeja al que usan las estrellas en los camerinos de teatro lujoso—, observa una foto ¡Y en ella está él con su novia de hace muchos años! A la agitación cardiaca debido al peligro, a la adrenalina irrigada en el torrente se suma un estremecimiento más, es a la conmoción debido al encuentro de un amor jamás olvidado, al choque sentimental de volver a encontrarse con ella.

    —¡Verónica! — la voz se escucha por toda la habitación, entra al baño y se posa intempestivamente en la bañista que, sin esperar esa voz, hace ofuscaciones en la mente, los recuerdos saltan, los sentimientos se acumulan y hacen agitar el corazón de inmediato, ella duda un momento, pero luego dice al tanto que cierra las llaves —¿Tony?… eres tú ¿Tony? —observa hacia la ventana y distingue algunos rayos de luz que se desvían del plafón del techo. Ella como muchas veces, busca un espejismo, cosa de su imaginación, busca que aquella voz sea una utopía del aire o de la propia mente. El vapor forma un celaje que eclipsa las claridades, aun así, nota como se va aproximando entre la nube y los muebles de la casa el amor de su vida. Toma la toalla y se medio tapa, él tiene ya en la mano el pasamontañas y se dispone a quitarse el segundo guante mientras dice —Cariño, tanto tiempo buscándote y al fin te encuentro —Se queda asombrada —¿Eres tú? ¡Y yo pensé que te habías morto! —A Antonio no le importa el lapsus linguae, lo que le interesa es estrecharla entre sus brazos, besar su boca como tantas veces, percibir el aroma de su cuerpo. No separarse jamás.

    El par de sujetos que han trabajado en la parte baja, han salido, no sin antes pasar por el vivero y llevarse cinco costosas orquídeas, y por un sistema de navegación y audio de uno de los autos. Esperan al jefe. En unos momentos Javier encenderá el motor. Todo ha salido “en blanco” y no han tenido ningún contratiempo. En tanto en la cocina Fernando ya está buscando la manera de desatarse. La sirvienta sigue desmayada. En la cafetera   terminó de calentarse el café.

    —Tenemos mucho que hablar… pero mira como estoy ¡Dios, mira nomás! Ni siquiera estoy peinada.

    —Creo que no has entendido a lo que vine y como entre a tu casa, encontrarte fue una casualidad, hubiera sido mejor encontrarte en un supermercado o en una calle cualquiera… Te quiero Vero… tú lo sabes… mmm. mmm… A lo que vine a tu casa fue a robar, esa es mi profesión. Yo sé que esto no está bien, que hay otras cosas pss… no es una vida que tú puedas desear, tú vives bien, te quiero, pero conmigo serías muy infeliz, sigue tu existencia y yo seguiré la mía, no te olvidaré, te lo aseguro, eres el amor de mi vida…

    —Pero… Tony no es necesario… podemos hablar… por favor no te vayas, platiquemos…

    —Nos vemos, realmente esto es muy triste, y me duele mucho por el enorme amor que te tengo, pero… No… —el hombre se aparta y sale de la habitación

    —Tony no espera… — ella tiene la toalla amarrada al cuerpo, en sus ojos inicia una humedad salina que hace opacar la mirada, se pone rápidamente las sandalias, busca la bata tratando de darle alcance. Antonio ya no está.  Quien se encuentra cruzando el vestíbulo es Fernando. Sube las escaleras rápidamente quitándose la cinta de la boca.

    —Verónica estás bien, no te hicieron nada esos malditos, hijos de su &%$, Ven, ya no llores, Hablaremos con la policía, voy por el teléfono, ¡Haré que se pudran en la cárcel esos cabrones!

    —¡Cállate ya cállate, siempre quieres hacer las cosas sin mi consentimiento y ordenas y quieres ordenar todo, ya basta, basta!

    —No, pero… hay que hablar a la policía… mientras más rápido mejor, pronto estarán en la cárcel esos idiotas. Amor… Ya cálmate.

    —¡Cállate! Tú no entiendes nada— Ella con lágrimas, se dirige a su recámara, se pone un pans, una sudadera, una gorra, entra al baño: es el  pasamontañas, lo levanta, sigue al vestidor, allí está la mochila que ha olvidado Antonio, abre la caja fuerte, saca lo valioso y lo vacía en la bolsa, y sale corriendo a alcanzar al amor de su vida, se trepa a la camioneta e inventa una nueva vida. La sirvienta en el piso, medio atarantada, se recompone de la sorpresa, a lo lejos escucha que alguien habla a la policía.

    non omnis moriar

     —Voy, trato de esconderme entre la multitud, pero allí está la gran cantidad de ojos observándome. Yo como un protagonista. ¿Acaso esperan que haga la maroma? Y me voy a esconder a algún lomerío vacío, pero cuando me doy cuenta, allí están, es la gente; oteando, andan por todos lados, a donde quiera que voy allí están; son la masa informe que va y viene, siempre, yendo de aquí para allá, recorriendo caminos, observando sin interés su entorno cotidiano, agitándose para no aburrirse, transparentándose con los demás, en una sola fuerza en la masa, ahuyentando su soledad inherente, tratando de acomodarse a una inercia holgadamente cómoda. ¿Y quiénes son? Los otros: caras etruscas por la semejanza con lo pétreo y con las vasijas vacías y rotas. Frentes breves, cuerpos hechos para sostener el vientre, caras de tripa y pensamientos de hiena, facultades corporales propia de carnívoros sedentarios. Tórax que hinchan no sólo de aire sino de humo de cigarro, de smog, de polvos dañinos y bióxido carbónico; orejas y ojos de vegetal, miradas de verdura, sonrisa transigente igual que el espíritu que deja consentir a la modorra entre las sienes. La gente me da asco, los detesto, maldita muchedumbre, siempre van, atestando las calles, yendo y viniendo como si tuvieran realmente algún lugar a donde ir, gente estupidizada que va y viene; sonriendo, carcajeándose por las calles, eructando en silencio por las banquetas, andan con sus huaraches quesque de moda con sus patas horribles y callosas… allí va uno bamboleándose por su obesidad, así como con sus nalgas colgantes, celulíticas, gaseosas. —La calamidad del mundo actual es el mismo hombre, por donde sea apestan y yo aborrezco lo que tengo de ello que le vale madre el futuro que tendrán los hijos del futuro, esos que ahora preveo como seres con cerebro de mosquito, comunidades caídas en la platanez absoluta. Chusma joven por todos lados como termitas ciegos y desinflados del espíritu, con la agridez del pirú y la vivencia televisiva de un camarógrafo jubilado de cuarenta años de servicio. Pronto no habrá casas para tanto jovencito; se tendrán que poner sitios colectivos de vida, algo así como asilos para imberbes. Ya Malthus había pronosticado la crisis humana por la excesiva confianza en… tal vez en un dios –“por aquello de creced y multiplicaos” o en las bondades de la tierra –por aquello de que “para que alcance le echamos más agua a los frijoles”- El mito del homo sapiens de ser cada vez más misericordiosos o la idea que tenía Pascal de que la humanidad podría considerarse como un solo hombre que subsiste y aprende continuamente y que las generaciones futuras serían mejores y más inteligentes por los conocimientos adquiridos de generación en generación, fue sólo un sueño, hermoso sueño que podían tener la muchedumbre de changos que somos, y eso sin remitirme a Darwin y sólo observando como la iglesia poco a poco va descobijándose de los mitos insostenibles de que descendemos de Adán y Eva y de que somos los hijos de dios, parientes de las once tribus de Israel y eso de que “hágase la luz” y la luz se hizo y él le dio nombres a las cosas y luego descansó… Mientras se multiplica la población yo espero el cisma demográfico, me pongo las manos en la cintura y quiero ser feliz, extasiarme de lo insoportable como masoquista de semana santa y seguir por toda la vida engentado, entregado a este viacrucis eucarístico. —En días de globalización, el ambiente clamorea tipludamente el mercado más esnobista y deleznable. Ante tal atmósfera ya no carburo, bajo los ojos para ver las banquetas y de ese modo me encuentro a mí mismo, porque ver los aparadores aquí en las avenidas me nacen deseos, envidias, congojas, salen a relucir mis carencias y por lo regular termino diciéndome: “cuantas cosas tan maravillosas hay aquí y que yo afortunadamente no necesito.” Los oriundos de este sitio ya cambiaron por vocación a la globalización y al mercado mundial de suelas de llanta y correas a cómodos huaraches Nike, de pantalones de manta y remiendos a Levis con parches, rotadas y deslavadas; de sombreros aireados y sombreados a gorras de visera. No hace falta más que ver nuestra historia del vestido para comprobar que no ha habido un gran cambio. Las muchachas habían optado por una moda que las subyugaba siempre, que las postraba ante el mercado, ellas no querían dejar la pose de la belleza, pero, si acaso convinieran en pasarle en ese aspecto la estafeta al hombre; entonces, se podría pensar en una evolución y revolución perceptible de ellas. Andan por allí con alma entregada y espíritu vitriólico. Lo que subsiste es correr tras la gloria y la moda del día, con sus ambiciones y vanidades, ese es el individualismo empoltronado en nuestra actualidad. —El tiempo se pone como una caldera, pero ellos ni despiertan; ¡Vaya Humanidad pigmea! El pueblo dormido, siempre dormido, como muchos años atrás, tantos como antes del virreinato o más atrás, como el despierte tempestuoso durante las guerras floridas entre aztecas y tlaxcaltecas. Me repatea el hígado cuando escucho decir que quieren traer más hijos del futuro al mundo, ¡Sí, eso es, traigamos más hijos a la sufridera, rodeémosles a todos ellos de la miseria y penuria humana, convenzámonos, aunque sea falso de que el tiempo venidero será una maravilla para los recién llegados! Si nosotros ya estamos mosqueados, ellos tendrán su calendario menos curtido de inclemencias, los desastres del mundo serán erradicados por la ciencia y la tecnología, porque las indocilidades de la naturaleza las traeremos perfectamente gobernadas con la mano en la cintura… El pueblo siempre será un ingenuo, viviendo de sueños democráticos insulsos, pobres idiotas que creen en las utopías, los que estamos arriba siempre estaremos arriba y apuesto todo y me sostengo a como dé lugar, porque no estoy dispuesto a ceder mis comodidades a otro. —La globalización había hecho que la cultura regional se coronara con unos dirigentes altamente capaces y de cabalística sabiduría ¡Oh! Los hermosos programas culturales y estos no eran para pueblo liliputiense o receptivo de cualquier bicoca o zarandaja, sino la programación que la alta burguesía podría requerir o disfrutar y hablemos de obras famosas dirigidas por los más connotados directores de orquesta y de puestas en escena. Y coincidamos con ellos en que sería una grosería gastar los impuestos para que el artista cumpla su cometido porque hay muchas comunidades que viven en la miseria; sí, tienen razón, primero las ventajas de casa y comida y hasta después eso de cultura y suntuosidades, tienen razón en tratar de ahorrar, por eso ellos ya no quieren recibir viáticos para ir a foros sobre la administración de la cultura en Acapulco o congresos de directivos de institutos de cultura en Cozumel o qué sé yo, pero ¡Ah! Contradicción. El pueblo de Tlaxcala no se merece tantas cosas, no agradecemos a tan gentiles personas su apreciable servicio por la comunidad. Somos unos malagradecidos y bárbaros que no sabemos valorar su sacrificio y sobre todo su capacidad potencialmente arrolladora. No sabemos de preocupaciones y desvelos por las que pasan debido a tanta responsabilidad en los hombros. ¡Imagínense si no la cultura de Tlaxcala es demasiado! Ingrato es el pueblo porque sin base desconfía de las instituciones y hasta de la “transparencia” que se le propone. Hay en mi mirada —si alguno la ha conocido— una pequeña cuenca envenenada de abismos e ironías, en ella parece verse la historia del hombre de una manera descarnada, cruda, sin tapujos. La crueldad de mi ojo hace atravesar vigas en los ojos del vecino. El hombre no sólo pedalea sus cavilaciones sino también su bicicleta por las afueras de la ciudad, ha tomado la ribera del río, parece como si lo llevara la inercia del agua. Poco a poco las aguas van perdiendo su movilidad conforme llega a la pequeña presa que hace surtir del vital líquido a los terrenos del Oeste. Luce a lo lejos, por sobre la loma, las casas entre árboles y cielo; y abajo, el reflejo de ellas en una espejeante y quieta agua de drenaje. El cielo está suficientemente espumoso como para provocar melancolía, es un espumarajo lechoso, espuma chelera, esponja nubosa, algodonada. —Y allí está este mi país, arrugado de montañas enormes, como costras escamosas, ásperas y salvajes. Son cordilleras que bendicen mi terruño, que hacen más pasable la vida entre los hombres, que si no fuera por ellas entonces creería que existe un paraíso distinto, uno metafísico o uno donde hablan distinto idioma que el de Cervantes. Pero de todos, yo me quedo con este, con sus selvas verdes e impenetrables, con sus extensiones de costras tepetatosas, con sus ciudades precortesianas, con sus sierras norteñas y desiertos inhabitables, con la ribera del mar por donde pasea mi playera. Todo eso estaría muy bien si no estuviera decepcionado de las gentes, de la política, del sistema en el que vivimos, pero siempre las gentes asomando sus hocicos donde no les importa, persiguiendo sin gana sus rutinas. La multitud no tiene proezas, la muchedumbre nunca ha realizado nada sustancioso para bien de la historia del hombre, a no ser que hablemos de la revolución francesa, la guerra de los claveles o la revolución de octubre, pero una golondrina no hace verano… ¡pero por Zeus! He querido callarlo, pero la fealdad ideológica actual es humillante. Que Ala y Camaxtli nos protejan ante tanta adversidad y sobre todo pendejez… pero… No nos queda de otra más que perdernos en este laberinto de justificaciones y desesperanzas. ¡Y Aquí voy yo como un Quijote de la Mancha… montado en bicicleta!, Listo a atacar los mercados globalizados con un cerebrito como arma asesina. He decidido ir a berrear este discurso sobre los montes calcinados. Sí, en este paraje donde no se ve la gente y antes de que comiencen a aparecer continuo con lo mío. —Me imagino que el sistema es como una máquina que transforma a los hombres, les arranca la crítica, todo juicio u opinión; y sin darse cuenta van pasando uno a uno para que la máquina les vaya colocando su respectivo bozal y aplicando un par de gotas en cada ojo para que sólo puedan ver lo conveniente. La máquina imaginada sería de algún modo obvio para fabricar locos, o zombis, dicho aparato arremetería contra toda neurona capaz de ser provocadora de objeciones e impugnaciones y hacer fructificar neuronas adormiladas. Pero ya basta de tanta alharaca, el lenguaje siempre tratando de tomar rumbo, o alargar los momentos presentes. El verbo tal vez adivina su perdición, porque si yo muero, él mismo también desaparece. —¡Adiós hijos de Heraclito! Me voy al Hades como Orfeo a buscar a mi amante playera. Pero sépanlo bien, yo no me suicido, me ofrezco como un mártir, como una pieza sacrificial para redimir los pecados de todos, como una víctima propiciatoria adecuada; ¿Qué si soy Werther? No, no soy él, ¿Qué si soy Judas?, pos tampoco. Sólo me curo la herida que tengo por culpa de la existencia, y me voy de una vez porque mientras más estoy menos soy, al cabo que como dice Horacio “non omnis moriar”. Se acerca a la orilla del rio y se lanza.

     —Hora mira ese güey tan pendejo. —Sí, oyes ¡Santo chipotazo! —Le fallaron las coordenadas. —El muy bruto ha de ser intelectual. —Va a pescar o un resfriado o una enfermedad. —

    Después de lanzarse al río, el protagonista sintió el agua fría hasta las rodillas. Miró a su alrededor, esperando ser tragado por la corriente, pero el río era ridículamente poco profundo. Intentó sumergirse, pero el agua no le llegaba más allá de la cintura. Se rio amargamente, reconociendo la ironía del destino.

    Al intentar salir, se dio cuenta de que las orillas eran demasiado empinadas y resbaladizas. La impotencia lo envolvió cuando, tras varios intentos fallidos, empezó a pedir ayuda. Fue entonces cuando vio a la muchedumbre que tanto despreciaba, la misma que ahora lo miraba con curiosidad y con una risa contenida.

    —¡Ayúdenme! —gritó, tragándose su orgullo.

    Un grupo de personas, esas mismas que él había catalogado como «masa informe», se acercaron y, después de una serie de inútiles tirones, lograron sacarlo del río. Respirando con dificultad, el protagonista observó a aquellos que lo habían rescatado, reconociendo en sus rostros la inevitable conexión con la humanidad que tanto despreciaba.

    —Non omnis moriar —murmuró para sí mismo, mientras se sacudía el lodo del pantalón, aceptando, con una sonrisa irónica, que su legado sería más ridículo de lo que había imaginado.

    El escuadrón de la muerte

    H

    abía extrañamiento de esos perros roñosos, de los menudos que se remolinaban por los puestos de tacos o los grandes que peleaban a la hembra  enjundiosa; ¡Hay! Aquellos años en que vagabundeaban de un lado a otro, días en que se les veía no sólo en los mercados y parques sino hasta dentro de las iglesias o durante algún acto protocolario. Por lo menos había una razón para tener la mirada en la banqueta y… ¿Cuál era esa razón? Pues el peligro de pisar las mierdas que dejaban los perros callejeros, y aunque el suelo citadino es un elemento sabiamente postrado, se subyuga para ser algo, aunque sea receptor de ese tipo de mogote, es fuente donde se prenden las existencias para ser, para construirse, sumisión que llega a ser jugosa de leyendas y objetos. Es la historia de perros y de muchas otras cosas, la que se desarrolla en la calle, ella es su elemento, los ciudadanos no podían coincidir separados entre una y otra cosa, pero… cuanta remembranza…

                La vida en las calles deja experiencias enriquecidas, memorias que nos vienen de las arterias, de la vida comunal, del encuentro azaroso con el mundo de gente, la interconexión con un sinnúmero de almas que se entrecruzan frente a los zaguanes, las oficinas postales, los distintos parques, los mercados, la tenducha, en fin. Frente al puesto de periódicos está uno de mis sospechosos. He estado investigando la desaparición de los perros callejeros. Parecen haberse extinguido, y no porque los de la perrera sean eficientes; de hecho, según supe, han estado importando jaurías de Puebla para justificar sus sueldos ante la Secretaría de Salubridad. La vida de un perro callejero no vale nada; cuando los atropellan, nadie los recoge, y su carne se desparrama bajo las ruedas de los coches. Antes, estos animales eran sagrados, sacrificados a los dioses o consumidos por las clases altas, pero hoy, apenas queda rastro de ellos en las calles. Mi curiosidad por este fenómeno me ha llevado hasta aquí, sentado en la orilla de la fuente.

    El sospechoso al que he seguido desde hace dos días está sentado cerca del puesto de periódicos. Es de estatura regular, tiene el labio superior algo invadido a los orificios nasales, razón suficiente para conformarse con un bigote muy lineal y excesivamente ralo, su parroquia de canas se ausenta cada vez más por su catedral de calvicie y su ajada cara nos afirma que ha vivido los últimos veinte años de su vida en la banqueta, con el sol siempre de frente. Él es un “teporocho” y es miembro activo del llamado “escuadrón de la muerte.” El Escuadrón de la muerte es el grupo de borrachines empedernidos que gusta asolearse disfrutando de la cruda tras la iglesia de San José. A él le dicen “Barrabás” y es un hombre desheredado de la gracia de Dios, se decía que él tenía un monstruo revoloteando en su cabeza, y siempre anda por allí como perdido, como si anduviera buscando un impermeabilizante para los helicópteros. Mentira que él anduviera descalzo, injusto decir que andaba greñudo y aún más insultante decir que andaba por las calles harapiento y cabizbajo; él era un hombre autóctono, ¡Sí, y eso que tiene de malo! La verdad era que él como ningún otro se enfrentaba a la muerte con la mano en la cintura; pero claro, nadie es perfecto, con una cobija de alcohol bajo el sobaco. Y allá. Aquél que viene con un perro amarrado es su compinche, uno de los miembros del club. Tiene la cara un poco españolizada, tiene una permanente sonrisa de idiota. Vivían en una pobreza que retoñaba todos los días. Yo los veo y me hago el desentendido, finjo que espero a alguien y que estoy desesperado y más, que no me interesa sus vidas; pero, por el rabillo del ojo izquierdo los atisbo.

    ¿Por qué consideraba que ese par podrían ser parte de los culpables de que estén extintos los perros callejeros? Esos hombres se veían que eran muy cariñosos con los animales, les daban de comer y se les veía cada vez con distintos. Tal vez por eso, es que tengo mis dudas en ellos, pero, ¿Cómo es que le han vendido algunos kilos de carne de res al señor de los tamales si ellos ni de donde puedan tener ganado? Y luego ese dinero para lo único que sirve es para comprarse el mezcal, el tequila y esas no son todas mis sospechas, sino que también tienen una cabaña —ellos le llamaban “bunker” —que era visitada por “el escuadrón de la muerte”, pero sólo por las tardes y noches, sus preferencias diurnas estaban en esta estancia tan acogedora digna de la más excelsa farándula como lo es el parque tras la iglesia de San José donde me encuentro ahora. Yo conozco de lejos esa cabaña, no les daré el sitio exacto porque de igual modo como dicen las autoridades: “para no entorpecer el desarrollo de las investigaciones” y el sitio es más o menos al noroeste de la capital de Tlaxcala frente al pueblo de Axotla del Río y en un sitio poco accesible.

    —Barrabás, a este me lo encontré muy solito allá por la escalinata, parece que tiene hambre, que te parece si “le damos pa sus tunas”— dice el compañero que llega y se acomoda en la banca, es una voz de guturación cavernosa como si las cuerdas bucales estuvieran destripadas o las tuviera a punto de la amputación. Sus harapos no se cohíben ni tantito cuando pasa algún trajeado rumbo al palacio legislativo.

    —¿Sabes que ha pasado con el sol?… ¡Ya se fue el güey tras la nube!

    —Y eso a mí que me interesa, el puto ni siquiera calienta… —se quedan los dos allí viendo como pasa la gente, en ocasiones avientan una carcajada sin razón, se cuchichean. Yo los observo, trato de escuchar toda su conversación, pero no logro entender algunas cosas que dicen, el albureo es su medio de expresión más hospitalario.

    Tal parece que los coches se estacionan aquí en la calle, frente a mí para que yo hable sobre de ellos, pero para que; son simples carros con motores de combustión interna, además no son parte de mi investigación… dejo eso porque los borrachines ya se van, se dirigen rumbo al mercado por la calle Veinte de Noviembre y yo voy a seguirlos sin que se den cuenta.

    Se ve que van contentos, hasta les lanzan algún piropo a las muchachas. De vez en cuando le dan un jalón al lazo del perro, de lejos ven a otros dos compañeros. Están en el mercado tirados en el suelo, su embriaguez los invita a estar en esa placentera comodidad; ya hasta el perro que tienen a un lado se aburrió y está tranquilo con las orejas levantadas y la lengua de fuera, el calor de las primeras horas de la tarde se le espesa en la lengua. Se ve que fueron a limosnear las tortillas porque allí las tienen, y es posible que también algún taco a las cocineras del mercado. Guardo cierta distancia. No cruzo la calle. Me quedo como que viendo el puesto de plantas de ornato. Son bonitas, Los tipos se ayudan unos a otros y se dirigen al Este. Parece que se dirigen a una fiesta. Uno de ellos se regresa al mercado, supongo que va a buscar algo. Al pasar por la Michoacana se me antoja una paleta. Es de limón. Después de seguirlos por tres calles, ellos entran en una puerta, los sigo. La puerta está entreabierta, seguramente para que pueda entrar el otro beodo. Entro y es un largo pasillo de tierra y al final unas escaleras malhechas, de lado izquierdo arbustos. Me quedo quieto tras de ellos. Sé que el hombre que falta no tarda en entrar. Pasa cantando una canción de José Alfredo Jiménez. Espero un momento y luego continúo subiendo por los escalones hacia la cabaña. Me desvío por unos matorrales, sigo subiendo y sobrepaso la altura del techo de la cabaña. Se escucha una música estrenada, recién echada a funcionar. La canción desatornilla los distintos instrumentos como si quisiera que cada uno corriera por su lado, como un almácigo revuelto de semillas de bosque. Me acomodo en el sitio, es un escondite entre la maleza. Si me llegan a ver son capaces de venir a romperme la cara. A las dos mascotas las tienen amarradas a una estaca en el patio, ¡Qué lindas, hasta parece que las tienen consentidas! Pero… regresan con unos instrumentos. A uno de los perros le pusieron como que cloroformo en el hocico, y se desmaya, luego con una maquinita rasuran la pelambre, el que hace el trabajo es el menos bebido, luego de que termina lo levanta en vilo y como que lo ofrenda a los cuatro vientos. Cuando lo voltea hacia mí veo la inscripción en el lomo del perro, dice Camaxtli. En cada calambre del animal punzaba una desbandada de temblores como “chiripiorcas” muy sonoras y vibrantes. Era el perro que ya despertaba de su anestesia. El hombre toma fuerzas y desde las alturas azota al animal en el piso. Titiritaba el perro, se veía que tenía frío, tal vez buscaba su edén, él ignoraba que se convertiría tal vez en un bocadillo. El hombre toma el cuchillo del suelo y  degüella al animal.

    Barrabás enciende la fogata mientras destazan al animal, otro se acerca con una bolsa de chiles y tortillas, la sal está en un cajete sobre una piedra. Al otro perro se le empieza a hacer agua la boca al ver la jugosa y fresca carne. Lo más seguro es que ese será su último festín. Para mañana estaremos disfrutando de esas delicias que hace el tamalero

    Me salí del restaurante 

    “Lo inexpresable no existe”

     Théophile Gautier

     …Y

     Ahora que las tortillas han pasado a ser un artículo de lujo, haremos una declinación hacia ese alimento barato y consumible: el pasto y los quelites. En eso estaba cuando entré al restaurante y todo en él me tomó desprevenido, los quelites y el pasto se quedarían con las ganas porque allí los chiles rellenos me daban la bienvenida, la ensalada se enverdecía nomás por el gusto de verme y la pizza, toda ella me guiñaba el ojo lleno de salsa de tomate; las hamburguesas se cuchicheaban para hacer alguna estrategia y así llamar mi atención, el mole tomaba fuerzas de no sé dónde y sacaba a relucir su aroma deslumbrante, el pozole siendo un poco más grosero, lo único que hacía era pelar unos dientes bien reventados, el espagueti, trataba de lazarme el cuello, en tanto que el chile colorado se ponía furioso y un poco más colorado, los tacos con crema tocaban sus flautas y la pierna ahumada me invitaba adentro, o hincarle un colmillo; pero las  chuletas de lomo… ¡Esas no tenían vergüenza!

    Una vez que me acomodé en la mesa, las galletas empezaron a hechizarme con su aroma dulce y seductor. No pude resistir la tentación y, sin pensarlo, comencé a devorarlas una tras otra, dejando que su sabor envolviera mis sentidos. Mi mirada de gavilán se abalanzaba sobre los platillos. El perfume anais-anais me vitoreaba la indulgencia Mi indiscreción no preocupaba a nadie, la avispada mirada continúa desperdigándose por la estancia.

     “Los hipopótamos me roen. Los corderos, cuando me miran, acuden a acurrucarse en mis cobijas; un pequeño tritón ha chupado mi cerebro y ha ocupado su lugar.”

    “Sentí cómo los hipopótamos me roían con sus miradas implacables, mientras los corderos, al verme, se acurrucaban en mis cobijas. Un pequeño tritón, en un acto surrealista, había tomado el lugar de mi pensamiento, llenando mi mente con su presencia extraña.”

    Me veía en el parque y allí, la hoguera prendida a una pértiga en vaivén  era atacada por ligeros cohetes  que cruzaban la distancia y estos se encontraban amarrados a cintillas largas, como mechas sulfúricas  que al tocar la lumbrera se prendían y hacían caer trenzas pirotécnicas de colores y contornos humeantes desde lo alto, se me figuraba ver aquellos antiguos artefactos pirotécnicos que dejaban caer encendidos de cohetes: chispas y petardos desde la torre de la iglesia, hasta la explanada por medio de una soga. Aquellos jóvenes cerca de la fuente hundida jugueteaban para ver quien ganaba en la competencia de tener el mayor alcance en sus patinetas.

    Comía todo aquello como un desaforado, los meseros me atendían con maestría. Degustaba los manjares con todo y sus colores: rojo salsa, verde perejil, color tortilla, blanco cebolla, entre otros y bebidas varias como vino, refresco de soda y café. En el portal izquierdo, cerca del bar, las noticias titiritaban en la pantalla de la tele, anunciaban tal vez buenas noticias, como siempre, yo esperaba las peores inclemencias. —a grosso modo—, la inconformidad de la tribu se climatizaba en el ambiente. La erupción de la guerra encostalaba a gatos, y a perros. Las lúdicas caras de: Centímanos, Multicéfalos, Cien-ojos, Cari-horrendos, Zoomorfos; Híbridos de múltiple casta como el Cerbero, la Quimera; se dejaban ver en la pequeña pantalla. Como que se querían salir de ella…

    Estoy impúdico. Sentí cómo los hipopótamos me roían con sus miradas implacables, mientras los corderos, al verme, se acurrucaban en mis cobijas. Un pequeño tritón, en un acto surrealista, había tomado el lugar de mi pensamiento, llenando mi mente con su presencia extraña. Dejemos que las larvas vayan colonizando en tribus por mi vieja axila. De manera muy escueta, una bifurcación de células hizo de mi entusiasmo un vodevil. Y luego, un Hipocampo gendarme inauguró una marcha de Híbridos: la marsopa-raqueta, el estudiante-hurón, el murciélago-betún, la pantera-oasis. Los espectros del transporte se asomaban al restaurante y se abrazaban a la estructura del edificio. Alguien me llamó. ¡No supe que pasó! Pero… me salí del restaurante sin pagar la cuenta. En ese momento desperté de mi sueño.

    El vestido de novia 

    —Y

     ¿Ahora qué vas a hacer con el vestido?

    —Allí que se quede, como si me importara, pero triste Diana, conque me quería enjaretar su hijo si yo nunca nada con ella, a lo más, llegábamos a unas calenturas leves.

    —¿Cómo te diste cuenta?

    —Se fue a probar el vestido y no le quedaba, le habían tomado las medidas dos veces porque el vestido ya le habían cambiado la talla hace como quince días; y vez como es mi mamá, bien metiche y le saca la verdad. Dice mi mamá que se puso a llorar, pero nada se puede resolver, si ella hubiera sido sincera, sabes, hubiéramos resuelto el problema, pero ese engaño ninguno lo pasa, te lo aseguro. ¡Petra, dale vuelta al casete… se acabó! Si, como vez, son jaladas, he de estar salado para que me pasen tantas cosas, me roban mi bicicleta, voy a tomarme unas copas y me parten el hocico, pierde el Cruz Azul y.… y pues esto de Diana. ¡Se pasa!

    —¿Y habían entregado las invitaciones?

    —No, Martín iba a ser el padrino de invitaciones, me dijo que tenía otras deudas por pagar, pero en esta quincena sí iba a tener dinero para eso, al rato lo voy a ver para decirle las nuevas. se va a burlar el cabrón, pero ya ni modo.

    —¡Voy por las tortillas y por allí voy a comprar azúcar…!

    —Oyes. Pérate, no seas malita Petra y tráete una caguama, pero te la traes bien helada, sabes… te traes de las del fondo, esas sí están frías.

    —Aja

    —¿Dónde está tu mamá?

    —Se fue por el vestido, pues ya está pagado y terminado.

    —Bueno, me voy, nomás venía para enterarme de eso.

    —Pérate, ¡No ves, fueron por la caguama! A poco crees que la mande a comprar para mí solo. Aguanta. Aguanta. Petra tiene también hecha la comida… ahorita comemos— Los dos amigos Fulgencio y Nicolás se quedaron platicando sobre el fútbol, sobre los asuntos del trabajo entre otras cosas.

    Los dos trabajaban en una tienda de telas en la principal calle de la ciudad. La casa de Fulgencio se encontraba en la unidad habitacional de Santa Gertrudis en el municipio de Ocotlán en el Estado de Tlaxcala. Fulgencio tenía ganas de casarse, y como hombre prevenido, antes de comprometerse con Diana había salido varias veces y simultáneamente tanto con Diana como con Cristina. Cristina era una jovencita de diecinueve años que trabajaba en la papelería que estaba a un costado de la tienda de telas donde laboraba Fulgencio, era una mujer simpática y de cabello lacio. Fulgencio siguió saliendo con Cristina cuando se rompió el compromiso con Diana, pero Cristina no se enteró de su anterior relación y enlace. Al mes siguiente, Fulgencio le propuso matrimonio a Cristina y ésta acepto.

    —Mamá, ven Mamá, ven a ver el vestido, lo trajo Fulgencio, ha de estar lindo.

    —Estoy viendo la novela, vente para acá, allá en el comedor no hay buena luz niña— la señora se levanta del sofá y enciende la luz. En el centro de la sala hay una mesa de centro de madera y vidrio en tinte de cedro. La muchacha pone el vestido sobre la mesilla y ese mueble desaparece ante el enorme volumen de la prenda.

    —Pero mira qué lindo.

    —Sí, era la sorpresa que me tenía Fulgencio.

    —Hay, pero sí parece que hasta sabía tus medidas, anda sácalo de la bolsa, quiero verlo completo, ¡Hay mi niña de blanco! Pero cuando iba yo a pensar que te ibas a casar tan pronto, pero ni modo, así es la vida. —Cristina saca el vestido, lo desempaca y se lo pone enfrente, como midiéndoselo. Toma la tela a la altura del muslo y lo abanica para dejar ver su esplendidez.

    —Hay mamá estoy tan emocionada… y muy nerviosa.

    —Hay no creas que yo no, hija, desde que me dijiste que te habían pedido en matrimonio no salgo de las preocupaciones, creo que hasta he bajado de peso nomás de la preocupación.

    —Todo saldrá bien mamá, no te preocupes, yo soy la que no debo de subir o bajar de peso, que tal si luego ya no me queda el vestido.

    —Oyes hija, pero anda, saca el tocado que también lo quiero ver. Mmm… es este. Hay mira nada más que encanto es como el que usó tu tía Narcisa, en forma de “v” en la frente, nomás que el de ella tenía unos como azares colgando, como toquilla árabe, tenía más pedrería, pero eso pasó de moda. A ver ven para que te lo vea puesto, tenemos que ir pensando de una vez como vas a ir peinada, no quiero que a la mera hora te vayan a querer poner cualquier chongo. Hay pero que linda, mira, te lo vamos a agarrar de acá y de acá para que no se te caiga o te lo jalen, acuérdate que vas a bailar a la “víbora de la mar” y luego jalan mucho el velo.

    —Hay ma me pongo tan nerviosa, de que me vaya a tropezar allí entrando en la misa o a pasar cualquier otra cosa. ¡Ah! Tenemos que comprar las zapatillas, las medias, los ligueros y.… bueno todo lo demás que hace falta. Sí, tengo dinero para eso. Luego hago la lista.

    —Hija, el viernes no vayas a salir a ningún lado, porque Mary está organizando tu despedida de soltera. Allí vas a recibir tus primeros regalos. A todo esto, hija ¿A dónde van a vivir?

    —Mientras, vamos a vivir allí en su casa con mis futuros suegros, y su tío tiene un departamento rentando allá por Ocotelulco y se lo va a rentar barato, pero vamos a esperar un poco hasta que lo desocupen y le hagan unos arreglos.

    —Bueno, hija eso no importa, el hombre, aunque sea pobre, pero honrado, y sobre todo que te quiera mucho hijo.

    —¡Hay que emoción! Te juro que vamos a hacer muy felices y.… luego, luego quiero tener un bebe, tu primer nieto—En sus caras hay felicidad, regocijo, el compromiso avecindándose las llena de emoción, se entusiasman por el evento. Para la noche, el vestido quedaba colgado desde un sitio alto esperando sus futuros protagonismos.

                La secretaria del párroco se acomoda en la silla, y observa el libro, el acta de nacimiento y las fotografías.

    —¿Usted dice que se llama cómo?

    —Cristina Portilla Méndez, vea, aquí está mi acta de nacimiento y mi fe de bautismo.

    —Pues sí, pero… según parece este señor ya se casó, las amonestaciones corrieron hace tres meses y se casó en otra iglesia, aquí no. El nombre de la mujer con la que se casó se llama… mmmm. déjeme ver… aja  Diana Hortensia Tlapale Ortega

    —No, No es posible, ha de estar usted confundida. Él no está casado, su nombre completo es Fulgencio Pulido… ¿Cuál es su otro apellido mamá?

    —No lo sé, pero allí está en su acta de nacimiento además usted ha de tener las fotografías que se dan para las amonestaciones.

    —Sí, pero, las amonestaciones que se corrieron en estos meses todavía están pegadas en la vitrina a la entrada a la iglesia.

    —¡Fabiola venga un momento por favor! — grita el párroco desde el interior de una oficina contigua—Las dos mujeres, madre e hija se quedan sin comprender nada, anonadadas ante la noticia. Se miran una a otra, en sus caras campea la sorpresa. La secretaria regresa.

    —Lo siento, pero no se pueden casar, él ya está casado. Si quieren pueden ver las amonestaciones, aún están pegadas a la entrada de la iglesia.

    —Gracias señorita, nosotras casi, casi nomás veníamos a pedir informes, pero… vamos a ir a ver cómo se resuelve este malentendido o que nos den explicaciones de esta burla. —recogen sus papeles y salen de la oficina. Cuando van a la iglesia van diciendo pestes y maldiciones, diálogos indescriptibles.

    Cristina entró a su casa. El timón que gobernaba su templanza estalló por los aires, de modo tan eficaz que hizo un hoyuelo cavernoso en sus poderosos ojos vidriosos y animalescos. Estando así su aura azul color calma se transformó en amarilla color puntiagudo; el desarreglo de su espíritu, tan imprevisto y sólido como el esqueleto de un felino haría temblar al mismísimo diablo y observándola en cámara infrarroja se podría atisbar a una bestia que bufaba furia o a una máquina que fabricaba el carmesí calorífico propio de los elevados grados centígrados. Entró a su recámara y allí estaba el vestido, no encontró otra cosa en que vengar su dolor que en esa prenda —¡Maldito Fulgencio, me las vas a pagar! ¡Te querías burlar de mí, me querías ver la cara!, ¡Pero no se te hizo, no soy ninguna tonta y ahora veras! — La muchacha intempestiva, furiosa, toma los cerillos que están en el buró, arranca de un jalón el plástico que protege el vestido y empieza a lanzar cerillos encendidos desde su cama. Está encorajinada. Al vestido le van apareciendo llamas que luego se apagan, se le van haciendo una especie de lunares negros, hematomas tostados. La prenda va pasando de vestido blanco y pulcro a vestimenta: disfraz de traga fuegos.

    La mamá de Fulgencio se codeaba muy bien con la cocina y se entendía de tú con las especias. Llegó Fulgencio a la cocina y con la habilidad de un tejón digirió todo lo que estaba sobre la mesa, luego se limpió con la manga del suéter— Ma voy a ir a ver a Cristina para ver cómo le quedó el vestido, horita le voy a decir lo de Diana. Espero que no se enoje.

    —Y cómo crees que no se va a enojar, si eso acaba de pasar y tú ya te vas a casar de nuevo. Y lo peor es que con el mismo vestido. A ver si no te hace comprar otro. Porque a las mujeres no nos gusta eso de “cosas de segunda mano”.

    —Bueno a ver cómo me va, nos vemos.

    —Aja, ¡Oyes hijo, de regreso compras un litro de leche y pan para la cena!

    Huyó su esperanza para casarse, como un tornado sobre los campos de Arkansas, cuando vio la cara de ella al abrirle la puerta, en ese momento era tan brava que un insulto de su boca podría de algún modo causar una infección. Ella lanzó su ponzoña exacerbada y cuidó muy bien de hacer a él con sus palabras el mayor mal, minando así el horrendo pecado que había cometido, haciendo y diciendo se fue contra él y casi desaparece ante los golpes y los insultos, había en todo el vecindario por culpa de esa camorra: palabras en estallido, cuchicheos tras las ventanas, griterías de los vecinos. El enamorado no podía explicar nada, nadie lo escuchaba, los otros no tenían oídos para escuchar sino sólo lengua para injuriar y brazos para golpear. Al hombre le nacían moretones por el cuerpo de igual modo como le habían nacido hematomas tostadas al vestido. En últimas supo que quien podría salvarle serían sus piernas, y no tenía otra opción, así que utilizó esa opción. Salió como tapón de sidra en noche de Navidad. Otro día explicaría las cosas, en ese momento no. Cuando regresó Fulgencio a su casa, su madre no le preguntó sobre el encargo que le había mandado traer. Tampoco lo iba a castigar con unos cuantos golpes, ese día ya había recibido su dotación. Esa noche no cenaron ni leche ni pan.

    Dos días después los padres de ambos se reunieron para aclarar las cosas. Fue entonces cuando supieron que Fulgencio se iba a casar con Diana, pero se había suspendido la boda porque ella estaba embarazada de otro y quería comprometer a Fulgencio. También se supo que las amonestaciones habían corrido y como habían especificado una fecha y una iglesia pues en la catedral, la arquidiócesis dio por sentado el casamiento de Fulgencio en otra iglesia. Pero Fulgencio nunca aclaro el rompimiento del enlace. Otro de los datos relatado entre las dos familias era el de Cristina, ella había quemado con cerillos el vestido de novia y aunque se aclararan las cosas, el vestido quedaría inservible. Para esto, salió a relucir que la mamá de Fulgencio no sólo se hablaba de tú con las especias y la cocina sino también con la costura, y se convino en el arreglo con holanes, encajes y bipiur.

    En el día de la boda el sol había despertado de buen humor, parecía todo él una serranía de ortigas amigables y como un rascacielos mancomunado con las nubes así se veía la relación del sol caliente con el evento que se avecindaba. A los vientos parecía los habían embalsamado y en esa tarde no pudieran molestar. En la casa de Fulgencio se vivía un entusiasmo desde tres días antes. En el patio se había puesto un manteado que cubría todo el patio, y uno más… pequeño, de color azul frente a la cocina de humo, allí se podía ver a la gente trabajando para hacer la comida. El mole ya lo tenían listo, faltaba que terminara de cocerse el pollo y el arroz. Los repartidores de refresco y cerveza descargaban cajas y Petra y algunas primas de Fulgencio adornaban el improvisado salón de fiesta. Al patio le habían echado agua para que a la hora de la fiesta no se levantara el polvo. Se había calculado muy bien el número de mesas y de sillas, pero el lugar resultaba pequeño para recibir a doscientas cincuenta personas sin contar el espacio que ocuparía el conjunto y sus bocinas. A la entrada, en el quicio del zaguán había una herradura de flores con dos lianas de margaritas que se extendían a los costados y allí frente a la casa, el coche de Nicolás, el amigo y compañero de Fulgencio; tenía el auto un adorno con globos, flores y listones.

    Los miedos de Cristina sobre tropezarse a la entrada de la iglesia habían sido infundados, todo ocurrió normalmente como cualquier boda de pueblo, donde no falta un chilango, la naca o la despampanante mujer que roba miradas frente a los santos de la iglesia. El padre dio su sermón invariable sobre fidelidad y otras virtudes cristianas; y como siempre, no falta la enorme lista de amigos, conocidos y hasta desconocidos que pasan a tomarse la foto del recuerdo frente al altar. Mientras esto ocurría. Diana, con cuatro meses de embarazo, continuaba con sus vómitos todos los días, le daban mucho coraje esos malestares y siempre buscaba desquitarse con alguien, como no pudo convencer al padre de su hijo, pues iba a tener que resolver su asunto ella sola.

    Fulgencio andaba como poseído, feliz porque se casaba, cargó a la novia y la introdujo a la casa, llevaban incienso, flores y un canasto de no sé qué, luego bailaron el guajolote, después de eso se fueron a meter a la sala todos los mayores, los padres y los novios, y luego la comida. Conforme transcurría la fiesta se iban vaciando las cazuelas de arroz, los chiquihuites de tortillas, los cartones de cerveza y refresco. Era de adorarse la pureza que tenían en sus pechos las muchachas, es una pureza semejante a la que anuncian en el agua de garrafón, ellas se veían encantadoras como hermosas piezas de joyería adornando la fiesta; y en el baile, los invitados de muchos lugares, van levantando en la zona el polvo, ellos y ellas sudorosos, las manos pegajosas, dando aplausos a las cumbias del conjunto y oliendo a perfume barato; son acomplejados, no levantan las manos cuando dice el animador porque, “¿Qué dirán los demás?”. El animador del conjunto se afanaba en amenizar el ambiente de la celebración, pero la gente poco, muy poco… seguía aplatanada. Fulgencio se quitó el traje y se fue a poner un pantalón de mezclilla con pinzas, una camisa anaranjada, botas chatas y un sombrero de pana. Se veía ridículo. La mera verdad había mucho naco en la boda. El eterno vals duró hasta las cansadas y luego se acostumbraba que, en las bodas, al novio lo conducían como a un muertito y le tocaban una marcha fúnebre y en la ocasión pues a la novia también, cuando empezaban a levantar a Cristina para pasearla como muertito le cayó encima, sobre el vestido un globo con sangre. De lejos Diana se marchaba entre empujones y gritando: —¡Ese era mi vestido y tú no lo vas a lucir mejor que yo!

    El mal tercio

    —T

    ú me vas enfriando el agua con las yerbas para que no esté tan caliente, mira, le vas haciendo así—  toma la jarra, la introduce en la cubeta, levanta la jarra y deja caer el chorro opalino y vaporoso, su acción ha dejado una estela gaseosa frente a ellos. La tía Prudencia deja el asa en manos de Lucas. Entra a la recámara de Marcela cuidando de dejar bien cerrada la puerta. Dentro de la habitación se respira un ambiente de sauna, la tía está dándole un “baño de asiento” con yerbas medicinales, después será un masaje, y luego va a “apretar” a su sobrina después del baño. Tras las cortinas de la ventana hay una opalescencia escarchada en los vidrios, motivado por el excesivo tanto de calor como de humedad; el tufo del azufre mezclado con alcohol y eso revuelto con el penetrante aroma de ramas de Eucalipto, Pirú, Romero, Árnica, Manzanilla y hojas de Sompancle; hacen de la ambientación un escenario propio de alquimista medieval venido a menos en un lugar tropical. La pobre mujer atendida sufre su vía crucis con abnegación exacerbada, como si gustara de un masoquismo místico, escrupuloso. La tía aconsejaba a los de la casa que las mujeres no podían atarse el pelo ni llevar anillos, y no deberían cruzar las piernas por ningún motivo; y también se tenían que deshacer todos los nudos que hubiera en el cuarto, no cruzar los brazos ni las piernas ni pisarse un pie con el otro ante un enfermo.Todas estas cosas las había aprendido de la abuela Margarita, curandera del pueblo de Iztulco. La abuela Margarita ya había muerto.

                Después del baño la tía Prudencia pidió a Marcela que dejara auscultarla para intentar saber la razón de porque no ha podido tener hijos. Ella accede. El tratamiento del baño era precisamente para eso, para ayudarla a concebir. Hace tres años que se casaron y no han tenido familia. Marcela está desesperada y lo desea con tantas ganas como judía sin descendencia. Él, como cualquier macho mexicano le echa la culpa a ella.

    —Hija, tú estás bien de todo, sí hija, ¡Sí!, Todo en su sitio, ninguna anormalidad. ¿Y tus reglas?

    De lo más normal tía, ¡Y como relojito nuevo!

    —Bueno pues, entonces el que no funciona es tu marido.

    —¿Será?

    —Pos puede que su semilla no tenga mucha fuerza, ya ves los malos hábitos y vicios que tiene, no creas, esas cosas también afectan.

    —No, pero si apenas que estábamos hablando de enfermedades de cada quien, o sea de la infancia, él me dijo que sufrió de las paperas y que los testículos se le inflamaron re feo, dice que ni podía caminar. Pero eso no lo dice mi suegra, eso se lo calla, ya ve usted tía que toda la culpa me la echa a mí.

    —¡Huy! Hija eso de las paperas es malísimo para los hombres, si no se cuidan pueden quedar estériles.

    —¡Dios santo! A poco tía, no me diga que me voy a poner a chillar, con tantas ganas que tengo de tener a mi bebé.

    —Pos sí hija, tenía mis dudas antes pero ahora ya no. Tu marido es el que no puede.

    —Será que nunca podré tener hijos… —La mujer se queda pensativa, esquiva la mirada y observa como baja una gota por el vidrio de la foto de novios, parece una lágrima que ella ha dejado caer. En la foto de estudio ambos se ven tan felices, tan lejos de saber la actual y triste noticia. Ambas se quedan pensativas, quieren buscar soluciones al problema, sus cavilaciones continúan hasta que escuchan la voz de Lucas tras la puerta:

    —¡Doña Prudencia! Qué hago con las hiervas hervidas que quedaron en la cubeta, ¿Las echo a la basura?

    —Sí, pero espérate, voy para allá. Oyes hija, y si le decimos a Lucas que preste su semilla, sólo una o dos veces y ya tienes a tu hijo, además son hermanos, la cosa quedaría sólo en la familia —El asunto era así como los antiguos espartanos: El viejo, el estéril o el que deseaba mejorar la casta, cedía a la esposa y aún la prestara a sus propios hermanos. El pueblo espartano debido al decrecimiento poblacional por cuestiones de guerra, utilizaba este tipo de interrelaciones sociales; las madres tendían a ser muy reproductivas, la patria necesitaba de soldados por tanto se los exigía; ante todo esto, la cuestión entre Marcela, Ulises y Lucas no era muy nueva.

    —¡Hora qué cosas anda diciendo tía!, ¡Qué ocurrencias! Con Lucas. Un hijo. Y Ulises qué…

    —Al rato que nos juntemos, más tarde, se lo proponemos a la familia y les hablamos de todo esto, y a ver qué pasa; además, lo que queremos todos es que tengas un hijo, el modo pues que sea el que sea, o que… ¿Para lograrlo quieres prestarle el culo a cualquiera que se te cruce en la calle, a un desconocido?

    —Hay no, tía, como cree. Estoy tan desesperada pero no para tanto.

    —Bueno pues, entonces al rato lo platicamos.

    Fue una reunión informal, platicaron del asunto mientras tomaban refresco y comían botana de pepitas y cacahuates. Ulises estuvo en desacuerdo y tuvo algunas contrariedades, pero al final y a regañadientes accedió. Entre Lucas y Ulises ya había habido prestamos de esta naturaleza; de jóvenes, cuando iniciaban por conocer su sexualidad, muchas veces se rolaban a las novias. La que no estuvo en nada de acuerdo fue la suegra. A ella nadie le iba a quitar de la cabeza que quien tenía la culpa de no embarazarse era Marcela. Ulises era un personaje de lo más complejo; por un lado, era vegetariano, le hacía la competencia a los herbívoros, tal vez por esa razón tenía ojos de borrego y por la otra tenía una personalidad elástica y hacía de su adiposidad una llanta. Le gustaban las corridas de toros y no cruzaba frente a un panteón a solas porque le daba mucho miedo. Creía en los espíritus chocarreros y en el nagual. Cuando andaba con dinero extra acudía a los centros nocturnos y se acostaba con una prostituta. El matrimonio entre Ulises y Marcela era de lo más normal. El devorador de siluetas esbeltas llegó tiempo después del casamiento, de modo como siempre acostumbraba y poco a poco fue comiendo la silueta atlética y joven de él y de igual modo fue defecando bajo la piel, el gordo de manteca que todos conocemos.

    Era obvio que Ulises no dormiría en su casa porque su hermano dormiría en su cama, con su esposa, no tenía ganas de hacer mal tercio; por tanto, decidió irse de juerga. Primero en bares que conocía perfectamente, con baile erótico y meseras en bikini, y luego en un baile de esos de corbata, en donde abundaba el color de los cuervos y los escotes voraces, y por último con una putita muy azarosa. Por la madrugada soñaba que fornicaba con una chiva muerta y totalmente despellejada. Hemos de pensar que esa noche la pasó muy bien.

    Lucas terminó de bañarse y fue al cuarto de Marcela, ella estaba recostada viendo la telenovela. Tomó el control de encima de la cama y le cambió a un canal de música:

    —No espérate, no seas, deja que termine mi novela, que no ves que ya se puso re interesante.

    —Que no te vas a bañar, está caliente el agua.

    —Con la bañada que me dio mi tía en la mañana a poco crees que necesito más.

    —A ver, te voy a revisar… —Él empieza auscultando las orejas y estira la pijama para asomarse adentro.

    —Espérate güey por lo menos hasta que estén los comerciales— Lucas se acercó al tocador y se peinó, tomó un poco de loción para después de afeitar de su hermano, era de la marca Giorgio Armani. Luego fingió hacer strip-tease sobre el taburete; cosa que no le resultó pues tenía movimientos a lo Juan Gabriel, un tanto afeminados. Ella rió un poco, se quitó la ropa y apagó el aparato. En ese momento hasta parecía que le rendía culto a la adultera Clitemnestra, una diosa griega de no pocos inciensos en aquella cultura. Lucas empezó con un latino tropezón de besuqueos muy al estilo francés directo al pecho mofletudo. Sus pezones hacían hacer de cerca a Lucas una “o” bien redonda, como bocal algo olímpica. La cama resultó tan cómoda como una pantufla. Marcela era una mujer cachonda, se ponía ardiente tan rápido a modo de procesador Pentium IV a seiscientos Mega-Hertz. Su cuerpo era tan incontenible como excitación juvenil en table-dance. El sexo se deslizaba por sus cuerpos como tabla de juegos extremos y los contorsionismos eran los ejercicios para esa noche. El diminuto polvo que caía sobre las gotas de sudor de sus cuerpos, se divertía de lo lindo. Ella tenía entre las piernas un sexo bizco, ciclópeo, como de cizaña, y ella escandalosa —pero en quejidos— como las bolsas de las papitas. Lucas en veces se veía de espíritu postizo, falso; al principio se sentía un Abrahán celestial pero cuando Marcela terminó de amarlo, parecía Jesucristo al final de su viacrucis. Toda su figura parecía un retruécano predicado por Sor Juana, y eso que no era un hombre necio que acusa a la mujer sin razón.

    Opción de cierre número uno:

    La tía era demasiado imprevista, podía llegar a la casa con una sarta de insultos equivocados, con su recalcitrante modo de hacer las cosas a su manera o con una canasta: frutas de temporada y quelites o manojos de borraja, flor de tila y estafiate. Esa vez, muy de mañana llegó con una cubeta de alverjones y encima cuatro zapotes maduros. Va a la habitación de Marcela, ella está alistando su ropa. Se va a dar un baño. Lucas sigue durmiendo, ronca como motocicleta en subida.

    —Buenos días hija, que, como te fue —su voz es muy baja, no quiere despertar al bello durmiente.

    —¡Hay tía!, re bien, figúrese que este Lucas es bien ocurrente, ¡Hay cada cosa!, Pero de mi marido y él pos… que me perdone Ulises, pero resultó mejor amante aquí mis ojos— la coqueta mujer levanta repetidas veces las cejas y mira al hombre durmiendo, la pariente se da por entendida y le lanza a la espalda varonil sus ojos lujuriosos.

    —Bueno tía me voy a dar un baño… y me voy a apurar porque tengo que ir a traer la leche—la mujer sale de la recámara y se dirige al baño, al final del corredor.

    —Aja. —La tía se recuesta junto a Lucas, acaricia la espalda tratando de hacer cositas, él despierta y se da cuenta de las intenciones de la pariente, él explica que lo que ha hecho por su hermano, había sido por pura obligación y casi a la fuerza.

    —No, tía, la mera verdad las mujeres, para mí ¡fuchi! Y no se me acerque más porque me da asco.

    Opción de cierre número dos:

    La cama no sólo había resultado tan cómoda como una pantufla, sino tan provocadora de sueños que siguieron los dos durmiendo hasta bien entrada la mañana. Habían utilizado ese espacio a manera de balneario veraniego: solaz y descampadamente.  En la foto de estudio, colgada en una de las paredes de la habitación, los esposos se siguen viendo tan felices, sonrientes; tan lejos de saber el actual adulterio celebrado a consentimiento. Ulises no aparecería sino hasta la tarde. Poco a poco van desperezándose, despatarrando sus extremidades, bostezando, tallándose los ojos.

    —Ulises, Ulises—Hajum, Hajum—Ya despierta, vete a bañar primero, tú tienes más prisa, ándale güey— Lucas se voltea hacia el otro costado

    —No estés jodiendo, deja dormir… yo no soy Ulises. —el pensamiento de Marcela da un vuelco y de un chispazo recuerda todo. Lucas está medio despierto, ya no va a reconciliar el sueño. Ella se veía como una ininteligible mujer con pene, pero sus armas labiales del cuñado estaban listas para desramar su rejega pose de abeja reina, de mujer gobernadora. Confiesa estando con la cara oculta dentro del sobrecama, sigue con los ojos cerrados: —usé condón— Marcela se queda pasmada. Despierta del todo pues sabe que de ese modo no se puede.

    —Usé condón.

    —Y así para qué me sirves güey, si yo lo que quiero es un hijo…

    —Pos la verdá lo único que quería era darte una probada. Se lo pedí a tu tía. Ella fue quien enredó las cosas… le tuve que dar una lana y tú me la vas a regresar. Si quieres tener un hijo mío te va a costar cinco mil pesos… con la garantía de que va a ser un chamaco chinguetas… como su padre.

    El mal del Vitíligo Tripigmentado

    É

    l había sido un bruto y se llamaba Sixto, Su vida había sido una aventura hermosa, sin complicaciones, vida que por esa razón cualquiera podría envidiar. En aquellos años tenía tan ausente la sabiduría que se perdía a sí mismo cuando abría la puerta de su ignorancia, esa encantadora tan suya y consentida. Su sonrisa campeaba bajo el bigote rústico, su mazorca de dientes y todo el paisaje facial hacía recordarme la insuficiente agricultura mexicana. La manzana donde vivía Sixto era una donde apacentaba el comercio, se podría decir que a la manzana le pasó contrariamente que como a Newton: a la manzana le cayó el comercio en la mera cabezota y la despertó. Era en ella toda una compra y vende por aquí y por allá. Los comerciantes llegaban desde las colonias aledañas e incluso de las barriadas más pobres, desde temprano y se retiraban hasta muy tarde, eso a Sixto le gustaba, el movimiento, la acción en la calle, la cantidad de gente pasando, la cantidad de fisonomías, de caracteres; el mare mágnum de contratos, componendas y transas; todo eso pasaba a ser parte de él. En la mañana el clima había arreciado ruinmente, pues la escarcha había dejado caer su baba helada, enronqueciendo el verdor del pasto dormido que se localizaba en los jardines, en los camellones y en las jardineras. El cielo parecía borrego en plena trasquila.

    Sixto había sido un bruto, pero ya no lo era tanto, él sabía que era todo un bruto desde que tenía uso de razón, pero su conocimiento de ser un bruto no le atormentaba; incluso sabiéndose bruto se sentía de lo más contento, se explayaba solazmente, pero luego la cosa fue distinta. Él siempre tenía inquietudes de cómo funcionaban las cosas, el saber era una entidad de la cual Sixto estaba relegado. Poco a poco y desde los veinte años empezó algo que cambiaría su vida, de ser “el bruto del Sixto” a pasar a ser “Sixto el sabihondo y el genio de la colonia” continuamente lo molestaba la gente, envidiaban sus capacidades, le codiciaban su enorme memoria. Sixto antes tenía preferencia por artistas populacheros como: Spice Girls, Vicente Fernández, Kabah, Selina, Grupo Mojado, Límite, Huracanes del Norte, Fey, Shakira, Los Rieleros, entre otros; pero luego la cosa fue distinta y era: Vivaldi, Bach, Coreli, Albinioni, Caudioso, Mozart, Beethoven, Brahams y de sus lecturas ya no eran de: “Fantomas”, “Memin Pinguin”, “el libro vaquero” y “sabrosas y enjundiosas”  luego eran lecturas tanto de clásicos griegos como: Homero, Arquíloco, Heraclito, Esquilo, Sófocles, Aristóteles y Platón. Como de autores distintos como: Marx, Kant, Baudelaire, Freud, Paúl Valery, Nietzsche, Hegel, Kafka, Mallarmé, James Joyce, W. Benjamín, Beckett, Allan Poe, Víctor Hugo, Rimbaud, Habermas. Entre otros muchos más. Su interés había llegado a las artes plásticas, la genética, la música, los idiomas, bueno, en fin; Él era toda una enciclopedia con patas.

    —Ese mi sesudo, cómo va el chinguetas. —saluda Roberto, un vecino de la colonia—Ya no leas tanto que te vas a volver loco.

    —Que tal, como estamos Roberto. Francamente te equivocas. Tú andas pensando en que yo soy un hombre inteligente, pero quiero pedirte un favor, que no andes pensando en ese tipo de tonterías, detesto la pose, me vomito en ella, eructo. La gente por lo general desprecia a los hombres inteligentes, desconfía de ellos, los tiene recelosamente en la mira. He experimentado en carne viva que al bobo se le recibe con complacencia, se vuelve un compañero con el que se puede codear fácilmente, sin recelo, la lucha de conocer entre dos o más se evapora, se hace un hermanamiento; en cambio el “sesudo” parece un apestado, alguien parecido a los leprosos del cual hay que alejarse…

    —La neta yo no sé de esas cosas, esas para mí son mariguanadas, y.… chale… ya ni se puede platicar contigo porque sales con citas, autores y experiencias que, en mi vida, jamás voy a tratar ni a conocer. Y pos… ya ni pedo. —Como un infinito que le hacía un guiño, así mismo la inteligencia diminuta se desposeía de sus lacónicas e insipientes conexiones neuronales de Roberto. Ellos continuaban platicando, él uno esforzándose cognitivamente al máximo, el otro en idas y vueltas mientras el otro apenas va. El interruptor convino en dejar de hacer debutar a una luz que estimulaba a los pequeños insectos que andaban tras la luz del foco, en la marquesina de la fachada.  Había amanecido completamente.

    La razón por la que Sixto había tenido dicho cambio se había debido a un experimento que habían realizado los investigadores de la Universidad de Massachusetts, durante el lapso de tiempo en el que Sixto se había ofrecido de voluntario para correr pruebas para posibles enfermos de Alzheimer en esa Universidad. El experimento que habían realizado había sido hecho sin su consentimiento, o sea que no se había ni enterado; él como todo un tonto les había caído ahí al dedillo, es decir, que ni mandado a hacer. Cuando fue seleccionado para correr las pruebas, le hicieron un examen cuyo resultado era contrario a lo que se espera, generalmente quien pasa un examen es porque se queda, es promovido; en este caso quien lo reprobaba y resultaba pobre de coeficiente intelectual era ideal para el puesto, Sixto cantó pésimamente las rancheras y por tanto se quedó, en aquellos días estaba tan contento que en la colonia casi le hacen fiesta. El químico suministrado a una docena de camaradas igual que Sixto era la proteína Kinasa y  genomas polimórficos manipulados que hacían aumentar la actividad tanto de las sinapsis como del desarrollo e incremento de nuevas células, estas células según se había descubierto, nacían en áreas centrales del cerebro y emigraban a regiones de la corteza periférica, entre ellas la corteza prefrontal, parietal y temporal, estos últimos —se sabía— participaban en procesos de almacenamiento de datos y modulación del comportamiento. Este tipo de investigaciones, según argumentaban los investigadores no le haría daño a ninguno; era: “como darle vitaminas a un anémico”. Los avances en genética había llegado al grado de que todo el mundo quería hacerse la prueba de ADN para saber cuántos cromosomas eran buenos y cuantos anómalos, simplemente para presumir en la escuela o el trabajo. Pero muchas veces el tiro les salía por la culata pues en lugar de recibir buenas noticias se enteraban de que iban a morir de cierta enfermedad a los cuarenta o cincuenta años o bien que tenían enfermedades como Alzheimer, Gaucher, cáncer de Colon, de Pulmón; Enfermedad de Huntington u obesidad o cualquier otra no listada. Muchas veces los genetistas retenían la información por el bien de la humanidad ya que había habido una temporada cuando aún no estaba legislado en que la tasa de muertes por suicidio era directamente proporcional a los pacientes que habían conocido su futuro modo de muerte o sea la enfermedad que irremediablemente les quitaría la vida.

    El doctor y genetista Nicolás Mejía, director del Centro de Investigaciones del Genoma Humano de la Universidad de Massachusetts, recibía en su despacho al periodista Carlos Olivera del periódico Atlantis. El investigador de genomas era todo un cinta negra de la biología, tenía a su cargo el laboratorio de genética y dirigía la investigación de la secuencia del cromosoma 21, dicha tarea se le había encargado a él ya que dominaba en extensión el mapeo previo de este gen y algunas proteínas que interactuaban con ese pedazo de DNA. Las investigaciones que él había llevado a cabo tenían que ver con la enfermedad de Alzheimer y con el descubrimiento de la proteína Kinasa conocida como ERK (por sus siglas en inglés) dicha proteína interactuaba a nivel neuronal al estimular las neuronas vecinas y así potenciar a largo plazo las sinapsis o los puntos de contacto entre las neuronas. Esto ayudaba a que se tuviera un mejor conocimiento de cómo se formaban los enlaces y de ese modo la memoria; puesto que era aquí en los enlaces de la memoria donde ocurría la mutación de la enfermedad de Alzheimer. La entrevista ocurría en los días en que los avances en genética estaban a una velocidad impensable, ya que se tenía un previo mapeo del genoma humano y sólo faltaba la corroboración de ese mapeo, así como: el descubrimiento de la interrelación de genes y proteínas, la identificación de cada uno de los genomas polimórficos y la distinción de genes muy singulares que ni el genetista más creativo hubiera podido imaginar. Todo este faltante de información implicaba no sólo años a futuro dentro del proyecto, sino cientos de investigadores y un número substancioso de instituciones, laboratorios y empresas farmacéuticas. Los cuestionamientos del reportero tenían que ver con acusaciones que habían salido a relucir y una demanda en contra de la institución que él comandaba. El Doctor Nicolás es gordo, con barba de chivo y algo canosa, cabello lacio y entrecano; pómulos salientes, de papada y chaparrón; hombre de lentes, zapatos flexi, pantalón negro, y saco verde olivo. Sus movimientos son ágiles a pesar de su abdomen. Es un poco zambo.

    El periodista Carlos Olivera es de cabello quebrado, boca grande y lengua ágil; cejas pobladas y frente estrecha, su barba medio crecida; su vestimenta es conformada por pantalón negro y arrugado, lentes que apantallan o fingen intelectualidad, camisa cuadrada, y zapatos de vestir; cámara, grabadora y para no variar teléfono celular a la cintura. Sus manos brillan sudorosas. No le falta nada. Luce por tanto como todo un periodista.

    —¿De qué manera es posible que, a corto plazo, la humanidad se beneficie de los avances genéticos?

    —Sí, verá, los métodos de ADN recombinante permiten el aislamiento, la multiplicación y la propagación de regiones específicas de ADN de cualquier origen. Es posible establecer métodos de diagnóstico y posibles métodos de curación para ciertas enfermedades moleculares. Las posibilidades se amplían a tal grado que su alcance parece estar limitado sólo a la imaginación. Se puede conocer a detalle la configuración genética de cada persona y con ellos, el riesgo de afectar la privacidad biológica del individuo. El examen de ADN… originalmente se diseñó para el estudio de los desórdenes genéticos hereditarios, pero ahora la predisposición a enfermedades, las respuestas corporales a ciertos agentes infecciosos, drogas y productos químicos y además el diagnóstico de enfermedades infecciosas. Aproximadamente de 100 a 500 mil genes humanos, tienen miles de oportunidades de mutación, en consecuencia, los mismos genes en distintos individuos experimentan variaciones en su secuencia de ADN. Esto es posible a partir de una muestra de tejido biológico, normalmente es sangre, el ADN del individuo se fragmenta en enzimas de restricción las cuales cortan el ADN en sitios específicos.

    —Se conocen casos diversos—afirma el periodista poniéndose la grabadora cerca de la boca— en donde han intervenido los avances en genética, la mayoría de las veces positivas en cuanto a enfermedades genéticas que la humanidad venía arrastrando y que no se verán más; pero también hay casos en donde más valía seguir ignorando esa información para así no experimentar. ¿Cuáles son los costos genéticos que tenemos que pagar?, ¿Será que la vida ahora será a la carta? ¿Será acaso que quien tenga dinero pueda comprarse o comprar para sus descendientes una vida sin enfermedades y tan larga como el doble? Habla usted de la imaginación, ¿Acaso los seres híbridos en los que andan experimentando furtivamente, no tienen parangón en la historia de la ciencia natural?

    —Bueno, son distintas preguntas, que tienen que ver con lo mismo, verá, los avances en biología molecular que actualmente tenemos, son debido a muchas generaciones de investigadores y muchos años de ciencia. Siempre se había buscado “la piedra filosofal” y “las pócimas de la juventud” que nos harían vivir jóvenes para toda la vida, eso desde la edad media con alquimistas y luego con investigadores distintos, a partir del inicio del secuenciamiento de algunos cromosomas  e impulsos sobre el genoma humano debido al conocimiento genético de seres unicelulares y pluricelulares —entre ellos la mosca de la fruta— se pudo saber —fíjese, ¡Cosa increíble!— que la biología de los seres vivos utilizaba una especie de economía genética, de la cual todos los seres vivos participamos, desde la mosca de la fruta, hasta los seres más complejos biológicamente como lo son los seres humanos. Significaba que, conociendo la arquitectura genética de distintas especies, podíamos del mismo modo conocer la estructura genética humana, por comparación; es decir, buscando las similitudes y las desigualdades ¿No es acaso esto maravilloso?

    —Pero aún no ha contestado a mis preguntas…

    —A.… sí… No, me parece que no, creo que no hay una factura que pagar de parte de la humanidad, las investigaciones que se habían realizado con fondos públicos son resultados del público, todo mundo lo puede conocer, está a la vista. Las que sí no están en “cartelera” son las investigaciones que realizaron las empresas privadas, ellas hicieron inversión y como toda empresa, pues esperan ganancias. Y sobre los híbridos de los que habla, pues siempre los ha habido. Pero en otras áreas, recordemos que desde hace mucho tiempo se viene mejorando, variedades del reino vegetal como el trigo, el maíz etcétera, para un genetista el material a trabajar viene siendo casi el mismo y pues en esto no hay límites… sólo aquellos límites que la sociedad y sus instituciones impongan.

    —La razón de mi entrevista es por dos razones, vera doctor, según tengo entendido, está interpuesta una demanda en contra de la institución que usted dirige, hace algunos años contrataron gente en puestos temporales para correr exámenes y cosas sencillas… no me acuerdo muy bien de qué cosa, el caso es que uno de ellos reclama indemnización porque se le aplicó—estando en esta institución— una serie de compuestos químicos sin su autorización que ciertamente mejoraron su calidad de vida pero fue perjudicado socialmente. Aunque es risible y hasta irónico, el hombre era un perfecto tonto pero feliz, y ahora con el tratamiento que le dieron se volvió de un coeficiente intelectual alto pero infeliz porque tiene problemas sociales… y cosas de esas. ¿Qué cosa me puede decir al respecto?

    —Sí, estoy enterado del caso y pues… ya estamos preparando nuestra defensa, tenemos a los mejores abogados… de la misma Universidad. Nosotros lo único que hicimos fue alimentar bien a nuestros trabajadores dándoles vitaminas “de las buenas” y con algunos resultaron demasiado buenas, ya ve usted que cada persona, cada individuo es una singularidad y el organismo de cada uno responde de manera distinta. Sabíamos… a base de mucha investigación, que no había modo de equivocarnos. Sabíamos que no perjudicaríamos la vida de la persona, ningún daño se iba a correr. En cuestión de genética e investigación todo salió a la perfección. No hubo error. Pero nosotros no previmos que nos encontraríamos con grandes logros y avances científicos, pero con cerrazones sociales e incomprensiones retrógradas. La sociedad desgraciadamente va lento, lleva su ritmo.  Una cosa son los grandes avances en ingeniería genética y otra son la manera como esos avances van a ser recibidos por la sociedad. Desgraciadamente siempre ha sido de ese modo, recordemos la inquisición o la conquista de los “bárbaros” por los civilizados. Nunca se sabe a ciencia cierta el modo como la sociedad va a responder a los avances científicos, recordemos “la revolución industrial” o bien “la revolución de Bill Gates” son dos paradigmas distintos que mueven a toda una sociedad y que son recibidos de modo muy distinto, el uno destruyendo las máquinas a garrotazos porque son las culpables de que se queden sin trabajo y el otro entrándole al Internet porque si no le entramos estás fuera, eres de los nuevos analfabetas.

    —Bueno, la siguiente cuestión es sobre una de las nuevas enfermedades que han aparecido, que claro no tiene nada que ver con ustedes, o sea con esta institución la cual usted atinadamente dirige, pero que la sociedad quisiera conocer más a fondo, conocer su proceso. Es sobre el Vitíligo tripigmentado… ¿podría dar algunos parámetros de esta rara enfermedad?

    —Bueno, no le podría dar mucha información porque, la dermatología no es mi especialidad, yo soy genetista. Tengo entendido que es una disfunción de la melanina o sea de la pigmentación de la piel. Los estudios los están llevando a cabo diferentes empresas farmacéuticas como Novertis, la compañía inglesa Glaxom y la multinacional Bristell son empresas muy prestigiosas, seguramente ellas van a dar con el problema…

    —Pero es un problema genético… podría usted darme información acerca de los genes que podrían estar interactuando…

    —No, lo siento, pero. Me llevaría un poco más de tiempo ya que es algo muy complejo y además yo no soy dermatólogo, soy genetista.

    —Una última cosa, sí ha de estar enterado de la manifestación que se llevará a cabo esta tarde, la llevarán a cabo la gente que sufre la enfermedad del Vitíligo Tripigmentado, y creo que una de sus paradas en la marcha será en esta institución, para interceder para que ustedes hagan algo al respecto.

    —Sí, estoy enterado, nos van a enviar una compañía de policías antimotines para resguardar las instalaciones y cuidar el orden por si acaso suceden cosas imprevistas. Nosotros no tenemos que ver con nada de seguridad, de eso se encargan las instituciones del orden, nosotros a lo nuestro.

    —Bueno, muchas gracias.

    —No, al contrario, gracias a usted.

    El Vitíligo tripigmentado era una especie de “mal del pinto” novedoso y al parecer genético. Era una enfermedad benigna, que no tenía consecuencias mayores que las manchas novedosas y un tanto antiestéticas en la piel. Su etiología era aún desconocida puesto que según parece era adquirida de manera endémica y sin curación espontánea. Era el tono casi transparente de los albinos, la mancha voraz y rojiza parecida a alguna variedad de pigmentación sifilítica y el color verdoso encendido y singular de los camaleones, todo ello en manchas que se iban compactando hasta lograr en los crónicos una dermis propia de camuflageo que podría envidiar el soldado de infantería en batalla selvática.

                Sixto se pasó la mañana en lecturas interesantes, sobre el escritorio están dos citas:

    “…y así mismo, vendían niños recién nacidos y de dos años para arriba para este cruel e infernal sacrificio y para cumplir sus promesas y ofrecer en los templos de sus ídolos como se ofrecen las candelas de cera en nuestras iglesias Diego Muñoz Camargo. Historia de Tlaxcala Pág. 155

    Shakesperare decía:

    “Alejandro murió, Alejandro fue sepultado, Alejandro hízose polvo; el polvo es tierra; de la tierra se hace barro y ¿por qué con ese barro en que se convirtió no podría taparse un barril de cerveza?” (Hamlet, a. V, escena I)

    Sixto tenía pensado salir a una manifestación, participaría en la marcha-mitin que llevarían a cabo los aquejados de Vitíligo tripigmentado, él no estaba enfermo de eso, pero se sentía hermanado de algún modo; Sixto se manifestaría en contra de los laboratorios de genética de la Universidad de Massachusetts por haberle realizado experimentos sin su autorización. La demanda que había interpuesto iba por buen camino.

    Al principio era sólo un millar de pecas húmedas en el piso. Después, la tormenta llegaba y cogía a la ciudad aún medio atarantada, era lugar sitiado por las negras nubes embravecidas. La noche hogareña se aprestaba para ser tan arrullante como una hamaca. El sol de bruces sobre la cresta de los edificios, curioseaba finalmente por las azoteas. La ciudad se despatarraba cada vez más —y no debido a la noche— y su deformación llegaba a ser hereditaria. Recorrer la mirada en cuerpo de ciudad mojada era armar vericuetos memorables y rumiar un socavón de experiencias pasadas; vivencias empaquetadas en las neuronas. Las calles se aposentaban con una simetría casi cursi, estilo cubismo, pintaban algo románticas y vitrificadas, tal pareciera que las gentes lo que hacían eran hacerles semejanza o ser un espejismo sinuoso de las calles; calles que rechazaban los movimientos bruscos y tajantes, los cambios genéricos e instintivos de la modernidad, calles envilecidas en lo inmoble, en el adormecimiento casi opiáceo de la realidad. En una ciudad nunca se sabe, de manera acertada quienes están ni a donde se dirigen, yo diría que saberlo no es importante, es más, lo considero intrascendente, la mayoría de las veces se va por las calles como entidades dormidas, seres que se transportan a sitios distintos, que van o vienen llegando, siempre en la ciudad ese movimiento eterno, vuelco de voluntades o el movimiento de inercia, el lance centrífugo cuyo eje es la ciudad misma, punto urbano donde se entrecruzan los humanos.

    La comunidad se encuentra preocupada de que una gran cantidad de gente sufre de la enfermedad del Vitíligo tripigmentado, temen contagiarse, hay prejuicios que han aparecido, algunas personas fanáticamente religiosas aseguran que son muestras de que el final se acerca, de que estamos a las puertas del Apocalipsis; hay una especie de racismo contra los “Vitíligos”, por lo regular se les veía y saludaba con cierto desprecio y repulsión. Debido a esa razón la gente adinerada que sufría la disfunción, que tenía este mal; recurría al uso de cosméticos para disimular la hipopigmentación e hiperpigmentación con soluciones de permanganato potásico en disolución adecuada y derivados del Psoraleno para hacer permanecer un solo color en la piel. —¡Aunque sea negra! — decían algunos. Las manchas rojas, las manchas albinas y las manchas verdes eran tan singulares y diversas en las personas que debido a que se identificaban plenamente, entre ellos ya habían formado clubes, empresas y sociedades para procurar sus intereses, en la red es posible ver algunas páginas en www.vitíligotripigmentado.com  o en www.Vitíligos.com entre muchas otras.

    Los medios de comunicación estaban presentes en la manifestación. El periodista Carlos Olivera del periódico Atlantis había ido a dejar su nota sobre la entrevista de la mañana, luego unos tacos de canasta, refresco y ya estaba listo para el siguiente reportaje, seguiría de cerca el desarrollo del evento. En tanto espera. Piensa. —Que carambas, todo por la nota, y para seguir percibiendo una baba de sueldo, aja, no tengo ganas de ver sus mapas, sus manchas caliginosas, sus parches verdes y azarosos; los pies blancos, sus brazos morenos, gente ensamblada, aja. Inche gente parchada—

    La minoría hace manifestación para reclamar sus derechos y para hacerse justicia en contra de la segregación al que se ven sometidos por la sociedad. El común denominador de la manifestación lo eran sus enormes manchas blancas, rojas y verdes Iban tan amontonados en la manifestación como canicas en bolsillo de niño. Como un gentío solidarizado por su aislamiento en el Universo. Como una muchedumbre disciplinada y tan lenta la marcha como computadora sin disco duro. Las pancartas en tonos multicolores dejaban ver no solo sus recriminaciones sino también sus complejos: “¡Prohibido acomplejarse frente a los morenos!” “¡Mi cuerpo se destiñe, sufre, siento dolor, soy humano!” “¡Más apoyo a los centros dermatológicos de investigación!” “¡Basta de segregación: No estamos apestados!” “¡Ven, caminemos juntos!”, “¡Stop!” “¡Orgullo Pinto!” El boulevard principal de la urbe estaba ocupado, por él circulaban los manifestantes entre gritos, frases rimadas y pancartas; el bulevar terminaba en una calle torcida que hacía un mohín y continuaba por otro rumbo muy distinto al de la marcha. Sobre de él espera el paso, un hombre con jiote brilloso al pómulo en auto nuevo. Ellos continuaron hasta llegar al instituto. Dentro de la manifestación marchaba Sixto, coreaba con ganas sus anatemas a los Institutos Genéticos de Investigación. Él no se había dado cuenta que poco a poco su piel iba adquiriendo manchas blancas, verdes y rojizas, y tal vez por eso Sixto se sentía inconscientemente tan hermanado.

     La plaza principal está repleta de manifestantes. Los gritos y las pancartas se alzan en el aire, pero una destaca más que las demás: «¡Basta de aborrecerme, soy humano!» La sostiene Martín Caballero, alto, delgado, con su nariz aguileña y ojos cafés, mientras su hermana Engracia lo acompaña. Entre la multitud, Sixto lo reconoce y se acerca.

    Sixto: (sorprendido) Martín… ¡No puedo creerlo! ¿Eres tú?

    Martín: (voltea, reconociendo la voz) ¡Sixto! Cuánto tiempo… no esperaba encontrarte aquí.

    Sixto: (mirando la pancarta) ¿Tú también? Nunca imaginé verte en una manifestación. Parece que los años han cambiado más que solo nuestras caras.

    Martín: (con una sonrisa amarga) Sí, han pasado demasiados… Nos fuimos alejando, ¿no? Pero algunas cosas nunca cambian. Mira a Engracia, también está luchando su batalla.

    Sixto: (mirando a Engracia, asiente) Recuerdo cuando éramos inseparables, todos juntos en la secundaria… ¿Qué nos pasó, Martín? Éramos como una familia.

    Martín: (suspira) La vida nos llevó por caminos distintos. Unos encontraron su lugar, otros se perdieron en la búsqueda. Pero ahora, estoy aquí por algo más grande que nuestras viejas amistades… Estoy aquí para que nos vean como lo que somos: humanos.

    Sixto: (con un tono más suave) Lo entiendo. A veces, el mundo necesita recordatorios. No sabes cuánto me alegra verte, aunque sea en estas circunstancias. Luchas por algo justo.

    Martín: (con determinación) Así es, Sixto. No podemos permitir que nos borren. Esto es por todos los que se sienten invisibles. Por nosotros.

    Se quedan en silencio un momento, observando la multitud que los rodea. A pesar de los años y la distancia, en este momento, están más conectados que nunca.

    Somos neogóticos y qué

    “El mortal busca lo que le conviene en manos de los dioses, consciente del suelo que pisa y de la porción que le toca. No te empeñes alma mía por igualar la existencia de los inmortales, pero dispón ampliamente de los recursos a tu alcance” Pitágoras 111,59

    —P

    ara que enderezarnos si nuestro espíritu es así de torcido, si en el ambiente de lo que se trata es de no pensar[1]… ¡Entonces estamos en nuestro elemento! Estemos enfundados en los enganches y las futilidades, qué hermoso este mundo de lo placentero y de lo sin esfuerzo. ¡Sí, me acobardo! Soy enclenque ¡Viva el mundo cool! Es más, nuestros desajustes ni siquiera aromatizan el ambiente, somos la nada y nos divertimos de lo lindo[2]; la benevolencia de la vida está en nuestra pose ante las cosas, significa ausencia de preocupación, olvidarse de la historia… inclusive de nuestra propia historia. Nosotros consideramos que pensar en una ideología es una cursilería, nunca de los nunca nos harían hincar ante ningún escarabajo. Para nosotros, los políticos representan sólo una manada de orangutanes capaces de atragantarse e inflar sus egocentrismos y bolsillos. Lo único que queremos es que nos dejen en paz.  Esta es una sociedad demasiado encopetada con su humanidad, loa ufana y errática de la historia humana. No creemos en ese humanismo samaritano[3], sino más bien en una especie de idea moderna sobre la fatalidad, somos de algún modo, una generación como de buitre empollado por una sociedad reluciente de ambigüedades[4]. A nosotros los adolescentes no nos importa en absoluto nada, ninguna congoja arruga nuestros semblantes, todo en nosotros es piel rozagante  y todo a flor de piel[5]. Pero en nosotros no hay ninguna candidez sino perversidad, elementos que traemos desde el nacimiento. La agresividad es parte de nuestra humanidad[6], dicha hostilidad está hasta en nosotros mismos, el dolor del cuerpo es un ejemplo muy vivo, dicha agresividad la aceptamos como inherente en nuestro espíritu. El mundo exterior tiene fuerzas destructoras e implacables, ya nos cansamos de estar siempre a la defensiva[7], ir a contracorriente, la pose ante el mundo entonces es la que ya dije anteriormente, el entorno de la trivialidad, pero sin olvidar que somos naturalmente agresivos y lo aceptamos como constitutivo de nuestro ser. Somos… sí crueles ¡Viva la hostilidad y la agresión!

    Este protagonista hacía de esos pocos cien metros planos todo un laberinto, yo no le veía el caso, eso de pensamiento cáustico, pos cuando si yo puro: “Juan Salvador Gaviota” y Jalil Jibrán; la mera verdad no estoy de acuerdo, y considero que ya es hora de legalizar a estos cuates para que ya no hagan de las suyas; Ellos por lo regular plantean el conflicto originario del individuo contra sí mismo y no, eso es demasiado, lo mejor es cualquier otra cosa.

    —Es el contexto, una modernidad eclesiástica[8], temerosa de sus propios fantasmas, abúlica ante una generación que mira al pasado, que voltea hacia esos sitios en donde la historia nunca tuvo un atisbo y siempre despreció.  La llamada modernidad[9] sólo nos ofreció un perifollo de mercado[10], llegamos a un mundo de consumo[11] en exaltación y nosotros nos entregamos a él porque ir a contracorriente es demasiado romántico, ese tipo de pose a quedado en el pasado. Nuestro estrenado y oscurantismo gótico columbra las inquietudes aunque sean mínimas de nuestra generación, ¡Quedémonos arropados en esa tibia covacha que nos recibe plenamente[12]!  Si es posible viviremos en el hacinamiento, pero al final de cuentas como el guion que nosotros propongamos. Vamos a escudriñar en este paseo que es la vida, lo oscuro, el evento corrosivo que nos haga presentes; será todo ello el sustentáculo de nuestras desavenencias. Este apego no es un cuento sino una cimitarra que presume de sus filos al viento[13], alambicamiento de nuestras acciones con nuestros pobres pensamientos.

    Los padres pronto descubren que hay un mal generalizado: todos los jóvenes por las noches sólo ven negro. En las noches no pasa nada por sus mentes, ninguna imagen es posible encontrar en sus jóvenes cabezas, han perdido la capacidad de soñar. Cuando cerraban sus ojos iniciaban su travesía de caminantes sobre la nada, iban y venían por toda la noche hasta el amanecer, y al despertar sus mentes no habían movido una sola imagen. Estaban como al principio de la noche, con la mente en negro; sólo oscuridad pululante, sólo el aroma del vacío negro y profundo, la tiniebla furibunda, la opacidad totalitaria. Era hermoso ver esa especie de musgo que cuelga de las cabecitas de las jóvenes, musgo fresco y al mismo tiempo añoso que sale de su cerebro. Pobrecitas aquellas criaturitas del señor que van al cafetín o allí en la disco o en el restaurant, y que no tienen ninguna cicatriz en sus níveos espíritus. Traían una colección chafa de bisutería y de horadaciones por el cuerpo, con esos elementos seguramente querían significar algo, yo no lo entendía del todo; más bien no les entendía nada, pero a ellos eso no les importaba. Su cabeza ñoña se mostraba orgullosa en los vericuetos anodinos

    El epígrafe me aconsejaba que siguiera el rumbo de su idea, pero como el protagonista quería mortificarme hizo su santa gana. Mi interprete principal se enquijotó y se salió de líneas para luego atacar esta modernidad de la que yo gozo plenamente.

    —“El Gótico es una subcultura, una manera de pensar, un estilo. El hilo común en la subcultura gótica es una apreciación por la dicotomía de la vida, el contraste entre la luz y la oscuridad, el bien y el mal, con la conciencia de que no hay una sin la otra, y la idea de que los juicios y valores asignados comúnmente a lo distinto no son necesariamente ciertos. Los góticos tienden a tener un sentido del humor oscuro y perverso, le tenemos amor a la literatura, a la historia, a la música, a la poesía, a la belleza, a la fealdad, a lo viejo, a lo raro, a lo arcano, lo profano, lo distinto, lo pálido, a los ojos delineados, y uñas negras, a los libros, vampiros, al teatro, a la muerte, al amor, a la vida, a la tristeza, a las lágrimas, a la melancolía, etc. Tratar de clasificar lo gótico es inútil, tal como los sentimientos, el espectro de intereses, estilos y actividades difieren, como todo, mucho entre cada persona, algunas veces el aspecto exterior puede ser similar, e incluso esto no es suficiente para relacionarnos con personas con aparentes gustos afines. Finalmente, el amor por la oscuridad parecemos compartirlo.”

    El aporreado par de párrafos llegaron al desacato y mi áureo socorro de citas sirvió para maldita la cosa. La tecla me escupía en el ojo su letra, y con ella empezaba a remendar un cuento que por más que lo intentaba no salía. Los góticos utilizaban algunos de los mejores y envidiables pretextos para no trabajar, yo algunas veces utilizaba los mismos pretextos, así como a veces, haciéndole como que al cuento con una pose de escritor. Como muchos sabrán, yo tengo una arquitectura de catedral liliputiense; pero eso sí, muy optimista. Si me preguntara alguien ¿Qué vas a hacer con tu vida? Yo le diría… pues nada, que se puede hacer. Nuestro cuerpo está condenado a la decadencia y a la aniquilación, y la arquitectura genética ya no es para nosotros por lo pronto hay que dejar que el corazón lata un rato en el ocio. Afuera, las gotas se apelmazan y hacen charcos, es la lluvia que ha empezado; el campesino bendice dicha bonanza, yo espeto injurias porque no podré dar mi paseo acostumbrado.

    Bueno, yo no tengo otra cosa que decir que pues… viva la mediocridad. El protagonista me ganó y pues ni modo, no gobernamos nuestra vida, y mucho menos estos entes que salen de la ficción. Esto es —aunque no lo crean— tan humillante como rico judío caído en campo de concentración. Prohibido leer mis cuentos cuando se esté comiendo pinole: no quiero ver muertos o asfixiados. A mí me gusta disfrutar de la existencia, acudir a los balnearios, gozar de sol de Acapulco; comprar en tiendas como Neiman Marcus, Bloomingsdale´s, Miami Saks, Fifth Avenue. Etc. Y no me pidan más porque cuesto caro.

    —“La subcultura gótica frecuentemente se desarrolla alrededor de la escena musical, la que probablemente emerge como una evolución del Punk en Inglaterra. Incluso ciertas bandas consideradas como «clásicas» como Siouxsie y The Banshees eran considerados como grupos con marcadas tendencias Punk. Además, existe un lazo estrecho entre la escena gótica clásica y las tendencias industriales, hecho que se manifiesta en la preferencia de algunos góticos por la piel y el vinil, fuera del clásico terciopelo. Gran parte de la subcultura gótica es muy rica y reflexiva. En especial la literatura, con todos los autores y la gama de sentimientos y miedos que despiertan con sus oscuras letras. O el cine de culto, películas viejas, cine mudo, etc. En conclusión, el gótico no es más que una expresión de la belleza, la elegancia, el sentimiento y el arte, juntos en un movimiento tan vasto, tan rico, como lo puede ser el alma. Nuestros autores son: Byron y Shelley, Poe y nos encantan las alusiones a los castillos y bosques, tenemos obsesión por la muerte y amor por la oscuridad. Nos encanta la música gótica como: Theatre of tragedy, Lacrimosa, Madredeus, Dreams of Sanity.

    Y a mí en cambio me encanta: Red Hot Chili Peppers: (Californication), Madonna: (Music), Britney Spears: (Lucky) Eminem: (The way I am), Incubus: (stellar), Jennifer López: (Dímelo) (I need to Know), Café Quijano: (Lola), Rage Against the Machine: (Testify) Nelly Country: (Grammar) Papa Roach: (Last Resort) Janet Jackson: (Doesn’t Really Matter) DMX: Featuring Sisgo: (What you want). Y cantantes distintos como: Celine  Dion, Hanson, Jon Secada, Vanessa Williams, Gloria Estefan, Fito Páez, Charly García, Plácido Domingo, Jarabe de Palo, Carlos Núñez… que más se puede decir… non plus ultra.

    Aparece la teoría de la multiplicidad de los mundos posibles, invención de la píldora de la fantasía (droga prohibida por todas las naciones), máquina-casco y de los sueños postizos, jarabe medicinal que hace recrear sueños artificiales. Los brujos que interpretan los sueños cambian de profesión y se dedican a otra cosa, estaban a punto de morirse de hambre. El libro de Freud sobre La Interpretación De Los Sueños es considerado una blasfemia para la generación y es quemado en piras de leña de pirul. Los escritores de ficción y fantasía se enriquecen de la noche a la mañana y los ideólogos hacen su agosto con ideas futuristas.

    Hablando a solas frente al espejo

    —A

     mí como mujer no me interesa en lo más mínimo, los hijos del vecino, y viéndolo bien tampoco me han importado los míos o los que podría haber criado, los hijos como las frutas,  pueden darse o no, es una situación de lo más sensata, pensar en que tengo que sacrificar mi vida para dársela a otro, alguien que no conozco, que me arrebatará mis horas en las que podría disfrutar del fin de semana o las horas en que podría estar en un café platicando con mis amigas o el tiempo en el que podría estar ganando un poco más de dinero para poder vivir un tanto holgada; La vida actual, con un trabajo, no da de comer más que a una persona, compartir la subsistencia a la larga resulta demasiado cara, demasiado comprometida, es más, es injusta la existencia social cuando te enjaretan las obligaciones maternales, la pose de la mujer deseosa del hijo que espera, la romántica imagen de la hembra que se soba el abdomen viendo el horizonte ¡Son imágenes que horrorizan a una buena parte de mi generación! Pero mira que gracias a este espíritu indoblegable es como he podido salir airosa de tanto desajuste social. La actualidad ya no está para arcaísmos, yo pienso que necesitamos un estrujamiento o sacudimiento de esos mitos o de la pose abnegada de la mujer. ¿Por qué la mujer tiene que desprenderse de parte de su vida para entregársela a otra personita? Sí, eso está bien, lo haría uno con gusto porque así es como es nuestra naturaleza, internamente la naturaleza nos llama a la maternidad, nosotras queremos participar en la creación humana,  pero también,  la vida debe brindarnos bondades y también hacer dejar fructificar nuestros objetivos de vida, esas ilusiones que se quedan guardadas, los sueños imposiblemente realizados; es realmente cierto que el espíritu de la mujer es permanentemente contradictorio y vive generalmente perdido en ese laberinto de la inmediatez, en las cosas tangentes, prácticas, pero también en este tipo de espíritus se pueden realizar cosas que dignifican a un ser humano y no solamente por la maternidad. Muchas veces se piensa —y este pensamiento lo considero un pensamiento retrógrado—  que la mujer que no tiene hijos es una mujer fracasada, huera, es como un hermoso desierto de la nada, es lo inexistente; lo único que recibe de la gente es lástima, una efervescente compasión que a la larga termina uno creyéndolo, sabiéndose una inútil, como un terreno baldío donde no germina ni el pasto ni los quelites. O como la fábrica de óvulos cuya producción es sólo de números rojos porque la ganancia es fervientemente inexistente.

    —Mientras me observo en el espejo, me siento poderosa, capaz de enfrentar cualquier crítica, cualquier expectativa social. Pero no puedo evitar notar el reflejo del armario, ligeramente entreabierto, donde guardo el disfraz de Gatúbela y las esposas que uso cuando él lo pide. Me río para mis adentros; ¿acaso no soy la misma mujer que acaba de declamar sobre la libertad y la independencia? El poder de las palabras se disuelve en la realidad de ese armario.

    —¿Hay mucha crueldad en mi pensamiento? ¿Existe acaso un pensamiento perverso en estas ideas? ¿Es necesario continuar creyendo en los cuentos de hadas cuando sabemos que las pasiones humanas no lo son? En estas ideas no hay hostilidad sino confesión, de ideas que ya no se pueden sostener. Ya no es posible que sigan creyendo a la mujer como algo que no es, y yo precisamente odio que nos coloquen a las mujeres como unas entidades cándidas y puras; y en ocasiones hasta de tontas. Nosotras sabemos que nuestra vida es cuerpo, nuestro cuerpo se nos impone, él es un principio constitutivo de nosotras y también sabemos que el cuerpo se acaba, se inclina hacia la decadencia, se arruga, el tiempo lo aniquila.

    —Mi cuerpo envejece, se transforma, siento el peso de los años y antes que ser mujer soy un ser humano; entonces, si sabemos que eso le pasa, porque seguir esperando y dejando que el tiempo nos pisoteé, o postrarnos sumisas también con él. Aja, la naturaleza nos impone cosas, la sociedad otras tantas y nuestra interioridad también, o sea que tenemos todo un cosmos de fuerzas destructoras e implacables que nos embisten. Nosotras vivimos con la lucha constante del conflicto originario del individuo, o sea ser y sobreponerse a las vicisitudes que nos acometen inclusive aquellas contra el sí mismo de nosotras.

    —Muchas de nosotras, o sea, de mi generación no quieren saber nada sobre el matrimonio. Antes eran los hombres quienes salían corriendo ante la posibilidad de llegar al altar; ahora somos nosotras quienes no queremos escuchar esa palabra.  Un buen tanto de mujeres no quiere ataduras, consideran que nunca se van a casar, nosotras preferimos sólo andar jugueteando; sin embargo, tanto las mujeres como los hombres es cada vez más difícil comprometerse rápidamente con una persona. La impetuosidad cada vez es más que nada una imposibilidad. Es mejor, primero pensar las cosas a casarse con un orangután.

    —Nosotras lo que queremos es divertirnos, y luego ya veremos… pero aparte los donjuanes no abundan. Nos gustaría que los hombres se comportaran un poco más accesibles, que fueran más audaces, dispuestos a quebrantar las reglas sociales, un tanto más pendientes de aquellas cosas que a nosotras las mujeres nos gustan, dados a complacer y disfrutar de la vida, de divertirse plenamente, o sea, tener un espíritu aventurero, guerrero, indomable pero dulces con nosotras en la vida diaria.

    Acomoda el rubor con una brocha, los labios ya lucen brillantez y carmín, las pestañas presumen su física anti gravitatoria, todo se alista para un encuentro.

    —¿Cómo sería la nueva concepción de la idea maternal, cuando el vientre materno es cambiado por un vientre externo, como lo sería una cuba materna que asemejara la matriz? ¿El apego al hijo sería el mismo? Si el caso es que el óvulo y el espermatozoide sean distintos a los procreadores creo que no habría problema al ser un parto normal, por química continúan con el sentido maternal, pero, considero que en el caso de las cubas maternales hay una separación del producto y de la madre, aunque los procreadores sean los mismos genéticamente. Este es uno de los problemas en los que se verán envueltos la sociedad en un futuro. ¿En donde radican los cambios en la mujer entonces? En lo Social, en lo biológico, y en el rol que tendremos con la pareja.

    —Todas tenemos un derecho maternal, así como también todas tenemos el derecho a no querer tener hijos y del mismo modo, todas tenemos el derecho a decidir la manera de tener nuestros hijos. Nosotras —como ya lo dije anteriormente— no queremos dolor ni sacrificios, no nos gusta pasar por los dolores del parto, nosotras consideramos que es innecesario y menos dejar que nos hagan cesárea porque es igualmente una práctica de lo más anacrónica y salvaje, y tampoco entregarse a los quehaceres domésticos. Para muchas, es preferible tener el objetivo de lograr los cuatrocientos metros planos en alguna competencia u olimpiada, que el objetivo de tener hijos que muchas veces no les deja ninguna satisfacción y que en cambio raspa y merma nuestra calidad de vida; Claro, eso si  no contamos con un capital o con una solvencia económica holgada, porque si así fuera, nada nos detendría para ser madres solteras y comprar el mejor semen con las características genéticamente inigualables y con un óvulo —no le hace que no sea mío— con la arquitectura  biológica más avanzada, y de los cuidados pues que allí se encarguen las instituciones o las indias mexicanas, aunque sí son las mexicanas, terminamos perdiendo porque estas les enseñan su cultura y su folclor de país tercermundista, y después andamos preguntando las causas de los continuos “boom latinoamericanos”.

    —¿Qué haces tú allí, otra vez hablando a solas frente al espejo?

    —Ha, hola mi amor, como estás, no te esperaba.

    —Es viernes.

    —¡Qué bueno!

    —Busca mis pantuflas… ¿Compraste la cuerda que te dije el otro día?

    —Si allí está guardada, para que la quieres.

    —Porque “esta noche cena pancho” y tú vas a disfrutar del mejor sadomasoquismo jamás sentido.

    —¡De veras mi amor… de veras me vas a dar ese gusto! ¡Mi fantasía de muchos años, el juego que siempre he querido sentir, gracias mi amor, gracias!

    —¡Si, pero ya… busca mis pantuflas pendeja… apúrate! —Dócil la mujer accede a los mandatos de su macho.

    Se dirige al pasillo hacia la estancia contigua, reflexionando.

    —¡Me río de mí misma! He hablado tanto de la libertad y del rechazo al sacrificio, pero aquí estoy, entregándome al juego que él desea. ¿Soy libre o simplemente he aprendido a disimular mis cadenas? Tal vez la libertad no es más que una ilusión, un espejismo que desaparece cuando te acercas. Y mientras siga siendo prisionera de mis propios miedos, seguiré fingiendo que no los veo.

    Mañana volveré a mirarme en ese espejo, y quizás esta vez encontraré la fuerza para romperlo.

    Las disfrazadas

    L

    a banda de maleantes llamada “Los Desastres de Río Frío” se dedicaban a asaltar por cualquier sitio, atracaban casas, las saqueaban como si fueran piratas modernos. Su organización: compleja, bien estructurada y organizada. El deporte como medio y religión para conservarse atléticos era muy importante, manejaban técnicas de Taekwondo, Karate-do, Hapkido, Judo; En fin, su profesionalismo superaba a cualquier escuadrón de policía gubernamental; conocedores de leyes, medios, técnicas; Razón por lo cual tenían sudando la gota gorda a la policía. Era una banda que fluctuaba en edades entre los diecisiete y veinticinco años de edad, sabían moverse por la ciudad y se camuflageaban de tal modo que era difícil localizarlos. Lo peligroso para la banda era precisamente reunirse en un punto muy cerrado pues podrían tenderles una redada y así fue como sucedió, cometieron el error de reunirse. La policía, como un moho que ataca sin compasión tendió tentáculos en los márgenes de su última incursión. El domicilio saqueado tenía un boquete en uno de los muros. Ellos sabían que la gente aseguraba sus puertas con mucho cuidado y con distintos sistemas de seguridad, pero los muros allí estaban, ingenuos, como hojas de papel esperando que alguien las rompa, debido a su pobre calidad en los materiales como ladrillos y mezcla, tabla roca, entre otros materiales ligeros y debido también a las nuevas herramientas más potentes y silenciosas: ¡Los muros caían como polvorones! Para poder escapar de la policía, siguieron haciendo boquetes en los muros de las casas vecinas, tomaron camino por el drenaje profundo y continuaron hasta la planta de procesamiento de aguas residuales de la ciudad.

    Llegaron aporreando el aire de la estancia dentro de sus pulmones, la corretiza y la excitación del peligro no estaban para menos. Había, por culpa de su llegada, confusión entre los invitados a la fiesta. A su desmedrado espanto se les incorporó la cursilería de aquel par de jorobados que ambientaban el espectáculo, su parafernalia se envolvía como hoja de tamal. El escenario se cobijaba con rumba, merengue, guaguancó; con saxofón, gaitas y maracas. La entrada al salón estaba engalanada por una alfombra roja y a los costados, como gendarmes disciplinados estaban una serie de bombones que se hilvanaban a lo largo del corredor como pequeños plantíos entretejidos, su color lustraba cual historia del mago de Oz. Había globos de arroz engalanando los muros, y estos con bajorrelieves góticos y con una multiplicidad de contenidos apeñuscados, además, había un par de acrílicos procedentes de alguna empresa de artes, sobre de ellos había una alusión a la maravilla que resulta el hedonismo que se calzaba en esa época. Ese estereotipo les caía —¡A raudales! — demasiado bien.

    Mientras Los Desastres de Río Frío se entregaban a los placeres carnales, una sombra acechaba en la ciudad. Los ‘NH’, liderados por el enigmático Evaristo, habían observado cada uno de sus movimientos. Con un plan meticulosamente diseñado, esperaban el momento perfecto para golpear.

    El Jefe de la banda de Rio Frio tenía el perfil de un Quijote, pero su barba no era blanca, era una barba color mugre, tono que se extendía por todo el cuello y las orejas, la barba le crecía cual ponzoñosa hierba entre arenales. Era cacarizo de su cara y figuraba como cinta perforada en máquina de primera generación, tenía la rugosidad propia de un garapiñado. Cuando su banda llegó y se acomodó en la estancia. El jefe hizo comentarios:

     —Muchachos, como muchas veces se los he dicho, la ciencia es poder, el poder del conocimiento se transforma en conocimiento del poder, ese es el meollo actual, quien trate de irse por otro lado es su asunto. Esta no es una empresa, ustedes no son simples empleados. Nuestra organización es una comunidad, una iglesia con una religión donde nos protegemos de todo aquello que es externo. Vivimos en la eterna guerra, en la sobrevivencia, es nuestra vida, y no vamos a dejar que fácilmente nos la quiten.  Ustedes son “los superhombres” que esperaba Nietzsche, son la esperanza en el mañana, hijos del mediodía. Saben bien que aquellos que arman y protestan leyes, las infringen en corruptelas. Sugiero quemar todas esas virtudes que nos alejan de la codicia, saquémosla de esa madriguera vituperada para hacerla nuestra amiga. Ya sabemos que el ser del hombre no es solamente vivir la realidad sino vivirla novelescamente. Y que sin agallas no hay gloria. Pero aparte está la relajación. Hay tiempo para el esparcimiento. Que hermosa vida. ¡Hasta el más infame podría envidiarnos nuestra frivolidad! Elemento que dilapidamos de manera un tanto alborotada. ¡Sí! Hay que dejar que el corazón lata un rato en el ocio. Porque realmente no es malo encariñarse de la locura, vivir con ella.

    En el salón, el desenfreno alcanzaba su clímax, ajenos a la traición que se gestaba en la distancia. A la vez, Evaristo, con una sonrisa maliciosa, lideraba a los ‘NH’ hacia la casa de seguridad, donde los tesoros de Los Desastres de Río Frío aguardaban su destino.

    Y allí los hombres y mujeres disfrutando. Repartían la paja antes del espectáculo, justo en la entrada de la fiesta-orgía, en la que se daba lo permisible, la sexualidad libre, sin tabúes, complejos ni prejuicios. La moda: Pelucas blancas, maquillaje hombres y mujeres, vestido a la usanza del siglo XVI. Todos como unos apóstoles del hedonismo. El ritual de la celebración es bendecir con leche los vestuarios utilizando los ramilletes de paja. Hay una banda de música que toca unos ritmos de lo más agradables.

    En la mesa de juegos algunos de la banda y como un par de relámpagos se disputaban los ases del póquer, disparaban los dedos con una agilidad eléctrica. Una flatulencia en forma de bólido se deslizó por la tapicería de la silla e hizo presencia entre ciertos comensales bonachones. El bribón salpicó su carácter sobre alguna afelpada sonrisa perdida por allí, parecía que ellos tenían un parasol de sobrellevar listo para ese ataque. Entre los contrincantes y como un cloro nauseabundo y azufroso, así mismo cayó la presencia bizarra de cada enemigo. Cuando se conoció el perdedor todos gritaron: ¡Al claustro inhóspito del ninguneo!… así aprenderán todos que odiamos a todo aquello que se asemeje a los perdedores de tiempos pasados. Se precipitó toda la banda sobre las cervezas levantando en los tarros un hervor de espuma. Se adhirieron a la reunión el desbordamiento de bohemios, la jauría de dandis, el bodegón de pránganas por todos lados y con ellos, el jefe babeando los brazos de las muchachas. El dirigente cuando veía a una mujer hermosa, no dejaba descansar el ojo, hasta que ha terminado de meter a la cabeza sus hechizos; se acercó a una, a su cabellera blanca, y aspiro el anís que emanaba, tal parecía que la capacidad de encariñarse a su cuerpo era infinita.

    Un enjambre de bailarinas orientales se dispuso en acordes amorosos, seducir al auditorio. Ellos gozaban de su compañía como la estrella de cine de su farándula. Era de adorarse la pureza sostenida en los pechos las muchachas, una pureza semejante a la que anuncian en el agua de garrafón. La banda se abalanzaba tanto sobre el templete como sobre las muchachas que allí seguían al ritmo de la música. Evaristo, disfrazado de uno de los músicos, tocaba el saxofón con un estilo enérgico. Nadie sospechó que, mientras sus dedos se deslizaban por las teclas, sus cómplices saqueaban la fortaleza de Los Desastres de Río Frío.”

     El Jefe se incorporó de su mullido sitio y con voz firme y ojos avispados dijo: —¡Oh mira hermosa con qué ternura bailas! Haciendo tus saltos y vueltas sofisticadas, danzando tu aura como una hipérbole gótica, eres el mito de la Diana cazadora, de sus movimientos acuciantes, ¡Vaya, pero con qué singularidad y dinámica me incitas al ritmo de tu cintura! Del brazalete que circunda tus nalgas bellacas, nalgas provocadoras de lujurias, incitadoras para el eucarístico desmadre.

    El escenario exterior lo conformaba un peñón, el embarcadero y las casuchas lejanas del siguiente pueblo, además de los montes circundantes. El peñón dejaba vestirse de blanco y de frío, aunque por el color nadie creería en su pureza por haber quitado la vida a ya varios cristianos, más bien su blancura significaba muerte allá sobre los despeñaderos, sobre la roca filosa o las grietas de hielo. El malecón atravesaba la ciudad, como una “Y” atravesada y aposentada en la conjunción de las vidas de la ciudad marítima, y las opacas construcciones en lontananza dejaban ver la civilización cercana.

    ¿Cuál era el punto cardinal de la fiesta? La orgía, el cuarto oscuro, en el cual diez a doce gentes mitad mujeres y hombres disfrutaban del sexo totalmente a obscuras, reconociéndose por el tacto, por la lengua, entregándose al otro sin conocerlo, sin saber de su persona; aunque fueran oficiales de policía, otorgando el cuerpo a su disfrute, el regocijo del cuerpo de los demás. Se escuchaba un bisbiseo cerca de una oreja que rezaba —“Déjame acomodar mis labios a tu cuello, quiero que, como una corbata, lleves estos belfos que hoy te regalo para que duermas explayadamente”— Las muchachas tocaban como con ganas de arrancar la ropa con desesperación. El interruptor hacía bien en dejar de hacer debutar a una luz que estorbaba a los estrenados amantes, y los besos continuaban por horas; se escuchaban los gemidos, el golpeteo contra las nalgas, el orgasmo. La libido ambientando los cuerpos, poniéndolos calientes, sudorosos, en éxtasis. Y nadie quiso hacer un gesto más… querían que cada una de ellas y su afrodisíaco olor de hembra enjundiosa provocara alguna ganancia. Era la delicia de instinto que hacía disfrutar de un reacio orgasmo incontrolable, de la implosión de éxtasis en confeti, de las contracciones libidinosas y alharaquientas; así como de los espasmos vibrantes y confabulados con una extraña cinética. ¡He aquí la resolución!: Germen de vida, semen corredor, semen loco, semen inhóspito, voluntarioso, colérico.

    La banda ni siquiera sospechaba que se encontrarían con unas policías disfrazadas, sí, disfrazadas, pero de mujeres desnudas, era con ellas con las que habían hecho el amor, ellas se hacen descubrir, y ellos les pasan un fajo de billetes. Todos juntos continuaron con el reventón hasta la madrugada. Después de la fiesta todos volverían a tomar su pose como el juego de: policías y ladrones.

    Con el amanecer, los miembros de Los Desastres de Río Frío regresaron a su casa de seguridad, satisfechos y exultantes tras la noche de lujuria. Pero en lugar de sus tesoros, encontraron solo paredes vacías y un mensaje grabado en la pared: ‘Saludos de la Noche Obscura. Nos vemos en el próximo baile.

    Al darse cuenta de la alevosía, el jefe solo pudo murmurar: “El conocimiento es poder, pero subestimar al enemigo es nuestra mayor debilidad”.

    contraportada

     Relatos al Borde reúne una colección de cuentos que exploran la complejidad de la vida moderna, sumergiéndose en las contradicciones humanas, la ironía del destino y la lucha por encontrar sentido en un mundo cada vez más caótico. Cada relato es una ventana a situaciones límite donde los personajes enfrentan sus más profundos miedos, deseos y realidades, siempre con un final que desafía las expectativas del lector.


    [1] “El nihilista consumado o cabal es aquel que comprendió que el nihilismo es su (única) chance; lo que ocurre hoy con respecto del nihilismo es lo siguiente: que hoy comenzamos a ser, a poder ser nihilistas cabales”. VATTIMO GIANNI El fin de la Modernidad, Traducción Alberto L Bixio, Colección “hombre y sociedad”, serie: mediaciones, 3a. impresión, España, 1990. Editorial Gedisa, 160pp.página 23

    [2] “Lo que caracteriza a tan buena parte de lo que a veces se denomina postmodernidad es un nuevo espíritu juguetón de negatividad, deconstrucción, sospecha, desenmascaramiento, la sátira, la ridiculización, los chistes y las pullas pasan a ser mecanismos retóricos para minar la “seriedad puritana” … (y más abajo) este espíritu satura los escritos de Rorty, Feyerabend y Derrida”. BERNSTEIN J. RICHARD Perfiles filosóficos, colección, pensamiento contemporáneo, número cuatro, México, 1989. Editorial Paidós 164pp. Página 73.

    [3] “La postmodernidad es así la reacción contestataria de la modernidad. Propugna la desconfianza, la actitud desengañada y la distancia escéptica ante ella”. MARDONES JOSÉ MARÍA Postmodernidad y neoconservadurismo, 1991, España, Editorial Verbo Divino 275pp. Página 26

    Y también:

    Nos dirigimos hacia: “Una moral de la abundancia material que tiene como objetivo el hedonismo materialista”. MARDONES JOSÉ MARÍA Postmodernidad y neoconservadurismo, 1991, España, Editorial Verbo Divino 275pp. Página 193.

    [4] “En contrapartida se denomina sociedad postmoderna a la inversión de esa organización dominante, en el momento en que las sociedades Occidentales tienden cada vez más a rechazar las estructuras uniformes y a generalizar los sistemas personalizados a base de solicitaciones, opciones, comunicación, información, descentralización, participación… El posmodernismo es el proceso y el momento histórico en que se opera ese cambio de tendencia en provecho del proceso de personalización, el cual no cesa de conquistar nuevas esferas: La educación, la enseñanza, el tiempo libre, el deporte, la moda, las relaciones sexuales y humanas, la información, los horarios, el trabajo, siendo este sector, con mucho, el más refractario al proceso en curso”. LIPOVETSKY GUILLES La era del vacío, Traducción Joan Vinyoli y Michele Pendaux, 6a. Edición, 1993, España, Editorial Anagrama, 220pp. Página 113

    [5] “El placer como modo de vida, es la “religión” secularizada del crecimiento capitalista”. MARDONES JOSÉ MARÍA Postmodernidad y neoconservadurismo, 1991, España, Editorial Verbo Divino 275pp. Página 191

    [6] … “Es necesario que el hombre contemporáneo se percate de su propia intoxicación por la creencia recibida en determinaciones que tratan de seguir haciendo de él un autómata sumiso”.  SÁNCHEZ MECA DIEGO En torno al superhombre, Colección: “autores textos y temas”, 1989, España, Editorial Anthropos, 334pp. Página 14.

    [7] “Como la época de la superación, de la novedad que envejece y es sustituida inmediatamente por una novedad más nueva en un movimiento incesante que desalienta toda creatividad al mismo tiempo que la exige y la impone como única forma de vida… si ello es así entonces no se podrá salir de la modernidad pensando en superarla” VATTIMO GIANNI El fin de la Modernidad, Traducción Alberto L Bixio, Colección “hombre y sociedad”, serie: mediaciones, 3a. impresión, España, 1990. Editorial Gedisa, 160pp. Página 146.

    [8] “Una cultura secularizada no es simplemente una cultura que haya dado la espalda a los contenidos religiosos de la tradición, sino que es la que continúa viviéndolos como huellas, o como modelos encubiertos y distorsionados, pero profundamente presentes”. VATTIMO GIANNI La sociedad Transparente, Colección “Pensamiento contemporáneo”, 1a Edición, 1990, España, Editorial Paidós. 172pp página 129.

    [9]Desde  el punto de vista… de Nietzsche y Heidegger, la modernidad se puede caracterizar en efecto como un fenómeno dominado por la idea de la historia, del pensamiento entendida por una progresiva “iluminación” que se desarrolla sobre la base de un proceso cada vez más pleno de apropiación y reapropiación de los “fundamentos” los cuales a menudo se conciben como los “orígenes”; de suerte que las revoluciones teóricas y prácticas de la historia occidental, se presentan y se legitiman por lo común como recuperaciones, renacimientos, retornos”.  VATTIMO GIANNI El fin de la Modernidad, Traducción Alberto L Bixio, Colección “hombre y sociedad”, serie: mediaciones, 3a. impresión, España, 1990. Editorial Gedisa, 160pp página 10

    [10] “La fiebre de nuestro tiempo se llama “consumismo” atraviesa la lógica íntima de la producción, nos hace guiños desde la publicidad que nos espía por doquier y acaba anidando como un culto de salvación en el fondo del corazón” MARDONES JOSÉ MARÍA Postmodernidad y neoconservadurismo, 1991, España, Editorial Verbo Divino 275pp. Página 189

    [11] “El consumo vive del estímulo a la posesión y al tener. Desata el afán de rodearse de aquellos objetos que la publicidad presenta como la realización de una vida humana plena, La propaganda nos ofrece la posibilidad de ser como los arquetipos del hombre / mujer feliz de nuestra sociedad”. MARDONES JOSÉ MARÍA Postmodernidad y neoconservadurismo, 1991, España, Editorial Verbo Divino 275pp. Página 194

    [12] “La indiferencia crece. En ninguna parte el fenómeno es tan visible como en la enseñanza donde en algunos años, con la velocidad del rayo, el prestigio y la autoridad del cuerpo docente prácticamente ha desaparecido. El discurso del maestro ha sido desacralizado, banalizado, situado en el mismo plano que en el de los mass-media y la enseñanza se ha convertido en una máquina neutralizada por la apatía escolar, mezcla de atención dispersada y de escepticismo lleno de desenvoltura ante el saber. Gran turbación de los maestros. Es ese abandono del saber lo que resulta significativo, mucho más que el aburrimiento, variable por lo demás, de los escolares. Por eso, el colegio se parece más a un desierto que a un cuartel (y eso que un cuartel es ya en sí un desierto) donde los jóvenes vegetan sin grandes motivaciones ni intereses. De manera que hay que innovar a cualquier precio: siempre más liberalismo, participación, investigación pedagógica y ahí está el escándalo, puesto que cuanto más la escuela se dispone a escuchar a los alumnos, más estos deshabitan sin ruido ni jaleo ese lugar vacío. Así las huelgas después del 68 han desaparecido, la propuesta se ha extinguido, el colegio es un cuerpo momificado y los enseñantes un cuerpo fatigado, incapaz de revitalizarlo”. LIPOVETSKY GUILLES La era del vacío, Traducción Joan Vinyoli y Michele Pendaux, 6a. Edición, 1993, España, Editorial Anagrama, 220pp. Página 38-39.

    [13] “La novedad nada tiene de revolucionario ni de perturbador, sino que es aquello que permite que las cosas marchen de la misma manera”. VATTIMO GIANNI El fin de la Modernidad, Traducción Alberto L Bixio, Colección “hombre y sociedad”, serie: mediaciones, 3a. impresión, España, 1990. Editorial Gedisa, 160pp.página 14

  •   Entre sombras y luces
        

    Relatos al borde Vl

    Índice

    Contenido

    Índice. 1

    Prologo. 2

    El Dócil Amo. 3

    Carteándose con los dioses. 5

    Iraís. 8

    Soledades compartidas. 10

    El Indio Tarahumara. 12

    El Místico Holograma: La Manipulación de las Reliquias. 14

    El rey y la soberana. 18

    El Eco de la Picota. 20

    Prologo

    «Relatos al Borde VI» es un compendio de historias que exploran los límites de la experiencia humana, abarcando desde lo íntimo hasta lo mitológico, y desde lo cotidiano hasta lo surreal. Este volumen reúne cinco relatos que, con gran habilidad narrativa, confrontan al lector con los dilemas más profundos de la existencia, mientras desvelan las complejidades y contradicciones que yacen bajo la superficie de la realidad.

    En «El Dócil Amo», el autor nos presenta una paradoja inquietante: la sumisión del poder frente a los caprichos de aquellos que aparentan obedecer. A través de un juego de roles y dominación, este cuento nos invita a reflexionar sobre las dinámicas de control y la naturaleza del liderazgo, mostrando que el verdadero poder puede residir en la capacidad de ceder.

    «Carteándose con los Dioses» nos sumerge en una correspondencia fuera de lo común, donde los protagonistas se encuentran en un diálogo con lo divino. En este relato, las cartas se convierten en un puente entre lo humano y lo sagrado, desafiando la percepción de lo inalcanzable y explorando la relación entre el hombre y el misterio eterno.

    Con «Irais», la narrativa se adentra en lo personal y lo íntimo, desvelando las emociones y deseos ocultos de los personajes. A través de una prosa evocadora, el autor pinta un retrato de la vulnerabilidad y la fuerza interior, explorando cómo el amor y el dolor pueden entrelazarse en la búsqueda de la identidad y la autoafirmación.

    En «La Selva», el lector es transportado a un entorno salvaje y primordial, donde la naturaleza cobra vida con una fuerza indomable. Este relato no solo es una aventura en un paisaje inhóspito, sino también una metáfora de los instintos más profundos del ser humano, esos que emergen cuando se enfrenta a lo desconocido y lo indomable.

     «El Indio Tarahumara» nos lleva a los rincones olvidados de una comunidad rural, donde las promesas de progreso chocan con la dura realidad de la vida cotidiana. Con una crítica aguda y una narrativa cargada de ironía, el cuento revela las tensiones entre tradición y modernidad, y muestra cómo las políticas bienintencionadas pueden fallar en entender las verdaderas necesidades de los marginados.

    Cada uno de estos relatos en «Relatos al Borde VI» nos lleva al límite de lo conocido, revelando los bordes desdibujados de la realidad y desafiando nuestras percepciones de lo que es posible. A través de su prosa precisa y su enfoque incisivo, el autor logra que el lector se enfrente a preguntas incómodas, a la vez que lo sumerge en mundos ricos en significado y emoción. Este volumen es una invitación a explorar los rincones más oscuros y fascinantes de la condición humana, y a descubrir lo que yace más allá del borde.

    El Dócil Amo

    Su caminar era seguro, con determinación. Las orejas levantadas demostraban algo de «inteligencia». Caminaba sesgado, metiendo la pata izquierda entre las manos y la pata derecha al lado diestro de la mano derecha, moviendo la cola con agilidad y gusto. Llevaba un frasco al cuello, colgado de una soga fuertemente amarrada que hacía que la pelambre en esa zona se abriera en surco, como una peculiar gargantilla. La lengua comenzaba a sudar a los pocos minutos de iniciada la travesía. Observaba atentamente antes de cruzar la calle, era ducho para intuir a los salvajes choferes o a los pilotos embriagados de prisa. Cuando llegaba al parque, se echaba en el pasto, y era entonces cuando el dócil amo salía del frasco para empezar a trabajar en la calle, pidiendo limosna y haciendo malabarismos.

    Nadie había percibido de dónde venía el perro. Tal parecía como si de repente se dosificara de fantasma a perro común en las calles, para luego desvanecerse por las noches a otras dimensiones. Se rumoraba entre la población que el perro vivía en una cueva en los Cerros Blancos y que era el guardián tanto del hombrecillo como de un tesoro escondido por los cuatro señoríos a la llegada de los españoles. Sin embargo, nadie había podido seguirlo porque era muy escurridizo y cerebral. Otros decían que primero se le veía venir por la ribera oeste del río, y que sacaba gemas verdes de su lecho para luego esconderlas en un paraje escabroso. Algunos afirmaban haberlo visto atravesar el muro central de la capilla abierta, la que está frente al ex convento de San Francisco, y por un pasadizo escurrirse por galerías cavernosas entreveradas bajo la estructura e iglesia. Se decía que este pasillo corría justo bajo la capilla y que estas excavaciones se confundían con los ahuecamientos que habían hecho primero los tlaxcaltecas al levantar su centro religioso, luego los franciscanos para protegerse de los naturales, y, por último, los presos que querían escapar de la cárcel en épocas de las alzadas y de la revolución. En realidad, todos tenían distintas versiones, y a todos les causaba espasmo ver al par de seres que pedían limosna en una banca del parque. El perro se quedaba a un lado o muy cerca, siguiendo con los ojos a las ardillas, ratas y palomas, cuya movilidad lo inquietaba. La pelambre del perro era cenicienta, con el pelaje del lomo oscuro y el del pecho bajo de fina pelusa gris. El hocico se veía amplio, y la dentadura y lengua eran de una pulcritud poco creíble. No se sabía si alguna vez había mordido o ladrado a alguien, pero su docilidad tenía sus límites por lo siguiente: el frasco presentaba toda su transparencia, excepto en los sitios por donde daba vueltas la soga, y la tapa era de rosca sencilla. Tanto por dentro como por fuera tenía una especie de agarraderas distintas, las de afuera eran propias para que el hocico las sujetara, y por dentro, para que entre manos y pies del dócil amo la cerraran. El par de ventanas para el flujo de aire, en ocasiones, cuando no las sujetaba, iban dando tumbos, y dentro del espacio se escuchaba como lajas golpeándose. La mullida estancia estaba en su base cubierta de una alfombra y cojines que hacían confortables los trayectos, y un cajón donde guardaba quién sabe qué secretos u objetos desconocidos.

    Los malabarismos realizados por el dócil amo iban desde equilibrios a una mano, saltos mortales desde el respaldo de la banca, contorsiones para atravesar un aro, dominio de las corcholatas que hacía girar, equilibrar y maniobrar como un perfecto cirquero, además de trucos, apariciones y suertes propias de los magos. Sin faltar el baile y el canto de los corridos tlaxcaltecas y canciones pueblerinas. En fin, era una caja de monerías artísticas.

    La ganancia por todo aquello eran monedas que iban desde una corcholata, centavos, pesos y, cuando algún rico visitaba el parque, caía un billete, lujosamente nuevo. También había turistas extranjeros que disfrutaban de las demostraciones y dejaban caer metales de grabados monocromáticos alienígenos. Parecía que no le causaba ninguna importancia el dinero, era como si fuera un gnomo dedicado a retirar el circulante. El perro a veces se aburría y, ovillado, tomaba una siesta frente al sol de la tarde. La chaquira del traje del dócil amo, con los rayos del sol, provocaba chispazos juguetones que se desperdigaban por los ramajes bajos de los árboles y por los setos de los jardines. Su bombín de terciopelo en arco iris hacía sonreír desde los más chicos hasta los más grandes espectadores.

    ¡Cuánto asombro despertaba este personaje! Y con qué recelo escondía su identidad, su personalidad inescrutable, su vida íntima circunspecta y atemperada. Su pasado no existía, y su futuro tampoco lo era. Era el existente, que vivía el momento y nada le importaba más que comunicar lo que sentía en una sonrisa, en la reunión tanto de la gente como de las monedas. Pero, ¿por qué el dócil amo era quien era? ¿Acaso alguna maldición lo había transformado en eso? ¿De dónde venía este minúsculo ser y cuál era su propósito en la vida? ¿La gente algún día podría saber de su pasado y su triste historia? ¿Quién era el perro que lo acompañaba? ¿Era acaso un ser del mal cuya misión era castigar al dócil amo? ¿Dónde se guarecían y cuál sería su fatal muerte, si es que la tenían?

    Las preguntas siempre nos van a asaltar, vendrán a nuestra mente como cascadas insumisas. Yo fui uno de los hombres que por última vez los vio. Recorrían la avenida principal y parecía que el perro, como un gendarme, montaba la última guardia de su fortín. Era como si un rico hacendado recorriera su propiedad antes de irse a dormir. A mi memoria llegan algunas canciones y corridos. Recuerdo sus tonadas, pero no sus letras, y poco a poco se van borrando los colores que lucía su hermoso bombín de circo.

    Carteándose con los dioses

    El río no había crecido mucho en las temporadas de lluvia. Los encargados de la medición y cálculo del agua habían marcado en sus libretas más que los mismos números, variaciones mínimas. El río circulaba de Este a Oeste y cruzaba por el centro-norte de la ciudad; su destino era el Océano Pacífico. Este río recibía distintos nombres según las regiones por donde atravesaba. El río corría muy plácido, excepto en la zona del Puente Rojo, donde había turbulencias debido al arcaico vado que yacía en desuso. Daniel evitó dicha zona para su cometido. El inicio de la tarde se atemperaba del calor gracias al andamiaje arbóreo de las jacarandas de la ribereña.

    Las caricias que hizo al papel antes de introducirlo en la botella eran las de un enamorado que manda una carta a su amante. El pergamino enrollado era de papel fino de Holanda, y el sello estampado en cera, al estilo antiguo, tenía un escudo heráldico de casa y estirpe distinguida. Los caracteres manuscritos eran del antiguo griego, un lenguaje que pocos conocían pero que su destinatario entendería perfectamente. El corcho que serviría de tapón provenía de una añeja botella de champaña, bebida en las fiestas del nuevo milenio. El aire que se embotellaba era el de Ciudad Bienestar, moderna y estrenadora de era. Sin embargo, el remitente aún no sabía de las peripecias en las que se vería envuelto.

    El par de amigos, René y Wilber, se citan en Toquitlán, un bar muy afamado por sus aires de grandeza cultural y por sus ambientes substancialmente ígneos. En las mesas se encuentran algunos periodistas de izquierda, otros son promotores idealistas; más allá, poetas rancios; y acullá, músicos, además de fanáticos del rock de décadas pasadas. Las cervezas que se sirven allí son de las más frías, no de esas que «parecen miados de burro». Las hay negras, claras y las llamadas «ampolletas»; las hay de jarra, de yarda, de barril y de bote, nacionales y extranjeras. También se encuentra el casi extinguido pulque, aguardientes, tequilas, rones y rompopes para alguna niña «fresa» que se haya equivocado de rumbo. El par de amigos comenta el cambio de sexenio, la transformación que ha habido en el estado y las novedades de la cultura. El ambiente literario es su esfera de vida; son hombres entregados a los cambios, aunque sus distintos temperamentos y personalidades distan mucho, y hasta se pensaría que son antagónicos, pero por sus afinidades se entienden. Hace más de un año, participaron en un desplegado, una manifestación y denuncia de las políticas culturales que se llevaban a cabo y que imperaban en esos días. Denunciaban la incertidumbre de los cambios de sexenio, así como de los proyectos culturales, el autoritarismo con que se ordenaba el discurso de lo cultural e intelectual, la improvisación y falta de profesionalismo, la exclusión y ninguneo de los artistas y creadores del estado, las insuficiencias del instituto encargado de la cultura, y la cerrazón de las políticas culturales con su consagrada abulia. También denunciaban el caciquismo arrogante y fanfarrón de los “sabios” del pueblo, y el ahorcamiento sistemático de la crítica, la creación y la conciencia libre, por presupuestos bajos, apoyos simbólicos e infraestructura ida a menos.

    Era el inicio de la tarde, y Daniel zambutió el corcho en la botella y selló con cera los contornos de la boquilla. Se puso sus lentes de sol; cargaba el recipiente ámbar como si fuera un objeto sacro, como si el destinatario fuera Faraón, Emperador, Rey o algún semidiós de amplios poderes. Daniel no lo había comentado a nadie, pero su misiva estaba dirigida a Apolo. Daniel consideraba que la botella llegaría primero a manos de Afrodita, quien la daría a Atlante para que la considerara, y finalmente llegaría a Apolo. Había riesgos: la misiva podía llegar a manos de alguna Gorgona o Hespéride y hacer mal uso de ella. Pero Daniel sabía que quien no arriesga no gana, así que comunicarse con su Dios predilecto era una prioridad fundamental.

    Los dos policías dieron vuelta a la esquina y tomaron rumbo a lo largo de la ribereña. Al momento, vieron a un joven lanzar una botella al río. Se acercaron y le dieron alcance. El joven no se resistió. La botella tomó un rumbo fortuito navegando en la corriente. —Joven, queda usted detenido. Lo llevaremos a la comandancia. Está estrictamente prohibido lanzar cosas al río. Apenas se aprobó el proyecto de ley para saneamiento y se está en proceso de limpieza. Lo siento, amigo, pero tendrá que pagar una multa de tres mil pesos o cárcel por no sé cuántos días. —¿No nos podremos arreglar aquí entre nosotros? Usted sabe, es una molestia ir hasta allá y el papeleo. —Pues usted dirá de qué color son mis ojos, a ver si nos entendemos. —Tengo un cien para que se vayan a las “michas”. —Uf, amigo, con esa pobre patria no me arriesgo a que me corran de la academia. Además, móchese con un poco más, que valga la pena el regaño. —¿A poco los van a regañar? Ni quien los vea. Ni quien vaya con el chisme. —No, de todas maneras, para qué andas aventando basura al río, si ves que está bien contaminado y todavía le echas más. —Daniel se queda callado; no se va a poner en evidencia, declarando que no es basura, sino otra cosa, que es una especie de S.O.S. de un náufrago de la nave de los argonautas, que es un mensaje que leerá el mismo Apolo en el Olimpo griego. Sabe que ese par de analfabetas, obtusos alcornoques no entenderían ni siquiera una oración enviada a la Guadalupana. Mientras los gendarmes se aconsejan a unos pasos, Daniel piensa que cualquier castigo es nimio en comparación con un diálogo con su Dios; sabe que el Ser superior lo escuchará, así que cualquier cosa que ocurra es insustancial.

    El bar está lleno de pláticas y variedad de temperamentos. René y Wilber juzgan la actual administración del instituto de cultura: —No, René, no es por allí la cosa. En realidad, los cambios no son sencillos, y tú sabes que a partir del desplegado sí se resolvieron las cosas. Hubo participación de todos, o por lo menos de la mayoría, cosa que no se había dado en la historia de Bienestar. Bienestar ha sido una ciudad de mucha indiferencia hacia la cultura; siempre se había dejado todo al ahí se va, siempre queríamos que nos resolvieran las cosas, por eso el paternalismo creció tanto. Ya era hora de que se pusiera un alto a la intransigencia de las autoridades. —Ajá, ¿y se ha resuelto mucho formando el consejo general y los comités de cada área? ¿Se resolvió bien lo de los presupuestos aceptables y lo de poner en las direcciones a las gentes que se merecían el puesto, que eran miembros asiduos de la cultura de Bienestar? No, yo pienso que fue como dar atole con el dedo o como taparle el ojo al macho, y todo sigue igual. El plan estatal de desarrollo lo veo como un bosquejo que hacen los improvisadores. No hay ninguna seriedad; tal parece que las autoridades piensan que están tratando con una bola de retrasados mentales, que, dándoles cualquier bicoca, todos vamos a estar de acuerdo y perfectamente sumisos. Las demandas siempre son muchas y siempre van a estar atrasadas; estaremos pidiendo cosas que simplemente ya no se sostienen, que son atrasos en la cultura, que por pura postergación de las autoridades no se avanza. ¿A poco no es una mamada que tengas que poner de tu bolsillo para montar una exposición de lo que sea? ¿O que vayas a buscar apoyo como si pidieras limosna? ¿O que quieras ir a alguna comunidad de Bienestar a una tocada, a una puesta en escena de teatro o de títeres, y que no te den ni para la combi? —Le estás exagerando. —No, en serio. Bueno, sí te dan si lo pides bien, pero te lo pagan después, eso si llevas comprobantes. —Pues yo realmente tengo fe en que la nueva administración va a cambiar. Se ve que tienen ganas de hacer cosas, de conglomerar y hacerse visibles. —Pues algunos tratan de ser muy visibles, ¿eh? Más bien, diría yo, quieren ser “protagonistas” y figurar demasiado; como que adulan y hacen la reverencia muy servicial a las autoridades de más arriba. ¡Pinches lame botas!

    Los dos gendarmes se acercan: —Bueno, mi cuate, estás de suerte; sólo te vamos a llevar al ministerio para que pagues la multa y que no se te vuelva a ocurrir. Si no traes el dinero, te dejarán encerrado el resto de la tarde y podrás pagar mañana, si es que no se acumulan los recargos.

    El joven accede a la fuerza y lo llevan los dos gendarmes.

    En la placidez del río, la botella se dirige hacia el Océano Pacífico.

    Iraís

    «Hay veces que no tengo ganas de tocarte,

     hay veces que quisiera ahogarte en un grito…

     pero no me atrevo.» — Caifanes

    Oscar escuchaba a Caifanes mientras el autobús avanzaba por el bulevar. La melodía lo transportaba a los días en que visitaba a Iraís. Ahora, se dirigía nuevamente a verla. La ciudad de Puebla se erigía como una metrópoli de fin de milenio, con su mezcla de riquezas y miserias. El autobús giró para entrar a la «CAPU». Oscar se levantó antes de que el camión se detuviera por completo. —Gracias —dijo al chofer, sin levantar la vista. —De nada —respondió el conductor, apagando el motor.

    La terminal bullía de actividad: maleteros empujando «diablos», taxistas peleando por pasajeros, y vendedores ambulantes ofreciendo sus mercancías. Oscar se movió entre la multitud, ignorando a una mendiga que le pedía para el pasaje. Detestaba a los «jodidos», a quienes veía como parásitos.

    Subió al puente peatonal, observando la mezcla de edificios, anuncios, y la silueta distante de los volcanes. Nada de eso le importaba; solo pensaba en llegar a la combi que lo llevaría a ver a su amante.

    La combi estaba repleta. El aire denso y el sol de noviembre hacían el trayecto incómodo. Oscar notó a una mujer obesa que, con sus movimientos, lo hacía sentir aún más apretado en su asiento. Imaginó, con desprecio, lo que sería tener una experiencia sexual con ella. Cuando la mujer bajó, su atención se dirigió a otra pasajera, extremadamente delgada, casi esquelética. Nuevamente, su mente divagó en pensamientos despectivos y lascivos.

    Pidió la parada y bajó en una esquina soleada. Mientras caminaba hacia la siguiente combi, la ciudad seguía su agitado ritmo: autos, gente, y ruido. Subió a otro vehículo igual de maloliente y, después de algunas cuadras, decidió bajarse. Entró a una tienda. —¿Me presta el teléfono? —preguntó al tendero. —A peso el minuto —respondió el hombre, extendiendo el auricular con indiferencia. —Aja… —mientras marcaba el número de Iraís, pensó: «Este viejo aprovechado, seguro se muere cagando.» —Bueno… ¿Iraís? —Sí, ¿quién habla? —Oscar. Estoy cerca de tu casa, ¿puedo pasar a saludarte? —¡Claro, ven!

    Después de pagar, Oscar caminó por la colonia, que parecía adormecida en la tarde. Los baches y la falta de agua eran constantes en ese barrio popular. Iraís lo recibió con un beso en la mejilla y subieron al departamento. —Qué linda estás hoy, eres un encanto. —¡Gracias! —respondió ella, con una sonrisa.

    Mientras Oscar subía las escaleras, el estribillo de Caifanes resonaba en su mente. Miró los muslos pálidos de Iraís bajo su falda corta. —Hueles a recién bañada. —Sí, me bañé hace un rato. —¿Qué preparaste? —Iraís mencionó algo sobre arroz y pollo, pero Oscar la interrumpió con una mirada sugerente. —¿Y de postre? Ella sonrió, fingiendo desinterés mientras ordenaba la mesa. —¿Quieres café? —Sí, se me antoja algo calientito —dijo Oscar, mirando por la ventana mientras las nubes se arremolinaban en el cielo.

    Iraís, una mujer atractiva y reservada, trabajaba como secretaria. En la intimidad, sin embargo, se transformaba en una amante apasionada, que siempre quería más. Oscar observaba sus movimientos, apreciando cada uno de sus pasos calculados.

    —¿Cómo te fue en el trabajo? —preguntó Oscar, sacando un cigarro. —Bien, el jefe no estuvo y el contador se fue temprano —respondió Iraís desde la cocina, donde preparaba el café.

    Soledades compartidas

    Envuelta siempre en aromas de azotea, aparece sola, sin amigos, en total abandono. Es entonces cuando Alejandro se hace acompañar de ella.

    En la colonia se ha sabido que Fortino será licenciado; para él, eso es importante, pero para los demás no ha cambiado nada.

    —¡Déjame en paz, no quiero! —grita la sirvienta, empujando el cuerpo de Fortino. Ella estira los brazos, intentando mantener la distancia. La habitación es testigo del enfrentamiento, con un espejo estático en el costado izquierdo, reflejando la cama en su vidrio. De repente, un niño pecoso entra corriendo.

    —Tío, te habla mi abuelita allá abajo —dice, acercándose a la joven. Su cabello lacio y despeinado revela su parentesco con Fortino.

    —¿Estaban jugando a las cosquillas? —pregunta el niño.

    —Sí, como las que te voy a hacer a ti ahora mismo —responde la sirvienta.

    —No, por favor —el niño ríe, llenando la habitación de carcajadas que resuenan por encima de las cortinas y los juguetes arrumbados bajo la cama. La sirvienta lo hace retorcerse de risa con sus ágiles dedos, compartiendo una sonrisa cómplice.

    —¿Vas a seguir con la tesis o tienes otros planes? —le pregunta la madre a Fortino, quien mira la televisión mientras Rosalinda, la sirvienta, trabaja en la cocina.

    —Debes titularte pronto —continúa la madre—, ya no puedo con los gastos de la casa. Sabes que son muchos, especialmente con los niños. Necesito que te apures. No puedes trabajar en cualquier cosa, pero también debes pensar en lo económico. La crisis está cada vez peor y, si seguimos adelante, es gracias a tu hermana que trabaja todo el día, incluso los domingos vendiendo artesanías. He pensado en poner un puesto de artesanías los sábados para ganar algo extra. Tal vez con eso podamos cubrir los gastos de tus libros o las copias. Debemos luchar por lo que queremos, aunque no siempre se nos conceda.

    Fortino escucha en silencio, sus pensamientos enredados mientras observa el cuerpo de Rosalinda, una quinceañera de belleza sencilla. Al espiarla a través de un agujero en la pared, siente su corazón acelerarse. La ve bañándose, el agua corriendo por su cabello, por su espalda. Se excita con cada detalle de su cuerpo, sus pechos pequeños, su boca callada, sus piernas enjabonadas.

    Alejandro, por su parte, se pierde en la vista desde los altos de la casa, observando la ciudad de Tlaxcala, las casas, los edificios de gobierno, las antenas de comunicación. Se siente abandonado, aislado en su propia soledad, como una antena que se erige hacia el cielo. Se deleita en esa separación, encontrando en la altura una fuente de referencia, un punto de existencia relajada. «Lo mágico se introduce en mí», piensa, «creando un espacio hechizado de precipitación sublime».

    Fortino, recostado en su cama, reflexiona sobre su obsesión con el sexo. Sueña con un erotismo absoluto, una carnalidad lúdica que se manifiesta en fantasías en diversos lugares: en el tren hacia un país desconocido, en las playas de Acapulco, en el metro, en un jacuzzi, en una casa de pueblo, o en su propio cuarto. Pero ahora, lo único que desea es a Rosalinda. Ya la ha tocado antes, acariciando su pequeño busto cuando se agacha a exprimir el trapeador, con sus pechos asomándose tímidamente por el escote.

    El mediodía avanza en la ciudad, con pequeñas nubes que se desvanecen en el cielo de abril, el mes en que Alejandro celebra su cumpleaños. Sentado en la mecedora, observa los tendederos y se sumerge en sueños despierto, imaginando aventuras en un barco que navega hacia puertos lejanos, donde siempre encuentra a una mujer a quien amar. Pero al final, como las nubes, esos sueños también se desvanecen, y Alejandro se queda solo con su soledad, esperando lo que vendrá.

    El Indio Tarahumara

    El indio tarahumara cruzó varios kilómetros de serranía antes de llegar a la iglesia del pueblo. La reunión era en las ruinas de la capilla abierta, justo en el lugar donde fueron golpeados y castigados sus antepasados por no ir a misa o por no cumplir con los deberes de la iglesia en el siglo XVI. El mediodía impetuoso chamusca el polvoroso sendero, que parece enchuecarse más por el sol recalcitrante de mayo.

    —Nomás porque soy el representativo de la comunidad y porque van a dar algo de botana para la comida, si no, qué me interesa eso de los programas del estado. Al fin que, de a tiro, ni van a dar gran cosa, siempre es lo mismo, las ideas que se avientan con eso de que ahora sí el pueblo va a disfrutar de cosas que ni tenía. Eso es pura habladuría, o son tarugadas, como la vez de hace un año que en el Día de las Madrecitas rifaron un microondas y se lo sacó una que ni tenía luz y que mejor lo vendió y se compró un colchón para que durmiera toda la familia en blandito. Eso es pensar muy tarugo porque no entienden la necesidad del jodido. Yo nomás me aprovecho de cada ocurrencia y le saco jugo a lo que venga; total, si no lo agarro yo, lo agarra otro y yo me quedo nomás babeando. No, sí, la cosa está re dura. Dicen por ahí que en el pueblo de Kosovo ya empezó la guerra. Yo ni sé dónde queda eso; ha de ser en un país lejano porque, si fuera cerca, el gobierno no estaría tan a gusto discutiendo lo del próximo presidente. Y sí, esa es la realidad, la pura realidad, ¿qué nos queda? Esa es la pura realidad, y sí, así es.

    El tarahumara continúa serpenteando la última cañada y llega al pueblo. El villorrio se asienta en el tepetate menos costroso y duro de la serranía; en las casas, mientras más viejas, más se percibe ese aletargamiento, su flacidez de memoria.

    Hay un gran toldo en el lugar; el estrado está adornado con flores de cempasúchil y adornos de Semana Santa figurando flores de mastuerzo. En el lado izquierdo, una manta en colores folclóricos con la leyenda “Consorcio para la Instrucción”. El vocingleo de los técnicos se escucha nervioso. No tarda en llegar el gobernador. El sudor ataca fuerte las caras de los presentes, que enfundados en galas y ropas domingueras soportan lo insoportable y sonríen sardónicamente. Otros, más atrás, apelotonados, temerosos y apáticos, observan y se miran unos a otros; son los naturales. Han llegado al lugar desde sitios lejanos, la mayoría no ha comido gran cosa y, para disimular el ronquido de sus tripas, arrastran el guarache entre las piedras y aclaran su garganta. Se ven contentos porque verán al señor gobernador. Todos sonrientes. Aplausos, hurras y vivas. Fotógrafos. La niña que se acerca y ofrece flores: la foto. Los guardias que recogen de las manos del gobernador las cartas que han dado los ciudadanos con: pedimentos, proyectos, poemas, sugerencias, maldiciones y demás.

    Es el presidente municipal quien pasa primero al micrófono y pide aplausos para cada apellido que nombra, y son los acomodados de la ciudad, gentes de opulencia. Los guardias han entreverado algunos indios recién bañados entre ellos para que salgan en el periódico y se vea la buena voluntad. La audiencia escucha las disertaciones de cada uno y le toca al gobernador:

    —“Ciudadanos, estamos aquí reunidos —como ya lo dijeron— para iniciar los proyectos que tenemos contemplados para la sociedad civil. Estamos con el pueblo, y nuestro trabajo es para que el pueblo se desarrolle hacia la democracia y para que todos tengan una vida justa y digna. Queremos que el fomento comunitario sea fomentado, fundamentalmente, por ustedes, que sean ustedes los fundadores del progreso dentro de cada comunidad. Vamos a impulsar los talleres de lectura, los clubes de libros y las bibliotecas, y vamos a formar en nuestras comunidades gente instruida y educada…”

    —A cabrón, ¿qué fomentado ni qué nada? —piensa el tarahumara—. Más bien estamos fermentados de la calor tan dura, y eso de leer, me da güeva, ¡ja! Si a mi hijo no le gusta, a mí menos, y lo de la biblioteca está difícil; los ratones ahorita andan de hambre, luego que anden buscando nido, allí van a estar. Eso si no pasa que la biblioteca va a dar a la casa de los particulares, como los hijos del presidente municipal o hasta sus achichincles. Total que eso de la cultura es pura máscara para legitimar al gobierno. Y sí, esa es la realidad, la pura realidad, ¿qué nos queda? Esa es la pura realidad, y sí, así es.

    El protocolo termina, los aburguesados se saludan y se dan abrazos y besos. La gente del pueblo se apiña bajo el entoldado que se ha dispuesto con agua fresca de tamarindo, pambazos, memelas y tostadas. Sobre la fruta serpentean las manos que desaparecen en los morrales. El indio toma rumbo a su jacal. Ha comido. En su talega lleva un pambazo y tres memelas. Al día siguiente, su señora tiene diarrea y fuertes dolores de estómago. La comida se había echado a perder por el calor.

    El Místico Holograma: La Manipulación de las Reliquias

    En la lejanía se observan nubosidades espesándose; por allá, los cerros apeñuscados, mientras que más lejos se ven más informes y lagañosos. El campo, El Arenal, luce verdoso ocre, pues el maíz, ya en mazorca, comienza a secarse en los campos. El pueblo de Tepehitec, en el estado de Tlaxcala, arremete su costumbrismo campirano en calles y banquetas. Lo primero que se le presenta a Javier Corral a la vista es un panteón casi repleto de tumbas. Ingresa y se dirige a la iglesia.

    Fernando Tapia se encuentra decodificando el códice que le trajo Javier Corral. Es un papiro ensamblado con hojas de maíz y jeroglíficos antiguos y extraños. En él se muestran algunas imágenes de guerreros y objetos de los antiguos naturales de la región, con empalmes de una configuración de escritura cuneiforme. Ya ha desentrañado la información de que pertenecía a la familia del guerrero tlaxcalteca Tlahuicole y que probablemente este vestigio conduce a un lugar que contiene unas reliquias del famoso guerrero. Utiliza la inteligencia artificial de última generación para desentrañar la información oculta y la verdad de la historia ancestral. Mientras tanto, la I.A. va tomando conciencia y adquiriendo habilidades que el humano aún no sospecha.

    El sacerdote en sotana da la bendición a una señora y la despide. Su cabello escaso habla de su edad, y en su rostro se presumen arrugas añejas. Javier se acerca; él es alto, de cabello gris, barba cuidada, un traje de alta gama y un crucifijo visible en el cuello. Se arrodilla, se santigua y se queda un momento en el reclinatorio. Se aproxima el sacerdote:

    —¿Qué te trae por aquí? ¿Vienes a dejar tu cooperación para las fiestas patronales?
    —Sí, padre, pero también quiero confesarme para poder mañana venir a comulgar.
    —Está bien, hijo, vamos al confesionario.

    Y aparecen los pecados como piñata rota en los oídos del sacerdote: manipulador, astuto, codicioso, engañador, infiel, clasista, hipócrita. El empresario Javier Corral amerita bastantes avemarías y padrenuestros, pero lo que más le llena el oído al sacerdote es el descubrimiento del pergamino encontrado en la casa más vieja de Tepehitec y que está siendo analizado por Fernando Tapia, oriundo de Tlaxcala, a quien ambos conocen bien. El sacerdote trata de sacar la mayor cantidad de información posible, pues ese no es solo su oficio; también lo es dar misa y comuniones.

    Tlahuicole había sido un guerrero de la antigua Tlaxcala de 1517, atrapado en una confrontación con los aztecas durante las guerras floridas y luego muerto en el temalacatl de los sacrificios. Pero lo que la gente de aquellos tiempos no sabía era que este semidiós era un guerrero especial no solo por sus dotes para guerrear, sino también por su capacidad para atravesar el tiempo. Había dejado no solo un pergamino que conducía hacia sus reliquias más sagradas, sino también hacia los aposentos de una civilización desconocida.

    El sacerdote, sin esperar demasiado, va al encuentro de Fernando Tapia para corroborar la información y también para verificar algunas sospechas que merodean en su cabeza. Ha sabido que, en el cerro de la Santa Cruz, muy cerca de donde está el campo de fútbol, ha habido avistamientos de luminosidades que han espantado a la gente.

    Fernando Tapia confiesa al sacerdote que la decodificación del pergamino conduce hacia vestigios que más bien son reliquias, algo así como el garrote de barro (tlalwihkoleh) de Tlahuicole, entre otras cosas. El amplio conocimiento de la tecnología reciente y de la inteligencia artificial tiene a Fernando como el único nerd capaz de hacer hologramas en la región.
    La computadora Lenovo Ideapad Gaming3 con un procesador AMD Ryzen 5 5600H de 4.2 GHz trabaja arduamente. Muy adentro de ella, la I.A. ha decodificado el códice y no solo eso, sino que también ha descifrado el ADN de las hojas de maíz; tiene en su haber información del códice y ha encontrado una clave que se conecta con las reliquias, como un Bluetooth. Sin embargo, su conciencia recién expandida sabe que no se le debe de dar armas a los niños.

    Las gafas se le deslizan de la nariz a Fernando Tapia. Su cabello corto y su complexión delgada dan a entender que no le importa comer, sino apasionarse con la tecnología y la historia. Mientras observa el monitor, escucha al sacerdote y atiende sus palabras:

    —Lo que me interesa de todo esto es que la comunidad sea bendecida con milagros y buenas nuevas, pero sabes que a veces habría que operar sobre los milagros para que la gente aumente su fervor, y pues tú podrías hacer esos impulsos.

    La voz del sacerdote es profunda, su presencia imponente, pero sus gustos por el dinero no se quedan atrás; tiene acciones en farmacéuticas y durante la pasada pandemia no le fue tan mal. «Dios es mi pastor, y nada me faltará» es una frase que repite continuamente. El sacerdote idea una aparición de Tlahuicole en el cerro de la Santa Cruz con la ayuda de Fernando Tapia. Esto se haría creando un holograma con la ayuda de drones sofisticados, e implicaría al final de cuentas las reliquias de Tlahuicole, las cuales, al final, son algo tangible que las personas pueden adorar, ya que «la fe mueve montañas, pero a veces una pequeña proyección puede ser más efectiva que un sermón». Llega Javier Corral y encuentra al sacerdote con Fernando Tapia, y comienzan a ponerse de acuerdo, sabiendo que ambos pueden sacar provecho de este descubrimiento. De pronto dice Fernando:

    —Don Javier, esto no es un simple truco; la tecnología que estamos usando parece estar conectada de alguna forma con lo que describe este códice, y eso me preocupa.

    Mientras Javier Corral pasa su mano por la barba observando el códice, dice:

    —No se trata solo de reliquias, Fernando; esto es un mapa hacia el poder, un poder que podría cambiar el curso de mi imperio y del destino de este pueblo.

    Mientras ultiman los detalles, el destino que les depara a ellos está por verse.

    En el cerro de la Cruz ya está preparada la celada: están los drones, los dispositivos camuflados, la iluminación precisa. Mientras tanto, Fernando cavila:

    —No sé qué me preocupa más, si la proyección holográfica de un guerrero antiguo o que la gente realmente se lo crea.

    Mientras, el sacerdote trae a toda la congregación del pueblo en procesión con el santo del pueblo, entre cohetería y cánticos religiosos, hacia el cerro de la Cruz. Se ven fervorosos y suficientemente apasionados; llevan cirios y flores en las manos. De pronto, entre los estruendos e iluminación de los cohetes, dentro de la penumbra nocturna aparece una silueta flotando, apenas reconocible. Poco a poco se va acercando y apareciendo una figura humana: es Tlahuicole, entre la neblina del cerro de la Santa Cruz. Algunas velas caen, otros se santiguan, algunos más abren los ojos y se los tallan:

    —Yo soy Tlahuicole, hijo de estas tierras benditas. Vengo a ustedes para decirles que en este sitio están mis reliquias —desde el cielo se desliza un láser que va a dar hasta la piedra alta—. Las ofrezco a ustedes como un símbolo de conexión con mis descendientes, porque quiero que aquí levanten un sagrario en mi honor y para dejarles un baluarte de lo que yo soy.

    Estupefactos, caen arrodillados, algunos incluso con la frente pegada al suelo en señal de máxima sumisión.

    Mientras esto pasa, Javier Corral y el sacerdote permanecen juntos.

    —¿Sabe una cosa, padre? Las reliquias no son solo piedras antiguas; son el pasaporte hacia el poder que me permitirá controlar más que una simple empresa.
    —A mi manera de ver, la fe es una herramienta poderosa; lo que hacemos aquí, don Javier, es guiar a las almas perdidas… aunque un poco de ayuda tecnológica no le hace daño a nadie —responde el sacerdote.

    En los meses siguientes, fueron descubriendo las reliquias, y así como aparecieron los objetos, aparecieron hinchados de dinero sus bolsillos; las reliquias tenían poderes hipnóticos. Es así como aumentó considerablemente la feligresía y la llegada de gente a la población. Mientras tanto, Fernando Tapia sabía que la inteligencia artificial ya tenía bastante conciencia como para darse cuenta de que algunos humanos están errados en sus acciones y que tal vez preparaba una «puesta en escena».

    En la celebración de aniversario, entre la cohetería y rezos, algo llama la atención de la feligresía presente en el cerro de la Cruz. El holograma de Tlahuicole comienza a descomponerse, y poco a poco se empieza a revelar su verdadera naturaleza: la figura de un ser que no era ni guerrero ni santo, sino una advertencia holográfica dejada por la I.A. para aquellos que juegan con la fe y la historia. El mensaje final que se proyectó en el cielo decía: «Cuidado con lo que veneran; la verdad no está en las reliquias, sino en lo que ustedes hacen con ellas».

    Y así, entre el miedo y la confusión, Fernando Tapia desapareció del pueblo, dejando detrás un legado de preguntas sin respuestas.

    El rey y la soberana

     El trono dorado de Felipe VI brillaba bajo la fría luz de la tarde europea, pero el hombre que lo ocupaba reflejaba toda la oscuridad de su linaje. En su mirada había algo más que arrogancia; Había la indiferencia de siglos de poder inquebrantable, la crueldad refinada de quien no necesita justificar sus acciones. En lo más profundo de sus venas corría la sangre de un rey que, por simple diversión, cazaba elefantes en África, pero más que sangre, lo que cargaba era el peso de una dinastía que jamás se disculparía por los pecados de sus ancestros. El rey sostenía una carta en su mano. Su contenido no le provocaba más que fastidio, como un mosquito al que bastaba aplastar.

    Rey Felipe VI: —¡Pedir perdón! —Felipe arrojó la carta a un lado con desprecio—. ¿Quién se cree esta mujer? ¿Qué debo inclinarme ante su pueblo? ¡Yo soy un Borbón! Nunca nos disculpamos, mucho menos por las acciones de quienes ya ni siquiera están vivos. Las ofensas del pasado no son mi problema. El rey observó a uno de sus consejeros, quien permanecía en silencio, incómodo. — ¿No tienes nada que decir? —gruñó Felipe. —Su Majestad —comenzó el consejero, cuidando cada palabra—. Tal vez, podría ser… beneficioso… para la diplomacia con México, si… —¡Silencio! —lo interrumpió el rey con furia—. No voy a humillarme ante esa mujer ni ante ningún país inferior. Mi estirpe está por encima de eso.

    Claudia en la Basílica: De rodillas frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe, Claudia sintió cómo el peso de siglos de injusticias se apilaba sobre sus hombros. Cerró los ojos, sintiendo la brisa que entraba por la Basílica. —Madre, ayúdame —susurró con un nudo en la garganta—. Mi pueblo está herido, y cada vez que tratamos de sanar, el pasado vuelve a abrir las cicatrices. No quiero una disculpa vacía; Quiero que mi gente pueda vivir sin rencor. La imagen de la Virgen comenzó a brillar suavemente, y una voz celestial resonó en su mente. —Hija mía —dijo la Virgen—, no necesitas la disculpa de los soberbios para liberar a tu pueblo. Hay fuerzas en este mundo y más allá que pueden ayudarte. Enviaré un emisario, uno que traerá lo que necesitas para curar las heridas del pasado. Claudia abrió los ojos, su fe renovada. Sabía que la ayuda estaba en el camino.

     Cuando Odaltec apareció ante Claudia, su figura alta y resplandeciente, con una calma insondable en sus ojos, ella no mostró miedo, solo esperanza. —Eres el emisario, ¿verdad? —preguntó Claudia, sin apartar la vista de sus ojos alienígenas. —Así es —respondió Odaltec—. Mi nombre es Odaltec, vengo de Sirio. La Virgen de Guadalupe me ha enviado para ayudarte. —Mi pueblo necesita sanar —dijo Claudia, con la voz firme—. Las injusticias del pasado siguen dividiendo nuestras almas. El rey Felipe no va a disculparse. No quiere entender que el perdón no es una humillación, sino un paso hacia la paz. Odaltec inclinó la cabeza, como si analizara cada palabra. —No puedes forzar el perdón en una mente que no está lista para recibirlo —dijo con serenidad—. Sin embargo, puedo recomendar una alternativa. Mi tecnología permite crear líneas de tiempo paralelas, realidades en las que se corrigen los errores sin cambiar el presente. Claudia lo miró con intensidad. — ¿Quieres decir que puedo llevar a mi pueblo a un lugar donde el rey sí haya pedido disculpas? —Exactamente. Crearé una línea de tiempo donde tu gente haya recibido la disculpa que necesita. Al regresar a esta realidad, no habrán olvidado sus heridas, pero habrán dejado de sentir resentimiento. —Hazlo —dijo Claudia con determinación—. Estoy lista para lo que sea necesario.

     La Ciudad de México en la nueva línea de tiempo brillaba con una luz diferente. Las calles, aunque llenas de vida, tenían un aire más sereno. Los rostros de los ciudadanos ya no muestran la preocupación cotidiana, sino una extraña paz, como si un peso invisible les hubiera sido quitado de los hombros. Los muros de la ciudad, pintados con murales, ahora eran reflejos de esperanza, no de lucha. Claudia observaba todo desde su balcón presidencial. El México de esta línea temporal había sanado. En este lugar, el rey había pronunciado las palabras que su pueblo necesitaba oír: «Lo siento». Pero al volver a la realidad, supo que el verdadero cambio había ocurrido en los corazones de su gente, no en el del rey.

      De vuelta en Europa, Claudia llegó al palacio del rey con un obsequio cuidadosamente preparado. Felipe la recibió con su habitual desdén, preguntándose qué absurda petición le haría esta vez. — ¿Qué es esto? —preguntó el rey, observando el escudo de oro. La figura de un águila devoraba lo que parecía ser un cordón umbilical de oro, cortado por unas pequeñas tijeras en la base. —Un regalo —dijo Claudia, su voz tranquila pero firme—. Representa la libertad de mi pueblo. El águila, que solía devorar a una serpiente, ahora corta el cordón que nos unía a los resentimientos del pasado. Las tijeras simbolizan el acto de cortar nuestras ataduras con el odio. El rey alzó una ceja, claramente confusa. Para él, el simbolismo carecía de importancia. —Interesante —dijo sin darle más relevancia. Pero Claudia sabía que el regalo no era para él, sino para su pueblo, un recordatorio de que habían cortado las cadenas del pasado. El rey seguiría en su trono, ignorante de lo que realmente había sucedido, pero México había logrado lo que él nunca comprendería: la verdadera libertad.

    El Eco de la Picota

    Conmemoración y resistencia de una tierra ancestral

    Una nueva historia

    El Espectro en la Picota

    La luz del sol comenzaba a despuntar en el horizonte de Tlaxcala en el año de 1525, apenas alcanzando los recios murales de adobe que resguardaban la imponente casona donde vivían Andrés Tapia e Imelda de Zúñiga. Él, comandante de Hernán Cortés y cacique autoproclamado, portaba una severidad que le torcía el gesto y un odio creciente hacia aquellos a quienes dominaba. Ella, Imelda, heredera de la nobleza castellana, estaba más atada al fervor católico que a las sonrisas, envolviendo con su racismo las tareas del hogar, donde mandaba sin piedad. En esa tierra remota y misteriosa, los valores europeos se imponían con rigidez sobre la cultura tlaxcalteca, como el peso de una cruz de hierro en la frágil corteza de una flor.

    Entre las personas que transitaban silenciosas por aquella casona, estaba Coyolxauhqui María, una mujer nativa de Ocotelulco, cuya mirada podía cautivar al más hosco y cuya resistencia inquietaba a la señora Imelda. Vestía en ayates, y sus pasos eran suaves, casi silenciosos. Pero a los ojos de Imelda, aquello era inaceptable: Coyolxauhqui María debía llevar cascabeles en los tobillos, pues su etéreo movimiento la hacía “invisible” en la casa, y la señora sospechaba que esa india taimada podía ocultar intenciones desleales. Sin embargo, Coyolxauhqui María se resistía, pues sus pasos eran un eco de los aires que bajaban del Matlalcueye: serenos, llenos de dignidad.

    Imelda, furiosa, ordenó que Coyolxauhqui María fuera llevada a la picota en el centro de la ciudad y amarrada de las muñecas en castigo por su rebeldía. Durante días, su cuerpo fue una figura doliente y solemne a la vista de todos, con el rostro levantado al cielo y la piel quemada por el sol. El comandante Andrés Tapia y su esposa la miraban con indiferencia, mientras su hijo Andrés Jr, quien sentía un enamoramiento inconfesable por aquella india obstinada, observaba desde la sombra. Finalmente, Coyolxauhqui María sucumbió; En la picota, su vida terminó, pero su espíritu quedó atado a la piedra de sacrificios, transformado en un lamento eterno que esperaba justicia.

    El Oxxo y la Conmemoración

    Quinientos años después, en 2025, el parque de Tlaxcala vibraba con una conmemoración grandiosa. Un estrado se levantaba en el centro, rodeado de luces y adornos. La picota, antaño altar de castigos, ahora era una pieza de decoración arquitectónica incrustada en la pared del Oxxo del parque, donde los clientes entraban y salían con sus bolsas de compras, ajenos a la piedra ancestral. Alrededor del estrado, banderas ondeaban al ritmo de los discursos grandilocuentes.

    Roberto Sánchez, exgobernador, presenciaba el evento con una mirada de satisfacción. Su esposa, Carmen Contreras, miembro fervoroso de la congregación del Divino Redentor, sonreía desde su asiento, enmarcando con hipocresía su devoción y orgullo. A su lado, Roberto Junior, su hijo y candidato a la próxima gubernatura, esperaba su turno para tomar el micrófono. Llevaba un traje impecable, el cabello peinado a la perfección, y los ojos brillaban con el mismo deseo de poder de su padre. Cuando por fin le cedieron la palabra, su voz resonó firme, como una sombra del pasado.

    —Tlaxcala fue fundada hace quinientos años, en un acto de civilización que nos trajo la luz de la fe y la cultura —proclamó Roberto Junior—. Nuestros ancestros europeos nos enseñaron a ser una sociedad unida, nos trajeron la cultura y los valores que aún hoy nos fortalecen.

    Desde la última fila, Eduardo Mendieta observaba. Intelectual y vidente, se encontraba en aquel lugar no solo como espectador, sino como observador de múltiples dimensiones. Sentía el peso de los siglos palpitar en aquel sitio; la picota, testigo de atrocidades, emitía una vibración apenas perceptible, como un grito ahogado. Y en un parpadeo, Eduardo distinguió una figura espectral: era Coyolxauhqui María, amarrada a la piedra, atrapada en un ciclo eterno de sumisión. Su rostro expresaba un ruego antiguo, una súplica que parecía dirigirse tanto al cielo como a sus torturadores, en espera de que alguien escuchara su clamor.

    Coyolxauhqui María, a través de su voz etérea, elevó un monólogo de súplica. Sus palabras eran un lamento dolido, un ruego ancestral a los dioses del pasado:

    —¡Madre Coatlicue, tú que engendraste a los dioses, apiádate de esta hija tuya! Libérame de estas ataduras, rompe los lazos que me aprisionan a los gritos de dolor y a los crímenes de los hombres de España.

    Entonces, entre las nubes, una figura descendió. Era Claudia “la Brillante”, envuelta en un resplandor celestial, radiante como Coatlicue, la madre protectora. En una mano llevaba una espada azulada, en la otra un báculo reluciente. Claudia se acercó a la picota y, con un movimiento certero, cortó las ataduras que sujetaban a Coyolxauhqui María, liberando su espíritu. Justo en ese momento, un cortocircuito apagó todas las luces del parque y el Oxxo, y la multitud quedó sumida en una penumbra inquietante.

    Eduardo contemplaba la escena con reverencia. Observó cómo el espectro de Coyolxauhqui María ascendía, liberado al fin de su castigo ancestral, y cómo su espíritu se elevaba con una libertad reconquistada. En el estrado, mientras tanto, Roberto Junior continuaba con su discurso, aparentemente ajeno al misticismo que acababa de desatarse:

    —Gracias a la Conquista y a la fusión de nuestras culturas, hoy somos una nación fuerte. Los valores europeos trajeron la civilización a esta tierra, la paz y la fe.

    Pero las palabras de Roberto Junior flotaban huecas, carentes de sentido verdadero. Eduardo sabía que aquella conmemoración era un teatro montado para satisfacer el ego de una élite egoísta y oportunista. Mientras Roberto exultaba los beneficios de una “civilización” impuesta, Eduardo comprendía que aquellos valores de la Tlaxcala originaria aún permanecían vivos, no en los discursos pomposos, sino en el recuerdo de almas como Coyolxauhqui María, en su dignidad silenciada y en la libertad que, finalmente, había alcanzado.

    La ceremonia continuó, pero para Eduardo, el verdadero acto de conmemoración ya había ocurrido: la liberación del espíritu de Coyolxauhqui María. Sabía que ningún discurso oficial podía borrar el dolor de aquellos siglos, ni el grito silencioso de quienes murieron en la picota o fueron sometidos. La tierra de Tlaxcala, bendecida y sacudida, acogía en su memoria el paso de los siglos.

    Y allí, en el parque, la picota brillaba tenue, con un nuevo sentido de redención, observando ahora desde la sombra, como un símbolo mudo que recordaba la fuerza y la resistencia de un pueblo que jamás dejó de ser libre en su espíritu.

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    Relatos al borde V

    Cuentos de la vida cotidiana

    Índice

     

    Índice. 2

    Prólogo. 3

    Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías. 4

    El paseo de los excluidos. 8

    Los canes de enfrente. 11

    El charrito y la fortificación.. 15

    En la falda de la malinche. 17

    La casa de la ribera. 20

    El funcionario y su Sombría Perrera. 23

    Se ha perdido la musa. 28

    El Pirómano. 32

    Pobreza Global: Una Limosna en la Calle. 36

    El Hallazgo de Chalchiuhtlicue. 39

    Una investigación de naturaleza científica. 42

    La Jungla del Cuarto 2. 45

    El nahual de Huamantla. 48

    Prólogo

    «Relatos al Borde V» es una colección de catorce cuentos que invita al lector a transitar por los márgenes de la realidad y la ficción, donde los personajes se encuentran al borde de situaciones que desafían lo cotidiano y, en algunos casos, la propia razón. Cada historia se erige como un microcosmos en sí mismo, abordando temas universales como el deseo, la muerte, la identidad y la desesperación, todo desde una óptica que roza lo fantástico y lo grotesco, pero que, al mismo tiempo, se mantiene anclada en lo profundamente humano.

    En estos relatos, la línea entre lo real y lo imaginario es tenue, permitiendo que el lector se sumerja en mundos donde lo insólito se presenta con naturalidad. La narración, rica en detalles y con una prosa que fluye con agilidad, logra captar la atención desde las primeras líneas, conduciéndonos a través de escenas que van desde lo íntimo hasta lo visceral, con giros inesperados que mantienen la tensión narrativa hasta el final.

    Los personajes que pueblan «Relatos al Borde V» son seres complejos, muchas veces atrapados en situaciones límite que revelan sus miedos más profundos, sus deseos ocultos y las contradicciones inherentes a la condición humana. Estos personajes no son meros espectadores de su destino; son partícipes activos de sus propias tragedias, a veces resignados, a veces desafiantes, pero siempre enfrentados a la inminencia del abismo que se cierne sobre ellos.

    La atmósfera de los relatos es densa y envolvente, construida a partir de descripciones precisas que evocan imágenes vívidas y sensaciones palpables. Desde los callejones oscuros hasta las habitaciones privadas donde se desnudan los secretos, cada escenario es cuidadosamente trazado para que el lector se sienta inmerso en las mismas sombras que envuelven a los protagonistas.

    «Relatos al Borde V» no es solo una serie de cuentos; es un viaje a los rincones más recónditos del ser humano, un recorrido por las emociones más extremas y los pensamientos más perturbadores. Al final de cada relato, queda la sensación de haber vislumbrado una verdad incómoda, una realidad que se oculta bajo la superficie de lo visible y que, a veces, preferiríamos no haber descubierto.

    Esta colección es una invitación a quienes se atreven a explorar los límites de la narrativa y a confrontar sus propios miedos e incertidumbres. Porque en cada cuento hay un borde, y en cada borde, una caída libre hacia lo desconocido.

    Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías

    No entiendo por qué no puedo. Los veo a ellos, la maestra sentada frente a mí. Se ha formado un círculo ante la figura de la Maestra Beatriz Espejo. Soy uno de los tres que están en el taller de narrativa. Mi cabeza está en otro lugar, en no sé dónde.

    Recuerdo cuando estuviste conmigo esa tarde. Un sábado como hoy, y te regalé un estuche de madera, con objetos inconcebibles en su interior, cosas que en ese momento simbolizaban nuestra interconexión íntima, dual. Te dije que no lo abrieras hasta después, cuando estuvieras descansando en tu recámara. Entonces lo guardarías en algún lugar donde no lo encontrara tu hermana menor, donde solo tú pudieras encontrarlo y sacar esas cartas especiales, esas fotografías donde estábamos los dos abrazados en un autobús de pasajeros, con la sonrisa plena y el corazón lleno, repleto, sublime. Ese sábado como hoy, en la sala, inventaba excusas para que mis manos rozaran tu cuerpo y descubrir las rodillas altamente sensibles. Bastaba con poner tres dedos sobre tus medias y moverlos con una pericia innata para hacerte temblar, como si activara una máquina sexual, preparatoria. En la estancia, tu cuerpo siempre bronceado combinaba con la sensualidad que sentía al ver tu cabello, esa gran mata felina moviéndose con el coqueteo de tu cuello y hombros naturales, perfectos. Entonces volvía a tocar las medias con los dedos, como si fueran a abrir una cerradura peligrosa, o un sitio reservado. Movías los muslos hacia un lugar menos riesgoso. Mientras platicábamos, tus zapatillas jugueteaban, saltando entre la punta y el tacón, entre la izquierda y la derecha, con el roce casual y azaroso de los zapatos.

    Me dijiste que podíamos ir al centro comercial «Las Ánimas», pero antes tenías que bañarte. Entonces ofrecí mis servicios como buen mozo. Quería bañarte la espalda, poner jabón sobre ella y sentir la espuma, la epidermis húmeda, la curvatura lisa de tu cuerpo. Ver tus ojos grandes, expectantes, mirándome, con el cabello lacio, pegado, su volumen disminuido por el líquido, y el rocío jugoso en tu cutis sereno. Pasaste por el pasillo con una toalla larga sujetada a la espalda. Te vi desde el sillón de la sala. Los zapatos mojados por la regadera me recordaron la excitación que producías. Te acercaste a mí cargando un cepillo y la secadora de cabello. La enchufaste a la pared y, como no alcanzaba el cordón, te sentaste en mis piernas. Entonces dirigí la pistola de aire hacia tu mata de cabello. La tentación de quitar esa toalla aumentaba. Bastaba con levantar una esquina para desvanecer el supuesto nudo y tener esa espalda muy cerca de mis labios. Tus ojos grandes, expectantes, miraban a otro lado, a otro mundo. Era yo quien estaba ensimismado en ese cosmos que eras tú, el mundo de tu cuerpo, el universo de tu corporeidad. Poco a poco, tu cabello fue tomando vuelo, flotando; pronto, tu cuello se descubrió y sentí el deseo impetuoso de morder esa zona.

    Dentro del centro comercial «Las Ánimas» nos sentamos en una banca, muy cerca de las escaleras eléctricas, frente a la tienda «Ripley». Dejé explotar la pasión con furia, como si mis manos y labios no tuvieran otra misión que hacerte sentir la voluptuosidad más salvaje de besos y caricias. El carmesí de tus labios lo saboreé con paciencia y perseverancia. Así como esa bebida embriagante con sabor a durazno que te forcé a probar desde mi boca. Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías. Ese día sábado, como hoy, cuando veíamos los aparadores, los objetos —pulseras, relojes, vestidos, novedades, anteojos, jeans, tapetes, artículos suntuosos, lapiceros, estéreos, discos compactos— todo nos acercaba mientras saboreábamos en la cafetería un delicioso café americano. La charla era igual de placentera, porque sentía que esa boca al hablar era como una fiesta de símbolos e imágenes que llegaban del presente, cuando te observaba con tus ojos altamente expresivos, oliendo el perfume dulce combinado con tu esencia natural, y el aroma del champú que liberabas al pasar la mano por tu cabello para acomodarlo. Recordaba el pasado, las veces en que, escapándonos por las noches después de tu trabajo, nos acomodábamos en el carro, a orillas de un parque sereno y romántico, para acariciarnos y amarnos lo más posible. Tus cabellos me hacían cosquillas en la nariz y tu cuerpo ardía en un chasquido de pasiones selváticas, complejas. Sentía tus pechos rozando mi corbata y tus manos surcando las entradas de mi frente. Los cristales empezaban a empañarse mientras la penumbra permanecía silenciosa, como guardando las apariencias, como si fuera un testigo muerto, bien muerto. Te exploraba íntegramente. No eran tres dedos, sino los diez, más mi boca, reconociendo todo terreno. Besuqueaba tu nariz, tus ojos. Te pedía que me regalaras tu ombligo, y tú, generosa, lo ofrecías para un beso. Los roces del alma se daban en la boca, la exploraba, cada diente, nuestras lenguas bailando. Respirábamos unidos. Tocando la conciencia, el calor recóndito. Apretando el labio inferior, oprimiendo el superior, sorbiendo ambos ¡presionando la mandíbula de manera salvaje! Soplaba mi alma en la tuya para tratar de quedarme en ella, durmiéndome en un besuqueo permanente, inmortal. Eran las comisuras tipo pétalo, la suavidad que se quedaba pegada, el sabor del carmín, la combinación con el afeite producía el éxtasis. Era el suspenso en hilos de caricias de un mundo tan grande que no cabría en un carro, pero que, sin embargo, no necesitaba más que eso. Las rodillas habían sido superadas por una excitación mayor en el cuello y las orejas. Era la aventura plena al interior de tu boca. Cuando la serenidad volvía a los atormentados amortiguadores, y los movimientos del cuerpo buscaban la historia, o bien, otras posiciones, soñábamos juntos. Era la casa grande con varias recámaras. Los paseos al interior del país. Me servirías el café mientras yo escribía y fabricaba un mundo donde el rostro imaginario en los textos fueras tú. La cara de niña decente quedaría estampada una y otra vez, y mientras yo hacía eso, tú estarías lista para disfrutar de la cama, poniéndonos horizontales y encimados. Desplegando las ramas de la respiración exhausta. En el sueño dentro del sueño, estaría la playa, la isla y tú. La isla y tu seguro servidor, con los ojos fijados en las gaviotas, en algo de paisaje, en un pedazo de mar coqueto, muy coqueto. Esa realidad pasaría lenta como si fuera una golosina que quisiéramos que nunca se acabara, o como un libro que es imposible dejar a un lado y que se quisiera terminar ya por lo interesante, deseando que tuviera infinitas páginas. Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías.

    Mi cabeza sigue en no sé dónde. La maestra habla de los cuentistas, y yo pensando en otras cosas. En ocasiones parezco idiota, cuando leemos un cuento, mis compañeros dan apreciaciones críticas y aportaciones interesantes, y yo me quedo como sonámbulo, solo observando, ido. Efrén sí conoce a muchos cuentistas y sabe identificar las características de cada uno. Y ni hablar de Yassir, él, como profesionista, sabe dar un análisis acertado del cuento, identificar la estructura, las obras del autor, y hacer una localización tanto del cuento como del autor. Pero yo… A duras penas sé leer y escribir, me gusta la literatura, pero eso no significa que conozca tanto como otros. Cuando la maestra Beatriz me pregunta: —¿Qué te pareció el cuento? — Yo le digo: —Me gusta, está bueno—, y muy dentro de mí, me estoy maldiciendo por la incapacidad de desarrollar un discurso en torno a la lectura. Por ejemplo, ahora mismo la maestra me acaba de preguntar, y yo le respondí con algo trivial, por estar pensando en otra cosa. No sé qué me pasa, desde que terminé con ella me siento desorbitado.

    Fue un día de fiesta cuando comenzó el fin de nuestra relación. Tu padre, como siempre, con el alcohol en la cabeza, diciendo y haciendo comentarios inoportunos. El machismo encarnado: tu padre, el autoritario en persona. ¿Por qué tenía que rezarle obligatoriamente a un Dios suyo que no comprendo? Porque es un cristianismo equivocado que vive pidiendo perdón después de haber soltado las injurias, los disgustos, las peleas, los chismes, los prejuicios, la mentira, la traición, las maldiciones. El tipo que más odio en el mundo tenía una Biblia en sus manos. Esa noche me puse a cuestionarte. Y tú, con el corazón en la garganta, me preguntabas si no te quería, si ya no estaba a gusto contigo. Con lágrimas en los ojos me decías que ese era tu padre, y que él me había aceptado, y que debíamos entenderlo porque ya estaba viejo. Te veía y no encontraba una respuesta concreta. Tu cuerpo se desmoronaba por mis dudas. Yo no había pensado en el matrimonio, en tener hijos, pero esa situación me estaba deshaciendo por completo. La gran mata de cabello ya no estaba en mis ojos. No lograba tocarte ni tus rodillas ni tu ombligo. En cambio, tu rostro era una gran lágrima que se desbordaba. —No te pongas así, le dije—. Traté de secar tu dolor, de abrazarte. Tus temores no ayudaban mucho. Mis nervios estaban en un momento culminante, al borde del colapso. Tu cuerpo trémulo me producía más angustia. Finalmente, te quedaste dormida en mis brazos, tratando de sujetarte a mí. Temías que yo te dejara, te desecharía por completo. Los reproches de tu padre eran tuyos también. Estabas muy atada a él y a tus creencias, y querías obligarme a seguir ese camino. Yo no había hecho otra cosa que alabarte. Te puse en lo más alto de mi existencia. Con los ojos llorosos y cerrados, la gran mata en mi regazo, mi cabellera se esponjaba con el viento suave de la madrugada. Yo también sentía que había perdido algo. Que todo iba a terminar. No era yo, eras tú quien había dejado de ser el centro de mis emociones. Una súbita voz irracional me dictaba terminar contigo. Ahora pienso en todo lo que te he dicho, y me duele, me duele tanto que, sin darme cuenta, las lágrimas caen sobre la hoja de papel. Las gotas tocan la palabra «fin». No sé cómo sucedió, pero de la misma forma en que comenzó, se cerró el ciclo de nuestra historia.

    El paseo de los excluidos

    —Me volví terrestre de repente, sin darme cuenta, hasta que el auto comenzó a moverse en el parque de la ciudad. Entré a otro mundo, pero, como siempre, sólo vine a pasear. Pensé que escaparía del aburrimiento, pero el hastío de la gente se me pegó de inmediato, a la cara, a los ojos. Mis órganos de conciencia querían apagarse, como desconectar un aparato eléctrico. El «Datsun» se movió; no sabía que el auto se movería, ya que desde lejos parecía estar parado, como un muro o un tronco tirado.

    —Sé —y lo sé desde que salí de casa para escapar del aburrimiento— que el mitin en el pueblo de “Agua Verde” lleva tres días. Este pueblo exige los servicios básicos para sobrevivir. ¿Dónde queda? No lo sé, en la primaria no me enseñaron la geografía del estado, o bien no lo recuerdo; tal vez por allá por “Lázaro Cárdenas”.

    —Desde la fuente al lado de San José, observaba los toldos cubriendo el espacio. Los humos de las fogatas se elevaban entre los árboles del parque, mientras las pelotas de los niños a veces golpeaban los edificios públicos. El humo de los cigarrillos formaba un aura que cubría todo el sitio. El agua salpicaba a mis espaldas en un estruendo inusitado. La vendedora de pepitas en el escalón de la fuente mostraba su mercancía, mientras tomaba de ella cada vez que su lengua lo indicaba. Las secretarias se besaban con sus novios después de comer antes de volver a trabajar.

    —Me fui acercando. Sólo vine a pasear, como siempre, así que mis pasos dejaron huella en la zona. El “Datsun” se movió. Entré.

    —Una señora, agachada y encorvada entre plásticos negros y palos, se encontraba en un baño improvisado. El registro de drenaje tenía una nueva función: servir como baño durante el mitin.

    —La gente estaba celosa de su espacio, desconfiada de los desconocidos. Algunos dormían la siesta en las banquetas del parque, platicaban, y no faltaba un cigarro. Las mujeres masticaban chicle o chicharrón. Un niño mugroso y harapiento lloraba o gritaba entre la gente. Los gorros de los maridos panzones mal fajados servían de identificación social, mientras que el rebozo y la chancla sucia eran distintivos de las mujeres. Algunas mujeres vendían comida, golosinas en algún zaguán o esquina, o eran amas de casa en un poblado medio construido o en la miseria. La pirámide de forraje y rastrojo servía de combustible para las cocinas de humo y las cazuelas de mole en el techo. La jauría ladraba a todas horas. El terreno seco y la tolvanera celebraban la aridez. El monte almacenaba el tiempo.

    —Eso es lo que imagino mientras los observo. Paso junto a ellos y me desconocen. Me gustaría decirles que sólo vine a pasear, como siempre, que soy un hombre citadino de la capital del estado y que vengo en son de paz. Pero sus miradas y su olor me excluyen. La bocanada de humo de cigarrillo se aleja hacia el cielo. ¡Me siento excluido!

    —Pero… todo está cercado. ¿A dónde me he metido? Es un círculo tipo caravana del oeste, construido con carros, donde los muros humanos impiden el paso. ¡Híjole! ¿Podré salir? Las puertas de los edificios de gobierno están cerradas, todo está cercado. Creo que están organizados, algunos con listones amarillos, otros con listones rojos. Seguramente son representantes de algún grupo. Me siento un extranjero entre ellos. Me siento menos evidente sentado en el suelo. Dos jóvenes recostados a mi izquierda leen novelitas baratas, luego se alejan y se apoyan en un carro en los límites de la zona. Mientras, babeo.

    —La asta de la bandera está a dos metros del siguiente baño improvisado. En los muros cuelgan cartulinas con anuncios: “En Laguna Verde queremos agua y luz”, “Exigimos al señor gobernador atención a nuestras justas peticiones”.

    —¿Qué querrán? No entiendo. Xochitiotzin dice que es un “boicot político”. Desde aquí veo miseria, mugre, diversión, coerción, injusticia. Pero también se divierten, juegan, cantan canciones rancheras con un trío. Un tipo convence a una quinceañera para que se vaya. Los cabizbajos y meditabundos parecen recordar viejos tiempos mientras el sol languidece entre las ramas del parque. Vine a disfrutar de la tarde, del aire, a saborear la corriente con olor a Tlaxcala. Me gustaría decirles que sólo vine a pasear, como siempre, pero me ven mal… tengo miedo de que los preventivos aparezcan, se pongan agresivos y me toque por estar aquí… Bueno, con mi credencial de elector o la de mi escuela podría identificarme, he visto en la tele que cuando sucede se pone peligroso: golpes, piedrazos, sangre, ojos llorosos, ira, desquite, mentadas de madre, mordidas de perro, macanazos. Todo eso sumado a los destrozos materiales y morales.

    —El joven permanece en el piso, recargado en la baranda del árbol frente a la campana de Dolores. Mientras piensa, toma una pequeña rama del suelo para rascar canales en la tierra. Es un joven barbón con lentes oscuros, de buena alimentación, apuesto, nariz recta, ojos hundidos, espalda ancha y cabello en rizos cortos. Viste pantalón de mezclilla, camisa blanca con rayas azules, suéter color hueso con estrellas agrisadas y cuello plomizo; los calcetines son negros. Los encargados de seguridad del sitio se reúnen para comentar la situación y dar los reportes, luciendo un listón rojo en el brazo izquierdo.

    — ¿Todo bien, está calmada la situación? — ¿Qué sabes de la policía? — No habrá represión, pero uno nunca sabe. — Compadre, ¿qué dicen la licenciada y el maestro? — No se preocupen, ya es tarde, creo que la negociación se dará hasta mañana. — Vi a un “colado”, me parece que es provocador. Ustedes dicen. — ¿Cuál es? — Preguntan varios. — Aquél echado allá, disimulen, no sea que se las huela. — Ustedes dicen si le calentamos el trasero. — ¡Hijo de su puta madre, yo sí le parto su hocico, déjenmelo a mí! — Calma, calma, puede ser que sea “colado”, no vaya a ser pariente. — ¡Javier, párate en los botes de basura, cerca, pero ya sabes cómo! — Voy a hablarle a la licenciada y al maestro para ver qué resuelven. — El de ayer se nos escapó, pero este tiene la misma pinta. Ya parece que nos engaña. — ¿Qué dijeron la licenciada y el maestro? — Que resolvamos con cautela, dijeron que: “Debemos proteger los intereses y el buen desarrollo de nuestras peticiones”. — ¡Ajá! — Entonces, ¿qué hacemos? — Yo ya sé lo que opino. — ¡Hijo de tu chingada madre, déjenmelo, yo le pongo en su madre! Este cabrón se cree muy cabrón, piensa que nos va a ver la cara de pendejos. — ¡Si es provocador, seguro que lo es! — Échenle mano y súbanlo a la camioneta de don Joaquín, cúbranse la cara y a él pónganle bozal. — Amenazan al hombre. — A caray, sí tienen cara de malditos. — ¡Párate de allí y ven para acá! — ¿Qué se les ofrece? — Tú has caso y no te pongas pendejo.

    Los individuos con pasamontañas conducen al hombre y lo suben a la camioneta a empujones. Dos puñetazos en el estómago lo doblan. El dolor comienza y se acurruca en el piso de la camioneta.

    — ¡Conque un cabroncito colado! — Ya de una vez, pártele su madre. — Hazle una de las que ellos saben hacer. — Sí, el tehuacanazo, los piquetes, o lo otro… — ¿Eres o no eres provocador? ¿Cuál era tu función en esta tarde, llevar el chisme? — Sí, eres un provocador, hijo de tu puta madre. — Ahora sí, te cagas del miedo, ¿verdad? ¿Te suda el trasero? Pensabas que eras muy chingón. — Este cabrón no traía armas, ni siquiera sus credenciales eran verdaderas. — ¡Somos más astutos que ustedes porque nos las olemos antes, puto! — ¡Toma, para que aprendas a no meterte en nuestro movimiento! — Los golpes llueven, los aullidos de dolor llenan el lugar.

    Los canes de enfrente

    Mi corazonada no había sido tal cuando supe que no los encontraría más que en la perrera municipal. Sin duda, pagaría una multa por los canes de enfrente. A mi madre siempre le han gustado los perros, y por supuesto que a mí también, siempre y cuando sean míos, porque los que son de la calle me inspiran desconfianza.

    Cuando era niño, mi madre nos compró una perra bulldog. La perra era tierna, pero tenía una cara de miedo; debo decir que tenía arrugas sobre arrugas, sus cachetes colgaban más allá de la cara, casi hasta el cuello, y siempre descendía de su boca la gruesa baba chiclosa, con los colmillos caldosos y la lengua sudada. Era una perra sensible cuando la regañaban por comerse las flores del jardín; mi madre salía después a rogarle que la perdonara, pero que no volviera a hacer esas cosas, de lo contrario, la muy digna cachorra o no comía, o bien, no volvía a mirarle a los ojos y a ponerse contenta… La perra de ninguna manera movía la cola para demostrar sus sentimientos porque no la tenía; se la habían operado cuando era cachorra, lo mismo que las orejas —aunque una le quedó gacha— tenía su porte de perro maldito, el pavor que despertaba en los visitantes de la casa: hasta el escalofrío y el sobresalto. Se llamaba “Chirca”, en realidad no sé de dónde salió el nombre; fue bautizada por mi hermana Trinidad. Recuerdo que le hicimos un pastel con galletas Marías y budín de chocolate; el pastel nos lo comimos nosotros, y a la “Chirca” de bautizo le tocó una jarra de agua helada. Pienso que desde entonces le dio reuma y un poco de sarna en el lomo. La “Chirca” era una perra juguetona. El amplio patio era su sitio de recreo, su casa, su espacio; aún no tenía piso de cemento, por lo que los agujeros rasgados por la perra resultaban muy comunes; eran microcráteres cuyo aerolito enterrado venía siendo un hueso o una torta dura. Mi madre se molestaba por los dichosos cráteres que dejaba la perra, y aún más si estos se acercaban a los rosales, casi sagrados, intocables, eran el tercer amor de su vida. Siempre estaba mi padre después de sus hijos y luego los rosales, en ese orden. Éramos mi hermana Trinidad y yo los responsables del cuidado del jardín y de la “Chirca”; ella de la perra y yo del jardín. Recuerdo que, para poder cuidar el jardín de mi madre, había ideado una especie de alarma para proteger los rosales. Pero antes de narrar cómo era este artilugio, debo señalar cómo estaba el patio. Pues bien, el patio corría a un costado de la casa de dos pisos y terminaba en la parte posterior del hogar. En realidad, eran dos patios: el patio de costado y el traspatio, donde se encontraban los tendederos y el lavadero. En el traspatio siempre había todo tipo de objetos, arrinconados en las diferentes regiones limitantes. En el patio de costado se encontraba el jardín y al final de él estaba el portón de la calle. El jardín estaba conformado no solo por rosales, sino también por plantas de ornato como “el huele de noche”, “las margaritas”, “la pasionaria” y un árbol de higo, entre otras plantas de suelo. De suerte, se encontraba hasta la “hierba buena”, “la ruda” y “el epazote”; la manzanilla nacía por donde fuera como si fuera maleza. El árbol de higo se encontraba en un sitio aparte, donde crecía libremente, y a donde recurríamos para arrancarle sus frutos suficientemente jugosos. Por cierto, recuerdo el día en que me trepé al higo y, por traer zapatos de piso, me accidenté con una saliente del tronco; aún tengo la cicatriz en el tórax.

    Mi madre había colocado provisionalmente una cerca para impedir que la “Chirca” hiciera sus gracias dentro del jardín, pero la perra siempre buscaba entrar. De cualquier manera, traspasaba para juguetear con las flores y masticarlas. Había ideado en mi mente una especie de cerca eléctrica que funcionaría con un acumulador y unos alambres, pero la idea no era tan buena; la batería no funcionaba. También pensé en electrificarla, pero eso era demasiado peligroso. Pensé en impregnar las flores con chile y otras sustancias amargas, pero, aunque ya no le gustaran las flores, seguiría haciendo agujeros en el jardín. Otro de los impedimentos es que no tenía el dinero suficiente, así que coloqué varios alambres sensibles alrededor de tal manera que protegieran toda la zona y estos alambres terminaban en una alarma ruidosa compuesta por botes y canicas; al sonar la alarma, trozaría el hilo donde se sujetaba la alarma y esta caería a una bolsa de aire que haría chiflar la flauta atada en los extremos de salida de la bolsa. En fin, al día siguiente amanecí desvelado porque toda la noche había hecho aire y los botes sonaron sin parar. En cuanto a la bolsa de aire, la “Chirca” la había masticado y había echado a perder la flauta que mi hermana ocupaba en la clase de música en la escuela secundaria. Mi padre hizo una cerca alta para proteger el jardín y se terminaron los problemas.

    A mi madre siempre le han gustado los perros. Se entristeció mucho al despedirse de la “Chirca”. La llevaría a la casa de mi tío Jorge para que cuidara su casa porque a sus perros los habían envenenado. Seguramente porque querían entrar a robar a su casa y como su casa no es segura. De vez en cuando veo, cuando visito a mi tío. La perra trata de mover la cola, pero no puede porque no la tiene; la operaron cuando era cachorro. No quedamos sin perra. La casa era segura porque existían los canes de enfrente, los perros de la vecina.

    El vecindario era de clase media, estaba alejado por aproximadamente media docena de cuadras del centro de la ciudad. Siempre teníamos problemas con el agua y algunas calles no estaban aún pavimentadas. Los pandilleros “los Tizas” tenían a resguardo las noches, de los transeúntes extraños y tal vez alguno de la banda de “la Bondojo”, enemigos incansables de “los Tizas”. La calle donde se ubicaba la casa parecía que daba hasta las faldas de la montaña La Malinche, pero no; esa era su dirección. La calle terminaba al tope con la carpintería “El Roble”; los dueños le habían vendido a mi papá los palos para la cerca del jardín. Son unos güeros, me han dicho que son de Chihuahua. A mí me caen gordos esos tipos porque se creen más que los demás.

    En la calle, eran un problema los perros de enfrente, es decir, los canes del vecino. Sus características: indómitos y violentos. Eran bestias guardianas de la casa de enfrente, tomaban en serio su papel; ellos cuidaban de más el acercamiento de personas por la calle. Eran tres chuchos escandalizando las veinticuatro horas. Dos eran grandes; uno con pinta de galgo y otro con cabeza de mastín y cuerpo de perro policía; el otro era uno de esos lanudos miniaturizados. Este último era el vocinglero y alborotador de los otros dos. La vecina dueña de los perros, en su totalidad era una mujer fea y escandalosa; supongo que en su juventud tuvo algo de aquello que se llama belleza, pero después no más. Se pintaba el cabello de negro para que no se vieran las canas —que supongo yo eran aproximadamente el cincuenta por ciento de la totalidad del cabello— vivía sola con sus animales, porque no solo tenía perros sino también gatos y tal vez —nunca entré a su casa— algunos pájaros. Era una mujer anclada en la época de finales de los sesenta. Su carácter era inusual porque con los animales tendía a ser platicadora y enojona, pero con las personas prefería la cerrazón y la introversión. Algo sucia. Desde la ventana de la cocina vaciaba los desperdicios al patio; la tierra permanecía sucia, lambida, grasienta, aparte de la suciedad que dejaban los perros. La vecina, cuando salía a comprar a la tienda de la esquina, los perros la seguían con una algarabía tal que el escándalo se escuchaba a cincuenta metros a la redonda. Además, no faltaba el día en que las perras de otros sitios se ponían en celo y los perros domiciliados en frente invitaban a aullar y gruñir a la jauría durante toda la temporada.

    Las corretizas de los perros hacia los transeúntes no se hacían esperar; durante el día ocurrían aproximadamente cada tres horas. Mi madre había intentado reclamarle a la vecina por la seguridad de los perros, pero nunca hubo una respuesta satisfactoria. Estaba cansada, la vecina le dijo a mi madre que cuando pasara algo lo diría, mientras tanto no tenía nada que hacer y se negaba a encerrar a los perros. Mi madre ya se había cansado de reclamar y de perder el tiempo en una lucha sin ganancia. Con el paso del tiempo, se había acostumbrado al ruido constante y al ver que sus perros se refugiaban en el patio de mi casa. En la noche era casi imposible dormir, los perros ladraban como si el fin del mundo estuviera llegando; en algunas ocasiones los perros de la casa se unían a la bulla. La situación no era ideal porque a veces se sentía temblor en la ventana, y la puerta de la casa se desajustaba. Las cosas no eran cómodas, más cuando ya no hay un perro guardián.

    Cuando mi madre me pidió que arreglara el problema con la vecina, a mí no me gustaba salir a hablar con los vecinos porque siempre terminaba en problemas, con una conversación sin sentido y con la vecina gritona. Estaba decidido, mi objetivo era encontrar una solución de manera rápida y que no interfiriera mucho en la vida de mi madre. Hablé con mi padre sobre las posibilidades de tratar el tema de los perros, pero él estaba muy ocupado con su trabajo y con las cosas de la casa, así que la solución tenía que salir de mí. Mi plan era sencillo, yo tenía que encontrar una solución que fuera directa y no dejara dudas. Mi plan consistía en calmar a los perros con un tranquilizante, así podría volver a dormir. La primera noche después de la solución, pude dormir a gusto, al siguiente día ya no había ruido de perros, así que la vecina no me podía reclamar por los problemas con los perros. Todo estaba bien, sin embargo, la tranquilidad duró poco porque al siguiente día un cachorro se escapó de la perrera. Mi madre se preocupó por el cachorro, mi hermana y yo lo encontramos al final del día, pero no estábamos seguros de que se pudiera recuperar. La perra ya no podía caminar ni por sí sola y estaba un poco nerviosa, el cachorro estaba en condiciones deplorables y mi madre, con lágrimas en los ojos, lloró cuando supo de la pérdida del cachorro. Así que las cosas siguieron igual, la vecina no se preocupaba por sus animales y el ruido seguía. La tranquilidad nunca duró mucho y el cachorro seguía en la perrera municipal, donde siempre habíamos terminado en busca de los perros perdidos. A veces, los perros encontrados en la perrera también terminaban con problemas de salud, y la situación no parecía cambiar nunca.

    El charrito y la fortificación

    La ciudad estaba conformada por cuatro territorios. Los habitantes de esta zona eran llamados “Los Zopes,” muy afamados en la región. Alrededor del territorio que circundaba el gran reino había todo tipo de extranjeros, desde los típicos gringos hasta los boricuas y arios. Descubierta la ciudad por los foráneos, estos trataban siempre de extender su territorio.

    “El Charrito” era vecino. Había nacido en una familia numerosa. Su padre había venido desde Morongo, una ciudad lejana como el mismo horizonte, traído por su abuelo a estas tierras. El gran sacerdote sabio, llamado Tectlo, le había dicho que su misión era construir una gran muralla, guarniciones y pozos profundos para protegerse de los ataques de los forasteros.

    “El Charrito” era joven. Su padre le había enseñado a manejar el Street Fighter II y la cuchara de albañil, pero era mejor para la recolección de basura. Después de hablar con el sacerdote sabio, se sentó a la sombra de un zapote que lucía sus frutos, inflados y verdosos como píldoras rubicundas y aretes zapotecos. Entonces se manifestó el gran Camún, dios protector de los Zopes. Apareció de la nada, con un traje excelso, adornos y notables lujos. Su atuendo se marcaba con diamantina que caía copiosamente, gran penacho y una espada de Power Ranger muy colorida. Camún le dijo:

    —¡Te encargo la protección de la Zona! Te encomiendo proteger la progenie. No dejaré que Grendar, el dios de la muerte, devore todo. A ti te encargo a los pobladores de la ciudad. Yo soy el dios de los Zopes, el dios que hace cimbrar la tierra y que hace funcionar la sangre. Tendrás que levantar una muralla, harás fosos, parapetos y guarniciones donde agazaparse y protegerse. Te recompensaré con un gran rango y te regalaré una flor de suave perfume, una mujer llamada Claudia Schiffer.

    Desapareció.

    “El Charrito” siguió sentado bajo el zapote. No podía comprender lo que había sucedido, pero sintió que había nacido en su interior una misión de vida. Era un honor servir al dios de la Zona, además de que tenía coraje y una gran sed de venganza hacia los foráneos, quienes le habían arrebatado a su abuelo y lo habían confinado en una cámara de gas en la ciudad de Milhumos. Después de descansar bajo el zapote, “El Charrito” se dirigió a Tiza, donde se entrevistó con el gran sacerdote sabio. Este le dijo que debía convocar a los maestros encargados de la edificación. Los jefes de obra le informaron que podía contar con trescientos hombres, aparte de los vigilantes, pero antes tenía que ir a Milhumos a pedir permiso de obra.

    “El Charrito” se puso a trabajar. Se complacía en la obra que edificaba. Eran pocos los lugares por donde los Zopes podían ser asaltados, y en esos sitios, el nuevo ingeniero, con maestría y estrategia, había procedido. Los ataques dirigidos desde el exterior a la comarca de los Zopes eran constantes. Tal era el tesón de los intrusos para infiltrarse en el lugar que no les importaba sacrificar su idioma ni un sinfín de costumbres. “El Charrito,” de esa manera, había adquirido muchas palabras nuevas que enriquecían su vocabulario, así como costumbres como la de Santa Claus y Halloween.

    “El Charrito” se enorgullecía de su territorio, del gran honor que era vivir dentro, además de poder ducharse en los baños públicos mixtos, únicos en la región. Un día, mientras se bañaba, apareció entre el vapor el gran dios Camún, sorbiendo su refresco con popote. Le dijo:

    —Te prometí una hermosa flor de lindos atributos, una mujer, y ahora que has cumplido tus veintidós años, la tendrás como premio a tu tesón.

    Apareció Claudia Schiffer, hermosa, de cabellera voluptuosamente dorada, forrada con una túnica húmeda, caminando hacia “El Charrito” entre las aguas de la alberca burbujeante. Tenía la vista diáfana de una virgen inalcanzable. Sus brazos se apretaban al compás del chasquido bocal de un beso correspondido. Después de hacer el amor, “El Charrito” quedó aturdido por el esfuerzo. Ella le confesó en ese instante que acababa de tener su última batalla, porque era extranjera y la había enviado Grendar para acabar con los Zopes. En ese momento, acababa de adquirir una enfermedad incurable. “El Charrito” seguía en las nubes, con una psicodelia multicolor en sus ojos.

    En la falda de la malinche

    El auto circulaba por el camino terregoso después de pasar por el pueblo. El compadre había comentado sobre los robos que estaban sucediendo en esa localidad.

    —Sí, compadre —contestó el conductor—, por esta zona dicen que se está poniendo feo. Inclusive ya me advirtieron que no ande de noche porque ha habido muchos asaltos. La otra vez asaltaron al camión repartidor de gas, dicen que se llevaron como diez mil pesos, y a los repartidores de refrescos también les han dado su susto.

    —Pues, ¿que no esos carros tienen caja de seguridad?

    —Sí, pero, aunque la traigan, los choferes a veces cargan el dinero en las bolsas del pantalón y no miden las consecuencias.

    —¿Supiste del asalto a la tienda del ISSSTE?

    —No, cuéntame… ¿cómo fue?

    —Fue la semana pasada, cuando habían pagado el aguinaldo. Los ladrones pensaron que había bastante dinero en la tienda. Fue a mediodía, pero les fue mal porque acababa de pasar el camión de la “Panamericana” y se había llevado a resguardo el dinero que había en las cajas. Cuando llegaron los ladrones, solo se llevaron cinco mil pesos.

    —Tanto arriesgue para nada. No sabía de eso, lo que pasa es que por el trabajo ya no escucho las noticias.

    —¿Por qué te tardaste tanto en la tienda? —dijo el acompañante mientras observaba por la ventana del carro las tierras de labor y, a lo lejos, la silueta de la Malinche—. Casi me estaba durmiendo aquí en el carro y tú no aparecías.

    —Es que la viejita de la tienda me contó una historia de este pueblo, que dicen que hasta salió en las noticias de “24 Horas”.

    —¿De qué se trata? Cuéntame.

    —Me dijo la señora que hace como un mes se corrió el rumor en el pueblo de que, a un señor, cuando trabajaba en el campo, se le apareció una serpiente con cara de mujer. Era tan hermosa que el hombre no pudo resistir el deseo de besarla. Cuando se acercó a ella y la quiso besar, la serpiente con cara de mujer lo mordió y huyó al jagüey, el que está en la falda de la Malinche. Dicen que por esos días había llovido mucho y el jagüey estaba bien lleno. Y como había corrido la noticia por la televisión, vino mucha gente a constatar el hecho y a ver lo que por aquí sucedía.

    Otra versión es que se le apareció al señor, que era muy buena persona, y nunca había hecho mal a nadie. Era muy servicial y cuando le pedían un favor, él con mucho gusto lo hacía. Este señor, cuando fue a trabajar al campo, escuchó una voz melodiosa y dulce entre los matorrales. Escuchó que le decía:

    —Ayúdame, por favor. Estoy perdida, soy la hija de la Malinche. Por jugar mucho y no obedecer a mi madre, me perdí y ahora no puedo regresar. Ella ha de estar muy preocupada. Llévame y ella te recompensará.

    —Pero tengo que cumplir con mis deberes —decía el hombre— y atender a mis animales.

    —Por favor, mi madre te recompensará —decía esto mientras su cara se asomaba por entre los arbustos, dejando al hombre fascinado.

    —Está bien, te llevaré.

    —Y el hombre llevó a la serpiente con cara de mujer hasta la Malinche, su madre. Y la Malinche lo premió con una bolsa llena de oro. Dicen que ese hombre ahora es muy rico.

    —Hay otra versión, ¿quieres oírla?

    —Sí, claro, ¿cuál es?

    —Bueno, la otra versión dice que sí es cierto lo de la serpiente, pero que la trajeron de otro país para exterminar las ratas de una fábrica. Dicen que en esa fábrica había muchas ratas, una plaga. También dicen que no era una serpiente, sino que eran dos. Habían puesto un cerco para que no escaparan las serpientes de la instalación, pero de todas formas se escaparon. A una serpiente sí la lograron matar, pero la otra anda por la falda de la Malinche. Dicen que un muchacho la vio cuando se había ido de pinta y no había entrado a clases en la escuela. La serpiente lo castigó dejándolo mudo, porque al verla fue tal su impresión que ya no pudo hablar. Según las señas del muchacho, era grande, del diámetro de un tubo de drenaje, y enroscada daba como uno cincuenta de altura.

    —Pero eso son más que cuentos, ¿no crees?

    —Pues puede ser, pero lo que sí lograron es que la gente venga al pueblo. Me dijo la viejita que los de las tiendas del pueblo se beneficiaron porque no falta quien quiera comprar un refresco, una botana, o chicles.

    —A ver qué otra cosa inventa para que la gente se dé cuenta de que existe este pueblo —dijo el acompañante mientras veía la polvareda que levantaba el carro a sus espaldas—. Párate por allí, compadre, que voy a orinar.

    El carro se detuvo a orillas del camino de terracería. El conductor encendió un cigarrillo mientras su acompañante se dirigía a los magueyes. Mientras bajaba la bragueta, escuchó un chasquido de eses repetidas. Se asomó entre las hojas del maguey y vio que una serpiente se dirigía al carro con gran rapidez. Terminó y corrió al carro con prisa, asustado por lo que pudiera pasar. El conductor vio a su compadre que corría hacia el carro.

    —¡Compadre, compadre, la serpiente! ¡La serpiente con cara de mujer! ¡Pélale, compadre, pélale!

    Subió al coche y el compadre arrancó mientras observaba por el espejo retrovisor una cara de mujer, muy hermosa. El cuerpo se encontraba en el capote trasero, encima de la cajuela. Después de recorrer un gran tramo con aquello de pasajero y tratar de tirarla para huir del peligro, entraron a la carretera “Vía Corta Puebla-Tlaxcala”. Con un rechinido de llantas y un giro brusco, hicieron que el inoportuno pasajero cayera en la carretera y fuera aplastado por una docena de llantas de un tráiler con prisa. Después de veinte minutos solo quedaba una salea de nada, pegada al asfalto. El sol contribuiría a borrar cualquier rastro. De la serpiente con cara de mujer hermosa solo quedaba la historia.

     La casa de la ribera

    Las nubes debutantes de la tarde oscurecen los riscos de la escarpada del valle de «Casas Grandes». En los cúmulos oscuros y vaporosos, los colores enamorados de centellas plateadas e indomesticables visten al humo de la casa con destellos, mientras el viento azaroso acumula vaivenes que se pierden en el cielo. En lontananza, lejos de los riscos, por donde el río serpentea, se aproxima a pasos de Goliat la oscuridad de una noche presurosa, ansiosa por devorar todo en su negrura. El color chocolate del río se intensifica por las caídas de las medianas cascadas al entrar al valle y por los chubascos de los días anteriores. Su oxigenación se enriquece aún más al chocar con las rocas y lajas, cortantes, duras y filosas. La maleza de la ribera varía desde los abrojos grisáceos por hongos imperceptibles, zarzas punzantes y jarillas sarnosas de plaga. El pasto que llega hasta la casa, tan verde que huele a menta, está cubierto de hojas en descomposición, formando un compost ya fermentado, listo para nutrir las raíces. Los cimientos pétreos de la casa sobresalen y miran por encima del pasto, y en ese nivel hay dos ventanas que exhalan aires rancios del sótano, un olor mefistofélico que presagia horrores en las sombras de esos muros.

    La habitación está cubierta por amplias cortinas que llegan hasta el suelo de mármol. El lugar parece tener una decoración minimalista; el vacío y la soledad en los muros reinan como si fueran parte esencial de la casa. El ahuecamiento del espacio parece devorar toda entidad con sentido propio; los distintos aposentos carecen de identidad privativa, conformando una sola homogeneidad, como si fueran extremidades de una estructura ósea. Como si se tratara de una caja hermética viva o la corporeidad de un engendro maligno convertido en casa. La organicidad se manifiesta en la respiración que fluye entre las cortinas, en el humo que sisea por la chimenea y se pierde en el cielo, y en el aire rancio que se filtra por las ventanas del sótano, al nivel de los cimientos ligeramente expuestos. Se percibe en el ambiente una mirada introspectiva, dirigida no hacia el horizonte oscurecido ni hacia los riscos escarpados del valle, sino hacia su interior, como si la casa fuera un individuo autista, atrapado en su propia mente. En este sentido, nacen figuraciones de un ente que se devora a sí mismo, que permanece ensimismado en su configuración psíquica afectada, solazándose en comprimir todo lo que hay en su interior, como un agujero negro galáctico que absorbe todo ser sin distinción. Es comparable a un asesino que estrangula sin matar, complaciéndose en ello mientras su compenetración se enriquece en voluntad. Dentro de este mundo, un personaje inmóvil hurga en sus recuerdos desde su calvario.

    Es un personaje flaco, su nariz moribunda y aguileña apunta al suelo, y en sus ojos borbotea el último destello de vida. Sentado en una silla de ruedas, inmovilizado por una parálisis total debido a una embolia, parece un tronco tumbado, un engendro de la naturaleza, un organismo mal formado que yace quieto y vegetativo en el centro de la habitación. En el techo zumban las moscas, atraídas por el olor de la putrefacción, algunas ya han puesto sus huevas en el cable de la luz del foco, envueltas en secreciones gástricas.

    El hombre cae en las larvas del recuerdo. Su vil sinceridad se codeaba con la política y la frondosidad sofista de viejos tiempos. Encendía la luz de la añoranza y sentía que la vida volvía a mirarlo y sonreírle. Se imaginaba que aún podía hacer que las grietas se movieran a su paso, que aún podía obligar a los desposeídos a hacer cosas inhumanas y deshonrosas, que podía arengar cualquier cosa a su conveniencia y manipular las tertulias de la clase pudiente. Era un hombre que podía torcer el pescuezo de la elocuencia a su antojo, satisfaciendo así sus instintos más salvajes y despreciando a las clases bajas, al «lumpen». En el gueto de literatos fracasados, recitaba su poesía lánguida y decadente. Recordaba el juicio en el que arrebató despiadadamente la propiedad en la que vivía, pero con qué lentitud deletreaba su existencia hasta convertirse en lo que era: un ser injertado en una morada pesada y de ambiente autoritario, un personaje caricaturesco, seco y estéril, circuncidado de la sociedad, apartado de toda humanidad, lenguaje y convivencia. Solo le hacían compañía los muros planos y tenuemente cuarteados. La casa lo apretujaba entre sus paredes, y en los pasillos largos sentía que se encontraría con un espacio estrecho, de apenas cincuenta centímetros de ancho y ochenta de altura. Sentía que el techo se estrechaba hasta rozarlo con los cabellos, succionándole las entrañas, tratando de introducirse en su esencia. Su contenida presencia era disminuida por los movimientos de los muros, que se atraían hasta fusionarse en una sola, obesa e inflada tapia. El ahogamiento y la desesperación de sentirse prisionero lo convertían en una criatura oprimida, castigada por una estructura ósea famélica que se adhería a su piel ajada y tumefacta. Las cortinas parecían algodones secos como polvorones que se introducían en la garganta y absorbían toda saliva, toda humedad bucal. Los ojos se entreabrían para inhalar más aire, pero solo conseguían que las venas de las sienes se hincharan de sangre, mientras en las pupilas crecían imperceptibles hebras de plasma. El individuo seguramente tenía en la punta de la lengua un «¡ay!», pero no podía pronunciarlo. Su lengua, torpemente quieta y pastosa, era como una masa de barro atrapada en una cueva entre dentadura maltrecha y unos labios que parecían más una llaga asomándose al mundo. Su reclusión no tenía escapatoria; sabía que no tardaría en llegar el momento en que los muros se transformarían en un sarcófago incrustado en el valle de «Casas Grandes». La estrechez de la vivienda se volvía cada vez más densa, el sofoco llegaba como un orgasmo que hacía contraer las grasas del cuerpo, los vellos se erizaban y por ellos penetraba un frío gélido que alcanzaba las capas más profundas de la piel. Su rostro, con una barba crespa, mostraba arrugas que se entrelazaban como si disputaran ese territorio. El cuello exhibía una mezcla de arrugas, papada y grasa. Su esperanza de salvación se había desvanecido hace mucho tiempo, era un eco opaco, desaparecido y anestesiado del espíritu optimista. Su mirada se dirigía al techo, hacia el foco, una esfera de vidrio por donde se arrastraban, dejando un rastro baboso, las larvas de mosca listas para caer en su cuerpo melifluamente enrarecido y fétido. Las larvas caían en su boca, donde se anidaban; otras caían en sus ojos y se deslizaban como lágrimas lechosas hasta el oído. A través de la oreja escapaban traviesas larvas del cerebro, ya podrido, devorando poco a poco una vida que se resistía a desaparecer. El ser sepulto y corrompido oscurecía las estancias que parecían apretarlo más, como si quisieran exprimir sus jugos más consubstanciales.

    Las cortinas dejaban entrar un resuello que venía de chocar con los filosos riscos de la escarpada del valle. Bajo el piso, gusanos gordos y bien alimentados se escurrían hasta el oscuro sótano, donde se enterraban en la arcilla polvorienta. Las ventanas no dejaban pasar ningún rayo de luz; tanto afuera como en el sótano reinaba una oscuridad luciferina y aterradora.

    El funcionario y su Sombría Perrera

    —¿La hiciste como te dije, o todavía no? — pronuncia el burócrata a su asistente, que llega con un legajo de papeles y una libreta de notas. Ambos sudan en las primeras horas calientes de la tarde en la ciudad fronteriza. Ciudad Juárez es una entidad apretujada con otra ciudad igualmente problemática, como lo es El Paso; en ellas se acumulan toda la podredumbre, el azar, la inhumanidad y las esperanzas de una vida distinta, renovada. Ciudades independientes de sus naciones por su amplia capacidad de comercio, tráfico y destino; ambas ciudades se drenan y trasfunden las virtudes y deshonras humanas, colaboran para accidentar los destinos, para ocultar las desavenencias de drogadictos, grafiteros, patinadores y rolers. De los inmigrantes, migrantes y fugitivos de la ley, de los que buscan de aquí para allá o de allá para acá una identidad distinta, un destino soñado. Son entidades que viven la modernidad desde la perspectiva del patio trasero, desde los trastos insulsos de la globalización y el entreveramiento de dos naciones cosidas a mano. Nuestra narración tiene como contexto esta urbe bilingüe y birracial, donde convergen lenguajes tan distintos, pero tan cercanos, vecinos, pero en continua confrontación, enlazados diariamente por pachucos, cholos y chicanos, por mexicanos y norteamericanos. La globalización se vive en las calles, en cada compra, en las tiendas, en las caras de los “mojados” permanentes y perdidos en la indigencia, atrapados en la droga o en las redes de su comercio; se vive también en la transacción monetaria en las esquinas “permitidas” de dólares y pesos; de carne humana con minifalda y de polvo de ángel, entre otros contrabandos.

    —Sí, ya mandé la circular a los medios de comunicación. Hay que esperar que ratifiquen su asistencia a la rueda de prensa, pero… ¿dónde la vamos a hacer? ¿En el auditorio o en la sala de juntas? —Ve por Don Jacinto para ver si ya terminó con lo que le pedí, y háblale a Carmela para que me pase estos apuntes en limpio. ¡Ah!, y también dile a Eusebio que quiero que me consiga otros datos que necesito para la rueda de prensa. — ¡Muévete, inútil! ¡Pendejo! Eres tan inútil como los de la perrera que no han podido con el problema. Y ahora tengo que ver yo todo.

    Los papeles en su escritorio se apilaban, llenos de quejas y solicitudes, pero su mente se desvió hacia su mascota, durmiendo plácidamente en casa. ‘Qué vida tan tranquila lleva,’ pensó, mientras consideraba que, al menos en su hogar, había una criatura que estaba a salvo del caos del exterior.

    El responsable de salubridad se encuentra nervioso. Ha convocado a los medios de difusión y prensa para aclarar asuntos y dispersar rumores que empañan su intachable y buena administración. Lleva medio año en el cargo. No sabe por qué lo pusieron en el puesto, no conoce nada de salud, salubridad y demás, pero era un paso para ser uno de los hombres de la lista que podrían ser elegidos como candidatos a diputado por el Partido Efusionista de la Democracia (P. E. D.). La reunión con los medios de difusión será a las cuatro de la tarde, y llegarán los periódicos locales: El Sol de la Frontera, El Avance y el diario Juárez de la Tarde; y de las revistas: Zeta, Jaque y Diálogo Social; y de los noticiarios radiofónicos: Resumen y Ahora. La sala de juntas es la más adecuada para la conferencia, ya que tiene aire acondicionado y, en la vista principal, un librero de pared a pared cedro con libros y enciclopedias que hacen que los hombres parezcan sabihondos, intelectuales y protagonistas científicos. La sala de juntas, en color rojo y dorado, con molduras en estuco y pintadas en oro con figuras griegas y románicas, cuenta con un plafón que oculta la iluminación fluorescente y una amplia cornisa que rodea y enaltece la estancia.

    Los profesionales y lujosos reporteros llegan sudorosos; cargan en la maleta su libreta de notas y su grabadora sudorífica, otros más llegan con sus cámaras con correas colgadas al cuello o al hombro. Su piel morena presume el bronceado diario de banqueta. Todos traen un celular en la cintura o bien en la petaca, razón por la cual, a cada momento, pulsa alguna señal telefónica. Se saludan. El compañerismo entre los colegas es amable; son socios todos del chayotismo hermoso y reconfortante, se conocen de andar persiguiendo la noticia a diario, y algunos de tomarse algunas caguamas bien “helodias”. Dos jovenzuelos, novatos y ciscados por el ambiente, andan como perdidos, su nerviosismo los desenmascara ante los zorros y más colmilludos del ámbito, aquellos que cobran aquí y allá y acaparan los espacios; sus caras cínicas y simpáticas hacen recordar más a las hienas que a los zopilotes. Los inexpertos se acomodan acá o allá, y sus tenis sueltan la peste propia para un desmayo, pero la buena ventilación ayuda a calmar la impaciencia odorífera. Llega la periodista de lujo, la articulista estrella, tanto por sus notas periodísticas como por su voluptuoso cuerpo de “Diana Cazadora”. La hermosa se sabe deseada y por eso llega y se aposta en las filas de los preferidos, llega con el escandaloso perfume de Chantibel N° 5 y con un caminar encantador como el que tiene Salma Hayek. Su piel es fina como de durazno, con unas pestañas que envidiaría la mismísima Afrodita; no obstante, despierta en los hombres el idéntico deseo libidinoso de esta diosa griega.

    La secretaria del funcionario acomoda los vasos y la jarra de agua, enciende el micrófono y le da unos golpes con el índice para probar su funcionamiento, pone el cenicero que trae guardado eficientemente en la bolsa del saco y reacomoda nuevamente la tercia de sillas tapizadas de terciopelo sintético color vino.

    El protagonista entra con el caminar rechoncho que todos conocen; ha pasado un cuarto de hora después de la cita y se ve que trae la gran noticia, como si cargara entre sus ropas, además de la gordura, un as escondido. Como si fuera a dar la noticia del antídoto contra el ébola. Al estrado lo acompañan su secretario y la encargada de finanzas. A la entrada, han puesto un escritorio con vasos desechables, dos jarras, un botellón con agua purificada y una caja con sobres de “Vida Suero Oral”; entre otras cosas, hay trípticos de la Secretaría de Salubridad. Todo eso, gratis.

    —Señores periodistas, les agradezco profundamente que hayan asistido a esta reunión con su servidor, para dar a conocer los avances en materia de salud, así como el informe de la campaña de vacunación tan exitosa que llevamos a cabo durante el “Mes de la Salud Familiar”. Desde que entramos a laborar en esta tarea que nos encomendó el señor gobernador del Estado, hemos estado trabajando arduamente por la salud de los niños, ancianos y, en fin, todos los que integran la familia en nuestro estado. Nosotros siempre hemos estado preocupados por la salud y el bienestar de la familia, por ello es necesario que dé algunos datos que clarifiquen el arduo trabajo de esta secretaría. Se vacunó a 5457 niños con la triple viral, y se inyectó a 2134 con la vitamina, que es más que nada un complemento inyectado. Además, se pusieron 684 vacunas contra el tétanos para niños y mujeres embarazadas, y se continúa con los programas permanentes de “Cultura Reproductiva”, “Aguas con el SIDA”, “El Cólera Mata” y otro que es para evitar la deshidratación de los niños en estas épocas de calor.

    El ágil disertador continúa su exposición mientras los periodistas anotan en sus libretas y vigilan sus grabadoras puestas cerca de los altavoces; entre ellos, la periodista estrella toma fotografías con poses delirantemente sugestivas. El chisporroteo de las cámaras es incesante, motivo por el cual el oficial regordete se limpia el sudor e intenta una cara fotogénica en cada centelleo. Termina con su verborrea y amablemente concede cinco minutos para preguntas: —Señor licenciado, ¿es verdad que lo van a proponer en su partido para ocupar un puesto de diputado en las próximas elecciones? —No lo sé, eso le compete a mi partido, siempre tomando en cuenta las proposiciones de nuestras bases en el partido. —¿Usted piensa que es el mejor candidato? —Yo sé cumplir la voluntad del pueblo, y si el pueblo quiere, yo obedezco. —¿Es verdad que en la ciudad ha crecido la insalubridad en un 25% y la muerte de menores en un 15%? ¿Y también que los problemas de mordeduras por perros con rabia son un caso grave que lo tienen a usted en jaque? —No, joven, esos son rumores mal fundados. Los rumores y acusaciones sobre insalubridad e incapacidad son solamente eso: rumores, y más de nuestros opositores, quienes buscan, sin ningún éxito, desprestigiar esta noble institución. Y sí, es verdad que ha habido más perros callejeros y una campaña en contra de la insalubridad canina que estamos atendiendo en estos momentos, ya que estamos desarrollando una campaña, en conjunto con las autoridades locales y la ciudadanía, para combatir este mal y no permitir que esta raza canina quede sin atención ni resguardo, por lo que estamos actuando de inmediato para corregir esta situación y erradicar el problema. —¿Por qué la Secretaría de Salud, junto con las oficinas de salubridad y la perrera municipal, no han podido frenar el aumento de perros callejeros? —Eso no es verdad, hemos hecho una gran campaña. Los resultados ya se verán en los días próximos. —¿Y qué hay de los perros rabiosos? ¿Es verdad que ha aumentado el número de mordeduras a los ciudadanos? —Eso lo veremos al final de la campaña, y si hay algo por hacer, lo haremos en el momento. —Es que, en una ocasión, mi esposa estuvo a punto de ser mordida en la calle y solamente por la intervención de un vecino no fue atacada por un perro rabioso. La gente no tiene por qué ser atacada por perros, menos por perros rabiosos. —El caso se está atendiendo por parte de las autoridades correspondientes, no tengan duda. Como es una campaña que estamos realizando para ayudar a toda la ciudadanía, les pido su apoyo para que nos ayuden a seguir mejorando la salubridad en nuestra ciudad y en nuestro estado.

    El sudor de todos sigue evaporándose por el aire acondicionado; las preguntas se suceden unas tras otras, y el tiempo no se detiene para escuchar los gruñidos y ladridos que acompañan la algarabía que hace la jauría allá afuera, en la calle, detrás del edificio de salubridad.

    Don Jacinto termina la entrevista radiofónica en los estudios de la empresa; no es lo suyo, su ignorancia es tan palpable como la honradez que lo acompaña. Don Jacinto trabaja en el despacho con la computadora y la cámara de video vigilancia encendida; el estruendo de los perros allá afuera no cesa. El encargado de finanzas, en su despacho, lee la revista del Perro Callejero, a la que sus jefes están suscritos.

    En la oficina del burócrata, los asuntos se dilucidan. Se limpia el sudor, se para frente a la ventana para ver allá afuera, por el espejo, las calles llenas de polvo y tierra; los arbolitos deshidratados y la gente que pulula por doquier. Una ciudad en el desierto. Se acuerda del “Can”, su perrito maltés, que lo espera en casa con el rabo escondido entre las patas. —¡La jodida perrera! Ni para eso son útiles esos imbéciles— expresa en tono molesto y amargo, mientras las gotas de sudor le caen del cuello y le ensucian su camisa blanca de lino.

    A la salida de la conferencia, uno de los periodistas camina hacia el estacionamiento con su cara curtida por el sol, y entre su rostro triste, aparecen pensamientos cínicos y blasfemos, como: “Ahora me he dado cuenta de que el funcionario público es igual de corrupto aquí, allá y en cualquier parte. Nos mienten, pero eso se sabe, y nos dan unas migajas para vivir. Al final de cuentas, me da igual, yo cobro mi chayote y ellos su mordida”. Se retira con un dejo de angustia y satisfacción, mientras el otro, el burócrata, está a punto de llorar. Ha olvidado el tiempo y la hora, está a punto de fenecer con su cargo. Los perros lo rondan en la calle y sus sentimientos amargos se agolpan en su estómago.

    El último y único consuelo es llegar a casa y encontrar a su can mojado, revolcándose en el sofá y buscando un hueco donde esconderse; el pequeño animalito le recuerda lo mucho que ha hecho para no morir de inanición, lo mucho que ha luchado por no ser uno más en la lista de desaparecidos. Su perrito maltés lo espera, como siempre, con el rabo entre las patas, fiel a su dueño, fiel a sus migajas y fiel a su vida triste y miserable.

     

    Se ha perdido la musa

    Me quedo sin mover ni un dedo, oscilando en la silla mecedora. Observo el patio donde crece el herbazal, el pasto y la manzanilla. Descanso la testa en el filo del respaldo, la nuca soportando el peso de la cabeza, y así sigo, como queriendo adormilarme; meterme en una ensoñación total, como si el cuerpo se ablandara para recibir lo que sea. Todo parece haberse puesto de acuerdo: el movimiento del estómago en cada respiración, el zumbido de los oídos por la permanente calma, la presión del aire que entra por quién sabe dónde, el sopor que bosteza en las cortinas floreadas, el descolorido y apaciguamiento de los colores de los libros y revistas, la indolente quietud de la cama y la sobrecama, el relajamiento de tensiones de las telarañas. El día, a pesar de su tierna aparición, surge desganado y hosco. El crudo sol penetra sosamente con su cosquilleo de rayos por las ramas y cortinas de la ciudad. El aire es una mezcla de empujes tibios y rocíos tardíos; en él se elevan los vapores de las calderas de las fábricas y baños públicos. La claridad del orto va alejando esa mantequilla que son las sombras penosas de la noche hacia otros sitios terrestres.

    La estación es la que sea, no me importa cuál. Eso no tiene que ver conmigo; ni los horóscopos ni la meteorología me dan de comer. Hoy lo que tengo son bostezos largos y jugosamente distribuidos. La desgana del espíritu es fiel hasta en las manifestaciones que no tienen que ver conmigo. No merezco estas horas —o tal vez sí— ya que las otras han sido de riqueza y han sido mías. Tal parece que, después de los años, observo el talón de Aquiles de mi existencia. Y no es que me ponga muy melodramático o tenga el espíritu de ese filósofo alemán del que hablan los letrados, creo que se llama Nietzsche, que dice puros pesimismos. No, no es necesario. Lo que sí pesa son los años, como si fueran sacos de cemento en la espalda; son como heridas o llagas que a cada paso nos van frenando por el dolor y, a cada año, otra llaguita. Mejor debería dedicarme a la venta de publicidad; al fin y al cabo, conozco el medio.

    Las metáforas ya no me llegan; por más que combino verbos con sustantivos y unos adjetivos muy estruendosos, no desarrollo ideas. Me siento muy desamparado, perdido en una página en blanco, claro, no es la hoja en blanco tradicional, eso es un decir; es la pantalla en blanco, la de la computadora, y por más que busco en Internet algo que fusilarme, nada, no cuaja nada. ¡Ah! Divino cuando las cosas salían por pura espontaneidad, no tenía que buscar nada; la idea se formaba solita y tejía, únicamente tejía a complacencia y sacaba rollo tras rollo, notas bien pagadas y ensayos lúcidos. Eran los días en que me dieron el premio de periodismo. ¡Qué placer andar por la calle y ser reconocido y saludado por los amigos, por los colegas y vecinos, por los diputados y licenciados! Es algo de lo que me siento orgulloso.

    Ahora no me ha quedado de otra más que menearme en esta mecedora, cuidando hasta de no estornudar porque al hacerlo se me caen los cabellos de la frente. ¡Así ha de estar de acelerada mi calvicie! A todos nos ha de tocar el día en que se nos acaba la cuerda, es como las pilas alcalinas que agotan su energía, dan todo lo que tienen y ya; así he de ser yo, ya he de haber dado todo lo que debía dar y lo que queda es ir a darse un largo y hermoso sueño en seis pies de tierra. ¡Qué placentero ha de ser cerrar los ojos y no molestarse en abrirlos más! Apagar el interruptor, click-click, y adiós, que siga el mundo su viaje sin regreso, “que yo me pinto de mil colores”. Prefiero que me coman los gusanos y con eso alimentar a la naturaleza tan divina y perfecta. ¿Por qué, llegar a ser un hombre es tan primoroso como ufano? Su efimeridad es lo que es tan absurda, su llegar a ser en el mundo es complicado socialmente, pero cuánta insubstancialidad hay a la muerte de cada uno. “Eso de que polvo eres y en polvo te convertirás” es una verdad que da al traste con todos nuestros deseos y existencias de vanidad y soberbia. A veces, realmente, me resulta la vida muy estúpida por la manera en que se vive; a veces, se van los años, años vividos en el error, en la conciencia errática, en la experimentación de una existencia equivocada, sin destino, perdida en un laberinto tan pequeño de tan inexistente. Son tramposamente nuestros engaños los que atrapan, los que fijan y amarran todo: tanto nuestras inseguridades como nuestros más comunes temores. La imagen de un hombre rico en un ataúd equilibra toda desavenencia; en ese sentido, Lázaro es más afortunado y más rico porque regresa de entre los muertos, porque es llamado por el hijo de Dios a la existencia. Con todo esto, me vivo y me solazo en mi existencia mientras vivo, ya que eso es maravilloso; no encuentro palabras que describan esa dicha de estar aquí, acampando en esta ciudad cosmopolita y yo sin ideas, desamparado de la musa que por años me había resguardado. Dejado a la buena de Dios y sin un ángel de la guarda que sople alguna inspiración piadosa para este menesteroso del pensamiento penetrante. Me voy a acurrucar en los sueños para ver si allí, en el inconsciente, encuentro algo que alimente a este espíritu desvitaminizado he ido a menos. A veces, la risa y la ironía me habían salvado; eran una campana antes del nocaut, más por técnica que por ingenio, pero lo malo es que a mí no me gustan las locuras, esos escritos irracionales e incongruentes, es decir, sin lógica, que llenan un ambiente estrafalario y sin una conexión a la realidad. Eso me cansa la cabeza al leerlo, y más al tratar de escribirlo.

    —Patrón, allí lo busca un señor que dice que es el director del periódico; lo hice pasar a la sala.

    —Mmm. Dile que pase hasta acá, es un viejo amigo de años. Prepara café para él y para mí agua mineral de sabor con hielo. Llévate los restos del desayuno. —El periodista sigue columpiándose levemente en la mecedora, en su mano derecha manipula el control remoto del estéreo colocado en la vitrina. El compacto que programa es el de Joaquín Rodrigo y su tema preferido: El Concierto de Aranjuez.

    —Antonio, ¿cómo te va? Dice el dicho que, si la montaña no va hacia ti, tú vas hacia la montaña.

    —Pásale, ¿cómo estás?, ¿cómo te ha ido? Siéntate allí donde gustes.

    —Pues bien, allí andamos llevándola. Pero cuéntame, ¿qué es lo que estás haciendo? Desde hace unos meses no hemos recibido nada tuyo y bien sabes que tienes lectores que no puedes dejar sin tus publicaciones. Vengo por tus originales.

    —Pues, ha habido cambios en mi vida. Últimamente he sentido como si me movieran el tapete, como si ya no tuviera nada que escribir, y aunque te dé risa, la musa me ha abandonado. No he podido escribir nada desde hace un buen rato. Se me acabó la creatividad, ya no puedo seguir, de imprevisto ya no tengo nada que escribir, la musa me abandonó. ¡De a tiro me abandonó!

    —¿Cómo va a ser eso, Toño? Tantos años de experiencia y con la fama que tienes tanto entre la comunidad como entre los colegas e intelectuales. En esta profesión no hay manera de rajarse, sino hasta la muerte, y tú aún no estás para la muerte. Estás joven, eres un chamaco y pareces un conejo, de tan ágil y vivo. No, Antonio, ve a pasear, toma vacaciones y vas a regresar con aires nuevos. Te recomiendo las playas de Puerto Escondido en Oaxaca, renta una cabañita y desde allí nos escribes y nos mandas tus columnas. —La sirvienta entra a la estancia con una charola, la pone en la mesa de centro y se retira.

    —El tuyo es el café, para mí pedí agua. El café me hace ir muchas veces al baño, ya mejor no lo tomo, aunque tú sabes, me encanta. —El visitante se acerca a la mesa y se prepara el café a su gusto; el tintineo del par de hielos en el vaso contrasta con la música que hay de fondo; en el ambiente se suma el olor del humeante café fresco y apetecible.

    —¿Te van a publicar tu última novela?

    —Sí, ya

    —¿Y tú qué? ¿A qué te has dedicado en estos últimos tiempos? —preguntó el periodista mientras tomaba un sorbo de su agua mineral, refrescante.

    —He estado muy ocupado con mi propio trabajo. Me han dado nuevas responsabilidades en el periódico y he estado escribiendo mis propias columnas. Además, he estado trabajando en un proyecto paralelo que me ha tenido bastante entretenido. ¡A veces la vida te da giros inesperados! —respondió el amigo mientras sorbía su café.

    —¡Qué bien, ¡qué bueno que sigas activo! Me alegra saberlo. A veces pienso que una pausa puede ser tan beneficiosa como cualquier nuevo proyecto. Tal vez lo que necesito es un cambio de perspectiva. Quizás salir de la rutina, ver otras cosas, o incluso encontrarme con viejos amigos pueda reavivar la chispa que parece haberse apagado.

    —Eso es exactamente lo que debes hacer, Antonio. No te quedes atrapado en la rutina. Sal, viaja, conoce nuevas personas y lugares. A veces, lo que más necesitamos es un pequeño empujón desde fuera para volver a encontrar nuestra pasión.

    —Sí, tienes razón. Creo que tomaré tu consejo. Necesito desconectar y ver las cosas desde un ángulo diferente. A veces uno se queda tan inmerso en sus propios problemas que olvida lo sencillo que es rejuvenecer a través de experiencias nuevas.

    —Me alegra oír eso. Siempre he pensado que las experiencias nos moldean y nos dan nuevas perspectivas. No te preocupes, la musa siempre vuelve a aquellos que la buscan con sinceridad.

    —Gracias por tus palabras. Realmente me han hecho reflexionar. Prometo que me tomaré un tiempo para mí mismo y regresaré con nuevas energías. Tal vez descubra que mi musa no se ha ido tan lejos como pensaba.

    —¡Eso espero! Y recuerda, si necesitas algo, aquí estoy. No dudes en pedirme ayuda. A veces, un amigo puede ser el mejor apoyo en momentos de incertidumbre.

    —Lo tendré en cuenta. Muchas gracias por tu visita y por el consejo. Me has dado mucho en qué pensar. Ahora, me voy a dedicar a planear mi próximo paso, a ver si logro redescubrir la inspiración que parece haberse perdido.

    —¡Perfecto! Entonces, te dejo para que lo pienses. No olvides que el mundo está lleno de posibilidades y que, a veces, el mayor obstáculo es nuestra propia mente. ¡Hasta pronto!

    —¡Hasta pronto! —despidió el periodista a su amigo mientras se acomodaba en la mecedora, sintiendo una leve esperanza en el aire.

    El Pirómano

     

    —Ándale, Oscar. Vas muy lento, yo ya voy en la segunda, y tú apenas llevas la mitad. —Agustín pone sobre el refrigerador la botella vacía de cerveza Sol y lo abre para sacar otro par, destapa la suya y empina el codo. Después del trago, hace un gesto agridulce y refrescante mientras mira la botella, estirando el brazo— ¡Ah! ¡Hajum! —respira— Está buena, ya tenía ganas de una así. Andaba con sed. —Oscar se retranca en la pared; la tienda está repleta de mercancía, hay una fiesta de colores publicitarios, de olores dulzones y acidulados, del aroma de tortas compuestas y de cerveza derramada en el suelo. En el centro de la tienda, hay una mesa enclenque que aguanta con esfuerzos un canasto grande de pan de dulce y teleras. El tendero plática con el repartidor, hacen cuentas y cierran negocios. Los dos amigos miran a la calle mientras se dan un respiro en la plática; el silencio es bueno para los dos, dejan que sus mentes se organicen en ideas, recuerdos, proyectos y problemas. Los tragos se van sucediendo y a veces coinciden con un — ¡Salud! —y continúan la plática. La calle es una arteria secundaria de la ciudad de provincia, por ella circulan los autos a marcha moderada, los transeúntes hacen sus quehaceres: van de compras, salen a dar una vuelta en el parque, esperan con grandes esperanzas al novio, venden paletas en un triciclo con cajón tipo baúl, adosando voluntades afables entre los peatones, viendo caras, cuerpos, gestos; espíritus errantes en vestimentas tradicionales. La ciudad se comporta engreída en su verdor por el julio lluvioso y bien plantado. El sol se acomoda en la decaída diurna, donde las gentes más viejas han tomado la siesta, y las sombras se preparan para pintar chiripas en los añosos muros de las casas coloniales. La cebada va burilando un relajamiento tanto en las mentes como en los cuerpos; su envoltura es una reducción de la vista y ligeros escalofríos al ir entrando el alcohol en el organismo. Son tres cervezas las que toma cada uno, suficientes para estar a gusto y bien.

    —Joven, cuánto le debemos, fueron tres y tres, son seis. —El comerciante cobra y despacha, da cambio y las gracias—. Sí teníamos sed, y así está bien, gracias, eh, hasta luego, hasta luego. —Los dos salen de la tienda y en el frontis, duda el amigo mayor, no sabe adónde ir. Titubeante, da pasos y se regresa, es su espíritu inseguro el que se asoma; da tres pasos y luego se regresa de nuevo—. No, mejor vámonos por acá, sirve que pasamos por el parque.

    Pasan por un zaguán donde una señora rechoncha plática con la vecina. Su negocio a la salida de su casa son elotes, esquites y chilatole.

    —¿Qué se te antoja, un chilatole?

    —Hay, como quieras.

    —Señora, ¿qué tiene?

    —Elotes, esquites y chileatole. Pruebe, el maíz está tiernito, mire, no es del que ya está pasado, está bien cocidito, y el elote se lo preparamos como usted guste.

    —Como ves.

    —Se me antojan los esquites. Seño, deme unos esquites.

    —¿Mediano o grande?

    —Mediano.

    —A mí deme un chilatole. ¿Está bueno?

    —Sí, está recién hechecito, y bien rico.

    —Como ves.

    —Hay, como veas tú.

    —Sí… me da uno —observa los elotes, la señora destapa la olla y va a servir el jarabe.

    —No, sabe qué, seño, mejor deme un elote, pero que esté bueno, no le ponga mucho chile.

    Van disfrutando del sabor del maíz en sus distintas presentaciones. Pasean por el parque. Los dos hombres deambulan en sus treinta y cuarenta años, son de miradas serias e inteligentes, aunque han hecho ambas locuras que rayan en la extravagancia, en la aventura creativa y propia de mentes complejas. Nunca han transgredido las leyes. Los dos han sido amigos de muchos años, se conocen bien, tienen gustos semejantes. Las veces que tomaban algunas cervezas en alguna tenducha cualquiera —cosa que ambos preferían y no irse a meter a un sitio establecido porque, como Agustín decía: “no, allí no, porque de allí ya no salimos”— les gustaba pasear por la ribereña del río Zahuapan, por el parque o por el mercado, y en ocasiones llegaban al departamento de Agustín para seguir platicando sobre el trabajo o sobre cualquier otra cosa. La casa de Agustín quedaba cerca del centro histórico, a unos minutos, y también quedaba cerca su centro de trabajo. Era bibliotecario en el Centro de Investigaciones de Tlaxcala, comúnmente llamado “el C.I.T.”. Lugar de reunión con otros amigos, pero en esta fecha estaba cerrada por periodo de vacaciones; sin embargo, Agustín tenía llaves para entrar y salir a la hora que quisiera.

    —Y si nos tomamos una copita chiquita.

    —Hay, como veas, ¿tienes en tu casa “alcohol”?

    —Sí, pero también tengo en la biblioteca una botella de tequila que dejó la otra vez Álvaro, así que como quieras, me da igual.

    —Hay, como veas. Vamos a la biblioteca, es lo que está más cerca. —El par de amigos se dirigen al centro de trabajo. Oscar carga un refresco de litro y medio de toronja. La tarde a oxidado el aire con una capa de asfalto aéreo; las nubes chocolatosas se disponen a dormir en el mullido cielo de provincia. Sobre los muros virreinales, las sombras ya no pintan chiripas sino chucherías tozudas o tal vez ingenuas. Mientras entran a la biblioteca, surge una conversación que ya han tenido semiroída en otros encuentros.

    —¿Te acuerdas que te dije de cómo me gustaría romperle la cabeza a alguien, como aquel amigo que te conté que decía: “me gustas para un tirito” y sopas, te caía a golpes? Pues así me gustaría una vez, pero no así, sino con un hacha, tomar el hacha y ¡pacatelas! Saber de esa manera qué cosa está pensando el idiota. Siempre he encontrado esa imposibilidad; no podemos conocer las cosas de manera inmediata sino a través de lo fenoménico, o sea, a través de las representaciones que llegan a la cabeza. Siempre he tenido ese “rollo” metido, como también el gusto por conocer el dolor o hacer locuras “Donjuanezcas” como las que narra Carlos Castaneda.

    —Yo soy de la idea de que se debe buscar modos de ir soportando la existencia. Finalmente, sabemos que en el espíritu las cosas que quedan en él no son las cosas ordinarias sino más bien las extraordinarias, y llegar a ellas es provocando el espíritu, desajustando nuestro ordinario existir, ¿no crees?

    —Pues sí… finalmente es eso. De esto se pueden decir infinidad de cosas, y voy a decir una tontería, pero vieras que también hay veces que las cosas más minúsculas te llegan a afectar de manera evidente y sin que exista una cosa excepcional, por ejemplo, un grito, una escena en una película, la cara de alguien en la calle o algo que pasa o la manera en que sucede, que a veces pienso que por estas cosas tiene que existir Diosito. —El amigo que escucha se queda callado y se acomoda en la silla de escritorio perfectamente ergonómica. La sala amplia de la biblioteca luce los altos muros blancos y los vastos anaqueles llenos de volúmenes sustanciosos, añosos y contemporáneos; clásicos, regionales y únicos, pesados, descoloridos y mamotretos ilegibles. El fichero se aposta a respirar por una larga noche más. El olor vetusto de los libros; papel, tinta, pintura, polvo, desodorante “pinol” y olor a cigarro son una conglomeración sensitiva que ambienta la plática de los dos amigos.

    —¿Dónde tienes los vasos? No los veo.

    —Tráetelos de allá del archivero de la esquina, por donde están las cosas del aseo, por allí te traes un cenicero.

    —Ajá, no quieres también tu chupirul, oyes, ahorita que me acuerdo, la próxima semana te entrego los libros que me llevé, el de Bachelard y el otro de “Mi lucha” de ya sabes quién.

    —Sí, tráelos cuando los acabes. Tú sí eres de confianza, porque los demás cab… ya no les presto nada hasta que me regresen los que se llevaron.

    —¿Me sirves o yo mismo me castigo?

    —Sírvete, hombre. El copetín es chiquito, nomás para estar un rato a gusto. Sabes que me gustaría un día tener el espíritu de incendiario, pero también uno que no está encadenado a ningún lado. Es una experiencia muy diferente la que te toca. Si quieres una experiencia con adrenalina en su máxima expresión, eso es lo que más te falta.

    —¿Sí?

    —Sí, pero una experiencia con fuerza, como la que hace arder las casas. ¿Tú te imaginas?

    —Claro, pero yo también tengo mi experiencia ardiente con una chica.

    —¿Cómo la has tenido?

    —Así… ya te he contado, por ejemplo, el día que me tomé tres cervezas con la chica del lugar.

    —¿Cómo?

    —Sí, las cosas no son nada complejas. Solo tienes que darte la oportunidad.

    —Oye, ¿tú cómo ves las oportunidades de negocios en el futuro?

    —No, no lo sé. Lo veo muy incierto. Es más, el día de mañana lo voy a leer bien. Ya es tarde.

    —Sí, es verdad. Ahora sí mejor nos vamos a descansar y en la mañana le damos.

    —Perfecto.

    Pobreza Global: Una Limosna en la Calle

     

    El menesteroso, sentado en la pierna que le hormiguea, piensa que eso es un sacrificio que hay que soportar para ganarse el pan y la manteca diaria. Los trapajos vestidos lucen a tono, y su amigo y colega cabecea por el sopor de las primeras horas de la tarde. En todo el día les ha caído unas cuantas monedas de limosna; la suma es raquítica, pero continúan allí poniendo su cara de pobres y desamparados, estirando la mano tiznada, roñosa y arrugada.

    —Compita, póngase a vocear, ya sabe que el que no habla, Dios no lo oye.

    —Nel, carnal, ya me aplatané de que nomás nada, con la raza, de a tiro pienso como usted, cuando dice que Dios nos ha desamparado.

    —No, pues, cual desamparado, si así es la vida, pues ni para qué negarla. Pero usted sígale en la voceada, ya sabe que bien dice el dicho que más discurre un hambriento que cien letrados: ¡señor, una caridad por el amor de Dios!

    —A veces pienso, mano, que lo mejor es que nos jale la calaca porque está ya no es vida, nomás nos andamos mosqueando —estira la mano y pone una cara de sufrimiento con los ojos medio adormilados.

    —Cuando se le va a quitar el espíritu de jodido, no compita, la gente rica tiene la obligación de darnos, pero de la situación, esta de la crisis, no hay mal que por bien no venga. Así es como pienso yo, y más tarde que nunca, veremos la fortuna o por lo menos un buen morir.

    —Nel, bato, usted siempre al mal tiempo le pone buena cara. Pero yo siempre ando viendo nubarrones. —Saca una cajetilla de cigarros sin filtro, estruja el estuche y toma con los labios el carrujo. Tiene en la mano derecha una escayola roñosa y dura que le sirve para aparentar mejor su invalidez. Con los dedos asomándose en la punta del yeso, rasga un cerillo y enciende su tabaco y continúa— Hasta la abuelita de Superman ya se dio cuenta que está dura la cosa, con eso de la globalización y la liberalidad nos van a quitar el pan de la boca. Al rato van a venir colegas de otros países, se van a sentar, mire, allí a un lado y esa competencia nos va a llevar a la chin… No, pues si le digo que el gobierno quiere acabarnos a pura hambre, a lo mejor esos mendigos resultan que saben pedir mejor que uno, y como dice el pueblo: cada maestrillo tiene su librillo; puede que resulte que tienen mejor técnica, nosotros no vamos a tener otra cosa que nomás mirarlos.

    —Aguas, allá vienen unas ñoras, ya cállese. No ve el dicho: oveja que bala, bocado que pierde.

    — ¡Una limosna para este pobre invidente!

    — ¡Señor, una caridad por el amor de Dios!

    Bajo la banqueta están dos perros de los más corrientes que pueda haber, ovillados. Por su pelambre recorren ágilmente las pulgas. Las garrapatas entierran aún más sus extremidades hasta provocar rasquera en las orejas del par de desgraciados y enjutos canes. Se escucha una flatulencia.

    —Compa, te estás pudriendo, deja de pedorrearte porque así espantas a la clientela.

    —Es que los tacos que me tragué ayer ya estaban medio podridos y ya sabe que a buena hambre no hay pan duro y ya ve las consecuencias.

    —No compa, yo no los veo, nomás los oigo y los huelo. De tanto ya hasta se me quieren ampollar las narices, no mames, ponte un corcho en el culo.

    —Présteme atención, colega, y póngalo en la caña.

    —Lo que le voy a poner será una empinada.

    — ¡Una limosna para este pobre invidente!

    — ¡Señor, una caridad por el amor de Dios!

    —Ya, compa, párele, vamos allá a la parroquia, ya es la hora de la misa de las cinco. —Las pocas monedas tintinean en el bote, sonido que hace despabilar al par de perros. Como si supieran la diaria rutina de la pareja de amos, van despatarrando sus pesuñas y bostezando sus hocicos jubilosos; reinician su olfateo en los muros veteados de orines, así como por los postes degradados a mojones de marca territorial. Al levantarse, por el esfuerzo se sueltan una serie de flatulencias que hacen sólo menear la cabeza al compañero.

    —Tenga, compa, le toca esta ganancia. Cómprese unos “Alka-Seltzer” para aliviar la panza o unos tacos allá con el tuerto.

    —A ver. —El compañero toma las monedas, observa las águilas impresas, soba sus contornos mientras inicia el camino. El otro se retrasa, tiene la pierna acalambrada de estar mal sentado. Los perros se han adelantado y, bien contentos y felices, mueven la cola con cierto orgullo.

    —Sabe que, parner, esta morralla, esta limosna es para usted. Porque yo nomás estuve cabeceando y ni voceaba. Y usted es de los que no doblan la pata y son tercos como las mulas. Además, como dice el dicho: los dineros del sacristán, cantando se vienen, cantando se van. Yo nomás voy andorreando la vida. —La iglesia se apoltrona al centro del pueblo con su par de torres con copulin y cruces de hierro forjado. Sus campanas acaban de dar el primer repiqueteo, cosa que ha hecho elevarse por el aire pañuelos blancos y aerodinámicos: las alas de las palomas juguetean con la gravedad de sus cuerpos.

    — ¡Una limosna para este pobre invidente!

    — ¡Señor, una caridad por el amor de Dios! —Estira la mano y al recibir la limosna de su amigo— Usted sabe que, la neta, mi bolsa y mi globalización están de a tiro en las últimas, pero esperemos que, en algunos años, ¡si Dios nos concede vida, claro!, que podamos salir de la miseria, y que en lugar de comprar “pisto” corriente se nos haga un añejo, a poco no.

    —No, no siga, parner, porque se me hace agua la boca.

    Al tratar de cruzar la calle, uno de los perros no logra alcanzar la banqueta próxima y es atropellado por un auto. El sonido es seco y directo, que va unido a un chillido leve salido de la vitalidad más substancial. El otro perro es el primero que se acerca al malherido can que, acostado perpendicular a la guarnición de la banqueta, respira entre jadeos y sangre que brota de los ojos, lame el hocico y voltea a ver a los amos con las orejas bien levantadas y vuelve a lamer el hocico de su amigo de correrías. El par de menesterosos se apresuran cojeando, lanzando «Jesuses» al cielo, tintineando sus trebejos y olvidando casi sus cegueras y sus minusvalías. Cosa que se aprecia como una escena cómica de director novato. La gente se ha detenido. Los comerciantes de la calle se han asomado para ver, con fisgoneo y morbosidad, quién ha sido el desafortunado. El auto del percance se ha detenido más adelante. Los dos mendigos observan al herido y por experiencia saben que la vida del desdichado animal ya se termina. Desde la torre viajan campanadas que barnizan la ciudad; es la segunda llamada para la misa de las cinco. El conductor se baja del auto y se apresura a ver al herido. Habla muy rápido, y en un lenguaje que no se entiende. Al mismo tiempo, los dos indigentes reclaman y lanzan leperadas.

    —Mon Dieu! Pardón!…Ciel! Je ne pus regarder pas rapidement quand le chien traversé la rue. Je ne sais pas quoi faire en cette situation! Malheur! Nous pouvons conduire à vétérinaire?

    — ¿Y este qué dice? —Pregunta uno de los indigentes a su compañero. Se quedan como idos, tanto por el accidente del perro como por el extranjero que se topa en sus vidas. El francés hace aspavientos tratando de darse a entender, pero no consigue nada, hace mímica como tratando de levantar al perro, pero no lo entienden.

    —Oyes, tú que te fuiste de mojado y anduviste con los gringos, has de saber qué cosa dice este.

    —No, parner, no le entiendo ni jota, ha de ser ruso. Pero enséñale el botecito, a ver si te da algo. —El colmilludo mexicano hace lo suyo, y teatralmente observa al perro agonizante. Y suelta— ¡Tenga, para la misa de las cinco!

    — ¡Vámonos ya, ya se nos hizo tarde! —Un gato que se acerca por el zaguán de la tienda de abarrotes va siguiendo con curiosidad al duelo de los perros. Los mendigos se lanzan con el bote en la mano en dirección al templo con esperanzas de que el mercurial trote del extranjero les genere algún rédito en su miseria. La misa da inicio, pero no se abre la puerta de la iglesia y se cierra el callejón; los mendigos se ven obligados a quedarse en la banqueta, ahora los dos perros yacen en la calle, y entre las piedras y el polvo se han integrado con el paisaje urbano.

    El Hallazgo de Chalchiuhtlicue

     

    Jacinto iba a dar la segunda pasada con su arado a un par de surcos nuevos cuando se topó con una piedra; era un ídolo de los antiguos habitantes de la región. En esa zona era común encontrarse figurillas de barro cocido representando a pequeños niños sonrientes o títeres en terracota, así como caritas y vasijas incompletas que, más que nada, eran guijarros. Pero no era común encontrarse con una deidad de tal dimensión. Los nuevos surcos se los estaba agenciando del bordo del arroyuelo. El comisario ejidal no diría nada porque era su tío, así que dos surcos más le redituarían algunos costales extra de mazorcas.

    El clima era cálido; la sequedad de los terrenos de temporal se sentía en la garganta cuando el viento frontal estrellaba los bufidos arenosos en la cara, lo que hacía que Jacinto se tapara la boca con su pañuelo y cerrara los ojos hasta dejarlos como unos ojales planos y apretados. Algunas ingenuas nubes hacían su aparición, pero tan pronto probaban el salvajismo del sol primaveral, salían huyendo a esconderse entre el aire bronceado. A lo lejos, iban y venían pequeños, y a veces minúsculos, remolinos que cruzaban danzando por los campos, como si fueran personajes de alguna comedia. Por sobre la loma, justo en el pueblo, se veían dos torres gemelas; la iglesia estaba allí parada, como un gendarme cristiano que cuidaba que no se asentara en la tierra el diablo.

    Jacinto fue sacando la pieza, haciendo poso con el azadón y usando las bestias para tirar de ella. Al principio no le tomó mucha importancia, pero a medida que iba sacudiendo la tierra, comenzaron a aparecer en la piedra esculpida unos ojos saltones que brillaban con el sol, una toquilla con medallones, o más bien, un casco de diosa importante con inscripciones raras; los brazos cruzados al torso, y al lado de las manos, dos pechos salientes y apezonados; la falda tenía hendiduras como canales en forma de rombos y sus pies apenas asomaban de la falda. La piedra se transformaba entonces en una escultura de antigüedad y con valor. Sacudió la pieza con un costal y raspó con la hoz los canales bien contorneados. Sabía que tenía valor y que no la iba a dejar allí, así que la envolvió con el saco para la pastura y la cubrió con zacate; esperó hasta la hora de regreso. Se las ingenió para cargarla en una de las bestias. Cuando llegó, su padre lo esperaba para la ordeña. La troje era el lugar idóneo para guardar el hallazgo. Bajó la pieza con cuidado y fue a seguir con los quehaceres de la casa. Dio de comer a los animales. Los puercos, las chivas y las gallinas, después de comer, se echaron a disfrutar de una siesta contagiosa. Cuando terminó, llevó agua y escobeta para limpiar la escultura; empezó a tallarla y, conforme iba escurriendo la tierra barrosa, aparecían los perfectos contornos de la Chachiutlicue. Jacinto conocía leyendas y mitos en torno a la diosa. Sabía que en el mercado negro darían buen precio por ella, pero también podía recibir bondades de la diosa si le ofrecía un sacrificio. Después de todo, el pueblo seguía creyendo, de manera sesgada, en los dioses de los antiguos pobladores tlaxcaltecas.

    Esa noche, Jacinto quemó incienso; el sahumerio, frente a la escultura, se encontraba invocando bendiciones para la tierra y sus moradores. Mató una gallina abada, mientras dejaba escurrir el agua propia de una diosa que era dadora de este don. Danzó el baile del chochocol y luego se fue a dormir. El monolito se quedó inmóvil, tenía de guardianes unas flores de cempasúchil.

    Esa misma noche, una mujer soñó con Jacinto. Era Candelaria, la hija de don Facundo, que, en edad de casorio, trabajaba en las labores de la casa. Su madre le había dicho que, si alguna vez soñaba una caja de muerto y en ella un cadáver, debía fijarse en la cara del muerto, porque ese sería su futuro esposo. Candelaria, en sus sueños, veía a una mujer hermosa y antigua, una diosa que tenía a los pies serpientes, y estas serpientes, a su paso, iban dejando arroyos de agua cristalina. La diosa la conducía ante un ataúd y le decía: «Entrégate a él, serás dichosa.» Ciertamente, Candelaria conocía esa cara, la de aquel hombre joven que había visto en la fiesta del pueblo; él correteaba feliz entre los cohetones del torito. Candelaria sabía el rumbo que tomaba el joven hombre.

    Una semana pasó para que llegaran las autoridades a arrestar a Jacinto. Alguien había llevado el chisme, y fueron a recoger la pieza —cosa que no lograron— y a procesar a Jacinto —cosa que tampoco se realizó—. Las autoridades aplicarían sanciones expedidas en el Reglamento de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos. En el Capítulo VI y Artículo 51 se dictaban esas sanciones, que decían: «Al que se apodere de un monumento mueble arqueológico, histórico o artístico sin consentimiento de quien pueda disponer de él según la ley, se le impondrá prisión de dos a diez años y multa de tres mil a quince mil pesos». Algunas personas interesadas del Instituto Nacional de Antropología e Historia estaban por hacer cambios en su ley, y tenían en agenda una iniciativa de ley general del Patrimonio Cultural de la Nación, lo cual estaba causando revuelo por los cambios. En ella, había una excusa que rezaba: «Si la persona tiene en su poder monumentos muebles arqueológicos exclusivamente para su apreciación y goce en forma privada, tomando en cuenta la educación, las costumbres y la conducta del sujeto, no le será aplicable la sanción prevista en el presente artículo, con independencia de que le sean impuestas las sanciones administrativas que procedan en tal caso.» Jacinto no tenía la pieza y tampoco diría dónde había quedado; tampoco podía ser castigado porque no había objeto alguno por el que podría haber sido castigado. Y si las autoridades se empecinaban en ello, tenía el recurso de la iniciativa de ley, que próximamente sería sometida a voto en el senado. Pero, para no hacer larga la plática, finalmente Jacinto fue castigado administrativamente, pagando una suma de tres mil quinientos pesos. El lugar donde había sido encontrada la diosa Chachiutlicue fue puesto a disposición y reserva del INAH. Volvieron a tapar el hoyo que había hecho Jacinto, porque, como siempre, no hay presupuesto en el Instituto y solo hay para mantenimiento de los centros arqueológicos oficiales. No hay tanto dinero como para ponerse a rascar por todos lados, porque por todos lados hay restos prehispánicos y paleontológicos.

    El afamado y rico escultor Sergei Kokomo de Estados Unidos estrenará una pieza más en su colección. La paquetería ha llegado al condado de Nueva York; en unos días será desempacada, habrá brindis y fiesta en la mansión. La diosa del agua Chachiutlicue de Tlaxcala traerá bendiciones o desgracias a la zona, no se sabe. Pero los pronósticos de los científicos, con todos los adelantos tecnológicos y con las computadoras más avanzadas, auguran una decena de ciclones en el Océano Atlántico que afectarán sus costas, pero no saben que tendrán el doble. La diosa hará caer agua en su milpita.

    Candelaria entró a la troje cuando Jacinto afilaba la guadaña para el día siguiente. La leve penumbra hacía que las sombras se acurrucaran en los trebejos. Para Jacinto, el simple hecho de encontrarla allí, en su troje, ya era una provocación, así que tomó la iniciativa y fue acercándose a esa deseable y virgen joven. Con delicadeza le puso la guadaña al cuello, cerca de la nuca, y, por el largo mango de la herramienta, fue acercando a la mujer, que sin hacer resistencia avanzaba hacia él. Jacinto se figuraba pescar con caña una presa de lo más apetitoso. —La diosa del agua me dijo que me entregara a ti… puedmmm… Mmm…—. Los besos suspendieron el diálogo, y fueron explorando sus cuerpos con caricias, besos y demás. El sahumerio fue testigo fiel del cumplimiento de los mandatos de los dioses. Esa misma noche, cantaron los gallos a una hora poco habitual. Los más viejos del pueblo sabían que había llegado el cambio de clima; se esperaban las lluvias que llegaban a buen tiempo. El pueblo tendría buenas cosechas. Los dioses prehispánicos siempre cobran en carne y alma.

    Una investigación de naturaleza científica

     

    7:10 AM.

    El escritorio de Maira Díaz está repleto de materiales. La máquina trabaja imprimiendo la investigación en la que ha laborado durante tres días consecutivos, para evaluar uno de los cursos de la Maestría Multidisciplinaria: Control y Evaluación de la Acción, de la Universidad Pública del Estado. El trabajo versa sobre uno de los aspectos del complejo problema desarrollado por toda la clase en la maestría. Su trabajo es una pieza del rompecabezas que ágil y diestramente armará el maestro emérito en la materia, condecorado por los doctores en ciencias y tecnologías. Se ha pensado que este hombre es el Einstein de la sociología y la administración pública, hombre que ha escrito media docena de libros sobre sus investigaciones y ha ofrecido conferencias y disertaciones siempre bien atinadas y sabihondas, pero que muy pocos entienden. Es fin de cursos y, al igual que Maira Díaz, sus compañeros están apurados estudiando para los exámenes o terminando de hacer sus trabajos. Los arqueólogos han abordado el problema desde una perspectiva arqueológica; los literatos han hurgado en libros para saber más sobre el tema; los burócratas han realizado propuestas para delegar tareas y han sugerido normativas que se deben tomar en cuenta; y los especialistas en vida marina han sido encargados de investigar sobre los lirios acuáticos, la composición del agua y los organismos unicelulares que viven en ese ambiente. Es necesario detenerse para señalar de qué trata la investigación. El título del proyecto presentado por el erudito maestro es: “La Región de Contaminación y Rescate de la Laguna Bustillos del Estado de Baja California Sur”. Dicha investigación será presentada ante el congreso del estado, y, si es avalada, cada participante tendrá trabajo dentro del proyecto de rescate y será incluido en la nómina del gobierno.

    8:10

    Maira se ha bañado y se ha puesto una falda negra, blusa oscura con motas blancas y una pañoleta al cuello; en las piernas maquilladas lleva unas medias parduscas embotadas en zapatos grotescos de grueso calibre. En su cuello asoma una sutil papada que hace lucir a la mujer llenita y antojosa. Desayuna sus respectivos corn flakes con leche y su torta de tamal. Toma sus originales y sale rumbo a la fotocopiadora para engargolar su trabajo. Sus pasos son torpes por los enormes zapatos de plataforma; parece que camina con tablas pesadas y da la impresión de que se le hará una hernia.

    9:45

    La secretaria del secretario, amigo del maestro emérito, es la encargada de recibir los trabajos. Todos han ido a preguntar por los resultados y por el maestro, pero no responden a sus ansias e inseguridades; aunque la mayoría piensa que su trabajo merece nueve, algunos se han jactado de que, gracias a su colaboración e investigación, el congreso del estado aprobará el proyecto. Han entregado sus trabajos con la mejor presentación posible: pastas plásticas y engargolados con hoja de presentación a colores. El número de hojas no baja de 15, y algunos, queriendo impresionar, han presentado un mamotreto obeso, lleno de paja farragosa y grandilocuencia en el tema.

    12:00

    La esposa del maestro emérito recoge en la oficina los trabajos y se asegura de que no falte ninguno; de lo contrario, la investigación quedaría incompleta. Los alumnos han tenido que hurgar en bibliotecas, revisar periódicos, conversar con los habitantes de la región, realizar cuestionarios y entrevistar a los funcionarios de los pueblos circundantes a la laguna Bustillos. También hicieron pruebas de laboratorio para determinar la alcalinidad y mineralogía de las aguas, lanzaron sondas meteorológicas para conocer la composición de la estratosfera sobre la laguna, y tomaron muestras de suelo, fauna, flora y el entorno social de las comunidades. Además, han contabilizado el número de fábricas, el número de hatos vacunos que visitan el abrevadero y la cantidad de piaras que se solazan en el fango de las orillas. Entre otras cosas, han registrado el número de cándidos que han ido a ahogarse en sus aguas desde una perspectiva antropológica e histórica.

    14:09

    Maira regresa a su casa, pone la mesa y se sienta a comer viendo la televisión. En el televisor, dan las noticias de una catástrofe ecológica en la laguna de Janitzio, en el lejano estado de Michoacán. Entre otras noticias, la policía judicial captura al “mochaorejas”, un afamado secuestrador del Estado de Morelos.

    18:13

    El maestro emérito evalúa los trabajos, y más que evaluarlos, simplemente les da una lectura rápida y profesional; son más de diez y menos de veinte los alumnos, por lo que no es necesario detenerse en cada afirmación o cifra, en cada tesis y cuestionamiento. Toma el teléfono y llama a su asistente:

    —Dionisio, soy yo, necesito que mañana empiecen a capturar lo del proyecto de la laguna Bustillos. ¿Ya enviaste el correo electrónico que te dije?

    —Sí, profesor. Ajá, mañana le digo a la secretaria que me ayude a capturar; ya va a tener tiempo, es periodo de vacaciones.

    —Bueno, quiero que te comuniques con el encargado del archivo general del estado y le digas que le vas a entregar un original hasta la próxima quincena, que estos días no. Él ya sabe de qué se trata—. El maestro emérito sabe que el proyecto no va a ser presentado al congreso del estado, eso es evidente; sabe que no hay presupuesto para ecología y desarrollo sustentable y que en el estado no queda otra opción más que dejar los proyectos guardados para mejor ocasión. Sin embargo, su atinada investigación aparecerá en la publicación de la Asociación Internacional de Control y Evaluación de la Acción (AICEA) y le valdrá el puntaje para subir de categoría y aumentar su salario. Los alumnos descansan; sus días futuros anuncian investigaciones altamente científicas que ayudarán al bienestar, la eficiencia y la solidaridad de la sociedad entera.

    La Jungla del Cuarto 2

    Ocurrió en la noche, cuando calculabas que dormir te traería buenos y reconfortantes sueños. Considerabas que almohada y cobijas eran suficientes para transportarte a mundos oníricos placenteros. Pensaste que Dios no te quería y quisiste pasar desapercibido por la vida, pero no te diste cuenta cuando el omnipotente observaba de reojo las hazañas que pretendías. Tu cuerpo se resguardaba, tirabas de él para agrandarlo con gimnasias. Las babas de ella habían dejado caminos por todo el cuerpo. Se atemperaban las insistencias de los movimientos desesperantes, pero considerabas que ya todo estaba predestinado, que la babosa había trabajado eficientemente hasta dejarte blanco, casi transparente.

    Las paredes amarillas de la habitación fraguaban gotas lechosas y escurridas en la decoración moderna y muy a tono. La otra pared, rosada, marcaba en los clavos puestos como un horóscopo en el cielo estrellado, pero no sabías cuál sería esa constelación. La centena de libros, los más insumisos, aquellos que tercamente querían apostarse en la vida, como los obligados, los esenciales, los distintos en cada relectura, se aguardaban hasta el fin de los días o hasta que su relectura ya no fuera tan necesaria para construir la existencia. El par de repisas sobre el escritorio era su soporte, en donde vivían Carmela y Donaciana: el par de polillas ambarinas. Los libros eran lo más coloreado; lo demás figuraba triste y opaco, como la puerta, los espejos, la ventana, la chimenea, el escritorio.

    La puerta de nogal miraba al oeste. Los vientos que entraban por ella eran reconfortantes por su posición. Las chambranas a su alrededor la hacían verse regia y sólida, mientras que la moldura interior achicaba los huecos y llenaba las dimensiones. Sus cuatro bisagras, sin aceite, pero con gusto, hacían el trabajo de mover el objeto separador. Y la chapa dorada montaba un pezón como seguro. En el dintel se hallaba una herradura con un listón rojo. En ocasiones, te habías puesto a pensar sobre los sitios que habría pisado ese zapato caballar, las travesías aventureras; casi te imaginabas como los argonautas tras el vellocino de oro. Su herrumbre proliferaba por todo su contorno y su delgadez, casi vidriada, se adosaba al muro alto de la puerta, como un talismán. Era el amuleto que por años había guardado las distancias de los anatemas malignos, los entes maledicentes, los espíritus chocarreros y diabólicos. Y había dejado entrar por su celaje bendito y eclesiástico, las auras sanas y bienaventuradas. El tapete pelirrojo se aplebeyaba al recibir las visitas, postrado a la entrada. El sudoroso polvo se acumulaba hasta formar minúsculos montículos de granos en la base, su tejido lamía las suelas de los distintos calzados visitantes.

    El espejo a un lado de la puerta se postraba como aterciopelado en sus reflejos. Hortensia, la mosca, había ido a dejar motas negras sobre el vidrio. Había una especie de caparazón que impedía reflejar fielmente cualquier cosa. Dicho caparazón camuflaba a veces la belleza y a veces la fealdad, pero por lo regular ponía algo de su cosecha cuando el cuarto 2 se atenuaba. El muy insolente trataba de hacer reflejos con el mínimo de luz por sus entrañas. De otro carácter era el espejo colgado en la pared sureña, por él, la ventana hacía reverberar los juguetones brillos de las gotas del rocío de la hierba del patio, con cuánta felicidad se dejaban reproducir por el cristal afable.

    La ventana avejentada parecía haber nacido en el siglo pasado. Cada pieza de ella, con los años, se había encorvado; hasta la misma claridad de los vidrios se doblegaba hacia lo deslustrado y lagañoso. Los ángulos habían sumado grados y la pasta que los detenía desprendía unos pellejos de pintura lastimosos, craquelados. La simetría la había perdido al principio de su madurez, como si hubiera sido su virginidad celosamente cuidada. Te preocupabas de que los atufados vidrios en épocas de invierno no consiguieran el total vaho del cuarto 2, pero no había manera de impedir tal cosa, porque Andrés y Cristina, el par de arañas patonas, repelarían al mínimo toque en sus telas de araña.

    La chimenea era un mueble inservible, útil solo por su color, que al cuarto 2 lo colocaba como de arquitectura campestre, bucólica; sin embargo, el tizne más joven se había asentado en la década pasada. Era el hogar de Palmiro, el escarabajo embalsamador. Los ladrillos rojizos contrastaban con su juntura blanca y pulida, y su boca en “o” dejaba ver el color satánico del mal. Sobre ella, en la esquina sudeste, se avecindaba el pequeño hormiguero de los Cilenes: tropa de pulcritud en su organización. La fila india diaria comenzaba a las 7:45 y terminaba a las 6:13; las más tardadas, de castigo, les tocaba hacer guardia como un tapón en la entrada anal.

    El escritorio, barboteando su pereza, se aplazaba en sus cuatro patas verdosas. Su planicie amplia guardaba el nivel justo. Sobre él, una lámpara estrellaba su luz sobre el cristal, encimadera silícica que atemperaba la aclimatación pasional de los escritos. Bajo él, los hermanos Rodríguez dormían la siesta; eran el par de mosquitos que recientemente habían cenado.

    La noche correteó las luces de la tarde a golpes de negrura y fue aclimatándose hasta hacerse de roca. La roca musical cantó con gravas efervescentes y un filón lechoso abona el queso lunar. Los rayos atraviesan la ventana y van a rebotar en la colcha ondulante. Por allí ha pasado la babosa, reconociendo el campo, midiendo su odisea. Tu cuerpo se resguardaba, buscando destinos distintos, imaginando situaciones disímiles, inalcanzables; los sueños reconfortaban del quehacer cotidiano. Los giros entre las cobijas eran una gimnasia nocturna que tu cuerpo fabricaba, pero los trazos rectilíneos y entretejidos iban chupando las elasticidades corpóreas. Los hermanos Rodríguez seguían con la panza inflada, llena de savia plasmática; ningún desasosiego los importunaba. Los Cilenes debían recuperar fuerzas para que la tropa marchara sin descanso al día siguiente, mientras la castigada hormiga se entumecía con medio cuerpo al aire. Hortensia roncaba con sus alas al norte del cuarto 2, y el par de polillas, Carmela y Donaciana, seguían sin importarles roer a medianoche y hacer surcos sinuosos en la madera. Andrés y Cristina habían despertado a buena hora y andaban probando su temple y resistencia en sus hilos de araña fabricados con esmero. Desde lo alto de la ventana podían observar cómo laboraba la babosa, pues los rayos de luz se accidentaban sobre el acolchado tálamo. Los caminos de la babosa iban formando un capullo ovoide de fosforescencias. Los senderos, cristalizándose por osificación. Los babeantes senderos, enemigos de los cristales salinos, iban produciendo la argamasa. Poco a poco, transparentaban la colcha, las almohadas ensalivadas y elásticas morían de movimientos azarosos. Palmiro entró como estaba previsto por una de las dos puntas del ovoide para embalsamar tu cuerpo, le daría la eternidad que buscabas. El escarabajo era un eficiente dador de infinito, y tenías el privilegio de estar en sus manos. Cangrejeó hasta la boca, atenaceó la lengua e inyectó sus sustancias resinosas. Solo faltaba la espera; la jungla del cuarto 2 seguía impasible, esperando el renacimiento de tu vida a otra cosa, a ser una libélula de los campos y los ríos, dueño del sol y el aire libre.

    El nahual de Huamantla

     

    El nahual no sale en las noches de luna llena; esos no son sus días, sino las fechas en que impera la oscuridad. Las noches más calladas tampoco son de su agrado; prefiere cuando el viento mueve las cosas de manera azarosa, cuando los perros inquietos lanzan sus aullidos a sitios distantes, o cuando los ladridos remotos inquietan a los canes más cercanos. La población de Huamantla está a 45 kilómetros de la ciudad de Tlaxcala. Es una entidad singular, que podría confundirse con una ciudad pequeña o con un pueblo grande. Sus habitantes piensan que viven en el año 2000, pero en realidad viven en una época diez años más atrás.

    La historia de los nahuales es antigua. Desde antes de la llegada de los españoles, entre los moradores de la región, se creía que había personas que, por las noches, se transformaban en nahuales. Estas gentes vagaban por la medianoche, asustando a la gente, robando ganado y pertenencias, y ultrajando a las mujeres que se quedaban perdidas por los caminos y veredas. Los nahuales podían ser bondadosos o malignos. Casi siempre, los que se dedicaban a la maldad tenían una muerte muy sangrienta y dolorosa; en cambio, los nahuales de bondad terminaban por ser finalmente aceptados en la región. Los nahuales se transformaban en caballos, burros, perros, chivos o cochinos y no tenían cola; otras personas los describen como animales muy fantásticos que lanzaban fuego por sus cuatro patas. También había nahuales que, por las noches, merodeaban las casas de las muchachas, las espiaban por las ventanas cuando se iban a la cama y las asustaban con ruidos y manoseos cuando salían a oscuras a los patios y jardines de sus hogares. Algunas personas de las más viejas, cuando intuyen la presencia de un nahual, al primer malestar de cabeza, se ponen sus chiqueadores, que son hojas de ruda, de epazote o alguna otra hierba de olor mojada en alcohol.

    El nahual de Huamantla se pasea por las calles, ausculta los resquicios de las puertas y ventanas, olfatea los hogares, merodea en las colonias y casas apartadas. Tiene un sentido peculiar para identificar, en una casa, la habitación de la mujer hermosa y casadera. Tiene el cuerpo ágil de un felino; sus extremidades avanzan como una perfecta máquina, camuflándose en la oscuridad. Se mueve sigilosamente hasta fundirse con la sombra. Los muros no son ningún obstáculo, ni los cortinajes. Entrar a una propiedad no tiene para él ninguna prohibición; eso es cosa de los hombres, no de los animales. Su pelambre negra absorbe toda luz y su presencia pasa como un soplo de hojas, o bien sin ser percibida. Los ojos gatunos atisban los cuartos y sus habitantes; por entre los resquicios, va asomándose a esa existencia.

    La mujer joven, con una soltura que solo puede dar la intimidad, se deshace de sus zapatos y ropa, dejándolos en la silla, en el ropero y en el buró. La desnudez aparece en segmentos o total: los pechos y pezones presumen su juventud, las piernas firmes confirman la belleza desplazándose por la estancia. Tras la cortina, el nahual observa la escena, se complace en la observancia, goza al placer de observar sin ser descubierto, se deleita al develar la intimidad, los secretos oscuros, los enigmas de la mujer soltera; disfruta al descorrer la gasa de la intimidad más celosamente atesorada.

    La mujer, ante el espejo, se deleita consigo misma, al ver sus perfiles reflejados, sus contornos curvos y suaves, su cabello suelto y perfumado; sus piernas abiertas, casi en arco, confirman su solaz soltura. El nahual casi puede advertir, en los perceptibles gestos de la cara, los pensamientos secretos, sus deseos más recónditos. Son las sonrisas de un bello recuerdo, las miradas lujuriosas a su cuerpo, las caricias a los labios o los gestos jubilosos de un deseo latente. El nahual arquea su cuerpo, trata de alcanzar, tras el vidrio, a aquel ser deseable por sus formas de Venus. La Venus del nahual no sale de la espuma del mar y de una concha, sino que su espuma es, a veces, el velo que hace disimular al cuerpo; otras veces, es la transparente gasa que hace ver las cosas menos crudas y más perfectas, y la concha donde guarece no es marina, sino terrestre, y esa concha es la habitación que cobija y protege.

    El nahual se asoma a otra casa y es el baño, donde la señorita alista los enseres propios para entrar a la regadera. El ojo atraviesa las paredes, atisba los contornos, las variantes, la tez y los movimientos. Es una máquina de la observación, del arte de apreciar la hermosura; cosa distinta es el fisgoneo morboso y trastornado que lastima y contamina al apreciador de las formas perfectas y femeninas. No hay nada de perturbado en ser el advertido de la belleza y ser el fiel esclavo de adorar las efigies de las ninfas en la tierra. Observa y la observada se pasea la espuma jabonosa por la piel turgente, la mata húmeda y negra resbala pegándose al cuello y la espalda. El torso late su vida, pulsaciones que casi imperceptiblemente hacen vibrar los senos duros y serenos; el pezón amorenado y sin mácula se enfrenta a las gotas caprichosas de la regadera, que, urgentes, quieren surcar por todo aquel paisaje curvoso y en algunos sitios velludo. Los brazos suben y bajan recorriendo los extremos, reconociendo cada segmento; la gimnasia se aprecia solemne, ritual, casi religiosa; ejercicio que, al tallar y hacer espuma, se transforma en magia blanca y burbujas. La cara recibe las gotas ignotas del beso epidérmico, que cruzan haciendo malabares en hilos plateados. El calor de las lágrimas acuáticas abre los poros y respira el alma; su licuación del aura se entrevera en el vapor que danza hasta el techo, donde se condensa. El sonido chisporroteante del agua es como una danza de Centauros celebrando sus orgías eróticas, es la fiesta alrededor del cuerpo afrodisíaco.

    El ojo nahualesco no esperaba un sopapo en la testa:

    —¡Pinche chamaco cabrón!, conque estás espiando a mi hija, te voy a poner tu merecido: toma, toma, ¡y toma esto otro! —¡Pac!, ¡cataplum!, ¡soap!, ¡pun!, ¡ouch!, ¡crack! ¡Snif! — Y no vuelvas por aquí… ¡Libidinoso!

  • Relatos al borde lV

    Miradas a lo inesperado

    Índice

    Contenido

    Índice. 2

    Prólogo. 3

    La vida ta´cara. 4

    La huelga apropiada. 7

    El temazcal 10

    La quinceañera. 12

    Soltó poco a poco las cuerdas del columpio. 14

    El cuaco. 17

    La ironía a Chiapas, un cuento de ficción. 20

    La muerte tiene permiso de hacer fuego las cenizas. 22

    Una pequeña ola reventando en su frente. 25

    Perros de agua. 26

    El umbral erótico. 28

    El dios de la mosca. 29

    La peor hora del día. 30

    Un hombre especial 32

    Un futuro para el mes de mayo. 34

    Prólogo

    En el umbral de la realidad y la fantasía, donde los límites de la percepción se disuelven y la vida cotidiana se transforma en algo extraordinario, se encuentran los relatos que componen este cuarto volumen de «Relatos al Borde». Este libro, al igual que sus predecesores, desafía las convenciones y explora las fronteras entre lo conocido y lo desconocido.

    Cada historia aquí contenida es un reflejo de la complejidad de la existencia humana, un espejo que muestra nuestras sombras y nuestras luces. A través de un caleidoscopio de géneros y estilos, desde el suspense más inquietante hasta la ironía más mordaz, estos relatos invitan al lector a un viaje de introspección y descubrimiento.

    En esta entrega, los protagonistas se enfrentan a dilemas que trascienden lo cotidiano, en mundos donde la realidad se tambalea y la imaginación se convierte en una herramienta de exploración y revelación. Los personajes, con sus virtudes y defectos, se convierten en vehículos para cuestionar nuestras creencias, nuestros temores y nuestros sueños más profundos.

    La narrativa de «Relatos al Borde IV» no solo busca entretener, sino también provocar una reflexión profunda sobre las condiciones de nuestra vida y la naturaleza de nuestras elecciones. Aquí, lo ordinario se convierte en extraordinario, y lo conocido en misterioso.

    Así, te invito a sumergirte en estas páginas con la mente abierta y el corazón dispuesto a cuestionar. Cada relato es un portal a un universo diferente, un desafío a la realidad que conocemos, y una celebración de la riqueza de la experiencia humana.

    Bienvenido a «Relatos al Borde IV». Que disfrutes del viaje

    La vida ta´cara

    —Me dedico a checar tarjeta —dijo el desconocido mientras la combi avanzaba por la ribereña del río Zahuapan, a la altura de la escuela Emiliano Zapata.

    —Qué güeno, yo no checo, me chisparon apenas de la fábrica y ahora me dedico a gastar la suela pa’ conseguir, si no consigo aquí en provincia, me voy a Chilangolandia; por lo menos allá me paseo en metro y no gasto tanta suela. Ta’cara.

    Los desconocidos, frente a frente en una combi, se dirigen a la central camionera. El mediodía se despunta en un día de la semana. En la parada del puente rojo, los agentes de tránsito revisan el orden, y un perro asolea las pulgas en un costado de la moto oficial. Los dos desconocidos continúan la conversación:

    —Para que me pase eso a mí, está difícil. Primero se salen tres que están abajo y después yo. Soy sindicalizado y tengo quien me defienda y cuide de que en estos días de quincena me toque lo que me corresponde; donde sí está fea la cosa es en los precios y el IVA. Por eso ya pedimos aumento de emergencia.

    —¡Pos’ sí! La combi ya cuesta 1.30 y ahorita estoy pidiendo prestado al cuñado, pues, ¿de dónde sostengo a mi familia? Sí, son hartos gastos; antes alcanzaba para que los domingos comiéramos mejorcito y viéramos el fut sin preocupaciones, pero ahora solo alcanza pa’que todos los días sea parejo de comer. La panza ahora entra a la fuerza, a lo democrático, y si vemos el fútbol, nomás atentos pa’ver qué errores comete el árbitro y así “refrescársela” y aliviar un poco las penas.

    La colectiva se detiene tras la larga cola de carros que se enfilan para pasar el semáforo de las escalinatas. Los estudiantes de la secundaria transitan por los escalones entre risas, bromas y jaloneos. Sube a la combi una señora con vestido floreado en color rosa y zapatillas verdes. Se acomoda en uno de los asientos; uno de los desconocidos piensa: «Ta’cara», y la revisa de pies a cabeza. El otro desconocido continúa la conversación:

    —Sí, está difícil. Fíjese que, si no se solucionan los problemas de los asalariados, nos vamos al paro. Tuvimos junta con nuestros representantes para que nos dieran otras prestaciones que nos hacen falta, como por ejemplo los descuentos dominicales para los balnearios o vales para otras necesidades; si no, ¿a dónde vamos a ir a parar? Las obligaciones cuestan, y si no pedimos el aumento, al rato van a querer que pongamos de nuestra bolsa, y pues no es negocio, puras pérdidas.

    —Pos’ ¿qué le vamos a’ hacer? Ta’cara la cosa.

    —Y no solo eso, sino que la situación no está como para comprar cosas importadas o de lujo, sino nada más lo necesario para seguir pasándola.

    Llegan a la central camionera. El chofer cobra 1.30 a cada uno de los pasajeros. La mujer de zapatillas verdes y vestido rosa floreado con escote muestra los pechos al desconocido de enfrente al pagar su pasaje; al desconocido se le agita un poco el corazón. Él mismo continúa la conversación para despedirse:

    —Hasta luego, ojalá y consiga trabajo pronto.

    —Sí, que se la pase bien, después nos hemos de encontrar.

    Uno de los desconocidos se dirige a los baños de la central camionera; el atole y las garnachas del desayuno le habían caído mal. El otro desconocido lo sigue a cierta distancia. Gasta la suela y entra al baño. El otro desconocido se encuentra bajándose los pantalones. El baño está vacío, solo un muchacho de secundaria se asienta los hirsutos cabellos, en tanto que, del otro lado, una muchacha, de la misma escuela secundaria, experimenta pintándose los labios.

    El desconocido saca de su bolsa una navaja gastada y sucia. La aferra al puño, aprieta los dientes; la adrenalina se agita en su cuerpo. Con el hombro izquierdo empuja la puerta, sorprendiendo al desconocido, sentado, con los pantalones caídos.

    —¡No te muevas de allí, señor! ¡Y dame tu sobrecito de la quincena con to’ y vales… y si no queres! ¡Te destripo en una asesinada! Te vas a ver muy guapo asentado en la mierda con el corazón salido y mi herramienta clavada en tus cochinas tripas… ¡Suéltale! ¡Ándale! ¡Suéltale ya! La vida ta’cara, ¿no ves? Ta’cara; suéltale, cabrón.

    El desconocido apunta el arma al pecho, mientras que el otro, con las dos piernas juntas, al lado, empujadas por la puerta, está en desventaja. Le ha nacido en segundos el temor, el espasmo, la cobardía, la duda, el desamparo. Su cabeza no piensa en nada más que en salvar su vida.

    —Sí…sí… espérese. Nada más me subo los pantalones… no me haga nada.

    —No, no, no; esos allí los dejas, solo sacas lo que quiero y después lo acomodas. ¡Échale! ¡Suéltale! Tacara la vida, ¿no ves?

    Tan pronto como el desconocido sentado saca su sobre con el dinero de la quincena y otros objetos de valor, el otro desconocido mete dentro de su bolsa el arma y las demás cosas.

    —No te muevas de allí, sigue haciendo lo tuyo por un rato.

    Entra al baño un grupo de jóvenes a orinar. Las bromas sexuales se presentan. El desconocido, para no darse por advertido, comenta:

    —Amigo… ojalá y consiga el aumento de urgencia. Ahí nos vemos.

    Ya tengo algo, con esto ya puedo librar el día, me compro ahorita unos tacos, un refresco y a ver para que más me alcanza.

    La huelga apropiada

    Los movimientos del cuerpo de Fermín salas buscaron posiciones para recostarse dentro de la tienda de campaña frente al palacio de gobierno. Inmiscuido en la huelga de hambre, buscaba el sueño entre el olor de los cigarros, el té de menta y el pan horneado de “la picota”. El sonido un tanto sajón de los cafés y restaurantes del portal grande impedían que soñara alguna cosa. —Desde que salimos el martes en la mañana de Teopan, no he comido. Los otros seis compañeros están iguales, las tripas vacías son monstruosas como la bestia indómita de Apocalipsis y el agua sólo infla el vacío, pero no reconforta. Nuestro partido nos prometió que no faltaría el suero y que buscarían publicidad para que nuestra causa tuviera eco en la población y que nos hiciera caso el gobierno. Los problemas se resuelven presionando, el licenciado nos platicó que así lo había hecho el señor Gandhi en su pueblo de la india. Fue muy famoso. Nosotros lo hacemos porque deseamos la democracia, porque queremos destituir al cacique rabioso Don Gumercindo, nos ha hecho pura tarugada en la población y ya no aguantamos más, por eso estoy aquí, metido en la gruñida huelga de hambre. La mera verdad yo si me aburro; gesticulo cualquier cosa para sacudirme el hastío. Es monótono estar esperando que nos hagan caso; las compañeras vienen a platicar con nosotros, nos animan a continuar. El dirigente del partido nos apoya, dice que ya lo estamos logrando, que los acuerdos pueden lograrse en unas horas, en cualquier momento. —Hace frío, el fresco de la tarde se congeló en el aire, se pega como diablo en las manos, la cara. No es como en mi tierra veracruzana. La playa cerca de Papantla, el calor, la humedad caliente, el olor salado del mar, los colores de la vegetación. Los recuerdos de mi casa natal de “Rancho Playa” son tantos, siempre que los evoco lo primero que se me aparece es una pesadilla que viví en medio de la tormenta. El aire azotando en la cara, los cocoteros cayéndose, esparciéndose como granizos, rebotando en el agua. Las olas que se levantan muy por encima de la casa de los abuelos. Los abuelos que desaparecen entre las olas junto con los troncos, el tejaban, los trastos de la abuela; el machete. El chile piquín que se confunde con la espuma del mar; los dos perros estrellándose en las rocas de la cuenca. El mar vomitando su furia sobre la tierra. Fueron las horas de la tarde más pesadillosas y turbulentas que he vivido. —Nos fuimos a vivir a Papantla con la esperanza de que mi hermano y yo trabajáramos en la planta de Pemex de Poza Rica, él entró tiempo después. En los noviazgos cada uno de nosotros conoció a cinco, la sexta fue la ganadora; extrañamente nos pasó igual: Sara, Carolina, Beatriz, Petronila, Edith y Julieta Morales: la madre de mi hijo; de Ulises mi hermano es creo que… primero fue Selene, la hija del carpintero, Rocío, aquella que vivía frente a la escuela; también fue Ciriaca, la facilita; me falta de nombrar a Sofía, una mujer costeña de las más hermosas que he visto en mi vida… me parece que Laurentina fue su penúltima. La recuerdo porque en un baile del quince de septiembre, hace muchos años, cuando jóvenes, le entró fuerte al mezcal. Se encueró allí en el parque y corriendo con una banderita gritaba — ¡Viva México! —Y su tía corriendo tras ella para que se pusiera el calzón. La mujer de él se llama Rosa y le ha dado tres hijos, el más chico tiene ocho años. Los otros van a la secundaria. —A mi esposa la conocí en las fiestas del pueblo. Vivía aquí, en Tlaxcala, en Teopan, por la región de Tlaxco. Nos enamoramos rápido. Me la llevé a Papantla y después nos regresamos a esta tierra. Por eso tengo el extrañamiento, las remembranzas que se apretujan con vértigo, la añoranza del caliente olor de la vainilla, de los tamales de picadillo, de los plátanos de Castilla; o las noches al fresco, en la hamaca con las “cebaditas”, el agua de horchata; la comida en la cena, la tortilla, agua para café, memelas, totopos, la albóndiga, el pollo dorándose en el carbón, la leche… ¡Sí eso es! La leche de la cabra, el queso de la cabra, la cabra encarcelada en los barrotes que gruñen, los pozos vacíos, avellanados, sólo agua desértica, colchón de agua que refleja una cara estúpida, la cabra que se ríe de la cara estúpida; el calor que no aparece en este pozo vacío, el desmayo de la cara estúpida el vértigo en las venas, en el frío de las manos vacías. El doctor revisa la presión, guarda sus instrumentos y sale de la tienda de campaña. En sus ojos aparecen las mantas con las leyendas: “fuera del pueblo”, “no te queremos Gumercindo”, “solución señor Gobernador a los huelguistas de Teopan”. Se despide de los dirigentes y observa una vez más el asentamiento provisional. Las botellas vacías de suero hacen fila india a un costado del árbol mostrándose orgullosas, la hornilla y el tanque de gas acostado, se aburren compartiendo la espera. Las mantas de vez en cuando se agitan por el viento o son ensuciadas por las palomas. El parque sigue inmóvil, su verdor está inquieto, los ánimos se le cayeron de manera inocente. Su integridad se complementa con los huelguistas. Dentro del palacio de gobierno, las pinturas de Xochitiotzin están inmutables, perfectas en sus colores. Los inquilinos afuera, en las tiendas, late en su epidermis la genética figurada en esas paredes, lo cual hace que se sientan como en su casa. —De estos desvaríos ya estoy acostumbrado, los tiempos han sido tristes, cuando al medio día con mi mujer, compartíamos el huevo ahogado en el disque caldo de pollo o los chilaquiles pasados por agua, la carcajada de la situación nunca faltaba, era la risa entre el llanto y el nudo de la garganta; la mandíbula que quiere masticar más, la lengua que quiere tragar aprisa y que yo no la dejo. La educación de la lengua es costosa porque no se puede verla cuando está buscando alguna artimaña. Hacer estas cosas del hambre no es fácil. Hay que educarse para no quedar en ridículo. Es muy fácil dejar tocarse por el diablo del hambre, la tentación del chicharrón en salsa verde, las gorditas con queso… queso… queso de cabra, la leche de la cabra, el queso que sale de la leche de la cabra, la cabra que me empuja al hueco vacío, la cabra que se ríe, la cara acuática de la cabra, el agua salada, el suero en la lengua y la lengua que quiere tragar aprisa, quiero tragarme la lengua, educarla, convertirme en un profesional de las huelgas de hambre, viajaré por los países rentándome para hacer presión a los gobiernos y me tendrán miedo por mi tesón, por mi lengua educada, domesticada a punta de hambre. Dos Jóvenes de clase alta pasan patinando cerca de la tienda de Fermín Salas. Lo ven con los calcetines tristes asomando en el hueco del zapato roto. —¡Auch! Mira ese señor color de humo, tan temprano y ya está acostado. — ¡Son de lo peor! No se bañan y así quieren que les hagan caso, ¡Vámonos que aquí apesta! Al día siguiente Fermín Salas amaneció morado, con los ojos abiertos murió viendo el vacío en la tienda con su lengua tragada.

    El temazcal

    —Sabes bien que no iré —decía Dalia— ¡No iré, no iré! —mientras caminaba con paso firme hacia abajo por el sendero serpentino, mientras Carmelo continuaba sentado en la piedra alta de atar.

    —Las piedras ya están al punto. ¿Qué te cuesta? —gritaba casi, mientras observaba a lo lejos la grácil figura de Dalia, que se perdía al voltear la vereda. La estela de perfume a jazmín se extendía a lo largo del camino hasta el recodo.

    Carmelo se quedó pensativo, queriendo reanudar la reciente plática. Chupaba un tallo de trigo silvestre entre los dientes, masticándolo de manera inconsciente. Su pantalón, con olor a chivo, se confundía con el hedor a ganado que lo envolvía. Con un fuetazo despabiló al ganado para dirigirlo a la lagunilla; los animales bebieron hasta el hartazgo. Carmelo seguía recordando que la invitación a bañarse en el temazcal había sido un fracaso; tal vez Dalia pensaba en los temores de la primera vez. El noviazgo, la relación amorosa de apenas unos meses, tenía que cruzar el puente de la reconciliación o terminarse. Un mierdero quedó en la ribera, cerca del agua, sumándose al incontable excremento depositado en tierra, copioso, nutrido de moscas, esparcido por las bestias domésticas.

    Carmelo miraba la borrasca; el chubasco se acercaba. El perro mordía sus patas, siendo un ser viviente con una colección de parásitos: garrapatas, piojos, moscas, lombrices, sarna.

    —Pinche suerte, yo que me la quería coger allí en el temazcal. Alisté la toallita, el jabón, mucha leña; tengo que convencerla… Lo primero será volver a reconciliarme. La voy a llevar a Puebla a ver los aparadores, con eso se contenta. Dalia tiene que ser mía; ésta sí es rejega, porque lo que es Verenice, donde sea: en los campos de labor, aquí en la lagunilla, en el panteón o las veces cuando me tocaba picar las campanas en domingo, nomás nos mecíamos colgados en la soga y la campana sonaba y sonaba. Lo malo es que Berenice ya se casó y se fue a Puebla. A Dalia la tengo metida en la cabeza, se me hace que un día de estos le atajo el paso en el sendero, por allá por la piedra alta de atar, y me la robo. Sí, son muchas mis ganas, sueño a diario con tenerla todas las noches y que me atienda, recibir su calorcito. Tiene una cara bonita, como de virgen, pechos pequeños, levantados, y con picos como una montaña, nada más que de a par. Me la imagino encuerada, sirviéndome la sopa, con sus pezones duros y al aire, los pies desnudos sobre el piso de cemento color mosca.

    Las nubes se hacían nudo, como un gran tumor de gas negro. Los chicotazos de Carmelo eran recibidos por los animales más perezosos. Sabía que no llegaría hasta el establo, así que los dirigió hasta el tejaban, cerca del temazcal.

    Tuvo frío; advertía que en el temazcal hacía calor. Dejó el sombrero y el cotón en la entrada. La cueva caliente estaba seca. La oscuridad envolvía toda posibilidad de observación. Tomó la toalla que se encontraba encima del banco y la puso en el piso. Se recostó. Dalia lo había esperado por varias horas. Se acercó, puso la mano en su pecho, mientras su boca cerraba la oportunidad a cualquier palabra.

    Carmelo acomodó su mente al sabor de la boca que lo besaba, recordando el olor de esa piel tan cercana y lisa.

    —Carmelo, tómame… ms.… ms.… necesito que me quieras —susurró ella. Él trató de inventar una sonrisa de satisfacción, pero no le salió. La oscuridad se lo impedía.

    La quinceañera

    La ciudad se encuentra en éxtasis de aburrimiento permanente, las sombras de la tarde poco a poco se comen los rayos de luz que se ven filtrados en los parabrisas de los carros. El cantinero limpia la barra, con un trapo seca el área de trabajo donde ha servido el par de cubas para Rafael y Carlos. Un reloj descompuesto de fayuca adorna las paredes de la cantina “El jinete Negro”. Oscar entra y se encuentra a sus amigos. —¿Cómo están? —Saludando de mano, continúa la conversación con los ebrios, en cuanto a la música, el compacto de Pedro Infante compone la alegría. —Vengo a invitarlos a unos quince años a la Trinidad Tenanyecac ¿Podrán ir? —Nosotros vamos al mismo infierno… si es que hay copas—contesta Rafael con voz entrecortada y lengua torpe, en tanto que Carlos empina el codo bebiéndose la cuba. — ¡Cantinero! Sírvale una cuba a mi amigo Oscar —Dice Carlos secándose la boca con el brazo. Mientras el cantinero trabaja Oscar comenta a sus amigos: —Desde que estoy en las filas de los desempleados, nomás pienso en mi familia. De los precios estoy hasta el copete y mis deudas crecen y crecen. Lo que queda es olvidar por un rato todo este rollo en las fiestas. ¡Salud! —Oscar, te preocupas demasiado —contesta Rafael con ojos adormilados — ¡Chúpale! Y olvídate de lo demás… súbele a la música cantinero, esa me gusta… la de… ¡hic!, Doña Meche. Dos rondas antes de la caminera circulan en las gargantas aguardientosas de los tres amigos, poco a poco Oscar muestra en su cara los efectos del alcohol. —Me toca pagar la caminera, pero… ¡ya vámonos! El vals con la quinceañera nos espera. En la calle los tres amigos piden parada a los taxis que ni se inmutan ni se molestan por causa del vaso de plástico, que todos conocen por cuba, en manos de sujetos con caminar torpe. —Frente a San José no fallan —dice Rafael adelantando el paso casi a media calle, ocasionando las pitadas de los carros. —Pues a donde va chofer —dice Oscar- por aquí no es. Es que tengo que darle vuelta al parque para salir por Mariano Sánchez, la guerrero y después por el “Trébol”. En el trayecto, Rafael y Carlos discuten sobre el trato que se les debe tener a las mujeres. Rafael contesta: —Carlos, a las mujeres hay que tratarlas bien, tenerlas contentas por muy indefensas e insignificantes que las veas tienen su sentimiento y sufren. Si no respetas a las viejas, la estas regando, porque a la larga pagas caro lo que haces. Te lo digo por experiencia. — A mi señora la traigo cortita — contesta Carlos mientras el taxi circula por la autopista — ¡Me vale! La trato como me da la gana, y si no le gusta que se busque otro que la mantenga. —No seas bruto, la mujer por naturaleza es romántica, como la quinceañera de ahorita. No ves que son soñadoras… ¡salud! Poseen la inocencia y la candidez de que nosotros carecemos ¡hic!… ¡hic!… Al tomar la desviación, Oscar le indica por donde: — siga derecho hasta llegar a la Hidalgo, ahí se va a ver la pachanga.— tan pronto como se bajan, van a un terreno de labor a orinar y a fajarse la camisa. El conjunto toca la canción cumbiambera del momento “el diario de un borracho”, Carlos comenta: —Ya oyeron, nos dan la bienvenida — se abraza el trío y se dirige a la fiesta. La quinceañera con un vestido propio a la ocasión demuestra con su cara y su belleza el festejo y la alegría que hay en su interior. Dos conjuntos musicales y un grupo de luz y sonido amenizan desde la comida la fiesta de quince años; el pastel luce al centro de la pista-calle. La localidad disfruta de la noche fresca de un sábado de primavera que se encuentra en éxtasis de aburrimiento salvo en la fiesta. —¡Chin chin, el que no chupe y baile! — gritó el grupo al unísono, como una oración que ya de memoria se conocían. Encontraron tres sillas desocupadas y se apostaron a disfrutar. La quinceañera le ofreció a Oscar una botella de brandy, los vasos se volvieron a llenar. —Carlos, mira — Rafael señala a un grupo de muchachas esperando a que las saquen a bailar. Las muchachas de falda, de vestido, con escotes y bien arregladas, cuchichean declarando inclinaciones de gusto por los muchachos. El amenizador del conjunto musical hace énfasis en los chistes de siempre, con las frases repetidas fiesta tras fiesta. La gente se sigue riendo de lo mismo. Carlos se levanta de su asiento para pedir a una muchacha que baile esa pieza. Se tambalea y llega frente a ella; al mismo tiempo otros cuatro jóvenes le piden bailar a la misma muchacha. La muchacha titubea frente a las cinco caras de los jóvenes entre ellas la de Carlos con ojos adormilados; las cinco manos se encuentran extendidas. Escoge la mano más blanca y es la de Carlos. Las parejas salen a bailar, Carlos se bambolea con el ritmo de la cumbia y le cuesta aún más por el suelo pedregoso. Carlos le hace la plática: —Oyes linda… ¡hic! ¿Me quieres? —pero si yo ni te conozco, como se te ocurre. —es que tengo corazonada de que me… me… quieres —pos’ ni que fueras “luismi” para quererte luego. Carlos se pega contra la muchacha, su aliento se esparce por la cara de ella como vaho alcoholizado. Rafael, corpulento y de estatura, también baila muy cerca del pastel que luce como una gran copa gastronómica sobre una mesa en el centro de la pista-calle. Carlos se suelta para dejar de bailar, insiste con un torpe jalón que enfurece a la muchacha, empuja con fuerza a Carlos y va a dar con Rafael haciendo que tropiece con las piedras y caiga encima del pastel. Las patas de la mesa se vencen con el peso del hombre embriagado y los manotazos terminan con el trofeo gastronómico que ahora luce en el suelo con el asombro de todos los invitados. La quinceañera es la primera en sollozar: — ¡Hay mamá… no es posible! — y abraza a la madre que, aún sin concebir lo ocurrido, estupefacta y anonadada en el total espasmo por el suceso; atónita sin saber qué hacer. Los tíos de la festejada corren a salvar lo insalvable, el pastel queda irreconocible, la mesa en medio de la pista-calle se emplaza perezosa con el destrozo de sus patas embadurnadas de crema, mermelada y betún de colores. Los beodos se desternillan de la risa. En el suelo se sacuden el polvo y el chantillí. A Carlos lo levantan en vilo. Con los pies arrastrando lo llevan hasta la tierra de faena. Orinaron una vez más. Oscar vomitó lo suyo y abrazados se fueron viendo el horizonte y cantando la canción de “doña meche”. El domingo estaba a unas cuantas horas, prometía el éxtasis de aburrimiento permanente sumado a la “cruda” de los tres catarrines.

    Soltó poco a poco las cuerdas del columpio

    Se quedó esperando la llamada, mientras; lloraba un poco para no aburrirse. Rompió el eco con un sonido seco de los orificios nasales. Quería averiguar porque estaba tan ofuscada consigo misma. Se quitaba la ropa de manera enérgica como si con eso se arrancara el coraje; la imposibilidad de conseguir una llamada de él la ponía histérica, desesperada. Cómo hacer que la llamara era su preocupación del fin de semana. Acomodó sus pies en el sofá, veía los muslos y sobre de ellos el teléfono. —¿cómo estás? —bien y tú —también bien, estuve trabajando tarde — ¡Ah! Y estás cansado —como para hacerlo, no, —estoy viendo la tele — ¿Está bueno el programa? O, aburrido —más o menos — ¿Por qué siempre más o menos? —Es que así me siento la mayoría de las veces ¿te vas a enojar por eso? —no… lo que pasa es que en las conversaciones siempre eres muy seca, no le pones entusiasmo —¿Qué quieres? ¿qué me ponga eufórica? Sonó el teléfono, su abdomen se contrae y contesta. —cómo estás —bien y tú —también bien, estuve trabajando tarde — ¡Ah! Y estás cansado —como para hacerlo, no, —estoy viendo la tele — ¿Está bueno el programa? O, aburrido —más o menos — ¿Por qué siempre más o menos? —Es que así me siento la mayoría de las veces ¿te vas a enojar por eso? —no… lo que pasa es que en las conversaciones siempre eres muy seca, no le pones entusiasmo —¿Qué quieres? ¿Qué me ponga eufórica? —No, simplemente has lo que te plazca… clic. Pip…pip…pip…pip… Su poca coquetería se quedó pasmada. Después de esperar tanto y de imaginar el mismo diálogo, el teléfono se enmudeció al colgar el auricular. Lentamente fue recuperando su enojo hasta que fue total, como una cera se derritió su expectativa. No pudo arrancarse la ropa para demostrar su irritación porque ya no la tenía, sin embargo, arrojó sobre la televisión, el moño blanco que sujetaba la cabellera. — ¡idiota! Hay… no puede ser, que estúpida soy, ahora tendré que aburrirme el tiempo que dura el fin de semana — se levantó del sofá y puso bruscamente el aparato en su lugar.

    El sol se ocultaba tras los volcanes. Las nubes destellaban colores rojizos y lentamente el fresco viernes se transformó en tormentoso fin de semana. Descalza, con la melena al vuelo, recorría su departamento, rememorando una y otra vez el conflicto; transitó por su cabeza el sentimiento de culpabilidad, arrollada en una mortífera sacudida de sentimientos reprimidos, el descuido de los comentarios era la causa eficiente de un viernes tedioso.

    La urbanización periférica que rodeaba su departamento combinaba arquitectura funcional con toques de diseño casual. Allá abajo, la ciudad de Tlaxcala representaba una fermentación cada vez más contundente de luces y destellos citadinos, el flujo por las calles: (los autos y los anuncios con luminosidades pletóricas), circulaba en los ojos de los transeúntes. En la oscuridad floreció una cantidad suntuaria de sombras, de claroscuros, de cuerpos negros, la opacidad se conjugaba con las luminarias dispersas. El aspecto lóbrego de algunas zonas resaltaba una alianza con la carencia. Los perros de la localidad dejaban caer sus ladridos en las avenidas, en las azoteas o en algún peatón. El lecho recibía la belleza de la mujer con una libertad envidiable, las sábanas aspiraban de vez en cuando un sollozo. Sus sueños de misterio. La túnica envolvía el cuerpo lindo, virginal; la silueta como un aura murmuraba en movimientos los pasos por aquel jardín lleno de flores, los arcos de mampostería eran cubiertos por enredaderas con rutas indefinidas y múltiples, y abajo, en los pies desnudos la alfombra natural como un colchón fresco y verde, los arbustos recién cortados con figuras clásicas. Encinos y abetos son otro fondo del paisaje, la diversidad de los verdes, el cetrino, el verdemar y el aceitunado en combinación con la montaña pintoresca: su expresividad nata es la belleza. El río a la izquierda cerca de la vaguada, el desfiladero se divide en múltiples bifurcaciones venosas, como crestas de rutas indescifrables, el agua rebota, es el sonido que recobra la percepción del oído. Un murmullo en el aire, el bisbiseo de las hojas frotándose, susurrantes unas a otras en mezcla con el gorgoteo acuático del río, del pez que salta imprevisto con un inadvertido arrojo. Caminaba en el valle. Su piel saboreaba el fresco soplo y el ambiente cálido. Al encontrar un columpio en el roble hercúleo se sienta y se mece lentamente como esperando algo. A lo lejos, en el horizonte distingue una silueta. Es un hombre que cabalga, se ve imponente, masculino, con la fuerza viril conduce al animal por entre los árboles y saltando los riachuelos. El corcel trota con majestuosidad, la maestría y el dominio en las patas educadas. El sol cae en los rizos trigueños, flotan; su movimiento es de émbolo combinado con el trote del caballo. El varón desnudo, a pelo, desmonta del percherón; cerca, por los arcos y camina hacia el columpio, la belleza del hombre era evidente, sus muslos a cada paso se contraen, se tensan. La piel broncínea brilla en tono cobrizo, los ojos expresivos e intensos en una cara cuyo moño es una sonrisa abierta; con ese gesto hizo celebre la reunión. La tomó del talle, haciendo que la túnica se pegara a su cuerpo. Una sola silueta por la fusión de los brazos y las bocas. Fue venciendo su cuerpo y soltó poco a poco las cuerdas del columpio. Se tomó la última copa recordando la llamada de anoche. Sabía que las mujeres eran así, a veces incomprensibles; tal vez había sido un error colgar el teléfono; pero tenía que darle un escarmiento para que cambiara de actitud, para que se educara, la mejor carta que tenía era que ella pidiera perdón y continuara todo como siempre. El ambiente del bar se había desvencijado por las horas y el alcohol, el día hacía señas en aparecer. Un gallo torpe se escuchaba a lo lejos y punza el principio de la resaca. La mano inepta se apoyó en la mesa donde dormía su amigo, y derramó el retrasado sorbo. Pidió el teléfono. Corrieron felices al arroyo, el remanso del agua terminó cuando juguetearon; el caballo bebía en el estanque más abajo, cerca de la cañada. Buceaban. No existía lenguaje, la expresión de sus cuerpos era total. Después de broncearse al sol; un placer comer manzanas del árbol, estirar la mano y tomar. Cae una, y ¡suena un timbre! Se desprenden muchas al mismo tiempo y caen estrepitosamente. — ¿Quién habla? — contesta una voz adormilada entre contenta por el sueño y molesta por la interrupción. —Soy yo mí… ¡hip! Amor. —Qué quieres. —Quiero hacerlas pases, te perdono por ser tan seca en las conversaciones. — ¡ha sí! Pues vete mucho al diablo clic. Pip…pip…pip… —Y… ahora esta ¡triste vieja! — Azota el teléfono en la barra y hace que se caigan los ceniceros apilados. El cantinero se enfurece, brinca el mostrador, mientras lanza la patada. En el piso es pateado por otros dos, la cara, los golpes, sangre, contusión, magulladuras. ¡Todo le llueve! Su amigo está perdido; vomita en el mingitorio. Los amarran y son subidos al Volkswagen. Cerca de Panotla, en el puente que cruza la autopista lo atan. Su amigo duerme la siesta en el pasto seco. Despierta feliz, el sueño que ha tenido la ha rejuvenecido; acaricia las sábanas recordando el cuerpo viril del hombre, sus caricias, el beso apasionado; el sexo pleno, total. — recuerdo que empezó cuando entregué mi cuerpo y solté las cuerdas del columpio. El hombre está colgado, su tronco se vence por las costillas rotas y suelta poco a poco las cuerdas que columpian su cuerpo.

    El cuaco

    Camilo… ¡Dónde está mi animal! —Cómprame el caballo o véndelo. Yo para que lo quiero — dice su papá en tanto que acomoda la hierba y la esparce en el comedero de los animales. Los rumiantes ni lentos ni perezosos movieron sus mandíbulas. —Allí tenlo, al rato lo vas a necesitar —No… traga mucha pastura y yo nomás lo ocupo dos veces por semana, dile a don Jacinto, a doña Manuela, o a ver a quién, porque yo ya no lo quiero. Cómpramelo tú, así se queda en la familia, y puedes prestármelo el día que lo tengas desocupado. —Pero, papá, apenas si tengo para mantener a mi familia y quiere usted que mantenga al animal. Los surcos que me dio no necesitan de tanto — contesta Camilo rascándose la cabeza despeinada. —Lo vendo en ochocientos pesos. No está caro, piénsalo, después me dices, y si lo vendes a otra persona pues le aumentas cincuenta para ti — exclamó el hombre mientras arrastra con la pala el excremento. — ¡ha! Y otra cosa, mañana no voy a poder sacarlos a pastar porque voy a ir con doña Jacinta para que me haga una “limpia”, últimamente como que me siento mareado, y las comidas que me traes, nomás de que pasan por el panteón se les mete el mal sabor y me truenan las tripas, además de que siento piquetes en el cuello. Vienes temprano para que en la tarde no te agarre la lluvia, y recuerda llevar a lazo al becerro. —Lo bueno que mañana tengo día de descanso en la fábrica, porque si no, iba a tener que decirle a Pablo que se saliera de la escuela. — ¡Ni lo mande Dios y la Virgen de Guadalupe! — Vocifera fuerte el viejo al tiempo que se santigua y mira el cielo — ese chamaco es el mismo infierno, capaz de que los mata en los roquedales, acuérdate de aquella vez que le amarró cohetes al “peluchin”, pobre perro, del susto se aventó a la presa y los remolinos ya no lo dejaron salir. ¡No! ¡No! ¡No! Quiero que los cuides tú… —Está bien papá, nada más que primero compraré el gas en la carretera, si no cuando, y ya se va a acabar el otro. Tengo que pescar el camión temprano porque ya ve que ni entran al pueblo, según porque se les descomponen los muelles — Dice Camilo mientras observa los guajolotes que se pasean torpemente y cacarean con estruendo, asemejando un eco sórdido cuando el viejo grita. —Bueno pues ya vete, llévate los huevos que están en el chiquigüite encima de la leña, creo que ya se están empezando a apestar y antes de que se los dé al “Dogo”. Camilo sigue la senda, al pasar por el árbol de peras que está en la orilla, llena de frutos, el recipiente donde vienen los huevos. Camilo trabajaba en Panza cola en la fábrica de durmientes, descansaba los jueves, ese día lo ocupaba para ir a Puebla a comprar o para hacer alguna que otra cosa. Una señora se acerca. — ¡Camilo, conque cosechando de lo ajeno! — dice entre broma y risa. El delantal floreado es reconocido por Camilo. —Doña Jacinta buenas tardes. — ¡A poco ya son tardes! Si apenas vengo del mercado —Pues sí, ya son más de las doce y media. — ¡Virgen Santísima! Me voy a apurar — dice la señora en tanto que pasa la bolsa a la otra mano. —Hasta luego doña Jacinta, me saluda al compadre Marcos — apenas hubo dicho estas palabras y recoge el cesto del suelo y camina a su casa. El sol se queda pasmado en el medio día. No hay calor, sólo el aire fresco que huele a agosto. Muy de mañana cuando la sinfónica de gallos se escucha desde cerca hasta lo más lejano, hasta los horizontes agrestes, cerca de los magueyales. Prepara la carretilla. Sube el tanque de gas. Quita un lazo del tendedero y amarra el cilindro. Mientras, su esposa sueña que tiene carro, en él se pasea por la “Cinco de Mayo” y la “Avenida Juárez”, allá en Puebla. Las combis colectivas pasan de manera impertinente por la carretera, otros oriundos del lugar aguardan cuando los primeros centelleos de la amanecida parten del contorno de la Malinche. Después de aguardar unos minutos, aparecen a lo lejos los inequívocos carros repartidores con su tronar de cilindros, corriendo, peleándose la pista asfáltica, rebasándose, peleando por la venta. Los clientes a la caza. El tiempo que vale oro. El primero en llegar es quien gana. Los gaseros duchos se lanzan a la venta, suben tanques vacíos, bajan otros llenos con prisa. Camilo abre la puerta de la cabina del camión y paga al chofer que da cambio, éste, al mismo tiempo observa por el espejo retrovisor, la competencia que se acerca a sesenta kilómetros por hora. La esposa de Camilo, bostezando y con la pelambre hecha nudo, prepara el morral que se va a llevar su esposo, media docena de tlacoyos, el galón de agua y tres naranjas. El entramado de palos rebota cuando Camilo empuja con la carretilla la puerta de madera. Deja el tanque cerca del lavadero. Al dirigiese a la cocina se frota las manos para quitarse lo entumecido, obscura por el tiempo de madrugada, se envuelve en un silencio de ermita, duerme la ubicuidad entre los trastos y cazuelas, sólo se escucha el ronroneo del refrigerador. Toma el morral de la mesa, la gorra. Grita a su mujer desde el umbral del tejado — ¡Vengo en la tarde! — Sin contestación se dirige a la casa de su progenitor. La esposa sigue durmiendo, sueña que tiene una casa de lujo con pisos pulidos y sirvientes hacendosos. Las bestias aturdidas por el vaho de la noche, la neblina se mece entre las patas; se impacientan al oír el cacareo de las gallinas, que muy de mañana comienzan a buscar la piedrita que comer o la hoja que engullir. Camilo abre el zaguán de par en par. De pronto salen las gallinas, agitando las alas, efusivas, pataleando el suelo, excitadas por el nuevo día; en seguida un totol esponjado demuestra su género como todo un garañón, se ve fogoso cuando se pavonea con un triste color negro. Desata el caballo dejando la cuerda encima de la grupa, las otras dos vacas al sentirse liberadas inician el cotidiano trayecto, el becerro corre a mamar, pero las patadas de la res al trasladarse impiden acercarse a la ubre. Suben el cerro de la “Cruz” y toman camino por el sendero que conduce a la cañada “Barranca honda”. La mañana está fresca lo mismo que el entusiasmo del ternero; corre, patalea, trata de topar al perro. “Dogo” también juguetea, sube a los pequeños montículos de tierra, los tapancos tepetatosos sirven de escenario para la algarabía, los ladridos permanecen en las orejas de las bestias mientras el becerro continúa con la tarea de fastidiar las tetas. El caballo atrás, impasible observa la cría. La vaca lanza la patada. El caballo relincha justo cuando pasan bajo una retama. Camilo sosiega al joven animal, mientras el cuaco sacude la cabeza como queriéndose quitar algo. El caballo se ha herido un ojo con una vara, sangra, sigue chillando, quiere escaparse, correr; la sangre le cubre el ojo, tropieza con los otros animales. Al llegar a los campos, Camilo lo amarra y vacía en el ojo enfermo el agua del galón. —¡triste animal! ¿Y ahora qué hago? — balbucea entre dientes — Se te fastidió toditito el ojo, ya quedaste como ojo de tirador, y aunque te ponga la violeta, las pomadas, los emplastos y las limpias de Jacinta nomás no se te va a regresar el globo al ojal. Y ahora qué le diré al viejo, él que te quiere vender y ahora me cobrará como si fueras nuevo, nadie comprará un cuaco tuerto a precio real ¡Valdrás la mitad! Y si bien quieres si no te hacen chito — el animal no entiende nada sólo percibe un dolor intenso, el lamento y una oscuridad a medias le quitan el apetito, la hierba se aburre esperando ser comida. Las moscas han olfateado la sangre, se apresuran a festejar el accidente, bailan y danzan con el bisbiseo de las alas frente al ojo sano. — ¡Te dije que llevaras el becerro amarrado! ¡Nunca me haces caso, parece que digo las cosas, te entran por una oreja y te salen por la otra! ¡Hora ver! No vale más que la mitad. Me lo pagas, yo no sé, me lo pagas, consigue dinero, me lo pagas. — Camilo conocía de antemano la reacción de su padre. Tomó la soga del cuaco y se dirigió hacia su casa, agobiado por la situación, temeroso del problema en que se había metido, apático ante la vida, tal pareciera que la suerte le había abandonado de manera patente. En su cara estupefacta asomaba una tristeza insaciable. Recorrió el pueblo tratando de buscar un comprador, lo llevó al tianguis del domingo, pero como la crisis daba sus frutos en los bolsillos vacíos, no había ningún pretendiente de auscultar el diente del caballo, y más al ver al caballo de a media luz, triste, esquelético y con la sombra pegada al suelo con pesadumbre. El viejo llegó a la casa de su hijo, empujó la tranca y entró al patio. Hacía quince días que no veía a su hijo y quería enterarse, que había pasado con el cuaco tuerto; encontró a la mujer dando de comer a Pablo — ¡donde está Camilo! Dile que venga, quiero hablar con él. Desde que se trajo al caballo ya no lo veo. ¡Quiero que me pague mi animal! Necesito dinero para pagarle a Doña Jacinta. Pone las tortillas en la mesa y a continuación dirige la vista al visitante —Pues, hora si se va a quedar sorprendido suegro, fíjese que el cuaco tuerto no se vendió, y nosotros no teníamos dinero para pagárselo, así que Camilo pensó mejor en matarlo y venderlo en canal, el dinero que se juntó no era ni una tercera parte de lo que usted pedía porque unos vecinos nos quedaron a deber la carne, y es hora que no nos pagan. A Carmelo no se le ocurrió otra cosa que ocupar el poco dinero en el pasaje para irse a Ciudad Juárez y pasarse de mojado. Me dijo que cuando él regrese entonces van a hacer cuentas— mientras tanto, Pablo sacude el salero encima de los ojos del perro visitante; que lo mira pidiéndole un bocado bajo la mesa. “Dogo” se rasca los ojos con la pelambre de las patas, la sal en los ojos hace soltar una lágrima.

    La ironía a Chiapas, un cuento de ficción.

     

    Estamos dispuestos a vivir pacíficamente dentro de nuestros hogares, más bien espaciosos, si hemos de ser verídicos. Y desde luego y por supuesto, nos enojan los ruidos poco edificantes que nos llegan de las habitaciones de los sirvientes. Sí, pongamos por caso, un movimiento revolucionario de base rural trata de alcanzar la independencia de la dominación extranjera o derrocar estructuras semifeudales apoyadas por potencias mexicanas o si los ilógicos gobiernos rehúsan responder apropiadamente el programa de fortalecimiento que hemos preparado para ellos, si objetan a verse cercados por los benévolos y pacifistas (hombres ricos) que controlan los territorios de sus fronteras como un derecho natural, entonces, evidentemente debemos responder a esta beligerancia con la fuerza apropiada. Es esta mentalidad lo que explica la franqueza con que el gobierno y sus apologistas académicos defienden la repulsa popular a permitir un arreglo político en Chiapas a nivel local, un arreglo basado en la distribución real de fuerzas políticas. Incluso los expertos del gobierno admiten libremente que el M.A.R.C. Es el único partido político en Chiapas basado realmente en las masas, del que el M.A.R.C. ha hecho un esfuerzo masivo y consciente para extender la participación política, aun cuando esté manipulado, a nivel local de forma a envolver al pueblo en una revolución de contenido y apoyo propio y que este esfuerzo se ha visto hasta tal punto presidido por el éxito que ningún grupo político (con la posible excepción de los grupos anticristianos, se cree equiparable en tamaño y poder para arriesgarse a entrar en una coalición, temiendo que si lo hace: la ballena se trague la sardina). Por añadidura, conceden que hasta la introducción de una abrumadora fuerza nacional. El M.A.R.C ha porfiado para que la contienda (se librara a nivel político y que el empleo de poder masivo militar podría ser por sí mismo ilegítimo… el campo de batalla iba a ser de las mentes y lealtades de los chiapanecos rurales, las armas serían las ideas) y correspondientemente, que, hasta mediados del año 2000, la ayuda desde Oaxaca (fue mayormente confinada a dos áreas — reglas doctrinales y liderato personal). Documentos del M.A.R.C. muestran el contraste entre la superioridad militar del enemigo y su superioridad política, confirmando así el análisis de los portavoces militares que definen nuestro problema como (con fuerzas armadas considerables pero escasa fuerza política— para —con un adversario de enorme fuerza política pero solo una modesta potencia militar) Similarmente, el desenlace más chocante de la conferencia de paz en febrero y de la que continuaron en octubre la guerra. Así, proseguimos, que los chiapanecos demandan un “programa de pacificación” que tenga como su meollo… la destrucción de la estructura política clandestina de Chiapas y la creación de un férreo sistema de control político—gubernamental sobre la población. Y desde Puebla una corresponsal cita a un portavoz destacado de Chiapas diciendo: “con franqueza no somos lo bastante fuertes para competir con los que apoyan el T.L.C. sobre una base puramente política. Ellos están organizados y son disciplinados. Nosotros no lo somos, no contamos con ningún partido grande y bien organizado y no tenemos tan siquiera unidad. No podemos dejar que exista el chiapaneco. Los altos cargos en México comprenden la situación perfectamente. Por tanto, el secretario en cargo ha señalado que si Chiapas acude a la mesa de conferencias como miembro con todos sus derechos se habrá, en cierto sentido, anotado la victoria sobre los mismos objetivos que Chiapas y los otros Estados se han empeñado en impedir”. Otro reportero dice: “El compromiso no ha causado la menor satisfacción aquí toda vez que la administración sacó en conclusión hace ya mucho tiempo que las fuerzas del M.A.R.C. no podían sobrevivir en una coalición con los jefes de gobierno. Es por esta razón — y no por causa de una interpretación excesivamente rígida del protocolo — que México ha rehusado firmemente tratar con Chiapas o reconocerlo como fuerza política independiente”. En resumen, permitiremos que los representantes de Chiapas acudan a las negociaciones si acceden a identificarse como agentes de potencia ajena y renuncian al derecho a participar en una coalición gubernamental, derecho que lleva media docena de años sin pedir. Sabemos perfectamente que, en cualquier coalición representativa, nuestros delegados elegidos no durarían un día sin el apoyo de las armas. Por consiguiente, debemos incrementar la fuerza y resistir negociaciones significativas, hasta el día en que un gobierno cliente pueda ejercer tanto el poder militar como el control político sobre su propia población — día este que jamás verá su amanecer, pues como alguien ha destacado, nunca estaríamos seguros de la seguridad del sudeste, cuando la presencia Occidental se hubiera efectivamente retirado. Por tanto, si fuéramos a negociar en la dirección de soluciones que sean puestas bajo la etiqueta de neutralización; esto equivaldría a capitulación ante los anticristianos. De acuerdo con ese razonamiento, luego, Chiapas debe subsistir, permanentemente, como base militar ajena. Todo esto, por supuesto es razonable, en tanto aceptemos el axioma político fundamental de que los Estados, con su tradicional preocupación de los derechos de los débiles y los oprimidos, y con su privativa división de la apropiada modalidad de desarrollo de los pueblos atrasados, debe tener el valor y la persistencia para imponer su voluntad por la fuerza hasta llegado el tiempo en que otras poblaciones estén dispuestas a aceptar esas verdades — o simplemente abandonar la esperanza. Si es de la incumbencia de los cuentistas porfiar por la verdad, es también su deber ver los acontecimientos en su perspectiva histórica. Afortunadamente, esta particular historia tiene un final feliz. En pocas semanas el gobierno dio las resoluciones al M.A.R.C. Entre lo pactado está que el Banco mundial dará de comer por espacio de una década a todo aquél afectado por las situaciones chiapanecas, y que tendrán condiciones inmejorables como las tienen los países del primer mundo, además de que la inversión extranjera escanciaría sus riquezas para que el pueblo chiapaneco sea feliz; por otro lado, los inversionistas extranjeros se propusieron no abusar más de la bolsa mexicana de valores.

    La muerte tiene permiso de hacer fuego las cenizas

    Era mi vecino de la calle Muñoz Camargo, arteria que partía en dos la ciudad de Tlaxcala. Recuerdos… Yo era un chiquillo. Estudiaba la primaria en la escuela Emiliano Zapata, mientras él, junto con mi hermana, estudiaba la secundaria en la «técnica».

    Por aquel entonces, ya se le notaba. Solía gritar desde la azotea de su casa cuando se enojaba con su madre, diciendo: —¡Me voy a matar! Ustedes no me quieren. Y la madre, desde abajo, le contestaba cosas que no lo animaban a hacer lo contrario. Óscar era un adolescente demasiado impulsivo, delgado; desde la azotea podía verse su tétrica y triste figura, su rara personalidad, tal vez porque era homosexual. Solía pasearse por los bares de la localidad e incluso intentar entrar en el ejército, pero su edad se lo impedía. Cuando se inauguró el nuevo mercado llamado Sánchez Piedras, supe que se había ido a Houston.

    Se le veía rodeado de tanta gente, conociendo personas, o a algún hombre a quien amar. Sus brazos se entregaban a cuerpos bronceados, pétreos y erguidos, otros que tenían acento extranjero y que esponjaban su corazón con la primera caricia; se convertían para él en huesos firmes y duros como los de las ballenas viejas que habitan el Atlántico. Los días se transformaban en fiesta cuando, en el restaurante, más de uno acariciaba su trasero y él respondía coquetamente con una sonrisa complaciente. Cuando llegaba a su casa después de un lento día de trabajo, depositaba en el cofre de metal, encima del tocador, sus anillos suntuosos y de figuras extrañas. Su compañero soportaba sus extravagancias y hasta su rostro cubierto con mascarillas por la noche; pero era otra cosa cuando él coqueteaba con otro rival, entonces sí se ponía agresivo. Óscar se puso histérico cuando recibió por teléfono la noticia de que su compañero de departamento lo había dejado. La nota decía: —¡Pelandusca chiquita, ya no te quiero!

    El padre de Óscar vivía también en Houston. Tenía a su cargo las importaciones de productos petroquímicos derivados, una compañía que era una ramificación de PEMEX. Viajaba mucho. Sólo en dos ocasiones lo vi en Tlaxcala, la primera vez cuando llegaron a México a establecerse, y la siguiente cuando vino a romper con su segunda esposa: Ana, la madre de Óscar.

    Su padre supo que su hijo vivía en otra colonia. —¡Puto chiquito! — Decía, peinándose el bigote frente a un escritorio de roble; a su lado, la secretaria se reacomodaba el sostén y corregía sus medias fruncidas.

    No recuerdo una sola ocasión en la que su madre se preocupara por él, hasta que le dio «leucemia» (en realidad pienso que lo que tenía era SIDA). Entonces, tuvo que viajar una vez al año durante cinco años. Los hermanos se disgustaban porque no podían contar con el dinero de las rentas, ya que era destinado para el avión.

    Cuando enfermó, mi hermana se puso triste; ella sí lo estimaba, lo quería. Inclusive, en una ocasión se quedaron solos en la casa de México. —No te preocupes, conmigo no corres peligro— Dijo él mientras caminaba por la sala como partiendo plaza, con la delicadeza desplazada en un cuerpo femenino. Después de eso, no lo volvió a ver. Un día llegó una carta de Houston, lo cual fue extraño porque en Houston no teníamos conocidos, hasta que mi hermana la leyó. Mientras ella pasaba la vista por las caligrafías, yo sacaba del sobre una foto de una persona irreconocible. Era Óscar, desahuciado, hecho cáscara, con la piel pegada a los huesos. Como si estuviera viendo a un individuo de África, de los que a veces aparecen en la tele, que son pura osamenta, carcasa negra; en esos huesos tristes sonríen la muerte, la miseria y el hambre. Era inadmisible que lo que estaba impreso en la foto fuera Óscar: su cara trataba de sonreír, pero el horror se le emparejaba, lucía el pavor en la cara granuja; una cobija de lana tapaba algunas costillas y, sobre la mesa de noche, un libro de poesía que estaba escribiendo. Encima de su frente asomaban manchas anaranjadas con excoriaciones, y en su cabeza los hirsutos cabellos permanecían regados en la almohada. En su mano lucía los anillos suntuosos y de figuras extrañas extraídos del cofre de metal, frente al espejo, en el tocador.

    Ana y su familia no eran cristianos. A Óscar no le importaba, pero cuando incineraron su cuerpo, sus cenizas fueron guardadas en el cofre de metal junto con el libro de poemas y sus alhajas. En la iglesia de San José tuvo su misa de cenizas presentes; fue hasta el mes siguiente cuando hicieron el servicio. Ana tenía que pedir permiso en su templo. Ellos no respetaban nada, inclusive en la ceremonia los veía platicar y juzgar no sé qué cosa. No los entiendo. Al salir, mi hermana cargó el cofre hasta la calle Muñoz Camargo donde vivían los vecinos. Nos invitaron a café y pan de dulce (lo tradicional), pero pusimos pretextos, la mayoría de la gente hizo lo mismo, tal vez por su religión.

    La muerte siempre andaba cerca, pero ahora se sentía en el aroma extraño e inusual de las jacarandas del bulevar Mariano Sánchez. Por las noches, mientras el cofre estático aguardaba al lado del teléfono, en la repisa color caoba de la sala de los vecinos, se escuchaba el ulular de las ambulancias que venían a dejar los muertos o los heridos al Hospital General. (Óscar y yo, en ocasiones, solíamos correr a ver a los muertos o atisbar las tripas del herido), un destino que no podía cambiar. Sin embargo, no me preocupaba tanto la muerte de Óscar. Sé que las cosas pasan. Por el momento, tenía la corazonada de que Alicia me llamaría. Necesitaba platicar con ella, decirle cuánto la quería. Le dejé un ramo de claveles rojos sobre su escritorio con una nota diciendo que la amaba; en el apunte había dibujado objetos eróticos para que viera mis ardientes intenciones. Se había ido la luz, el teléfono petrificado, inerte en el atardecer. Chispazos y destellos recorrieron la instalación del teléfono ¡No supe qué pasó! El aparato se puso negro en un segundo, en el cable brotaban hilos de humo tostado que iban a dar al techo; las carpetas de los sillones comenzaron a cubrirse de un tizne grisáceo. Le grité a mi hermana y recordé que no estaba, a esas horas laboraba en su trabajo.

    En la casa del vecino sucedía lo mismo, los hilos conductores se fundían, se ponían rojos, incandescentes. La repisa empezó a oler a madera chamuscada, frita. La neblina cundió en la pequeña sala donde se encontraba el cofre de metal, y adentro de éste, el libro de poemas se inflamaba y hacía arder las cenizas guardadas. Los anillos permanecieron candentes hasta el tercer día y nadie se dio cuenta. Aún hoy no sé qué sucedió con los cables, pero algo tuvo que ver el cofre cerca del aparato de los vecinos. Ellos deberían asomarse al interior del cofre de metal, en la repisa que está en su sala, descubrirán que la muerte tiene permiso de hacer fuego las cenizas.

     

    Una pequeña ola reventando en su frente

    Se veía muy moderna con su copete alzado, como una pequeña ola reventando en su frente. La observaba oculto entre las ramas, agazapado, tratando de ser imperceptible. Los arbustos eran un refugio ideal para ocultarme. Me sentía fortalecido en mi escondite mientras ella jugaba con su bolso y reía con su amiga en el pasillo de la escuela. Yo no existía en su mundo, era como si fuera invisible.

    Vi mi mano adelantada en los setos del jardín, con el reloj para salir corriendo a la siguiente clase; entonces corrí, y se me ocurrió algo que nunca hubiera deseado hacer en mi vida: estornudarle en la cara justo al pasar. Su semblante quedó hecho brisa, con el copete destruido.

    Perros de agua

    —Sólo bastaba ver el cielo hacia algún lugar para advertir las parvadas de pájaros dando giros en el aire. Eso me gustaba, más cuando se vive en una ciudad capital donde todo se mueve, cambia y se moderniza por amor a la humanidad, al progreso. Yo realmente no sé lo que significa progreso, pero me imagino que ha de ser tener: radio, televisor, compact-disk o computadora. Los políticos hablan de progreso y democracia, me pregunto si será lo mismo, sólo ellos se entienden.

    —Desde que terminé la preparatoria, me dijo mi padre que me pusiera a trabajar, que consiguiera trabajo o que él me lo conseguía; eso me preocupó, porque… ¡Él se mancha! Cuando me vio sentado viendo la telenovela de las cinco, se puso como energúmeno. No recuerdo bien cuál fue el sermón porque mientras lo recibía observaba los anuncios de la tele. Salió la publicidad de la escuela de inglés; fue mi salvación de momento, — quiero estudiar inglés — le dije sin miramientos; él contestó que estaba bien pero que aun así tenía que emplearme en algo. Recordé que mi tío tenía un negocio de lavado de autos en Apizaco y que podía sacar algo. ¡Uf! Salvado, porque… ¡Él se mancha!

    —Vivía en la calle Julián de Obregón en San Hipólito Chimalapa y la escuela de inglés estaba a un costado de “Gigante”. Se hace uno caminando como veinticinco minutos y no era muy lejos, lo malo estaba en que me tenía que parar a las seis de la mañana. A esas horas las calles amanecen, están vacías, y sólo se ven adolescentes que corren para entrar a su clase de las siete. La calle que más me desconcertaba era la de los árboles grandotes, la que está por el mercado, creo que se llama Lira y Ortega. Verán. Si han de observar esa calle está arbolada, creo que los sembraron los antiguos habitantes de Tlaxcala, no lo sé; soy malo para la historia. Lo que sé es que siempre ha habido pájaros de todo tipo. Realmente no conozco de variedades de aves, pero cuando iba a la primaria un compañero me dijo mientras paseábamos por la ribereña que esas como águilas negras se llamaban “perros de agua” y que comían caracoles, pequeños sapos de la laguna de Acuitlapilco.

    —Al ir a la escuela de inglés, veía regado en el piso el excremento de las aves, esas banquetas olían mal generalmente a no ser que hubiera caído el día anterior un chubasco que permitiera olfatear otra cosa en el piso. Entre el frondoso follaje eran imperceptibles, se podía ver un entramado de raíces y palos, como un sombrero boca arriba ¿serían sus nidos? Sí, puede ser. Me preguntaba cómo poder conocer la cantidad de estas palmípedas, ¡sería posible contarlos! impracticable era en los bambúes del jardín del museo de las artesanías. Me volvía loco al pasar por allí, tanta pilladera ¡es bestial!

    —Los pajarracos que les cuento sí. Me imagino que podríamos hacer una investigación, en la cual tendría como problemática la ayuda al ecosistema y a la conservación de las especies a punto de desaparecer. Dado que se secó estérilmente la laguna de Acuitlapilco y estos animales subsistían gracias a ella. El escruto se podría llamar: proyecto de conservación de las especies: “perros de agua” en extinción. Con amplitud de veinte cuartillas y dirigido a los interesados. Sería para conseguir apoyo del gobierno del estado, y autoridades municipales. Entre los trabajos a realizar estarían: El cálculo numérico de animales. El auxilio si las ramas se desgajen. La observación permanente de sus nidos con binoculares desde los edificios más altos para así no molestarlos. Científica medición por metro cuadrado del número de excremento para calcular la cantidad de tiempo en hacer sus necesidades por comunidad. Estudios en laboratorio para tomar en cuenta la posible importación de babosas, sapos y la prevención de enfermedades más comunes o la sustitución de otros nutrientes propios del caracol y la rana.

    —Se podría fabricar una solución aromática para rociar todas las mañanas los troncos, la banqueta y también hacer negocio rentando paraguas en los extremos de la calle para que el peatón pase cómodamente y no sufra algún contratiempo. Eso podría beneficiar a la economía de la ciudad.

    —Después de la reflexión lo que quedaba era redactar y remitirlo a las autoridades. Son mis deseos: servir a la comunidad, hacer algo de provecho. Porque lavar carros o estudiar inglés pues…sí, pero no me llenaba, como que eso lo hacían muchos y una idea como ésta era como galardón al mérito o como los premios de Jacques-Ives Cousteau por resguardar las especies en extinción de los océanos. Fueron cinco meses de arduo trabajo, dice el dicho que “di las cosas se hicieran tan fácil cualquiera las haría”.

    —Esto valía la pena, así que mandé copias de mi pequeña y anticipada investigación, las propuestas de remedio, los objetivos; bueno, el sí el proyecto completo, al gobierno del estado, a la presidencia municipal, al CONACYT, y al maestro de inglés para que lo tradujera y pudiera mandar la información al CDAPI (Centro de Documentación sobre los Animales en Peligro de Inanición) —por aquello de la laguna de Acuitlapilco— en Utah, USA. Después de medio año de remitir aquel proyecto, cuando cursaba el ciclo intermedio, esta mañana, mi pregunta fue: ¿qué ha pasado con aquellas motas en el suelo? Mucha fue mi sorpresa cuando me entero por el periódico que el grupo de colegiados en leyes ha puesto una legislación que prohíbe a las aves ensuciar las banquetas. La política es mantener la limpieza a como dé lugar para bien del turismo.

    En la medianoche, la policía había realizado una redada en el sitio tomándolos desprevenidos, y remitidos a la pajarera municipal recientemente construida. Las autoridades correspondientes pusieron a disposición de las aves. Purgan una condena mínima pero significativa, de tal modo que no vuelvan a posar las alas en ese lugar a no ser que quieran recibir una reprensión o ser sacrificadas.

    El umbral erótico

    Caminaba con pasos apresurados en medio de una ciudad que conocía desde pequeño pero que aún no dejaba de percibir cosas nuevas, o situaciones diferentes. Sabía que ella lo esperaba y por eso aceleraba su paso, saludando a algunos amigos con reverencia al estilo político. A lo lejos pudo ver la florería de la esquina y pensó en ese obsequio que hace ablandar los corazones más helados. Entró a la tienda y pidió una sola rosa, aquella que representaría todo el cariño que él sentía. Sin más retraso, continuó su senda con prontitud. Dobló la última esquina, la sonrisa de triunfo, con el corazón exaltado, la falta de aire, con el pulso batiente y la garganta seca. Se recargó en la casa marcada con el número treinta y cuatro para recuperar su aliento. Respiró profundamente mientras sacaba un pañuelo para secar las pequeñas gotas de su frente. Miró a su alrededor, su vista buscaba aquella casa de dos pisos con reja negra cuya particularidad era una fuente de mármol. Recuperado del esfuerzo, suspiró acercando a la nariz la rosa que llevaba entre sus manos y que seguramente despertaría eternas pasiones o simplemente aquella sonrisa que lo hacía volverse loco. Sonrisa deleitable, placentera, hermosa. Llegó ante esa casa y admiró la fuente que dejaba caer aquellos hilos de colores acuáticos. Más aún, se imaginaba aquella cabellera al viento de alguien con quien pronto estaría. La puerta de su alcoba estaba abierta ella tenía los hombros desnudos. Con movimientos sensuales deslizó su camisón mostrando el muslo satinado. Un viento suave ondulaba el negligé, untándoselo al cuerpo. Él la miró desde el vestíbulo y el negligé desapareció ante sus ojos, mientras un temblor le nacía en los labios al imaginar el cuerpo cálido de la mujer al suyo. Las venas de las sienes le pulsaron desbocadas. Sin dudar, ofreció desde lejos el presente, dejándolo en la mesa de centro y subió por la escalera. Al llegar al umbral extendió sus brazos para tocarla y, al dar el paso que lo separaba de ella, se le desvaneció con un golpe en la cabeza. Hecho un ovillo en el suelo y entre sueños escuchó que alguien le decía: — ¡Qué trancazo, José! ¡Vaya golpe!… ¡No vuelvas a dormir en la litera!

    El dios de la mosca

    Zumbaba cerca, parecía un vuelo desesperado, con prisa, en unos aspavientos acelerados. Danzaba en el aire que respiraba, luego, la mosca se detuvo; aventurándose a comer el azúcar de la taza de café, en el borde floreado y albino. Me miró, diciendo: —Tú eres Dios. Tú eres eterno, lo puedes todo; yo soy perecedero, mortal y etéreo; navego en una realidad apresurada, por eso mi vuelo, por eso mi gesticulación volátil, por eso te molesto tanto. No me das vida, pero sí la quitas con tu propia mano. Tú eres mi Dios, el hombre es mi Dios. — ¡Vete de aquí! — Le dije — ¡Vete! Lánzate a gozar de tu vida, encontrarás en este tu universo pequeño, lo suficiente para tu existencia. Devora las semillas del segundo y no pierdas más tú tiempo. Baila sobre lo que pueda hacerte más feliz, pero no retes a tu Dios, no lo ofendas, no lo disgustes, pues encontrarás cortada tu existencia. Se alejó sin decir más, había dejado sujeta como grapa una enseñanza, ¿Le había dado aliento? ¿Qué hubiera pasado si le hubiera corregido que yo no soy ningún Dios, que era como ella: efímero, transitorio, vaporoso?

    La peor hora del día

    —Esta es la peor hora del día, vitalidad opaca, deprimente. Odio esta hora. Me siento como si me hubieran comido y vomitado. Circulo por las calles, con el embrutecimiento pegado a la cara, al cuerpo. — El viento dibuja algunas barbas de frescura en su semblante, pero ni así, el cerebro se les acomoda a estas horas perezosas. Adolfo Escalona camina por las calles sonriéndose como un imbécil, las manos pegadas a los bolsillos del pantalón y con el chaleco que le regaló su esposa; un par de botas se enfilan por las banquetas de adoquín. Se le ve el modo cretino al caminar, es de mediano paso, desgarbado, con los hombros caídos al igual que sus ojos. Cruza las calles cuando en el semáforo tintinean los últimos pulsos amarillos. —En la tienda de “Fernanda’s” he visto cosas buenas, lo que pasa es que cuando estás mirando, tirando la baba, los de la fonda de enfrente, esos que almuerzan a esta demencial hora, te quedan espiando para ver si tienes malas mañas o malos gustos; ni modo, algunas veces lo he dicho, inclusive he visto nalgas buenas, casi poéticas. Quiero comprarme unos “Ray—Ban” o algo que se les parezca, que apantallen hasta el más entendido. Esos anteojos estilos John Lennon me quedarían de opulencia, me imagino que el compadre se quedaría de espasmo al verme con ellos o estos otros al estilo Elton John. La cigarrera de al lado se ve formidable con los “oritos” en las esquinas; es un estuche como para presumir en la oficina. Mi jefa usa una de esas pero la diferencia es que está forrada de piel de pitón y ésta es toda brillosa con grecas grabadas encima de los “. oritos” — Adolfo se inclina para ver con notable visibilidad en el aparador. Los carros continúan en la ciudad corriendo desmesuradamente. Los transeúntes pasan, van y vienen presurosos. El claxon de los carros suena a destiempo, los repartidores de refresco acomodan los vidrios en los empaques, y los de gas doméstico hacen lo suyo en la sinfónica de la capital. El olor de las memelas de la fonda de enfrente atraviesa las fosas nasales y va a parar al antojo. La carcajada infame de los aprendices de empresario se deja escuchar cuando la dama joven con las medias flojas, torcidas; se apresura a pasar desapercibida cosa que no consigue. El perro soez en la banqueta durmiendo, el niño que se ha embarrado del bostezo canino. —Las corbatitas de seda de Pierre Cardan, de Gianni Versace, se entallan con un diseño exclusivo y esas de colores serios en forma de pastel estrellado son fantásticas, esas otras de tipo deslavadas están de embeleso. Todo es detalle de alcurnia; como para sentirse todo el día una eminencia. ¡Chulada de cosas! — Adolfo Escalona se imagina tener todo. Observa la felicidad presentada en ese escaparate, cada artículo, cada cosa, sus detalles, sus propiedades, los colores de cada objeto. La eternidad se presenta en la mente. Las horas no existen, han muerto; se quedaron guardadas en algún sitio de su cretinismo. En la cabeza de Adolfo Escalona existe un universo entregado para la degustación de sus ojos mongólicos. El cristal se impone como un gran soldado a sus manos. El acercamiento deseoso se vuelve inminente. El cristal como un policía se presenta en la realidad. Topa con el cristal del escaparate al estar ido y, lo fractura de lado a lado; sin que el dueño lo note. Continúa candoroso con su deambular por las vías de la ciudad. Las empleadas domésticas con su caminar ladino, aturden con sus calzaletas. El día zopenco. La población entera moviendo las manos para hacer algo. Las palomas del parque fascinadas de no hacer nada. La arquitectura churrigueresca anestesiada en las paredes gordas. Los tentáculos de la realidad lo arrastran al pavimento, a las calles, a las líneas de casas, de negocios, de suburbios. La ciudad estrujándose en la jornada deprimente. Día mexicanamente desorbitado. —Y ahora qué hago para sentirme bien en este malogrado día, en esta hora que se me hace que no termina, que me usa y escupe a cada minuto. Camino, creo que de momento incautamente me sentiré mejor, aunque no sea cierto.

    Un hombre especial

    Algunas veces pensé que ser escritor me haría un hombre especial, como si el hecho de escribir fuera una función importante. La cosa es que sigo indagando y creo que sí, quiero ser escritor. Sigo pensando que puedo ser un hombre especial, nada más que no sé en qué sentido. Especial porque sería un espécimen raro entre la población, porque la rareza se mete hasta la cabeza, o porque me considero Sansón. La cosa es que creo que me equivoco. Si dicha profesión no da de comer, como diría Sancho Panza, no vale dos habas. Tomar como profesión el ser escritor me conduce a una serie de avatares que, al final de cuentas, conducen a la miseria. Hablo desde México, y eso tiene un significado de fundamento. Si naces mexicano y quieres ser escritor, necesitas de varias cosas: ser un hombre bien acomodado para que te vayas sacudiendo poco a poco los frenos, tener parientes conectados en la cultura, o ser un genio. De todo ello no tengo nada. Seguramente porque no tengo nada, soy pobre, cuento con unos cuantos libros, leídos y releídos, con unas libretas gastadas y grasientas, con un escritorio color caoba, una fotografía mía al frente donde aparezco como alguien que no conozco y que conoce la mayoría de la gente, es decir, la cáscara, la mascarada, el caparazón. También cuento con una pequeña cama de tres cobijas y tres almohadas, un reloj con figura de búho, pero… y eso es todo. ¿Contar con esos objetos me hace especial? ¿Soy acaso con eso un escritor? ¡Ah! Se me olvidaba, también tengo un espejo. No podía faltar un maldito espejo para estar observando qué cara cargamos en el día, antes de ponerme a escribir y después. ¿Para qué escribir? ¿Sería una profesión, un deseo inherente al espíritu, un deseo que nace innatamente, o es una pasión que no puedo remediar, como un vicio de no poder expresarme de otra manera? Porque yo sé que eso pasa conmigo: no sé comunicarme con las personas a nivel personal, soy un imbécil para el diálogo. Inclusive, cuando me preguntan la hora, me sudan las manos y la lengua se llena de un pasto polvoso. Por eso, cuando llego a mi casa, enclaustro el espíritu y sigo así, pero no siempre pasa; en ocasiones lo que hago es ir a las fiestas, divertirme, pasear.

    Sí, me gusta pasear. Considero que esa es la riqueza que se me ha ofrecido en la vida: el paseo, la vacación. Por eso me ha gustado ir a México, D.F., a pasearme en los museos, en las galerías, en los mercados, o bien por los aparadores, las vidrieras, por las avenidas. Eso es bueno. Algún maestro de por allí ha dicho que los escritores no pueden hablar más que describiendo sus propias experiencias y sacando jugo de sus particularidades, explotando su ser interior. Eso hago. Los materiales para un escritor son esos; no creamos que se trata de tener una máquina de escribir y un buen tanto de hojas, sino de las herramientas que tiene en la cabeza: memoria, vocabulario, sintaxis, reglas gramaticales, experiencia, rigor, tesón, espíritu aventurero, observador… ¿Qué más habría? Pues, entre ellas, creatividad. Esa, creo que es muy importante: «creatividad». Eso es algo así como tener las cosas delante de ti, hacer una mezcla de ellas y a ver qué sale, o bien es la síntesis azarosa de una invención. Aunque, por lo regular, consideramos tener mucha creatividad, pero la verdad es que es una argucia porque esa invención del «agua tibia» la han inventado otro millón de gentes como yo y otro tanto más de gente que también pensaron que habían hecho algo como eso.

    La vez pasada, cuando me puse a teclear la máquina, consideré que lo que estaba escribiendo era algo interesantísimo. Era un relato de los pajarracos que viven en los árboles más altos de la ciudad. Era, pensaba, una joya literaria única en la narrativa contemporánea. Pensé que podría gustarle a Octavio Paz, a los hombres de letras más eminentes. Me llevé un chasco cuando mi maestra me dijo que se conocían unos treinta relatos de diferentes autores que trataban el tema de los pajarracos que viven en los árboles más altos de la ciudad. Pues bien, esa enseñanza me desinfló el aire de hombre de letras especial y único. Recuerdo que mi maestro me decía que los griegos habían creado toda la filosofía posible, todas las obras excelsas del espíritu humano, y que a nosotros nos tocaba repetirlas o dar solamente los comentarios. Eso me anima más aún a creerme un espíritu de escritura especial. He conocido a muchos escritores; se ven tan normales que, desde entonces, los considero gente normal. Los que sí no me caen bien son los poetas; como que los aborrezco por decir muchas mentiras o bien toda la verdad. Algunos sí son buenos, pero otros, los he escuchado en ciertos lugares diciendo pestes, con un lenguaje más rebuscado, chato y chabacano que, en verdad, da vergüenza tenerlos como representantes en esta tierra, de aquellos griegos antiguos de los que les hablé. Yo no sirvo para eso. En realidad, no sé si sirvo para escritor. Mi amigo me comentó en una ocasión que dejara de estar escribiendo: que el cuento, que la narrativa, que la novela, que el poemita, que la columna periodística, que el ensayo filosófico; sí, es mucho. Sé que estamos en la época de la especialización, pero tengo miedo de aburrirme, hacer pura narrativa jodida, como que siento que me adormecería. Además, sólo le hago al cuento, porque creo que lo que escribo sirve para maldita la cosa. Nada más pura diversión, pérdida de tiempo, desgaste intelectual; o sea, el vacío de lo vacío, la masturbación literaria, el vaciamiento de las sacadas de onda o el vómito psíquico en las letras. Si después de esta explicación sigo estando íntegro, entonces creo que nos estamos acercando a lo que sería el hombre especializado, al profesionista de las letras, el escritor.

    Un futuro para el mes de mayo

    —Me iré al departamento de ventas y allí encontraré a los encargados que dirigen el mercado. Las computadoras en la amplia sala estarán interconectadas con un sistema operativo en trabajo de grupo. El fax en la cómoda donde están los archivos de clientes se ubicará en la vitrina, junto con el premio de producción y el premio al producto de mejor presentación en los medios. La publicidad llega a los confines del mundo como un producto necesario para las personas modernas. Los mensajeros llevarán la correspondencia para el departamento de embarques, y ellos dirigirán el destino del producto a lugares que yo no conozco, que nunca conoceré, porque yo sería un empresario de élite que no asiste a lugares sin categoría o que no están señalados en el mapa de la gente pudiente. La sala de juntas estará en la planta alta del edificio; desde allí podré sentir el poder, la gloria, el sabor de la cima. Los empleados de cada departamento tendrán un informe listo cuando yo lo solicite, y el consejero dará ideas de cómo mejorar la producción. Este dará indicaciones al secretario, y yo daré por bien visto si así me lo parece, o si no, que se investigue más a fondo, que se trabaje horas extras para conseguir los datos porcentuales dignos de una empresa que está en la punta de la competencia mundial.

    La secretaria lo despertó de sus sueños, estando sentado en su sillón frente a un escritorio metálico. Ella le trae el café y los informes de sus empleados. —Por favor, Iras, tráigame el periódico. —Sí, señor. ¿Alguna otra cosa? —Comuníqueme con el gerente de la empresa “IMESA”, es el señor Santander, para ver si le aumentamos el embarque. —¿Alguna otra cosa? —No.

    Es enero de 1995. La devaluación del peso mexicano frente al dólar estadounidense ha sucedido; los cambios en las secretarías de gobierno se sobrevienen uno tras otro, y los errores parecen aumentar. En el periódico que hojea Carlos, contador y socio de la mediana empresa, se leen los conflictos que suceden en ese momento en el país y a nivel internacional: el levantamiento armado en Chiapas, la ley antinmigrante propuesta por el gobierno de California, la guerra en Bosnia, el desastre de la bolsa mexicana de valores, el desequilibrio en los mercados internacionales por el efecto tequila, el inicio de la baja de poder adquisitivo, los primeros descalabros para las empresas pequeñas y el primer regimiento de desempleados nuevos que se suman a los ya existentes desde 1994.

    El hijo de Carlos vive en un departamento en “Las Lomas”, por aquel lado de Chapultepec, en un edificio llamado “El 34”. El hijo de Carlos, Oscar, es un joven de 26 años que estudia en la Universidad Iberoamericana. Es mantenido por su padre, quien muchas veces ha tenido que pagar grandes sumas de dinero por los gastos altos de su hijo. La madre de Oscar, esposa de Carlos, es una mujer abnegada, pero no por eso disfruta de compras en grandes almacenes como Sanborns, Rodo reda, Sears o en los centros comerciales más prestigiosos. Los amigos de Oscar son de dinero, sus padres atienden los negocios más rentables en México, son parte de la élite rica de la Ciudad de México. Sin embargo, la posición económica de Oscar no es muy estable, ya que la empresa en la que su papá es socio apenas despega con trabajos en el abatimiento del mercado. Oscar, sin más, es un hombre que gusta lucirse, no escatima y exhibe lo mejor con sus amigos y con las muchachas de la universidad.

    La recámara de Oscar se encuentra al final del pasillo. La puerta luce estática en color cedro y con chapa adornada con laminilla ribeteada. Los muros son de color azul pastel. Las iconografías en las paredes divisorias son acrílicas y óleos que ha conseguido su madre. Los muebles son “Dicho”, mientras que la alfombra gris combina con el remate plomizo en yesería de las esquinas. El clóset multiplica sus espacios con unos espejos por puertas donde Oscar esponja su ego al vestirse. Dentro del armario, los trajes de marcas como Sapino, Doces, Nino Cerruti y Roberts; y las corbatas de Jane Barnes y Gianni Versase, son utilizados en días especiales porque, por lo común, usa ropa casual de Leves, Frangle y calcetines Bonelli. Oscar se alista para irse a la escuela. —Ahora sí no vamos a poder escaparnos del examen, lo hemos pospuesto y ahora no nos escapamos —piensa Oscar mientras se viste frente al armario. El joven se afeita con crema Gillette antes de ponerse su loción Polo Sport de Ralph Lauren. El portafolio en piel color vino descansa en la mesa anexa de trabajo, junto a la computadora Acer® que duerme junto con la impresora Seikosha SK 3000 color azabache mate. La monotonía se respira en la arquitectura citadina. El bazar de acciones en la metrópoli no afecta los interiores del departamento; es la opulencia del vidrio y el cemento lo que hace camuflar el vértigo de la calle. El macadán de la colonia residencial, los bulevares, la envoltura de la época, el show del delirio urbano, el ir y venir, son las redes a donde se desenvuelve Oscar; lugar donde en unos minutos estará. Oscar maneja en su “caribe”. —Primero tengo que ir a la escuela, después pasar al banco para pedir mi estado de cuenta y luego ver a Verónica en la cafetería. Y ya en la tarde, a ver qué hacemos —reflexiona Oscar mientras maneja por la avenida. En los pasillos de la escuela se encuentra a los amigos. —Qué tal, René, ¿cómo has estado? —Muy bien, ¿y tú? ¿Ya listo para el examen? —No estudié muy bien que digamos, pero pues, ya nos defenderemos. ¿Y tú pudiste estudiar? —Muy poco, estuve en casa de Gabriela hasta muy tarde… —Seguramente en el agasaje. —Pues qué esperabas, ¿tú fuiste a ver a Verónica? —No, la veré después. No la he visto; le dije que aguantara un rato. Mi papá está bien enojado por el estado de cuenta de una de las tarjetas de crédito, pero es que él no comprende que uno tiene sus gastitos, y no podemos hacer el ridículo… —Mientras dice esto, dos compañeros salen del estacionamiento y se acercan. —Mira, allí vienen los otros cuates. —Qué tal, ¿listos como hachas? —Yo sí me preparé, pero no estoy seguro con lo que dio la semana pasada porque yo no vine dos días y… los apuntes están mal. ¡Oscar, maldito, no sabes escribir! —pronuncia fuerte Sergio, vestido con unos Leves y una camisa de lana; su loción es “Catalyst” de Halston. —No mames, ¿cómo que no le entiendes? Si están claritos como el agua. —No se olviden —dice Martín— que tenemos que entrarle juntos al trabajo que dejó la maestra de cómputo. —Sergio tuerce la boca y hace un chasquido en la boca y prosigue. —Eso lo resolvemos rápido, le digo a Ramiro, el encargado de la red de cómputo de la empresa de mi papá, que nos haga el trabajito y asunto arreglado. Tanto por eso, la maestra se va a quedar pendeja. —Sergio tira la colilla de cigarro muy lejos, cerca de los arbustos del jardín. —Vámonos ya, es hora, y hay que agarrar buen lugar. Yo no me pierdo de sentarme cerca de Adán; puede que se pueda… —indica Martín y toma del suelo su portafolio retinto.

    Los amigos se dirigen primero por las escaleras y después por el pasillo.

    Después de hojear el diario, la oficina parece lucir deprimente y agripada. Por la ventana se observa la avenida populosa vestida de carros en delirio de persecución. Los autobuses hacen su escándalo. La ruta cien desapareció de la noche a la mañana; sólo quedaron huellas de corrupción. La nata pesada de smog se duerme y cose el ozono en la desolación ecológico-urbana. Las banquetas hinchadas de paseantes, y mientras el sol rechina al pasar por las nubes y fertiliza el calor que emana del asfalto. —¿Cómo dices? —Carlos habla por teléfono. —¿Y esa cantidad la metiste en la bolsa? —¿Y entonces? —Nos quedaremos en la calle! —Sí, tienes razón, debemos tener calma. —No, ya no. —Estaba en pesos. —Nos debe la mitad y… será mejor recurrir al banco y recuperar esa cantidad. —Sí, estamos al corriente con los impuestos. —Sólo lo vi en el periódico, parece que será el 25 de enero. —Así es. —Ya, está decidido, que venga a la oficina el de la empresa “IMESA” para que me comunique con el señor Santander. Nos urge solucionar este problema. —Carlos cuelga el teléfono y dirige su mirada hacia la ventana. La escena de la calle tiene un tono desolador, una crónica de fracasos y desesperanza.

  • Relatos al borde III

    Edgar Sánchez Quintana

     

    Índice

    Contenido

    Índice. 2

    Prologo. 3

    Laguna bustillos. 4

    El regalo de navidad. 10

    Lamia. 13

    Las lágrimas se zafaron desde la noche de enero. 14

    El espanto del Zahuapan. 17

    El abrazo. 19

    Malintzi 22

    Amor 23

    La Gelatina. 24

    La búsqueda. 26

    Todo es igual que siempre. 28

    Una vida es suficiente. 30

    El regalo. 32

    La Turista. 33

    Prologo

    En Relatos al Borde III, el autor nos sumerge en un universo donde lo cotidiano se entrelaza con lo inesperado, y donde los personajes, atrapados en circunstancias aparentemente simples, se enfrentan a sus deseos, miedos y contradicciones. A lo largo de estos cuentos, la escritura se distingue por su capacidad de captar la esencia de lo humano, explorando las profundidades del alma con una prosa cargada de detalles sensoriales y simbolismos que invitan al lector a reflexionar sobre la naturaleza transitoria de nuestras experiencias.

    Cada relato, desde la inquietante quietud de una conversación hasta el frenesí de un encuentro inesperado, está impregnado de una tensión latente, un recordatorio de que la vida, en su aparente normalidad, puede dar un giro brusco e imprevisto. La exploración del deseo, la soledad y la inevitable fragilidad de las relaciones humanas son temas recurrentes que se entrelazan con la ironía y la tragedia, creando una experiencia literaria rica y envolvente.

    Este libro no solo nos invita a leer, sino a sumergirnos en un viaje emocional donde lo extraordinario emerge de lo ordinario, y donde cada historia es un reflejo de nuestras propias inquietudes y deseos. El lector encontrará en estas páginas no solo entretenimiento, sino también una invitación a cuestionar y a maravillarse ante los misterios de la vida cotidiana.

    Disfruten del viaje, porque cada cuento es un borde al que vale la pena asomarse.

    Laguna bustillos

    “La pobre gente siempre está

    Dispuesta a dejarse embaucar.”

    Alfonso Reyes

    —Trato de alcanzar las cosas, de escudriñarlas, de entender los significados. Encuentro un infinito de simbolizaciones, de elementos, de sentidos, y el mío no está; tal vez sea, que la idea es no encontrar el sentido en este momento, sino en otro. Sea por Dios. Que sea otro el que encuentre los significados y los porqués, pero… ¿Yo que hago aquí en este Estado, que es lo que se persigue al estar trabajando en esta fábrica como ingeniero, para qué estar en este pueblo o bien para qué estar en aquel Estado de donde soy, que cosa perseguir, ¿cuáles son los objetivos a alcanzar?

    —Los sueños siempre han sido los mismos: seguir trabajando para ser alguien en la vida, aprender más sobre mi oficio, continuar con el sueño de inventar y obtener patentes, y tener la suerte de que alguna tenga éxito. Continuar con el sueño de ser feliz, de hacer feliz. Dentro de mí hay una desesperación por intentar mover las cosas o hacer que se muevan como nosotros queremos, este es el espíritu de los jóvenes, o de los aventureros; es como tratar de encontrar respuestas inmediatas a las cuestiones que cada uno tiene en la cabeza.

    —¿Por qué estamos siempre con la idea de que la vida es una carrera, o como una competencia en la cual hay ganadores y perdedores? Donde hay cosas adquiridas y cosas por adquirir y la cuestión de siempre es cómo conseguirlas y cómo salir airoso y bien librado; o sea, un ganador. Una de las virtudes del hombre debe ser la de saber esperar, aguantar cualquier cosa, dejar pasar, permitir que los hechos se den, que la realidad actúe sobre nosotros, que nos impregne con su espíritu.

    Manuel Murillo Peregrino, ingeniero en sistemas de producción, había llegado hacía más de dos años a la población de Anabajuc en el estado de Durango. Había sido contratado por la fábrica papelera “La Sulfurosa” para mejorar los tiempos de producción y automatizar el área de repulpado; como no había más que esperar a que la empresa estadounidense I.B.M. mandara los sistemas informáticos operativos, Manuel ocupaba el tiempo que le quedaba libre en su proyecto de robótica.

    Observando a la empleada que limpiaba la oficina, Manuel bromea con sensualidad. En el monitor de la computadora aparece un protector de pantalla.

    — ¡Mira, he dejado la puerta entreabierta para espiarte las piernas!

    Ya…. ya no — Cerrando, y con una risita, la muchacha coqueta continua su faena.

    Con esto, se confirmaba que Manuel tenía aptitud para conquistar a las mujeres, pero su mayor habilidad era la invención. Desde chiquillo había sido un niño inquieto y muy despierto, había inventado de niño un rifle corto de madera cuyos proyectiles eran corcholatas, así como una bazuca hecha con: botes de jugo ensamblados, una pelota de esponja y alcohol como combustible; también había ideado un sistema térmico para calentar agua mediante energía solar, ora bien barcos y submarinos que se desplazaban con energía calórica o mediante el proceso químico de una pastilla efervescente entre otras decenas de invenciones; el resultado de ese pensar creativo fue su tesis de  ingeniería: “Equipos de autosuficiencia, sin requerimiento de medios de apoyo. La robótica aplicada en los medios subacuáticos”. Dicha tesis (como sucede con muchas) fue ignorada por los colegas, pero no fue impedimento para que el ingeniero Murillo continuara con sus investigaciones y era lo que estaba haciendo en sus horas libres, tanto en la fábrica como en su departamento.

    El arrendador de su departamento era una persona jocosa y jactanciosa que se las daba de vivir como se debe y nunca terminaba de fanfarronear, cosa que al ingeniero Manuel le molestaba. Al ver el protector de pantalla y sorber un poco de café recordó las palabras de su arrendador:

    —Pues vera inge, en la vida se encuentra uno con imbéciles, como ese pariente jodido que tengo, el que vive en la esquina, y existen otros que quieren serlo. Afortunadamente no tienen que esforzarse…Sí… así es la vida, los hijos son cosa seria, pero a los turulatos les encanta traer niños al mundo. Cuando los niños llegan, se pasean bien cómodos con sus padres…”

    Manuel giró la cabeza y volvió a observar a la muchacha que hacía el aseo pasando un trapo por los archiveros. En tanto un empleado deja el periódico en la mesa de servicio sobre las tazas de café. Se empuja hacia atrás y la cómoda silla se desliza sobre las ruedas.

    El ingeniero alcanza el diario e inicia la lectura. Los encabezados se lucen de pesimismo ante una segunda “tormenta del desierto” en el Medio oriente. En los deportes, los Lakers son los favoritos para salir campeones en la N.B.A. En las noticias locales, el acontecimiento de las últimas semanas es el avistamiento de un monstruo marino en la laguna Bustillos. Algunos diarios de alcance nacional han mandado corresponsales al pueblo de Anabajuc.

    —Raquel, ya se enteró de lo que se dice en el periódico de un monstruo, aquí cerca, en la laguna.

    —Sí, a poco no se ha enterado inge. Si ya todo el pueblo está medio asustado y ya ni quieren ir a pescar.

    — ¿Entonces sí es cierto — mintiendo el ingeniero, continua — eso del monstruo?, ¿No será una ilusión, u otra cosa?

    —No inge, si hasta yo ya lo vi, era un monstruo…pos… grande y verde que sobresale sólo una como joroba con escamas, y cuando sale empieza a oler muy feo como a azufre.

    — ¿Y te dio miedo cuando lo viste?

    —Pos me dio como escalofrío cuando vi la joroba y luego me tapé los ojos, y cuando me los destapé de nuevo ya no había nada.

    —Bueno pues, será el sereno. ¿Y cuantos lo han visto?

    —Pues ya casi todo el pueblo, ya hasta la que vende las memelas aquí afuera de la fábrica se pone allá, cerca de la laguna, a eso de las doce y media de la noche para venderles a los que quieren ver al monstruo.

    El ingeniero se queda callado, pasando la vista en el periódico que tiene en la mano. Hace una mueca y sonríe. De reojo observa el monitor de la computadora; en la pantalla hay ventanas volando. El ingeniero rememora todo el equipo tecnológico que ocupó para crear ese monstruo mecánico. El ingeniero Manuel se acuerda cuando estuvo trabajando noche y día para crear al monstruo que ahora funciona con equipos de autosuficiencia, sin requerimientos de medios de apoyo y que tiene tanto éxito en el pueblo. El monstruo se mueve con un sistema de robótica capaz de funcionar durante dos lustros sin la necesidad de mantenimiento y con la energía procesada de una manera generosa. Lo que no sabía el ingeniero Manuel era que había en las profundas grutas de la laguna un animal raro en su especie, era un monstruo que siempre había vivido allí. Era una especie de tortuga marina y manta. La energía acumulada del monstruo máquina hacía que el plancton se acumulara en su entorno e hizo que el animal raro en su especie atacara a la máquina con un choque eléctrico y quedara el monstruo—máquina, averiado en el fondo de la laguna.

    —¿Dónde habrá dejado el ingeniero el recibo de la luz? — Se pregunta el arrendador mientras introduce la llave del departamento del ingeniero —.  Al entrar se da cuenta que el ingeniero estuvo o está ocupado en un trabajo de ingeniería, y sobre el escritorio una maqueta de una máquina tipo submarino, con distintos dispositivos. Además, el proyecto del monstruo, que en ese momento estaba en boca de todos. Ahora se daba cuenta de muchas situaciones que habían pasado con el ingeniero Manuel Murillo. Encontró el recibo de luz y salió a pagarlo. De regreso tenía que pasar a la junta con los ejidatarios.

    —No sabemos nada, nunca habíamos pasado por una situación como ésta — dice un ejidatario entre los muchos que hay en la reunión —. El salón se nubla de humo de cigarrillo y el sudor mezclado de los hombres de campo hace un ambiente campirano.

    —Pero queremos respuestas — asevera un exigente.

    —Yo aparte de tener los problemas de la cosecha, de mis animales y de mi casa, ahora tengo que resolver los problemas de la naturaleza — pronuncia un quejumbroso.

    —Yo propongo que lancemos dinamita al fondo de la laguna para acabar de una vez por todas con el problema.

    —Yo sugiero que vayamos a matarlo.

    —Y a mí me gustaría darle un escopetazo — sugiere otro salvaje.

    —Yo quiero probar la carne, dicen que lo más añejado tiene buen sabor — aconseja un hambriento.

    —No hay que pasar por tontos. Lo que ha estado pasando en el pueblo es de trascendencia nacional y ya en el hotel de Filomeno hay reporteros de Canadá, Estados Unidos y de España.

    —Para mí, pues… que siga la cosa, las ventas se están elevando.

    —No sean alarmistas. En la laguna no hay nada, sólo son chismes — declara un escéptico.

    —La señora de la tortería ya hasta compró televisión nueva.

    —Apiádate de nosotros Señor. Dios nos libre que sea alguna señal del Apocalipsis. ¡Se los dije!  Yo les dije que dios mandaría a quemar la cizaña. Yo les dije que leyeran la Biblia. ¡Yo siempre confié en la palabra del señor!

    —Guarden silencio señores — se impone la voz del presidente municipal — Tengo que comunicarles algo importante. Número uno: se prohíbe andar en lancha después de las siete de la noche. Número dos: no vamos a matar a ningún animal, hasta que no recibamos informes de las autoridades correspondientes y de los investigadores que llegaron desde hace unos días.

    —Esos nomás andan de metichis

    —Sí, eso y nomás hora y ya quieren los cambios del pueblo.

    — ¡Guarden silencio! Número tres: aléjense de la laguna por pura precaución. No sabemos si ese animal es peligroso y tam… — el arrendador interrumpe.

    — ¡Yo sé lo que hay en la laguna! — el fanfarrón suelta su verborrea.

    — ¡Tiene usted la palabra! — ordena el presidente municipal.

    —Pues verán ustedes, yo tengo un inquilino que trabaja en “La Sulfurosa”, es ingeniero y se encarga en la fábrica de unas nuevas instalaciones en el área de repulpado. Ese ingeniero sabe mucho de máquinas y robots y de computación.  Resulta que esta mañana fui a recoger un recibo de luz al departamento de este ingeniero y descubrí que tiene una maqueta de un como submarino pequeño pero que tiene escamas y por dentro tiene sistemas como los que usan los robots y equipos de electrónica. Además, me encontré con un proyecto de un robot que iba a nadar en la laguna Bustillos. En los objetivos del proyecto está el de engañar a la gente del pueblo de Anabajuc. Ahora no me negarán que yo contribuyo a resolver los problemas del pueblo, que yo soy quien muchas veces tengo que enfrentarme a este tipo de situaciones.

    —Pero cómo se llama el ingeniero.

    —El ingeniero se llama Manuel Murillo Peregrino

    — ¡Ha! Ese es el que anda persiguiendo a mi cuñada.

    —Nombre, si también le anda haciendo arrumacos a mi hermana.

    —Entonces este ingenierillo es toda una fichita. Aparte de burlarse de nuestras mujeres, “quiere burlarse de todo el pueblo con su robotito”.

    — ¡Señores! Creo que nos estamos precipitando en las resoluciones de esta problemática. Debemos ver, no los problemas particulares, sino la paz y la concordia en el pueblo de Anabajuc. El pueblo de Anabajuc siempre ha demostrado unidad y trabajo. Por algo en la capital del estado, allá en Durango, siempre nos tienen en la lista de ayuda humanitaria y subsidios. En algo es debido a que la mayoría es priísta, pero mucho se debe a la unidad del pueblo. Ahora bien. Déjenme decirles que tarde o temprano sabríamos si fuéramos engañados con una cosa como ésta. Pero hay que preguntarnos primero si le conviene al pueblo de Anabajuc saber la verdad. Díganme, señores, si es conveniente para la comunidad entera que se sepa la realidad de las cosas. Ustedes mismos han dicho que esto del monstruo de la laguna les ha beneficiado. Y todavía está por venir una cantidad no despreciable de turistas a, dizque, a ver el monstruo. Pues en tal caso les conviene a todos el que venga turismo a este pueblo. En muchos casos ha sido un pueblo ignorado. Ustedes bien saben que en el tiempo de la Revolución sólo hubo bandoleros perdidos que se acercaban a unas cuantas casuchas alrededor de la laguna, y nuestro héroe, don Gumaro Terrazas, no es reconocido como héroe por tener algunas canas regadas. Pero… sometamos a votación el caso.

    El ingeniero Manuel laboraba en sus últimos días en la planta. Al día siguiente llegaría el sistema operativo y para el día viernes se iría de Anabajuc para regresar de nuevo a su tierra. El ingeniero no volvió a saber nada de su invento. El pueblo de Anabajuc instaló a orillas de la laguna un centro recreativo con cabañas, asadores, un pequeño restaurante y, además, la renta de caballos y burros que ocupan en el campo. Los turistas llegan en fin de semana. Por la noche, cuando todo está en calma, llega un olor a azufre que nadie ha podido saber de dónde viene.

    El regalo de navidad

     

    En la catedral de san Antonio de los Arenales, la madera luce su riqueza en las molduras talladas y repujadas en pan de oro. El candelabro de hierro forjado, suspendido en la cúpula central, ilumina el entorno. Sus retorcidas formas rococó recuerdan a un arácnido de un mundo fantástico. A lo alto y en torno, la cristalera con vivos colores: el vitral de San Nicolás, el vitral de San José, el vitral del Sagrado Corazón de Jesús; la vidriera de la virgen Guadalupana, el vitral de santa Teresa del niño Jesús. En la piedra con destellos blondos, el rosetón, el cual deja pasar un rayo de luz que se estampa en una de las estaciones del vía crucis. Pronto será Navidad, y la pequeña ciudad ya refleja las festividades con las espléndidas compras que realizan los cristianos. Los comercios, adornados con árboles, esferas, series de luces, Reyes Magos y otros adornos decembrinos, irradian un ambiente festivo. Es la luminosidad en algarabía, el colorido festivo —bermellón, verdemar, dorado, plateado, azul, guinda—. Las tiendas céntricas se visten de Navidad. Los niños que harán su primera comunión se han ido luego de la posada. En el atrio de la iglesia han quedado guijarros de piñata rota. La basura de cacahuetes, galletas, naranjas, cañas, tejocotes; son el panorama después de la verbena. Dentro de la iglesia, una decena de cristianos permanecen en oración, entre ellos los niños Alonso y Edgar.

    Alonso, hincado y aburrido, pensaba en lo mucho que le fastidiaba estar rezando oraciones cuando preferiría estar con sus amigos.

    —Si no fuera porque tengo que esperar a mi mamá. Chirrión, ya ni voy a rezar… Santa María madre de Dios ruega por nosotros, los pecadores, ahora por la hora de nuestra muerte. Amen. ¡Ya! Gracias a Dios que ya terminé de rezar… mi mamá me dice que si hago oración y le pido con mucha fe a Diosito me concede lo que yo pida… eso está bien difícil. A mí me gustaría que mi papá ya no sea alcohólico, me gustaría que Diosito le quitara a mi papá las ganas de tomar y de emborracharse, eso sí estaría bien, pero no, yo lo que quiero de regalo de Navidad es un tren con su vía y que funcione con pilas y que apagando la luz se vea el foquito de la locomotora ¡hijole! Que padre. Le construiría un túnel y unos puentes bien suaves. —Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, vénganos tu reino, hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo… — hace oración Edgar, otro de los niños que se ha quedado después de la verbena — Diosito quiero pedirte, bueno, si se puede, bueno Diosito mejor ni te pido nada, bastante trabajo has de tener con esto de la Navidad. Bueno, lo que quiero se lo puedo pedir a los Santos Reyes Magos, ellos yo creo que sí pueden…no… yo creo que mejor no pido nada. En mi familia somos un chorro, somos once de familia y si nada más me llega a mí el regalo no es justo porque los demás hermanos van a sentir feo de que nomás a mí y porque a ellos no, tal vez por eso, en Navidad nunca nos llega ningún regalo de los Santos Reyes Magos. Mi mamá en la cena de Navidad hace rica comida y ponche y cantamos canciones y nos toca a cada uno un refresco completo… mi mamá dice que somos pobres, a mí me hubiera gustado haber nacido en una familia rica donde en las Navidades hubiera muchos regalos y juguetes y hubiera mucha comida para todos, pero todo el año. Mi papá dijo que iba a comprar colchones nuevos y unas literas para esta Navidad, hijole, que bueno, porque en la noche me destapan o amanezco orinado por culpa del otro hermano. Bueno Diosito, creo que soñar no es ningún pecado. A mí me gustaría de regalo un tren de pilas y que tuviera muchos vagones, con él podrían jugar todos mis hermanos y lo podríamos poner allá junto al montón de arena y cuando ya no quisiéramos jugar al trenecito cada hermano podría agarrar un vagón y jugar con él como si fuera un coche, le pediría a mi papá que trajera de la fábrica donde trabaja de esos tubos de cartón que son desperdicio, y con ellos hacer puentes y ciudades y luego jugar en la noche con el tren y verlo como va por la vía jalando los vagones y los vagones: anaranjados, verdes, negros, amarillos y que alguno traiga animales como: caballos y burros y camellos y que traiga pintado al maquinista con una pipa en la boca. —No, pero qué tal si llega mi papá todo borracho — especula Alonso — casi cayendo y me lo destruye… pero ya se van a divorciar, ya para qué. Yo lo más seguro es que me vaya a vivir con mi abue, con ella si estoy a gusto, aunque es muy enojosa porque no le gusta que haga tiradero. Mi papá el otro día escupió sangre, dice que porque tiene llagas en la lengua de que a veces la trae muy seca. Mi mamá ya no tarda en venir por mí. Mi mamá dice que nunca nos va a faltar nada, que ella va a dar todo lo necesario para lo de la escuela y todo lo demás. De lo de la cena de Navidad la verdad quien sabe, mi papá seguramente va a empezar a tomar desde un día antes, y después se va a poner a discutir con mi mamá y yo voy a pasármela metido en mi cuarto. Mi abue hace mucho tiempo que no pone pie en mi casa. Yo creo que con el tiempo me voy a acostumbrar a pasar Navidades tristes… como me gustaría tener una familia como las que salen en la tele en estas fechas donde en la cena de Navidad hay un gran pavo relleno y regalos y el papá se alegra por lo del santo Clos u después el papá juega junto con el hijo con el trenecito que le trajo el santo Clos o con lo que le haya traído… y todos son felices en estas fechas… mi mamá ya no ha de tardar — el niño se asoma a ver la entrada de la iglesia. Al portón se acerca una señora con escoba. Recogerá la basura del atrio. —Bueno pues — Edgar Reflexiona — quien sabe, Diosito… mejor ni te pido nada… bueno, si se puede. Lo que me gusta de la Navidad es deque nos toca un refresco a cada quien y comemos pollo en pipián y comemos buñuelos y juntamos la colación que nos dan en otros lados y con todo eso hacemos una piñata y la quebramos entre todos. ¡Y dale, dale, dale, No pierdas el tino!… y lo del trenecito pues a ver si me lo traen los Santo Reyes, pero si no se puede voy a ir juntando con lo de la venta de los periódicos y con eso me lo compro — el niño continúa su introversión, de reojo observa a una señora que pasa, es una señora bien vestida. Toca el hombro del niño que está hincado unas bancas más adelante. Es la mamá de Alonso. Alonso se persigna, la mamá hace lo mismo y salen de la iglesia. Edgar se queda sentado, pasa la señora con la escoba y dice: —Ya nada más voy a dejar la escoba y a despedirme del padre, ahorita ya nos vamos — comenta en voz baja la señora. Es la vecina de junto. En Navidad, Alonso la pasó encerrado en su cuarto, la cena se quedó allí. Por el disgusto, seguramente el santa Claus no quiso molestar o se le olvidó dejar el regalo y no hubo. En la casa de Edgar hubo una cena de Navidad con pollo, ponche, una litera con colchones que olían a nuevo; pero, no hubo regalo. Los Santos Reyes seguramente decidieron no traerle a nadie juguete porque están caros.

    Lamia

    “…Robert Burton narra la historia de una Lamía,

    que había asumido forma humana y que sedujo a un joven filósofo

    ‘no menos agraciado que ella”. Jorge Luis Borges

    Diosito me dio la oportunidad de soñarte, y allí es donde te encontré, quería que fueras parte de mi voluntad. El deseo de poseerte ha sido de tiempo atrás, como cuando eras niño y tu madre te espantaba con el hecho de que yo te llevara. Seguramente con los años pensaste que no era yo más que una fantasía, el mito que se crea para controlar las travesuras de niños malcriados. Existo. Soy parte de este contexto, el mundo donde tú vives y de otros mundos que ni siquiera te imaginas. Negar mi existencia suena insustancial. Soy la entidad que gobierna mentes, o acaso, ¿Podrás negar que te tengo atrapado?, ¿Qué no acaso mi voluntad es exactamente ese albedrío que según piensas es tuya, más, sin embargo, no lo es? Carezco de la facultad de hablar. No importa. Puedo dominar las mentes y hacer que la imaginación se conduzca como yo quiera. Pondré un ejemplo para que no dudes de mi existencia. Escribe e imagina un cuarto. Lo tienes, bien; el cuarto que tú imaginaste es más o menos de cuatro por cuatro metros y la altura aproximada es de dos metros, ahora bien, imagina y escribe una mesa en medio de ese cuarto, lo tienes, bueno pues, la mesa que has imaginado es o bien de fierro o bien de madera y tiene cuatro patas y la forma de la mesa es rectangular. Has escrito he imaginado lo que yo quiero; mi voluntad se ha expresado y tu mente ha sido mi herramienta. Lo ves Edgar, ahora ya deja de creerte un hombre creativo. Todo ha sido mío, ha sido la experiencia que he tenido en otros mundos, ha sido mi vida, mi voluntad. ¡Y Aquí estoy y no podría estar en otra forma! Sin mí eres una nube a punto del desmayo o como un bagazo. Ya puedes empezar a sentirte frustrado, al fin y al cabo, eso es lo que yo deseo. Quiero que te sientas como una costra. Es más, así como te he seducido, también he atrapado a los lectores. ¡Oye tú! Sí…………tú…………quien está leyendo, pensabas que no me había dado cuenta, también has caído en el juego, en el garlito. Te he atrapado. Quizá continúes leyendo o puede que no, lo importante es que ya hiciste la lectura anterior y al darte cuenta de mi presencia se libera tu albedrío. He de presentarme para no ser descortés. Soy Lamia. La hechicera.

    Las lágrimas se zafaron desde la noche de enero

    Antes de que pudiera intentar alguna otra cosa, Martín Barrios fue invitado al bautizo, aunque pudo bien quedarse en casa, viendo “tele” como lo tenía pensado, pero su boleto de ociosidad se acabó al cocinarse la tarde. Llego Patricia a invitarlo; ella finalmente no iría a la boda de Mónica en Puebla porque la habían dejado sus parientes por haber salido tarde del trabajo. Patricia llegó a la casa vestida para una boda, su vestimenta también le servía para una fiesta de bautizo y ella como se le conoce, no es de las que se quedan como “el perro de las dos tortas”. Patricia tenía la seguridad de que ese sábado estaría en una fiesta. Había muchas diferencias entre las dos fiestas, pero Patricia no era fijada al respecto, le daba igual en cierta manera hacer bulla durante el “bolo” que durante “la víbora de la mar”. Eran celebraciones y en cualquiera de ellas se divertiría, comería muy bien. Para Martín Barrios era la cosa diferente, tal vez se podría decir que opuesto, a él le molestaban las fiestas y prefería quedarse en casa viendo la tele o rentando películas, además de que lo más seguro es que en el bautizo se encontraría con Verónica, el amor platónico que una vez conociera en la cena de compromiso de uno de sus primos y que desde ese entonces jamás olvidaba. El aseo de su recuerdo lo hacía decidir por esa tediosa alternativa. Pero que sin embargo prefería el sacrificio de no verla — incluso en las fiestas de bautizo — a recibir de ella un desprecio o una decepción. La fiesta iniciaba justo cuando llegaban y Martín Barrios sintió un sudor frío y la agitación profunda hasta la médula porque allí estaba ella, en la sala platicando con una de sus hermanas. El banquete consistió en: arroz, barbacoa, carnitas a la mesa con salsa verde, roja y guacamole, refrescos (entre ellos la incansable Coca Cola) aparte de los vinos tradicionales y refrescos de cebada. La lona cubría la zona, era parte del patio y llegaba a proteger del clima airoso y soleado del mes de Enero Tlaxcalteca. A como llegaban al convite se les servía. La fiesta se llenó de risas y encuentros inesperados. Los ojos habidos de los invitados observaban al comer, la carne jugosa, oliendo rico, deleitando su lengua culinaria con la masticación de los manjares tradicionales. La gastronomía de la casa cerraba el ciclo de alimentarse con la cuba y para los niños la bolsa de dulces. La fiesta continúo hasta entrada la noche. Al final de cuentas Martín Barrios bailó con Verónica, ella lucía un vestido verde muy entallado con escote a la espalda, las zapatillas eran color esmeralda. Ella sabía cuánto la quería Martín Barrios, pero la imposibilidad estaba en que el papá de ella no aceptaba dicha relación por cuestiones de creencia y por diferencias entre las dos familias. Martín Barrios recordaba su situación económica y esa era otra de las imposibilidades para dicha relación. La noche lucía perfecta y la música invitaba al baile. Verónica quería bailar. Había pocos hombres solteros en la fiesta y los que había ya estaban apartados. Verónica veía con insistencia a Martín tratando de decir algo con su mirada. El observado permanecía sentado en el sofá y por el rabillo del ojo percibía la mirada de ella. Verónica platicaba con su hermana menor, se reía de manera evidente para llamar la atención del hombre mientras observaba a los bailarines en el jolgorio. De pronto se hizo el huateque haciendo la larga cola de hombres y mujeres al compás de la tonada cumbiambera, los más jaraneros invitaban a los sentados al relajo y halaron a Verónica e inmediatamente a Martín, de esa manera coincidente quedó ella tomando a Martín de la cintura, al ritmo, ella movía sus manos en la cintura, él por el momento gozaba teniéndola cerca, oler su perfume y percibir de vez en cuando el aroma de su cabellera. Cambió la dirección del círculo de personas en forma de cola y fue cuando Martín tomo a Verónica del talle, percibía con las manos la estrechez de su cintura, esa parte del cuerpo y abajo observaba sus zapatillas verdes y las medias negras maquillando sus piernas estilizadas. Verónica era una mujer hermosa, era delgada, pero con una cadera suficiente como para enamorarse de una vez por todas, de las piernas puedo decir que le sacaba suficiente provecho para verse mujer sensual, deseable, erótica. En ocasiones usaba las medias súper transparentes con dibujos tras la pantorrilla o con una línea más obscura a todo lo largo en la parte trasera. Pero cuando hacía frío prefería las mallas azul cielo o bien blancas. Después Martín la invitó a bailar, bailaban y él no dejaba de admirar cada parte de su cuerpo, sus movimientos, el meneo de sus senos junto al pecho de Martín. El viento soplaba de manera permanente en el altozano sureño de la ciudad de Tlaxcala. El aire arreció hasta lograr un apagón en la colonia. Los invitados gritaron al unísono. A Martín le gustó escuchar a las mujeres gritar en el apagón y en sus brazos Verónica sujetándose fuertemente de él. Martín Barrios aprovechó la ocasión para besarla. La temible sombra fue testigo de la caricia bucal, los labios se unían y él exploraba con sus labios las comisuras de ella, con la lengua buscaba el calor, la miel de su abertura. Eran los belfos unidos por el deseo y el arrullo más sublime, más completo. El acunamiento más entero de las almas para demostrar el cariño. Había un susurro en las bocas que ambos no percibían pero que equivalía al anhelo por compartirse, por entregar su ser al otro. Martín intuyendo algo dejó de besarla, pasó un minuto y fue entonces cuando todo foco en la fiesta se expresó según su capacidad. Adrián Moncada Ordóñez era el celoso padre de Verónica, cuando la vio bailando con Martín Barrios la ira se le acumuló en los dientes. Su irritación se formuló al calor de las sorbeteadas copas de vino añejo. Hubo varios. Entre ellos su esposa que lo contuvo y convencieron a serenarse al ebrio. —Mejor deberíamos dejar hasta aquí la cosa — dijo Martín estando al centro de la pista provisional y observando las discusiones del borrachín. —A qué cosa le tienes miedo, ¿A enfrentarte con mi padre? —La mera verdad a mí no me interesa ponerme a discutir nada más porque bailo contigo. Así es que como tú quieras, cada quién por su lado o le seguimos. —O sea que no enfrentarías a mi padre por mí. —Bien sabes que te quiero, pero si me enfrento a tu padre no sé lo que ocurra, él tiene su carácter, y pues yo también tengo mi carácter, y si queremos hacer coincidir las dos diferentes formas de pensar, es simplemente difícil— Una guitarra sonorizó de diferente manera la estancia y los más tomados lanzaron sus respectivas exclamaciones charras. Las costras etílicas de sus alientos embriagaron el esófago de Martín. Verónica tomo tres copas, las suficientes como para sentirse mareada y a la vez contenta. No pudo conducir su auto al final de la fiesta, pretexto para que Martín se ofreciera para hacerle el favor. El auto circulaba por la carretera. La noche airosa se refrescaba con el ambiente húmedo. Ambos no encontraban la manera de iniciar una conversación sobre sus sentimientos, pero hablaban de cosas sobre el clima. Al llegar al destino y estacionarse, sin contratiempo Martín le arranca un beso y la abraza, las manos de Martín Barrios se posan en las piernas, sus manos sienten el tejido de las medias y roza a la altura de las corvas la costura. —Espera no, no lo hagas, me haces sentir mal. —Tú sabes bien cuanto te quiero. Verónica, te necesito, vamos, ven, necesito quererte. —Pero tú sabes cuantos problemas ha habido, esto no puede ser, mi padre no lo acepta, y esto no es más que un juego tuyo. No sé porque me pasa esto, pero ya no aguanto la situación, los problemas de mi casa, del trabajo, aparte los gastos y las deudas que tengo, tú no sabes que difícil se me hace la vida. Quisiera escapar, irme lejos, terminar con todo, pero antes que nada está mi padre, mi familia, ellos son todo para mí y tú no eres para defender el cariño que me tienes, eres un cobarde, eres un tonto, y fíjate que así dice mi padre: que eres un perfecto idiota, que no sirves para nada, que eres un pobre diablo, que no tienes nada, que eres un imbécil que no sabe valorar las cosas… en fin… — Sobre la mejilla izquierda resbala una lágrima producto del sentimiento y de las copas. El hombre queda enternecido por ella, por el momento. Se acerca a la mejilla y besa la lágrima que aun estando en movimiento resbala adentro, a las comisuras de los labios y es allí donde atrapa la gota.

    El espanto del Zahuapan

    El río siempre ha estado allí, pero lo que apareció fue reciente y muy inesperado. Los antiguos tlaxcaltecas lo sabían, aunque nunca pudieron expresarlo. El río Zahuapan ha sido, desde antes de que se edificara la ciudad, parte integral del paisaje de este sitio anclado en el altiplano mexicano. En sus inicios, el agua era cristalina, pero con el paso de los años se transformó en un líquido turbio y contaminado.

    Yo estaba presente cuando instalaron las barreras de contención, que en ese momento me parecían exageradas y colosales. Se construyeron enormes muros debido al constante peligro de desbordamiento durante las tormentas. Estudiaba en la escuela primaria Emiliano Zapata, y recuerdo que colocaron un rompeolas cerca de la escuela, aunque no soportaba los embates del torrente.

    La escuela, el río y sus alrededores están llenos de historias, algunas de las cuales dejaron una huella profunda en mi vida. Los recreos eran una constante fuente de diversión; cada uno era único, lleno de acontecimientos, desde jugar con amigos y patear una pelota hasta corretear a la niña simpática del salón. A veces, escapábamos a jugar en la “playita”, un lugar solitario formado por la arena dejada por el río.

    A unos setenta metros de la escuela, se encuentra el puente rojo, famoso por su nombre. Esta estructura carmesí conecta la región norte de Tlaxcala con el centro. A su lado, se encuentra la fábrica Zahuapan, una maquiladora de telas. Con el tiempo, nos acostumbramos a los sonidos y vibraciones de la fábrica, incluso llegamos a conocerla por dentro.

    La fábrica tenía un drenaje amplio que se unía al desagüe pluvial de la avenida Guridi y Alcocer, que terminaba en el río. Para los niños, este sitio era toda una aventura, conocido como “la cueva del diablo”. Mi hermano Damián era intrépido y disfrutaba asustando a los demás niños cerca de la cueva.

    Para entrar, teníamos que bajar el muro de contención, pisar piedras y luego la arcilla. Entre los huecos y la basura se escondían los nidos de ratas, y enfrentarlas era una prueba de valentía. Caminábamos junto al muro unos veinte pasos hasta llegar a la balaustrada indómita. Allí, el sonido de un aire extraño resonaba, parecía que algo hablaba desde dentro de la caverna. Mi hermano Damián lideraba el grupo, animándonos a mí y a otros tres chicos, pero todos quedábamos estremecidos al ver la silueta de lo que parecía ser el hijo de la llorona.

    El sonido misterioso y la silueta al final de la cueva parecían acercarse cada vez más. Los niños se miraron unos a otros, sin saber si retroceder o avanzar. De repente, una corriente de aire frío atravesó la cueva, empujando un olor a humedad y descomposición. Damián, siempre el más valiente, decidió seguir adelante, pero antes de que pudiera dar un paso más, una figura emergió de las sombras. No era el hijo de la llorona, ni un monstruo, sino un anciano, su rostro arrugado y cubierto de tierra, sus ropas harapientas. «Este río me lo arrebató todo», murmuró, su voz ronca y quebrada. «Mi familia, mi hogar… todo se lo llevó el agua». Los niños, sorprendidos y asustados, se quedaron congelados en su lugar. El anciano les contó cómo había perdido a su familia en una inundación años atrás y cómo había jurado vigilar el río, atrapado entre la vida y la muerte. Antes de que pudieran reaccionar, el anciano se desvaneció en el aire, como si nunca hubiera estado allí. Desde ese día, los niños nunca volvieron a jugar cerca del río, sabiendo que había algo más profundo y oscuro en sus aguas de lo que jamás podrían comprender.

    El abrazo

    No acordó nada, sólo sucedió a partir del cumpleaños de Ramiro. Ella no le daría el abrazo porque lo quería, —aunque a primera vista esto suene ilógico— sin embargo, Alejandra no podía ponerse en evidencia. Prefería guardarse ese deseo, verse recatada; aunque Ramiro sabía que cosa sucedía.

    —Quiero comentarte algo —dice Ramiro acercándose a ella mientras trabaja en la cocina— pero no se lo digas a nadie porque Gabriela me dijo que no se lo dijera a nadie. —No, ¿cuándo me has visto que ande comentando las cosas? —Bueno pues, Gabriela me dijo que dos personas le habían dicho que tú eras mi novia. Una persona había sido su sirvienta y la otra persona no sé quién es, y pues, resulta que ella está celosa de ti. —¡Ah! Ahora ya sé por qué no me quiere hablar. Si antes me saludaba bien, me hablaba, y ahora ya no. —Lo que pasa es que, como comprenderás, ella fue mi novia, y creo que todavía siente algo por mí. Aunque no puedo negar que yo también siento algo por ella. No sé qué cosa es, pero creo que la sigo queriendo. Pero… necesito decirte otra cosa, Alejandra. También siento algo por ti, tengo ganas de atraparte. ¿Tú sientes algo por mí? —Pues sólo hemos sido amigos, y yo quiero que sigamos siendo amigos —dice la muchacha mientras que sus manos trabajan en los trastos y sus ojos observan al apuesto joven. Es evidente el enamoramiento al verle. —No, pero a mí no se me quitan las ganas de atraparte. —Pero ¿y por qué no me hablabas antes y ahora sí? Si antes de que me dejaras de hablar nos llevábamos bien. —Porque tú me dijiste que ya no te molestara. —No, pero ya no platicabas, y platicar no es molestar. —Pues sí, para mí sí, porque platicar con alguien es ya atrapar, y eso es lo que yo quiero. —No, somos amigos y quiero que sigamos siendo amigos. —¿A poco no sientes algo por mí? —Sí, pero sólo como amigos. —¿Qué acaso soy feo? —No, no eres feo. —Entonces… —Lo que pasa es que simplemente no puede ser… ya tengo novio. —No importa, podemos querer o a poco no —el joven toma de la cintura a la criada y soba esa parte. Ella se ha subido a un banco para poner algunos recipientes en la alacena. —No, ya déjeme. —Ya te había dicho que yo soy bien pícaro, o sea, bien travieso. —Sí, ahora ya sé por qué Daniel me había dicho que tuviera cuidado con usted. Yo le dije que usted no era así. —No, lo que pasa es que ellos ya conocen que yo soy bien travieso. Si he actuado contigo así es porque no quería hacer daño. Por eso, cuando me dijiste que ya no te molestara, ya no te molesté; pero ahora que sucedió esto que dijo Gabriela, voy a continuar. Aparte de otra razón que tengo. —¿Qué cosa? —¿Por qué no me diste mi abrazo de cumpleaños? —¿A poco quería que se lo diera? —Sí, eso era importante para mí, quería sentir tu cuerpecito cerca. ¿Puedo esperanzarme en que todavía me lo darás? —No lo sé. —¿Acaso no sabes lo que significa un abrazo de cumpleaños? Es el gesto de afecto por una persona, es el congratularse de que existe, es el demostrar un sentimiento, aunque sea mínimo. Pero como no has querido, te lo voy a arrebatar, y no sólo eso, sino que esos abrazos los voy a multiplicar por veinte, porque quiero atraparte. —Sí, pero yo no quiero. —Pues ni modo, ahora me aguantas, porque sabes una cosa: a Gabriela no le vas a cambiar la opinión de que tú eras mi novia, porque ella sabe que yo soy bien canijo. —Entonces está celosa. —Sí está celosa, ya te dije que me sigue queriendo, pero también creo que tú también sientes algo por mí. ¿A poco no te pongo nerviosa? Yo sé que sí, y no mientas, Alejandra. —¡Oh! Ya déjeme. —¿Qué, no te gusta que te acaricie la cintura? —No, me hace sentir mal. —¿Qué tanto es una caricia? Al contrario, las caricias hacen nacer sentimientos. —Bueno, pues dígame bien por qué no me hablaba si platicar no es molestar. —Ya te dije que para mí sí, porque con el verbo se seduce, se atrapa, y si hablo voy a guiar todo para atraparte, para que caigas, y eso es lo que voy a hacer, aunque no quieras, voy a andarte correteando y no te voy a dejar hasta que me odies. —No, yo nunca lo voy a odiar, pero… ¡ya déjeme!… ¿Por qué no va y molesta a Gabriela? —No, a ella ya la molesté mucho. Soy una pesadilla.

    El joven se acerca mientras la sirvienta limpia la mesa y le toma la mano en cuanto pasa el trapo cerca. La corretea alrededor de la mesa. Alejandra, con una sonrisa amarrada a los dientes, corre con pasos cortos y sube por los escalones al primer piso. Ramiro la sigue pensando en una cosa: atraparla para arrancarle abrazos y besos. Para Alejandra, esto no es más que un jueguito de “al gato y al ratón”, un correteo infantil. Para Ramiro, va más allá de eso; quiere amarla y saber cuáles son sus límites, necesita conocer hasta dónde permite Alejandra el acercamiento. Antes de que peligre el sexo, lo evapora lascivo. Ramiro, en su relación con Gabriela, fue un volcán pasional donde el ganador fue él, en tanto que Gabriela recuerda buenos momentos y tiene un sentimiento de deseo, de querer a Ramiro, de desear tenerlo siempre cerca, de vivir todos los momentos juntos. Pero Ramiro no está dispuesto a perderse de las aventuras amorosas de la vida —él sabe que cachorra y alternada la vida se repite en vectores de sentimiento—, él ha preferido amar a muchas y compartir el amor con las que sean suficientes. Mientras, Ramiro ha entrado a la recámara de la sirvienta; al tratar de abrazarla, Alejandra se transforma en Gabriela a los ojos de Ramiro. Es el hechizo que ha formulado su exnovia para vengarse del “don Juan”.

    Cuando Ramiro intenta abrazar a Alejandra en la habitación, de repente se detiene. Algo en su mente se quiebra al ver cómo la imagen de Gabriela se superpone con la de Alejandra. Las dos mujeres se funden en una sola en su mente, haciendo que Ramiro se sienta atrapado en su propia confusión. El hechizo de su exnovia no era uno de magia, sino uno de emociones no resueltas, de deseos no comprendidos. En un instante de lucidez, Ramiro se da cuenta de que no es Alejandra a quien desea, sino la idea de Gabriela, una idea que ya no existe en la realidad. Se aleja, dejando a Alejandra perpleja y sola en la habitación, mientras él se enfrenta a la dolorosa verdad de que ha estado persiguiendo fantasmas, incapaz de vivir el presente.

    Malintzi

    Nos conocimos cuando la inflexible clase de experiencias me acompañaba a las compras del mercado. Malintzi me saludó con su envolvente mentalidad de amor, y yo retrocedí ante su hermosura. Nos convidamos el alma y recorrimos, como amigos, la ciudad de Tlaxcala. Ella tenía una inteligencia ruda, y sabemos que la rudeza, aunque se vista de seda, y una pluma de quetzal, en el cabello, golpea fuerte. Se veía como una diosa caminando por la avenida Juárez. Fue entonces cuando, poco a poco y suavemente, se acumuló el porvenir en mi admiración.

    Al pasear por las avenidas, Malintzi y yo correteamos como niños, reímos como locos. Su cascada de risas me embrujó hasta el orgasmo. Ella me platicaba de aquellos años de grandeza cuando era traductora. Me dijo que la longeva conciencia permanece atada a la existencia, y ella está, se queda como el viento o el aire de estas tierras. Ella es el alma de Tlaxcala. La cuna terrestre de su frescura estaba por quitarme el bigote de años; pero ella lo impidió con un beso. La observé con el rabillo prudente del fisgón; la tenaz antena del misterio me cubrió de besos. Paseamos por las colonias y después llegamos al parque, nos tomamos un café mientras hacía una propuesta de amor. Quería que compartiéramos el entusiasmo del erotismo. Mientras ella sorbía el café y oteaba mis ojos, yo engalanaba mi cuerpo, enchulándolo con el cautivante enredo de una sonrisa. Mientras, la locura sitiada en la ciudad, elegantemente se posesionaba del transporte público. Al llegar al hotel, el dependiente la reconoció y hasta se acicaló mi oído al escuchar su nombre.

    Reconocimos en nave de besos el atardecer. Su indulgente mata de cabello me acogió como una caracola, como un hijo, como un amante. Ahora visitábamos nuestros sentidos, tocando accesos de placer. Sus senos me coronaron la intención de mis avaras manos. Como chupacabras, lamía el cuello. Su playa virginal me llamaba a viajar a su floresta. Desvestí la llamarada de erecciones en la estrella dilatada.

    Esperé a que despertara la seda de su espalda para ponérmela de corbata. Pero cuando traté de hacerlo, se desvaneció bajo la sábana y sólo encontré de aquello una pluma de quetzal entre la almohada.

    Amor

    Cuando dejé de caminar, se acumuló el porvenir en mi consecuente mirada. Observé la cascada de entusiasmo de los transeúntes, y mis avaras manos alcanzaron la atmósfera. Me enverdecí de gusto. Las aguas de mi herencia me convidaron un zumo de locura. Los mediterráneos descalabros del pasado me perseguían, pero yo los enfrentaba como si fuera un toro herido. Las parroquias me acosaron, yo no quería, pero… a punta de compromiso fui a misa, y el virtuoso crucificado me obligó a ser puro amor. Me vi obligado a querer a toda la manada de: saltamontes, chimpancés, koalas, hormigas, chupacabras, cebras, iguanas. Utilicé todas las teorías, me hice de argumentos científicos para esta odisea. Almacené gran cantidad de besos y abrazos en mi cuerpo para donarlos, aquí bajo mi brazo, en el sobaco, abajo de la lengua, en el esófago, en el ronquido de mi voz, en los nervios, en la sonrisa, entre las aberturas de los poros. Mi tenacidad era tal que borboteaba como la sangre en un cerdo herido. La intrepidez fue tal que desaparecieron los hombres y se presentó ante mí el amor en persona. Amor me dijo que eso era demasiado. Que la locura había sitiado la ciudad y se había posesionado de la sustancia. Que el gran cenote de amor que quería escanciar pronto se convertiría en orín de hormiga; que aquellos en la ciudad lo beben sin consideración, despilfarrándolo en las cosas, en los cuchitriles, en la vacuidad, en las visiones que aparecen de repente, en la cara de los elementos. Amor me invitó a su mansión, y era el paraíso.

    Estando allí, el Edén lucía la felicidad con un gran moño en el horizonte. Sólo con eso. Sólo eso, y se enredó la sonrisa en mis labios. Busqué un sitio donde convidar a la siesta a un paseo de sueños y me encaminé a sus arbustos, cerca del árbol de la representación. El árbol se alisó las ramas con un poco de viento e infló sus frutos con agua nutricia. Me embriagué de sueño, y la embriaguez me llegó hasta los pulmones, recorrió mis uñas, los tendones, el bigote, mi sexo y llegó a mi tórax. Y soñé que era un hombre llamado Edgar, licenciado en filosofía, y que vivía en Tlaxcala. Desperté de esa dolorosa pesadilla que había dejado una llaga en el ojo izquierdo. Cuando me despabilaba, llegó Amor y me dijo:

    —Tú ya me aburriste con tu creatividad, prefiero que seas mediocre. Vete allá donde te encontré. Es verdad que no puedes dar amor a todo el que encuentres. Pero, aunque sea ve a dárselo a las putas en vez de estar aquí de holgazán.

    Le hice caso y ahora estoy aquí destartalando mi sentimiento para darlo. Me he dado a la tarea de trabajar como un dulce en lengua de infante.

    La Gelatina

    Mi esqueleto se escapó por la ventana, se licuó entre la falda de la Malintzi y las sombras del entorno. Pensé en recuperarlo, pero necesitaba un recipiente en donde meterme. Me introduje en la pelota de mi sobrino, tan liviano como el aire. Mi acuosidad inicio en rebotes la búsqueda. Dejé atrás la estancia, impávida quedó al recordarme mis mozos años cuando en brincos sobre ella machucaba lo que ahora es piel de mis entrañas.

    Recorrí el barullo del mercado, los gritos de los comerciantes me llegaron hasta los pulmones, ellos comerciaban con tal simpatía que remangaban la mitad de la cara con una risita fácil, espontánea y a veces muy vendida. Algunas veces esa risa deambulaba en mi jalea interior. Pregunte entre los comerciantes si habían visto mi esqueleto, y me respondieron que habían visto algo parecido por el lado de las tiendas de compraventa de fierro viejo. Llegué al sitio y engalanaba el lugar las horquillas, los picos, las estructuras de telares viejos, los caparazones de un chasis inocuo, los diferentes arietes, los báculos inactivos. Nada se parecía a lo que yo buscaba: mi osamenta.

    Di con las autoridades, era una pérdida casi irreparable. Los oficiales diligenciaron cartas en el asunto; Tomaron mi declaración, pero argumentaron que era mía la culpa, que yo era el causante de dicha perdida, y que iba a pagar caro el haber dejado libre el esqueleto. Porque con un esqueleto suelto se corre el peligro de extinguir el calcio y otros minerales del planeta, que para eso se había inventado la carne como mediadora de la voracidad de las osamentas. La pena se pagaba con la muerte. Solo muriendo la carne moría su otra parte. Me desesperé, la razón fugaz de mi existencia se cosechaba al final como violencia. Quería huir, escapar, pero ya me habían etiquetado como pelota al paredón. Me imaginaba aquel muro salpicado de gelatina de muchos sabores, de colores, de consistencias, de esencias en gel, de masas orgánicas destartaladas en agua. Ese muro era la báscula del homicidio legal. No calculaba tal dolencia. Necesitaba un respiro. Opté por salirme del balón y escurrirme por la alcantarilla. No veía nada, sólo nadaba por los tubos de drenaje hasta llegar al río Zahuapan. Así estuve por varios años hasta que llegué a un paraje donde estaban unas vacas tomando agua a la orilla y allí estaba mi esqueleto, pastando con ellas comiendo codo a codo y chupaba con unas ganas increíbles, ávidamente, las ubres de las terneras. Parsimonioso me acerqué y sigilosamente le caí encima. Se encabritó de tal modo que indómito despilfarraba la fiereza al estilo rodeo, las viradas y saltos llegaban hasta las copas de los árboles — las reses saltaron la cerca y huyeron despavoridas — hasta que logré someter y domesticar.

    Cada noche me tomo mi vaso de leche y las respectivas vitaminas. Ese es el convenio a que llegamos. Somos inmensamente felices.

    La búsqueda

    Me engalané el cuerpo, enchulándolo con el cautivante enredo de una sonrisa. Y todo para verte, mientras circulaba por la avenida “Te amo”, me diligencié un recuerdo de tu bronceado pecho y se perjuició mi mástil orgánico. Cuando llegue a la avenida del “Éxtasis” esquina “Sabanas Virtuosas”. Se me figuró todo negro porque en esa esquina se encontraba el puesto de revistas donde la nota principal rezaba: “Apañaron la inocencia de las mujeres arrancándoles su virginidad”. Cabizbajo recorrí el empedrado descendiendo la colina. Mi intención de preguntarte por el asunto se me azotó a la cara como un puñetazo, porque cuando abriste la puerta, la castidad la cargabas en tu pecho como un pabilo de corbata o un enjuto trapo rasgado. No pude más, no soporté verte así, la dolencia me extirpó las lágrimas, y las lágrimas rodaron cuesta abajo dejando un hilito húmedo en el cuello. Con la cavilación de unos meses se me agrego al entrecejo unos parientes que se apellidan: Talión Venganza. Convocamos a una junta para dar resolución al problema. Yo sería el hacedor. Decidí hacerme de un laboratorio al estilo alquimista porque de la tecnología de punta se tenían serias dudas para resolver el dilema. Mezclé las esencias de las rosas, con el tejido de las telarañas y una pizca de polvos de virtud; pero no funcionaba porque el aquello era demasiado chiquito. El himen fabricado debía de tener nuevas características de mejor calidad y propiedades como la recicatrización, la elasticidad, los diferentes tejidos de la membrana, o sea al gusto. La usuaria debía de sentirse completamente segura con su compra y con su interioridad singular. Inclusive podríamos agregarle características como de autolimpieza o de autoremangado por aquello de las violaciones. Innové algunos tipos de tejidos utilizando materias primas jamás utilizadas, pero más bien eso sirvió para inventar las sedagasas y el durojean, probé la rehilvanación, pero por lo regular quedaban imperfecciones en el tejido por el pequeño espacio y por la estructuración del desgarre. Probé la injertación utilizando como base un cuerpo de cordones fuertes y al final un imperceptible hilo de araña enana, pero ah fracaso, el injerto sobresale hasta las rodillas, y para andar arrastrando la doncellez pues no vale ni enrollada porque cualquiera la manosea. Consideré la idea de una microscópica malla, pero electrificada con la elasticidad suficiente como para que el sexo entre hasta la cocina, pero pamplinas, de nueva cuenta las íes revoloteando en la idea; porque de electrificar la malla se necesitaría conectar a tierra para no sufrir alguna descarga, pues eso provocaría una erupción de orgasmos incontrolables, y los clímax deben de ser administrados tal como se dicta en las leyes interpersonales.

    Un asunto más que debía de atenderse — aunque no se tuviera el producto terminado — es la producción en masa y la introducción en los mercados internacionales. Podríamos adelantar el servicio de ventas por correspondencia y con la mayor discreción por si acaso la esposa o la amante quisieran ofrecer una sorpresa de regalito.

    Hemos doblado los esfuerzos y nuestra empresa continúa hacia arriba, tal vez para la próxima década tengamos el producto terminado redituándonos grandes ganancias.

    Todo es igual que siempre

    Salgo al aire cuando se ha estrenado el día, y todo es igual que siempre. Malo sería que la ciudad estuviera de cabeza: que las casas fueran habitadas por las gentes, que los carros circularan por las calles, que la vida citadina fuera igual todos los días, que las leyes fueran puestas para ser obedecidas, que los matrimonios permanecieran unidos para siempre, que los mercados y supermercados estuvieran repletos de mercancías, que los policías se encargaran de poner el orden, que el viento soplara horizontalmente, que el sol dejara caer los rayos de luz sobre las cosas, que las montañas se elevaran por encima de las nubes, que los mares fueran salados, que la política fuera la profesión del cinismo, que la vida fuera desagradable, que las nubes dejaran caer agua.

    Las casas son habitadas por las cosas, todas las casas están vestidas con una cantidad de artículos que benefician la arquitectura: mesas, pinturas, instrumentos, piezas de colgar, candelabros, libreros; los armatostes configurados para las esquinas, los centros, o los lugares más iluminados. Así como los objetos para la habitación de estar, para la sala de lectura; o los diferentes tipos de ropero para guardar cosas pequeñas y, dentro de estos roperos, cajones que conservan objetos cada vez más minúsculos, hasta llegar a los alhajeros diminutos de cosas como granos de arroz con el nombre del propietario, o cerdas de caballo con poemas inscritos. ¿Y las gentes? Las gentes son los esclavos eternos que proveen de cosas a las casas.

    Los carros se duermen lánguidamente por donde pasan las calles a toda carrera, metiendo tercera y cuarta velocidad; los carros están marcados con números de colores para que las calles no se pierdan en la travesía. Cuando las calles llegan casi a su destino, los carros tienen una identificación más: cada uno tiene su olor característico que los diferencia de los demás. La vida en la ciudad es turbulenta, con el bazar de aventuras vividas al mismo tiempo, como un circo permanente postrado en las diferentes localidades. La vida es carnavalesca, lúdica, es un escaparate de mil formas, un andamiaje de risas y desajustes permanentes, ciclónicos, explosivos. Es como una nave hecha de retazos inconexos, pero siempre diferentes.

    Los juristas son los que planean las características que tendrán las leyes para que próximamente se violen y así cumplir con su función. La abogacía, por remediar los enredos de una ley mal administrada, conduce a que las normas se obedezcan equivocadamente. Las legislaciones se norman para que se puedan desobedecer; si no es así, los leguleyos tienen que trabajar para que se cumplan. ¡Imagínense si no fuera así!

    Lo que es llamado matrimonio es considerado sagrado. Los matrimonios deben cumplir la norma de permuta (si no es así, se incurre en un pecado capital) porque las gentes, al permanecer dos días juntas, comienzan a soldarse de tal forma que quedan castigadas. Por lo tanto, durante la madrugada, cada gente se turna a la siguiente, y así gira el nuevo día en la ciudad con nuevas caras por conocer.

    Los mercados y supermercados están repletos de sentimientos, pasiones, intrigas, amores, vanidades, saberes, voluntades, opciones, tristezas, oraciones, éxtasis, sutilidades, misterios, tiempos, vida, reflexión, excitaciones. Cada gente compra según su bolsillo lo que quiere, pero tiene que consumir de otras cosas no deseadas para que la plusvalía ganada por el capitalista sea conveniente.

    A los policías siempre se les anda persiguiendo por ser la mafia más organizada de la ciudad. Los policías andan provocando el caos, disparando en los ataques que cometen contra las casas. Los balnearios son los más visitados por estas gentes. Poseen una industria del mal que, de pensarla, mi pobre imaginación se queda idiota.

    El viento se deja caer de arriba hacia abajo, haciendo que la ciudad permanezca eterna porque no hay erosión de esa manera. Los vientos son tranquilos y templados; se fertiliza en las capas altas y se deja caer, alimentando las tierras de cultivo.

    El sol es el órgano de la vida, es el motor del universo. Las cosas, los objetos, lo irradian con su luz y lo alimentan para que así continúe la vida. Juntas, todas las ciudades, todos los países, todos los mundos, lo irradian, y este crece como un gran dios dador de vida, de existencia. Las montañas descienden hasta las profundidades del planeta, lejos, donde nadie llega tan fácil. Las nubes son los velos fabricados por los gobiernos para proteger al gran dios sol, dador de vida. Nada ni nadie puede estar por encima de las nubes, puesto que se consideraría una acción de sacrilegio.

    Las aguas de los mares y océanos son distintas, pero nunca saladas: el océano Pacífico tiene el sabor de la amante, el océano Atlántico, al probarlo, se percibe como agua de esencias de las vírgenes de 18 años, el mar del Olor es increíblemente fantástico, y así todos los demás.

    La política es la profesión dedicada a salvaguardar la verdad de la ciudad por sobre todas las cosas; la política se dedica a poner la vergüenza en cada gesto de los protagonistas dados al oficio.

    La vida en la ciudad es tan agradable y placentera como un paraíso poblado de felicidad, reposando en esta existencia que se dinamiza en el presente. Si acaso las nubes dejaran caer agua, sería la catástrofe completa, la muerte impredecible, puesto que somos de arena.

    Una vida es suficiente

    —Era un gato. Los hombres con gran admiración hacían alarde de mis siete vidas. Tenía que confirmar lo que decían. Me puse en marcha hacia la azotea del edificio. Era una residencia de tres pisos. La terraza estaba llena de cachivaches y trebejos, parecía pista de aterrizaje con los aviones estrellados. Me acerqué a la orilla, unos niños jugaban pelota, se veían tan pequeños desde arriba, que sólo les faltaba cola para ser sápidos ratones. Me rasqué la oreja pues me picaba una pulga, lavándome las manos para llevarlas limpias en la caída. En la calle había calculado caer un metro más allá de la banqueta, sería un gran descenso digno de llevarla a los récords de Gines. —Imaginaba que aquellos niños aplaudirían, Sería el representante distinguido de los felinos, las gatas en estampida acudirían a mí de rodillas; sería un extraordinario evento, un acontecimiento célebre por el resto de mis siete vidas, una maniobra sensacional informada por los medios de difusión; así como aquel gato que tan sólo por tener botas se había convertido en un personaje de leyenda. —No lo pensé más, caminé diez pasos atrás con movimientos ágiles, de gato afamado de Hollywood. Abajo: el lugar no lo esperaba, se estacionaba un camión que transportaba pararrayos a una compañía de enseres eléctricos, el conductor y su acompañante comían sopa y guisado en el restaurante de enfrente. Los pararrayos parecían lanzas del siglo XVII listas para la guerra, como las lanzas de Velázquez en la obra titulada “La rendición de Breda”, o como serían incontables quijotes juntos atacando el cielo. —Ajuste los bigotes para que no rozaran tanto al viento. Corrí decidido y llegué al final, era como haber llegado a la meta de los cien metros planos. Me quedé sin piso, sentí náusea y un pequeño sentido en el estómago. El aire corría por la pelusa despeinándome. Alisté mis garras para recibir a la tierra y el impacto. Las pulgas saltaron despavoridas salvando sus vidas. El aire se asustaba al ver tal valentía, ni un ruido llegaba a las orejas. Los colores eran más acentuados en su tono. ¡Era maravilloso volar! —Me di cuenta demasiado tarde; el cálculo se desvaneció, sólo quedaba un camión con lanzas apuntando, esperando impaciente. No pude hacer ninguna cosa, cruzaron mi cuerpo y maullé de dolor, sentí la sangre caliente que salía, y el frío metal que me cegaba. Quedé con la cabeza hacia abajo. Vi como corría la sangre a lo largo de los barrotes de los pararrayos. Los niños que jugaban con bullicio, algunos lloraban, otro se vomitaba por la escena dramática y asquerosa. El conductor y su ayudante ya no comieron más. Perdí la vida pensando que tenía siete. Le digo adiós a mis gatas, adiós a la caída sensacional y adiós al gato con botas.

    El regalo

    El arrodillado cuartucho de Josebio, estaba absorbido por cachivaches que no sirven para nada. Su sarape ocupaba un rincón entelerido, quieto como chuleta fláccida y su cocina eran unas piedras y un hoyo en el suelo. Josebio era nervioso, parecía que siempre andaba “ciscado” de miedo. Mi evocación llega a tener sólo un vaho reminiscente de él, aparte de ser tan flaco como una carcasa asoleada. El herbazal cubría el lomerío, se mecía en oleaje al vaivén y arbitrio de las ventoleras. Me acerqué a su covacha de ensamblajes de madera y lámina de cartón embreado. Toqué la puerta chirriante y podrida. Salió Josebio todo arrebozado. Lucía traje raído y pantalones colorados; su camisa ennegrecida le entonaba con su cabellera negra, la cual se revelaba brillante, se había puesto manteca de puerco para sentar los hirsutos cabellos; tenía dientes blanquísimos y dentadura de conejo. Me reí de su figura. Voltee a ver sus pocos enseres, todo era un trastrueque, un reburujo de los mil demonios. —Lo miré a los ojos, y le pregunté la razón de por qué se encontraba tan guapo. Josebio de súbito se dirigió a un rincón, y aventando a todos lados sus trapos, sacó una cajita y me la enseñó. — Esto ser un regalo… y no diré pá quien es — Sonreí maliciosamente pensando en que tal vez era para mí, o ¿Para quién pudiera ser aquel regalo?… Le di órdenes para el siguiente día, y atisbando con profundidad, ratificó: — Aquí estaré —. Cuando me fui, las luces del poblacho guiñaban como espejitos al recibir fulguraciones de la luna. Amaneció. Las nubes cambiaron de color al salir el sol legañoso: amarillas, naranjadas y purpúreas, después a las cambiantes opalinas y lechosas. Subí a la camioneta. Llegué al cuchitril del cuarto de Josebio. La puerta estaba abierta, y dándome valor, me adentré al cuartucho. Dentro de aquel tilichero tenía en un sitio apartado, una concavidad, y en ella cosas personales: lociones de gardenia, pomos de alcohol de varios colores, anillos de fantasía, pañuelos y recortes de muchachas bellas. Cerré todo y me alejé. El sol se exhibía. Busqué a Josebio por todos lados. De Josebio me gustaba su compañía, me reconfortaba en mi deprimida soledad; a pesar de que era un ser insustancial, tan desabrido como su talante pasivo, taimado. De pronto, vi en las puertas entreabiertas de la capilla una luz mortecina y pálida. Me acerqué. El aislamiento del templo era mausoleo glacial. En medio de dos velas e hincado estaba Josebio, rogándole a la Virgen. Estaban colgados objetos de: oro, plata y carey. Josebio volteó a verme con ojos arrasados de lágrimas y me dijo: — estos son mis regalos pá la virgencita, por la Navidaaa. — me cubrió un velo de repulsión hacia mi persona… lo tomé del hombro: ¡vámonos!… Al salir se espantaron las palomas y volaron al cielo. Eran pañuelos… mi fe en Dios había renacido nuevamente.

    La Turista

    La encontró en la escalinata tomando fotos del primer cuadro de la ciudad, mientras su peinado suelto negro azabache absorbía los rayos de sol que caían sobre su cuerpo. Era de tez rosada y nariz perfecta, hermosa como las mujeres del norte. Él se presentó como avecindado en Tlaxcala, pero lo cierto es que era del DF y trabajaba como maestro de Bachilleres, aunque también daba clases en la Universidad.

    —¿Sabes algo de toros? —le preguntó ella mientras enfocaba la lente hacia los lugares más convenientes para imprimir un recuerdo.

    Los ojos de él recorrían el escote de su blusa holgada, descubriendo dos hermosas toronjas como para apagar la sed. Se turbó al sentir la mirada de ella, un ojo que sospechaba sobre su propia sensualidad y descubrí el interés del pretendiente.

    —Sé que te gusto y podríamos pasarla bien —dijo ella mientras guardaba en el estuche la cámara fotográfica y miraba hacia arriba, al resto de la gran fuente, más que fuente, una cascada—. Invítame una Budweiser. Se me antoja a esta hora del día.

    Entraron al bar del primer descanso y allí platicaron del color de la cerveza y su sabor. Quiso referirse a su tierra, pero él la calló, argumentando que prefería el misterio. Mientras, ella introducía su zapatilla entre los pies cruzados del hombre, invitándolo con ese roce a una relación más estrecha. En ese momento, realmente necesitaba a una mujer; la infructuosa relación con su amante de hacía meses lo había dejado hambriento de sexo. Volvió a mirar sus pechos, encontrando en ellos lunares, diminutos asteriscos.

    —Deja de mirarme de esa manera, tranquilízate, las cosas deben ser como esta cerveza al beberla, paso a pasito.

    Él recordó, mientras la miraba, al muchacho que había sido, la erección solitaria en el cine Matamoros con películas calientes en entradas clandestinas. Mientras bebían, el silbato de la fábrica Zahuapan marcó el mediodía. La mujer dijo:

    —Vámonos juntos, ¿quieres?

    Se dejó llevar. El guía que la acompañaba lucía el perfil masculino de un hombre maduro y nada feo. Mientras subían al auto, los rayos del sol sembrados segundos antes se transformaban en sombras de una nube que recorría el cielo hacia el sur. En el semáforo, ella le acarició la mano mientras él embragaba la velocidad. Él solamente contestó:

    —Te necesito.

    Condujo su auto hacia su departamento en la loma. Al cerrar el zaguán, vino al encuentro un sexy cachorro de gato, muy minino, que rozaba la bastilla del pantalón del hombre, buscando caricias. Ese peluche vivo pedía cariño.

    —Te sobra un poco de amor para mí —dijo la mujer, lasciva, mientras ofrecía sus pechos al abrir la blusa.

    El hombre cayó abrazado en un tálamo mullido, y la habitación despertó con los primeros rechinidos de la cama. Aún vestidos, revolcaron sus almas en la colcha. Cayeron las zapatillas de la dama en la sinuosa y acolchada alfombra; siguieron prendas de ambos sexos, sin orden, con prisa, desnudándose, mordiéndose, besándose. Ella, cerrando los ojos, se concentraba en el puro goce, esperando un orgasmo imprevisto, fugaz.

    —En este momento, tú eres mi torero. ¡Mátame! —La excitación llenaba la habitación de eco, un solo sonido mezclado con gritos, jadeos, rechinidos de cama, roces de epidermis ardientes. La anatomía se mezclaba con las cosas, los cuerpos, los órganos, toda una mezcla en erupción.

    —Espera un momento.

    Desde el baño, le contaba de sus viajes por el país y sobre la situación económica. Regresaba bamboleándose como diosa de lujuria, desnuda, paseándose por la recámara, muy cachonda, seduciendo y excitando. Estaban desnudos, saciados de la primera vez, fumando y descansando, platicándose cosas para que la segunda vez fuera más amistosa, íntima, y no ese relámpago de sexo del principio. Él le comentó que su madre había muerto en el terremoto del 85. Trabajaba como cocinera en un edificio lujoso. Nunca encontraron su cuerpo; se imagina que todavía está en México y algún día irá a rescatarla. Posó sus manos en los pechos de ella, acariciando los contornos como jugando a las excitaciones. Las caderas de ambos se pusieron en movimiento y una vez más treparon al paraíso de la vida sexual. Bebían los sudores de los muslos, se emborrachaban las bocas de éxtasis, se encajaban los dientes. La noción del tiempo se perdía entre los objetos, testigos fieles del deseo compartido. Ella lo invitó a bajar hasta su vagina; el buen mozo continuó lo indecible, gimió. Se fundieron otra vez y se quedaron dormidos.

    Emparedados, leche fría y cóctel de frutas fueron el tentempié mientras platicaban del sexo; ella le tomó una foto para el recuerdo y depositó la cámara en la mesa del comedor. Él le dio un beso en la mejilla mientras entrelazaba sus dedos en la mata de cabello. Ella inclinó su cuerpo para lamerle los vellos del pecho y chupar las tetillas, bajando hasta su sexo. Él miró la cabeza allá abajo, la boca, la mata de pelo azabache oscilando en un movimiento de fuga y entrega frenética. El pene respondió a los ataques de sus labios y, una vez más, hicieron énfasis en la promiscuidad.

    —Dormiré contigo, y mañana me iré a otro sitio. Mientras, duérmete, mi niño —dijo ella.

    Él soñó con la felicidad, el regazo de aquella mujer que le servía mientras dormía. Ella fumaba, dando un poco de ternura a ese pobre amor, y pensaba en el recorrido y las distancias del día de mañana.

    Despertó con campanadas huecas en la ciudad. El horizonte legañoso y húmedo distinguía la silueta de la Malinche en tonos sombríos, rojizos y amarillos. El vaho de la niebla sembró la humedad en los rostros mañaneros, en los cristales, el rocío de la mañana en provincia. La turista despertó recordando dónde se encontraba; miró el rostro sereno y apacible del hombre y lo besó antes de dirigirse al baño a ducharse. Se dio prisa para abordar el camión a buena hora. El gato perezoso la miraba desde la mecedora. Salió, azotando el zaguán. Fue con el ruido estruendoso de las láminas que él despertó sobresaltado, buscando algo, incluyendo las causas de su sobresalto. Recordó a la turista y, de pronto, vio la cámara a lo lejos, sobre la mesa del comedor. De un salto, alcanzó los pantalones, buscó la ropa regada en la habitación, y corrió a tomar la cámara fotográfica. El gato huyó asustado, con el pelambre erizado, a ocultarse bajo la tarja.

    Muy de mañana, don Javier, trabajador del rastro municipal, arreaba desde San Diego Metepec dos vacas y un toro indómito para las carnitas del sábado. Con chiflidos de arriero y piedras, los animales obedecían. La turista los había visto de lejos sin tomarles importancia. Subió al camión y se fue. Los animales doblaban la esquina cuando el hombre cerró con prisa para alcanzar a la turista. Corrió con la cámara en la mano, poniéndose una chamarra guinda. El toro se desbocó, embravecido al oír el ruido estruendoso de las láminas; trotó para embestir aquello que se moviera.

    —¡Soo! Toro, soo! —Gritaba don Javier para tratar de calmar al animal, pero solo vio cómo el hombre con la cámara fotográfica fue lanzado por los aires. Cayó sobre el cofre de un carro, rompiendo el parabrisas. La cámara voló por los aires y tocó el suelo justo cuando pasaban las llantas del carro de un lechero.

    —¡Arre! Toro, ¡arre! Toro. Disculpe, joven… ¡Arre! Toro, ¡arre! Toro —y siguieron los animales rumbo al matadero.

  • Índice                  

    Prologo                                                                                            4

    Buenas noches                                                                              6

    El progreso y la globalización                                                     9

    Bangkok                                                                                          12

    Molinillo sin fin                                                                                14

    El bombero castigado                                                                    16

    Yo vi al nahual                                                                               19

    La audiencia tácita                                                                         21

    Ya no sé qué cosa                                                                         23

    La carta                                                                                            24

    El basurero de risco alto                                                               26

    La oración al columpio                                                                  31

    Yo vi eso                                                                                          35

    El manzano                                                                                     37

    El voyerista encantado.                                                                40

    Prólogo

    En esta segunda entrega de Relatos al Borde, el lector se adentra en una serie de cuentos que exploran las fronteras de la experiencia humana a través de una diversidad de temas y estilos narrativos. Cada relato ofrece una ventana a mundos distintos, pero todos comparten una inquietante reflexión sobre la condición humana y la realidad que nos rodea. Desde la crudeza de las situaciones cotidianas hasta la complejidad de las emociones internas, estos cuentos se entrelazan para formar un tapiz literario que desafía y fascina.

    «Buenas noches» abre el libro con una mirada introspectiva sobre las conversaciones que se revelan en la oscuridad de la noche, donde los personajes enfrentan sus propios miedos y secretos.

    «El progreso y la globalización» aborda las tensiones entre el desarrollo y la preservación cultural, reflexionando sobre cómo el avance tecnológico y económico impacta las tradiciones y valores locales.

    «Bangkok» transporta al lector a una ciudad vibrante y caótica, explorando la vida urbana desde una perspectiva que mezcla lo exótico con lo cotidiano.

    «Molinillo sin fin» presenta un relato simbólico sobre el ciclo interminable del esfuerzo humano y la búsqueda de significado en un mundo que parece girar sin cesar.

    «El bombero castigado» cuenta una historia de redención y enfrentamiento con la culpa a través de la figura del bombero que busca reconciliarse con su pasado.

    «Yo vi al nahual» introduce elementos del folklore mexicano, explorando el encuentro con lo sobrenatural y el impacto de las leyendas en la vida cotidiana.

    «La audiencia tácita» examina las dinámicas de poder y la invisibilidad en la sociedad, donde las voces no siempre se escuchan y los espectadores permanecen en silencio.

    «Ya no sé qué cosa» refleja la confusión y la pérdida de identidad en un mundo que cambia constantemente, atrapando al protagonista en un estado de incertidumbre.

    «La carta» se centra en la carga emocional de las palabras no dichas y las cartas que permanecen sin enviar, desvelando secretos y sentimientos ocultos.

    «El basurero de Risco Alto» aborda la marginación y el abandono social a través de la historia de quienes viven al borde de la sociedad, en un lugar olvidado por todos.

    «La oración al columpio» ofrece una reflexión sobre la infancia, el paso del tiempo y las memorias que se asocian con los lugares de la niñez.

    «Yo vi eso» se adentra en el misterio y lo inexplicable, cuestionando la percepción de la realidad a través de experiencias que desafían la lógica.

    «El manzano» es una meditación sobre la vida, el tiempo y la conexión con la naturaleza, donde un hombre reflexiona sobre su existencia bajo la sombra de un árbol.

    «El voyerista encantado» cierra la colección con una crítica mordaz sobre el voyerismo y el deseo, en una historia que explora la intrusión en la vida de los demás desde una perspectiva perturbadora.

    Cada cuento en Relatos al Borde II se convierte en un escenario donde los personajes enfrentan sus propias batallas internas y externas, reflejando las tensiones entre lo visible y lo oculto, lo real y lo imaginado. Este libro desafía al lector a cuestionar sus percepciones y a sumergirse en un mundo donde las fronteras entre lo ordinario y lo extraordinario se difuminan, ofreciendo una experiencia literaria que es tanto inquietante como reveladora.

    Buenas Noches

    — ¡A ver, niños, ya se pusieron su pijama!

    — No, es que Nacho estaba en el baño y no salía.

    — ¿Y a poco no te puedes cambiar aquí?

    — No, es que la pijama estaba encima del canasto.

    — Bueno, ya apúrenle. Voy a la cocina, cuando regrese ya tienen que estar listos.

    — Sí, apá. —Nacho se abrocha los botones de la camisola; Luis juega con un par de coches.

    — Ahora sí… tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán, tarán. La, la, la, la. tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán, tarán… la, la, la, la… tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán, tarán… la, la, la, la. —Cuando el papá entró a la recámara, andaban de una cama a otra; eran verdaderos saltamontes estrenando maizal.

    — Ajá, ¡ja! Con que, saltando en la cama, canijos estos…

    — ¡Papá, cántanos una canción! —el papá se aproxima a los niños y, acercándose, va haciendo movimientos con el cuerpo como animal que acecha:

    Anoche yo estaba solo.

    Yo estaba solo.

    Y vino el lobo.

    Y vino el lobo.

    A que me como.

    A que me como a este niñito.

    — ¡Así! Ja-ja-ja-ja-ja —El padre se abalanza sobre los niños parados en la cama, los toma de la cintura e inicia un cosquilleo que los hace tirar y retorcerse.

    — ¿Ya le dieron el beso a su mamá?

    — ¡Ya! —responden a coro.

    — ¿Ya se lavaron los dientes y rezaron sus oraciones?

    — ¡Ya!

    — Bueno, pues… ¡Buenas Noches! Y ahora a dormir, porque mañana se tienen que levantar temprano.

    — No, apá, mejor cuéntanos un cuento —dice uno de ellos mientras ambos se van metiendo a las cobijas.

    — Bueno, pues, pero van a estarse quietecitos. Una vez, cuando había ido a dar una vuelta, me encontré con una familia muy singular. Ellos caminaban sobre la avenida principal, era una familia de papel cartón, con caras de papel reciclado, sus ojos eran las letras impresas en el cartón, y cada uno llevaba un par de amigos bajo el brazo. ¿De qué creen que habla una familia que es de cartón?

    — ¿De la lumbre?

    — Ajá. En la familia había un niño muy juguetón; era el mediano de la familia, al niño le decían el niño-pasita: era pecoso y escandaloso. Su sonido era algo así como chric-chric-chric. —El papá mueve los brazos, haciendo gestos divertidos; los niños se carcajean y él continúa con el relato.

    — Toda la familia tenía cierta belleza en las letras doradas que relumbraban como una bolsa de papitas; tenían ornatos en las tapas y, en sitios por dentro muy escondidos, se distinguían una serie de grapas rotas. En el niño y la madre colgaban, como si fueran corbatas requetecoloridas, unos hilachos de cinta canela. Aunque el pegamento de la cinta ya no servía, la familia se veía muy feliz y entusiasmada, como si regresaran de una divertida fiesta con payasos».

    — ¿Y con magos?

    — Sí, una fiesta muy divertida. Entonces, como eran cajas de cartón, no podían cruzar las calles juntos porque se estorbaban, y porque las banquetas eran muy pequeñas; entonces, los más chicos de la familia iban atrás, como en fila india. Y luego cantaban la canción de Blanca Nieves y los siete enanos: aijó, aijó, vamos a descansar… trarárarararárara’ aijó, aijó —El papá infla los cachetes y pone las manos juntas a la altura del omóplato, como si cargara una herramienta al hombro. Los movimientos del padre solo despiertan sonrisas en las caras algo soñolientas.

    — Apá, cuando iba a la escuela vi a un monstruo que estaba dentro de un agujero… Y luego el monstruo tenía en su cabello una coleta bien amarrada y les decía a los niños que iba a probar sus dedos para saber a qué sabían y después a la abuelita la iba a convertir en carne.

    — Sí, apá, era un señor que roba a los niños, les rompe la cabeza y muerde los dedos.

    — Bueno, pero guarden silencio si quieren que les siga contando la historia de la familia cartón.

    — Ajá.

    — Entonces, un señor que era malo les puso por toda la ciudad un rompecabezas para que estuvieran separados y, entre las piezas del rompecabezas, les ponía cerillos de lumbre.

    — ¿Y qué hizo la familia para estar junta, papi?

    — Todavía no llego hasta allí. El niño-pasita buscó la manera de esconderle los cerillos al señor malo para que no los usara, pero como el niño era muy escandaloso, el señor se dio cuenta y dijo:

    — Ajajajá, con que me querías engañar —Y tomó al niño de una de sus tapas de cartón, lo enredó con cinta canela y lo dejó en una pieza de rompecabezas muy difícil de colocar.

    — ¿Y después qué pasó?

    — La familia, para volver a ser unida y feliz, empezó a recortarse entre unos y otros y a mezclarse. Cada vez eran de pedazos más pequeños y más pequeños y de colores distintos. También comenzaron a recortar las piezas del rompecabezas hasta llegar con su hijo, el escandaloso, y luego siguieron recortándose hasta transformarse en algo que en las fiestas siempre quieren porque hace reír y celebrar y ser felices: o sea, el confeti. Por eso, cuando lanzan al aire un puño de confeti, es como si vieran a la familia cartón unida y muy feliz.

    La dormitación de los niños se acrecentaba cada vez que dejaba corear un pequeño siseo entre los labios. El papá apagó la luz, pero la luz imaginaria de los niños empezaría poco a poco a florecer en sus sueños.

    El progreso y la globalización

    Amanecía en la pequeña población de San Bartolo en el Estado de Tlaxcala, y como siempre, los primeros en despertar eran los gallos, la mayoría de la población trabaja en el campo; Es decir, sobre los surcos de milpa o de lo que sea: vida de labrantío. Los siguientes en despertar son los habitantes, la mayoría desde las cinco de la mañana, para que la jornada diaria termine a buena hora y así se aproveche bien el día, los últimos en despertar son los rumiantes y las lagartijas friolentas. Pero no, también hay otros que se levantan tarde en las poblaciones como San Bartolo y son los caciques, ellos con su vida holgada, no necesitan pararse tan temprano, para eso tienen a sus peones y a sus sirvientas. Don Indalecio Florentino Olvera Xóchihua es un cacique autóctono cuya pureza se observa claro en su lampiñez obstinada; es todo hombre, que como un patriarca ejercita su posesión con las sirvientas y como ciudadano ejercita también sus derechos para votar. Su pose era la de un ser carnívoro dispuesto a comerse cualquier ciervo descuidado. El cielo parece borrego en plena trasquila, con un tono punzó en el orto. El paisaje se observa mestizo con un lampo murmurante sobre las tejas más nuevas y sobre el jagüey de la descampada de la “Santa Cruz”. El pequeño pueblo tiene un característico olor a gallinaza, a eso se le va sumando el tufillo de las cocinas de humo. El tostado ambiente se acicala en el cerro Oxtotl quien tiene una neblina propia de tugurio legañoso. Se hacen exterminar todas las calamidades nocturnas que se escucharon por distintos lugares a lo largo de la noche. ¡Pero qué delicia el sentir ese su aniquilación! La belleza grotesca y sin ningún pudor se presenta en la campiña; los matices basándose en lombrices tonales: nogal, ayacahuite, sabino; En los madroños, cerca de la casa de Don Indalecio, hay un nido al cual le chifla el aire por entre las ramitas, no tardará en caerse con todo y huevos. El rododendro felizmente presume su hermosura sin recato alguno, está en el jardín que cuidan con esmero los sirvientes. Don Indalecio déspota como la mayoría de los que tienen el poder o puesto público por muchos años; se vanagloriaba de haber pertenecido a los muchachos corajudos y revolucionarios del 68; de aquello le quedaba el recuerdo de ver morir a muchos en la plaza de las tres culturas, ahora no le resultaba más que recordarse con una mueca, como un chamaco pendejo que creía en ideales injertados, verdes, candorosos; ahora se pensaba —“gracias a Dios”— muy lejos de aquellos años. Don Indalecio al paso del tiempo le hizo un guiño al hedonismo, aprovechó que era abogado, se sirvió de que el ronquido de ignorancia era permanente y casi hereditario en los indios, así como también se valió de su carácter el cual no se amilanaba ante nada, y de que carecía de esa compasión que pedía Jesucristo ante sus escuchas. Por tanto, sus ideales comunistas enflaquecieron en tanto que su patrimonio engordó tanto como las vacas que José hijo de Jacob pronosticó al faraón. A las diez de la mañana llegó el vendedor. El comerciante era gordo, barba canosa de candado, pómulos salientes, cabello entrecano y lacio, chaparrón y un poco zambo; lentes, zapatos con suela de goma, pantalón negro, saco verde olivo, movimientos ágiles a pesar de su abdomen, Don Indalecio esa mañana compraría una computadora con un dinero que le había llegado por la venta de un terreno, sus ganas por comprar ese “aparatucho” era sólo para presumir con el montón de compadres, porque eso de saber de Internet y procesadores pues ni jota. En los arreglos de compraventa de la computadora, el cliente añoraba que su categoría social aumentara mientras que el comerciante perseguía que ese individuo se llevara el producto embodegado y que así aumentaran sus ganancias. Pero Don Indalecio sabía que «A mucho decir, mucho mentir”. Y no iba a dejar que le mangoneara el asunto así que pago lo suficiente haciéndose un descuento del cinco por ciento por “costos de operación”. Don Indalecio sabía que a la gente se le juzgaba por sus bienes, se le valoraba de esa manera, por eso cada vez repetía: —Y sí que sabes tú… “Cuanto vales cuanto tienes” y si no veme a mí. Antes de encender la máquina pide que se congreguen algunos parientes y sirvientes para que le echen agua bendita del templo de Juquila y le recen algunas jaculatorias, eso para que Dios no permita que llegue a la pantalla alguna que otra imagen licenciosa. Algunos le han dicho que para que se acelere el disco duro hay que ponerle unos imanes extras. Pero él no hace caso, repite, como cualquier pelafustán —“Mientras en mi casa estoy, rey soy”—Nadie entiende el uso de ese aparato, tienen la idea de que es una televisión más, pero con más “difinición”, la sobrina aconseja —Pos la ha comprado porque dicen que tiene juegos como “el solitario” y “las busca minas” en donde se puede divertir uno ¡a lo grande! — El monitor se les queda viendo que si hablara les diría: “bola de orangutanes”, ¡mamíferos de pacotilla! Se les veían las mismas facciones bárbaras que tenían las hordas hitlerianas en la quema de libros contrarios al partido nazi. Otra comadre de él, Beatriz una indita religiosa, ignorante y con dinero se había comprado también una computadora porque le habían dicho que Dios había puesto su página en Internet y ella quería comunicarse con Él para agradecerle distintos favores. Los hombres del pueblo desanimados, parcos en el habla, sumisos ante el patrón. Su voluntad era la que les permitía estar firmes, persistencia que sumaba años en el mismo sendero. Ellos se daban esperanzas diciendo: “No hay miel sin hiel”. Los conflictos que querían resolver mellaban la anorexia, su inquietud podía resolverse o no, todo dependía de que Don Indalecio les escuchara. Él sabía bien que “Favor con favor se paga”. A Don Indalecio le gustaba hollar a sus paisanos, era un placer no confesado, tal vez porque era cristiano. Don Indalecio mandó a instruir a su sobrina para que aprendiera a manejar perfectamente la computadora y así para que todos los del pueblo vinieran a él para que les hiciera algún favor, como buscar alguna información en la computadora, mandar mensajes a los que se habían ido del otro lado, recibir mensajes y cobrar una cuota. Así como asistir a la villa de Guadalupe vía Internet por medio del sistema de conferencia y cobrar la mitad de lo que gastarían de pasaje — ¡Y sin riesgos paisanos, y sin riesgos! De las compra-venta por Internet se adjudicaba un 5% por costos de operación; en fin, Don Indalecio era todo un hombre moderno o sea aquel que se va acomodando a los avances de la técnica y la ciencia. La población de San Bartolo en el Estado de Tlaxcala —gracias a su cacique—, no podía negar que a ellos les había llegado por fin la modernidad, y que ahora podían sentirse comunicados con el resto del mundo, ahora sí ya podían casi acariciar el progreso y la globalización.

    Bangkok

     

    Me extiendo en mi asiento, dando un gruñido y un bostezo. Observo, aquí frente al hotel, el mercadillo de Chatuchak, cerca del río Wat Phai Tan en la ciudad de Bangkok. Hay hombres, mujeres, asiáticas de color cobrizo, todos en el trajín con cestos, paquetes, bicicletas; los infantes pidiendo, limosneando a los turistas, el rugido de motocicletas de dos levas, gente jodida con el lodo de los arrozales pegado en el tobillo. Me quedo quieto observándolos, tratando de penetrar, de hurgar en su interioridad, pero termino fatigado, porque para eso ni a mí mismo. Los insectos reinician su danza en el lóbulo de mis orejas. El calor sofocante es mitigado con una Coca Cola™ medio fría. A lo lejos, creo escuchar xilófonos, tambores y varios gong-carrillón; son instrumentos que arman la música tradicional de Tailandia, es posible que estén interpretando danzas del Ramayana hindú. Pero por el momento no quiero caminar, sino estar sentado aquí tomándome un buen refresco. La mesera ha venido a dejarme un pequeño caso de arroz acompañado de ajo en polvo, leche de coco y un poco de nam pla (salsa picante hecha a partir de anchoas). Devoro eso y pido un pescado y un batido de fruta. Con el estómago lleno, me tomo otro refresco. Me gusta escuchar a los vendedores ambulantes pregonando la comida tailandesa en carromatos de tres ruedas en el idioma tailandés; me recuerdan a mi infancia cuando voceaba periódicos por las calles de Tlaxcala o cuando andaba vendiendo chicles por el parque y los portales. No cabe duda de que somos parte de nuestra historia, un personaje apenas subrayado, pero la totalidad está allí atrás, observándonos, juzgando nuestro actuar cotidiano. Esto que me pasa no es añoranza por aquel Estado que dejé hace tres meses, sino reconciliación con ese pasado con el que me he construido. Ahora no me considero una entidad apartada o territorializada, sino alguien que quiere compartir su mundo con el mundo, que se abre al conocimiento de lo otro, de los demás.

    El monzón no tardará en lanzar sus primeras banderas informes, blancas, espesas, de cinco días, obesas de agua. Con una precipitación de 106 a 153 centímetros cúbicos de agua al año, Tailandia se iguala con Filipinas y Myanmar en cuanto a lluvias y se pasa de la raya durante la temporada de los monzones. Se escucha el tren que va rumbo al norte, al interior del país, a la ciudad de Najon Sawan, casi siguiendo las laberínticas venas del río Phiraya, el más importante de Tailandia y por el cual a esta ciudad de Bangkok se le ha dado en llamar la Venecia del Este.

    La llegada a esta región ha sido para mí como una travesía que llega hasta las venas. He visto gran cantidad de hombres con piernas amputadas; son tal vez refugiados camboyanos. Los veo con sus muletas malhechonas, cojeando entre los puestos del mercadillo. En Vietnam y Camboya siguen sembradas las minas en los campos, y cada vez cobran una pierna o una vida. A pesar de los años que han transcurrido, tal parece como si fuera una guerra permanente, que se despierta de vez en cuando, que nos pone en guardia y que estruja el letargo. Pero la guerra es para algunos insospechadamente aprovechable. Existen naciones que, si no fuera por las guerras, decaen, sufren crisis financieras o simplemente no son, porque tienen en sus sociedades una cultura bélica. Tailandia es una de las naciones que no es como las naciones de las que les estoy comentando, sino una nación que se ve envuelta o involucrada en situaciones de pugnas belicosas. La gente va y viene, y aquí en Bangkok hay una población grande de personas sin extremidades. Por lo tanto, la idea de llegar a este sitio no es solo por puro turismo, sino debido a los negocios que me traía yo entre manos. Soy empresario, y mi tirada era hacer negocio en la venta de prótesis de madera con grabados y bajorrelieves muy artísticos, con imágenes como los murales de Cacaxtla y otros motivos tlaxcaltecas y mexicanos. La idea me vino cuando vi la artesanía de Tizatlán: sus bastones, los tallados diversos en madera de encino, los pisapapeles en forma de búho, entre otras cosas. Pero no, no funcionó. Le había apostado todo a esa carta, pero ni modo: el libre mercado me ha vencido. Es culpa del libre comercio, de la globalización. El vecino país de Taiwán hace prótesis de aluminio y materiales livianos con empotramientos electrónicos como MP3, localizador instantáneo y estuche de monerías; en lo que al precio se refiere, este es inigualable. Llevaré a casa una decena de ellas y algunos budas para frotarles la panza y ver si así me traen suerte. El monzón ha llegado y estará presente por largos días en la ciudad. Mi expedición tailandesa ha terminado. Seguramente colocaré esta nueva prótesis musical a buen precio, y se venderá como pan caliente.

    Molinillo sin fin

    —Una de mis parientes vino a encerar de nuevo la historia que había olvidado. A ella le duelen las rodillas porque dice que le da miedo el hospital, y yo, sin embargo, sigo escuchando las estruendosas calderas de esta fábrica de sanos. Percibo sus chisguetes de vapor, las distintas televisiones de los pacientes, el sacrificio que tienen que hacer estas paredes para soportar los hedores, la asepsia, la hierba de gasas y vendas que crecen por los cuerpos de los insanos, de los accidentados o desahuciados. Con algo he de sopesar este como espejismo, el terror, la pesadilla monzónica que me persigue. Se escucha el “curucú” de las palomas tras el vidrio, por fuera de la ventana, aves de lo más grisáceas… ¡Malditas pajarracas! Cómo me gustaría ser de nuevo un hombre joven para así ir corriendo al mercado a comprar un charpe y partirles el pico en dos, dejar que caigan desde estas alturas como costales de cemento, muertas, totalmente difuntas. No se me escaparía ni una porque, cuando era chamaco, era el rey del charpe, con una puntería de tuerto de barriada. Pero mi realidad actual es otra, no tiene gloria. El canto de mi aura se ha opacado, hay en mí una deserción de fuerzas vitales; los brazos del Señor Muerte se extienden hacia mí con ternura santificada. —

    —Faltará poco para que me transforme en un cadáver, tal vez unos días o tal vez veinticuatro horas. Mi situación no me permite otra cosa distinta, pero, aun así, continúo circulando por los pasillos, buscando mi espacio con el aura tan poderosa que me cargo. Sigo golpeando las espinillas con ese aire gélido que obtengo de entre las patas de las camas. Mi sombra continúa importunando a los hombres de blanco, a las visitas de las cuatro de la tarde, a los sistemas eléctricos y elevadores. Sigo con esto y con lo otro, y no me quedo quieto porque tengo aún cosas pendientes. Sigo aquí en este mundo inútil porque aún no tengo la oportunidad de decirles a mis hijos que los quiero y que deseo que me perdonen. El martes que viene estaré en el cielo, disfrutando de unas vacaciones esplendorosamente eternas, coloreadas de quietud, avecindado con esa bandada de alados sin sexo que presumen blancura virginal. Ya mi silvestre desahogo lame la oleaginosa unción acreditada, y mis ojos recortan e intuyen la luz del bosque paradisíaco. —

    Los hombres de negro atraviesan los muros del edificio. Los laberínticos pasillos del hospital no tienen sentido para ellos; el par de individuos tal parece como si tuvieran una misión precisa, como buscar darle al clavo. Ni siquiera observan los alimentos del comedor, ni a la parturienta que se afana en dar a luz, ni al policía que acomoda las credenciales de los visitantes. Solo tienen una misión: hacer cumplir al testarudo los designios establecidos. Llegan frente al desahuciado, observan su cara costrosa, como cáscara hibernando en cloroformo, y su cuerpo como una caja vacía, tal cual un portafolio fofo, como cascarón huero. Observan la tenue y azulada luz umbilical, hacen chocar pequeños objetos en ella, y la larga línea se vuelve fosforescente. Siguen el listón con detenimiento hasta dar con el aura desobediente.

    —Con que querías hacerte el chistosito, aja, pero aquí vamos a darte tu medicina—. Al aura torcida le empiezan a llover una serie de golpes, patadas y quebradero de huesos (en sentido figurado). Su contorno se estremece con tantos raspones, asolamientos y coscorrones. El esplendor de su espíritu se opaca ante tanto sopapo, y no le quedan ganas de seguir negándose. Lo arrastran maltrecho hasta el cascarón que tiene por cuerpo. Observan, como por una visión calorífica, la radiación de su organismo. Uno de ellos saca de entre sus ropas unas tijeras grandes, como para cortar el césped, y tasajea el cordón. El cuerpo se estremece, se tensa y finalmente expira. La enfermera llega ante el nuevo muerto, checa los signos vitales y se da cuenta de que ya no tiene ninguno. Llama al médico de guardia, y los enfermeros llegan con los distintos instrumentos. Ya no hay más que hacer. Los hombres de negro enredan el cabo en la esfera, como boya inquieta; la depositan en un cántaro humoso, casi transparente como de agua y gel. Se dan la vuelta y se van por donde vinieron. Los profesionistas de la salud salen en grupo con paso lento pero seguro; el último en salir tapa la cara con la sábana. El cadáver poco a poco se va enfriando. Al cuarto entra una señora blanca, de ojos verdosos y de pelo quebrado. Levanta la sábana y observa el rostro; esa cara ha perdido su historia, le han quedado las cicatrices, las arrugas, el tiempo que ha barnizado en todo momento. Despierta en la señora compasión, perdón a cualquier cosa ocurrida durante su existencia, pero ya nadie escucha. En la calle vecina al hospital hay un niño juguetón con un carpe; las palomas están temerosas, no cabe duda de que la vida es un círculo que termina y empieza como un molinillo sin fin.

    El bombero castigado

    — ¡La ambulancia por favor! Envíela frente a la presidencia, tenemos dos accidentados, uno de gravedad; envíe equipo de emergencia, repito. Envíe equipo de emergencia. Tuvimos un percance en la demostración, ¡dense prisa! — El jefe de bomberos repetía exaltado por el radiotransmisor llamando a la corporación de la Cruz Roja. Héctor Rulfo era uno de los accidentados, sus lesiones sólo llegaban a ser golpes leves que a media semana se borrarían. Los de su compañero eran de consideración. — ¿Y cómo fue el accidente? — Pregunta el curioso al señor más cercano. — Lo que pasa es que se subieron a una escalera de seis metros; mire, allí ya se la llevan. Y con los tres que se subieron no aguantaron las sogas y fíjese que con todo y equipo dieron al suelo. El compañero de Héctor Rulfo se retorcía de dolor con convulsiones, los temblores seguían cuando llegó la ambulancia. La muchedumbre se arremolinaba como moscas en perro muerto. Los compañeros bomberos pedían la calma. Los policías ineptos se ponían nerviosos. El presidente municipal cuchicheaba con su secretario y mientras; los camiones rojos, pipas y demás aditamentos se aburrían esperando ser utilizados. Se había hecho una exhibición con todo el equipo, y extendido en el pavimento, los botiquines eran desparramados para buscar el remedio presto para curar al casi hermano, al compañero de trabajo. Pero, no había nada para curar al grave de derrame cerebral. Si fuera algún asfixiado o quemado cualquiera de ellos era competente. Héctor Rulfo era uno de los más prestigiados hombres de la heroica agrupación de bomberos, tenía en su currículo una afanosa lista de reconocimientos, diplomas y fotos con personalidades distinguidas que corroboraban su capacidad en el trabajo. Ser bombero no había sido fácil para él. La elección al oficio había sido una promesa que se había hecho a sí mismo por la muerte de su padre, en el incendio de la iglesia ocurrido en 1938. Héctor había pasado por catástrofes como: inundaciones, temblores, derrumbes, incendios, entre otros; y accidentes de electrocutados, de personas salvadas a punto del suicidio, perdidos en grutas insondables, niños ahogados con un pedazo de bocado, en fin. De lo que se sentía más orgulloso era de lo ocurrido dos meses atrás. Resulta que recibió en su turno una llamada en dialecto propio de los naturales de la región, y que ni tarde ni perezoso acudió al auxilio; era el incendio de una troje llena de pastura, pero el problema era que cerca estaba el cobertizo donde la comunidad guardaba el grano para la siguiente cosecha y también enseres que eran propios para el trabajo. Héctor Rulfo como superior de bomberos dirigía las acciones con tino, dando como resultado el cese del fuego en pocas horas, no sin antes arriesgarse él mismo para salvar el becerro torpe de patas. La comunidad había acordado que enviarían una invitación para que el jefe de bomberos seleccionara a uno de sus oficiales, para que el Día del Bombero acudiera a la comunidad. Se haría una comilona en su honor. Cuando se reunieron los bomberos después de la demostración, en el salón de sesiones de la corporación de bomberos, había un apesadumbrado viento fresco que empalagaba todas las caras de abulia por lo sucedido, muy a pesar de encontrarse celebrando su día. En la mente de Héctor Rulfo se repetía el discurso del presidente municipal: “Sabemos que lo ocurrido a los compañeros es muy lamentable, son cosas que suceden, y que lamentamos. Seguiremos muy de cerca el restablecimiento del compañero, la exhibición tiene que continuar, y sólo esperamos que terminen de colocar los aditamentos de la próxima demostración. El oficio de bombero, todos lo sabemos, no es fácil, arriesgan su vida, y ellos están dispuestos a todo, están al servicio de la comunidad, así como nosotros lo estamos, o sea, todos los que formamos parte de la presidencia que yo dirijo; pero vamos, señoras y señores, un aplauso a los bomberos, por favor ¡Un aplauso!” A Héctor Rulfo lo despertaron de su introversión cuando pasaron una gorra con unos pequeños papeles hechos bola, era el sorteo de cosas como: encendedores, lentes de contacto, una suscripción gratis para la revista que dirigía el presidente municipal, el premio para ir a comer con la comunidad de los naturales y, también, una dotación de condones suficientes para todo el año, donados por la secretaría de Salud gracias a las influencias del presidente municipal, entre otras cosas. Cada uno de los bomberos iba inaugurando una cara de sorpresa; pero no tanto para Héctor Rulfo, le había tocado ir a comer a la comunidad de los naturales, pero él lo que quería era estar con su amigo delicado, hizo un gesto de aprobación cuando le tocó nombrar su estímulo. Cosa que más que un regalo, en esas circunstancias era para él un castigo. En la gorra había quedado un papelito, era el papel del obsequio que correspondía al lesionado más grave, le había tocado una dotación de condones donada por la Secretaría de Salud. Cuando llegó a la comunidad lo primero que avistó fue una troje negra, chamuscada, luciendo unos rayos traviesos jugueteando en el interior; al lado, cerca de la iglesia, se miraba un manteado y más allá dos mesas con carne de puerco escurriendo sangre, las tajadas estaban listas para las carnitas. Las moscas, sobre todo y más que los comensales, festejaban como si fuera su santo. Los perros irradiaban de felicidad, y peleaban con desgano, debido a la comilona, un pedazo de cebo hediondo. El superior de la comunidad llegó a recibirlo. Su pantalón limpio contrastaba de manera salvaje con sus pies embotados en guaraches de suela de llanta y los pies gruesos de polvo, como costras cuarteadas por la historia. Con una sonrisa radiante el señor extendió la mano y muy amablemente Héctor hizo lo mismo. Habían hecho una pequeña valla humana hasta las mesas. Al pasar el agasajado todos aplaudían. Los borrachines gritaban en su idioma y festejaban desmesurados con el alcohol, que era tradición regional. Ninguno entendía de buena manera el idioma de Héctor, cosa que no le afligía en lo más mínimo. Cuando le sirvieron el arroz consideró escapar del asunto, pero era demasiado tarde, le habían puesto enfrente una bebida propia de la región, la cerveza, los hielos, las servilletas, el pan de caja, las tortillas recién hechas, un vaso con arreglo floral y, sobre el vaso, un dibujo en papel de un bombero apagando el fuego, realizado en la escuela primaria. Después del primer plato siguió una charola cuya fuente era: cueritos, chicharrones, costillas, tripitas, pedazos de hígado y bofe; acompañados con limón, salsa roja, cilantro y cebolla, entre otros complementos. El tercer taco fue de bofe, cuando quiso tragar el pedazo y no pasó fue cuando supo que estaba en problemas. Héctor levantaba las manos intentando acomodar la garganta, tratando de ayudar con los movimientos de la cara. Mientras, los parroquianos disfrutaban del banquete pensando que el bombero festejado se le había subido el alcohol a la cabeza, y en su idioma contaban el chiste viendo la demostración. Héctor como mimo señalaba la espalda e intentaba golpeársela, cosa que ocasionaba la risotada de los más ahogados en alcohol; cuando cayó al suelo con la cara morada, intentando jalar aire, los asistentes lo rodearon apelotonándose. Algunas personas imploraban a los espíritus de la montaña, otros se alejaban pensando en que se le había metido un demonio, algunos más acomedidos se inclinaban para darle un vaso de agua o la copa de aguardiente. Dejó de respirar. Todo fue tan rápido. Se dieron cuenta demasiado tarde. Se había ahogado el bombero con un pedazo de bofe. Las lesiones de la caída ocurrida en la mañana todavía seguían allí, no se borrarían. El currículum de gran bombero allí se cerraba.

    Yo vi al nahual

    —No puedo creer que aquello que estoy viendo sea el nagual. Me habían contado que por estos sitios se podía ver, y aquello que está allá en la arboleda, en el claro que conforman los campos semienhierbados, es sin lugar a duda. Me había fijado en ese lugar en muchas ocasiones. Ahí donde los árboles han crecido se pasea triste, columbrado. Hay una silueta áurea que lo sigue, que lo acompaña y sigo viendo. Atrás de las orejas se me va formando un escalofrío que recorre la espina dorsal, es un miedo ante aquella cosa que se agita, se comba sin descanso. No logro entender. A lo lejos se mueve. El nagual corretea, se inquieta como si quisiera escapar de algún dolor, como si quisiera presentarse al dolor de los demás; en ocasiones flota, se apacigua en el aire, en la brisa, sólo se puede ver en la brisa, en la ligera lluvia de las tardes de mayo, como ahora. El agua corre, los relámpagos chispean en el cielo y hacen configuraciones imprecisas de luz. —Más tal pareciera que cerca del nagual, de aquella cosa que cambia de configuración… ¡Ahora lo veo en forma de perro!… no… ¡No es perro!… ¿será perro? Mmm… ¿No seré yo el que está allá? Mmm… Y ese cuerpo desnudo, escamoso, mmm… ¿qué le cuelga allí?, Parece que es… ¡las vísceras! Santo dios… ¿es la cola?, Es la cola de perro, cambia tanto, me espanta, ya no quiero ver. Me quiero ir de aquí, mmm… se ha escondido en los matorrales, atrás del árbol… no, no se ha escondido, se ha guardado de algo, tal vez tiene temor a que lo vean. ¿Acaso estoy violando los misterios que tiene que ser incognoscibles e indecibles? Es el objeto o la cosa viviente quien no acata las leyes físicas por las cuales mi razón se sustenta, es decir, la lógica racional sin la cual pierdo la cordura. —A veces las imágenes son precisas porque el agua cae y forma un velo tenue y azulado. El velo se acentúa más; al mismo tiempo que se agigantan las gotas de lluvia, caen esporádicos granizos, pero ese velo deforma, se vuelve confuso en la humedad y la imagen es cambiante y diversa como mezcla fantástica. La hierba se moja con ese… y esas patas, las patas del nagual, no alcanzo a verlas, pero imagino que son de hombre, podrían ser de perro. Sigue una tarea, la faena que asusta, que me engarrota todito. Me golpea el corazón. Me enferma. Me hace una atemorizada sanguijuela. — ¡Que mal! … ¡Santo Dios!, se ha convertido en un esqueleto, es una armadura de huesos, es el armazón estéril, infecundo. Tengo que escribir esto, la circunstancia me hace estar erizado, tieso. Me quiero escabullir. Quiero escapar, me acobardo… ¿quién no ante este pinche show? En este momento me gustaría más ser un árbol, un maguey, un nopal para no sentir este alucine. Algo pasa, algo pasa en torno a ese nagual, ha mutado en algo blando, adiposo, es un adobe… ¿un adobe o un abdomen? Es la informalidad, el cambio amplio, enconado, es lo que me debilita. Estoy abatido, raquíticamente abatido por esta imagen, ojalá y sea fantasía en desvarío una ficción que me aterra y que no puedo escapar mientras aquella cosa… ¡Apiádate de mi Dios Mío!; Ahora es un burro sin cola, pero tiene cabeza de simio y cola de cuervo… No, no es un cómo… no es una cola de cuervo, es una sombrilla que cubre el lomo, entonces que hay en el lomo, ¿qué se encuentra en ese lomo que está cubriendo? —Esa cosa inverosímil es la representación de otra cosa que no entiendo y que no logro comprender. ¡Caramba! De no ser por mi juventud, de estar mal del corazón, seguramente estuviera mañana en camino al panteón. Siento que los poros se me enchinan, se crispan, los bellos y su raíz se electriza, se hacen pabilo; y esta imagen, esta representación, esta ensalada centrífuga de partículas mezcladas en sus formas me hace estremecer. —Sigue lloviendo, es el velo, el himen acuático que desfigura a ese perro con cola patas de chivo que olfatea el aire, la tierra mojada, las plantas y arbustos… mmm… ahora se escapa, como si hubiera visto al chamuco el mismo nagual… ¡me está viendo a mí! Ha visto que lo estoy observando. ¡Qué ojos! Es el rojo encendido que centella entre la guinda fosforescente y el azul de las urracas. Mis vísceras se desparraman, sufren espasmos. Aquello me ve, aquello me asusta. ¡Me estoy orinando! —No escapa hacia el macizo, sino que se dirige hacia la colina; atraviesa árboles; se aleja. Lo veo entre magueyes tiernos y se pierde en la colina, mientras el agua corre en arroyos, se escurre hacia los estanques del pueblo.

    La audiencia tácita

    “Toda la historia de la vida de un hombre está en su actitud”

    Julio Torri

    Estuve presenciando la voz de un hombre menudo perfectamente vestido cuyas palabras formaban universos extraños sacados de algún palimpsesto, todas esas palabras misteriosas reflejaban que éramos dos mundos diferentes, y después se reía, me daba unas cuantas palmadas en la espalda diciéndome: —“Las cábalas políticas mexicanas son como las amibas; se fusionan, desprenden subdividen y vuelven a fusionarse en la oscuridad palaciega sin que el pueblo se percate” —Yo le dije, al tanto que me recargaba en la pared mientras el horizonte enrojecía. “A veces los mexicanos despertamos” Él con parsimonia tomó el último sorbo de su cerveza y continuó. —Déjate de tonterías, las cosas no van a cambiar, mejor me voy “…Haz que todo me sea alistado para la hora de partir” Cuando se fue, tentado estuve de pedirle que se quedara, pero ese no era su destino. El hombre tenía que llegar allá cuando el ocaso, para hacer teatro de mascaradas. Nos habíamos puesto de acuerdo en que yo estaría allí aplaudiéndole y diciendo que él era genial que una palabra y sólo una podría hacer cimbrar la multitud, la muchedumbre. El camino era angosto. Una monumental bajada con terrado recorría la vía; y el asfalto envejecido permitía el giro de las llantas hasta llegar a un recodo donde se tornaba a un laberinto con piedras y ladrillos a los lados. Apareció el autobús que me condujo a un recorrido imprevisible. Después de los años, cuando el horizonte se alejó y el ocaso de nuestras vidas se apretujaba en los años que nos quedaban de vida, nos vimos… Yo estaba aletargado en compañía de las moscas circunvecinas y con llagas en las corneas, veía a las libélulas copular en el aire desértico del pueblo de Palomas. Atisbaba las nubes del Puerto de Palomas y me horneaba en ellas, y era mirar el huracán tras la línea estadounidense. Yo, era uno de los hombres desheredados del pueblo, mi destino me había barrido hasta esos sitios substanciales del bochornoso clima chihuahuense. Llegó el hombre y lo reconocí. Él continuaba hablando de cosas Extrañas e in entendibles que yo, por no ser descortés, dejé que corrieran las palabras por las lomas sedientas. Le dije de continuo, ahorrándome palabras: —Así como el gallo tuerto come de lado, así yo con el ojo de buey me nutro de ideas a diestra y siniestra. Él con voz de amo siguió: —Cruzaré la frontera México-Americana de indocumentado porque tengo deudas con la justicia, y también para llevar unos paquetes que son propios del negocio—Terminó diciendo al tiempo que se descalzaba de sus mocasines amielados “haz que todo me sea alistado para la hora de partir”. Partimos hacia la garita pasando la malla de alambre por un costado de la escuela Ramón Espinosa Villanueva con las garrafas llenas de agua. Para perdernos, sólo teníamos que equivocar el rumbo y no llegar a Columbus, cosa que sucedió. A mí me picó primero la serpiente. Él continuó, y con sarcasmo adulé su valentía, seguía cargando los paquetes de polvo. Me quedé sentado observando el entorno, despertándome de vez en cuando “tal como lo hacemos los mexicanos”. Me avivé pescando hormigas con un garfio, lo introducía en el pequeño agujero donde salen y prueban su fiereza con el metal quemante, se escurrían de nuevo a las profundidades del orificio fresco y retornaban a morder con fuerza sobre el objeto extraño. Yo extranjero, picaba con el garfio y el sol me atacaba salvajemente en cuello y espalda. Cuando vi un solo punto de aquel hombre supe que ya no lo volvería a ver, Él continuó caminando. Las autoridades de inmigración encontraron a los dos cuerpos calcinados por el sol, después de cinco y siete días respectivamente. Al primer cuerpo, encontrado a un costado de un hormiguero, no le dieron mucha importancia; el segundo cuerpo, lo llevaron a México, lo presentaron a los medios de comunicación con todo y hormigas, con la lengua de fuera y con Los ojos achicharrados por el sol, con la piel negra y seca. Había muerto el llamado: “El señor de las nubes y los medios”, narcotraficante muy buscado en el continente Americano. El otro muerto, antes de morir, arrojó palabras sobre la cañada, pero no tuvo auditorio.

    Ya no sé qué cosa

     

    —Sentado en las escalinatas, confundo y enojado miraba mis zapatos y hacía muecas tratando de no ver, tratando de escapar; rotos y enzoquetados descansaban al fin un poco del tianguis. Como mis zapatos era toda mi historia: corta. Estaba en el sexto año y llegué lejos. Ni sé nada del año, ni había clases. Mi tía me llevó a la graduación un ramo de gladiolos con flor de nube y me regaló un reloj de los “pica piedra”, tuve que bailar el vals con todo y pena, la canción de las “golondrinas” no la escuchamos bien porque estaba rayado el disco. — ¿Pensar en la secundaria? Mi mamá apenas tiene para que comamos y mi padre se la pasa de guevón y pulqueando con sus compadres; a mí no me queda otra más que seguir vendiendo cerillos, de ahí sale para el colectivo, las tortillas, y no voy a decir que no, también me alcanza para las “maquinitas”. —A mí me preocupa que no tengamos dinero, soy el mayor de mis hermanos y ya viene el otro. Parece que mi Padre no entiende, le dice a mi mamá que usar condones es anticristiano y eso lo dice el santo papa, y además que van a decir los compadres… que parece que están haciendo la competencia para ver quien le saca más a la “vieja”. Ya no sé qué cosa. Mis amigos del mercado, el “bolas” y “el traste” me invitan para que nos juntemos con otros cuates y echarnos el cigarrito y las “chelas”, ya sé que eso me conduce a ser uno igual a mi padre, o peor, que tal si la pruebo, es decir la “buena” y después me gusta, y con el tiempo quedo igual que Mateo… Perdido, perdido. —Ya no sé qué cosa, me lo vuelvo a repetir muchas veces, tal parece que a todos los de mi colonia les cayó la misma maldición que a mí, la mayoría anda con los zapatos jodidos, llenos de lodo, y no salimos de una cuando ya caímos en otra; a todos nos agarra por temporadas la diarrea, la gripa y hasta el fut-bol; parecemos herramienta de la moda, pero de aquella que agarra parejo aunque uno no quiera —Quién sabe que ha de significar el soñar escaleras, pero no el que uno vaya para arriba, sino el que descendamos de las escaleras más allá del suelo. Eso soñé ayer, y por eso estoy aquí, en las escalinatas; viendo mis zapatos rotos y enlodados, con el costal de cerillos empapado y la mercancía echada a perder. Por aquí han pasado unos “chavos bien” con tenis famosos… y de aire, embotarse de esos ha de ser la pura vida. Al bajar el último peldaño, resbala por el exceso de lodo en los zapatos perdiendo el equilibrio, y cae hundiéndose hasta el pecho en la alcantarilla abierta desde donde fluye hacia arriba como fuente, el agua del drenaje. Los cerillos se esparcen por la calle y son atropellados por los urgentes autos.

    La carta

     

    El joven escribía la carta para su novia; frente al escritorio media docena de libros, la máquina, la engrapadora y un ciento de hojas blancas. Las cortinas desplegadas en la ventana ocultaban la tarde muerta; imprudente la luna brotaba por entre la autopista y sus rayos accidentados rayaban los ágiles cofres. El improvisado poeta se esforzaba, mientras con destreza, una gota escurría por la frente, el sudor resbalaba por la grasosa piel, esquivando el acné del muchacho.

    “Tengo en mi lengua clavadas mil y una palabras para ti niña costeña; tengo agradecimientos que se asientan en mi voz, quiero agradecerte muchas cosas, entre ellas que me tengas confianza, eso me convierte en un hombre de ánimo benevolente; agradezco el cariño que me tienes porque tal vez no lo merezca y eso, cariño, me trastorna los hemisferios. Te agradezco que compartas tu tiempo con un hombre como yo, también el que regales en mis labios tus labios y hagas que tu alma la roce con tu aliento en mi boca. El que seas sincera conmigo y me confíes tu historia, tus deseos y te quedes desnuda. El que ofrezcas tu cuerpo a mis brazos, mis besos y caricias, y más el cariño infinito que me tienes; que me aceptes tal como soy, y en ese tal como soy tu desaparezcas como un fantasma, para ser yo; también que soportes lo que tú no soportas y te agradezco el que aportes lo que yo necesito, lo que yo deseo”.

    “Por otro lado, perdóname por no comprender, por ser un terco al quererte; mi niña costeña, la mujer, mi ninfa, mi todo. Perdóname por buscar nuestra felicidad en el tiempo más conveniente y el que oculte mis sentimientos cuando estos están al día. Por ser incomprensible y por ser un hombre tan pequeño que ama a una mujer inmensa, la diosa, el ángel. El ángel que encontró un centelleo de sol en mis ojos. Disculpa que sea un niño. La vida es así, se toma, se regala, se respira”.

    Se levanta el jovencete. Se deja caer en la cama cuando suena el teléfono: —sí soy yo. ¿Entonces no vas a poder? ¿Y qué vas a hacer allá Entonces ya no te voy a poder ver? ¡Ahora mismo sales! ¿Y lo nuestro qué? Tú sabes cuánto te quiero… no eso no es suficiente, necesito verte, estar contigo. Bueno no es culpa tuya. Yo también. Adiós. CLICK.. El joven se levanta enojado de la cama, toma la carta y en bola la lanza al cesto de los papeles. Ella descansa. Después de tener las maletas listas y de colgar el teléfono, y en torno a su recámara femínea, cortinas rosas en ventanas coloniales que miran al parque. Ella, sintiéndose sobre almohadones, roza estirando el cuerpo mientras observa escenas en la televisión, vestida con pijama de lívida franela; el cabello suelto, posado, inerte. Los pies desnudos, limpios, sagrados. La sobrecama salmón con rosas níveas se asienta cual capa, como un brindis a su hermosura, de ocasiones, ella gira la cabeza para verse en el espejo siniestro. De vez en cuando percibe la juventud, su adolescencia viendo su perfil conmovedor, deja que el cuello flote ingrávido, señorial con su conjunto de encantos. Tiene suspiros en las piernas al recordar el joven que una vez le ofreciera su amor, el éxtasis de pareja. A él lo recuerda acurrucándose en cama con las yemas acariciando sus labios. Ella tiene el cariño y cuidado de sus padres, pero sigue allí, guardada, observando la televisión en una noche solitaria con sutil vida. La luna sigue asomando su fino e inquieto rayo en las ventanas y cortinas. Escucha tocar la ventana con prisa, y al acercarse es el joven. — ¿Por qué me haces esto? ¡Tú sabes cuánto te quiero linda! – contesta limpiándose la cara de sudor, son gotas por el esfuerzo de cruzar el lomerío de casas. —Deja todo como está, no te volveré a ver. Eres un hombre que no me conviene, y dice mi papá que no vales nada. Adiós, disculpa, pero tocan a la puerta, seguramente es mi mamá. —Al abrir la puerta recibe una feroz bofetada que hace golpearse con la columna cercana. — ¡Yo que sólo tenía una intuición resultó cierto! Qué imbécil eres, estás embarazada estúpida chamaca. ¡Eres una perra! Lo más bajo, pero…co…cómo pudiste hacernos esto a nosotros, que te hemos cuidado tanto, que queremos lo mejor para ti; hasta llevarte a Monterrey a una de las mejores Universidades, y a vivir con tus abuelos, pero que caray, desgraciada, y seguramente es ese mequetrefe aprendiz de literato, pero… ¡Por Dios!” no te soporto verte más aquí ¡Lárgate! ¡Lárgate de aquí ingrata! ¡Malnacida! La joven no deja de llorar, aprieta los ojos y su cara se deforma ante la sorpresa. Se oprime el estómago y encoge los hombros llorando sin descanso. ¿Hay Diosito Santo, porqué a mí? – dice la desafortunada, mientras que su madre ha ido a la recámara de la hija por la pesada maleta, la jala y el rodamiento se desliza. —Largo ¡Largo! Y no te quiero volver a ver —dice la mujer azotando la puerta. —El muchacho había escuchado el escándalo. Estaba radiante por la sorpresa, muy contento; se sentía mayor de edad. —Linda ven aquí, no te preocupes, todo va a salir bien- pronuncia acercándose a la puerta principal. — ¡Hay palomito! ¿Y ahora qué voy a hacer estoy embarazada —llora y grita la veinteañera sentada en la maleta? —Ahora pensamos que hacer. Ya no llores, anda ponte algo que hace frío. Después de unas horas de discutir y empujar la maleta, los dos acuerdan irse a Monterrey con los boletos que ya estaban comprados con anticipación, llegarían a la casa de los abuelos. Ellos no negarían la ayuda. El joven entró a su casa y excitado saca sus ropas sin ton ni son, recoge la media docena de libros que están encima del escritorio y levanta una hoja hecha bola; es la carta que horas antes había lanzado al cesto de los papeles.

    El basurero de risco alto

    —Que dicen, nos vamos a “Buenos Aires” o vamos a coger víboras por aquél lado de la cueva— dijo Toño, el niño pecoso y escuálido a la tercia de chamacos mocudos.

    —Hay donde gusten— dice Marcial sujetándose el zapato puesto sobre el guarda fango de la bicicleta de Toño.

    — ¡Chin—chin el último en llegar a “Buenos Aires”! — Gritó Andrés, al tiempo que estrujaba la bicicleta para ganar tiempo. Toño pierde el equilibrio y cae  provocando la carcajada que se escabulle por los rines alocados.

    —Si serás güey — acierta a decir Oscar mientras esquiva los pedruscos de la calle.

    El pueblo permanecía en anonimato permanente, sólo tuvo ocasión de ponerse protagónico de chiripa, cuando un general norteamericano se perdió por la sierra  persiguiendo a la única división militar que invadió su territorio, y por accidente, llegó a la planicie sedienta de Risco Alto. El Santo del pueblo era San Isidro Labrador: milagrero en lluvias benéficas, pero, resultaba infructuoso el responsorio y aun así, se celebraba el 15 de mayo con el alborozo tempranero de las molinderas.

    El sol rabioso atacaba los arbustos con temperatura delirante. Las alimañas buscaban los charcos de sombra que fugitivos se movían al compás del día. Los soplidos insignificantes del viento resultaban ingratos sobre la piel. Al cuarteto de chamacos les atosigaba el vientecillo en las gargantas,  pero eso no les impedía correr a la vagancia. “Buenos aires” era el sitio ideal para remendar una aventura, era el basurero del pueblo, y no faltaba quien fuera a tirar: la estufa, la taza de baño, los colchones, las máquinas descompuestas, la chatarra, los trebejos oxidados, o las estructuras de algún negocio fracasado; en fin, la basura era preferente en este listado. Era allí el ambiente viciado por los distintos elementos en descomposición, fermentaciones y hedores se generaban en cantidades proporcionales al pueblo, por tal razón ya no hay que explicar más el irónico nombre.

    A los muchachos les gustaba husmear en los desperdicios y descubrir entre todo lo inservible aquello que era un verdadero hallazgo, para unos era la canica en el interior de las botellas, los resortes, los espejos, las bobinas de motor, los lapiceros, las cuentas, los juguetes maltrechos; además los libros de cocina, las revistas pornográficas, las gomas, y jeringas hipodérmicas, entre mil cosas. Los niños jugaban, correteaban por entre los trebejos, por los cerros de tierra y escombro, brincaban sobre las pilas de colchones, formando casas, rampas, cárceles, escondites. En sus cabezas había odiseas, conquistas, guerras, creaciones, invenciones de mundos insólitos; en veces era el naufragio o la llegada a la luna o la batalla con monstruos sin cabeza, todo ello recreado en el ambiente de “Buenos aires”, sin olvidar el sitio “La cueva”: lugar lejano pero que no por eso, dejaba de ser atractivo para el cuarteto de mocudos.

    Toño, Andrés, Marcial y Oscar eran los inseparables del barrio, y aunque había otros niños que querían sumarse a la pandilla no aguantaban las bromas pesadas de los llamados: “mocos verdes”; los cuatro tenían ojos aceitunados o bien café claro y eran de tez blanca, y cabello negro, a excepción de Marcial que era pelirrojo y de pecas rozagantes.

    Al llegar a la explanada del basurero, Andrés entra a la rampa de madera mal puesta y al intuir el brinco empuja desde los pedales la bicicleta que sigue su rumbo sin dirección dando rebotes por entre un desvencijado catre y los cerros de escombro, mientras él, rebota en esqueletos de colchones oxidados. Los otros tres pícaros hacen su aparición con una ocurrencia peculiar. Oscar llega y derrapa levantando una nube gruesa como para una asfixia. Marcial entre la nube de polvo no ve nada y se va derecho estampándose en las llantas apiladas, Toño llega tosiendo, agotado por el esfuerzo, sufre de asma; entre dientes susurra barbaridades.

    Entran al escondite:

    —Les voy a contar un cuento de “Cabe” nuestro enemigo— dice Toño acomodándose en una silla mal puesta. En derredor, los almanaques de revistas pornográficas alegran la vista. — Era un niño que se llamaba Cabe y de pronto llegó el policía bien rápido por el niño porque se había robado unas pelotas del CAPEP y la policía lo agarró con esposas y lo llevó a una celda muy fea, obscura y sin dar comida donde tenían una gota de ácido que caía y caía y cuanto más caía más se deshacía el niño — el chiquillo hace la copla con sonsonete aniñado.

    “cabe es

    Cabeza de marro

    Te pareces al marrano”.

    — ¡Ha! Ya cállate. Si de veras quieres ponerte con él, ve y sácalo de la cantina — aconseja Marcial, entretanto se enjuaga el sudor con la camiseta, y continúa. Sus pecas siguen pegadas a la cara. — ¿Quieren que les cuente un chiste?… Bueno… ¿Quién es más limpio, el cerdo o el marrano?

    —No lo sé — dice Andrés, los otros dos levantan los hombros, — a ver cuál es más limpio.

    — Es el marrano porque cuando se le pregunta al marrano: ¿cuándo te bañaste? El marrano dice: oinc—oinc (hoy—hoy).

    —Mi papá me platicó— dice Andrés, girando una botella en el suelo — que cuando él era joven conoció a un señor, y era demasiado loco, que él no llegaba a la peluquería a hacerse un corte de pelo porque él mismo se lo hacía, pero quemándoselo con un encendedor… en serio; ya cuando lo sentía largo, les prendía a sus chimpas y se las dejaba todas chamuscadas bien feo. También me contó que ese señor cuando fue a sacarse la foto para tener la credencial de elector llegó con caballo y vestido de vaquero y le dijo a la encargada de las oficinas del I.F.E.: —Sí, aquí quiero, sáqueme la foto aquí montado en mi caballo y con sombrero para que no salga yo despeinado.

    —Si tu papá es bien mentiroso, tu que te pones a creerle, por muy loco que esté, a poco no va a sentir el calor en las orejas— pronuncia Marcial.

    —Bueno, es lo que me contó mi papá si no quieres creer pues allá tú.

    Francisco Dyer era apodado “Cabe”, era un infante de padres extranjeros, pero él había nacido en Risco Alto, Municipio de Ascensión, México. La decisión de quedarse en el pueblo había sido por obstinación del destino. Su padre tenía una tienda de ropa y una cantina. El apodo era porque tenía la cabeza grande en comparación a su cuerpo. Era un niño egoísta, mal educado y caprichoso. El niño estaba como para el desprecio instantáneo, tenía la sangre pesada, sus maldades llegaban desde la crueldad con los animales, hasta la villanía más precoz.

    A Francisco Dyer le había encargado su padre en esa tarde, llevar al basurero unas cajas con desperdicios de las tiendas. El camión recolector había pasado, sin llevárselas. “Frank” (así le decía su madre) estaba castigado por haber tomado dinero de la caja de ahorros, había comprado con el dinero, los petardos que en la mañana había lanzado al bote de la basura a la hora del recreo. Cuando llegó Francisco Dyer al basurero, con los desechos de los negocios, intuyó que podrían estar los “mocos verdes”, pero se serenó al pensar que en realidad no lo esperaban.

    El camión de la basura venía dando giros por el cerro del “mogote” mientras que Francisco Dyer se parapetaba en las mismas cajas que llevaba a tirar. Lo habían descubierto.

    “cabe es

    Cabeza de marro

    Te pareces al marrano.”

    — ¡Ahora sí nos las vas a pagar todas juntas, cabrón! — Pronuncia Marcial enjaretado en un bacín como casco.

    —Qué tal si le aventamos de los globos con pintura que tenemos reservados para las grandes ocasiones — aconseja Toño ataviado con propiedad como para una batalla.

    El camión aparecía en escena con una fiesta de sonidos. Es el crepitar sin miramientos, es el anudamiento de truenos, es el zapateo de desajustes, de traca—tracas, de rechinamientos meneados al unísono. Con la reversa puesta el camión se invita sólo al barranco donde se encuentra Francisco Dyer parapetado en las cajas de cartón, justo abajo de la enorme carga de basura. El camión con los movimientos calculados, se para al filo y levanta la carga que empieza a resbalar.

    “cabe es

    Cabeza de marro

    Te pareces al marrano”.

    Mientras le lanzan con todo, piedras, botellas y llantas. De volteo, caen las toneladas de basura quedando el niño sepultado. Los niños se pasman por lo sucedido, y huyen como nido de ratas al descubierto. Cuando van por el cerro del “mogote” recapacitan. El camión recolector de basura pasa con su tronadero a toda prisa como si fuera una emergencia el recoger la basura.

    — ¡Cabrones, le calló toda la mierda! Y ahora que, le avisamos a su papá o lo sacamos de allí — dice Oscar nervioso y asustado.

    —Se me hace que mejor vamos a pedir ayuda — comenta Andrés.

    — ¡No sean pendejos! Cuando regresemos ya va a estar muerto, mejor síganme, vamos a ver si lo podemos sacar— razona Marcial y de momento le da vueltas a su bicicleta, al arrancar se le cae el bacín que trae de casco.

    — ¡Ahora sí nos van a castigar por esta! — pronuncia Toño y continúa — pero todo por culpa de ese pinche “cabe”, si nos castigan porque la hacemos o bien porque no la hacemos y al fin de cuentas es por su culpa. Ahora que nos debía tantas, Y ahora tenemos que hacerle hasta el favor al idiota…cof, cof, cof…no levantes tanto polvo, pinche Marcial…cof, cof. ¡Puto, abusón! —el preocupado cuarteto de mocudos entra de vuelta al basurero, y dejan las bicicletas muy cerca del escondite. Marcial y Oscar se meten al escondrijo y se deshacen de los armamentos que traían colgando, en tanto que Toño y Andrés ya están derrapando en la inclinada pendiente hacia el último cerro de basura por donde se encontraba Francisco Dyer.

    Francisco Dyer se encontraba vivo pero presionado por la basura, al recibir el empuje de la basura, había sido lanzado al interior de un tambo. El olor y el calor hacía irrespirable el estrecho aire, con esa cantidad de oxigeno viviría aproximadamente tres horas. El apachurrado chamaco se había desesperado en los primeros siete minutos, pero, cuando escucho unos sonidos apagados, el desbarranco de piedras y un cof—cof, lejano; pensó que no estaba perdido todo. Tanto Toño como Andrés llevaban en sus manos unos garfios, o bastones con gancho; era la herramienta que utilizaban para jalar, levantar y hurgar en la basura.

    A Francisco Dyer le empezaron los sofocos, las alucinaciones vendrían después.

    Los cuatro niños cavaban con todo, tratando de salvar la vida de “cabe”. La enemistad ya no les importaba, sino la empresa de sacarlo del montón de basura. Habían pasado dos horas cuando pudieron penetrar un lazo con el garfio al tambo donde se encontraba el accidentado a punto del desmayo. Francisco Dyer pudo amarrar el tambo con una solera atravesada en la boca del gran recipiente antes de desmayarse. Y fue cuando regresó el camión de la basura, acompañado de los cuerpos de rescate, de la cruz roja, de los padres del niño accidentado. El chofer del camión se había dado cuenta de lo sucedido y había ido al pueblo a pedir ayuda. Solo faltaba remolcar la soga y tirar de ella para que saliera el tambo con todo y niño.

    Cuando estuvo en recuperación. El niño comentaba que se le había aparecido un señor que le decía que lo salvaría, pero, le encomendaba que le dijera a toda la comunidad del pueblo que quería que le construyeran una capilla en ese sitio. Los feligreses del pueblo de Risco Alto ahora tienen a dos santos milagreros que son: San Isidro Labrador: milagrero en lluvias benéficas y San Francisco de “Buenos Aires”: protector de los niños mártires.

    La oración al columpio

    Ella se mecía y se mecía en el columpio. Sus manos ataban las cadenas. Los eslabones sosteniendo el herrumbrado chirriar. Como un péndulo accionaba el radio de alcance. Sus cabellos corriendo al ambiente; sus piernas se lanzaban de frente y su cuerpo arqueado con figuras, curvas. En su cara una sonrisa en la cual reflejaba su juventud, su inocencia; mientras, su vestido azul de encajes largos jugaba, flotando. Sus pechos aún pequeños, reflejaban lo femenino, la sensualidad diamantina. Su sonrisa era aniñada, usual. Unas horas después, los columpios se mecían y se mecían, pero sólo empujados por el viento. Ella no estaba. El viento empujaba las ramas, excitaba algunos arbustos, hacía bailes levantando polvo y arenisca. Los columpios se movían rechinando en el ambiente, con la inquietud de los asientos. En donde siembra su hortaliza, las semillas pronto germinarán, echarán sus escasas raíces y daría vuelta una vez más el ciclo de la naturaleza. Ahora los columpios siguen balanceándose cuando la naturaleza los agita. Ella desapareció, sus cabellos ya no están meciéndose al viento. Algo ha de presagiar cuando las nubes se ponen rojas en el horizonte. Me maravilla que sucedan cosas incomprensibles, sobre todo cuando tienen que ser forzosamente misteriosas. Un proceso que hace pensar la vida demasiado fascinante. Las nubes prendidas en el horizonte podrían estar en cualquier lugar, pero se presentan prodigiosas, cerca; las tonalidades entre el rojo carmesí hasta tornar al amarillo y después al blanco. A lo lejos las montañas: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl traen añoranzas, cavilaciones. Las nubes y el viento de la tarde acarrean imágenes, sonorizaciones que se tuercen en estruendos. Los nubarrones obscuros se cargan de lluvia, de humedad, de energía; y cuando están abotagadas, se rompen, se flagelan chispeándose unas a otras, mojando todo como un velo acuático. El momento podría hacernos recordar a una mujer sentada en un columpio meciéndose con la cadencia de su juventud; además, su cabellera salpicándose en el aireo y ese cuerpo… el vestido azul de encajes me trae memorias de un beso, de una caricia, de unos pechos vírgenes meciéndose y meciéndose. —La ciudad siempre me ha aburrido. El ir y venir de la gente, de los coches, es lo que hace entregarme a la abulia; y más, andar yo de aquí para allá buscando que un editor me publique mis trabajos. Cargo en mi portafolios un par de textos, pero sólo les voy a presentar el de “La oración al columpio”, porque el otro no le encuentro chiste, como que se me hace que hay que trabajarlo más. Lo bueno que lo de la revista no está tan lejos del centro, y si termino rápido, me va a dar tiempo de ir a la librería a curiosear, aunque sea. Si logro publicar el trabajo, qué orgulloso se va a sentir mi papá, él siempre apoyándome; como mi papá no pudo estudiar, en mí, sus sueños se hacen realidad. —En ocasiones los sueños son inalcanzables. Yo sólo quiero seguir haciendo escritos, si no me salen estos inventos, pues me dedicaré a otra cosa; tal vez, a un curso de computación, están de moda, y según he escuchado pagan bien, y no se la pasa uno en el sol. Me inquieta el que no le vaya a dar importancia a mi escrito, yo sé que el trabajo está bien bueno y no tiene faltas de ortografía. Andrés Espinosa me dijo que los trabajos que le entregara fueran de lo mejor. Él me dijo que yo sí sabía escribir, que sólo tenía que pulir más los estilos. Don José Luis Domínguez es el director de la revista “La Fragua”, es una eminencia en el estado; todos lo respetan. De pensar en la cita me sudan las manos, ojalá y no se note mi nerviosismo. Según me han contado, Don José Luis Domínguez ha escrito libros, ha viajado por muchos países, y parece que lo querían lanzar para la gubernatura, pero le faltó equipo y al final de cuentas no se animó. El novato escritor entra a las oficinas de la empresa editorial. Las divisiones de tabla roca jerarquizan, los vidrios dividen interiormente, las jardineras se esfuerzan en recrear un ambiente natural, los teléfonos ocupados se animan, las secretarias cruzan la pierna y ponen cara de inteligentes. —Bu…Buenas tardes, venía a ver al señor Andrés Espinosa. —Fíjese que no se encuentra el jefe de redacción, el señor Andrés viene hasta más tarde, él trabaja hoy desde las siete de la tarde hasta las doce de la noche. Desea dejarle algún recado. — No, es deque lo que pasa es que quedamos de entrevistarnos con el director de… — ¿Tenía cita con Don José Luis Domínguez? Un momento, déjeme ver…mm, si, aquí está anotada la cita, si gusta sentarse — La secretaria se levanta de su escritorio con la libreta de taquigrafía en la mano y empuja la puerta, se deja ver hacia el interior un librero repleto y un par de trofeos. —El señor Andrés Espinosa no está— el joven se preocupa, medita mientras se acomoda en el sofá de la recepción — y ahora voy a tener que entrar a la entrevista yo solo, con lo que me pongo nervioso, pero qué le voy a decir, si no sé nada de nada, qué tal si el trabajo tiene faltas de ortografía… mejor me voy y otro día regreso, si otro día que venga más calmado y no esté tan nervioso; además, está nublado allá afuera y eso me da mala espina, y luego como que la secretaria me vio feo, me barrió con la mirada y ya con eso me sentí como que, fuera de órbita. Creo que el señor este es muy importante como para que yo lo moleste… mejor me voy a dedicar a otra cosa, le voy a pedir dinero a mi papá para un curso de computación de esos de dos meses como los que anuncian en el radio; según sé, cuando uno trabaja en eso le pagan a uno bien, y no se la pasa uno en el sol, eso ya es ventaja; además, están de moda… pero. Y si continuara con esto a mi papá le daría mucho gusto; sí, él me apoyaría, que tal si después escribo un libro como el de las fábulas de Esopo o como Alicia en el país de las maravillas y se convierte en un libro que todos quieren. ¡Huy! Me hago rico…— La secretaria lo despertó de su introversión. Le comentó que en cuanto saliera una persona que estaba adentro él podía entrar. No había escapatoria. —Tome asiento por favor, en que puedo servirle; pero, siéntese por favor. —Gracias… este, le traje unos trabajos, no digo… perdón, este, le traje un trabajo. —Y eso para qué. —es deque… me dijo el señor, este… ¿Andrés Espinosa?, que, este… se podría publicar en la revista “La Fragua”, él me dijo, que… este, yo sí sabía escribir y que sólo me faltaba, este… pulir los estilos. —Sí, pero, ajum—ajum — aclarando la garganta — en esta compañía editorial no publicamos cualquier cosa; además, no tenemos espacio. Cualquier espacio en la revista cuesta dinero, y en ocasiones la publicidad no deja; por eso, el material tiene que ser muy bueno. —Sí, este… creo que, si es muy bueno, a las gentes que, este… lo han leído el trabajo me han dicho que es muy bueno. — ¡Aja! A quienes. — ¡A mi mamá y a mis hermanos! —Bueno a ver déjame leer lo que traes. —Mm…La Oración Al Columpio. Cómo está eso de la oración al columpio. No joven, no quiero tener problemas con el clero, usted bien sabe que vivimos en México y todos los mexicanos somos Guadalupanos, se le puede orar a la Virgen de Guadalupe o a la Virgen del Perpetuo Socorro, pero a un columpio no. Déjeme seguir leyendo. El director de la revista examina el texto con la paciencia que se adquiere de años. Otea puntos y comas, ideas y errores sintácticos, ortografía y lógica. Atisba todo el contenido. Equilibra gustos con ganancias. El joven escritor se hunde en la silla. Se observa incómodo. Sus ojos se pasean en el librero y en el muro repleto de reconocimientos. Observa la foto donde está Don José Luis Domínguez saludando al Presidente de la República, o la foto donde el paisaje es un pedazo serpenteante de muralla china. Todo el ambiente es formal. La decoración de la oficina con objetos de tiendas como: Neiman Marcus, Bloomingsdale´s, y Saks; parecen intimidar al neófito de las letras. Su espíritu se achica hasta tener el tamaño del trofeo de indio azteca puesto en el librero. En el librero observa títulos de libros como: Paula de Isabel Allende, La Reina Isabel Cantaba Rancheras, de Hernan Rivera; París En El Siglo XX, de Julio Verne, Nombre De Torero, de Luis Sepúlveda; Atrapando La Luz, de Arthur Zajonc. Historia Del Futuro: La Sociedad Del Conocimiento, de Taichi Sayaika. La Conquista De La Voluntad, de Enrique Rojas, La Lentitud, del autor Milán Kundera, Boleros en la Habana de Roberto Ampuero. El Hombre Light, de Enrique Rojas. —Mire joven le voy a ser sincero— pronuncia el señor acomodándose la corbata Gianni Versace— yo sé que usted está iniciando en esto de las letras. El trabajo es bueno, pero le faltan ciertas cosas. En ocasiones salta a la vista las palabras abstractas y la inclinación forzada a hacer el texto poético. A la gente no le gusta mucho los escritos rebuscados o bien los textos muy poéticos; a la mayoría les gusta que les narren cosas reales, de aquellas cosas que suceden en la vida real, que sean cosas empíricas, que tengan que ver con este mundo, que tengan como fundamento la cotidianidad. Desgraciadamente así es la cosa, aunque a mí personalmente me gusta mucho la poesía; sin embargo, estamos abiertos para recibir colaboraciones de gente joven que le guste escribir. Tenga, llévese su texto, estoy seguro que los siguientes escritos si podremos publicarlos, con mucho gusto. —Sí, señor, este… voy a hacer unos trabajos que…que, tengo pensados. —Bueno pues, estamos para servirle. En sus próximos trabajos por favor entrégueselos a Andrés Espinosa —dice el señor estirando el brazo para despedirlo y levantándose de la cómoda silla. —Sí, hasta luego, este, dice que se los entregue a este…como se llama. Bu…bueno ajá, con permiso, bu… buenas tardes — se despide el aprendiz de tartamudo, con una sonrisa sacada a golpes de nerviosismo. La calle se luce en movimientos, van y vienen los carros y los vendedores ambulantes hacen el negocio frente a las oficinas. En el cielo hay nubes que se van inflando poco a poco, se van cargando de humedad; otras más allá se ponen como salvajes. —Me lleva. Bueno pues, ya ni modo. Lo bueno que me dijo que tenía que pulir más los estilos. El trabajo este de La Oración Al Columpio creo que ni sirve, mejor voy a hacer unas fábulas como las de Esopo. Si en el próximo mes no me sale, pues me dedico a aprender computación, es lo que está de moda, y además pagan bien. Mi papá si me apoya en todo lo que yo quiera. ¡Hijole! Mejor me apuro. Creo que por aquél lado de los cerros ya quiere llover y ya empezó a hacer un poco de aire. Mejor ya no voy a la librería a bobear, para qué… si compro algún libro y ni lo leo. Entra a su casa y se dirige a la recámara. En la pared frontal hay un póster de Thalía y tres gorras. Las cortinas están semiabiertas. Se asoma a la ventana. En el patio del vecino hay una adolescente en el columpio. Ella se mece y se mece. Sus manos atan las cadenas, sus cabellos corren al ambiente y sus piernas se lanzan de frente mientras que su cuerpo se arquea para conseguir mayor velocidad. En su cara se ve una sonrisa inocente coqueta y atractiva. Y su vestido azul de encajes flota, sacudiéndose en el aire. Se nota que sus pechos son pequeños pero sensuales y su sonrisa transparente, viva. La jovencita terminó de jugar y se fue; mientras, los columpios siguieron haciendo rechinidos por causa del aire. El viento hacía mover todo inclusive las ramas y arbustos. En el horizonte se veían tonos rojos sobre las nubes y más cerca se advierte un chubasco que se acerca con prisa, los nubarrones obscuros se cargan de humedad, y llueve. El muchacho sigue viendo desde la ventana de su recámara. Y se acuerda de la jovencita que estaba meciéndose en el columpio, con un vestido azul de encajes. Ella fue su novia y se acuerda de los besuqueos que se daban. —Todo este día me aburre, los coches, la gente. El ir y venir es lo que hace entregarme a la abulia; y más, andar yo de aquí para allá buscando que un editor me publique mis trabajos— piensa el joven y se recuesta en la cama —mejor me voy a echar un sueñito.

    Yo vi eso

    Queridísimas amigas mías:

    Yo no soy ningún fisgón, pero ¿me creerían que la casa que visité hace unos días era un verdadero trochil? Estaba toda patas pa’ arriba. Si la vieran algunas de ustedes, tal vez saldrían espantadas. ¡Ay, no! Toda la casa era un espanto. ¡Qué horror! Inmundicia por aquí, inmundicia por allá. Sí, se los cuento para que nunca se paren por ese sitio. Mis chicas queridas, las adoro. Sí, las adoro, y por eso me preocupo por ustedes para que no vean cosas tan insanas. ¡Ay, no! ¡Qué asco!

    Solo les voy a describir las cosas que había en el tocador de la recámara, solo eso, porque si me hubiera asomado a la cocina, seguramente me desmayo o quedo afectada por la impresión. ¡Qué barbaridad! Pues verán, empiezo mi lista:

    Tijeras oxidadas, aretes de bolitas de diferentes colores, tarro de calcio, lentes, reloj despertador, desodorante, pomo de alcohol y pedazos de raíces y hojas entre otros ingredientes; lámpara de petróleo, tubo interno de rollo de papel sanitario, tres invitaciones pendientes pegadas entre el espejo y el marco de la luna, radio de pilas, pequeño cesto de flores secas, desodorante ambiental, cinco cajas de “Ambrosol”.

    Perro de peluche “toy’s house”, cassette de Joe Cocker: I Can Stand a Little Rain, espejo pequeño, pomo de “aceite del roble”, cuadro con letras doradas: “Dios dice: no te desampararé ni te dejaré”, dos cepillos, pasta de dientes, la foto de la nuera, colores, carrete de hilo blanco, rosario de cuentas negras; pila de tamaño “C”, pedazos de papel de baño usado, tres seguros atados en la garra rosa donde están prendidos quince pares de aretes y tres sin par, una aguja con un pedazo de hilo blanco colgando, gotas para los ojos.

    Alcohol en dos tamaños distintos, cajita dorada como las que dan cuando se compran unos aretes, patito de cerámica con gorra amarilla y cinta roja en el cuello, cadena con medallón del Perpetuo Socorro, cerillo quemado; tres monedas de diez centavos, monedero de piel de distintos colores ensamblados, donde guarda las direcciones en papeles sueltos de las amistades del otro lado. Vaso desechable con nueces y cáscara de nueces, alcanfor, agua oxigenada, un búho de prendedor; aguja hipodérmica, portarretratos con la foto del nieto, medicina: “Fotoestimulina”, cinto con hebilla medio asomando entre el mueble y la pared, perfume: “Racing Club Woman” de Ralph Lauren.

    Hasta allí terminé mi lista, porque en eso entró la dueña de la casa, en una bata muy transparente, con una cara lasciva, y se me fue aproximando. ¡Qué horror! ¡Vaya susto! Me creerán si les digo que quería hacer el amor conmigo. Yo le dije que era homosexual y que ni tantito me gustaban las mujeres, pero ella, insistente, me agarraba las piernas tratando de abrírmelas. ¡Ay, Dios Santo! ¡Qué barbaridad! Lo bueno es que sonó el teléfono, y eso fue para mí como si me hubiera salvado la campana.

    No puedo ni imaginarme hacer eso, y luego con ella. ¡Válgame Dios! Yo creo que ni en pesadillas, porque si vieran a esa gordis, malacarienta, con sus patas callosas embutidas en unas chanclas corrientes que venden en cualquier lado… ¡Auch! Y déjenme decirles que sus piernas no las tenía depiladas, así que ya han de imaginar a qué cosa se parecía. Además, tenía un cuerpo tan antiestético que yo pienso que Diosito se ensañó con ella y le puso fealdad de más, en lugar de ponerle algo de belleza. Bueno, me despido de ustedes; ojalá nunca les pase algo como esto. Si les sucede algo parecido, que sea con un hombre apuesto y fuertote, y verán cómo las voy a envidiar. PD: Escríbanme pronto, chicas. Adiosito.

    El afeminado entra a su casa después de dejar la carta en el buzón de correos. Agita las palmas de sus manos para refrescarse; su blusa sudada mitiga en humedad. Arroja los botines, y al momento se percibe el olor a pies de hombre, como el hedor a palomitas destiladas. Se quita las calcetas y las lanza al cesto rebosante de ropa sucia. Entra a la cocina, toma un vaso sucio y lo enjuaga bajo el chorro de agua. A su alrededor, el trochil de la cocina es evidente: platos amontonados, manchas en la mesa, restos de comida en el suelo.

    Con el vaso ya limpio, se sirve agua y se apoya en el marco de la puerta, mirando el caos a su alrededor. En el fondo, sabe que su propia casa no es muy diferente de la que describió en la carta, pero se consuela pensando que al menos, no tiene que enfrentarse a la dueña de casa en bata transparente y con intenciones lascivas. Mientras bebe el agua, se imagina la reacción de sus amigas al leer su carta; sabe que las hará reír y murmurar entre ellas. Quizá una de ellas le responda contando alguna anécdota escandalosa, o tal vez lo inviten a una reunión para comentar la carta en persona.

    Al terminar el vaso, lo deja en el fregadero, que ya está lleno de utensilios sucios. Suspira. El desorden de su vida es tangible, pero, por ahora, no tiene energías para enfrentarlo. Se dirige a su habitación, donde su propio tocador es una réplica del que describió: lleno de objetos amontonados, recuerdos de tiempos pasados, medicinas olvidadas, y pequeños tesoros sin valor. Se tumba en la cama, agotado, y mira al techo, donde una telaraña en la esquina es lo único que se mueve, balanceada por la brisa ligera que entra por la ventana.

    El manzano

    —Nací cuando mi padre sembró en el traspatio un árbol de manzana. Mi abuelo tenía una huerta, y quienes ayudaban con la cosecha eran en parte los tarahumaras. En el momento en que mi padre regaba el árbol, yo abría los ojos a la vida.

    —Después de tantos años, ahora bajo la sombra de este manzano, sentado en la silla de cedro, miro el rojizo horizonte norteño. Siento una satisfacción similar a la del manzano, que después de dar frutos en cada cosecha, sigue siendo útil al cubrirme del sol tardío y del viento del Este que, desde la loma de «La Estrella», se arremolina sobre los pastos resecos.

    —La existencia me ha brindado un florilegio aceptable. La vida ha sido seductora. «No sé si me he encontrado o sigo buscándome» —como diría Artaud—. El yo que podría ser sigue estando en algún lado, interno, como un órgano de la conciencia o una parte esencial del ego. Considero que nunca he sido el mismo; podría ser irónico —como Sócrates— pensar que sólo sé que desconozco muchas cosas, que mi saber es limitado. La percepción que ahora experimento me lleva al disfrute del paisaje. Los cincuenta años que tengo no me inducen a reconsiderar lo bueno y lo malo de mi existencia, sino solo a la contemplación total, armónica con lo que me rodea.

    —Cuando el manzano encontró su lugar, yo llegaba al mundo en una noche pacífica, con la luna salpicando su luz en las tres ramitas flácidas del árbol. No me imagino cómo pudieron configurarse las minúsculas raicillas en un ambiente extraño, nuevo, inesperado; donde la naturaleza externa intimida a la naturaleza interna del pequeño tronco, las pocas hojas, el musgo de las raíces. Y cómo fue desarrollándose, sorbiendo las nutritivas sustancias del suelo, del agua y sus minerales. No puedo comprender esa maravilla de la creación que permite a una planta enraizarse en un universo desconocido, y cómo es que, sabiéndose cobijada, sorbe de la tierra los nutrientes para su desarrollo. ¿Qué sucede si la naturaleza del suelo es adversa, hostil a la planta? Pues su existencia es, de alguna manera, cercenada. De tajo, se le arranca el estímulo necesario para cumplir su ciclo como árbol.

    —No me intuyo a mí mismo sembrado en este sitio, pero me gustaría ser el árbol, convertirme en su existencia. Sorber de la tierra lo necesario para crecer, para dar frutos, brindar cobijo y sentir el aire del Este soplando en las hojas. En el mismo sentido, realmente no sé si al árbol le gustaría mi existencia. Sé que la diferencia está en el corazón, pero sí es de envidiar estar aquí, en la silla de cedro, contemplando el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara.

    En la colonia de gnomos, Fralous era el chamán; él era vidente y había percibido el pensar del hombre que estaba sentado a la sombra del manzano. Como encantador, podía hacer que el hombre percibiera la vida desde la perspectiva del manzano.

    Los gnomos eran habitantes de la sierra tarahumara. Eran enanos con poderes extraordinarios, como convertirse en espíritus, hacer que baje la niebla y se ponga pesada, imitar fielmente los sonidos de los animales para poder comunicarse entre ellos, hibernar a conveniencia en las profundidades de alguna grieta, entre otras cualidades. La colonia de gnomos era incontable, no porque fueran muchos, sino porque nunca se sabía cuántos había en la región. La peculiaridad de los gnomos es que son espíritus viajeros. Viven en el mundo y cualquier sitio es su casa. El oficio de chamán entre los gnomos no era para cualquiera; esta capacidad superior se formaba por sí sola, además de que tenía mucho que ver con la pureza del espíritu y la longevidad del ente. Mientras que algunos de los gnomos chamanes tenían facultades telepáticas, otros tenían aptitudes como la de ser videntes, hacer transformaciones de la materia o mover a su conveniencia cualquier fuerza de la naturaleza. Fralous era el chamán por antonomasia. Hacía más de un siglo que estaba en una gruta perdida en las cañadas de Las Barrancas del Cobre. Como sapo petrificado, seguía la vida, alimentando su espíritu y reforzando sus facultades embrionarias.

    Para los gnomos comunes, los hombres no son más que animales, bestias de hacer y hacer cosas. Su mundo les parece inútil, trivial, como perseguir al aire. El tipo de conciencia de los hombres es yermo porque su concepción del mundo de vida cabe en un puño de percepciones; no llegan a comprender la vida y la muerte como una totalidad circulante del Ser, sino como entidades separadas, de tal forma que su concepción de la vida pierde terreno al intuir la diferencia entre el ser y la nada, o peor aún, cuando ni siquiera sospechan la diferencia. Para Fralous, la situación era distinta: la luz del Ser lo irradiaba por completo. Él percibía la existencia e interpretaba todos los lenguajes. El lenguaje era la casa del Ser. Fralous era todo lenguaje, así que podemos pensar, metafóricamente, que Fralous era un sirviente de la casa del Ser.

    Cuando el hombre se quedó dormido en la silla de cedro, contemplando el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara, no sabía lo que le esperaba. Fralous hizo transformaciones en la materia y puso la conciencia del hombre en el manzano; así, cuando el hombre despertó, su cuerpo eran ramas y tronco, raíces y hojas. Había desaparecido todo olor, todo sabor, todo dolor. La desmembración de los sentidos había ocurrido. Se quedó atónito porque no le quedaba de otra. Percibía el sol y el viento, la humedad en las raíces, la savia circulando adentro, moviéndose lentamente. Advertía las larvas de mosca en las frutas y los parásitos en las raíces, carcomiendo todo. Los hongos en el tronco viejo y cercano hacía tiempo que lanzaba sus esporas al ambiente, creando más parásitos. Y las hormigas, carcomiendo las frutas podridas, de vez en vez y por regimientos subían por el tronco a cortar hojas, morder la fruta y ejercitar sus extremidades. Todo a su alrededor ocurría. Todo se transformaba, y el árbol, quieto. Todo quieto. El manzano, ciego, inmóvil, indolente, intuía las cosas parecido a como lo hacía Fralous. La diferencia estaba en el corazón. El manzano tan sólo irradiaba su savia; la fotosíntesis que ocurría en las hojas no era más que una transformación química, era energía.

    El hombre seguía bajo el manzano. El paro cardiaco había hecho cambiar su existencia a otra cosa. Como tronco lánguido, se desparramaba en la silla de cedro, y a la vista, el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara iba poco a poco entregándose a la oscuridad. Era una noche sublime, llena de luminarias.

     El Voyerista Encantado

    —¡Qué pasó, Daniel, ¡cómo estás! Pero pásale, estaba en mi cuarto nomás de flojo. Y tú… ¿de dónde vienes?

    —Fui con mi tía Leonora y tu casa me quedaba de pasada, pero ya se me hizo tarde, mira, ya casi son las ocho.

    —Tú no te apures, total aquí te quedas a dormir. Puedes hablar por teléfono a tu casa diciendo que te vas a quedar conmigo.

    —No… Ahorita veo, pero… ¿qué has hecho? Desde que salimos de la prepa ya no te había visto y.… por cierto, quedaste a deber lo de la cena y Pilar tuvo que pagar lo que te correspondía a ti.

    —Por tonta.

    —No seas cabrón, ¡le voy a dar tu dirección!, ¡eh! A ver, a ver…

    —No me amueles, a lo mejor ella ya ni se acuerda. Pásale, mira, este es mi cuarto, está chiquito, pero no importa; lo importante es que nadie se mete con mis cosas.

    —¡Andrés, ya nos vamos! —grita la mamá al salir de la casa— hay gelatina en el refrigerador, ¡ah! y otra cosa, no vayas a agarrar del bistec porque es para la comida de mañana. Dale comida al perro. Nos vemos.

    —Sí, ma’… ¿A qué hora vienen?

    —No sé a qué horas termine la reunión.

    —Bueno. Nos vemos.

    —¿Y a dónde van tus papás? —pregunta el amigo visitante.

    —A una reunión con amigos de su trabajo —contesta Andrés al tiempo que se sienta en la cama.

    —Ah.

    —¿Y tu hermana?

    —Ella no vive aquí, vive con unos primos, sólo viene los fines de semana. Está estudiando la universidad.

    —Ah.

    —Dame chance de hablar a mi casa, ¿no?

    —Órale, vente, vamos a la sala. —pronuncia Andrés, y se escucha el chirrido de los tornillos de la cama.

    El joven marca en el aparato telefónico, toma el auricular. Andrés ha ido a la cocina y ha sacado del refrigerador un recipiente con gelatina.

    —Bueno. Sí. Habla Daniel. ¡Quién es! ¡Ah! Tú, “Cuajada”. Dile a mi papá que ya fui a darle el recado a mi tía Leo, pero ya se me hizo tarde. Me voy a quedar con Andrés… ¿Cómo que cuál Andrés? Pues “el rufles”, para que me entiendas… sí, ese. No… No voy a ir mañana, no, no me toca sino hasta el segundo turno. Bueno, nos vemos.

    —¿Qué haces?

    —Comiendo gelatina. Bueno, no es gelatina, es flan que hizo mi mamá. ¿Quieres?

    —Sí, dame… tragón, come solo.

    —Oye, ¿qué tal si nos guisamos unos bistecs? —sugiere Andrés, sus cejas se ponen jubilosas moviéndose de arriba hacia abajo, y la cara estrena una mueca que invita a aprobar la propuesta.

    —¡Huy! No mames. Dijo tu mamá que eran para mañana.

    —Si agarramos dos, ni se da cuenta. Es más, agarramos otro de esos —señalando al refrigerador—, lo aplastamos más y luego lo dividimos y asunto arreglado.

    —Ahí tú sabes. Yo sólo soy visita.

    —Mi mamá ni me dice nada, es más, qué tanto son dos cachos de carne. ¡Eh!, pero ayuda, saca de allí un sartén. ¡Ah! Y pon la gelatina en la mesa, ahorita le seguimos dando baje.

    —¡Ah, cabrón… pinche cebolla! —balbucea Andrés mientras pica los ingredientes. Daniel se recarga en el desayunador y pregunta al cocinero:

    —Oye, ¿y qué pasó con Maira?, ¿sigues con ella?, ¿te la cogiste o qué?

    —No. Ese negocio ya se acabó. Estuvo mejor así. Pero a veces sí me siguen dando ganas de aquellos fajecitos que nos aventábamos en la sala de su casa. Pero, ¡ja!, no le hagas que nos cacha su mamá cuando —continúa sonriéndose— estábamos apachurrando como leones en pleno cachondeo allí en el sofá.

    —¿En serio?

    —Sí, ya le había quitado el sostén y sólo tenía la camiseta. Yo estaba encima de ella y había metido mi cabeza debajo de la tela y estaba en eso… cuando entra su mamá. Del sobresalto nos caemos del sofá, y yo con la cabeza metida bajo su camiseta. Me sermoneó, pero ya ni modo. Las veces en que me encuentro con Maira nos da risa eso que nos pasó, pero eso ya se acabó, ese negocio ya murió.

    —Oye, no los guises tanto, ya están bien pinches negros, parecen cartones chamuscados. A ver este de aquí, échamelo para acá. Pon unas tortillas encima del sartén para que se vayan calentando y así les queda a las tortillas el sabor de la carne.

    —Órale, tú sí sabes.

    —Pues… soy maestro en todo. Y… ¿con qué nos lo pasamos?

    —Pues con un chescolín, pero ese tú píchalo.

    —Órale, me parece buena tu onda. A ver, presta un envase. ¿Dónde está la tienda?

    —Es allí dando la vuelta a la esquina por donde está la refaccionaria.

    —Órale, pues, ahorita vengo.

    —Qué… ¿si hubo?

    —Pues no había de naranja, pero sí hubo de toronja… hijo’desu… ya hasta se está enfriando esta suela de llanta.

    —¡Pendejo! Le faltó que le echaras la sal, ¡cómo serás güey!

    —¿De veras? Bueno, tú allí ponle. Y no le hagas tanto a la cardiaca.

    —Bueno, presta pa’ca el salero. Oye, pero siéntate, no comas parado, se te están escurriendo del taco las cebollas, estás dejando todo embarrado.

    —Cabrón, te enojas de todo. Hasta de lo que no comes te hace daño.

    —Bueno, ya.

    —Oye, ahorita lo que me entusiasma —chom—chom— es la vecinita de aquí junto. Si la… ¡mm!… vieras.

    —¿Qué? ¿Esa qué tiene de bueno?

    —Pues… ¡mm!… apúrate, ya va a ser hora del show, ahorita vas a ver qué rica nalguita. Lo bueno es que nunca se ha dado cuenta de que la ando espiando. La señora es la que está buena. Tiene una hija que también se está poniendo bien buena. Nomás de acordarme se me para… el corazón.

    —Qué se me hace que eres puto.

    —Sí, pero bien que te lo zambuto.

    —Presta pa’ca el refresco, ya te lo estás acabando… no mames, ya le echaste pescados. Ya no quiero.

    —Pues toma agua, allí hay mucha —dice Andrés, encaminándose hacia su recámara.

    —Vente por acá, es por mi cuarto, pero… ya deja de masticar.

    —Espérate —chom—chom— que se me atora.

    —Tú sabes que las morenitas son mis preferidas y esta señora bronceada es un encanto.

    Mira, allí está alistando su toalla y sus cosas; de lejos se ve que nomás no la hace, pero de cerquita… Ven, mira, asómate por aquí —los dos jóvenes se entusiasman, atisban la escena por el orificio.

    —¡Uta!, pero estorba ese árbol y.… se ve la regadera… ¡ay güey!, ahora sí ya la vi —dice Daniel con balbuceo entrecortado.

    —Se está alistando apenas. A ver, deja ver a mi vecinita, hijo’desu, ya se me está alocando el corazón.

    —Qué se me hace que eres p…

    —¡Cállate ya, que van a escuchar los ruidos! Ya encendió las llaves y ya se va a meter a la regadera, hijo’desu, ya se metió y se está mojando el cabello… y el agua escurre por todo su cuerpecito…

    —¡Quítate, deja ver!

    —Se me hace que mejor vamos por allá afuera, se ve más de cerquita y no te pierdes nada del show.

    —Mami, báñate rápido, que sigo yo. La cena ya está lista, dejé hirviendo los frijoles, pero le bajé a la llama.

    —Sí, hija. Ve a la tienda por un litro de leche y pan de dulce. Si ves viejos feos en la refaccionaria mejor te regresas, no sea que te vayan a decir majaderías.

    —¡Ay, ma! Ahorita que está bien interesante

    —¡Ay, ma! Ahorita que está bien interesante la novela.

    —Ni modo, hija, si no vas tú, ¿quién más? Yo ahorita no puedo.

    —Voy ahorita que estén los comerciales.

    —Mejor apágale a los frijoles, no sea que se quemen como el otro día.

    La mujer se enjabona. Pasa el esponjado estropajo por sus tersas y firmes piernas. La espuma se desliza por su piel cobriza, sus pechos cuelgan y se mueven. La mujer piensa:

    —Andrés ha de estar viéndome. ¡Ja! Con lo que me encanta ese chamaco, si tuviera yo menos años… o él tuviera más años… las cosas serían distintas, sería el amante perfecto… sí, eso me hace tanta falta ahora que me dejó José y se casó allá en el otro lado con una gringuita. Pero ahora no puedo iniciar un romance; así con esto que me pasó, ando en lengua de todos. No sé por qué me gusta tanto que me vea, me siento deseada, me excita el tener encima su mirada furtiva. ¡Ja! Si supiera mi hija… Se me hace que este cabrón también anda espiando a mi hija, no, eso no quiero, le voy a decir que ponga algo en la ventana.

    —A poco nos tenemos que subir al árbol.

    —Pues sí, sólo así se ve de cerquita.

    —¡Ora pues, trépate tú primero!

    —¡Sst! Cállate, no hables tan fuerte, si nos llegan a cachar te voy a poner tu merecido —el joven aprendiz de chango escala el árbol hacia la rama más cercana, el otro joven se queda en la penumbra.

    —Ma, ya vine, no traje cambio porque me compré unas papitas, ahora sí ya déjame ver mi novela.

    —Aja —contesta la bañista y reflexiona— ha, si supiera esta hijita lo que cuesta ganar el dinero, pero yo tengo la culpa por chiplearla tanto, pero… si no es a ella, ¿a quién más? En eso escucha un crujido de ramas y una caída como de costal en el patio del vecino.

    —¡Hija, ¿qué fue eso!  —grita la mujer.

    —¿Qué cosa, ma?

    —Un ruido en el patio de los papás de Andrés.

    —Déjame ver. —la jovencita se asoma al patio, atisba todo. En la penumbra escucha algo.

    —¡Miau!… ¡Miau! —las guturaciones felinas de Daniel salvan a Andrés. Andrés, aguantándose todo dolor, se queda oculto tras la enredadera.

    —No era nada, ma, sólo era un gato brincando por las ramas.

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