Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

Relatos al borde
Entre la ironía y la realidad
Índice

Contenido

Índice. 1

Prologo. 2

Extinción. 3

Dos mundos, un alma: la puerta del cambio. 4

El Laberinto Interior: Una Mirada desde el Encierro. 6

Lapsus Linguae: El reencuentro de las sombras. 10

non omnis moriar. 15

El escuadrón de la muerte. 19

Me salí del restaurante. 22

El vestido de novia. 24

El mal tercio. 29

El mal del Vitíligo Tripigmentado. 33

Somos neogóticos y qué. 41

Hablando a solas frente al espejo. 47

Las disfrazadas. 50

Prologo 

«Relatos al Borde» nace de una necesidad: la de capturar en palabras las sombras y luces de la vida cotidiana, filtradas a través de la lente de la ironía, el sarcasmo y la introspección. Esta colección de cuentos es un viaje a través de lo imprevisible, donde cada historia te lleva al borde de lo esperado, solo para derrumbarlo con un cierre sorprendente e irónico.

Los cuentos aquí reunidos no son capítulos de una novela, sino piezas independientes unidas por un hilo invisible que recorre cada relato: la búsqueda de la autenticidad en lo común y lo extraordinario, y una constante exploración de la condición humana en sus múltiples facetas. Tlaxcala, con su rica diversidad cultural y sus matices provincianos, sirve como telón de fondo para muchas de estas historias, aportando un sabor regional que enriquece la narrativa.

El lenguaje en esta obra busca ser fresco y evocador, sin caer en la pretensión, adornando lo esencial con sutileza. Cada adjetivo, cada giro de frase, ha sido elegido con cuidado para dar nueva vida a la tradición cuentística, buscando un equilibrio entre lo cotidiano y lo poético.

«Relatos al Borde» no solo encierra el misterio y la provocación de su título, sino que también invita a los lectores a enfrentarse a lo desconocido, a desafiar sus propias expectativas y a sumergirse en una lectura que oscila entre la lucidez y la ensoñación, la crítica social y el juego literario. Este es un libro para quienes disfrutan del placer de lo imprevisible y del deleite de lo inesperado.»

Extinción

La primavera apenas se asomaba en la colonia López Mateos. Los perros callejeros aullaban en la madrugada, reemplazando el viejo silbato de la fábrica que antes marcaba el ritmo del barrio. Ese día, el gobernador Antonio Hidalgo, famoso por su rigidez y despotismo, se encontraba en el zoológico del «Lago del Niño» para inaugurar el nuevo deportivo de la colonia.

Hidalgo, el gobernador actual había perdido una pierna a causa de la diabetes, una herida que consideraba tanto física como emocional. Sin embargo, en lugar de esconder la pierna amputada, decidió exhibirla como un símbolo de su supuesto sacrificio. Embalsamada y decorada con una cinta tricolor, la pierna descansaba sobre una mesa en el estrado, brillante bajo la luz del sol.

Durante la ceremonia, los pobladores se mostraban impasibles, sus ojos fijos en la grotesca exhibición. Pero mientras el gobernador pronunciaba su discurso, dos perros xoloitzcuintles, famélicos tras días sin comer, olfatearon la pierna y, guiados por un instinto primitivo, se abalanzaron sobre ella. Los presentes se quedaron mudos, observando cómo los perros devoraban la extremidad con voracidad.

El gobernador, al ver cómo su pierna era destrozada, sintió que su propia identidad se desmoronaba. En un arranque de furia, sacó un arma y disparó a los perros. Tres estruendos resonaron en el aire, y los xoloitzcuintles cayeron muertos junto al estrado.

El encargado del zoológico se acercó con cautela y, en voz baja, dijo: —Señor gobernador, esos eran los últimos perros de esa especie. Estaban en peligro de extinción.

El gobernador, aún con el arma en la mano, respondió con frialdad: —Bueno, pues no iba a dejar que esos perros se comieran mi pierna.

El evento terminó en silencio. La pierna embalsamada, ya irreconocible, yacía en el suelo, mientras los presentes se retiraban sin saber si reír o llorar ante lo que acababan de presenciar. Hidalgo, por su parte, supo que, aunque había sobrevivido políticamente, algo en él se había perdido para siempre.

Dos mundos, un alma: la puerta del cambio

—¡Qué hermosa guerra! —pensó el hombre mientras observaba los cuerpos tirados en la calle, contorsionados en posiciones grotescas, con las piernas torcidas, cortadas o chamuscadas. Las balas habían hecho su trabajo, dejando boquetes en esos cuerpos, las quemaduras eléctricas marcaban su paso—. Y allí está ese anciano, tirado sin alma, sus ojos dos grandes lágrimas suspendidas. Son todos ellos cuerpos tendidos, excrementos e intestinos expuestos, posiciones cómicas, dedos acalambrados y huesudos.

Pero las calles le recordaban su infancia, aquellas veces en que andaba por la avenida Juárez, la calle Guerrero o Veinte de Noviembre, comprando algún mandado para su madre o simplemente vagando, apedreando perros y lanzando piedras a las urracas del río Zahuapan. “Qué irónico recordar mi historia en estas calles donde siempre pensé que otros eran los dueños. Ahora, todos fingen indiferencia mientras las moscas se meten en sus bocas para acicalarse las patas sobre la lengua. Mira a esa niña que una vez me llamó mocoso y piojoso; ahora sus labios muertos, bien muertos, nadie los quiere.”

Mientras observaba el caos a su alrededor, un destello atrajo su atención. Una puerta, imposible de ignorar, apareció en medio de la calle destruida. Intrigado, el hombre se acercó y, sin dudar, atravesó el umbral.

Al otro lado, la realidad cambió drásticamente.

La ciudad de Tlaxcala, que momentos antes estaba sumida en la destrucción, se transformó en un lugar vibrante y lleno de vida. Las calles estaban llenas de risas, niños corriendo, parejas paseando de la mano. Las antiguas avenidas que recordaba de su niñez estaban adornadas con flores, y los árboles, antes destrozados, ahora se alzaban majestuosos, dando sombra y frescura.

—¿Qué es esto? —se preguntó, aturdido. Donde antes había cuerpos sin vida, ahora había personas conversando, compartiendo comida, ayudándose mutuamente.

El aire, antes cargado de humo y pólvora, estaba lleno de fragancias dulces. Escuchó música suave que provenía de un grupo de jóvenes tocando instrumentos, y las voces se entremezclaban en cantos de paz y unidad. No había miedo ni dolor, solo un profundo sentido de comunidad.

El hombre, acostumbrado al nihilismo y al sarcasmo, sintió una punzada en su pecho. Este lugar, esta dimensión, era lo opuesto a todo lo que conocía. Aquí, no había guerra, no había cuerpos tendidos, no había moscas alimentándose de la desgracia ajena. La gente caminaba con los ojos encendidos, sí, pero de amor y esperanza, no de rabia o locura.

Caminó por la ciudad, observando a las personas que le sonreían amablemente, como si lo conocieran de toda la vida. Se detuvo frente a un edificio que recordaba haber visto destruido en su mundo. Ahora, era una escuela, llena de niños que aprendían y jugaban, llenos de futuro.

—Esto es… imposible —susurró, pero una parte de él no podía evitar sentirse atraída por esta visión de paz.

Volvió a mirar hacia la puerta dimensional, que seguía abierta. Al otro lado, podía ver la realidad que había dejado atrás: destrucción, caos, y el placer morboso que había sentido al contemplar aquel mundo en ruinas.

Pero algo dentro de él había cambiado. En este nuevo lugar, se sintió como un intruso, un extraño que no pertenecía a este mundo de armonía. Y, sin embargo, no podía negar el anhelo que sentía, un anhelo que nunca había experimentado en su propia dimensión.

—Tal vez… —pensó, mientras se acercaba de nuevo a la puerta— tal vez no todo está perdido.

Y con un último vistazo a la ciudad transformada, dio un paso atrás, regresando al caos, pero esta vez, con una semilla de esperanza plantada en su corazón.

El Laberinto Interior: Una Mirada desde el Encierro

El Mundo de Víctor

Los colores se desperdigaban en una abyección absorta y constante, que era chupada continuamente por su propia naturaleza. La concordancia entre el espacio y el desbaratamiento de la entidad era compacta. Un cuerpo de áureos contrastes untuosos y explosivos. La entidad se desmembraba en colores y luego se diseminaba por el sitio, en un jugueteo endiablado, psicodélico, como la pirotecnia de un festejo de la Independencia. Eran mendrugos de luz contorsionándose en un desproporcionado movimiento. La ingrávida presencia se aposentaba en el sitio, era su ambiente y dueño del contexto donde se representaba; su residir allí se instituía ante las demás cosas de un modo ensamblado, su acoplamiento en la existencia y en el entorno moraba en la aceptable percepción. ¡Vaya energética salpicadura de su identidad! Va aquí y allá cabalgando como una compacta nube de caspa diamantina, y luego se desperdiga barnizándose tanto en los cuerpos animados e inanimados, en los materiales duros y blandos, transparentes y opacos, así como en torno a sí misma, haciéndose y tragándose en un embudo acaracolado, en un erizo astral, o parecido a un pulpo ciclónico de alguna luna de Neptuno. Apoteosis de esta entidad que apenas se conoce y que, sin embargo, en algo es semejante a aquella forma que tenían los griegos llamada Quimera, pero que dista mucho de ser la misma. Ante esta cosa, el lenguaje comete tropezones al no saber su género, al no contar con el preciso adjetivo o verbos que describan una acción por demás extraña ante los ojos humanos. Intrínsecamente, cada acción del hábitat la contiene. Entonces, ¿cómo describir un ente que en sí mismo es verbo?

La ostentosidad imaginativa de la decoración de la estancia me emocionaba a tal grado que los ojos se ponían cuadrados y voluminosos. Allí, los nopales reguilete, atrás brincando los peces que salen del suelo, en todos lados las cosas que con la presencia caen. Acullá, un hombre que se comía su sombra y de eso se alimentaba. Allende, una reata de adobe hecha realidad. Y más allá, quién sabe dónde, como: el elástico que corría como si fuera un coyote, su color de cuervo se desprendía como ojiva de mosquete; las destornilladas marejadas en el cielo que temblaban nomás del miedo de verme; el olor azulado de la menta que se descolgaba desde los altos muros de los globos estacionarios, y venía a robustecer la llama dominante de un aura andrajosa que campeaba cerca de las neuronas; la fastuosidad de mi socarrona mirada que mentaba la madre a los transeúntes y a los jefes de tribus ingobernables. Toda esta suntuosa descripción se encontraba también pegada como una leyenda muy pedagógica en una pancarta de obreros en marcha del primero de mayo, en la esquina superior izquierda del horizonte. Además, los patos revoloteaban en la enredadera, estaban asidos a una red canela, la malla dejaba pasar sus pescuezos, andaban metiendo una y otra vez en la boca su lengua velluda; y abajo, las palomas circulaban delante de nuestros pasos, como una ola plácida de pantano, una ola que así prefería, sin provocaciones, porque si acaso había ¡las malditas dejarían caer sus corucos como maná en tiempos bíblicos! Y eso no era todo. La neblina se hacía gel tan pronto como bajaba la temperatura y luego se escurría como baba chiclosa y hacía que los peces ya no brincaran del suelo, sino que se desplazaran por esa gelatina uniforme, y que yo encontrara cierta tibieza en sus escamas. Era entonces cuando comenzaban a crecer una especie de espárragos que despachaban desde su interior unas oraciones del Antiguo Testamento y cabrilleando andaba el elástico como burro sin mecate. Había un adherido estornudo en los muros violetas que los hacía decolorarse, mientras que las bocinas, con un pequeño foquillo verde, inquietaban con un cloqueo antes de salir marchando. Por cenagales hediondos andaban un par de caimanes ciegos que se prestaban un par de ojos mutuamente; largas patas de araña circulaban por su nuca y cuello. La coincidencia estaba en que mientras la entidad se posesionaba del entorno, los objetos se alimentaban de su aura chispeante, era como si la totalidad estuviera embotellada, contenida en sí misma, o se compenetrara todo con todo, proliferando en ello los roces y los ajustes en las acciones y en las quietudes. Me parecía que todo tendería a convulsionar, que yo mismo y mis neuronas se coagularían para formar un demente o un individuo comatoso, porque la comprensión de esa realidad tendía más allá de una metafísica lógica o de una verdad coincidente con las leyes de la física elemental aprobada por nuestra razón.

La inquietud imaginativa quedaba superada en una realidad absorbente; el manto de mis sentidos aseguraba que estaba despierto, vivo, testigo de la entidad, de las cosas y de mí mismo. Pero… Vulcano era quien hacía espesar los eructos del volcán. La lava corría como miados de él. Ya habíamos terminado de desayunar, yo me preparaba un pan tostado con mantequilla cuando llegó el temblor montado en patineta, su desliz hizo que se me fuera el angelito; ruinmente, detuve su desequilibrio con una zancadilla y fue a dar abajo del refrigerador. Poco a poco, las cosas fueron aplacándose de la furibunda excitación y todo regresó a la normalidad; no pasó gran cosa, más que caerse dos edificios y una estatua que de por sí ya iban a tumbar.

El caos de Víctor

Entrar en un burdel, tomar alcohol del más escamoso y abestiarse, esa es la aventura. Ella era la que me señoreaba con un síncope de indómitos regalos. La apoteosis prometida llegaba a desenvainar una rapsodia autóctona, pero los balidos que simultáneamente se percibían eran de las acompañantes que ceñían sus caderas con un hilo de alhajas y bisutería. El latido llegaba al cerebro con un cargamento de alcohol y se acumulaba en los términos de las raicillas neuronales, donde hacen enlace, y en ese colchón de alcohol me ampliaba como un globo inflado con soplete. ¡Ah, qué hermosa vacación! Nada cuesta mostrar segmentos fotográficos, dormir los sentidos y despertar a la bestia con sus gritos y fornicaciones salvajes. Y la bóveda del burdel son pantallas e iluminación inalámbrica que sube y baja, prende y acciona a complacencia de la computadora y según el calor del ambiente. Sagitario estaba bailando en un templete circular y suspendido a una altura de siete metros, su aureola resplandecía cada que el disc-jockey hacía sus cambios casi imperceptibles. La luna participaba desde la salida hacia el bosque de los enamorados con un plenilunio, pero que era parte del decorado, pues era un globo con iluminación interna; este globo era sostenido por unas nubes de gas pesado. Ningún pájaro ni avión pasaba por allí, ese tipo de cosas no existen, son invenciones de chamacos. ¡Pura fantasía! Todo alcohol me aburre, mejor dentro de mí me duermo.

La realidad de Víctor

La recámara de Víctor es sencilla, como la que podría tener un adolescente de clase media. La puerta no tiene seguro, además de que ni falta que le hace, ni modo de que quisiera escaparse o encerrarse. Más encerrado no podría estar. Su madre, Doña Margarita, ha puesto unas cortinas floreadas de color azul con rosas salmón, tiene para él una litera, -la de abajo- y juguetes que le quedan de cuando era niño. A mano izquierda, una mecedora que Víctor no utiliza como mecedora, sino solo para estar sentado. Víctor no tiene amigos. No hay modo de que se pueda comunicar con ellos, él es autista. La única conexión con el mundo es su madre. Todos los demás seres humanos que le rodean existen solo como objetos lejanos, que están separados de él por un vidrio de doce pulgadas. Unas enormidades de cosas no tienen existencia. Hay ropa de su hermano tirada: prendas sucias, calcetas de fútbol, pantalón de vestir, cachucha roja con “NY” en la parte central. Y otros objetos como la envoltura de chicle entre la cama y el buró, el pedazo de papel de baño encima de los libros de la escuela que están sobre la mesita de trabajo y. polvo, polvo en los muebles y bajo la litera. Víctor va a las terapias los días lunes, miércoles y viernes de cuatro a seis de la tarde. El DIF es una institución que cuenta con especialistas para diferentes problemas: niños autistas, síndrome de Down, problemas de aprendizaje, chiquillos maltratados, jovencitos con problemas de conducta, jovencitas violadas y embarazadas, entre otras complicaciones. Víctor ha aprendido una recitación-presentación para ayudar a congeniar con otros compañeros que tienen el mismo problema. Su mamá se siente muy orgullosa. De lo que pasa en su mente, nadie lo imagina:

La traslucidez se atiborraba de espejismos ignotos, manchas en descampo, sombras revoloteando y hendidas en los claroscuros, negruras hipotecadas en quicios y esquinas imaginadas; y el deslustrado de los objetos hacía mostrar bodegones como tabernas de poca monta o tugurios de quinto patio; el enervante de dicho espacio lo era el parpadeo de un neón o la muerte advertida de un balastro, el tartamudeo luminoso daba un cumplido sollozante a las persianas tiznadas de zinc. La época hacía sus respectivos pliegues, como pendones colgaban las acciones simultáneas. La elasticidad era una propiedad que se adaptaba indisolublemente a la materia y el doblez se elaboraba sobre un doblez antecedente, era el pliegue sobre el pliegue por donde la luz perdía potencia y era tragada; y los hay que son pliegues arremolinados como un embudo para transformarse en pliegues complejos. El tiempo, como un entablado de costura, pero no ha de pensarse que precisamente por imaginarse de ese modo, no podría tener astillas, rugosidades o asperezas; por el contrario, tenía astillas, rugosidades y asperezas. El tiempo es el norte que dicen los abuelos, aquel que ahora se encuentra en el rocío que lucen los herbazales. Con la cara semidormida hago malojear mi par de manos por sobre el horizonte, a la altura de los cerros blanquizcos, el alimonado colorido cercano me hizo recordar las pastillas refrescantes en la bolsa de la chamarra. Era apremiante la mirada hacia ese pequeño elemento del tiempo: puñado de puntos cardinales… Como un azote, la humanidad había pisoteado por todo ese sendero de la temporalidad, lo imaginario. ¡Tuve la obstinación calcificada de lucideces! El ostracismo de mi academia no quería compaginar con mi ocioso daño cognitivo. Me imagino como una revolvedora desinflada que al mismo tiempo que mezcla los elementos con el cemento, también se vacía junto con todo… Estoy frente al busto del héroe, noto su inmovilidad, la rigidez de sus facciones, la pobreza de su vitalidad. La única vitalidad que en él resulta está en la cara: frente a la nariz le cuelga una tela de araña como moco permanente; el viento hace vibrar esas insignificantes cuerdas, y el moco sube y baja, es la araña en su hábitat. Un audaz enturbamiento en los pensamientos hizo un cortejo a los sentidos hibernados.

Lapsus Linguae: El reencuentro de las sombras

 

ra extraño ver aquellos aposentos para quienes habían vivido dentro de una moral de fines del siglo XX y la tina de hidromasaje en un sitio prioritario de la casa o sea a un lado de la sala; donde los invitados podían sentarse perfectamente cómodos en el agua o bien hacerlo desde los sillones empotrados como nichos. En el desnivel de la morada se encontraba, del otro lado del cristal, un monolito de tamaño regular; esta escultura se parecía al dios Tlaloc: deidad del agua, pero, no puedo estar seguro, podría ser simplemente otra cosa. Era una mansión que, en sus lujos repartidos por toda ella, nos hacía comprender que el superávit económico se había posesionado de sus habitantes. A los dueños de la casa les maromeaban las comodidades en todo perímetro y su prosperidad rezaba en el futuro una bienaventuranza.

Las curvaturas de los muros cercanos al jardín trasero llevaban la sinuosidad de los troncos viejos de un eucalipto y la caprichosidad curvilínea de un ocote al pie de algún precipicio, dichas curvas nacían por entre los muros más rectos y cortantes y por una transformación quimérica de la materia hasta llegar a camuflagearse con los troncos y las ramas; que de tal modo quedaba la decoración de jardines y la arquitectura realmente armonizadas. El minimalismo había dejado onda huella hasta los días que nombro. La auriferidad de algunas esquinas de las piezas contiguas hacían llamado como pavos reales habilidosos, era por demás banal decir que la residencia era lujosa. Del lado por donde se encontraba la gran mesa de mármol, por encima del pasto, hacia el frente, se veía algo que para mí  parecía un enorme ayocote, y por esa perspectiva la interpretación para todos era la misma, pero cuando se daba un ligero paseo por los jardines y viniendo de regreso se transformaba este enorme fríjol en una escultura prodigiosa de ángulos flácidos, formas geométricas, eufóricas y texturas distintas; por la noche, dicha pieza era el centro de atención tanto para invitados como para las luces multicolores y sonidos apacibles y en veces contradictorios, pero no por eso de mal gusto; las formas distintas obedecían a un plástico hinchado con un gel inteligente que obedecía a un programa informático y siempre cambiante.

Negros y profundos en la altura, como gérmenes mohosos de la niebla, los cuervos revoloteaban en la inmensidad anunciando posiblemente una noche de carbón, carente de luna. A la residencia se le van poco a poco apacentando las sombras, las somnolencias y las opacidades. Ningún gato de barriada hace circo ni presencia, en otros lados existen, aquí no. Tampoco se encontraban presentes los aromas típicos de una fábrica de papel, o de un mercado o de la brisa del mar. La zona residencial se extendía por terrenos semiboscosos y por avenidas serpenteantes que se unían con arterias más cardinales de la ciudad y hasta con autopistas rápidas del país. La metrópoli donde se ubicaba nuestra narración era de un número regular de habitantes. Se puede decir que era una capital media y en expansión económica. México significaba un elemento de importancia para el mundo, en cambio para los moradores de la residencia, México significaba, sí, el terruño, pero era también el ancla que exigía pocos movimientos en tanto ser una entidad de contrastes y sube y bajas persistentes. Nuestros protagonistas sí contribuían al engrandecimiento de la nación, eran participantes activos de la economía local. Su empresa lo era una cadena de farmacias en la ciudad y pronto estarían haciendo ofertas de productos farmacéuticos por Internet y entregas a domicilio.

Ella era una mujer dinámica de cadera amplia y de cabello largo y negro. Tenía una presencia distinguida, sabía ser buena anfitriona. Cuando llegó él, se escuchaba por los altavoces disimulados en el mueble principal un disco de Tchaikovski.

—Despertaste temprano.

—Casi a la misma hora, me quedé tarde a checar algunas cosas que tenía pendientes— Él se asoma al tocador de la recamara y observa sin interés la revista “Vanidades”, frente hay toda una miscelánea de objetos de belleza, cremas, lociones y artículos de aseo; además de mascarillas, joyería fina y substancias para el cuidado de la piel de reconocida marca —pero dormí bien, quiero darme un baño—de lejos se escucha la voz de la sirvienta que grita:

—Señora, le preparo de una vez el desayuno— su timbre ladino y chillante   hace muecas entre los lujos de la casa, es una mujer muy trabajadora pero muy coqueta, esa muchacha se entretenía por lo regular en los mismos menesteres que Afrodita.

—No, primero me voy a dar un baño, pero si quieres hazlo y cuando baje, lo calientas en el horno— aja.

—Ya pensaste en lo que te dije ¡No me vayas a decir que aún no tienes la respuesta!, siempre me das largas— dice él en tanto que se sienta en el taburete y toma un perfume, el frasco tiene el título de Elizabeth Harden, lo pasa por la nariz y sus aletas se hinchan de su esencia. —¡Por favor corazón cásate conmigo!

—¡Ya Fernando, no empieces, es muy temprano para empezar a pelear! Déjame tranquila, quiero empezar la mañana contenta. ¡Y ya no me presiones tanto! Y por favor… que voy a bañarme. —Toma algunas cosas que están listas sobre la cama y se dirige al baño.

Fernando se queda rozando la muñeca izquierda, haciendo que se impregne el perfume que se ha puesto. Observa cómo se cierra la puerta del baño y allí deja la mirada; para sí mismo hace una mueca de desilusión. Se levanta y se dirige a la cocina.

—Ya saben lo que tienen que hacer, utilicen la intuición para dar con lo más valioso, y por favor empleen los conocimientos y la experiencia que tienen y tu Pancho controla tus ímpetus, y por favor ¡No hagan pendejadas! Rápido y bien, rápido y bien… órale chavos, rápido y bien, rápido y bien. — El jefe de la banda truena los dedos en señal de celeridad, el sonido se ahoga por todo el tapizado de la vagoneta. Antonio, el jefe de la banda observa por el espejo retrovisor cómo va Javier acercándose. Frente al jefe, en la guantera, están los binoculares, es la herramienta que ha utilizado durante los últimos días. —Jefe, ya es hora, el drenaje huele a champo y la sirvienta está en la cocina, los demás empleados llegan en una hora y cuarto—dice Javier al mismo tiempo que abre la puerta y se sube al auto.

—Bueno pues… órale chavos, rápido y bien, rápido y bien.—Mientras la banda penetraba la casa, en la mente de Antonio espolvoreaba ese pasquín de Fantomas tan ensoñado en su niñez, el héroe del Zorro era otro pero no representaba una identificación plena, el personaje de Fantomas le gustaba por su disciplina, por el buen gusto, por verse como un hombre conocedor, inteligente, guerrero  y templado; bueno, habría que señalar también su sino con las mujeres, era el espíritu de conquistador quien lo acompañaba a todas partes, y Antonio quería ser igual, quería ser una copia, o una viva representación de ese héroe. En la vida real había cosas que no cuadraban, como ser un protagonista que se las arreglaba solo, que no tenía compinches. Por eso Antonio sí contaba con unos y eran los mejores, con varios años de carrera, sin antecedentes penales y con un currículo como para pertenecer a una empresa de guardaespaldas o alguna élite de ninjas orientales. Utilizaban armas no letales, pero sí muy efectivas.

Perros no hay, la alarma está desconectada, la puerta de servicio junto a la cocina está abierta, la sirvienta ha estado trabajando desde las seis y media. Han desconectado el teléfono. Llevan guantes…

Ella se baña, levanta tanto la cara como los brazos para dejar que el agua escurra en la mata de cabello, cierra los ojos para dejar sentir el placentero chorro tibio. El baño está lleno de vapor, por fuera, tras el cancel de la bañera se observan los muebles lujosos, el recubrimiento vidrioso en pisos y muros en tonos salmón, guinda y rosa y con el tema de globos de jabón y espuma. Hay una jardinera con plantas de interior a un costado de la tina de hidromasaje y sobre esta un plafón transparente en el techo. De lado izquierdo, frente a la tina está el guardarropa, de lado zurdo se encuentra el closet la zapatera y una sección de anaqueles donde está la colección de bolsos de mano guardados en bolsas plásticas, de lado derecho se encuentra: Al centro la puerta que comunica a la habitación, toda ella es un espejo; en un costado está otro tocador que podría asemejarse al que usan las estrellas en los camerinos de teatro lujoso, en el otro extremo está la cajonera donde se guardan: medias, pañoletas, ropa interior, camisetas, cintos, bisutería y demás accesorios; así como artefactos de belleza y artilugios para adelgazar y simulado con dos cajones está la caja fuerte, la alfombra es de un tono canela.

La sirvienta trabaja en la cocina, Fernando entra y la busca, cuando ella abre la puerta del refrigerador la toma de la cintura. — ¡Ora! No espante, Oh… espérese que tengo prisa en hacerle el desayuno a la seño— sus manos hurgan dentro, todos los recipientes están fríos como si estuvieran detenidos en el tiempo, son alimentos invernados, pero prestos para la calentada, dispuestos para ser comidos, degustados, se podría pensar que de igual modo la sirvienta, tal vez en ello había cierta empatía, confesión callada, era la comprensión de sí misma en los medios de trabajo, en las materias primas de la cocina. Él está subiendo sus manos hacia los pechos, los toca cuando siente un jalón y una llave al cuello que lo lleva al suelo—¡Pero… que es esto… de que se tratm… mmmm… mmm!— La sirvienta cuando voltea simplemente se desmaya, le ponen a ambos cinta en la boca y bolsas de tela negra en la cara, las manos quedan atadas a la espalda. Los rateros no pronuncian palabra, como si fueran unos mudos de nacimiento se comunican con señales, pancho termina de amarrar, cierra el refrigerador y husmea en la alacena, no hay nada valioso más que un sitio que parece cava, desliza la puerta, se encuentra con una chapa y sin ninguna complicación bota el seguro, observa las fechas de las botellas y escoge dos que son las más longevas.  Antonio se dirige al piso superior, a la habitación principal, el otro se ha dirigido al despacho, cuando entra ya tiene preparado un desarmador eléctrico, quita los tornillos que sujetan las tapas, la abre. Sigue trabajando y desconecta el disco duro y el DVD, los sustrae de la carcasa, luego va con la tarjeta principal, obtiene lo más importante y guarda el desarmador, saca la navaja y lo desliza entre el escritorio y el cajón, una pequeña palanca y el cajón cede, hay dinero en efectivo (seguramente es “la caja chica”) una agenda con números de cuenta y contraseñas, las llaves del par de autos están allí. Guarda en su maleta todo eso y sigue buscando. Bajo la ventana que mira al patio hay un plafón falso, lo desliza y allí está la tarjeta madre que gobierna tanto a la escultura del patio y la iluminación como otros elementos y programas de la casa. Se dirige a la sala de estar y allí está la televisión; es de las que tienen la tecnología más avanzada, como es de pantalla plana parece un cuadro más, desconecta, desmonta el equipo, así como los complementos de sonido; hay un artilugio interesante que llama su atención, su precio calculado llega fácil a la tabula propuesta por Antonio, por lo demás o es muy voluminoso o no alcanza a ser más que otro bibelot más de la alcurnia.

Antonio entra a la habitación, sabe que lo más acertado es actuar sin que la víctima lo note, él tiene el lema: “actuar sin un roce y como un fantasma.”  Llega directamente al tocador y husmea los cajones, saca un estuche aderezado con orfebrería mudéjar. La observa. valúa y levanta la tapa con cuidado para no ser sorprendido por una caja musical o un payaso saltarín. Dentro de ella están las joyas más usadas: dos relojes, esclavas, cadenas y anillos, todo de oro y de muy buena hechura.  Deposita toda la caja en su mochila. Recorre la habitación con la mirada y no descubre nada interesante. Entra al vestidor, y atisba como todo un profesional el sitio obvio para una caja fuerte, le da una mirada al cuadro del fondo, pasa sus manos por él y sólo es un cuadro en el fondo, soba los cajones y da con los simulados. Busca la combinación por allí, sabe que se guarda en algún sitio cercano, por si acaso falla la memoria, hala del botón dorado y allí está la caja, hace un chasquido. Se dirige al baño. Se está terminando de bañar, sobre su cuerpo sigue escurriendo el agua. Al pasar Antonio por el tocador —que se asemeja al que usan las estrellas en los camerinos de teatro lujoso—, observa una foto ¡Y en ella está él con su novia de hace muchos años! A la agitación cardiaca debido al peligro, a la adrenalina irrigada en el torrente se suma un estremecimiento más, es a la conmoción debido al encuentro de un amor jamás olvidado, al choque sentimental de volver a encontrarse con ella.

—¡Verónica! — la voz se escucha por toda la habitación, entra al baño y se posa intempestivamente en la bañista que, sin esperar esa voz, hace ofuscaciones en la mente, los recuerdos saltan, los sentimientos se acumulan y hacen agitar el corazón de inmediato, ella duda un momento, pero luego dice al tanto que cierra las llaves —¿Tony?… eres tú ¿Tony? —observa hacia la ventana y distingue algunos rayos de luz que se desvían del plafón del techo. Ella como muchas veces, busca un espejismo, cosa de su imaginación, busca que aquella voz sea una utopía del aire o de la propia mente. El vapor forma un celaje que eclipsa las claridades, aun así, nota como se va aproximando entre la nube y los muebles de la casa el amor de su vida. Toma la toalla y se medio tapa, él tiene ya en la mano el pasamontañas y se dispone a quitarse el segundo guante mientras dice —Cariño, tanto tiempo buscándote y al fin te encuentro —Se queda asombrada —¿Eres tú? ¡Y yo pensé que te habías morto! —A Antonio no le importa el lapsus linguae, lo que le interesa es estrecharla entre sus brazos, besar su boca como tantas veces, percibir el aroma de su cuerpo. No separarse jamás.

El par de sujetos que han trabajado en la parte baja, han salido, no sin antes pasar por el vivero y llevarse cinco costosas orquídeas, y por un sistema de navegación y audio de uno de los autos. Esperan al jefe. En unos momentos Javier encenderá el motor. Todo ha salido “en blanco” y no han tenido ningún contratiempo. En tanto en la cocina Fernando ya está buscando la manera de desatarse. La sirvienta sigue desmayada. En la cafetera   terminó de calentarse el café.

—Tenemos mucho que hablar… pero mira como estoy ¡Dios, mira nomás! Ni siquiera estoy peinada.

—Creo que no has entendido a lo que vine y como entre a tu casa, encontrarte fue una casualidad, hubiera sido mejor encontrarte en un supermercado o en una calle cualquiera… Te quiero Vero… tú lo sabes… mmm. mmm… A lo que vine a tu casa fue a robar, esa es mi profesión. Yo sé que esto no está bien, que hay otras cosas pss… no es una vida que tú puedas desear, tú vives bien, te quiero, pero conmigo serías muy infeliz, sigue tu existencia y yo seguiré la mía, no te olvidaré, te lo aseguro, eres el amor de mi vida…

—Pero… Tony no es necesario… podemos hablar… por favor no te vayas, platiquemos…

—Nos vemos, realmente esto es muy triste, y me duele mucho por el enorme amor que te tengo, pero… No… —el hombre se aparta y sale de la habitación

—Tony no espera… — ella tiene la toalla amarrada al cuerpo, en sus ojos inicia una humedad salina que hace opacar la mirada, se pone rápidamente las sandalias, busca la bata tratando de darle alcance. Antonio ya no está.  Quien se encuentra cruzando el vestíbulo es Fernando. Sube las escaleras rápidamente quitándose la cinta de la boca.

—Verónica estás bien, no te hicieron nada esos malditos, hijos de su &%$, Ven, ya no llores, Hablaremos con la policía, voy por el teléfono, ¡Haré que se pudran en la cárcel esos cabrones!

—¡Cállate ya cállate, siempre quieres hacer las cosas sin mi consentimiento y ordenas y quieres ordenar todo, ya basta, basta!

—No, pero… hay que hablar a la policía… mientras más rápido mejor, pronto estarán en la cárcel esos idiotas. Amor… Ya cálmate.

—¡Cállate! Tú no entiendes nada— Ella con lágrimas, se dirige a su recámara, se pone un pans, una sudadera, una gorra, entra al baño: es el  pasamontañas, lo levanta, sigue al vestidor, allí está la mochila que ha olvidado Antonio, abre la caja fuerte, saca lo valioso y lo vacía en la bolsa, y sale corriendo a alcanzar al amor de su vida, se trepa a la camioneta e inventa una nueva vida. La sirvienta en el piso, medio atarantada, se recompone de la sorpresa, a lo lejos escucha que alguien habla a la policía.

non omnis moriar

 —Voy, trato de esconderme entre la multitud, pero allí está la gran cantidad de ojos observándome. Yo como un protagonista. ¿Acaso esperan que haga la maroma? Y me voy a esconder a algún lomerío vacío, pero cuando me doy cuenta, allí están, es la gente; oteando, andan por todos lados, a donde quiera que voy allí están; son la masa informe que va y viene, siempre, yendo de aquí para allá, recorriendo caminos, observando sin interés su entorno cotidiano, agitándose para no aburrirse, transparentándose con los demás, en una sola fuerza en la masa, ahuyentando su soledad inherente, tratando de acomodarse a una inercia holgadamente cómoda. ¿Y quiénes son? Los otros: caras etruscas por la semejanza con lo pétreo y con las vasijas vacías y rotas. Frentes breves, cuerpos hechos para sostener el vientre, caras de tripa y pensamientos de hiena, facultades corporales propia de carnívoros sedentarios. Tórax que hinchan no sólo de aire sino de humo de cigarro, de smog, de polvos dañinos y bióxido carbónico; orejas y ojos de vegetal, miradas de verdura, sonrisa transigente igual que el espíritu que deja consentir a la modorra entre las sienes. La gente me da asco, los detesto, maldita muchedumbre, siempre van, atestando las calles, yendo y viniendo como si tuvieran realmente algún lugar a donde ir, gente estupidizada que va y viene; sonriendo, carcajeándose por las calles, eructando en silencio por las banquetas, andan con sus huaraches quesque de moda con sus patas horribles y callosas… allí va uno bamboleándose por su obesidad, así como con sus nalgas colgantes, celulíticas, gaseosas. —La calamidad del mundo actual es el mismo hombre, por donde sea apestan y yo aborrezco lo que tengo de ello que le vale madre el futuro que tendrán los hijos del futuro, esos que ahora preveo como seres con cerebro de mosquito, comunidades caídas en la platanez absoluta. Chusma joven por todos lados como termitas ciegos y desinflados del espíritu, con la agridez del pirú y la vivencia televisiva de un camarógrafo jubilado de cuarenta años de servicio. Pronto no habrá casas para tanto jovencito; se tendrán que poner sitios colectivos de vida, algo así como asilos para imberbes. Ya Malthus había pronosticado la crisis humana por la excesiva confianza en… tal vez en un dios –“por aquello de creced y multiplicaos” o en las bondades de la tierra –por aquello de que “para que alcance le echamos más agua a los frijoles”- El mito del homo sapiens de ser cada vez más misericordiosos o la idea que tenía Pascal de que la humanidad podría considerarse como un solo hombre que subsiste y aprende continuamente y que las generaciones futuras serían mejores y más inteligentes por los conocimientos adquiridos de generación en generación, fue sólo un sueño, hermoso sueño que podían tener la muchedumbre de changos que somos, y eso sin remitirme a Darwin y sólo observando como la iglesia poco a poco va descobijándose de los mitos insostenibles de que descendemos de Adán y Eva y de que somos los hijos de dios, parientes de las once tribus de Israel y eso de que “hágase la luz” y la luz se hizo y él le dio nombres a las cosas y luego descansó… Mientras se multiplica la población yo espero el cisma demográfico, me pongo las manos en la cintura y quiero ser feliz, extasiarme de lo insoportable como masoquista de semana santa y seguir por toda la vida engentado, entregado a este viacrucis eucarístico. —En días de globalización, el ambiente clamorea tipludamente el mercado más esnobista y deleznable. Ante tal atmósfera ya no carburo, bajo los ojos para ver las banquetas y de ese modo me encuentro a mí mismo, porque ver los aparadores aquí en las avenidas me nacen deseos, envidias, congojas, salen a relucir mis carencias y por lo regular termino diciéndome: “cuantas cosas tan maravillosas hay aquí y que yo afortunadamente no necesito.” Los oriundos de este sitio ya cambiaron por vocación a la globalización y al mercado mundial de suelas de llanta y correas a cómodos huaraches Nike, de pantalones de manta y remiendos a Levis con parches, rotadas y deslavadas; de sombreros aireados y sombreados a gorras de visera. No hace falta más que ver nuestra historia del vestido para comprobar que no ha habido un gran cambio. Las muchachas habían optado por una moda que las subyugaba siempre, que las postraba ante el mercado, ellas no querían dejar la pose de la belleza, pero, si acaso convinieran en pasarle en ese aspecto la estafeta al hombre; entonces, se podría pensar en una evolución y revolución perceptible de ellas. Andan por allí con alma entregada y espíritu vitriólico. Lo que subsiste es correr tras la gloria y la moda del día, con sus ambiciones y vanidades, ese es el individualismo empoltronado en nuestra actualidad. —El tiempo se pone como una caldera, pero ellos ni despiertan; ¡Vaya Humanidad pigmea! El pueblo dormido, siempre dormido, como muchos años atrás, tantos como antes del virreinato o más atrás, como el despierte tempestuoso durante las guerras floridas entre aztecas y tlaxcaltecas. Me repatea el hígado cuando escucho decir que quieren traer más hijos del futuro al mundo, ¡Sí, eso es, traigamos más hijos a la sufridera, rodeémosles a todos ellos de la miseria y penuria humana, convenzámonos, aunque sea falso de que el tiempo venidero será una maravilla para los recién llegados! Si nosotros ya estamos mosqueados, ellos tendrán su calendario menos curtido de inclemencias, los desastres del mundo serán erradicados por la ciencia y la tecnología, porque las indocilidades de la naturaleza las traeremos perfectamente gobernadas con la mano en la cintura… El pueblo siempre será un ingenuo, viviendo de sueños democráticos insulsos, pobres idiotas que creen en las utopías, los que estamos arriba siempre estaremos arriba y apuesto todo y me sostengo a como dé lugar, porque no estoy dispuesto a ceder mis comodidades a otro. —La globalización había hecho que la cultura regional se coronara con unos dirigentes altamente capaces y de cabalística sabiduría ¡Oh! Los hermosos programas culturales y estos no eran para pueblo liliputiense o receptivo de cualquier bicoca o zarandaja, sino la programación que la alta burguesía podría requerir o disfrutar y hablemos de obras famosas dirigidas por los más connotados directores de orquesta y de puestas en escena. Y coincidamos con ellos en que sería una grosería gastar los impuestos para que el artista cumpla su cometido porque hay muchas comunidades que viven en la miseria; sí, tienen razón, primero las ventajas de casa y comida y hasta después eso de cultura y suntuosidades, tienen razón en tratar de ahorrar, por eso ellos ya no quieren recibir viáticos para ir a foros sobre la administración de la cultura en Acapulco o congresos de directivos de institutos de cultura en Cozumel o qué sé yo, pero ¡Ah! Contradicción. El pueblo de Tlaxcala no se merece tantas cosas, no agradecemos a tan gentiles personas su apreciable servicio por la comunidad. Somos unos malagradecidos y bárbaros que no sabemos valorar su sacrificio y sobre todo su capacidad potencialmente arrolladora. No sabemos de preocupaciones y desvelos por las que pasan debido a tanta responsabilidad en los hombros. ¡Imagínense si no la cultura de Tlaxcala es demasiado! Ingrato es el pueblo porque sin base desconfía de las instituciones y hasta de la “transparencia” que se le propone. Hay en mi mirada —si alguno la ha conocido— una pequeña cuenca envenenada de abismos e ironías, en ella parece verse la historia del hombre de una manera descarnada, cruda, sin tapujos. La crueldad de mi ojo hace atravesar vigas en los ojos del vecino. El hombre no sólo pedalea sus cavilaciones sino también su bicicleta por las afueras de la ciudad, ha tomado la ribera del río, parece como si lo llevara la inercia del agua. Poco a poco las aguas van perdiendo su movilidad conforme llega a la pequeña presa que hace surtir del vital líquido a los terrenos del Oeste. Luce a lo lejos, por sobre la loma, las casas entre árboles y cielo; y abajo, el reflejo de ellas en una espejeante y quieta agua de drenaje. El cielo está suficientemente espumoso como para provocar melancolía, es un espumarajo lechoso, espuma chelera, esponja nubosa, algodonada. —Y allí está este mi país, arrugado de montañas enormes, como costras escamosas, ásperas y salvajes. Son cordilleras que bendicen mi terruño, que hacen más pasable la vida entre los hombres, que si no fuera por ellas entonces creería que existe un paraíso distinto, uno metafísico o uno donde hablan distinto idioma que el de Cervantes. Pero de todos, yo me quedo con este, con sus selvas verdes e impenetrables, con sus extensiones de costras tepetatosas, con sus ciudades precortesianas, con sus sierras norteñas y desiertos inhabitables, con la ribera del mar por donde pasea mi playera. Todo eso estaría muy bien si no estuviera decepcionado de las gentes, de la política, del sistema en el que vivimos, pero siempre las gentes asomando sus hocicos donde no les importa, persiguiendo sin gana sus rutinas. La multitud no tiene proezas, la muchedumbre nunca ha realizado nada sustancioso para bien de la historia del hombre, a no ser que hablemos de la revolución francesa, la guerra de los claveles o la revolución de octubre, pero una golondrina no hace verano… ¡pero por Zeus! He querido callarlo, pero la fealdad ideológica actual es humillante. Que Ala y Camaxtli nos protejan ante tanta adversidad y sobre todo pendejez… pero… No nos queda de otra más que perdernos en este laberinto de justificaciones y desesperanzas. ¡Y Aquí voy yo como un Quijote de la Mancha… montado en bicicleta!, Listo a atacar los mercados globalizados con un cerebrito como arma asesina. He decidido ir a berrear este discurso sobre los montes calcinados. Sí, en este paraje donde no se ve la gente y antes de que comiencen a aparecer continuo con lo mío. —Me imagino que el sistema es como una máquina que transforma a los hombres, les arranca la crítica, todo juicio u opinión; y sin darse cuenta van pasando uno a uno para que la máquina les vaya colocando su respectivo bozal y aplicando un par de gotas en cada ojo para que sólo puedan ver lo conveniente. La máquina imaginada sería de algún modo obvio para fabricar locos, o zombis, dicho aparato arremetería contra toda neurona capaz de ser provocadora de objeciones e impugnaciones y hacer fructificar neuronas adormiladas. Pero ya basta de tanta alharaca, el lenguaje siempre tratando de tomar rumbo, o alargar los momentos presentes. El verbo tal vez adivina su perdición, porque si yo muero, él mismo también desaparece. —¡Adiós hijos de Heraclito! Me voy al Hades como Orfeo a buscar a mi amante playera. Pero sépanlo bien, yo no me suicido, me ofrezco como un mártir, como una pieza sacrificial para redimir los pecados de todos, como una víctima propiciatoria adecuada; ¿Qué si soy Werther? No, no soy él, ¿Qué si soy Judas?, pos tampoco. Sólo me curo la herida que tengo por culpa de la existencia, y me voy de una vez porque mientras más estoy menos soy, al cabo que como dice Horacio “non omnis moriar”. Se acerca a la orilla del rio y se lanza.

 —Hora mira ese güey tan pendejo. —Sí, oyes ¡Santo chipotazo! —Le fallaron las coordenadas. —El muy bruto ha de ser intelectual. —Va a pescar o un resfriado o una enfermedad. —

Después de lanzarse al río, el protagonista sintió el agua fría hasta las rodillas. Miró a su alrededor, esperando ser tragado por la corriente, pero el río era ridículamente poco profundo. Intentó sumergirse, pero el agua no le llegaba más allá de la cintura. Se rio amargamente, reconociendo la ironía del destino.

Al intentar salir, se dio cuenta de que las orillas eran demasiado empinadas y resbaladizas. La impotencia lo envolvió cuando, tras varios intentos fallidos, empezó a pedir ayuda. Fue entonces cuando vio a la muchedumbre que tanto despreciaba, la misma que ahora lo miraba con curiosidad y con una risa contenida.

—¡Ayúdenme! —gritó, tragándose su orgullo.

Un grupo de personas, esas mismas que él había catalogado como «masa informe», se acercaron y, después de una serie de inútiles tirones, lograron sacarlo del río. Respirando con dificultad, el protagonista observó a aquellos que lo habían rescatado, reconociendo en sus rostros la inevitable conexión con la humanidad que tanto despreciaba.

—Non omnis moriar —murmuró para sí mismo, mientras se sacudía el lodo del pantalón, aceptando, con una sonrisa irónica, que su legado sería más ridículo de lo que había imaginado.

El escuadrón de la muerte

H

abía extrañamiento de esos perros roñosos, de los menudos que se remolinaban por los puestos de tacos o los grandes que peleaban a la hembra  enjundiosa; ¡Hay! Aquellos años en que vagabundeaban de un lado a otro, días en que se les veía no sólo en los mercados y parques sino hasta dentro de las iglesias o durante algún acto protocolario. Por lo menos había una razón para tener la mirada en la banqueta y… ¿Cuál era esa razón? Pues el peligro de pisar las mierdas que dejaban los perros callejeros, y aunque el suelo citadino es un elemento sabiamente postrado, se subyuga para ser algo, aunque sea receptor de ese tipo de mogote, es fuente donde se prenden las existencias para ser, para construirse, sumisión que llega a ser jugosa de leyendas y objetos. Es la historia de perros y de muchas otras cosas, la que se desarrolla en la calle, ella es su elemento, los ciudadanos no podían coincidir separados entre una y otra cosa, pero… cuanta remembranza…

            La vida en las calles deja experiencias enriquecidas, memorias que nos vienen de las arterias, de la vida comunal, del encuentro azaroso con el mundo de gente, la interconexión con un sinnúmero de almas que se entrecruzan frente a los zaguanes, las oficinas postales, los distintos parques, los mercados, la tenducha, en fin. Frente al puesto de periódicos está uno de mis sospechosos. He estado investigando la desaparición de los perros callejeros. Parecen haberse extinguido, y no porque los de la perrera sean eficientes; de hecho, según supe, han estado importando jaurías de Puebla para justificar sus sueldos ante la Secretaría de Salubridad. La vida de un perro callejero no vale nada; cuando los atropellan, nadie los recoge, y su carne se desparrama bajo las ruedas de los coches. Antes, estos animales eran sagrados, sacrificados a los dioses o consumidos por las clases altas, pero hoy, apenas queda rastro de ellos en las calles. Mi curiosidad por este fenómeno me ha llevado hasta aquí, sentado en la orilla de la fuente.

El sospechoso al que he seguido desde hace dos días está sentado cerca del puesto de periódicos. Es de estatura regular, tiene el labio superior algo invadido a los orificios nasales, razón suficiente para conformarse con un bigote muy lineal y excesivamente ralo, su parroquia de canas se ausenta cada vez más por su catedral de calvicie y su ajada cara nos afirma que ha vivido los últimos veinte años de su vida en la banqueta, con el sol siempre de frente. Él es un “teporocho” y es miembro activo del llamado “escuadrón de la muerte.” El Escuadrón de la muerte es el grupo de borrachines empedernidos que gusta asolearse disfrutando de la cruda tras la iglesia de San José. A él le dicen “Barrabás” y es un hombre desheredado de la gracia de Dios, se decía que él tenía un monstruo revoloteando en su cabeza, y siempre anda por allí como perdido, como si anduviera buscando un impermeabilizante para los helicópteros. Mentira que él anduviera descalzo, injusto decir que andaba greñudo y aún más insultante decir que andaba por las calles harapiento y cabizbajo; él era un hombre autóctono, ¡Sí, y eso que tiene de malo! La verdad era que él como ningún otro se enfrentaba a la muerte con la mano en la cintura; pero claro, nadie es perfecto, con una cobija de alcohol bajo el sobaco. Y allá. Aquél que viene con un perro amarrado es su compinche, uno de los miembros del club. Tiene la cara un poco españolizada, tiene una permanente sonrisa de idiota. Vivían en una pobreza que retoñaba todos los días. Yo los veo y me hago el desentendido, finjo que espero a alguien y que estoy desesperado y más, que no me interesa sus vidas; pero, por el rabillo del ojo izquierdo los atisbo.

¿Por qué consideraba que ese par podrían ser parte de los culpables de que estén extintos los perros callejeros? Esos hombres se veían que eran muy cariñosos con los animales, les daban de comer y se les veía cada vez con distintos. Tal vez por eso, es que tengo mis dudas en ellos, pero, ¿Cómo es que le han vendido algunos kilos de carne de res al señor de los tamales si ellos ni de donde puedan tener ganado? Y luego ese dinero para lo único que sirve es para comprarse el mezcal, el tequila y esas no son todas mis sospechas, sino que también tienen una cabaña —ellos le llamaban “bunker” —que era visitada por “el escuadrón de la muerte”, pero sólo por las tardes y noches, sus preferencias diurnas estaban en esta estancia tan acogedora digna de la más excelsa farándula como lo es el parque tras la iglesia de San José donde me encuentro ahora. Yo conozco de lejos esa cabaña, no les daré el sitio exacto porque de igual modo como dicen las autoridades: “para no entorpecer el desarrollo de las investigaciones” y el sitio es más o menos al noroeste de la capital de Tlaxcala frente al pueblo de Axotla del Río y en un sitio poco accesible.

—Barrabás, a este me lo encontré muy solito allá por la escalinata, parece que tiene hambre, que te parece si “le damos pa sus tunas”— dice el compañero que llega y se acomoda en la banca, es una voz de guturación cavernosa como si las cuerdas bucales estuvieran destripadas o las tuviera a punto de la amputación. Sus harapos no se cohíben ni tantito cuando pasa algún trajeado rumbo al palacio legislativo.

—¿Sabes que ha pasado con el sol?… ¡Ya se fue el güey tras la nube!

—Y eso a mí que me interesa, el puto ni siquiera calienta… —se quedan los dos allí viendo como pasa la gente, en ocasiones avientan una carcajada sin razón, se cuchichean. Yo los observo, trato de escuchar toda su conversación, pero no logro entender algunas cosas que dicen, el albureo es su medio de expresión más hospitalario.

Tal parece que los coches se estacionan aquí en la calle, frente a mí para que yo hable sobre de ellos, pero para que; son simples carros con motores de combustión interna, además no son parte de mi investigación… dejo eso porque los borrachines ya se van, se dirigen rumbo al mercado por la calle Veinte de Noviembre y yo voy a seguirlos sin que se den cuenta.

Se ve que van contentos, hasta les lanzan algún piropo a las muchachas. De vez en cuando le dan un jalón al lazo del perro, de lejos ven a otros dos compañeros. Están en el mercado tirados en el suelo, su embriaguez los invita a estar en esa placentera comodidad; ya hasta el perro que tienen a un lado se aburrió y está tranquilo con las orejas levantadas y la lengua de fuera, el calor de las primeras horas de la tarde se le espesa en la lengua. Se ve que fueron a limosnear las tortillas porque allí las tienen, y es posible que también algún taco a las cocineras del mercado. Guardo cierta distancia. No cruzo la calle. Me quedo como que viendo el puesto de plantas de ornato. Son bonitas, Los tipos se ayudan unos a otros y se dirigen al Este. Parece que se dirigen a una fiesta. Uno de ellos se regresa al mercado, supongo que va a buscar algo. Al pasar por la Michoacana se me antoja una paleta. Es de limón. Después de seguirlos por tres calles, ellos entran en una puerta, los sigo. La puerta está entreabierta, seguramente para que pueda entrar el otro beodo. Entro y es un largo pasillo de tierra y al final unas escaleras malhechas, de lado izquierdo arbustos. Me quedo quieto tras de ellos. Sé que el hombre que falta no tarda en entrar. Pasa cantando una canción de José Alfredo Jiménez. Espero un momento y luego continúo subiendo por los escalones hacia la cabaña. Me desvío por unos matorrales, sigo subiendo y sobrepaso la altura del techo de la cabaña. Se escucha una música estrenada, recién echada a funcionar. La canción desatornilla los distintos instrumentos como si quisiera que cada uno corriera por su lado, como un almácigo revuelto de semillas de bosque. Me acomodo en el sitio, es un escondite entre la maleza. Si me llegan a ver son capaces de venir a romperme la cara. A las dos mascotas las tienen amarradas a una estaca en el patio, ¡Qué lindas, hasta parece que las tienen consentidas! Pero… regresan con unos instrumentos. A uno de los perros le pusieron como que cloroformo en el hocico, y se desmaya, luego con una maquinita rasuran la pelambre, el que hace el trabajo es el menos bebido, luego de que termina lo levanta en vilo y como que lo ofrenda a los cuatro vientos. Cuando lo voltea hacia mí veo la inscripción en el lomo del perro, dice Camaxtli. En cada calambre del animal punzaba una desbandada de temblores como “chiripiorcas” muy sonoras y vibrantes. Era el perro que ya despertaba de su anestesia. El hombre toma fuerzas y desde las alturas azota al animal en el piso. Titiritaba el perro, se veía que tenía frío, tal vez buscaba su edén, él ignoraba que se convertiría tal vez en un bocadillo. El hombre toma el cuchillo del suelo y  degüella al animal.

Barrabás enciende la fogata mientras destazan al animal, otro se acerca con una bolsa de chiles y tortillas, la sal está en un cajete sobre una piedra. Al otro perro se le empieza a hacer agua la boca al ver la jugosa y fresca carne. Lo más seguro es que ese será su último festín. Para mañana estaremos disfrutando de esas delicias que hace el tamalero

Me salí del restaurante 

“Lo inexpresable no existe”

 Théophile Gautier

 …Y

 Ahora que las tortillas han pasado a ser un artículo de lujo, haremos una declinación hacia ese alimento barato y consumible: el pasto y los quelites. En eso estaba cuando entré al restaurante y todo en él me tomó desprevenido, los quelites y el pasto se quedarían con las ganas porque allí los chiles rellenos me daban la bienvenida, la ensalada se enverdecía nomás por el gusto de verme y la pizza, toda ella me guiñaba el ojo lleno de salsa de tomate; las hamburguesas se cuchicheaban para hacer alguna estrategia y así llamar mi atención, el mole tomaba fuerzas de no sé dónde y sacaba a relucir su aroma deslumbrante, el pozole siendo un poco más grosero, lo único que hacía era pelar unos dientes bien reventados, el espagueti, trataba de lazarme el cuello, en tanto que el chile colorado se ponía furioso y un poco más colorado, los tacos con crema tocaban sus flautas y la pierna ahumada me invitaba adentro, o hincarle un colmillo; pero las  chuletas de lomo… ¡Esas no tenían vergüenza!

Una vez que me acomodé en la mesa, las galletas empezaron a hechizarme con su aroma dulce y seductor. No pude resistir la tentación y, sin pensarlo, comencé a devorarlas una tras otra, dejando que su sabor envolviera mis sentidos. Mi mirada de gavilán se abalanzaba sobre los platillos. El perfume anais-anais me vitoreaba la indulgencia Mi indiscreción no preocupaba a nadie, la avispada mirada continúa desperdigándose por la estancia.

 “Los hipopótamos me roen. Los corderos, cuando me miran, acuden a acurrucarse en mis cobijas; un pequeño tritón ha chupado mi cerebro y ha ocupado su lugar.”

“Sentí cómo los hipopótamos me roían con sus miradas implacables, mientras los corderos, al verme, se acurrucaban en mis cobijas. Un pequeño tritón, en un acto surrealista, había tomado el lugar de mi pensamiento, llenando mi mente con su presencia extraña.”

Me veía en el parque y allí, la hoguera prendida a una pértiga en vaivén  era atacada por ligeros cohetes  que cruzaban la distancia y estos se encontraban amarrados a cintillas largas, como mechas sulfúricas  que al tocar la lumbrera se prendían y hacían caer trenzas pirotécnicas de colores y contornos humeantes desde lo alto, se me figuraba ver aquellos antiguos artefactos pirotécnicos que dejaban caer encendidos de cohetes: chispas y petardos desde la torre de la iglesia, hasta la explanada por medio de una soga. Aquellos jóvenes cerca de la fuente hundida jugueteaban para ver quien ganaba en la competencia de tener el mayor alcance en sus patinetas.

Comía todo aquello como un desaforado, los meseros me atendían con maestría. Degustaba los manjares con todo y sus colores: rojo salsa, verde perejil, color tortilla, blanco cebolla, entre otros y bebidas varias como vino, refresco de soda y café. En el portal izquierdo, cerca del bar, las noticias titiritaban en la pantalla de la tele, anunciaban tal vez buenas noticias, como siempre, yo esperaba las peores inclemencias. —a grosso modo—, la inconformidad de la tribu se climatizaba en el ambiente. La erupción de la guerra encostalaba a gatos, y a perros. Las lúdicas caras de: Centímanos, Multicéfalos, Cien-ojos, Cari-horrendos, Zoomorfos; Híbridos de múltiple casta como el Cerbero, la Quimera; se dejaban ver en la pequeña pantalla. Como que se querían salir de ella…

Estoy impúdico. Sentí cómo los hipopótamos me roían con sus miradas implacables, mientras los corderos, al verme, se acurrucaban en mis cobijas. Un pequeño tritón, en un acto surrealista, había tomado el lugar de mi pensamiento, llenando mi mente con su presencia extraña. Dejemos que las larvas vayan colonizando en tribus por mi vieja axila. De manera muy escueta, una bifurcación de células hizo de mi entusiasmo un vodevil. Y luego, un Hipocampo gendarme inauguró una marcha de Híbridos: la marsopa-raqueta, el estudiante-hurón, el murciélago-betún, la pantera-oasis. Los espectros del transporte se asomaban al restaurante y se abrazaban a la estructura del edificio. Alguien me llamó. ¡No supe que pasó! Pero… me salí del restaurante sin pagar la cuenta. En ese momento desperté de mi sueño.

El vestido de novia 

—Y

 ¿Ahora qué vas a hacer con el vestido?

—Allí que se quede, como si me importara, pero triste Diana, conque me quería enjaretar su hijo si yo nunca nada con ella, a lo más, llegábamos a unas calenturas leves.

—¿Cómo te diste cuenta?

—Se fue a probar el vestido y no le quedaba, le habían tomado las medidas dos veces porque el vestido ya le habían cambiado la talla hace como quince días; y vez como es mi mamá, bien metiche y le saca la verdad. Dice mi mamá que se puso a llorar, pero nada se puede resolver, si ella hubiera sido sincera, sabes, hubiéramos resuelto el problema, pero ese engaño ninguno lo pasa, te lo aseguro. ¡Petra, dale vuelta al casete… se acabó! Si, como vez, son jaladas, he de estar salado para que me pasen tantas cosas, me roban mi bicicleta, voy a tomarme unas copas y me parten el hocico, pierde el Cruz Azul y.… y pues esto de Diana. ¡Se pasa!

—¿Y habían entregado las invitaciones?

—No, Martín iba a ser el padrino de invitaciones, me dijo que tenía otras deudas por pagar, pero en esta quincena sí iba a tener dinero para eso, al rato lo voy a ver para decirle las nuevas. se va a burlar el cabrón, pero ya ni modo.

—¡Voy por las tortillas y por allí voy a comprar azúcar…!

—Oyes. Pérate, no seas malita Petra y tráete una caguama, pero te la traes bien helada, sabes… te traes de las del fondo, esas sí están frías.

—Aja

—¿Dónde está tu mamá?

—Se fue por el vestido, pues ya está pagado y terminado.

—Bueno, me voy, nomás venía para enterarme de eso.

—Pérate, ¡No ves, fueron por la caguama! A poco crees que la mande a comprar para mí solo. Aguanta. Aguanta. Petra tiene también hecha la comida… ahorita comemos— Los dos amigos Fulgencio y Nicolás se quedaron platicando sobre el fútbol, sobre los asuntos del trabajo entre otras cosas.

Los dos trabajaban en una tienda de telas en la principal calle de la ciudad. La casa de Fulgencio se encontraba en la unidad habitacional de Santa Gertrudis en el municipio de Ocotlán en el Estado de Tlaxcala. Fulgencio tenía ganas de casarse, y como hombre prevenido, antes de comprometerse con Diana había salido varias veces y simultáneamente tanto con Diana como con Cristina. Cristina era una jovencita de diecinueve años que trabajaba en la papelería que estaba a un costado de la tienda de telas donde laboraba Fulgencio, era una mujer simpática y de cabello lacio. Fulgencio siguió saliendo con Cristina cuando se rompió el compromiso con Diana, pero Cristina no se enteró de su anterior relación y enlace. Al mes siguiente, Fulgencio le propuso matrimonio a Cristina y ésta acepto.

—Mamá, ven Mamá, ven a ver el vestido, lo trajo Fulgencio, ha de estar lindo.

—Estoy viendo la novela, vente para acá, allá en el comedor no hay buena luz niña— la señora se levanta del sofá y enciende la luz. En el centro de la sala hay una mesa de centro de madera y vidrio en tinte de cedro. La muchacha pone el vestido sobre la mesilla y ese mueble desaparece ante el enorme volumen de la prenda.

—Pero mira qué lindo.

—Sí, era la sorpresa que me tenía Fulgencio.

—Hay, pero sí parece que hasta sabía tus medidas, anda sácalo de la bolsa, quiero verlo completo, ¡Hay mi niña de blanco! Pero cuando iba yo a pensar que te ibas a casar tan pronto, pero ni modo, así es la vida. —Cristina saca el vestido, lo desempaca y se lo pone enfrente, como midiéndoselo. Toma la tela a la altura del muslo y lo abanica para dejar ver su esplendidez.

—Hay mamá estoy tan emocionada… y muy nerviosa.

—Hay no creas que yo no, hija, desde que me dijiste que te habían pedido en matrimonio no salgo de las preocupaciones, creo que hasta he bajado de peso nomás de la preocupación.

—Todo saldrá bien mamá, no te preocupes, yo soy la que no debo de subir o bajar de peso, que tal si luego ya no me queda el vestido.

—Oyes hija, pero anda, saca el tocado que también lo quiero ver. Mmm… es este. Hay mira nada más que encanto es como el que usó tu tía Narcisa, en forma de “v” en la frente, nomás que el de ella tenía unos como azares colgando, como toquilla árabe, tenía más pedrería, pero eso pasó de moda. A ver ven para que te lo vea puesto, tenemos que ir pensando de una vez como vas a ir peinada, no quiero que a la mera hora te vayan a querer poner cualquier chongo. Hay pero que linda, mira, te lo vamos a agarrar de acá y de acá para que no se te caiga o te lo jalen, acuérdate que vas a bailar a la “víbora de la mar” y luego jalan mucho el velo.

—Hay ma me pongo tan nerviosa, de que me vaya a tropezar allí entrando en la misa o a pasar cualquier otra cosa. ¡Ah! Tenemos que comprar las zapatillas, las medias, los ligueros y.… bueno todo lo demás que hace falta. Sí, tengo dinero para eso. Luego hago la lista.

—Hija, el viernes no vayas a salir a ningún lado, porque Mary está organizando tu despedida de soltera. Allí vas a recibir tus primeros regalos. A todo esto, hija ¿A dónde van a vivir?

—Mientras, vamos a vivir allí en su casa con mis futuros suegros, y su tío tiene un departamento rentando allá por Ocotelulco y se lo va a rentar barato, pero vamos a esperar un poco hasta que lo desocupen y le hagan unos arreglos.

—Bueno, hija eso no importa, el hombre, aunque sea pobre, pero honrado, y sobre todo que te quiera mucho hijo.

—¡Hay que emoción! Te juro que vamos a hacer muy felices y.… luego, luego quiero tener un bebe, tu primer nieto—En sus caras hay felicidad, regocijo, el compromiso avecindándose las llena de emoción, se entusiasman por el evento. Para la noche, el vestido quedaba colgado desde un sitio alto esperando sus futuros protagonismos.

            La secretaria del párroco se acomoda en la silla, y observa el libro, el acta de nacimiento y las fotografías.

—¿Usted dice que se llama cómo?

—Cristina Portilla Méndez, vea, aquí está mi acta de nacimiento y mi fe de bautismo.

—Pues sí, pero… según parece este señor ya se casó, las amonestaciones corrieron hace tres meses y se casó en otra iglesia, aquí no. El nombre de la mujer con la que se casó se llama… mmmm. déjeme ver… aja  Diana Hortensia Tlapale Ortega

—No, No es posible, ha de estar usted confundida. Él no está casado, su nombre completo es Fulgencio Pulido… ¿Cuál es su otro apellido mamá?

—No lo sé, pero allí está en su acta de nacimiento además usted ha de tener las fotografías que se dan para las amonestaciones.

—Sí, pero, las amonestaciones que se corrieron en estos meses todavía están pegadas en la vitrina a la entrada a la iglesia.

—¡Fabiola venga un momento por favor! — grita el párroco desde el interior de una oficina contigua—Las dos mujeres, madre e hija se quedan sin comprender nada, anonadadas ante la noticia. Se miran una a otra, en sus caras campea la sorpresa. La secretaria regresa.

—Lo siento, pero no se pueden casar, él ya está casado. Si quieren pueden ver las amonestaciones, aún están pegadas a la entrada de la iglesia.

—Gracias señorita, nosotras casi, casi nomás veníamos a pedir informes, pero… vamos a ir a ver cómo se resuelve este malentendido o que nos den explicaciones de esta burla. —recogen sus papeles y salen de la oficina. Cuando van a la iglesia van diciendo pestes y maldiciones, diálogos indescriptibles.

Cristina entró a su casa. El timón que gobernaba su templanza estalló por los aires, de modo tan eficaz que hizo un hoyuelo cavernoso en sus poderosos ojos vidriosos y animalescos. Estando así su aura azul color calma se transformó en amarilla color puntiagudo; el desarreglo de su espíritu, tan imprevisto y sólido como el esqueleto de un felino haría temblar al mismísimo diablo y observándola en cámara infrarroja se podría atisbar a una bestia que bufaba furia o a una máquina que fabricaba el carmesí calorífico propio de los elevados grados centígrados. Entró a su recámara y allí estaba el vestido, no encontró otra cosa en que vengar su dolor que en esa prenda —¡Maldito Fulgencio, me las vas a pagar! ¡Te querías burlar de mí, me querías ver la cara!, ¡Pero no se te hizo, no soy ninguna tonta y ahora veras! — La muchacha intempestiva, furiosa, toma los cerillos que están en el buró, arranca de un jalón el plástico que protege el vestido y empieza a lanzar cerillos encendidos desde su cama. Está encorajinada. Al vestido le van apareciendo llamas que luego se apagan, se le van haciendo una especie de lunares negros, hematomas tostados. La prenda va pasando de vestido blanco y pulcro a vestimenta: disfraz de traga fuegos.

La mamá de Fulgencio se codeaba muy bien con la cocina y se entendía de tú con las especias. Llegó Fulgencio a la cocina y con la habilidad de un tejón digirió todo lo que estaba sobre la mesa, luego se limpió con la manga del suéter— Ma voy a ir a ver a Cristina para ver cómo le quedó el vestido, horita le voy a decir lo de Diana. Espero que no se enoje.

—Y cómo crees que no se va a enojar, si eso acaba de pasar y tú ya te vas a casar de nuevo. Y lo peor es que con el mismo vestido. A ver si no te hace comprar otro. Porque a las mujeres no nos gusta eso de “cosas de segunda mano”.

—Bueno a ver cómo me va, nos vemos.

—Aja, ¡Oyes hijo, de regreso compras un litro de leche y pan para la cena!

Huyó su esperanza para casarse, como un tornado sobre los campos de Arkansas, cuando vio la cara de ella al abrirle la puerta, en ese momento era tan brava que un insulto de su boca podría de algún modo causar una infección. Ella lanzó su ponzoña exacerbada y cuidó muy bien de hacer a él con sus palabras el mayor mal, minando así el horrendo pecado que había cometido, haciendo y diciendo se fue contra él y casi desaparece ante los golpes y los insultos, había en todo el vecindario por culpa de esa camorra: palabras en estallido, cuchicheos tras las ventanas, griterías de los vecinos. El enamorado no podía explicar nada, nadie lo escuchaba, los otros no tenían oídos para escuchar sino sólo lengua para injuriar y brazos para golpear. Al hombre le nacían moretones por el cuerpo de igual modo como le habían nacido hematomas tostadas al vestido. En últimas supo que quien podría salvarle serían sus piernas, y no tenía otra opción, así que utilizó esa opción. Salió como tapón de sidra en noche de Navidad. Otro día explicaría las cosas, en ese momento no. Cuando regresó Fulgencio a su casa, su madre no le preguntó sobre el encargo que le había mandado traer. Tampoco lo iba a castigar con unos cuantos golpes, ese día ya había recibido su dotación. Esa noche no cenaron ni leche ni pan.

Dos días después los padres de ambos se reunieron para aclarar las cosas. Fue entonces cuando supieron que Fulgencio se iba a casar con Diana, pero se había suspendido la boda porque ella estaba embarazada de otro y quería comprometer a Fulgencio. También se supo que las amonestaciones habían corrido y como habían especificado una fecha y una iglesia pues en la catedral, la arquidiócesis dio por sentado el casamiento de Fulgencio en otra iglesia. Pero Fulgencio nunca aclaro el rompimiento del enlace. Otro de los datos relatado entre las dos familias era el de Cristina, ella había quemado con cerillos el vestido de novia y aunque se aclararan las cosas, el vestido quedaría inservible. Para esto, salió a relucir que la mamá de Fulgencio no sólo se hablaba de tú con las especias y la cocina sino también con la costura, y se convino en el arreglo con holanes, encajes y bipiur.

En el día de la boda el sol había despertado de buen humor, parecía todo él una serranía de ortigas amigables y como un rascacielos mancomunado con las nubes así se veía la relación del sol caliente con el evento que se avecindaba. A los vientos parecía los habían embalsamado y en esa tarde no pudieran molestar. En la casa de Fulgencio se vivía un entusiasmo desde tres días antes. En el patio se había puesto un manteado que cubría todo el patio, y uno más… pequeño, de color azul frente a la cocina de humo, allí se podía ver a la gente trabajando para hacer la comida. El mole ya lo tenían listo, faltaba que terminara de cocerse el pollo y el arroz. Los repartidores de refresco y cerveza descargaban cajas y Petra y algunas primas de Fulgencio adornaban el improvisado salón de fiesta. Al patio le habían echado agua para que a la hora de la fiesta no se levantara el polvo. Se había calculado muy bien el número de mesas y de sillas, pero el lugar resultaba pequeño para recibir a doscientas cincuenta personas sin contar el espacio que ocuparía el conjunto y sus bocinas. A la entrada, en el quicio del zaguán había una herradura de flores con dos lianas de margaritas que se extendían a los costados y allí frente a la casa, el coche de Nicolás, el amigo y compañero de Fulgencio; tenía el auto un adorno con globos, flores y listones.

Los miedos de Cristina sobre tropezarse a la entrada de la iglesia habían sido infundados, todo ocurrió normalmente como cualquier boda de pueblo, donde no falta un chilango, la naca o la despampanante mujer que roba miradas frente a los santos de la iglesia. El padre dio su sermón invariable sobre fidelidad y otras virtudes cristianas; y como siempre, no falta la enorme lista de amigos, conocidos y hasta desconocidos que pasan a tomarse la foto del recuerdo frente al altar. Mientras esto ocurría. Diana, con cuatro meses de embarazo, continuaba con sus vómitos todos los días, le daban mucho coraje esos malestares y siempre buscaba desquitarse con alguien, como no pudo convencer al padre de su hijo, pues iba a tener que resolver su asunto ella sola.

Fulgencio andaba como poseído, feliz porque se casaba, cargó a la novia y la introdujo a la casa, llevaban incienso, flores y un canasto de no sé qué, luego bailaron el guajolote, después de eso se fueron a meter a la sala todos los mayores, los padres y los novios, y luego la comida. Conforme transcurría la fiesta se iban vaciando las cazuelas de arroz, los chiquihuites de tortillas, los cartones de cerveza y refresco. Era de adorarse la pureza que tenían en sus pechos las muchachas, es una pureza semejante a la que anuncian en el agua de garrafón, ellas se veían encantadoras como hermosas piezas de joyería adornando la fiesta; y en el baile, los invitados de muchos lugares, van levantando en la zona el polvo, ellos y ellas sudorosos, las manos pegajosas, dando aplausos a las cumbias del conjunto y oliendo a perfume barato; son acomplejados, no levantan las manos cuando dice el animador porque, “¿Qué dirán los demás?”. El animador del conjunto se afanaba en amenizar el ambiente de la celebración, pero la gente poco, muy poco… seguía aplatanada. Fulgencio se quitó el traje y se fue a poner un pantalón de mezclilla con pinzas, una camisa anaranjada, botas chatas y un sombrero de pana. Se veía ridículo. La mera verdad había mucho naco en la boda. El eterno vals duró hasta las cansadas y luego se acostumbraba que, en las bodas, al novio lo conducían como a un muertito y le tocaban una marcha fúnebre y en la ocasión pues a la novia también, cuando empezaban a levantar a Cristina para pasearla como muertito le cayó encima, sobre el vestido un globo con sangre. De lejos Diana se marchaba entre empujones y gritando: —¡Ese era mi vestido y tú no lo vas a lucir mejor que yo!

El mal tercio

—T

ú me vas enfriando el agua con las yerbas para que no esté tan caliente, mira, le vas haciendo así—  toma la jarra, la introduce en la cubeta, levanta la jarra y deja caer el chorro opalino y vaporoso, su acción ha dejado una estela gaseosa frente a ellos. La tía Prudencia deja el asa en manos de Lucas. Entra a la recámara de Marcela cuidando de dejar bien cerrada la puerta. Dentro de la habitación se respira un ambiente de sauna, la tía está dándole un “baño de asiento” con yerbas medicinales, después será un masaje, y luego va a “apretar” a su sobrina después del baño. Tras las cortinas de la ventana hay una opalescencia escarchada en los vidrios, motivado por el excesivo tanto de calor como de humedad; el tufo del azufre mezclado con alcohol y eso revuelto con el penetrante aroma de ramas de Eucalipto, Pirú, Romero, Árnica, Manzanilla y hojas de Sompancle; hacen de la ambientación un escenario propio de alquimista medieval venido a menos en un lugar tropical. La pobre mujer atendida sufre su vía crucis con abnegación exacerbada, como si gustara de un masoquismo místico, escrupuloso. La tía aconsejaba a los de la casa que las mujeres no podían atarse el pelo ni llevar anillos, y no deberían cruzar las piernas por ningún motivo; y también se tenían que deshacer todos los nudos que hubiera en el cuarto, no cruzar los brazos ni las piernas ni pisarse un pie con el otro ante un enfermo.Todas estas cosas las había aprendido de la abuela Margarita, curandera del pueblo de Iztulco. La abuela Margarita ya había muerto.

            Después del baño la tía Prudencia pidió a Marcela que dejara auscultarla para intentar saber la razón de porque no ha podido tener hijos. Ella accede. El tratamiento del baño era precisamente para eso, para ayudarla a concebir. Hace tres años que se casaron y no han tenido familia. Marcela está desesperada y lo desea con tantas ganas como judía sin descendencia. Él, como cualquier macho mexicano le echa la culpa a ella.

—Hija, tú estás bien de todo, sí hija, ¡Sí!, Todo en su sitio, ninguna anormalidad. ¿Y tus reglas?

De lo más normal tía, ¡Y como relojito nuevo!

—Bueno pues, entonces el que no funciona es tu marido.

—¿Será?

—Pos puede que su semilla no tenga mucha fuerza, ya ves los malos hábitos y vicios que tiene, no creas, esas cosas también afectan.

—No, pero si apenas que estábamos hablando de enfermedades de cada quien, o sea de la infancia, él me dijo que sufrió de las paperas y que los testículos se le inflamaron re feo, dice que ni podía caminar. Pero eso no lo dice mi suegra, eso se lo calla, ya ve usted tía que toda la culpa me la echa a mí.

—¡Huy! Hija eso de las paperas es malísimo para los hombres, si no se cuidan pueden quedar estériles.

—¡Dios santo! A poco tía, no me diga que me voy a poner a chillar, con tantas ganas que tengo de tener a mi bebé.

—Pos sí hija, tenía mis dudas antes pero ahora ya no. Tu marido es el que no puede.

—Será que nunca podré tener hijos… —La mujer se queda pensativa, esquiva la mirada y observa como baja una gota por el vidrio de la foto de novios, parece una lágrima que ella ha dejado caer. En la foto de estudio ambos se ven tan felices, tan lejos de saber la actual y triste noticia. Ambas se quedan pensativas, quieren buscar soluciones al problema, sus cavilaciones continúan hasta que escuchan la voz de Lucas tras la puerta:

—¡Doña Prudencia! Qué hago con las hiervas hervidas que quedaron en la cubeta, ¿Las echo a la basura?

—Sí, pero espérate, voy para allá. Oyes hija, y si le decimos a Lucas que preste su semilla, sólo una o dos veces y ya tienes a tu hijo, además son hermanos, la cosa quedaría sólo en la familia —El asunto era así como los antiguos espartanos: El viejo, el estéril o el que deseaba mejorar la casta, cedía a la esposa y aún la prestara a sus propios hermanos. El pueblo espartano debido al decrecimiento poblacional por cuestiones de guerra, utilizaba este tipo de interrelaciones sociales; las madres tendían a ser muy reproductivas, la patria necesitaba de soldados por tanto se los exigía; ante todo esto, la cuestión entre Marcela, Ulises y Lucas no era muy nueva.

—¡Hora qué cosas anda diciendo tía!, ¡Qué ocurrencias! Con Lucas. Un hijo. Y Ulises qué…

—Al rato que nos juntemos, más tarde, se lo proponemos a la familia y les hablamos de todo esto, y a ver qué pasa; además, lo que queremos todos es que tengas un hijo, el modo pues que sea el que sea, o que… ¿Para lograrlo quieres prestarle el culo a cualquiera que se te cruce en la calle, a un desconocido?

—Hay no, tía, como cree. Estoy tan desesperada pero no para tanto.

—Bueno pues, entonces al rato lo platicamos.

Fue una reunión informal, platicaron del asunto mientras tomaban refresco y comían botana de pepitas y cacahuates. Ulises estuvo en desacuerdo y tuvo algunas contrariedades, pero al final y a regañadientes accedió. Entre Lucas y Ulises ya había habido prestamos de esta naturaleza; de jóvenes, cuando iniciaban por conocer su sexualidad, muchas veces se rolaban a las novias. La que no estuvo en nada de acuerdo fue la suegra. A ella nadie le iba a quitar de la cabeza que quien tenía la culpa de no embarazarse era Marcela. Ulises era un personaje de lo más complejo; por un lado, era vegetariano, le hacía la competencia a los herbívoros, tal vez por esa razón tenía ojos de borrego y por la otra tenía una personalidad elástica y hacía de su adiposidad una llanta. Le gustaban las corridas de toros y no cruzaba frente a un panteón a solas porque le daba mucho miedo. Creía en los espíritus chocarreros y en el nagual. Cuando andaba con dinero extra acudía a los centros nocturnos y se acostaba con una prostituta. El matrimonio entre Ulises y Marcela era de lo más normal. El devorador de siluetas esbeltas llegó tiempo después del casamiento, de modo como siempre acostumbraba y poco a poco fue comiendo la silueta atlética y joven de él y de igual modo fue defecando bajo la piel, el gordo de manteca que todos conocemos.

Era obvio que Ulises no dormiría en su casa porque su hermano dormiría en su cama, con su esposa, no tenía ganas de hacer mal tercio; por tanto, decidió irse de juerga. Primero en bares que conocía perfectamente, con baile erótico y meseras en bikini, y luego en un baile de esos de corbata, en donde abundaba el color de los cuervos y los escotes voraces, y por último con una putita muy azarosa. Por la madrugada soñaba que fornicaba con una chiva muerta y totalmente despellejada. Hemos de pensar que esa noche la pasó muy bien.

Lucas terminó de bañarse y fue al cuarto de Marcela, ella estaba recostada viendo la telenovela. Tomó el control de encima de la cama y le cambió a un canal de música:

—No espérate, no seas, deja que termine mi novela, que no ves que ya se puso re interesante.

—Que no te vas a bañar, está caliente el agua.

—Con la bañada que me dio mi tía en la mañana a poco crees que necesito más.

—A ver, te voy a revisar… —Él empieza auscultando las orejas y estira la pijama para asomarse adentro.

—Espérate güey por lo menos hasta que estén los comerciales— Lucas se acercó al tocador y se peinó, tomó un poco de loción para después de afeitar de su hermano, era de la marca Giorgio Armani. Luego fingió hacer strip-tease sobre el taburete; cosa que no le resultó pues tenía movimientos a lo Juan Gabriel, un tanto afeminados. Ella rió un poco, se quitó la ropa y apagó el aparato. En ese momento hasta parecía que le rendía culto a la adultera Clitemnestra, una diosa griega de no pocos inciensos en aquella cultura. Lucas empezó con un latino tropezón de besuqueos muy al estilo francés directo al pecho mofletudo. Sus pezones hacían hacer de cerca a Lucas una “o” bien redonda, como bocal algo olímpica. La cama resultó tan cómoda como una pantufla. Marcela era una mujer cachonda, se ponía ardiente tan rápido a modo de procesador Pentium IV a seiscientos Mega-Hertz. Su cuerpo era tan incontenible como excitación juvenil en table-dance. El sexo se deslizaba por sus cuerpos como tabla de juegos extremos y los contorsionismos eran los ejercicios para esa noche. El diminuto polvo que caía sobre las gotas de sudor de sus cuerpos, se divertía de lo lindo. Ella tenía entre las piernas un sexo bizco, ciclópeo, como de cizaña, y ella escandalosa —pero en quejidos— como las bolsas de las papitas. Lucas en veces se veía de espíritu postizo, falso; al principio se sentía un Abrahán celestial pero cuando Marcela terminó de amarlo, parecía Jesucristo al final de su viacrucis. Toda su figura parecía un retruécano predicado por Sor Juana, y eso que no era un hombre necio que acusa a la mujer sin razón.

Opción de cierre número uno:

La tía era demasiado imprevista, podía llegar a la casa con una sarta de insultos equivocados, con su recalcitrante modo de hacer las cosas a su manera o con una canasta: frutas de temporada y quelites o manojos de borraja, flor de tila y estafiate. Esa vez, muy de mañana llegó con una cubeta de alverjones y encima cuatro zapotes maduros. Va a la habitación de Marcela, ella está alistando su ropa. Se va a dar un baño. Lucas sigue durmiendo, ronca como motocicleta en subida.

—Buenos días hija, que, como te fue —su voz es muy baja, no quiere despertar al bello durmiente.

—¡Hay tía!, re bien, figúrese que este Lucas es bien ocurrente, ¡Hay cada cosa!, Pero de mi marido y él pos… que me perdone Ulises, pero resultó mejor amante aquí mis ojos— la coqueta mujer levanta repetidas veces las cejas y mira al hombre durmiendo, la pariente se da por entendida y le lanza a la espalda varonil sus ojos lujuriosos.

—Bueno tía me voy a dar un baño… y me voy a apurar porque tengo que ir a traer la leche—la mujer sale de la recámara y se dirige al baño, al final del corredor.

—Aja. —La tía se recuesta junto a Lucas, acaricia la espalda tratando de hacer cositas, él despierta y se da cuenta de las intenciones de la pariente, él explica que lo que ha hecho por su hermano, había sido por pura obligación y casi a la fuerza.

—No, tía, la mera verdad las mujeres, para mí ¡fuchi! Y no se me acerque más porque me da asco.

Opción de cierre número dos:

La cama no sólo había resultado tan cómoda como una pantufla, sino tan provocadora de sueños que siguieron los dos durmiendo hasta bien entrada la mañana. Habían utilizado ese espacio a manera de balneario veraniego: solaz y descampadamente.  En la foto de estudio, colgada en una de las paredes de la habitación, los esposos se siguen viendo tan felices, sonrientes; tan lejos de saber el actual adulterio celebrado a consentimiento. Ulises no aparecería sino hasta la tarde. Poco a poco van desperezándose, despatarrando sus extremidades, bostezando, tallándose los ojos.

—Ulises, Ulises—Hajum, Hajum—Ya despierta, vete a bañar primero, tú tienes más prisa, ándale güey— Lucas se voltea hacia el otro costado

—No estés jodiendo, deja dormir… yo no soy Ulises. —el pensamiento de Marcela da un vuelco y de un chispazo recuerda todo. Lucas está medio despierto, ya no va a reconciliar el sueño. Ella se veía como una ininteligible mujer con pene, pero sus armas labiales del cuñado estaban listas para desramar su rejega pose de abeja reina, de mujer gobernadora. Confiesa estando con la cara oculta dentro del sobrecama, sigue con los ojos cerrados: —usé condón— Marcela se queda pasmada. Despierta del todo pues sabe que de ese modo no se puede.

—Usé condón.

—Y así para qué me sirves güey, si yo lo que quiero es un hijo…

—Pos la verdá lo único que quería era darte una probada. Se lo pedí a tu tía. Ella fue quien enredó las cosas… le tuve que dar una lana y tú me la vas a regresar. Si quieres tener un hijo mío te va a costar cinco mil pesos… con la garantía de que va a ser un chamaco chinguetas… como su padre.

El mal del Vitíligo Tripigmentado

É

l había sido un bruto y se llamaba Sixto, Su vida había sido una aventura hermosa, sin complicaciones, vida que por esa razón cualquiera podría envidiar. En aquellos años tenía tan ausente la sabiduría que se perdía a sí mismo cuando abría la puerta de su ignorancia, esa encantadora tan suya y consentida. Su sonrisa campeaba bajo el bigote rústico, su mazorca de dientes y todo el paisaje facial hacía recordarme la insuficiente agricultura mexicana. La manzana donde vivía Sixto era una donde apacentaba el comercio, se podría decir que a la manzana le pasó contrariamente que como a Newton: a la manzana le cayó el comercio en la mera cabezota y la despertó. Era en ella toda una compra y vende por aquí y por allá. Los comerciantes llegaban desde las colonias aledañas e incluso de las barriadas más pobres, desde temprano y se retiraban hasta muy tarde, eso a Sixto le gustaba, el movimiento, la acción en la calle, la cantidad de gente pasando, la cantidad de fisonomías, de caracteres; el mare mágnum de contratos, componendas y transas; todo eso pasaba a ser parte de él. En la mañana el clima había arreciado ruinmente, pues la escarcha había dejado caer su baba helada, enronqueciendo el verdor del pasto dormido que se localizaba en los jardines, en los camellones y en las jardineras. El cielo parecía borrego en plena trasquila.

Sixto había sido un bruto, pero ya no lo era tanto, él sabía que era todo un bruto desde que tenía uso de razón, pero su conocimiento de ser un bruto no le atormentaba; incluso sabiéndose bruto se sentía de lo más contento, se explayaba solazmente, pero luego la cosa fue distinta. Él siempre tenía inquietudes de cómo funcionaban las cosas, el saber era una entidad de la cual Sixto estaba relegado. Poco a poco y desde los veinte años empezó algo que cambiaría su vida, de ser “el bruto del Sixto” a pasar a ser “Sixto el sabihondo y el genio de la colonia” continuamente lo molestaba la gente, envidiaban sus capacidades, le codiciaban su enorme memoria. Sixto antes tenía preferencia por artistas populacheros como: Spice Girls, Vicente Fernández, Kabah, Selina, Grupo Mojado, Límite, Huracanes del Norte, Fey, Shakira, Los Rieleros, entre otros; pero luego la cosa fue distinta y era: Vivaldi, Bach, Coreli, Albinioni, Caudioso, Mozart, Beethoven, Brahams y de sus lecturas ya no eran de: “Fantomas”, “Memin Pinguin”, “el libro vaquero” y “sabrosas y enjundiosas”  luego eran lecturas tanto de clásicos griegos como: Homero, Arquíloco, Heraclito, Esquilo, Sófocles, Aristóteles y Platón. Como de autores distintos como: Marx, Kant, Baudelaire, Freud, Paúl Valery, Nietzsche, Hegel, Kafka, Mallarmé, James Joyce, W. Benjamín, Beckett, Allan Poe, Víctor Hugo, Rimbaud, Habermas. Entre otros muchos más. Su interés había llegado a las artes plásticas, la genética, la música, los idiomas, bueno, en fin; Él era toda una enciclopedia con patas.

—Ese mi sesudo, cómo va el chinguetas. —saluda Roberto, un vecino de la colonia—Ya no leas tanto que te vas a volver loco.

—Que tal, como estamos Roberto. Francamente te equivocas. Tú andas pensando en que yo soy un hombre inteligente, pero quiero pedirte un favor, que no andes pensando en ese tipo de tonterías, detesto la pose, me vomito en ella, eructo. La gente por lo general desprecia a los hombres inteligentes, desconfía de ellos, los tiene recelosamente en la mira. He experimentado en carne viva que al bobo se le recibe con complacencia, se vuelve un compañero con el que se puede codear fácilmente, sin recelo, la lucha de conocer entre dos o más se evapora, se hace un hermanamiento; en cambio el “sesudo” parece un apestado, alguien parecido a los leprosos del cual hay que alejarse…

—La neta yo no sé de esas cosas, esas para mí son mariguanadas, y.… chale… ya ni se puede platicar contigo porque sales con citas, autores y experiencias que, en mi vida, jamás voy a tratar ni a conocer. Y pos… ya ni pedo. —Como un infinito que le hacía un guiño, así mismo la inteligencia diminuta se desposeía de sus lacónicas e insipientes conexiones neuronales de Roberto. Ellos continuaban platicando, él uno esforzándose cognitivamente al máximo, el otro en idas y vueltas mientras el otro apenas va. El interruptor convino en dejar de hacer debutar a una luz que estimulaba a los pequeños insectos que andaban tras la luz del foco, en la marquesina de la fachada.  Había amanecido completamente.

La razón por la que Sixto había tenido dicho cambio se había debido a un experimento que habían realizado los investigadores de la Universidad de Massachusetts, durante el lapso de tiempo en el que Sixto se había ofrecido de voluntario para correr pruebas para posibles enfermos de Alzheimer en esa Universidad. El experimento que habían realizado había sido hecho sin su consentimiento, o sea que no se había ni enterado; él como todo un tonto les había caído ahí al dedillo, es decir, que ni mandado a hacer. Cuando fue seleccionado para correr las pruebas, le hicieron un examen cuyo resultado era contrario a lo que se espera, generalmente quien pasa un examen es porque se queda, es promovido; en este caso quien lo reprobaba y resultaba pobre de coeficiente intelectual era ideal para el puesto, Sixto cantó pésimamente las rancheras y por tanto se quedó, en aquellos días estaba tan contento que en la colonia casi le hacen fiesta. El químico suministrado a una docena de camaradas igual que Sixto era la proteína Kinasa y  genomas polimórficos manipulados que hacían aumentar la actividad tanto de las sinapsis como del desarrollo e incremento de nuevas células, estas células según se había descubierto, nacían en áreas centrales del cerebro y emigraban a regiones de la corteza periférica, entre ellas la corteza prefrontal, parietal y temporal, estos últimos —se sabía— participaban en procesos de almacenamiento de datos y modulación del comportamiento. Este tipo de investigaciones, según argumentaban los investigadores no le haría daño a ninguno; era: “como darle vitaminas a un anémico”. Los avances en genética había llegado al grado de que todo el mundo quería hacerse la prueba de ADN para saber cuántos cromosomas eran buenos y cuantos anómalos, simplemente para presumir en la escuela o el trabajo. Pero muchas veces el tiro les salía por la culata pues en lugar de recibir buenas noticias se enteraban de que iban a morir de cierta enfermedad a los cuarenta o cincuenta años o bien que tenían enfermedades como Alzheimer, Gaucher, cáncer de Colon, de Pulmón; Enfermedad de Huntington u obesidad o cualquier otra no listada. Muchas veces los genetistas retenían la información por el bien de la humanidad ya que había habido una temporada cuando aún no estaba legislado en que la tasa de muertes por suicidio era directamente proporcional a los pacientes que habían conocido su futuro modo de muerte o sea la enfermedad que irremediablemente les quitaría la vida.

El doctor y genetista Nicolás Mejía, director del Centro de Investigaciones del Genoma Humano de la Universidad de Massachusetts, recibía en su despacho al periodista Carlos Olivera del periódico Atlantis. El investigador de genomas era todo un cinta negra de la biología, tenía a su cargo el laboratorio de genética y dirigía la investigación de la secuencia del cromosoma 21, dicha tarea se le había encargado a él ya que dominaba en extensión el mapeo previo de este gen y algunas proteínas que interactuaban con ese pedazo de DNA. Las investigaciones que él había llevado a cabo tenían que ver con la enfermedad de Alzheimer y con el descubrimiento de la proteína Kinasa conocida como ERK (por sus siglas en inglés) dicha proteína interactuaba a nivel neuronal al estimular las neuronas vecinas y así potenciar a largo plazo las sinapsis o los puntos de contacto entre las neuronas. Esto ayudaba a que se tuviera un mejor conocimiento de cómo se formaban los enlaces y de ese modo la memoria; puesto que era aquí en los enlaces de la memoria donde ocurría la mutación de la enfermedad de Alzheimer. La entrevista ocurría en los días en que los avances en genética estaban a una velocidad impensable, ya que se tenía un previo mapeo del genoma humano y sólo faltaba la corroboración de ese mapeo, así como: el descubrimiento de la interrelación de genes y proteínas, la identificación de cada uno de los genomas polimórficos y la distinción de genes muy singulares que ni el genetista más creativo hubiera podido imaginar. Todo este faltante de información implicaba no sólo años a futuro dentro del proyecto, sino cientos de investigadores y un número substancioso de instituciones, laboratorios y empresas farmacéuticas. Los cuestionamientos del reportero tenían que ver con acusaciones que habían salido a relucir y una demanda en contra de la institución que él comandaba. El Doctor Nicolás es gordo, con barba de chivo y algo canosa, cabello lacio y entrecano; pómulos salientes, de papada y chaparrón; hombre de lentes, zapatos flexi, pantalón negro, y saco verde olivo. Sus movimientos son ágiles a pesar de su abdomen. Es un poco zambo.

El periodista Carlos Olivera es de cabello quebrado, boca grande y lengua ágil; cejas pobladas y frente estrecha, su barba medio crecida; su vestimenta es conformada por pantalón negro y arrugado, lentes que apantallan o fingen intelectualidad, camisa cuadrada, y zapatos de vestir; cámara, grabadora y para no variar teléfono celular a la cintura. Sus manos brillan sudorosas. No le falta nada. Luce por tanto como todo un periodista.

—¿De qué manera es posible que, a corto plazo, la humanidad se beneficie de los avances genéticos?

—Sí, verá, los métodos de ADN recombinante permiten el aislamiento, la multiplicación y la propagación de regiones específicas de ADN de cualquier origen. Es posible establecer métodos de diagnóstico y posibles métodos de curación para ciertas enfermedades moleculares. Las posibilidades se amplían a tal grado que su alcance parece estar limitado sólo a la imaginación. Se puede conocer a detalle la configuración genética de cada persona y con ellos, el riesgo de afectar la privacidad biológica del individuo. El examen de ADN… originalmente se diseñó para el estudio de los desórdenes genéticos hereditarios, pero ahora la predisposición a enfermedades, las respuestas corporales a ciertos agentes infecciosos, drogas y productos químicos y además el diagnóstico de enfermedades infecciosas. Aproximadamente de 100 a 500 mil genes humanos, tienen miles de oportunidades de mutación, en consecuencia, los mismos genes en distintos individuos experimentan variaciones en su secuencia de ADN. Esto es posible a partir de una muestra de tejido biológico, normalmente es sangre, el ADN del individuo se fragmenta en enzimas de restricción las cuales cortan el ADN en sitios específicos.

—Se conocen casos diversos—afirma el periodista poniéndose la grabadora cerca de la boca— en donde han intervenido los avances en genética, la mayoría de las veces positivas en cuanto a enfermedades genéticas que la humanidad venía arrastrando y que no se verán más; pero también hay casos en donde más valía seguir ignorando esa información para así no experimentar. ¿Cuáles son los costos genéticos que tenemos que pagar?, ¿Será que la vida ahora será a la carta? ¿Será acaso que quien tenga dinero pueda comprarse o comprar para sus descendientes una vida sin enfermedades y tan larga como el doble? Habla usted de la imaginación, ¿Acaso los seres híbridos en los que andan experimentando furtivamente, no tienen parangón en la historia de la ciencia natural?

—Bueno, son distintas preguntas, que tienen que ver con lo mismo, verá, los avances en biología molecular que actualmente tenemos, son debido a muchas generaciones de investigadores y muchos años de ciencia. Siempre se había buscado “la piedra filosofal” y “las pócimas de la juventud” que nos harían vivir jóvenes para toda la vida, eso desde la edad media con alquimistas y luego con investigadores distintos, a partir del inicio del secuenciamiento de algunos cromosomas  e impulsos sobre el genoma humano debido al conocimiento genético de seres unicelulares y pluricelulares —entre ellos la mosca de la fruta— se pudo saber —fíjese, ¡Cosa increíble!— que la biología de los seres vivos utilizaba una especie de economía genética, de la cual todos los seres vivos participamos, desde la mosca de la fruta, hasta los seres más complejos biológicamente como lo son los seres humanos. Significaba que, conociendo la arquitectura genética de distintas especies, podíamos del mismo modo conocer la estructura genética humana, por comparación; es decir, buscando las similitudes y las desigualdades ¿No es acaso esto maravilloso?

—Pero aún no ha contestado a mis preguntas…

—A.… sí… No, me parece que no, creo que no hay una factura que pagar de parte de la humanidad, las investigaciones que se habían realizado con fondos públicos son resultados del público, todo mundo lo puede conocer, está a la vista. Las que sí no están en “cartelera” son las investigaciones que realizaron las empresas privadas, ellas hicieron inversión y como toda empresa, pues esperan ganancias. Y sobre los híbridos de los que habla, pues siempre los ha habido. Pero en otras áreas, recordemos que desde hace mucho tiempo se viene mejorando, variedades del reino vegetal como el trigo, el maíz etcétera, para un genetista el material a trabajar viene siendo casi el mismo y pues en esto no hay límites… sólo aquellos límites que la sociedad y sus instituciones impongan.

—La razón de mi entrevista es por dos razones, vera doctor, según tengo entendido, está interpuesta una demanda en contra de la institución que usted dirige, hace algunos años contrataron gente en puestos temporales para correr exámenes y cosas sencillas… no me acuerdo muy bien de qué cosa, el caso es que uno de ellos reclama indemnización porque se le aplicó—estando en esta institución— una serie de compuestos químicos sin su autorización que ciertamente mejoraron su calidad de vida pero fue perjudicado socialmente. Aunque es risible y hasta irónico, el hombre era un perfecto tonto pero feliz, y ahora con el tratamiento que le dieron se volvió de un coeficiente intelectual alto pero infeliz porque tiene problemas sociales… y cosas de esas. ¿Qué cosa me puede decir al respecto?

—Sí, estoy enterado del caso y pues… ya estamos preparando nuestra defensa, tenemos a los mejores abogados… de la misma Universidad. Nosotros lo único que hicimos fue alimentar bien a nuestros trabajadores dándoles vitaminas “de las buenas” y con algunos resultaron demasiado buenas, ya ve usted que cada persona, cada individuo es una singularidad y el organismo de cada uno responde de manera distinta. Sabíamos… a base de mucha investigación, que no había modo de equivocarnos. Sabíamos que no perjudicaríamos la vida de la persona, ningún daño se iba a correr. En cuestión de genética e investigación todo salió a la perfección. No hubo error. Pero nosotros no previmos que nos encontraríamos con grandes logros y avances científicos, pero con cerrazones sociales e incomprensiones retrógradas. La sociedad desgraciadamente va lento, lleva su ritmo.  Una cosa son los grandes avances en ingeniería genética y otra son la manera como esos avances van a ser recibidos por la sociedad. Desgraciadamente siempre ha sido de ese modo, recordemos la inquisición o la conquista de los “bárbaros” por los civilizados. Nunca se sabe a ciencia cierta el modo como la sociedad va a responder a los avances científicos, recordemos “la revolución industrial” o bien “la revolución de Bill Gates” son dos paradigmas distintos que mueven a toda una sociedad y que son recibidos de modo muy distinto, el uno destruyendo las máquinas a garrotazos porque son las culpables de que se queden sin trabajo y el otro entrándole al Internet porque si no le entramos estás fuera, eres de los nuevos analfabetas.

—Bueno, la siguiente cuestión es sobre una de las nuevas enfermedades que han aparecido, que claro no tiene nada que ver con ustedes, o sea con esta institución la cual usted atinadamente dirige, pero que la sociedad quisiera conocer más a fondo, conocer su proceso. Es sobre el Vitíligo tripigmentado… ¿podría dar algunos parámetros de esta rara enfermedad?

—Bueno, no le podría dar mucha información porque, la dermatología no es mi especialidad, yo soy genetista. Tengo entendido que es una disfunción de la melanina o sea de la pigmentación de la piel. Los estudios los están llevando a cabo diferentes empresas farmacéuticas como Novertis, la compañía inglesa Glaxom y la multinacional Bristell son empresas muy prestigiosas, seguramente ellas van a dar con el problema…

—Pero es un problema genético… podría usted darme información acerca de los genes que podrían estar interactuando…

—No, lo siento, pero. Me llevaría un poco más de tiempo ya que es algo muy complejo y además yo no soy dermatólogo, soy genetista.

—Una última cosa, sí ha de estar enterado de la manifestación que se llevará a cabo esta tarde, la llevarán a cabo la gente que sufre la enfermedad del Vitíligo Tripigmentado, y creo que una de sus paradas en la marcha será en esta institución, para interceder para que ustedes hagan algo al respecto.

—Sí, estoy enterado, nos van a enviar una compañía de policías antimotines para resguardar las instalaciones y cuidar el orden por si acaso suceden cosas imprevistas. Nosotros no tenemos que ver con nada de seguridad, de eso se encargan las instituciones del orden, nosotros a lo nuestro.

—Bueno, muchas gracias.

—No, al contrario, gracias a usted.

El Vitíligo tripigmentado era una especie de “mal del pinto” novedoso y al parecer genético. Era una enfermedad benigna, que no tenía consecuencias mayores que las manchas novedosas y un tanto antiestéticas en la piel. Su etiología era aún desconocida puesto que según parece era adquirida de manera endémica y sin curación espontánea. Era el tono casi transparente de los albinos, la mancha voraz y rojiza parecida a alguna variedad de pigmentación sifilítica y el color verdoso encendido y singular de los camaleones, todo ello en manchas que se iban compactando hasta lograr en los crónicos una dermis propia de camuflageo que podría envidiar el soldado de infantería en batalla selvática.

            Sixto se pasó la mañana en lecturas interesantes, sobre el escritorio están dos citas:

“…y así mismo, vendían niños recién nacidos y de dos años para arriba para este cruel e infernal sacrificio y para cumplir sus promesas y ofrecer en los templos de sus ídolos como se ofrecen las candelas de cera en nuestras iglesias Diego Muñoz Camargo. Historia de Tlaxcala Pág. 155

Shakesperare decía:

“Alejandro murió, Alejandro fue sepultado, Alejandro hízose polvo; el polvo es tierra; de la tierra se hace barro y ¿por qué con ese barro en que se convirtió no podría taparse un barril de cerveza?” (Hamlet, a. V, escena I)

Sixto tenía pensado salir a una manifestación, participaría en la marcha-mitin que llevarían a cabo los aquejados de Vitíligo tripigmentado, él no estaba enfermo de eso, pero se sentía hermanado de algún modo; Sixto se manifestaría en contra de los laboratorios de genética de la Universidad de Massachusetts por haberle realizado experimentos sin su autorización. La demanda que había interpuesto iba por buen camino.

Al principio era sólo un millar de pecas húmedas en el piso. Después, la tormenta llegaba y cogía a la ciudad aún medio atarantada, era lugar sitiado por las negras nubes embravecidas. La noche hogareña se aprestaba para ser tan arrullante como una hamaca. El sol de bruces sobre la cresta de los edificios, curioseaba finalmente por las azoteas. La ciudad se despatarraba cada vez más —y no debido a la noche— y su deformación llegaba a ser hereditaria. Recorrer la mirada en cuerpo de ciudad mojada era armar vericuetos memorables y rumiar un socavón de experiencias pasadas; vivencias empaquetadas en las neuronas. Las calles se aposentaban con una simetría casi cursi, estilo cubismo, pintaban algo románticas y vitrificadas, tal pareciera que las gentes lo que hacían eran hacerles semejanza o ser un espejismo sinuoso de las calles; calles que rechazaban los movimientos bruscos y tajantes, los cambios genéricos e instintivos de la modernidad, calles envilecidas en lo inmoble, en el adormecimiento casi opiáceo de la realidad. En una ciudad nunca se sabe, de manera acertada quienes están ni a donde se dirigen, yo diría que saberlo no es importante, es más, lo considero intrascendente, la mayoría de las veces se va por las calles como entidades dormidas, seres que se transportan a sitios distintos, que van o vienen llegando, siempre en la ciudad ese movimiento eterno, vuelco de voluntades o el movimiento de inercia, el lance centrífugo cuyo eje es la ciudad misma, punto urbano donde se entrecruzan los humanos.

La comunidad se encuentra preocupada de que una gran cantidad de gente sufre de la enfermedad del Vitíligo tripigmentado, temen contagiarse, hay prejuicios que han aparecido, algunas personas fanáticamente religiosas aseguran que son muestras de que el final se acerca, de que estamos a las puertas del Apocalipsis; hay una especie de racismo contra los “Vitíligos”, por lo regular se les veía y saludaba con cierto desprecio y repulsión. Debido a esa razón la gente adinerada que sufría la disfunción, que tenía este mal; recurría al uso de cosméticos para disimular la hipopigmentación e hiperpigmentación con soluciones de permanganato potásico en disolución adecuada y derivados del Psoraleno para hacer permanecer un solo color en la piel. —¡Aunque sea negra! — decían algunos. Las manchas rojas, las manchas albinas y las manchas verdes eran tan singulares y diversas en las personas que debido a que se identificaban plenamente, entre ellos ya habían formado clubes, empresas y sociedades para procurar sus intereses, en la red es posible ver algunas páginas en www.vitíligotripigmentado.com  o en www.Vitíligos.com entre muchas otras.

Los medios de comunicación estaban presentes en la manifestación. El periodista Carlos Olivera del periódico Atlantis había ido a dejar su nota sobre la entrevista de la mañana, luego unos tacos de canasta, refresco y ya estaba listo para el siguiente reportaje, seguiría de cerca el desarrollo del evento. En tanto espera. Piensa. —Que carambas, todo por la nota, y para seguir percibiendo una baba de sueldo, aja, no tengo ganas de ver sus mapas, sus manchas caliginosas, sus parches verdes y azarosos; los pies blancos, sus brazos morenos, gente ensamblada, aja. Inche gente parchada—

La minoría hace manifestación para reclamar sus derechos y para hacerse justicia en contra de la segregación al que se ven sometidos por la sociedad. El común denominador de la manifestación lo eran sus enormes manchas blancas, rojas y verdes Iban tan amontonados en la manifestación como canicas en bolsillo de niño. Como un gentío solidarizado por su aislamiento en el Universo. Como una muchedumbre disciplinada y tan lenta la marcha como computadora sin disco duro. Las pancartas en tonos multicolores dejaban ver no solo sus recriminaciones sino también sus complejos: “¡Prohibido acomplejarse frente a los morenos!” “¡Mi cuerpo se destiñe, sufre, siento dolor, soy humano!” “¡Más apoyo a los centros dermatológicos de investigación!” “¡Basta de segregación: No estamos apestados!” “¡Ven, caminemos juntos!”, “¡Stop!” “¡Orgullo Pinto!” El boulevard principal de la urbe estaba ocupado, por él circulaban los manifestantes entre gritos, frases rimadas y pancartas; el bulevar terminaba en una calle torcida que hacía un mohín y continuaba por otro rumbo muy distinto al de la marcha. Sobre de él espera el paso, un hombre con jiote brilloso al pómulo en auto nuevo. Ellos continuaron hasta llegar al instituto. Dentro de la manifestación marchaba Sixto, coreaba con ganas sus anatemas a los Institutos Genéticos de Investigación. Él no se había dado cuenta que poco a poco su piel iba adquiriendo manchas blancas, verdes y rojizas, y tal vez por eso Sixto se sentía inconscientemente tan hermanado.

 La plaza principal está repleta de manifestantes. Los gritos y las pancartas se alzan en el aire, pero una destaca más que las demás: «¡Basta de aborrecerme, soy humano!» La sostiene Martín Caballero, alto, delgado, con su nariz aguileña y ojos cafés, mientras su hermana Engracia lo acompaña. Entre la multitud, Sixto lo reconoce y se acerca.

Sixto: (sorprendido) Martín… ¡No puedo creerlo! ¿Eres tú?

Martín: (voltea, reconociendo la voz) ¡Sixto! Cuánto tiempo… no esperaba encontrarte aquí.

Sixto: (mirando la pancarta) ¿Tú también? Nunca imaginé verte en una manifestación. Parece que los años han cambiado más que solo nuestras caras.

Martín: (con una sonrisa amarga) Sí, han pasado demasiados… Nos fuimos alejando, ¿no? Pero algunas cosas nunca cambian. Mira a Engracia, también está luchando su batalla.

Sixto: (mirando a Engracia, asiente) Recuerdo cuando éramos inseparables, todos juntos en la secundaria… ¿Qué nos pasó, Martín? Éramos como una familia.

Martín: (suspira) La vida nos llevó por caminos distintos. Unos encontraron su lugar, otros se perdieron en la búsqueda. Pero ahora, estoy aquí por algo más grande que nuestras viejas amistades… Estoy aquí para que nos vean como lo que somos: humanos.

Sixto: (con un tono más suave) Lo entiendo. A veces, el mundo necesita recordatorios. No sabes cuánto me alegra verte, aunque sea en estas circunstancias. Luchas por algo justo.

Martín: (con determinación) Así es, Sixto. No podemos permitir que nos borren. Esto es por todos los que se sienten invisibles. Por nosotros.

Se quedan en silencio un momento, observando la multitud que los rodea. A pesar de los años y la distancia, en este momento, están más conectados que nunca.

Somos neogóticos y qué

“El mortal busca lo que le conviene en manos de los dioses, consciente del suelo que pisa y de la porción que le toca. No te empeñes alma mía por igualar la existencia de los inmortales, pero dispón ampliamente de los recursos a tu alcance” Pitágoras 111,59

—P

ara que enderezarnos si nuestro espíritu es así de torcido, si en el ambiente de lo que se trata es de no pensar[1]… ¡Entonces estamos en nuestro elemento! Estemos enfundados en los enganches y las futilidades, qué hermoso este mundo de lo placentero y de lo sin esfuerzo. ¡Sí, me acobardo! Soy enclenque ¡Viva el mundo cool! Es más, nuestros desajustes ni siquiera aromatizan el ambiente, somos la nada y nos divertimos de lo lindo[2]; la benevolencia de la vida está en nuestra pose ante las cosas, significa ausencia de preocupación, olvidarse de la historia… inclusive de nuestra propia historia. Nosotros consideramos que pensar en una ideología es una cursilería, nunca de los nunca nos harían hincar ante ningún escarabajo. Para nosotros, los políticos representan sólo una manada de orangutanes capaces de atragantarse e inflar sus egocentrismos y bolsillos. Lo único que queremos es que nos dejen en paz.  Esta es una sociedad demasiado encopetada con su humanidad, loa ufana y errática de la historia humana. No creemos en ese humanismo samaritano[3], sino más bien en una especie de idea moderna sobre la fatalidad, somos de algún modo, una generación como de buitre empollado por una sociedad reluciente de ambigüedades[4]. A nosotros los adolescentes no nos importa en absoluto nada, ninguna congoja arruga nuestros semblantes, todo en nosotros es piel rozagante  y todo a flor de piel[5]. Pero en nosotros no hay ninguna candidez sino perversidad, elementos que traemos desde el nacimiento. La agresividad es parte de nuestra humanidad[6], dicha hostilidad está hasta en nosotros mismos, el dolor del cuerpo es un ejemplo muy vivo, dicha agresividad la aceptamos como inherente en nuestro espíritu. El mundo exterior tiene fuerzas destructoras e implacables, ya nos cansamos de estar siempre a la defensiva[7], ir a contracorriente, la pose ante el mundo entonces es la que ya dije anteriormente, el entorno de la trivialidad, pero sin olvidar que somos naturalmente agresivos y lo aceptamos como constitutivo de nuestro ser. Somos… sí crueles ¡Viva la hostilidad y la agresión!

Este protagonista hacía de esos pocos cien metros planos todo un laberinto, yo no le veía el caso, eso de pensamiento cáustico, pos cuando si yo puro: “Juan Salvador Gaviota” y Jalil Jibrán; la mera verdad no estoy de acuerdo, y considero que ya es hora de legalizar a estos cuates para que ya no hagan de las suyas; Ellos por lo regular plantean el conflicto originario del individuo contra sí mismo y no, eso es demasiado, lo mejor es cualquier otra cosa.

—Es el contexto, una modernidad eclesiástica[8], temerosa de sus propios fantasmas, abúlica ante una generación que mira al pasado, que voltea hacia esos sitios en donde la historia nunca tuvo un atisbo y siempre despreció.  La llamada modernidad[9] sólo nos ofreció un perifollo de mercado[10], llegamos a un mundo de consumo[11] en exaltación y nosotros nos entregamos a él porque ir a contracorriente es demasiado romántico, ese tipo de pose a quedado en el pasado. Nuestro estrenado y oscurantismo gótico columbra las inquietudes aunque sean mínimas de nuestra generación, ¡Quedémonos arropados en esa tibia covacha que nos recibe plenamente[12]!  Si es posible viviremos en el hacinamiento, pero al final de cuentas como el guion que nosotros propongamos. Vamos a escudriñar en este paseo que es la vida, lo oscuro, el evento corrosivo que nos haga presentes; será todo ello el sustentáculo de nuestras desavenencias. Este apego no es un cuento sino una cimitarra que presume de sus filos al viento[13], alambicamiento de nuestras acciones con nuestros pobres pensamientos.

Los padres pronto descubren que hay un mal generalizado: todos los jóvenes por las noches sólo ven negro. En las noches no pasa nada por sus mentes, ninguna imagen es posible encontrar en sus jóvenes cabezas, han perdido la capacidad de soñar. Cuando cerraban sus ojos iniciaban su travesía de caminantes sobre la nada, iban y venían por toda la noche hasta el amanecer, y al despertar sus mentes no habían movido una sola imagen. Estaban como al principio de la noche, con la mente en negro; sólo oscuridad pululante, sólo el aroma del vacío negro y profundo, la tiniebla furibunda, la opacidad totalitaria. Era hermoso ver esa especie de musgo que cuelga de las cabecitas de las jóvenes, musgo fresco y al mismo tiempo añoso que sale de su cerebro. Pobrecitas aquellas criaturitas del señor que van al cafetín o allí en la disco o en el restaurant, y que no tienen ninguna cicatriz en sus níveos espíritus. Traían una colección chafa de bisutería y de horadaciones por el cuerpo, con esos elementos seguramente querían significar algo, yo no lo entendía del todo; más bien no les entendía nada, pero a ellos eso no les importaba. Su cabeza ñoña se mostraba orgullosa en los vericuetos anodinos

El epígrafe me aconsejaba que siguiera el rumbo de su idea, pero como el protagonista quería mortificarme hizo su santa gana. Mi interprete principal se enquijotó y se salió de líneas para luego atacar esta modernidad de la que yo gozo plenamente.

—“El Gótico es una subcultura, una manera de pensar, un estilo. El hilo común en la subcultura gótica es una apreciación por la dicotomía de la vida, el contraste entre la luz y la oscuridad, el bien y el mal, con la conciencia de que no hay una sin la otra, y la idea de que los juicios y valores asignados comúnmente a lo distinto no son necesariamente ciertos. Los góticos tienden a tener un sentido del humor oscuro y perverso, le tenemos amor a la literatura, a la historia, a la música, a la poesía, a la belleza, a la fealdad, a lo viejo, a lo raro, a lo arcano, lo profano, lo distinto, lo pálido, a los ojos delineados, y uñas negras, a los libros, vampiros, al teatro, a la muerte, al amor, a la vida, a la tristeza, a las lágrimas, a la melancolía, etc. Tratar de clasificar lo gótico es inútil, tal como los sentimientos, el espectro de intereses, estilos y actividades difieren, como todo, mucho entre cada persona, algunas veces el aspecto exterior puede ser similar, e incluso esto no es suficiente para relacionarnos con personas con aparentes gustos afines. Finalmente, el amor por la oscuridad parecemos compartirlo.”

El aporreado par de párrafos llegaron al desacato y mi áureo socorro de citas sirvió para maldita la cosa. La tecla me escupía en el ojo su letra, y con ella empezaba a remendar un cuento que por más que lo intentaba no salía. Los góticos utilizaban algunos de los mejores y envidiables pretextos para no trabajar, yo algunas veces utilizaba los mismos pretextos, así como a veces, haciéndole como que al cuento con una pose de escritor. Como muchos sabrán, yo tengo una arquitectura de catedral liliputiense; pero eso sí, muy optimista. Si me preguntara alguien ¿Qué vas a hacer con tu vida? Yo le diría… pues nada, que se puede hacer. Nuestro cuerpo está condenado a la decadencia y a la aniquilación, y la arquitectura genética ya no es para nosotros por lo pronto hay que dejar que el corazón lata un rato en el ocio. Afuera, las gotas se apelmazan y hacen charcos, es la lluvia que ha empezado; el campesino bendice dicha bonanza, yo espeto injurias porque no podré dar mi paseo acostumbrado.

Bueno, yo no tengo otra cosa que decir que pues… viva la mediocridad. El protagonista me ganó y pues ni modo, no gobernamos nuestra vida, y mucho menos estos entes que salen de la ficción. Esto es —aunque no lo crean— tan humillante como rico judío caído en campo de concentración. Prohibido leer mis cuentos cuando se esté comiendo pinole: no quiero ver muertos o asfixiados. A mí me gusta disfrutar de la existencia, acudir a los balnearios, gozar de sol de Acapulco; comprar en tiendas como Neiman Marcus, Bloomingsdale´s, Miami Saks, Fifth Avenue. Etc. Y no me pidan más porque cuesto caro.

—“La subcultura gótica frecuentemente se desarrolla alrededor de la escena musical, la que probablemente emerge como una evolución del Punk en Inglaterra. Incluso ciertas bandas consideradas como «clásicas» como Siouxsie y The Banshees eran considerados como grupos con marcadas tendencias Punk. Además, existe un lazo estrecho entre la escena gótica clásica y las tendencias industriales, hecho que se manifiesta en la preferencia de algunos góticos por la piel y el vinil, fuera del clásico terciopelo. Gran parte de la subcultura gótica es muy rica y reflexiva. En especial la literatura, con todos los autores y la gama de sentimientos y miedos que despiertan con sus oscuras letras. O el cine de culto, películas viejas, cine mudo, etc. En conclusión, el gótico no es más que una expresión de la belleza, la elegancia, el sentimiento y el arte, juntos en un movimiento tan vasto, tan rico, como lo puede ser el alma. Nuestros autores son: Byron y Shelley, Poe y nos encantan las alusiones a los castillos y bosques, tenemos obsesión por la muerte y amor por la oscuridad. Nos encanta la música gótica como: Theatre of tragedy, Lacrimosa, Madredeus, Dreams of Sanity.

Y a mí en cambio me encanta: Red Hot Chili Peppers: (Californication), Madonna: (Music), Britney Spears: (Lucky) Eminem: (The way I am), Incubus: (stellar), Jennifer López: (Dímelo) (I need to Know), Café Quijano: (Lola), Rage Against the Machine: (Testify) Nelly Country: (Grammar) Papa Roach: (Last Resort) Janet Jackson: (Doesn’t Really Matter) DMX: Featuring Sisgo: (What you want). Y cantantes distintos como: Celine  Dion, Hanson, Jon Secada, Vanessa Williams, Gloria Estefan, Fito Páez, Charly García, Plácido Domingo, Jarabe de Palo, Carlos Núñez… que más se puede decir… non plus ultra.

Aparece la teoría de la multiplicidad de los mundos posibles, invención de la píldora de la fantasía (droga prohibida por todas las naciones), máquina-casco y de los sueños postizos, jarabe medicinal que hace recrear sueños artificiales. Los brujos que interpretan los sueños cambian de profesión y se dedican a otra cosa, estaban a punto de morirse de hambre. El libro de Freud sobre La Interpretación De Los Sueños es considerado una blasfemia para la generación y es quemado en piras de leña de pirul. Los escritores de ficción y fantasía se enriquecen de la noche a la mañana y los ideólogos hacen su agosto con ideas futuristas.

Hablando a solas frente al espejo

—A

 mí como mujer no me interesa en lo más mínimo, los hijos del vecino, y viéndolo bien tampoco me han importado los míos o los que podría haber criado, los hijos como las frutas,  pueden darse o no, es una situación de lo más sensata, pensar en que tengo que sacrificar mi vida para dársela a otro, alguien que no conozco, que me arrebatará mis horas en las que podría disfrutar del fin de semana o las horas en que podría estar en un café platicando con mis amigas o el tiempo en el que podría estar ganando un poco más de dinero para poder vivir un tanto holgada; La vida actual, con un trabajo, no da de comer más que a una persona, compartir la subsistencia a la larga resulta demasiado cara, demasiado comprometida, es más, es injusta la existencia social cuando te enjaretan las obligaciones maternales, la pose de la mujer deseosa del hijo que espera, la romántica imagen de la hembra que se soba el abdomen viendo el horizonte ¡Son imágenes que horrorizan a una buena parte de mi generación! Pero mira que gracias a este espíritu indoblegable es como he podido salir airosa de tanto desajuste social. La actualidad ya no está para arcaísmos, yo pienso que necesitamos un estrujamiento o sacudimiento de esos mitos o de la pose abnegada de la mujer. ¿Por qué la mujer tiene que desprenderse de parte de su vida para entregársela a otra personita? Sí, eso está bien, lo haría uno con gusto porque así es como es nuestra naturaleza, internamente la naturaleza nos llama a la maternidad, nosotras queremos participar en la creación humana,  pero también,  la vida debe brindarnos bondades y también hacer dejar fructificar nuestros objetivos de vida, esas ilusiones que se quedan guardadas, los sueños imposiblemente realizados; es realmente cierto que el espíritu de la mujer es permanentemente contradictorio y vive generalmente perdido en ese laberinto de la inmediatez, en las cosas tangentes, prácticas, pero también en este tipo de espíritus se pueden realizar cosas que dignifican a un ser humano y no solamente por la maternidad. Muchas veces se piensa —y este pensamiento lo considero un pensamiento retrógrado—  que la mujer que no tiene hijos es una mujer fracasada, huera, es como un hermoso desierto de la nada, es lo inexistente; lo único que recibe de la gente es lástima, una efervescente compasión que a la larga termina uno creyéndolo, sabiéndose una inútil, como un terreno baldío donde no germina ni el pasto ni los quelites. O como la fábrica de óvulos cuya producción es sólo de números rojos porque la ganancia es fervientemente inexistente.

—Mientras me observo en el espejo, me siento poderosa, capaz de enfrentar cualquier crítica, cualquier expectativa social. Pero no puedo evitar notar el reflejo del armario, ligeramente entreabierto, donde guardo el disfraz de Gatúbela y las esposas que uso cuando él lo pide. Me río para mis adentros; ¿acaso no soy la misma mujer que acaba de declamar sobre la libertad y la independencia? El poder de las palabras se disuelve en la realidad de ese armario.

—¿Hay mucha crueldad en mi pensamiento? ¿Existe acaso un pensamiento perverso en estas ideas? ¿Es necesario continuar creyendo en los cuentos de hadas cuando sabemos que las pasiones humanas no lo son? En estas ideas no hay hostilidad sino confesión, de ideas que ya no se pueden sostener. Ya no es posible que sigan creyendo a la mujer como algo que no es, y yo precisamente odio que nos coloquen a las mujeres como unas entidades cándidas y puras; y en ocasiones hasta de tontas. Nosotras sabemos que nuestra vida es cuerpo, nuestro cuerpo se nos impone, él es un principio constitutivo de nosotras y también sabemos que el cuerpo se acaba, se inclina hacia la decadencia, se arruga, el tiempo lo aniquila.

—Mi cuerpo envejece, se transforma, siento el peso de los años y antes que ser mujer soy un ser humano; entonces, si sabemos que eso le pasa, porque seguir esperando y dejando que el tiempo nos pisoteé, o postrarnos sumisas también con él. Aja, la naturaleza nos impone cosas, la sociedad otras tantas y nuestra interioridad también, o sea que tenemos todo un cosmos de fuerzas destructoras e implacables que nos embisten. Nosotras vivimos con la lucha constante del conflicto originario del individuo, o sea ser y sobreponerse a las vicisitudes que nos acometen inclusive aquellas contra el sí mismo de nosotras.

—Muchas de nosotras, o sea, de mi generación no quieren saber nada sobre el matrimonio. Antes eran los hombres quienes salían corriendo ante la posibilidad de llegar al altar; ahora somos nosotras quienes no queremos escuchar esa palabra.  Un buen tanto de mujeres no quiere ataduras, consideran que nunca se van a casar, nosotras preferimos sólo andar jugueteando; sin embargo, tanto las mujeres como los hombres es cada vez más difícil comprometerse rápidamente con una persona. La impetuosidad cada vez es más que nada una imposibilidad. Es mejor, primero pensar las cosas a casarse con un orangután.

—Nosotras lo que queremos es divertirnos, y luego ya veremos… pero aparte los donjuanes no abundan. Nos gustaría que los hombres se comportaran un poco más accesibles, que fueran más audaces, dispuestos a quebrantar las reglas sociales, un tanto más pendientes de aquellas cosas que a nosotras las mujeres nos gustan, dados a complacer y disfrutar de la vida, de divertirse plenamente, o sea, tener un espíritu aventurero, guerrero, indomable pero dulces con nosotras en la vida diaria.

Acomoda el rubor con una brocha, los labios ya lucen brillantez y carmín, las pestañas presumen su física anti gravitatoria, todo se alista para un encuentro.

—¿Cómo sería la nueva concepción de la idea maternal, cuando el vientre materno es cambiado por un vientre externo, como lo sería una cuba materna que asemejara la matriz? ¿El apego al hijo sería el mismo? Si el caso es que el óvulo y el espermatozoide sean distintos a los procreadores creo que no habría problema al ser un parto normal, por química continúan con el sentido maternal, pero, considero que en el caso de las cubas maternales hay una separación del producto y de la madre, aunque los procreadores sean los mismos genéticamente. Este es uno de los problemas en los que se verán envueltos la sociedad en un futuro. ¿En donde radican los cambios en la mujer entonces? En lo Social, en lo biológico, y en el rol que tendremos con la pareja.

—Todas tenemos un derecho maternal, así como también todas tenemos el derecho a no querer tener hijos y del mismo modo, todas tenemos el derecho a decidir la manera de tener nuestros hijos. Nosotras —como ya lo dije anteriormente— no queremos dolor ni sacrificios, no nos gusta pasar por los dolores del parto, nosotras consideramos que es innecesario y menos dejar que nos hagan cesárea porque es igualmente una práctica de lo más anacrónica y salvaje, y tampoco entregarse a los quehaceres domésticos. Para muchas, es preferible tener el objetivo de lograr los cuatrocientos metros planos en alguna competencia u olimpiada, que el objetivo de tener hijos que muchas veces no les deja ninguna satisfacción y que en cambio raspa y merma nuestra calidad de vida; Claro, eso si  no contamos con un capital o con una solvencia económica holgada, porque si así fuera, nada nos detendría para ser madres solteras y comprar el mejor semen con las características genéticamente inigualables y con un óvulo —no le hace que no sea mío— con la arquitectura  biológica más avanzada, y de los cuidados pues que allí se encarguen las instituciones o las indias mexicanas, aunque sí son las mexicanas, terminamos perdiendo porque estas les enseñan su cultura y su folclor de país tercermundista, y después andamos preguntando las causas de los continuos “boom latinoamericanos”.

—¿Qué haces tú allí, otra vez hablando a solas frente al espejo?

—Ha, hola mi amor, como estás, no te esperaba.

—Es viernes.

—¡Qué bueno!

—Busca mis pantuflas… ¿Compraste la cuerda que te dije el otro día?

—Si allí está guardada, para que la quieres.

—Porque “esta noche cena pancho” y tú vas a disfrutar del mejor sadomasoquismo jamás sentido.

—¡De veras mi amor… de veras me vas a dar ese gusto! ¡Mi fantasía de muchos años, el juego que siempre he querido sentir, gracias mi amor, gracias!

—¡Si, pero ya… busca mis pantuflas pendeja… apúrate! —Dócil la mujer accede a los mandatos de su macho.

Se dirige al pasillo hacia la estancia contigua, reflexionando.

—¡Me río de mí misma! He hablado tanto de la libertad y del rechazo al sacrificio, pero aquí estoy, entregándome al juego que él desea. ¿Soy libre o simplemente he aprendido a disimular mis cadenas? Tal vez la libertad no es más que una ilusión, un espejismo que desaparece cuando te acercas. Y mientras siga siendo prisionera de mis propios miedos, seguiré fingiendo que no los veo.

Mañana volveré a mirarme en ese espejo, y quizás esta vez encontraré la fuerza para romperlo.

Las disfrazadas

L

a banda de maleantes llamada “Los Desastres de Río Frío” se dedicaban a asaltar por cualquier sitio, atracaban casas, las saqueaban como si fueran piratas modernos. Su organización: compleja, bien estructurada y organizada. El deporte como medio y religión para conservarse atléticos era muy importante, manejaban técnicas de Taekwondo, Karate-do, Hapkido, Judo; En fin, su profesionalismo superaba a cualquier escuadrón de policía gubernamental; conocedores de leyes, medios, técnicas; Razón por lo cual tenían sudando la gota gorda a la policía. Era una banda que fluctuaba en edades entre los diecisiete y veinticinco años de edad, sabían moverse por la ciudad y se camuflageaban de tal modo que era difícil localizarlos. Lo peligroso para la banda era precisamente reunirse en un punto muy cerrado pues podrían tenderles una redada y así fue como sucedió, cometieron el error de reunirse. La policía, como un moho que ataca sin compasión tendió tentáculos en los márgenes de su última incursión. El domicilio saqueado tenía un boquete en uno de los muros. Ellos sabían que la gente aseguraba sus puertas con mucho cuidado y con distintos sistemas de seguridad, pero los muros allí estaban, ingenuos, como hojas de papel esperando que alguien las rompa, debido a su pobre calidad en los materiales como ladrillos y mezcla, tabla roca, entre otros materiales ligeros y debido también a las nuevas herramientas más potentes y silenciosas: ¡Los muros caían como polvorones! Para poder escapar de la policía, siguieron haciendo boquetes en los muros de las casas vecinas, tomaron camino por el drenaje profundo y continuaron hasta la planta de procesamiento de aguas residuales de la ciudad.

Llegaron aporreando el aire de la estancia dentro de sus pulmones, la corretiza y la excitación del peligro no estaban para menos. Había, por culpa de su llegada, confusión entre los invitados a la fiesta. A su desmedrado espanto se les incorporó la cursilería de aquel par de jorobados que ambientaban el espectáculo, su parafernalia se envolvía como hoja de tamal. El escenario se cobijaba con rumba, merengue, guaguancó; con saxofón, gaitas y maracas. La entrada al salón estaba engalanada por una alfombra roja y a los costados, como gendarmes disciplinados estaban una serie de bombones que se hilvanaban a lo largo del corredor como pequeños plantíos entretejidos, su color lustraba cual historia del mago de Oz. Había globos de arroz engalanando los muros, y estos con bajorrelieves góticos y con una multiplicidad de contenidos apeñuscados, además, había un par de acrílicos procedentes de alguna empresa de artes, sobre de ellos había una alusión a la maravilla que resulta el hedonismo que se calzaba en esa época. Ese estereotipo les caía —¡A raudales! — demasiado bien.

Mientras Los Desastres de Río Frío se entregaban a los placeres carnales, una sombra acechaba en la ciudad. Los ‘NH’, liderados por el enigmático Evaristo, habían observado cada uno de sus movimientos. Con un plan meticulosamente diseñado, esperaban el momento perfecto para golpear.

El Jefe de la banda de Rio Frio tenía el perfil de un Quijote, pero su barba no era blanca, era una barba color mugre, tono que se extendía por todo el cuello y las orejas, la barba le crecía cual ponzoñosa hierba entre arenales. Era cacarizo de su cara y figuraba como cinta perforada en máquina de primera generación, tenía la rugosidad propia de un garapiñado. Cuando su banda llegó y se acomodó en la estancia. El jefe hizo comentarios:

 —Muchachos, como muchas veces se los he dicho, la ciencia es poder, el poder del conocimiento se transforma en conocimiento del poder, ese es el meollo actual, quien trate de irse por otro lado es su asunto. Esta no es una empresa, ustedes no son simples empleados. Nuestra organización es una comunidad, una iglesia con una religión donde nos protegemos de todo aquello que es externo. Vivimos en la eterna guerra, en la sobrevivencia, es nuestra vida, y no vamos a dejar que fácilmente nos la quiten.  Ustedes son “los superhombres” que esperaba Nietzsche, son la esperanza en el mañana, hijos del mediodía. Saben bien que aquellos que arman y protestan leyes, las infringen en corruptelas. Sugiero quemar todas esas virtudes que nos alejan de la codicia, saquémosla de esa madriguera vituperada para hacerla nuestra amiga. Ya sabemos que el ser del hombre no es solamente vivir la realidad sino vivirla novelescamente. Y que sin agallas no hay gloria. Pero aparte está la relajación. Hay tiempo para el esparcimiento. Que hermosa vida. ¡Hasta el más infame podría envidiarnos nuestra frivolidad! Elemento que dilapidamos de manera un tanto alborotada. ¡Sí! Hay que dejar que el corazón lata un rato en el ocio. Porque realmente no es malo encariñarse de la locura, vivir con ella.

En el salón, el desenfreno alcanzaba su clímax, ajenos a la traición que se gestaba en la distancia. A la vez, Evaristo, con una sonrisa maliciosa, lideraba a los ‘NH’ hacia la casa de seguridad, donde los tesoros de Los Desastres de Río Frío aguardaban su destino.

Y allí los hombres y mujeres disfrutando. Repartían la paja antes del espectáculo, justo en la entrada de la fiesta-orgía, en la que se daba lo permisible, la sexualidad libre, sin tabúes, complejos ni prejuicios. La moda: Pelucas blancas, maquillaje hombres y mujeres, vestido a la usanza del siglo XVI. Todos como unos apóstoles del hedonismo. El ritual de la celebración es bendecir con leche los vestuarios utilizando los ramilletes de paja. Hay una banda de música que toca unos ritmos de lo más agradables.

En la mesa de juegos algunos de la banda y como un par de relámpagos se disputaban los ases del póquer, disparaban los dedos con una agilidad eléctrica. Una flatulencia en forma de bólido se deslizó por la tapicería de la silla e hizo presencia entre ciertos comensales bonachones. El bribón salpicó su carácter sobre alguna afelpada sonrisa perdida por allí, parecía que ellos tenían un parasol de sobrellevar listo para ese ataque. Entre los contrincantes y como un cloro nauseabundo y azufroso, así mismo cayó la presencia bizarra de cada enemigo. Cuando se conoció el perdedor todos gritaron: ¡Al claustro inhóspito del ninguneo!… así aprenderán todos que odiamos a todo aquello que se asemeje a los perdedores de tiempos pasados. Se precipitó toda la banda sobre las cervezas levantando en los tarros un hervor de espuma. Se adhirieron a la reunión el desbordamiento de bohemios, la jauría de dandis, el bodegón de pránganas por todos lados y con ellos, el jefe babeando los brazos de las muchachas. El dirigente cuando veía a una mujer hermosa, no dejaba descansar el ojo, hasta que ha terminado de meter a la cabeza sus hechizos; se acercó a una, a su cabellera blanca, y aspiro el anís que emanaba, tal parecía que la capacidad de encariñarse a su cuerpo era infinita.

Un enjambre de bailarinas orientales se dispuso en acordes amorosos, seducir al auditorio. Ellos gozaban de su compañía como la estrella de cine de su farándula. Era de adorarse la pureza sostenida en los pechos las muchachas, una pureza semejante a la que anuncian en el agua de garrafón. La banda se abalanzaba tanto sobre el templete como sobre las muchachas que allí seguían al ritmo de la música. Evaristo, disfrazado de uno de los músicos, tocaba el saxofón con un estilo enérgico. Nadie sospechó que, mientras sus dedos se deslizaban por las teclas, sus cómplices saqueaban la fortaleza de Los Desastres de Río Frío.”

 El Jefe se incorporó de su mullido sitio y con voz firme y ojos avispados dijo: —¡Oh mira hermosa con qué ternura bailas! Haciendo tus saltos y vueltas sofisticadas, danzando tu aura como una hipérbole gótica, eres el mito de la Diana cazadora, de sus movimientos acuciantes, ¡Vaya, pero con qué singularidad y dinámica me incitas al ritmo de tu cintura! Del brazalete que circunda tus nalgas bellacas, nalgas provocadoras de lujurias, incitadoras para el eucarístico desmadre.

El escenario exterior lo conformaba un peñón, el embarcadero y las casuchas lejanas del siguiente pueblo, además de los montes circundantes. El peñón dejaba vestirse de blanco y de frío, aunque por el color nadie creería en su pureza por haber quitado la vida a ya varios cristianos, más bien su blancura significaba muerte allá sobre los despeñaderos, sobre la roca filosa o las grietas de hielo. El malecón atravesaba la ciudad, como una “Y” atravesada y aposentada en la conjunción de las vidas de la ciudad marítima, y las opacas construcciones en lontananza dejaban ver la civilización cercana.

¿Cuál era el punto cardinal de la fiesta? La orgía, el cuarto oscuro, en el cual diez a doce gentes mitad mujeres y hombres disfrutaban del sexo totalmente a obscuras, reconociéndose por el tacto, por la lengua, entregándose al otro sin conocerlo, sin saber de su persona; aunque fueran oficiales de policía, otorgando el cuerpo a su disfrute, el regocijo del cuerpo de los demás. Se escuchaba un bisbiseo cerca de una oreja que rezaba —“Déjame acomodar mis labios a tu cuello, quiero que, como una corbata, lleves estos belfos que hoy te regalo para que duermas explayadamente”— Las muchachas tocaban como con ganas de arrancar la ropa con desesperación. El interruptor hacía bien en dejar de hacer debutar a una luz que estorbaba a los estrenados amantes, y los besos continuaban por horas; se escuchaban los gemidos, el golpeteo contra las nalgas, el orgasmo. La libido ambientando los cuerpos, poniéndolos calientes, sudorosos, en éxtasis. Y nadie quiso hacer un gesto más… querían que cada una de ellas y su afrodisíaco olor de hembra enjundiosa provocara alguna ganancia. Era la delicia de instinto que hacía disfrutar de un reacio orgasmo incontrolable, de la implosión de éxtasis en confeti, de las contracciones libidinosas y alharaquientas; así como de los espasmos vibrantes y confabulados con una extraña cinética. ¡He aquí la resolución!: Germen de vida, semen corredor, semen loco, semen inhóspito, voluntarioso, colérico.

La banda ni siquiera sospechaba que se encontrarían con unas policías disfrazadas, sí, disfrazadas, pero de mujeres desnudas, era con ellas con las que habían hecho el amor, ellas se hacen descubrir, y ellos les pasan un fajo de billetes. Todos juntos continuaron con el reventón hasta la madrugada. Después de la fiesta todos volverían a tomar su pose como el juego de: policías y ladrones.

Con el amanecer, los miembros de Los Desastres de Río Frío regresaron a su casa de seguridad, satisfechos y exultantes tras la noche de lujuria. Pero en lugar de sus tesoros, encontraron solo paredes vacías y un mensaje grabado en la pared: ‘Saludos de la Noche Obscura. Nos vemos en el próximo baile.

Al darse cuenta de la alevosía, el jefe solo pudo murmurar: “El conocimiento es poder, pero subestimar al enemigo es nuestra mayor debilidad”.

contraportada

 Relatos al Borde reúne una colección de cuentos que exploran la complejidad de la vida moderna, sumergiéndose en las contradicciones humanas, la ironía del destino y la lucha por encontrar sentido en un mundo cada vez más caótico. Cada relato es una ventana a situaciones límite donde los personajes enfrentan sus más profundos miedos, deseos y realidades, siempre con un final que desafía las expectativas del lector.


[1] “El nihilista consumado o cabal es aquel que comprendió que el nihilismo es su (única) chance; lo que ocurre hoy con respecto del nihilismo es lo siguiente: que hoy comenzamos a ser, a poder ser nihilistas cabales”. VATTIMO GIANNI El fin de la Modernidad, Traducción Alberto L Bixio, Colección “hombre y sociedad”, serie: mediaciones, 3a. impresión, España, 1990. Editorial Gedisa, 160pp.página 23

[2] “Lo que caracteriza a tan buena parte de lo que a veces se denomina postmodernidad es un nuevo espíritu juguetón de negatividad, deconstrucción, sospecha, desenmascaramiento, la sátira, la ridiculización, los chistes y las pullas pasan a ser mecanismos retóricos para minar la “seriedad puritana” … (y más abajo) este espíritu satura los escritos de Rorty, Feyerabend y Derrida”. BERNSTEIN J. RICHARD Perfiles filosóficos, colección, pensamiento contemporáneo, número cuatro, México, 1989. Editorial Paidós 164pp. Página 73.

[3] “La postmodernidad es así la reacción contestataria de la modernidad. Propugna la desconfianza, la actitud desengañada y la distancia escéptica ante ella”. MARDONES JOSÉ MARÍA Postmodernidad y neoconservadurismo, 1991, España, Editorial Verbo Divino 275pp. Página 26

Y también:

Nos dirigimos hacia: “Una moral de la abundancia material que tiene como objetivo el hedonismo materialista”. MARDONES JOSÉ MARÍA Postmodernidad y neoconservadurismo, 1991, España, Editorial Verbo Divino 275pp. Página 193.

[4] “En contrapartida se denomina sociedad postmoderna a la inversión de esa organización dominante, en el momento en que las sociedades Occidentales tienden cada vez más a rechazar las estructuras uniformes y a generalizar los sistemas personalizados a base de solicitaciones, opciones, comunicación, información, descentralización, participación… El posmodernismo es el proceso y el momento histórico en que se opera ese cambio de tendencia en provecho del proceso de personalización, el cual no cesa de conquistar nuevas esferas: La educación, la enseñanza, el tiempo libre, el deporte, la moda, las relaciones sexuales y humanas, la información, los horarios, el trabajo, siendo este sector, con mucho, el más refractario al proceso en curso”. LIPOVETSKY GUILLES La era del vacío, Traducción Joan Vinyoli y Michele Pendaux, 6a. Edición, 1993, España, Editorial Anagrama, 220pp. Página 113

[5] “El placer como modo de vida, es la “religión” secularizada del crecimiento capitalista”. MARDONES JOSÉ MARÍA Postmodernidad y neoconservadurismo, 1991, España, Editorial Verbo Divino 275pp. Página 191

[6] … “Es necesario que el hombre contemporáneo se percate de su propia intoxicación por la creencia recibida en determinaciones que tratan de seguir haciendo de él un autómata sumiso”.  SÁNCHEZ MECA DIEGO En torno al superhombre, Colección: “autores textos y temas”, 1989, España, Editorial Anthropos, 334pp. Página 14.

[7] “Como la época de la superación, de la novedad que envejece y es sustituida inmediatamente por una novedad más nueva en un movimiento incesante que desalienta toda creatividad al mismo tiempo que la exige y la impone como única forma de vida… si ello es así entonces no se podrá salir de la modernidad pensando en superarla” VATTIMO GIANNI El fin de la Modernidad, Traducción Alberto L Bixio, Colección “hombre y sociedad”, serie: mediaciones, 3a. impresión, España, 1990. Editorial Gedisa, 160pp. Página 146.

[8] “Una cultura secularizada no es simplemente una cultura que haya dado la espalda a los contenidos religiosos de la tradición, sino que es la que continúa viviéndolos como huellas, o como modelos encubiertos y distorsionados, pero profundamente presentes”. VATTIMO GIANNI La sociedad Transparente, Colección “Pensamiento contemporáneo”, 1a Edición, 1990, España, Editorial Paidós. 172pp página 129.

[9]Desde  el punto de vista… de Nietzsche y Heidegger, la modernidad se puede caracterizar en efecto como un fenómeno dominado por la idea de la historia, del pensamiento entendida por una progresiva “iluminación” que se desarrolla sobre la base de un proceso cada vez más pleno de apropiación y reapropiación de los “fundamentos” los cuales a menudo se conciben como los “orígenes”; de suerte que las revoluciones teóricas y prácticas de la historia occidental, se presentan y se legitiman por lo común como recuperaciones, renacimientos, retornos”.  VATTIMO GIANNI El fin de la Modernidad, Traducción Alberto L Bixio, Colección “hombre y sociedad”, serie: mediaciones, 3a. impresión, España, 1990. Editorial Gedisa, 160pp página 10

[10] “La fiebre de nuestro tiempo se llama “consumismo” atraviesa la lógica íntima de la producción, nos hace guiños desde la publicidad que nos espía por doquier y acaba anidando como un culto de salvación en el fondo del corazón” MARDONES JOSÉ MARÍA Postmodernidad y neoconservadurismo, 1991, España, Editorial Verbo Divino 275pp. Página 189

[11] “El consumo vive del estímulo a la posesión y al tener. Desata el afán de rodearse de aquellos objetos que la publicidad presenta como la realización de una vida humana plena, La propaganda nos ofrece la posibilidad de ser como los arquetipos del hombre / mujer feliz de nuestra sociedad”. MARDONES JOSÉ MARÍA Postmodernidad y neoconservadurismo, 1991, España, Editorial Verbo Divino 275pp. Página 194

[12] “La indiferencia crece. En ninguna parte el fenómeno es tan visible como en la enseñanza donde en algunos años, con la velocidad del rayo, el prestigio y la autoridad del cuerpo docente prácticamente ha desaparecido. El discurso del maestro ha sido desacralizado, banalizado, situado en el mismo plano que en el de los mass-media y la enseñanza se ha convertido en una máquina neutralizada por la apatía escolar, mezcla de atención dispersada y de escepticismo lleno de desenvoltura ante el saber. Gran turbación de los maestros. Es ese abandono del saber lo que resulta significativo, mucho más que el aburrimiento, variable por lo demás, de los escolares. Por eso, el colegio se parece más a un desierto que a un cuartel (y eso que un cuartel es ya en sí un desierto) donde los jóvenes vegetan sin grandes motivaciones ni intereses. De manera que hay que innovar a cualquier precio: siempre más liberalismo, participación, investigación pedagógica y ahí está el escándalo, puesto que cuanto más la escuela se dispone a escuchar a los alumnos, más estos deshabitan sin ruido ni jaleo ese lugar vacío. Así las huelgas después del 68 han desaparecido, la propuesta se ha extinguido, el colegio es un cuerpo momificado y los enseñantes un cuerpo fatigado, incapaz de revitalizarlo”. LIPOVETSKY GUILLES La era del vacío, Traducción Joan Vinyoli y Michele Pendaux, 6a. Edición, 1993, España, Editorial Anagrama, 220pp. Página 38-39.

[13] “La novedad nada tiene de revolucionario ni de perturbador, sino que es aquello que permite que las cosas marchen de la misma manera”. VATTIMO GIANNI El fin de la Modernidad, Traducción Alberto L Bixio, Colección “hombre y sociedad”, serie: mediaciones, 3a. impresión, España, 1990. Editorial Gedisa, 160pp.página 14

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