
Índice
Prologo 4
Buenas noches 6
El progreso y la globalización 9
Bangkok 12
Molinillo sin fin 14
El bombero castigado 16
Yo vi al nahual 19
La audiencia tácita 21
Ya no sé qué cosa 23
La carta 24
El basurero de risco alto 26
La oración al columpio 31
Yo vi eso 35
El manzano 37
El voyerista encantado. 40
Prólogo
En esta segunda entrega de Relatos al Borde, el lector se adentra en una serie de cuentos que exploran las fronteras de la experiencia humana a través de una diversidad de temas y estilos narrativos. Cada relato ofrece una ventana a mundos distintos, pero todos comparten una inquietante reflexión sobre la condición humana y la realidad que nos rodea. Desde la crudeza de las situaciones cotidianas hasta la complejidad de las emociones internas, estos cuentos se entrelazan para formar un tapiz literario que desafía y fascina.
«Buenas noches» abre el libro con una mirada introspectiva sobre las conversaciones que se revelan en la oscuridad de la noche, donde los personajes enfrentan sus propios miedos y secretos.
«El progreso y la globalización» aborda las tensiones entre el desarrollo y la preservación cultural, reflexionando sobre cómo el avance tecnológico y económico impacta las tradiciones y valores locales.
«Bangkok» transporta al lector a una ciudad vibrante y caótica, explorando la vida urbana desde una perspectiva que mezcla lo exótico con lo cotidiano.
«Molinillo sin fin» presenta un relato simbólico sobre el ciclo interminable del esfuerzo humano y la búsqueda de significado en un mundo que parece girar sin cesar.
«El bombero castigado» cuenta una historia de redención y enfrentamiento con la culpa a través de la figura del bombero que busca reconciliarse con su pasado.
«Yo vi al nahual» introduce elementos del folklore mexicano, explorando el encuentro con lo sobrenatural y el impacto de las leyendas en la vida cotidiana.
«La audiencia tácita» examina las dinámicas de poder y la invisibilidad en la sociedad, donde las voces no siempre se escuchan y los espectadores permanecen en silencio.
«Ya no sé qué cosa» refleja la confusión y la pérdida de identidad en un mundo que cambia constantemente, atrapando al protagonista en un estado de incertidumbre.
«La carta» se centra en la carga emocional de las palabras no dichas y las cartas que permanecen sin enviar, desvelando secretos y sentimientos ocultos.
«El basurero de Risco Alto» aborda la marginación y el abandono social a través de la historia de quienes viven al borde de la sociedad, en un lugar olvidado por todos.
«La oración al columpio» ofrece una reflexión sobre la infancia, el paso del tiempo y las memorias que se asocian con los lugares de la niñez.
«Yo vi eso» se adentra en el misterio y lo inexplicable, cuestionando la percepción de la realidad a través de experiencias que desafían la lógica.
«El manzano» es una meditación sobre la vida, el tiempo y la conexión con la naturaleza, donde un hombre reflexiona sobre su existencia bajo la sombra de un árbol.
«El voyerista encantado» cierra la colección con una crítica mordaz sobre el voyerismo y el deseo, en una historia que explora la intrusión en la vida de los demás desde una perspectiva perturbadora.
Cada cuento en Relatos al Borde II se convierte en un escenario donde los personajes enfrentan sus propias batallas internas y externas, reflejando las tensiones entre lo visible y lo oculto, lo real y lo imaginado. Este libro desafía al lector a cuestionar sus percepciones y a sumergirse en un mundo donde las fronteras entre lo ordinario y lo extraordinario se difuminan, ofreciendo una experiencia literaria que es tanto inquietante como reveladora.
Buenas Noches
— ¡A ver, niños, ya se pusieron su pijama!
— No, es que Nacho estaba en el baño y no salía.
— ¿Y a poco no te puedes cambiar aquí?
— No, es que la pijama estaba encima del canasto.
— Bueno, ya apúrenle. Voy a la cocina, cuando regrese ya tienen que estar listos.
— Sí, apá. —Nacho se abrocha los botones de la camisola; Luis juega con un par de coches.
— Ahora sí… tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán, tarán. La, la, la, la. tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán, tarán… la, la, la, la… tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán, tarán… la, la, la, la. —Cuando el papá entró a la recámara, andaban de una cama a otra; eran verdaderos saltamontes estrenando maizal.
— Ajá, ¡ja! Con que, saltando en la cama, canijos estos…
— ¡Papá, cántanos una canción! —el papá se aproxima a los niños y, acercándose, va haciendo movimientos con el cuerpo como animal que acecha:
Anoche yo estaba solo.
Yo estaba solo.
Y vino el lobo.
Y vino el lobo.
A que me como.
A que me como a este niñito.
— ¡Así! Ja-ja-ja-ja-ja —El padre se abalanza sobre los niños parados en la cama, los toma de la cintura e inicia un cosquilleo que los hace tirar y retorcerse.
— ¿Ya le dieron el beso a su mamá?
— ¡Ya! —responden a coro.
— ¿Ya se lavaron los dientes y rezaron sus oraciones?
— ¡Ya!
— Bueno, pues… ¡Buenas Noches! Y ahora a dormir, porque mañana se tienen que levantar temprano.
— No, apá, mejor cuéntanos un cuento —dice uno de ellos mientras ambos se van metiendo a las cobijas.
— Bueno, pues, pero van a estarse quietecitos. Una vez, cuando había ido a dar una vuelta, me encontré con una familia muy singular. Ellos caminaban sobre la avenida principal, era una familia de papel cartón, con caras de papel reciclado, sus ojos eran las letras impresas en el cartón, y cada uno llevaba un par de amigos bajo el brazo. ¿De qué creen que habla una familia que es de cartón?
— ¿De la lumbre?
— Ajá. En la familia había un niño muy juguetón; era el mediano de la familia, al niño le decían el niño-pasita: era pecoso y escandaloso. Su sonido era algo así como chric-chric-chric. —El papá mueve los brazos, haciendo gestos divertidos; los niños se carcajean y él continúa con el relato.
— Toda la familia tenía cierta belleza en las letras doradas que relumbraban como una bolsa de papitas; tenían ornatos en las tapas y, en sitios por dentro muy escondidos, se distinguían una serie de grapas rotas. En el niño y la madre colgaban, como si fueran corbatas requetecoloridas, unos hilachos de cinta canela. Aunque el pegamento de la cinta ya no servía, la familia se veía muy feliz y entusiasmada, como si regresaran de una divertida fiesta con payasos».
— ¿Y con magos?
— Sí, una fiesta muy divertida. Entonces, como eran cajas de cartón, no podían cruzar las calles juntos porque se estorbaban, y porque las banquetas eran muy pequeñas; entonces, los más chicos de la familia iban atrás, como en fila india. Y luego cantaban la canción de Blanca Nieves y los siete enanos: aijó, aijó, vamos a descansar… trarárarararárara’ aijó, aijó —El papá infla los cachetes y pone las manos juntas a la altura del omóplato, como si cargara una herramienta al hombro. Los movimientos del padre solo despiertan sonrisas en las caras algo soñolientas.
— Apá, cuando iba a la escuela vi a un monstruo que estaba dentro de un agujero… Y luego el monstruo tenía en su cabello una coleta bien amarrada y les decía a los niños que iba a probar sus dedos para saber a qué sabían y después a la abuelita la iba a convertir en carne.
— Sí, apá, era un señor que roba a los niños, les rompe la cabeza y muerde los dedos.
— Bueno, pero guarden silencio si quieren que les siga contando la historia de la familia cartón.
— Ajá.
— Entonces, un señor que era malo les puso por toda la ciudad un rompecabezas para que estuvieran separados y, entre las piezas del rompecabezas, les ponía cerillos de lumbre.
— ¿Y qué hizo la familia para estar junta, papi?
— Todavía no llego hasta allí. El niño-pasita buscó la manera de esconderle los cerillos al señor malo para que no los usara, pero como el niño era muy escandaloso, el señor se dio cuenta y dijo:
— Ajajajá, con que me querías engañar —Y tomó al niño de una de sus tapas de cartón, lo enredó con cinta canela y lo dejó en una pieza de rompecabezas muy difícil de colocar.
— ¿Y después qué pasó?
— La familia, para volver a ser unida y feliz, empezó a recortarse entre unos y otros y a mezclarse. Cada vez eran de pedazos más pequeños y más pequeños y de colores distintos. También comenzaron a recortar las piezas del rompecabezas hasta llegar con su hijo, el escandaloso, y luego siguieron recortándose hasta transformarse en algo que en las fiestas siempre quieren porque hace reír y celebrar y ser felices: o sea, el confeti. Por eso, cuando lanzan al aire un puño de confeti, es como si vieran a la familia cartón unida y muy feliz.
La dormitación de los niños se acrecentaba cada vez que dejaba corear un pequeño siseo entre los labios. El papá apagó la luz, pero la luz imaginaria de los niños empezaría poco a poco a florecer en sus sueños.
El progreso y la globalización
Amanecía en la pequeña población de San Bartolo en el Estado de Tlaxcala, y como siempre, los primeros en despertar eran los gallos, la mayoría de la población trabaja en el campo; Es decir, sobre los surcos de milpa o de lo que sea: vida de labrantío. Los siguientes en despertar son los habitantes, la mayoría desde las cinco de la mañana, para que la jornada diaria termine a buena hora y así se aproveche bien el día, los últimos en despertar son los rumiantes y las lagartijas friolentas. Pero no, también hay otros que se levantan tarde en las poblaciones como San Bartolo y son los caciques, ellos con su vida holgada, no necesitan pararse tan temprano, para eso tienen a sus peones y a sus sirvientas. Don Indalecio Florentino Olvera Xóchihua es un cacique autóctono cuya pureza se observa claro en su lampiñez obstinada; es todo hombre, que como un patriarca ejercita su posesión con las sirvientas y como ciudadano ejercita también sus derechos para votar. Su pose era la de un ser carnívoro dispuesto a comerse cualquier ciervo descuidado. El cielo parece borrego en plena trasquila, con un tono punzó en el orto. El paisaje se observa mestizo con un lampo murmurante sobre las tejas más nuevas y sobre el jagüey de la descampada de la “Santa Cruz”. El pequeño pueblo tiene un característico olor a gallinaza, a eso se le va sumando el tufillo de las cocinas de humo. El tostado ambiente se acicala en el cerro Oxtotl quien tiene una neblina propia de tugurio legañoso. Se hacen exterminar todas las calamidades nocturnas que se escucharon por distintos lugares a lo largo de la noche. ¡Pero qué delicia el sentir ese su aniquilación! La belleza grotesca y sin ningún pudor se presenta en la campiña; los matices basándose en lombrices tonales: nogal, ayacahuite, sabino; En los madroños, cerca de la casa de Don Indalecio, hay un nido al cual le chifla el aire por entre las ramitas, no tardará en caerse con todo y huevos. El rododendro felizmente presume su hermosura sin recato alguno, está en el jardín que cuidan con esmero los sirvientes. Don Indalecio déspota como la mayoría de los que tienen el poder o puesto público por muchos años; se vanagloriaba de haber pertenecido a los muchachos corajudos y revolucionarios del 68; de aquello le quedaba el recuerdo de ver morir a muchos en la plaza de las tres culturas, ahora no le resultaba más que recordarse con una mueca, como un chamaco pendejo que creía en ideales injertados, verdes, candorosos; ahora se pensaba —“gracias a Dios”— muy lejos de aquellos años. Don Indalecio al paso del tiempo le hizo un guiño al hedonismo, aprovechó que era abogado, se sirvió de que el ronquido de ignorancia era permanente y casi hereditario en los indios, así como también se valió de su carácter el cual no se amilanaba ante nada, y de que carecía de esa compasión que pedía Jesucristo ante sus escuchas. Por tanto, sus ideales comunistas enflaquecieron en tanto que su patrimonio engordó tanto como las vacas que José hijo de Jacob pronosticó al faraón. A las diez de la mañana llegó el vendedor. El comerciante era gordo, barba canosa de candado, pómulos salientes, cabello entrecano y lacio, chaparrón y un poco zambo; lentes, zapatos con suela de goma, pantalón negro, saco verde olivo, movimientos ágiles a pesar de su abdomen, Don Indalecio esa mañana compraría una computadora con un dinero que le había llegado por la venta de un terreno, sus ganas por comprar ese “aparatucho” era sólo para presumir con el montón de compadres, porque eso de saber de Internet y procesadores pues ni jota. En los arreglos de compraventa de la computadora, el cliente añoraba que su categoría social aumentara mientras que el comerciante perseguía que ese individuo se llevara el producto embodegado y que así aumentaran sus ganancias. Pero Don Indalecio sabía que «A mucho decir, mucho mentir”. Y no iba a dejar que le mangoneara el asunto así que pago lo suficiente haciéndose un descuento del cinco por ciento por “costos de operación”. Don Indalecio sabía que a la gente se le juzgaba por sus bienes, se le valoraba de esa manera, por eso cada vez repetía: —Y sí que sabes tú… “Cuanto vales cuanto tienes” y si no veme a mí. Antes de encender la máquina pide que se congreguen algunos parientes y sirvientes para que le echen agua bendita del templo de Juquila y le recen algunas jaculatorias, eso para que Dios no permita que llegue a la pantalla alguna que otra imagen licenciosa. Algunos le han dicho que para que se acelere el disco duro hay que ponerle unos imanes extras. Pero él no hace caso, repite, como cualquier pelafustán —“Mientras en mi casa estoy, rey soy”—Nadie entiende el uso de ese aparato, tienen la idea de que es una televisión más, pero con más “difinición”, la sobrina aconseja —Pos la ha comprado porque dicen que tiene juegos como “el solitario” y “las busca minas” en donde se puede divertir uno ¡a lo grande! — El monitor se les queda viendo que si hablara les diría: “bola de orangutanes”, ¡mamíferos de pacotilla! Se les veían las mismas facciones bárbaras que tenían las hordas hitlerianas en la quema de libros contrarios al partido nazi. Otra comadre de él, Beatriz una indita religiosa, ignorante y con dinero se había comprado también una computadora porque le habían dicho que Dios había puesto su página en Internet y ella quería comunicarse con Él para agradecerle distintos favores. Los hombres del pueblo desanimados, parcos en el habla, sumisos ante el patrón. Su voluntad era la que les permitía estar firmes, persistencia que sumaba años en el mismo sendero. Ellos se daban esperanzas diciendo: “No hay miel sin hiel”. Los conflictos que querían resolver mellaban la anorexia, su inquietud podía resolverse o no, todo dependía de que Don Indalecio les escuchara. Él sabía bien que “Favor con favor se paga”. A Don Indalecio le gustaba hollar a sus paisanos, era un placer no confesado, tal vez porque era cristiano. Don Indalecio mandó a instruir a su sobrina para que aprendiera a manejar perfectamente la computadora y así para que todos los del pueblo vinieran a él para que les hiciera algún favor, como buscar alguna información en la computadora, mandar mensajes a los que se habían ido del otro lado, recibir mensajes y cobrar una cuota. Así como asistir a la villa de Guadalupe vía Internet por medio del sistema de conferencia y cobrar la mitad de lo que gastarían de pasaje — ¡Y sin riesgos paisanos, y sin riesgos! De las compra-venta por Internet se adjudicaba un 5% por costos de operación; en fin, Don Indalecio era todo un hombre moderno o sea aquel que se va acomodando a los avances de la técnica y la ciencia. La población de San Bartolo en el Estado de Tlaxcala —gracias a su cacique—, no podía negar que a ellos les había llegado por fin la modernidad, y que ahora podían sentirse comunicados con el resto del mundo, ahora sí ya podían casi acariciar el progreso y la globalización.
Bangkok
Me extiendo en mi asiento, dando un gruñido y un bostezo. Observo, aquí frente al hotel, el mercadillo de Chatuchak, cerca del río Wat Phai Tan en la ciudad de Bangkok. Hay hombres, mujeres, asiáticas de color cobrizo, todos en el trajín con cestos, paquetes, bicicletas; los infantes pidiendo, limosneando a los turistas, el rugido de motocicletas de dos levas, gente jodida con el lodo de los arrozales pegado en el tobillo. Me quedo quieto observándolos, tratando de penetrar, de hurgar en su interioridad, pero termino fatigado, porque para eso ni a mí mismo. Los insectos reinician su danza en el lóbulo de mis orejas. El calor sofocante es mitigado con una Coca Cola™ medio fría. A lo lejos, creo escuchar xilófonos, tambores y varios gong-carrillón; son instrumentos que arman la música tradicional de Tailandia, es posible que estén interpretando danzas del Ramayana hindú. Pero por el momento no quiero caminar, sino estar sentado aquí tomándome un buen refresco. La mesera ha venido a dejarme un pequeño caso de arroz acompañado de ajo en polvo, leche de coco y un poco de nam pla (salsa picante hecha a partir de anchoas). Devoro eso y pido un pescado y un batido de fruta. Con el estómago lleno, me tomo otro refresco. Me gusta escuchar a los vendedores ambulantes pregonando la comida tailandesa en carromatos de tres ruedas en el idioma tailandés; me recuerdan a mi infancia cuando voceaba periódicos por las calles de Tlaxcala o cuando andaba vendiendo chicles por el parque y los portales. No cabe duda de que somos parte de nuestra historia, un personaje apenas subrayado, pero la totalidad está allí atrás, observándonos, juzgando nuestro actuar cotidiano. Esto que me pasa no es añoranza por aquel Estado que dejé hace tres meses, sino reconciliación con ese pasado con el que me he construido. Ahora no me considero una entidad apartada o territorializada, sino alguien que quiere compartir su mundo con el mundo, que se abre al conocimiento de lo otro, de los demás.
El monzón no tardará en lanzar sus primeras banderas informes, blancas, espesas, de cinco días, obesas de agua. Con una precipitación de 106 a 153 centímetros cúbicos de agua al año, Tailandia se iguala con Filipinas y Myanmar en cuanto a lluvias y se pasa de la raya durante la temporada de los monzones. Se escucha el tren que va rumbo al norte, al interior del país, a la ciudad de Najon Sawan, casi siguiendo las laberínticas venas del río Phiraya, el más importante de Tailandia y por el cual a esta ciudad de Bangkok se le ha dado en llamar la Venecia del Este.
La llegada a esta región ha sido para mí como una travesía que llega hasta las venas. He visto gran cantidad de hombres con piernas amputadas; son tal vez refugiados camboyanos. Los veo con sus muletas malhechonas, cojeando entre los puestos del mercadillo. En Vietnam y Camboya siguen sembradas las minas en los campos, y cada vez cobran una pierna o una vida. A pesar de los años que han transcurrido, tal parece como si fuera una guerra permanente, que se despierta de vez en cuando, que nos pone en guardia y que estruja el letargo. Pero la guerra es para algunos insospechadamente aprovechable. Existen naciones que, si no fuera por las guerras, decaen, sufren crisis financieras o simplemente no son, porque tienen en sus sociedades una cultura bélica. Tailandia es una de las naciones que no es como las naciones de las que les estoy comentando, sino una nación que se ve envuelta o involucrada en situaciones de pugnas belicosas. La gente va y viene, y aquí en Bangkok hay una población grande de personas sin extremidades. Por lo tanto, la idea de llegar a este sitio no es solo por puro turismo, sino debido a los negocios que me traía yo entre manos. Soy empresario, y mi tirada era hacer negocio en la venta de prótesis de madera con grabados y bajorrelieves muy artísticos, con imágenes como los murales de Cacaxtla y otros motivos tlaxcaltecas y mexicanos. La idea me vino cuando vi la artesanía de Tizatlán: sus bastones, los tallados diversos en madera de encino, los pisapapeles en forma de búho, entre otras cosas. Pero no, no funcionó. Le había apostado todo a esa carta, pero ni modo: el libre mercado me ha vencido. Es culpa del libre comercio, de la globalización. El vecino país de Taiwán hace prótesis de aluminio y materiales livianos con empotramientos electrónicos como MP3, localizador instantáneo y estuche de monerías; en lo que al precio se refiere, este es inigualable. Llevaré a casa una decena de ellas y algunos budas para frotarles la panza y ver si así me traen suerte. El monzón ha llegado y estará presente por largos días en la ciudad. Mi expedición tailandesa ha terminado. Seguramente colocaré esta nueva prótesis musical a buen precio, y se venderá como pan caliente.
Molinillo sin fin
—Una de mis parientes vino a encerar de nuevo la historia que había olvidado. A ella le duelen las rodillas porque dice que le da miedo el hospital, y yo, sin embargo, sigo escuchando las estruendosas calderas de esta fábrica de sanos. Percibo sus chisguetes de vapor, las distintas televisiones de los pacientes, el sacrificio que tienen que hacer estas paredes para soportar los hedores, la asepsia, la hierba de gasas y vendas que crecen por los cuerpos de los insanos, de los accidentados o desahuciados. Con algo he de sopesar este como espejismo, el terror, la pesadilla monzónica que me persigue. Se escucha el “curucú” de las palomas tras el vidrio, por fuera de la ventana, aves de lo más grisáceas… ¡Malditas pajarracas! Cómo me gustaría ser de nuevo un hombre joven para así ir corriendo al mercado a comprar un charpe y partirles el pico en dos, dejar que caigan desde estas alturas como costales de cemento, muertas, totalmente difuntas. No se me escaparía ni una porque, cuando era chamaco, era el rey del charpe, con una puntería de tuerto de barriada. Pero mi realidad actual es otra, no tiene gloria. El canto de mi aura se ha opacado, hay en mí una deserción de fuerzas vitales; los brazos del Señor Muerte se extienden hacia mí con ternura santificada. —
—Faltará poco para que me transforme en un cadáver, tal vez unos días o tal vez veinticuatro horas. Mi situación no me permite otra cosa distinta, pero, aun así, continúo circulando por los pasillos, buscando mi espacio con el aura tan poderosa que me cargo. Sigo golpeando las espinillas con ese aire gélido que obtengo de entre las patas de las camas. Mi sombra continúa importunando a los hombres de blanco, a las visitas de las cuatro de la tarde, a los sistemas eléctricos y elevadores. Sigo con esto y con lo otro, y no me quedo quieto porque tengo aún cosas pendientes. Sigo aquí en este mundo inútil porque aún no tengo la oportunidad de decirles a mis hijos que los quiero y que deseo que me perdonen. El martes que viene estaré en el cielo, disfrutando de unas vacaciones esplendorosamente eternas, coloreadas de quietud, avecindado con esa bandada de alados sin sexo que presumen blancura virginal. Ya mi silvestre desahogo lame la oleaginosa unción acreditada, y mis ojos recortan e intuyen la luz del bosque paradisíaco. —
Los hombres de negro atraviesan los muros del edificio. Los laberínticos pasillos del hospital no tienen sentido para ellos; el par de individuos tal parece como si tuvieran una misión precisa, como buscar darle al clavo. Ni siquiera observan los alimentos del comedor, ni a la parturienta que se afana en dar a luz, ni al policía que acomoda las credenciales de los visitantes. Solo tienen una misión: hacer cumplir al testarudo los designios establecidos. Llegan frente al desahuciado, observan su cara costrosa, como cáscara hibernando en cloroformo, y su cuerpo como una caja vacía, tal cual un portafolio fofo, como cascarón huero. Observan la tenue y azulada luz umbilical, hacen chocar pequeños objetos en ella, y la larga línea se vuelve fosforescente. Siguen el listón con detenimiento hasta dar con el aura desobediente.
—Con que querías hacerte el chistosito, aja, pero aquí vamos a darte tu medicina—. Al aura torcida le empiezan a llover una serie de golpes, patadas y quebradero de huesos (en sentido figurado). Su contorno se estremece con tantos raspones, asolamientos y coscorrones. El esplendor de su espíritu se opaca ante tanto sopapo, y no le quedan ganas de seguir negándose. Lo arrastran maltrecho hasta el cascarón que tiene por cuerpo. Observan, como por una visión calorífica, la radiación de su organismo. Uno de ellos saca de entre sus ropas unas tijeras grandes, como para cortar el césped, y tasajea el cordón. El cuerpo se estremece, se tensa y finalmente expira. La enfermera llega ante el nuevo muerto, checa los signos vitales y se da cuenta de que ya no tiene ninguno. Llama al médico de guardia, y los enfermeros llegan con los distintos instrumentos. Ya no hay más que hacer. Los hombres de negro enredan el cabo en la esfera, como boya inquieta; la depositan en un cántaro humoso, casi transparente como de agua y gel. Se dan la vuelta y se van por donde vinieron. Los profesionistas de la salud salen en grupo con paso lento pero seguro; el último en salir tapa la cara con la sábana. El cadáver poco a poco se va enfriando. Al cuarto entra una señora blanca, de ojos verdosos y de pelo quebrado. Levanta la sábana y observa el rostro; esa cara ha perdido su historia, le han quedado las cicatrices, las arrugas, el tiempo que ha barnizado en todo momento. Despierta en la señora compasión, perdón a cualquier cosa ocurrida durante su existencia, pero ya nadie escucha. En la calle vecina al hospital hay un niño juguetón con un carpe; las palomas están temerosas, no cabe duda de que la vida es un círculo que termina y empieza como un molinillo sin fin.
El bombero castigado
— ¡La ambulancia por favor! Envíela frente a la presidencia, tenemos dos accidentados, uno de gravedad; envíe equipo de emergencia, repito. Envíe equipo de emergencia. Tuvimos un percance en la demostración, ¡dense prisa! — El jefe de bomberos repetía exaltado por el radiotransmisor llamando a la corporación de la Cruz Roja. Héctor Rulfo era uno de los accidentados, sus lesiones sólo llegaban a ser golpes leves que a media semana se borrarían. Los de su compañero eran de consideración. — ¿Y cómo fue el accidente? — Pregunta el curioso al señor más cercano. — Lo que pasa es que se subieron a una escalera de seis metros; mire, allí ya se la llevan. Y con los tres que se subieron no aguantaron las sogas y fíjese que con todo y equipo dieron al suelo. El compañero de Héctor Rulfo se retorcía de dolor con convulsiones, los temblores seguían cuando llegó la ambulancia. La muchedumbre se arremolinaba como moscas en perro muerto. Los compañeros bomberos pedían la calma. Los policías ineptos se ponían nerviosos. El presidente municipal cuchicheaba con su secretario y mientras; los camiones rojos, pipas y demás aditamentos se aburrían esperando ser utilizados. Se había hecho una exhibición con todo el equipo, y extendido en el pavimento, los botiquines eran desparramados para buscar el remedio presto para curar al casi hermano, al compañero de trabajo. Pero, no había nada para curar al grave de derrame cerebral. Si fuera algún asfixiado o quemado cualquiera de ellos era competente. Héctor Rulfo era uno de los más prestigiados hombres de la heroica agrupación de bomberos, tenía en su currículo una afanosa lista de reconocimientos, diplomas y fotos con personalidades distinguidas que corroboraban su capacidad en el trabajo. Ser bombero no había sido fácil para él. La elección al oficio había sido una promesa que se había hecho a sí mismo por la muerte de su padre, en el incendio de la iglesia ocurrido en 1938. Héctor había pasado por catástrofes como: inundaciones, temblores, derrumbes, incendios, entre otros; y accidentes de electrocutados, de personas salvadas a punto del suicidio, perdidos en grutas insondables, niños ahogados con un pedazo de bocado, en fin. De lo que se sentía más orgulloso era de lo ocurrido dos meses atrás. Resulta que recibió en su turno una llamada en dialecto propio de los naturales de la región, y que ni tarde ni perezoso acudió al auxilio; era el incendio de una troje llena de pastura, pero el problema era que cerca estaba el cobertizo donde la comunidad guardaba el grano para la siguiente cosecha y también enseres que eran propios para el trabajo. Héctor Rulfo como superior de bomberos dirigía las acciones con tino, dando como resultado el cese del fuego en pocas horas, no sin antes arriesgarse él mismo para salvar el becerro torpe de patas. La comunidad había acordado que enviarían una invitación para que el jefe de bomberos seleccionara a uno de sus oficiales, para que el Día del Bombero acudiera a la comunidad. Se haría una comilona en su honor. Cuando se reunieron los bomberos después de la demostración, en el salón de sesiones de la corporación de bomberos, había un apesadumbrado viento fresco que empalagaba todas las caras de abulia por lo sucedido, muy a pesar de encontrarse celebrando su día. En la mente de Héctor Rulfo se repetía el discurso del presidente municipal: “Sabemos que lo ocurrido a los compañeros es muy lamentable, son cosas que suceden, y que lamentamos. Seguiremos muy de cerca el restablecimiento del compañero, la exhibición tiene que continuar, y sólo esperamos que terminen de colocar los aditamentos de la próxima demostración. El oficio de bombero, todos lo sabemos, no es fácil, arriesgan su vida, y ellos están dispuestos a todo, están al servicio de la comunidad, así como nosotros lo estamos, o sea, todos los que formamos parte de la presidencia que yo dirijo; pero vamos, señoras y señores, un aplauso a los bomberos, por favor ¡Un aplauso!” A Héctor Rulfo lo despertaron de su introversión cuando pasaron una gorra con unos pequeños papeles hechos bola, era el sorteo de cosas como: encendedores, lentes de contacto, una suscripción gratis para la revista que dirigía el presidente municipal, el premio para ir a comer con la comunidad de los naturales y, también, una dotación de condones suficientes para todo el año, donados por la secretaría de Salud gracias a las influencias del presidente municipal, entre otras cosas. Cada uno de los bomberos iba inaugurando una cara de sorpresa; pero no tanto para Héctor Rulfo, le había tocado ir a comer a la comunidad de los naturales, pero él lo que quería era estar con su amigo delicado, hizo un gesto de aprobación cuando le tocó nombrar su estímulo. Cosa que más que un regalo, en esas circunstancias era para él un castigo. En la gorra había quedado un papelito, era el papel del obsequio que correspondía al lesionado más grave, le había tocado una dotación de condones donada por la Secretaría de Salud. Cuando llegó a la comunidad lo primero que avistó fue una troje negra, chamuscada, luciendo unos rayos traviesos jugueteando en el interior; al lado, cerca de la iglesia, se miraba un manteado y más allá dos mesas con carne de puerco escurriendo sangre, las tajadas estaban listas para las carnitas. Las moscas, sobre todo y más que los comensales, festejaban como si fuera su santo. Los perros irradiaban de felicidad, y peleaban con desgano, debido a la comilona, un pedazo de cebo hediondo. El superior de la comunidad llegó a recibirlo. Su pantalón limpio contrastaba de manera salvaje con sus pies embotados en guaraches de suela de llanta y los pies gruesos de polvo, como costras cuarteadas por la historia. Con una sonrisa radiante el señor extendió la mano y muy amablemente Héctor hizo lo mismo. Habían hecho una pequeña valla humana hasta las mesas. Al pasar el agasajado todos aplaudían. Los borrachines gritaban en su idioma y festejaban desmesurados con el alcohol, que era tradición regional. Ninguno entendía de buena manera el idioma de Héctor, cosa que no le afligía en lo más mínimo. Cuando le sirvieron el arroz consideró escapar del asunto, pero era demasiado tarde, le habían puesto enfrente una bebida propia de la región, la cerveza, los hielos, las servilletas, el pan de caja, las tortillas recién hechas, un vaso con arreglo floral y, sobre el vaso, un dibujo en papel de un bombero apagando el fuego, realizado en la escuela primaria. Después del primer plato siguió una charola cuya fuente era: cueritos, chicharrones, costillas, tripitas, pedazos de hígado y bofe; acompañados con limón, salsa roja, cilantro y cebolla, entre otros complementos. El tercer taco fue de bofe, cuando quiso tragar el pedazo y no pasó fue cuando supo que estaba en problemas. Héctor levantaba las manos intentando acomodar la garganta, tratando de ayudar con los movimientos de la cara. Mientras, los parroquianos disfrutaban del banquete pensando que el bombero festejado se le había subido el alcohol a la cabeza, y en su idioma contaban el chiste viendo la demostración. Héctor como mimo señalaba la espalda e intentaba golpeársela, cosa que ocasionaba la risotada de los más ahogados en alcohol; cuando cayó al suelo con la cara morada, intentando jalar aire, los asistentes lo rodearon apelotonándose. Algunas personas imploraban a los espíritus de la montaña, otros se alejaban pensando en que se le había metido un demonio, algunos más acomedidos se inclinaban para darle un vaso de agua o la copa de aguardiente. Dejó de respirar. Todo fue tan rápido. Se dieron cuenta demasiado tarde. Se había ahogado el bombero con un pedazo de bofe. Las lesiones de la caída ocurrida en la mañana todavía seguían allí, no se borrarían. El currículum de gran bombero allí se cerraba.
Yo vi al nahual
—No puedo creer que aquello que estoy viendo sea el nagual. Me habían contado que por estos sitios se podía ver, y aquello que está allá en la arboleda, en el claro que conforman los campos semienhierbados, es sin lugar a duda. Me había fijado en ese lugar en muchas ocasiones. Ahí donde los árboles han crecido se pasea triste, columbrado. Hay una silueta áurea que lo sigue, que lo acompaña y sigo viendo. Atrás de las orejas se me va formando un escalofrío que recorre la espina dorsal, es un miedo ante aquella cosa que se agita, se comba sin descanso. No logro entender. A lo lejos se mueve. El nagual corretea, se inquieta como si quisiera escapar de algún dolor, como si quisiera presentarse al dolor de los demás; en ocasiones flota, se apacigua en el aire, en la brisa, sólo se puede ver en la brisa, en la ligera lluvia de las tardes de mayo, como ahora. El agua corre, los relámpagos chispean en el cielo y hacen configuraciones imprecisas de luz. —Más tal pareciera que cerca del nagual, de aquella cosa que cambia de configuración… ¡Ahora lo veo en forma de perro!… no… ¡No es perro!… ¿será perro? Mmm… ¿No seré yo el que está allá? Mmm… Y ese cuerpo desnudo, escamoso, mmm… ¿qué le cuelga allí?, Parece que es… ¡las vísceras! Santo dios… ¿es la cola?, Es la cola de perro, cambia tanto, me espanta, ya no quiero ver. Me quiero ir de aquí, mmm… se ha escondido en los matorrales, atrás del árbol… no, no se ha escondido, se ha guardado de algo, tal vez tiene temor a que lo vean. ¿Acaso estoy violando los misterios que tiene que ser incognoscibles e indecibles? Es el objeto o la cosa viviente quien no acata las leyes físicas por las cuales mi razón se sustenta, es decir, la lógica racional sin la cual pierdo la cordura. —A veces las imágenes son precisas porque el agua cae y forma un velo tenue y azulado. El velo se acentúa más; al mismo tiempo que se agigantan las gotas de lluvia, caen esporádicos granizos, pero ese velo deforma, se vuelve confuso en la humedad y la imagen es cambiante y diversa como mezcla fantástica. La hierba se moja con ese… y esas patas, las patas del nagual, no alcanzo a verlas, pero imagino que son de hombre, podrían ser de perro. Sigue una tarea, la faena que asusta, que me engarrota todito. Me golpea el corazón. Me enferma. Me hace una atemorizada sanguijuela. — ¡Que mal! … ¡Santo Dios!, se ha convertido en un esqueleto, es una armadura de huesos, es el armazón estéril, infecundo. Tengo que escribir esto, la circunstancia me hace estar erizado, tieso. Me quiero escabullir. Quiero escapar, me acobardo… ¿quién no ante este pinche show? En este momento me gustaría más ser un árbol, un maguey, un nopal para no sentir este alucine. Algo pasa, algo pasa en torno a ese nagual, ha mutado en algo blando, adiposo, es un adobe… ¿un adobe o un abdomen? Es la informalidad, el cambio amplio, enconado, es lo que me debilita. Estoy abatido, raquíticamente abatido por esta imagen, ojalá y sea fantasía en desvarío una ficción que me aterra y que no puedo escapar mientras aquella cosa… ¡Apiádate de mi Dios Mío!; Ahora es un burro sin cola, pero tiene cabeza de simio y cola de cuervo… No, no es un cómo… no es una cola de cuervo, es una sombrilla que cubre el lomo, entonces que hay en el lomo, ¿qué se encuentra en ese lomo que está cubriendo? —Esa cosa inverosímil es la representación de otra cosa que no entiendo y que no logro comprender. ¡Caramba! De no ser por mi juventud, de estar mal del corazón, seguramente estuviera mañana en camino al panteón. Siento que los poros se me enchinan, se crispan, los bellos y su raíz se electriza, se hacen pabilo; y esta imagen, esta representación, esta ensalada centrífuga de partículas mezcladas en sus formas me hace estremecer. —Sigue lloviendo, es el velo, el himen acuático que desfigura a ese perro con cola patas de chivo que olfatea el aire, la tierra mojada, las plantas y arbustos… mmm… ahora se escapa, como si hubiera visto al chamuco el mismo nagual… ¡me está viendo a mí! Ha visto que lo estoy observando. ¡Qué ojos! Es el rojo encendido que centella entre la guinda fosforescente y el azul de las urracas. Mis vísceras se desparraman, sufren espasmos. Aquello me ve, aquello me asusta. ¡Me estoy orinando! —No escapa hacia el macizo, sino que se dirige hacia la colina; atraviesa árboles; se aleja. Lo veo entre magueyes tiernos y se pierde en la colina, mientras el agua corre en arroyos, se escurre hacia los estanques del pueblo.
La audiencia tácita
“Toda la historia de la vida de un hombre está en su actitud”
Julio Torri
Estuve presenciando la voz de un hombre menudo perfectamente vestido cuyas palabras formaban universos extraños sacados de algún palimpsesto, todas esas palabras misteriosas reflejaban que éramos dos mundos diferentes, y después se reía, me daba unas cuantas palmadas en la espalda diciéndome: —“Las cábalas políticas mexicanas son como las amibas; se fusionan, desprenden subdividen y vuelven a fusionarse en la oscuridad palaciega sin que el pueblo se percate” —Yo le dije, al tanto que me recargaba en la pared mientras el horizonte enrojecía. “A veces los mexicanos despertamos” Él con parsimonia tomó el último sorbo de su cerveza y continuó. —Déjate de tonterías, las cosas no van a cambiar, mejor me voy “…Haz que todo me sea alistado para la hora de partir” Cuando se fue, tentado estuve de pedirle que se quedara, pero ese no era su destino. El hombre tenía que llegar allá cuando el ocaso, para hacer teatro de mascaradas. Nos habíamos puesto de acuerdo en que yo estaría allí aplaudiéndole y diciendo que él era genial que una palabra y sólo una podría hacer cimbrar la multitud, la muchedumbre. El camino era angosto. Una monumental bajada con terrado recorría la vía; y el asfalto envejecido permitía el giro de las llantas hasta llegar a un recodo donde se tornaba a un laberinto con piedras y ladrillos a los lados. Apareció el autobús que me condujo a un recorrido imprevisible. Después de los años, cuando el horizonte se alejó y el ocaso de nuestras vidas se apretujaba en los años que nos quedaban de vida, nos vimos… Yo estaba aletargado en compañía de las moscas circunvecinas y con llagas en las corneas, veía a las libélulas copular en el aire desértico del pueblo de Palomas. Atisbaba las nubes del Puerto de Palomas y me horneaba en ellas, y era mirar el huracán tras la línea estadounidense. Yo, era uno de los hombres desheredados del pueblo, mi destino me había barrido hasta esos sitios substanciales del bochornoso clima chihuahuense. Llegó el hombre y lo reconocí. Él continuaba hablando de cosas Extrañas e in entendibles que yo, por no ser descortés, dejé que corrieran las palabras por las lomas sedientas. Le dije de continuo, ahorrándome palabras: —Así como el gallo tuerto come de lado, así yo con el ojo de buey me nutro de ideas a diestra y siniestra. Él con voz de amo siguió: —Cruzaré la frontera México-Americana de indocumentado porque tengo deudas con la justicia, y también para llevar unos paquetes que son propios del negocio—Terminó diciendo al tiempo que se descalzaba de sus mocasines amielados “haz que todo me sea alistado para la hora de partir”. Partimos hacia la garita pasando la malla de alambre por un costado de la escuela Ramón Espinosa Villanueva con las garrafas llenas de agua. Para perdernos, sólo teníamos que equivocar el rumbo y no llegar a Columbus, cosa que sucedió. A mí me picó primero la serpiente. Él continuó, y con sarcasmo adulé su valentía, seguía cargando los paquetes de polvo. Me quedé sentado observando el entorno, despertándome de vez en cuando “tal como lo hacemos los mexicanos”. Me avivé pescando hormigas con un garfio, lo introducía en el pequeño agujero donde salen y prueban su fiereza con el metal quemante, se escurrían de nuevo a las profundidades del orificio fresco y retornaban a morder con fuerza sobre el objeto extraño. Yo extranjero, picaba con el garfio y el sol me atacaba salvajemente en cuello y espalda. Cuando vi un solo punto de aquel hombre supe que ya no lo volvería a ver, Él continuó caminando. Las autoridades de inmigración encontraron a los dos cuerpos calcinados por el sol, después de cinco y siete días respectivamente. Al primer cuerpo, encontrado a un costado de un hormiguero, no le dieron mucha importancia; el segundo cuerpo, lo llevaron a México, lo presentaron a los medios de comunicación con todo y hormigas, con la lengua de fuera y con Los ojos achicharrados por el sol, con la piel negra y seca. Había muerto el llamado: “El señor de las nubes y los medios”, narcotraficante muy buscado en el continente Americano. El otro muerto, antes de morir, arrojó palabras sobre la cañada, pero no tuvo auditorio.
Ya no sé qué cosa
—Sentado en las escalinatas, confundo y enojado miraba mis zapatos y hacía muecas tratando de no ver, tratando de escapar; rotos y enzoquetados descansaban al fin un poco del tianguis. Como mis zapatos era toda mi historia: corta. Estaba en el sexto año y llegué lejos. Ni sé nada del año, ni había clases. Mi tía me llevó a la graduación un ramo de gladiolos con flor de nube y me regaló un reloj de los “pica piedra”, tuve que bailar el vals con todo y pena, la canción de las “golondrinas” no la escuchamos bien porque estaba rayado el disco. — ¿Pensar en la secundaria? Mi mamá apenas tiene para que comamos y mi padre se la pasa de guevón y pulqueando con sus compadres; a mí no me queda otra más que seguir vendiendo cerillos, de ahí sale para el colectivo, las tortillas, y no voy a decir que no, también me alcanza para las “maquinitas”. —A mí me preocupa que no tengamos dinero, soy el mayor de mis hermanos y ya viene el otro. Parece que mi Padre no entiende, le dice a mi mamá que usar condones es anticristiano y eso lo dice el santo papa, y además que van a decir los compadres… que parece que están haciendo la competencia para ver quien le saca más a la “vieja”. Ya no sé qué cosa. Mis amigos del mercado, el “bolas” y “el traste” me invitan para que nos juntemos con otros cuates y echarnos el cigarrito y las “chelas”, ya sé que eso me conduce a ser uno igual a mi padre, o peor, que tal si la pruebo, es decir la “buena” y después me gusta, y con el tiempo quedo igual que Mateo… Perdido, perdido. —Ya no sé qué cosa, me lo vuelvo a repetir muchas veces, tal parece que a todos los de mi colonia les cayó la misma maldición que a mí, la mayoría anda con los zapatos jodidos, llenos de lodo, y no salimos de una cuando ya caímos en otra; a todos nos agarra por temporadas la diarrea, la gripa y hasta el fut-bol; parecemos herramienta de la moda, pero de aquella que agarra parejo aunque uno no quiera —Quién sabe que ha de significar el soñar escaleras, pero no el que uno vaya para arriba, sino el que descendamos de las escaleras más allá del suelo. Eso soñé ayer, y por eso estoy aquí, en las escalinatas; viendo mis zapatos rotos y enlodados, con el costal de cerillos empapado y la mercancía echada a perder. Por aquí han pasado unos “chavos bien” con tenis famosos… y de aire, embotarse de esos ha de ser la pura vida. Al bajar el último peldaño, resbala por el exceso de lodo en los zapatos perdiendo el equilibrio, y cae hundiéndose hasta el pecho en la alcantarilla abierta desde donde fluye hacia arriba como fuente, el agua del drenaje. Los cerillos se esparcen por la calle y son atropellados por los urgentes autos.
La carta
El joven escribía la carta para su novia; frente al escritorio media docena de libros, la máquina, la engrapadora y un ciento de hojas blancas. Las cortinas desplegadas en la ventana ocultaban la tarde muerta; imprudente la luna brotaba por entre la autopista y sus rayos accidentados rayaban los ágiles cofres. El improvisado poeta se esforzaba, mientras con destreza, una gota escurría por la frente, el sudor resbalaba por la grasosa piel, esquivando el acné del muchacho.
“Tengo en mi lengua clavadas mil y una palabras para ti niña costeña; tengo agradecimientos que se asientan en mi voz, quiero agradecerte muchas cosas, entre ellas que me tengas confianza, eso me convierte en un hombre de ánimo benevolente; agradezco el cariño que me tienes porque tal vez no lo merezca y eso, cariño, me trastorna los hemisferios. Te agradezco que compartas tu tiempo con un hombre como yo, también el que regales en mis labios tus labios y hagas que tu alma la roce con tu aliento en mi boca. El que seas sincera conmigo y me confíes tu historia, tus deseos y te quedes desnuda. El que ofrezcas tu cuerpo a mis brazos, mis besos y caricias, y más el cariño infinito que me tienes; que me aceptes tal como soy, y en ese tal como soy tu desaparezcas como un fantasma, para ser yo; también que soportes lo que tú no soportas y te agradezco el que aportes lo que yo necesito, lo que yo deseo”.
“Por otro lado, perdóname por no comprender, por ser un terco al quererte; mi niña costeña, la mujer, mi ninfa, mi todo. Perdóname por buscar nuestra felicidad en el tiempo más conveniente y el que oculte mis sentimientos cuando estos están al día. Por ser incomprensible y por ser un hombre tan pequeño que ama a una mujer inmensa, la diosa, el ángel. El ángel que encontró un centelleo de sol en mis ojos. Disculpa que sea un niño. La vida es así, se toma, se regala, se respira”.
Se levanta el jovencete. Se deja caer en la cama cuando suena el teléfono: —sí soy yo. ¿Entonces no vas a poder? ¿Y qué vas a hacer allá Entonces ya no te voy a poder ver? ¡Ahora mismo sales! ¿Y lo nuestro qué? Tú sabes cuánto te quiero… no eso no es suficiente, necesito verte, estar contigo. Bueno no es culpa tuya. Yo también. Adiós. CLICK.. El joven se levanta enojado de la cama, toma la carta y en bola la lanza al cesto de los papeles. Ella descansa. Después de tener las maletas listas y de colgar el teléfono, y en torno a su recámara femínea, cortinas rosas en ventanas coloniales que miran al parque. Ella, sintiéndose sobre almohadones, roza estirando el cuerpo mientras observa escenas en la televisión, vestida con pijama de lívida franela; el cabello suelto, posado, inerte. Los pies desnudos, limpios, sagrados. La sobrecama salmón con rosas níveas se asienta cual capa, como un brindis a su hermosura, de ocasiones, ella gira la cabeza para verse en el espejo siniestro. De vez en cuando percibe la juventud, su adolescencia viendo su perfil conmovedor, deja que el cuello flote ingrávido, señorial con su conjunto de encantos. Tiene suspiros en las piernas al recordar el joven que una vez le ofreciera su amor, el éxtasis de pareja. A él lo recuerda acurrucándose en cama con las yemas acariciando sus labios. Ella tiene el cariño y cuidado de sus padres, pero sigue allí, guardada, observando la televisión en una noche solitaria con sutil vida. La luna sigue asomando su fino e inquieto rayo en las ventanas y cortinas. Escucha tocar la ventana con prisa, y al acercarse es el joven. — ¿Por qué me haces esto? ¡Tú sabes cuánto te quiero linda! – contesta limpiándose la cara de sudor, son gotas por el esfuerzo de cruzar el lomerío de casas. —Deja todo como está, no te volveré a ver. Eres un hombre que no me conviene, y dice mi papá que no vales nada. Adiós, disculpa, pero tocan a la puerta, seguramente es mi mamá. —Al abrir la puerta recibe una feroz bofetada que hace golpearse con la columna cercana. — ¡Yo que sólo tenía una intuición resultó cierto! Qué imbécil eres, estás embarazada estúpida chamaca. ¡Eres una perra! Lo más bajo, pero…co…cómo pudiste hacernos esto a nosotros, que te hemos cuidado tanto, que queremos lo mejor para ti; hasta llevarte a Monterrey a una de las mejores Universidades, y a vivir con tus abuelos, pero que caray, desgraciada, y seguramente es ese mequetrefe aprendiz de literato, pero… ¡Por Dios!” no te soporto verte más aquí ¡Lárgate! ¡Lárgate de aquí ingrata! ¡Malnacida! La joven no deja de llorar, aprieta los ojos y su cara se deforma ante la sorpresa. Se oprime el estómago y encoge los hombros llorando sin descanso. ¿Hay Diosito Santo, porqué a mí? – dice la desafortunada, mientras que su madre ha ido a la recámara de la hija por la pesada maleta, la jala y el rodamiento se desliza. —Largo ¡Largo! Y no te quiero volver a ver —dice la mujer azotando la puerta. —El muchacho había escuchado el escándalo. Estaba radiante por la sorpresa, muy contento; se sentía mayor de edad. —Linda ven aquí, no te preocupes, todo va a salir bien- pronuncia acercándose a la puerta principal. — ¡Hay palomito! ¿Y ahora qué voy a hacer estoy embarazada —llora y grita la veinteañera sentada en la maleta? —Ahora pensamos que hacer. Ya no llores, anda ponte algo que hace frío. Después de unas horas de discutir y empujar la maleta, los dos acuerdan irse a Monterrey con los boletos que ya estaban comprados con anticipación, llegarían a la casa de los abuelos. Ellos no negarían la ayuda. El joven entró a su casa y excitado saca sus ropas sin ton ni son, recoge la media docena de libros que están encima del escritorio y levanta una hoja hecha bola; es la carta que horas antes había lanzado al cesto de los papeles.
El basurero de risco alto
—Que dicen, nos vamos a “Buenos Aires” o vamos a coger víboras por aquél lado de la cueva— dijo Toño, el niño pecoso y escuálido a la tercia de chamacos mocudos.
—Hay donde gusten— dice Marcial sujetándose el zapato puesto sobre el guarda fango de la bicicleta de Toño.
— ¡Chin—chin el último en llegar a “Buenos Aires”! — Gritó Andrés, al tiempo que estrujaba la bicicleta para ganar tiempo. Toño pierde el equilibrio y cae provocando la carcajada que se escabulle por los rines alocados.
—Si serás güey — acierta a decir Oscar mientras esquiva los pedruscos de la calle.
El pueblo permanecía en anonimato permanente, sólo tuvo ocasión de ponerse protagónico de chiripa, cuando un general norteamericano se perdió por la sierra persiguiendo a la única división militar que invadió su territorio, y por accidente, llegó a la planicie sedienta de Risco Alto. El Santo del pueblo era San Isidro Labrador: milagrero en lluvias benéficas, pero, resultaba infructuoso el responsorio y aun así, se celebraba el 15 de mayo con el alborozo tempranero de las molinderas.
El sol rabioso atacaba los arbustos con temperatura delirante. Las alimañas buscaban los charcos de sombra que fugitivos se movían al compás del día. Los soplidos insignificantes del viento resultaban ingratos sobre la piel. Al cuarteto de chamacos les atosigaba el vientecillo en las gargantas, pero eso no les impedía correr a la vagancia. “Buenos aires” era el sitio ideal para remendar una aventura, era el basurero del pueblo, y no faltaba quien fuera a tirar: la estufa, la taza de baño, los colchones, las máquinas descompuestas, la chatarra, los trebejos oxidados, o las estructuras de algún negocio fracasado; en fin, la basura era preferente en este listado. Era allí el ambiente viciado por los distintos elementos en descomposición, fermentaciones y hedores se generaban en cantidades proporcionales al pueblo, por tal razón ya no hay que explicar más el irónico nombre.
A los muchachos les gustaba husmear en los desperdicios y descubrir entre todo lo inservible aquello que era un verdadero hallazgo, para unos era la canica en el interior de las botellas, los resortes, los espejos, las bobinas de motor, los lapiceros, las cuentas, los juguetes maltrechos; además los libros de cocina, las revistas pornográficas, las gomas, y jeringas hipodérmicas, entre mil cosas. Los niños jugaban, correteaban por entre los trebejos, por los cerros de tierra y escombro, brincaban sobre las pilas de colchones, formando casas, rampas, cárceles, escondites. En sus cabezas había odiseas, conquistas, guerras, creaciones, invenciones de mundos insólitos; en veces era el naufragio o la llegada a la luna o la batalla con monstruos sin cabeza, todo ello recreado en el ambiente de “Buenos aires”, sin olvidar el sitio “La cueva”: lugar lejano pero que no por eso, dejaba de ser atractivo para el cuarteto de mocudos.
Toño, Andrés, Marcial y Oscar eran los inseparables del barrio, y aunque había otros niños que querían sumarse a la pandilla no aguantaban las bromas pesadas de los llamados: “mocos verdes”; los cuatro tenían ojos aceitunados o bien café claro y eran de tez blanca, y cabello negro, a excepción de Marcial que era pelirrojo y de pecas rozagantes.
Al llegar a la explanada del basurero, Andrés entra a la rampa de madera mal puesta y al intuir el brinco empuja desde los pedales la bicicleta que sigue su rumbo sin dirección dando rebotes por entre un desvencijado catre y los cerros de escombro, mientras él, rebota en esqueletos de colchones oxidados. Los otros tres pícaros hacen su aparición con una ocurrencia peculiar. Oscar llega y derrapa levantando una nube gruesa como para una asfixia. Marcial entre la nube de polvo no ve nada y se va derecho estampándose en las llantas apiladas, Toño llega tosiendo, agotado por el esfuerzo, sufre de asma; entre dientes susurra barbaridades.
Entran al escondite:
—Les voy a contar un cuento de “Cabe” nuestro enemigo— dice Toño acomodándose en una silla mal puesta. En derredor, los almanaques de revistas pornográficas alegran la vista. — Era un niño que se llamaba Cabe y de pronto llegó el policía bien rápido por el niño porque se había robado unas pelotas del CAPEP y la policía lo agarró con esposas y lo llevó a una celda muy fea, obscura y sin dar comida donde tenían una gota de ácido que caía y caía y cuanto más caía más se deshacía el niño — el chiquillo hace la copla con sonsonete aniñado.
“cabe es
Cabeza de marro
Te pareces al marrano”.
— ¡Ha! Ya cállate. Si de veras quieres ponerte con él, ve y sácalo de la cantina — aconseja Marcial, entretanto se enjuaga el sudor con la camiseta, y continúa. Sus pecas siguen pegadas a la cara. — ¿Quieren que les cuente un chiste?… Bueno… ¿Quién es más limpio, el cerdo o el marrano?
—No lo sé — dice Andrés, los otros dos levantan los hombros, — a ver cuál es más limpio.
— Es el marrano porque cuando se le pregunta al marrano: ¿cuándo te bañaste? El marrano dice: oinc—oinc (hoy—hoy).
—Mi papá me platicó— dice Andrés, girando una botella en el suelo — que cuando él era joven conoció a un señor, y era demasiado loco, que él no llegaba a la peluquería a hacerse un corte de pelo porque él mismo se lo hacía, pero quemándoselo con un encendedor… en serio; ya cuando lo sentía largo, les prendía a sus chimpas y se las dejaba todas chamuscadas bien feo. También me contó que ese señor cuando fue a sacarse la foto para tener la credencial de elector llegó con caballo y vestido de vaquero y le dijo a la encargada de las oficinas del I.F.E.: —Sí, aquí quiero, sáqueme la foto aquí montado en mi caballo y con sombrero para que no salga yo despeinado.
—Si tu papá es bien mentiroso, tu que te pones a creerle, por muy loco que esté, a poco no va a sentir el calor en las orejas— pronuncia Marcial.
—Bueno, es lo que me contó mi papá si no quieres creer pues allá tú.
Francisco Dyer era apodado “Cabe”, era un infante de padres extranjeros, pero él había nacido en Risco Alto, Municipio de Ascensión, México. La decisión de quedarse en el pueblo había sido por obstinación del destino. Su padre tenía una tienda de ropa y una cantina. El apodo era porque tenía la cabeza grande en comparación a su cuerpo. Era un niño egoísta, mal educado y caprichoso. El niño estaba como para el desprecio instantáneo, tenía la sangre pesada, sus maldades llegaban desde la crueldad con los animales, hasta la villanía más precoz.
A Francisco Dyer le había encargado su padre en esa tarde, llevar al basurero unas cajas con desperdicios de las tiendas. El camión recolector había pasado, sin llevárselas. “Frank” (así le decía su madre) estaba castigado por haber tomado dinero de la caja de ahorros, había comprado con el dinero, los petardos que en la mañana había lanzado al bote de la basura a la hora del recreo. Cuando llegó Francisco Dyer al basurero, con los desechos de los negocios, intuyó que podrían estar los “mocos verdes”, pero se serenó al pensar que en realidad no lo esperaban.
El camión de la basura venía dando giros por el cerro del “mogote” mientras que Francisco Dyer se parapetaba en las mismas cajas que llevaba a tirar. Lo habían descubierto.
“cabe es
Cabeza de marro
Te pareces al marrano.”
— ¡Ahora sí nos las vas a pagar todas juntas, cabrón! — Pronuncia Marcial enjaretado en un bacín como casco.
—Qué tal si le aventamos de los globos con pintura que tenemos reservados para las grandes ocasiones — aconseja Toño ataviado con propiedad como para una batalla.
El camión aparecía en escena con una fiesta de sonidos. Es el crepitar sin miramientos, es el anudamiento de truenos, es el zapateo de desajustes, de traca—tracas, de rechinamientos meneados al unísono. Con la reversa puesta el camión se invita sólo al barranco donde se encuentra Francisco Dyer parapetado en las cajas de cartón, justo abajo de la enorme carga de basura. El camión con los movimientos calculados, se para al filo y levanta la carga que empieza a resbalar.
“cabe es
Cabeza de marro
Te pareces al marrano”.
Mientras le lanzan con todo, piedras, botellas y llantas. De volteo, caen las toneladas de basura quedando el niño sepultado. Los niños se pasman por lo sucedido, y huyen como nido de ratas al descubierto. Cuando van por el cerro del “mogote” recapacitan. El camión recolector de basura pasa con su tronadero a toda prisa como si fuera una emergencia el recoger la basura.
— ¡Cabrones, le calló toda la mierda! Y ahora que, le avisamos a su papá o lo sacamos de allí — dice Oscar nervioso y asustado.
—Se me hace que mejor vamos a pedir ayuda — comenta Andrés.
— ¡No sean pendejos! Cuando regresemos ya va a estar muerto, mejor síganme, vamos a ver si lo podemos sacar— razona Marcial y de momento le da vueltas a su bicicleta, al arrancar se le cae el bacín que trae de casco.
— ¡Ahora sí nos van a castigar por esta! — pronuncia Toño y continúa — pero todo por culpa de ese pinche “cabe”, si nos castigan porque la hacemos o bien porque no la hacemos y al fin de cuentas es por su culpa. Ahora que nos debía tantas, Y ahora tenemos que hacerle hasta el favor al idiota…cof, cof, cof…no levantes tanto polvo, pinche Marcial…cof, cof. ¡Puto, abusón! —el preocupado cuarteto de mocudos entra de vuelta al basurero, y dejan las bicicletas muy cerca del escondite. Marcial y Oscar se meten al escondrijo y se deshacen de los armamentos que traían colgando, en tanto que Toño y Andrés ya están derrapando en la inclinada pendiente hacia el último cerro de basura por donde se encontraba Francisco Dyer.
Francisco Dyer se encontraba vivo pero presionado por la basura, al recibir el empuje de la basura, había sido lanzado al interior de un tambo. El olor y el calor hacía irrespirable el estrecho aire, con esa cantidad de oxigeno viviría aproximadamente tres horas. El apachurrado chamaco se había desesperado en los primeros siete minutos, pero, cuando escucho unos sonidos apagados, el desbarranco de piedras y un cof—cof, lejano; pensó que no estaba perdido todo. Tanto Toño como Andrés llevaban en sus manos unos garfios, o bastones con gancho; era la herramienta que utilizaban para jalar, levantar y hurgar en la basura.
A Francisco Dyer le empezaron los sofocos, las alucinaciones vendrían después.
Los cuatro niños cavaban con todo, tratando de salvar la vida de “cabe”. La enemistad ya no les importaba, sino la empresa de sacarlo del montón de basura. Habían pasado dos horas cuando pudieron penetrar un lazo con el garfio al tambo donde se encontraba el accidentado a punto del desmayo. Francisco Dyer pudo amarrar el tambo con una solera atravesada en la boca del gran recipiente antes de desmayarse. Y fue cuando regresó el camión de la basura, acompañado de los cuerpos de rescate, de la cruz roja, de los padres del niño accidentado. El chofer del camión se había dado cuenta de lo sucedido y había ido al pueblo a pedir ayuda. Solo faltaba remolcar la soga y tirar de ella para que saliera el tambo con todo y niño.
Cuando estuvo en recuperación. El niño comentaba que se le había aparecido un señor que le decía que lo salvaría, pero, le encomendaba que le dijera a toda la comunidad del pueblo que quería que le construyeran una capilla en ese sitio. Los feligreses del pueblo de Risco Alto ahora tienen a dos santos milagreros que son: San Isidro Labrador: milagrero en lluvias benéficas y San Francisco de “Buenos Aires”: protector de los niños mártires.
La oración al columpio
Ella se mecía y se mecía en el columpio. Sus manos ataban las cadenas. Los eslabones sosteniendo el herrumbrado chirriar. Como un péndulo accionaba el radio de alcance. Sus cabellos corriendo al ambiente; sus piernas se lanzaban de frente y su cuerpo arqueado con figuras, curvas. En su cara una sonrisa en la cual reflejaba su juventud, su inocencia; mientras, su vestido azul de encajes largos jugaba, flotando. Sus pechos aún pequeños, reflejaban lo femenino, la sensualidad diamantina. Su sonrisa era aniñada, usual. Unas horas después, los columpios se mecían y se mecían, pero sólo empujados por el viento. Ella no estaba. El viento empujaba las ramas, excitaba algunos arbustos, hacía bailes levantando polvo y arenisca. Los columpios se movían rechinando en el ambiente, con la inquietud de los asientos. En donde siembra su hortaliza, las semillas pronto germinarán, echarán sus escasas raíces y daría vuelta una vez más el ciclo de la naturaleza. Ahora los columpios siguen balanceándose cuando la naturaleza los agita. Ella desapareció, sus cabellos ya no están meciéndose al viento. Algo ha de presagiar cuando las nubes se ponen rojas en el horizonte. Me maravilla que sucedan cosas incomprensibles, sobre todo cuando tienen que ser forzosamente misteriosas. Un proceso que hace pensar la vida demasiado fascinante. Las nubes prendidas en el horizonte podrían estar en cualquier lugar, pero se presentan prodigiosas, cerca; las tonalidades entre el rojo carmesí hasta tornar al amarillo y después al blanco. A lo lejos las montañas: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl traen añoranzas, cavilaciones. Las nubes y el viento de la tarde acarrean imágenes, sonorizaciones que se tuercen en estruendos. Los nubarrones obscuros se cargan de lluvia, de humedad, de energía; y cuando están abotagadas, se rompen, se flagelan chispeándose unas a otras, mojando todo como un velo acuático. El momento podría hacernos recordar a una mujer sentada en un columpio meciéndose con la cadencia de su juventud; además, su cabellera salpicándose en el aireo y ese cuerpo… el vestido azul de encajes me trae memorias de un beso, de una caricia, de unos pechos vírgenes meciéndose y meciéndose. —La ciudad siempre me ha aburrido. El ir y venir de la gente, de los coches, es lo que hace entregarme a la abulia; y más, andar yo de aquí para allá buscando que un editor me publique mis trabajos. Cargo en mi portafolios un par de textos, pero sólo les voy a presentar el de “La oración al columpio”, porque el otro no le encuentro chiste, como que se me hace que hay que trabajarlo más. Lo bueno que lo de la revista no está tan lejos del centro, y si termino rápido, me va a dar tiempo de ir a la librería a curiosear, aunque sea. Si logro publicar el trabajo, qué orgulloso se va a sentir mi papá, él siempre apoyándome; como mi papá no pudo estudiar, en mí, sus sueños se hacen realidad. —En ocasiones los sueños son inalcanzables. Yo sólo quiero seguir haciendo escritos, si no me salen estos inventos, pues me dedicaré a otra cosa; tal vez, a un curso de computación, están de moda, y según he escuchado pagan bien, y no se la pasa uno en el sol. Me inquieta el que no le vaya a dar importancia a mi escrito, yo sé que el trabajo está bien bueno y no tiene faltas de ortografía. Andrés Espinosa me dijo que los trabajos que le entregara fueran de lo mejor. Él me dijo que yo sí sabía escribir, que sólo tenía que pulir más los estilos. Don José Luis Domínguez es el director de la revista “La Fragua”, es una eminencia en el estado; todos lo respetan. De pensar en la cita me sudan las manos, ojalá y no se note mi nerviosismo. Según me han contado, Don José Luis Domínguez ha escrito libros, ha viajado por muchos países, y parece que lo querían lanzar para la gubernatura, pero le faltó equipo y al final de cuentas no se animó. El novato escritor entra a las oficinas de la empresa editorial. Las divisiones de tabla roca jerarquizan, los vidrios dividen interiormente, las jardineras se esfuerzan en recrear un ambiente natural, los teléfonos ocupados se animan, las secretarias cruzan la pierna y ponen cara de inteligentes. —Bu…Buenas tardes, venía a ver al señor Andrés Espinosa. —Fíjese que no se encuentra el jefe de redacción, el señor Andrés viene hasta más tarde, él trabaja hoy desde las siete de la tarde hasta las doce de la noche. Desea dejarle algún recado. — No, es deque lo que pasa es que quedamos de entrevistarnos con el director de… — ¿Tenía cita con Don José Luis Domínguez? Un momento, déjeme ver…mm, si, aquí está anotada la cita, si gusta sentarse — La secretaria se levanta de su escritorio con la libreta de taquigrafía en la mano y empuja la puerta, se deja ver hacia el interior un librero repleto y un par de trofeos. —El señor Andrés Espinosa no está— el joven se preocupa, medita mientras se acomoda en el sofá de la recepción — y ahora voy a tener que entrar a la entrevista yo solo, con lo que me pongo nervioso, pero qué le voy a decir, si no sé nada de nada, qué tal si el trabajo tiene faltas de ortografía… mejor me voy y otro día regreso, si otro día que venga más calmado y no esté tan nervioso; además, está nublado allá afuera y eso me da mala espina, y luego como que la secretaria me vio feo, me barrió con la mirada y ya con eso me sentí como que, fuera de órbita. Creo que el señor este es muy importante como para que yo lo moleste… mejor me voy a dedicar a otra cosa, le voy a pedir dinero a mi papá para un curso de computación de esos de dos meses como los que anuncian en el radio; según sé, cuando uno trabaja en eso le pagan a uno bien, y no se la pasa uno en el sol, eso ya es ventaja; además, están de moda… pero. Y si continuara con esto a mi papá le daría mucho gusto; sí, él me apoyaría, que tal si después escribo un libro como el de las fábulas de Esopo o como Alicia en el país de las maravillas y se convierte en un libro que todos quieren. ¡Huy! Me hago rico…— La secretaria lo despertó de su introversión. Le comentó que en cuanto saliera una persona que estaba adentro él podía entrar. No había escapatoria. —Tome asiento por favor, en que puedo servirle; pero, siéntese por favor. —Gracias… este, le traje unos trabajos, no digo… perdón, este, le traje un trabajo. —Y eso para qué. —es deque… me dijo el señor, este… ¿Andrés Espinosa?, que, este… se podría publicar en la revista “La Fragua”, él me dijo, que… este, yo sí sabía escribir y que sólo me faltaba, este… pulir los estilos. —Sí, pero, ajum—ajum — aclarando la garganta — en esta compañía editorial no publicamos cualquier cosa; además, no tenemos espacio. Cualquier espacio en la revista cuesta dinero, y en ocasiones la publicidad no deja; por eso, el material tiene que ser muy bueno. —Sí, este… creo que, si es muy bueno, a las gentes que, este… lo han leído el trabajo me han dicho que es muy bueno. — ¡Aja! A quienes. — ¡A mi mamá y a mis hermanos! —Bueno a ver déjame leer lo que traes. —Mm…La Oración Al Columpio. Cómo está eso de la oración al columpio. No joven, no quiero tener problemas con el clero, usted bien sabe que vivimos en México y todos los mexicanos somos Guadalupanos, se le puede orar a la Virgen de Guadalupe o a la Virgen del Perpetuo Socorro, pero a un columpio no. Déjeme seguir leyendo. El director de la revista examina el texto con la paciencia que se adquiere de años. Otea puntos y comas, ideas y errores sintácticos, ortografía y lógica. Atisba todo el contenido. Equilibra gustos con ganancias. El joven escritor se hunde en la silla. Se observa incómodo. Sus ojos se pasean en el librero y en el muro repleto de reconocimientos. Observa la foto donde está Don José Luis Domínguez saludando al Presidente de la República, o la foto donde el paisaje es un pedazo serpenteante de muralla china. Todo el ambiente es formal. La decoración de la oficina con objetos de tiendas como: Neiman Marcus, Bloomingsdale´s, y Saks; parecen intimidar al neófito de las letras. Su espíritu se achica hasta tener el tamaño del trofeo de indio azteca puesto en el librero. En el librero observa títulos de libros como: Paula de Isabel Allende, La Reina Isabel Cantaba Rancheras, de Hernan Rivera; París En El Siglo XX, de Julio Verne, Nombre De Torero, de Luis Sepúlveda; Atrapando La Luz, de Arthur Zajonc. Historia Del Futuro: La Sociedad Del Conocimiento, de Taichi Sayaika. La Conquista De La Voluntad, de Enrique Rojas, La Lentitud, del autor Milán Kundera, Boleros en la Habana de Roberto Ampuero. El Hombre Light, de Enrique Rojas. —Mire joven le voy a ser sincero— pronuncia el señor acomodándose la corbata Gianni Versace— yo sé que usted está iniciando en esto de las letras. El trabajo es bueno, pero le faltan ciertas cosas. En ocasiones salta a la vista las palabras abstractas y la inclinación forzada a hacer el texto poético. A la gente no le gusta mucho los escritos rebuscados o bien los textos muy poéticos; a la mayoría les gusta que les narren cosas reales, de aquellas cosas que suceden en la vida real, que sean cosas empíricas, que tengan que ver con este mundo, que tengan como fundamento la cotidianidad. Desgraciadamente así es la cosa, aunque a mí personalmente me gusta mucho la poesía; sin embargo, estamos abiertos para recibir colaboraciones de gente joven que le guste escribir. Tenga, llévese su texto, estoy seguro que los siguientes escritos si podremos publicarlos, con mucho gusto. —Sí, señor, este… voy a hacer unos trabajos que…que, tengo pensados. —Bueno pues, estamos para servirle. En sus próximos trabajos por favor entrégueselos a Andrés Espinosa —dice el señor estirando el brazo para despedirlo y levantándose de la cómoda silla. —Sí, hasta luego, este, dice que se los entregue a este…como se llama. Bu…bueno ajá, con permiso, bu… buenas tardes — se despide el aprendiz de tartamudo, con una sonrisa sacada a golpes de nerviosismo. La calle se luce en movimientos, van y vienen los carros y los vendedores ambulantes hacen el negocio frente a las oficinas. En el cielo hay nubes que se van inflando poco a poco, se van cargando de humedad; otras más allá se ponen como salvajes. —Me lleva. Bueno pues, ya ni modo. Lo bueno que me dijo que tenía que pulir más los estilos. El trabajo este de La Oración Al Columpio creo que ni sirve, mejor voy a hacer unas fábulas como las de Esopo. Si en el próximo mes no me sale, pues me dedico a aprender computación, es lo que está de moda, y además pagan bien. Mi papá si me apoya en todo lo que yo quiera. ¡Hijole! Mejor me apuro. Creo que por aquél lado de los cerros ya quiere llover y ya empezó a hacer un poco de aire. Mejor ya no voy a la librería a bobear, para qué… si compro algún libro y ni lo leo. Entra a su casa y se dirige a la recámara. En la pared frontal hay un póster de Thalía y tres gorras. Las cortinas están semiabiertas. Se asoma a la ventana. En el patio del vecino hay una adolescente en el columpio. Ella se mece y se mece. Sus manos atan las cadenas, sus cabellos corren al ambiente y sus piernas se lanzan de frente mientras que su cuerpo se arquea para conseguir mayor velocidad. En su cara se ve una sonrisa inocente coqueta y atractiva. Y su vestido azul de encajes flota, sacudiéndose en el aire. Se nota que sus pechos son pequeños pero sensuales y su sonrisa transparente, viva. La jovencita terminó de jugar y se fue; mientras, los columpios siguieron haciendo rechinidos por causa del aire. El viento hacía mover todo inclusive las ramas y arbustos. En el horizonte se veían tonos rojos sobre las nubes y más cerca se advierte un chubasco que se acerca con prisa, los nubarrones obscuros se cargan de humedad, y llueve. El muchacho sigue viendo desde la ventana de su recámara. Y se acuerda de la jovencita que estaba meciéndose en el columpio, con un vestido azul de encajes. Ella fue su novia y se acuerda de los besuqueos que se daban. —Todo este día me aburre, los coches, la gente. El ir y venir es lo que hace entregarme a la abulia; y más, andar yo de aquí para allá buscando que un editor me publique mis trabajos— piensa el joven y se recuesta en la cama —mejor me voy a echar un sueñito.
Yo vi eso
Queridísimas amigas mías:
Yo no soy ningún fisgón, pero ¿me creerían que la casa que visité hace unos días era un verdadero trochil? Estaba toda patas pa’ arriba. Si la vieran algunas de ustedes, tal vez saldrían espantadas. ¡Ay, no! Toda la casa era un espanto. ¡Qué horror! Inmundicia por aquí, inmundicia por allá. Sí, se los cuento para que nunca se paren por ese sitio. Mis chicas queridas, las adoro. Sí, las adoro, y por eso me preocupo por ustedes para que no vean cosas tan insanas. ¡Ay, no! ¡Qué asco!
Solo les voy a describir las cosas que había en el tocador de la recámara, solo eso, porque si me hubiera asomado a la cocina, seguramente me desmayo o quedo afectada por la impresión. ¡Qué barbaridad! Pues verán, empiezo mi lista:
Tijeras oxidadas, aretes de bolitas de diferentes colores, tarro de calcio, lentes, reloj despertador, desodorante, pomo de alcohol y pedazos de raíces y hojas entre otros ingredientes; lámpara de petróleo, tubo interno de rollo de papel sanitario, tres invitaciones pendientes pegadas entre el espejo y el marco de la luna, radio de pilas, pequeño cesto de flores secas, desodorante ambiental, cinco cajas de “Ambrosol”.
Perro de peluche “toy’s house”, cassette de Joe Cocker: I Can Stand a Little Rain, espejo pequeño, pomo de “aceite del roble”, cuadro con letras doradas: “Dios dice: no te desampararé ni te dejaré”, dos cepillos, pasta de dientes, la foto de la nuera, colores, carrete de hilo blanco, rosario de cuentas negras; pila de tamaño “C”, pedazos de papel de baño usado, tres seguros atados en la garra rosa donde están prendidos quince pares de aretes y tres sin par, una aguja con un pedazo de hilo blanco colgando, gotas para los ojos.
Alcohol en dos tamaños distintos, cajita dorada como las que dan cuando se compran unos aretes, patito de cerámica con gorra amarilla y cinta roja en el cuello, cadena con medallón del Perpetuo Socorro, cerillo quemado; tres monedas de diez centavos, monedero de piel de distintos colores ensamblados, donde guarda las direcciones en papeles sueltos de las amistades del otro lado. Vaso desechable con nueces y cáscara de nueces, alcanfor, agua oxigenada, un búho de prendedor; aguja hipodérmica, portarretratos con la foto del nieto, medicina: “Fotoestimulina”, cinto con hebilla medio asomando entre el mueble y la pared, perfume: “Racing Club Woman” de Ralph Lauren.
Hasta allí terminé mi lista, porque en eso entró la dueña de la casa, en una bata muy transparente, con una cara lasciva, y se me fue aproximando. ¡Qué horror! ¡Vaya susto! Me creerán si les digo que quería hacer el amor conmigo. Yo le dije que era homosexual y que ni tantito me gustaban las mujeres, pero ella, insistente, me agarraba las piernas tratando de abrírmelas. ¡Ay, Dios Santo! ¡Qué barbaridad! Lo bueno es que sonó el teléfono, y eso fue para mí como si me hubiera salvado la campana.
No puedo ni imaginarme hacer eso, y luego con ella. ¡Válgame Dios! Yo creo que ni en pesadillas, porque si vieran a esa gordis, malacarienta, con sus patas callosas embutidas en unas chanclas corrientes que venden en cualquier lado… ¡Auch! Y déjenme decirles que sus piernas no las tenía depiladas, así que ya han de imaginar a qué cosa se parecía. Además, tenía un cuerpo tan antiestético que yo pienso que Diosito se ensañó con ella y le puso fealdad de más, en lugar de ponerle algo de belleza. Bueno, me despido de ustedes; ojalá nunca les pase algo como esto. Si les sucede algo parecido, que sea con un hombre apuesto y fuertote, y verán cómo las voy a envidiar. PD: Escríbanme pronto, chicas. Adiosito.
El afeminado entra a su casa después de dejar la carta en el buzón de correos. Agita las palmas de sus manos para refrescarse; su blusa sudada mitiga en humedad. Arroja los botines, y al momento se percibe el olor a pies de hombre, como el hedor a palomitas destiladas. Se quita las calcetas y las lanza al cesto rebosante de ropa sucia. Entra a la cocina, toma un vaso sucio y lo enjuaga bajo el chorro de agua. A su alrededor, el trochil de la cocina es evidente: platos amontonados, manchas en la mesa, restos de comida en el suelo.
Con el vaso ya limpio, se sirve agua y se apoya en el marco de la puerta, mirando el caos a su alrededor. En el fondo, sabe que su propia casa no es muy diferente de la que describió en la carta, pero se consuela pensando que al menos, no tiene que enfrentarse a la dueña de casa en bata transparente y con intenciones lascivas. Mientras bebe el agua, se imagina la reacción de sus amigas al leer su carta; sabe que las hará reír y murmurar entre ellas. Quizá una de ellas le responda contando alguna anécdota escandalosa, o tal vez lo inviten a una reunión para comentar la carta en persona.
Al terminar el vaso, lo deja en el fregadero, que ya está lleno de utensilios sucios. Suspira. El desorden de su vida es tangible, pero, por ahora, no tiene energías para enfrentarlo. Se dirige a su habitación, donde su propio tocador es una réplica del que describió: lleno de objetos amontonados, recuerdos de tiempos pasados, medicinas olvidadas, y pequeños tesoros sin valor. Se tumba en la cama, agotado, y mira al techo, donde una telaraña en la esquina es lo único que se mueve, balanceada por la brisa ligera que entra por la ventana.
El manzano
—Nací cuando mi padre sembró en el traspatio un árbol de manzana. Mi abuelo tenía una huerta, y quienes ayudaban con la cosecha eran en parte los tarahumaras. En el momento en que mi padre regaba el árbol, yo abría los ojos a la vida.
—Después de tantos años, ahora bajo la sombra de este manzano, sentado en la silla de cedro, miro el rojizo horizonte norteño. Siento una satisfacción similar a la del manzano, que después de dar frutos en cada cosecha, sigue siendo útil al cubrirme del sol tardío y del viento del Este que, desde la loma de «La Estrella», se arremolina sobre los pastos resecos.
—La existencia me ha brindado un florilegio aceptable. La vida ha sido seductora. «No sé si me he encontrado o sigo buscándome» —como diría Artaud—. El yo que podría ser sigue estando en algún lado, interno, como un órgano de la conciencia o una parte esencial del ego. Considero que nunca he sido el mismo; podría ser irónico —como Sócrates— pensar que sólo sé que desconozco muchas cosas, que mi saber es limitado. La percepción que ahora experimento me lleva al disfrute del paisaje. Los cincuenta años que tengo no me inducen a reconsiderar lo bueno y lo malo de mi existencia, sino solo a la contemplación total, armónica con lo que me rodea.
—Cuando el manzano encontró su lugar, yo llegaba al mundo en una noche pacífica, con la luna salpicando su luz en las tres ramitas flácidas del árbol. No me imagino cómo pudieron configurarse las minúsculas raicillas en un ambiente extraño, nuevo, inesperado; donde la naturaleza externa intimida a la naturaleza interna del pequeño tronco, las pocas hojas, el musgo de las raíces. Y cómo fue desarrollándose, sorbiendo las nutritivas sustancias del suelo, del agua y sus minerales. No puedo comprender esa maravilla de la creación que permite a una planta enraizarse en un universo desconocido, y cómo es que, sabiéndose cobijada, sorbe de la tierra los nutrientes para su desarrollo. ¿Qué sucede si la naturaleza del suelo es adversa, hostil a la planta? Pues su existencia es, de alguna manera, cercenada. De tajo, se le arranca el estímulo necesario para cumplir su ciclo como árbol.
—No me intuyo a mí mismo sembrado en este sitio, pero me gustaría ser el árbol, convertirme en su existencia. Sorber de la tierra lo necesario para crecer, para dar frutos, brindar cobijo y sentir el aire del Este soplando en las hojas. En el mismo sentido, realmente no sé si al árbol le gustaría mi existencia. Sé que la diferencia está en el corazón, pero sí es de envidiar estar aquí, en la silla de cedro, contemplando el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara.
En la colonia de gnomos, Fralous era el chamán; él era vidente y había percibido el pensar del hombre que estaba sentado a la sombra del manzano. Como encantador, podía hacer que el hombre percibiera la vida desde la perspectiva del manzano.
Los gnomos eran habitantes de la sierra tarahumara. Eran enanos con poderes extraordinarios, como convertirse en espíritus, hacer que baje la niebla y se ponga pesada, imitar fielmente los sonidos de los animales para poder comunicarse entre ellos, hibernar a conveniencia en las profundidades de alguna grieta, entre otras cualidades. La colonia de gnomos era incontable, no porque fueran muchos, sino porque nunca se sabía cuántos había en la región. La peculiaridad de los gnomos es que son espíritus viajeros. Viven en el mundo y cualquier sitio es su casa. El oficio de chamán entre los gnomos no era para cualquiera; esta capacidad superior se formaba por sí sola, además de que tenía mucho que ver con la pureza del espíritu y la longevidad del ente. Mientras que algunos de los gnomos chamanes tenían facultades telepáticas, otros tenían aptitudes como la de ser videntes, hacer transformaciones de la materia o mover a su conveniencia cualquier fuerza de la naturaleza. Fralous era el chamán por antonomasia. Hacía más de un siglo que estaba en una gruta perdida en las cañadas de Las Barrancas del Cobre. Como sapo petrificado, seguía la vida, alimentando su espíritu y reforzando sus facultades embrionarias.
Para los gnomos comunes, los hombres no son más que animales, bestias de hacer y hacer cosas. Su mundo les parece inútil, trivial, como perseguir al aire. El tipo de conciencia de los hombres es yermo porque su concepción del mundo de vida cabe en un puño de percepciones; no llegan a comprender la vida y la muerte como una totalidad circulante del Ser, sino como entidades separadas, de tal forma que su concepción de la vida pierde terreno al intuir la diferencia entre el ser y la nada, o peor aún, cuando ni siquiera sospechan la diferencia. Para Fralous, la situación era distinta: la luz del Ser lo irradiaba por completo. Él percibía la existencia e interpretaba todos los lenguajes. El lenguaje era la casa del Ser. Fralous era todo lenguaje, así que podemos pensar, metafóricamente, que Fralous era un sirviente de la casa del Ser.
Cuando el hombre se quedó dormido en la silla de cedro, contemplando el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara, no sabía lo que le esperaba. Fralous hizo transformaciones en la materia y puso la conciencia del hombre en el manzano; así, cuando el hombre despertó, su cuerpo eran ramas y tronco, raíces y hojas. Había desaparecido todo olor, todo sabor, todo dolor. La desmembración de los sentidos había ocurrido. Se quedó atónito porque no le quedaba de otra. Percibía el sol y el viento, la humedad en las raíces, la savia circulando adentro, moviéndose lentamente. Advertía las larvas de mosca en las frutas y los parásitos en las raíces, carcomiendo todo. Los hongos en el tronco viejo y cercano hacía tiempo que lanzaba sus esporas al ambiente, creando más parásitos. Y las hormigas, carcomiendo las frutas podridas, de vez en vez y por regimientos subían por el tronco a cortar hojas, morder la fruta y ejercitar sus extremidades. Todo a su alrededor ocurría. Todo se transformaba, y el árbol, quieto. Todo quieto. El manzano, ciego, inmóvil, indolente, intuía las cosas parecido a como lo hacía Fralous. La diferencia estaba en el corazón. El manzano tan sólo irradiaba su savia; la fotosíntesis que ocurría en las hojas no era más que una transformación química, era energía.
El hombre seguía bajo el manzano. El paro cardiaco había hecho cambiar su existencia a otra cosa. Como tronco lánguido, se desparramaba en la silla de cedro, y a la vista, el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara iba poco a poco entregándose a la oscuridad. Era una noche sublime, llena de luminarias.
El Voyerista Encantado
—¡Qué pasó, Daniel, ¡cómo estás! Pero pásale, estaba en mi cuarto nomás de flojo. Y tú… ¿de dónde vienes?
—Fui con mi tía Leonora y tu casa me quedaba de pasada, pero ya se me hizo tarde, mira, ya casi son las ocho.
—Tú no te apures, total aquí te quedas a dormir. Puedes hablar por teléfono a tu casa diciendo que te vas a quedar conmigo.
—No… Ahorita veo, pero… ¿qué has hecho? Desde que salimos de la prepa ya no te había visto y.… por cierto, quedaste a deber lo de la cena y Pilar tuvo que pagar lo que te correspondía a ti.
—Por tonta.
—No seas cabrón, ¡le voy a dar tu dirección!, ¡eh! A ver, a ver…
—No me amueles, a lo mejor ella ya ni se acuerda. Pásale, mira, este es mi cuarto, está chiquito, pero no importa; lo importante es que nadie se mete con mis cosas.
—¡Andrés, ya nos vamos! —grita la mamá al salir de la casa— hay gelatina en el refrigerador, ¡ah! y otra cosa, no vayas a agarrar del bistec porque es para la comida de mañana. Dale comida al perro. Nos vemos.
—Sí, ma’… ¿A qué hora vienen?
—No sé a qué horas termine la reunión.
—Bueno. Nos vemos.
—¿Y a dónde van tus papás? —pregunta el amigo visitante.
—A una reunión con amigos de su trabajo —contesta Andrés al tiempo que se sienta en la cama.
—Ah.
—¿Y tu hermana?
—Ella no vive aquí, vive con unos primos, sólo viene los fines de semana. Está estudiando la universidad.
—Ah.
—Dame chance de hablar a mi casa, ¿no?
—Órale, vente, vamos a la sala. —pronuncia Andrés, y se escucha el chirrido de los tornillos de la cama.
El joven marca en el aparato telefónico, toma el auricular. Andrés ha ido a la cocina y ha sacado del refrigerador un recipiente con gelatina.
—Bueno. Sí. Habla Daniel. ¡Quién es! ¡Ah! Tú, “Cuajada”. Dile a mi papá que ya fui a darle el recado a mi tía Leo, pero ya se me hizo tarde. Me voy a quedar con Andrés… ¿Cómo que cuál Andrés? Pues “el rufles”, para que me entiendas… sí, ese. No… No voy a ir mañana, no, no me toca sino hasta el segundo turno. Bueno, nos vemos.
—¿Qué haces?
—Comiendo gelatina. Bueno, no es gelatina, es flan que hizo mi mamá. ¿Quieres?
—Sí, dame… tragón, come solo.
—Oye, ¿qué tal si nos guisamos unos bistecs? —sugiere Andrés, sus cejas se ponen jubilosas moviéndose de arriba hacia abajo, y la cara estrena una mueca que invita a aprobar la propuesta.
—¡Huy! No mames. Dijo tu mamá que eran para mañana.
—Si agarramos dos, ni se da cuenta. Es más, agarramos otro de esos —señalando al refrigerador—, lo aplastamos más y luego lo dividimos y asunto arreglado.
—Ahí tú sabes. Yo sólo soy visita.
—Mi mamá ni me dice nada, es más, qué tanto son dos cachos de carne. ¡Eh!, pero ayuda, saca de allí un sartén. ¡Ah! Y pon la gelatina en la mesa, ahorita le seguimos dando baje.
—¡Ah, cabrón… pinche cebolla! —balbucea Andrés mientras pica los ingredientes. Daniel se recarga en el desayunador y pregunta al cocinero:
—Oye, ¿y qué pasó con Maira?, ¿sigues con ella?, ¿te la cogiste o qué?
—No. Ese negocio ya se acabó. Estuvo mejor así. Pero a veces sí me siguen dando ganas de aquellos fajecitos que nos aventábamos en la sala de su casa. Pero, ¡ja!, no le hagas que nos cacha su mamá cuando —continúa sonriéndose— estábamos apachurrando como leones en pleno cachondeo allí en el sofá.
—¿En serio?
—Sí, ya le había quitado el sostén y sólo tenía la camiseta. Yo estaba encima de ella y había metido mi cabeza debajo de la tela y estaba en eso… cuando entra su mamá. Del sobresalto nos caemos del sofá, y yo con la cabeza metida bajo su camiseta. Me sermoneó, pero ya ni modo. Las veces en que me encuentro con Maira nos da risa eso que nos pasó, pero eso ya se acabó, ese negocio ya murió.
—Oye, no los guises tanto, ya están bien pinches negros, parecen cartones chamuscados. A ver este de aquí, échamelo para acá. Pon unas tortillas encima del sartén para que se vayan calentando y así les queda a las tortillas el sabor de la carne.
—Órale, tú sí sabes.
—Pues… soy maestro en todo. Y… ¿con qué nos lo pasamos?
—Pues con un chescolín, pero ese tú píchalo.
—Órale, me parece buena tu onda. A ver, presta un envase. ¿Dónde está la tienda?
—Es allí dando la vuelta a la esquina por donde está la refaccionaria.
—Órale, pues, ahorita vengo.
—Qué… ¿si hubo?
—Pues no había de naranja, pero sí hubo de toronja… hijo’desu… ya hasta se está enfriando esta suela de llanta.
—¡Pendejo! Le faltó que le echaras la sal, ¡cómo serás güey!
—¿De veras? Bueno, tú allí ponle. Y no le hagas tanto a la cardiaca.
—Bueno, presta pa’ca el salero. Oye, pero siéntate, no comas parado, se te están escurriendo del taco las cebollas, estás dejando todo embarrado.
—Cabrón, te enojas de todo. Hasta de lo que no comes te hace daño.
—Bueno, ya.
—Oye, ahorita lo que me entusiasma —chom—chom— es la vecinita de aquí junto. Si la… ¡mm!… vieras.
—¿Qué? ¿Esa qué tiene de bueno?
—Pues… ¡mm!… apúrate, ya va a ser hora del show, ahorita vas a ver qué rica nalguita. Lo bueno es que nunca se ha dado cuenta de que la ando espiando. La señora es la que está buena. Tiene una hija que también se está poniendo bien buena. Nomás de acordarme se me para… el corazón.
—Qué se me hace que eres puto.
—Sí, pero bien que te lo zambuto.
—Presta pa’ca el refresco, ya te lo estás acabando… no mames, ya le echaste pescados. Ya no quiero.
—Pues toma agua, allí hay mucha —dice Andrés, encaminándose hacia su recámara.
—Vente por acá, es por mi cuarto, pero… ya deja de masticar.
—Espérate —chom—chom— que se me atora.
—Tú sabes que las morenitas son mis preferidas y esta señora bronceada es un encanto.
Mira, allí está alistando su toalla y sus cosas; de lejos se ve que nomás no la hace, pero de cerquita… Ven, mira, asómate por aquí —los dos jóvenes se entusiasman, atisban la escena por el orificio.
—¡Uta!, pero estorba ese árbol y.… se ve la regadera… ¡ay güey!, ahora sí ya la vi —dice Daniel con balbuceo entrecortado.
—Se está alistando apenas. A ver, deja ver a mi vecinita, hijo’desu, ya se me está alocando el corazón.
—Qué se me hace que eres p…
—¡Cállate ya, que van a escuchar los ruidos! Ya encendió las llaves y ya se va a meter a la regadera, hijo’desu, ya se metió y se está mojando el cabello… y el agua escurre por todo su cuerpecito…
—¡Quítate, deja ver!
—Se me hace que mejor vamos por allá afuera, se ve más de cerquita y no te pierdes nada del show.
—Mami, báñate rápido, que sigo yo. La cena ya está lista, dejé hirviendo los frijoles, pero le bajé a la llama.
—Sí, hija. Ve a la tienda por un litro de leche y pan de dulce. Si ves viejos feos en la refaccionaria mejor te regresas, no sea que te vayan a decir majaderías.
—¡Ay, ma! Ahorita que está bien interesante
—¡Ay, ma! Ahorita que está bien interesante la novela.
—Ni modo, hija, si no vas tú, ¿quién más? Yo ahorita no puedo.
—Voy ahorita que estén los comerciales.
—Mejor apágale a los frijoles, no sea que se quemen como el otro día.
La mujer se enjabona. Pasa el esponjado estropajo por sus tersas y firmes piernas. La espuma se desliza por su piel cobriza, sus pechos cuelgan y se mueven. La mujer piensa:
—Andrés ha de estar viéndome. ¡Ja! Con lo que me encanta ese chamaco, si tuviera yo menos años… o él tuviera más años… las cosas serían distintas, sería el amante perfecto… sí, eso me hace tanta falta ahora que me dejó José y se casó allá en el otro lado con una gringuita. Pero ahora no puedo iniciar un romance; así con esto que me pasó, ando en lengua de todos. No sé por qué me gusta tanto que me vea, me siento deseada, me excita el tener encima su mirada furtiva. ¡Ja! Si supiera mi hija… Se me hace que este cabrón también anda espiando a mi hija, no, eso no quiero, le voy a decir que ponga algo en la ventana.
—A poco nos tenemos que subir al árbol.
—Pues sí, sólo así se ve de cerquita.
—¡Ora pues, trépate tú primero!
—¡Sst! Cállate, no hables tan fuerte, si nos llegan a cachar te voy a poner tu merecido —el joven aprendiz de chango escala el árbol hacia la rama más cercana, el otro joven se queda en la penumbra.
—Ma, ya vine, no traje cambio porque me compré unas papitas, ahora sí ya déjame ver mi novela.
—Aja —contesta la bañista y reflexiona— ha, si supiera esta hijita lo que cuesta ganar el dinero, pero yo tengo la culpa por chiplearla tanto, pero… si no es a ella, ¿a quién más? En eso escucha un crujido de ramas y una caída como de costal en el patio del vecino.
—¡Hija, ¿qué fue eso! —grita la mujer.
—¿Qué cosa, ma?
—Un ruido en el patio de los papás de Andrés.
—Déjame ver. —la jovencita se asoma al patio, atisba todo. En la penumbra escucha algo.
—¡Miau!… ¡Miau! —las guturaciones felinas de Daniel salvan a Andrés. Andrés, aguantándose todo dolor, se queda oculto tras la enredadera.
—No era nada, ma, sólo era un gato brincando por las ramas.
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