Edgar Sánchez Quintana

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Relatos al borde III

Edgar Sánchez Quintana

 

Índice

Contenido

Índice. 2

Prologo. 3

Laguna bustillos. 4

El regalo de navidad. 10

Lamia. 13

Las lágrimas se zafaron desde la noche de enero. 14

El espanto del Zahuapan. 17

El abrazo. 19

Malintzi 22

Amor 23

La Gelatina. 24

La búsqueda. 26

Todo es igual que siempre. 28

Una vida es suficiente. 30

El regalo. 32

La Turista. 33

Prologo

En Relatos al Borde III, el autor nos sumerge en un universo donde lo cotidiano se entrelaza con lo inesperado, y donde los personajes, atrapados en circunstancias aparentemente simples, se enfrentan a sus deseos, miedos y contradicciones. A lo largo de estos cuentos, la escritura se distingue por su capacidad de captar la esencia de lo humano, explorando las profundidades del alma con una prosa cargada de detalles sensoriales y simbolismos que invitan al lector a reflexionar sobre la naturaleza transitoria de nuestras experiencias.

Cada relato, desde la inquietante quietud de una conversación hasta el frenesí de un encuentro inesperado, está impregnado de una tensión latente, un recordatorio de que la vida, en su aparente normalidad, puede dar un giro brusco e imprevisto. La exploración del deseo, la soledad y la inevitable fragilidad de las relaciones humanas son temas recurrentes que se entrelazan con la ironía y la tragedia, creando una experiencia literaria rica y envolvente.

Este libro no solo nos invita a leer, sino a sumergirnos en un viaje emocional donde lo extraordinario emerge de lo ordinario, y donde cada historia es un reflejo de nuestras propias inquietudes y deseos. El lector encontrará en estas páginas no solo entretenimiento, sino también una invitación a cuestionar y a maravillarse ante los misterios de la vida cotidiana.

Disfruten del viaje, porque cada cuento es un borde al que vale la pena asomarse.

Laguna bustillos

“La pobre gente siempre está

Dispuesta a dejarse embaucar.”

Alfonso Reyes

—Trato de alcanzar las cosas, de escudriñarlas, de entender los significados. Encuentro un infinito de simbolizaciones, de elementos, de sentidos, y el mío no está; tal vez sea, que la idea es no encontrar el sentido en este momento, sino en otro. Sea por Dios. Que sea otro el que encuentre los significados y los porqués, pero… ¿Yo que hago aquí en este Estado, que es lo que se persigue al estar trabajando en esta fábrica como ingeniero, para qué estar en este pueblo o bien para qué estar en aquel Estado de donde soy, que cosa perseguir, ¿cuáles son los objetivos a alcanzar?

—Los sueños siempre han sido los mismos: seguir trabajando para ser alguien en la vida, aprender más sobre mi oficio, continuar con el sueño de inventar y obtener patentes, y tener la suerte de que alguna tenga éxito. Continuar con el sueño de ser feliz, de hacer feliz. Dentro de mí hay una desesperación por intentar mover las cosas o hacer que se muevan como nosotros queremos, este es el espíritu de los jóvenes, o de los aventureros; es como tratar de encontrar respuestas inmediatas a las cuestiones que cada uno tiene en la cabeza.

—¿Por qué estamos siempre con la idea de que la vida es una carrera, o como una competencia en la cual hay ganadores y perdedores? Donde hay cosas adquiridas y cosas por adquirir y la cuestión de siempre es cómo conseguirlas y cómo salir airoso y bien librado; o sea, un ganador. Una de las virtudes del hombre debe ser la de saber esperar, aguantar cualquier cosa, dejar pasar, permitir que los hechos se den, que la realidad actúe sobre nosotros, que nos impregne con su espíritu.

Manuel Murillo Peregrino, ingeniero en sistemas de producción, había llegado hacía más de dos años a la población de Anabajuc en el estado de Durango. Había sido contratado por la fábrica papelera “La Sulfurosa” para mejorar los tiempos de producción y automatizar el área de repulpado; como no había más que esperar a que la empresa estadounidense I.B.M. mandara los sistemas informáticos operativos, Manuel ocupaba el tiempo que le quedaba libre en su proyecto de robótica.

Observando a la empleada que limpiaba la oficina, Manuel bromea con sensualidad. En el monitor de la computadora aparece un protector de pantalla.

— ¡Mira, he dejado la puerta entreabierta para espiarte las piernas!

Ya…. ya no — Cerrando, y con una risita, la muchacha coqueta continua su faena.

Con esto, se confirmaba que Manuel tenía aptitud para conquistar a las mujeres, pero su mayor habilidad era la invención. Desde chiquillo había sido un niño inquieto y muy despierto, había inventado de niño un rifle corto de madera cuyos proyectiles eran corcholatas, así como una bazuca hecha con: botes de jugo ensamblados, una pelota de esponja y alcohol como combustible; también había ideado un sistema térmico para calentar agua mediante energía solar, ora bien barcos y submarinos que se desplazaban con energía calórica o mediante el proceso químico de una pastilla efervescente entre otras decenas de invenciones; el resultado de ese pensar creativo fue su tesis de  ingeniería: “Equipos de autosuficiencia, sin requerimiento de medios de apoyo. La robótica aplicada en los medios subacuáticos”. Dicha tesis (como sucede con muchas) fue ignorada por los colegas, pero no fue impedimento para que el ingeniero Murillo continuara con sus investigaciones y era lo que estaba haciendo en sus horas libres, tanto en la fábrica como en su departamento.

El arrendador de su departamento era una persona jocosa y jactanciosa que se las daba de vivir como se debe y nunca terminaba de fanfarronear, cosa que al ingeniero Manuel le molestaba. Al ver el protector de pantalla y sorber un poco de café recordó las palabras de su arrendador:

—Pues vera inge, en la vida se encuentra uno con imbéciles, como ese pariente jodido que tengo, el que vive en la esquina, y existen otros que quieren serlo. Afortunadamente no tienen que esforzarse…Sí… así es la vida, los hijos son cosa seria, pero a los turulatos les encanta traer niños al mundo. Cuando los niños llegan, se pasean bien cómodos con sus padres…”

Manuel giró la cabeza y volvió a observar a la muchacha que hacía el aseo pasando un trapo por los archiveros. En tanto un empleado deja el periódico en la mesa de servicio sobre las tazas de café. Se empuja hacia atrás y la cómoda silla se desliza sobre las ruedas.

El ingeniero alcanza el diario e inicia la lectura. Los encabezados se lucen de pesimismo ante una segunda “tormenta del desierto” en el Medio oriente. En los deportes, los Lakers son los favoritos para salir campeones en la N.B.A. En las noticias locales, el acontecimiento de las últimas semanas es el avistamiento de un monstruo marino en la laguna Bustillos. Algunos diarios de alcance nacional han mandado corresponsales al pueblo de Anabajuc.

—Raquel, ya se enteró de lo que se dice en el periódico de un monstruo, aquí cerca, en la laguna.

—Sí, a poco no se ha enterado inge. Si ya todo el pueblo está medio asustado y ya ni quieren ir a pescar.

— ¿Entonces sí es cierto — mintiendo el ingeniero, continua — eso del monstruo?, ¿No será una ilusión, u otra cosa?

—No inge, si hasta yo ya lo vi, era un monstruo…pos… grande y verde que sobresale sólo una como joroba con escamas, y cuando sale empieza a oler muy feo como a azufre.

— ¿Y te dio miedo cuando lo viste?

—Pos me dio como escalofrío cuando vi la joroba y luego me tapé los ojos, y cuando me los destapé de nuevo ya no había nada.

—Bueno pues, será el sereno. ¿Y cuantos lo han visto?

—Pues ya casi todo el pueblo, ya hasta la que vende las memelas aquí afuera de la fábrica se pone allá, cerca de la laguna, a eso de las doce y media de la noche para venderles a los que quieren ver al monstruo.

El ingeniero se queda callado, pasando la vista en el periódico que tiene en la mano. Hace una mueca y sonríe. De reojo observa el monitor de la computadora; en la pantalla hay ventanas volando. El ingeniero rememora todo el equipo tecnológico que ocupó para crear ese monstruo mecánico. El ingeniero Manuel se acuerda cuando estuvo trabajando noche y día para crear al monstruo que ahora funciona con equipos de autosuficiencia, sin requerimientos de medios de apoyo y que tiene tanto éxito en el pueblo. El monstruo se mueve con un sistema de robótica capaz de funcionar durante dos lustros sin la necesidad de mantenimiento y con la energía procesada de una manera generosa. Lo que no sabía el ingeniero Manuel era que había en las profundas grutas de la laguna un animal raro en su especie, era un monstruo que siempre había vivido allí. Era una especie de tortuga marina y manta. La energía acumulada del monstruo máquina hacía que el plancton se acumulara en su entorno e hizo que el animal raro en su especie atacara a la máquina con un choque eléctrico y quedara el monstruo—máquina, averiado en el fondo de la laguna.

—¿Dónde habrá dejado el ingeniero el recibo de la luz? — Se pregunta el arrendador mientras introduce la llave del departamento del ingeniero —.  Al entrar se da cuenta que el ingeniero estuvo o está ocupado en un trabajo de ingeniería, y sobre el escritorio una maqueta de una máquina tipo submarino, con distintos dispositivos. Además, el proyecto del monstruo, que en ese momento estaba en boca de todos. Ahora se daba cuenta de muchas situaciones que habían pasado con el ingeniero Manuel Murillo. Encontró el recibo de luz y salió a pagarlo. De regreso tenía que pasar a la junta con los ejidatarios.

—No sabemos nada, nunca habíamos pasado por una situación como ésta — dice un ejidatario entre los muchos que hay en la reunión —. El salón se nubla de humo de cigarrillo y el sudor mezclado de los hombres de campo hace un ambiente campirano.

—Pero queremos respuestas — asevera un exigente.

—Yo aparte de tener los problemas de la cosecha, de mis animales y de mi casa, ahora tengo que resolver los problemas de la naturaleza — pronuncia un quejumbroso.

—Yo propongo que lancemos dinamita al fondo de la laguna para acabar de una vez por todas con el problema.

—Yo sugiero que vayamos a matarlo.

—Y a mí me gustaría darle un escopetazo — sugiere otro salvaje.

—Yo quiero probar la carne, dicen que lo más añejado tiene buen sabor — aconseja un hambriento.

—No hay que pasar por tontos. Lo que ha estado pasando en el pueblo es de trascendencia nacional y ya en el hotel de Filomeno hay reporteros de Canadá, Estados Unidos y de España.

—Para mí, pues… que siga la cosa, las ventas se están elevando.

—No sean alarmistas. En la laguna no hay nada, sólo son chismes — declara un escéptico.

—La señora de la tortería ya hasta compró televisión nueva.

—Apiádate de nosotros Señor. Dios nos libre que sea alguna señal del Apocalipsis. ¡Se los dije!  Yo les dije que dios mandaría a quemar la cizaña. Yo les dije que leyeran la Biblia. ¡Yo siempre confié en la palabra del señor!

—Guarden silencio señores — se impone la voz del presidente municipal — Tengo que comunicarles algo importante. Número uno: se prohíbe andar en lancha después de las siete de la noche. Número dos: no vamos a matar a ningún animal, hasta que no recibamos informes de las autoridades correspondientes y de los investigadores que llegaron desde hace unos días.

—Esos nomás andan de metichis

—Sí, eso y nomás hora y ya quieren los cambios del pueblo.

— ¡Guarden silencio! Número tres: aléjense de la laguna por pura precaución. No sabemos si ese animal es peligroso y tam… — el arrendador interrumpe.

— ¡Yo sé lo que hay en la laguna! — el fanfarrón suelta su verborrea.

— ¡Tiene usted la palabra! — ordena el presidente municipal.

—Pues verán ustedes, yo tengo un inquilino que trabaja en “La Sulfurosa”, es ingeniero y se encarga en la fábrica de unas nuevas instalaciones en el área de repulpado. Ese ingeniero sabe mucho de máquinas y robots y de computación.  Resulta que esta mañana fui a recoger un recibo de luz al departamento de este ingeniero y descubrí que tiene una maqueta de un como submarino pequeño pero que tiene escamas y por dentro tiene sistemas como los que usan los robots y equipos de electrónica. Además, me encontré con un proyecto de un robot que iba a nadar en la laguna Bustillos. En los objetivos del proyecto está el de engañar a la gente del pueblo de Anabajuc. Ahora no me negarán que yo contribuyo a resolver los problemas del pueblo, que yo soy quien muchas veces tengo que enfrentarme a este tipo de situaciones.

—Pero cómo se llama el ingeniero.

—El ingeniero se llama Manuel Murillo Peregrino

— ¡Ha! Ese es el que anda persiguiendo a mi cuñada.

—Nombre, si también le anda haciendo arrumacos a mi hermana.

—Entonces este ingenierillo es toda una fichita. Aparte de burlarse de nuestras mujeres, “quiere burlarse de todo el pueblo con su robotito”.

— ¡Señores! Creo que nos estamos precipitando en las resoluciones de esta problemática. Debemos ver, no los problemas particulares, sino la paz y la concordia en el pueblo de Anabajuc. El pueblo de Anabajuc siempre ha demostrado unidad y trabajo. Por algo en la capital del estado, allá en Durango, siempre nos tienen en la lista de ayuda humanitaria y subsidios. En algo es debido a que la mayoría es priísta, pero mucho se debe a la unidad del pueblo. Ahora bien. Déjenme decirles que tarde o temprano sabríamos si fuéramos engañados con una cosa como ésta. Pero hay que preguntarnos primero si le conviene al pueblo de Anabajuc saber la verdad. Díganme, señores, si es conveniente para la comunidad entera que se sepa la realidad de las cosas. Ustedes mismos han dicho que esto del monstruo de la laguna les ha beneficiado. Y todavía está por venir una cantidad no despreciable de turistas a, dizque, a ver el monstruo. Pues en tal caso les conviene a todos el que venga turismo a este pueblo. En muchos casos ha sido un pueblo ignorado. Ustedes bien saben que en el tiempo de la Revolución sólo hubo bandoleros perdidos que se acercaban a unas cuantas casuchas alrededor de la laguna, y nuestro héroe, don Gumaro Terrazas, no es reconocido como héroe por tener algunas canas regadas. Pero… sometamos a votación el caso.

El ingeniero Manuel laboraba en sus últimos días en la planta. Al día siguiente llegaría el sistema operativo y para el día viernes se iría de Anabajuc para regresar de nuevo a su tierra. El ingeniero no volvió a saber nada de su invento. El pueblo de Anabajuc instaló a orillas de la laguna un centro recreativo con cabañas, asadores, un pequeño restaurante y, además, la renta de caballos y burros que ocupan en el campo. Los turistas llegan en fin de semana. Por la noche, cuando todo está en calma, llega un olor a azufre que nadie ha podido saber de dónde viene.

El regalo de navidad

 

En la catedral de san Antonio de los Arenales, la madera luce su riqueza en las molduras talladas y repujadas en pan de oro. El candelabro de hierro forjado, suspendido en la cúpula central, ilumina el entorno. Sus retorcidas formas rococó recuerdan a un arácnido de un mundo fantástico. A lo alto y en torno, la cristalera con vivos colores: el vitral de San Nicolás, el vitral de San José, el vitral del Sagrado Corazón de Jesús; la vidriera de la virgen Guadalupana, el vitral de santa Teresa del niño Jesús. En la piedra con destellos blondos, el rosetón, el cual deja pasar un rayo de luz que se estampa en una de las estaciones del vía crucis. Pronto será Navidad, y la pequeña ciudad ya refleja las festividades con las espléndidas compras que realizan los cristianos. Los comercios, adornados con árboles, esferas, series de luces, Reyes Magos y otros adornos decembrinos, irradian un ambiente festivo. Es la luminosidad en algarabía, el colorido festivo —bermellón, verdemar, dorado, plateado, azul, guinda—. Las tiendas céntricas se visten de Navidad. Los niños que harán su primera comunión se han ido luego de la posada. En el atrio de la iglesia han quedado guijarros de piñata rota. La basura de cacahuetes, galletas, naranjas, cañas, tejocotes; son el panorama después de la verbena. Dentro de la iglesia, una decena de cristianos permanecen en oración, entre ellos los niños Alonso y Edgar.

Alonso, hincado y aburrido, pensaba en lo mucho que le fastidiaba estar rezando oraciones cuando preferiría estar con sus amigos.

—Si no fuera porque tengo que esperar a mi mamá. Chirrión, ya ni voy a rezar… Santa María madre de Dios ruega por nosotros, los pecadores, ahora por la hora de nuestra muerte. Amen. ¡Ya! Gracias a Dios que ya terminé de rezar… mi mamá me dice que si hago oración y le pido con mucha fe a Diosito me concede lo que yo pida… eso está bien difícil. A mí me gustaría que mi papá ya no sea alcohólico, me gustaría que Diosito le quitara a mi papá las ganas de tomar y de emborracharse, eso sí estaría bien, pero no, yo lo que quiero de regalo de Navidad es un tren con su vía y que funcione con pilas y que apagando la luz se vea el foquito de la locomotora ¡hijole! Que padre. Le construiría un túnel y unos puentes bien suaves. —Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, vénganos tu reino, hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo… — hace oración Edgar, otro de los niños que se ha quedado después de la verbena — Diosito quiero pedirte, bueno, si se puede, bueno Diosito mejor ni te pido nada, bastante trabajo has de tener con esto de la Navidad. Bueno, lo que quiero se lo puedo pedir a los Santos Reyes Magos, ellos yo creo que sí pueden…no… yo creo que mejor no pido nada. En mi familia somos un chorro, somos once de familia y si nada más me llega a mí el regalo no es justo porque los demás hermanos van a sentir feo de que nomás a mí y porque a ellos no, tal vez por eso, en Navidad nunca nos llega ningún regalo de los Santos Reyes Magos. Mi mamá en la cena de Navidad hace rica comida y ponche y cantamos canciones y nos toca a cada uno un refresco completo… mi mamá dice que somos pobres, a mí me hubiera gustado haber nacido en una familia rica donde en las Navidades hubiera muchos regalos y juguetes y hubiera mucha comida para todos, pero todo el año. Mi papá dijo que iba a comprar colchones nuevos y unas literas para esta Navidad, hijole, que bueno, porque en la noche me destapan o amanezco orinado por culpa del otro hermano. Bueno Diosito, creo que soñar no es ningún pecado. A mí me gustaría de regalo un tren de pilas y que tuviera muchos vagones, con él podrían jugar todos mis hermanos y lo podríamos poner allá junto al montón de arena y cuando ya no quisiéramos jugar al trenecito cada hermano podría agarrar un vagón y jugar con él como si fuera un coche, le pediría a mi papá que trajera de la fábrica donde trabaja de esos tubos de cartón que son desperdicio, y con ellos hacer puentes y ciudades y luego jugar en la noche con el tren y verlo como va por la vía jalando los vagones y los vagones: anaranjados, verdes, negros, amarillos y que alguno traiga animales como: caballos y burros y camellos y que traiga pintado al maquinista con una pipa en la boca. —No, pero qué tal si llega mi papá todo borracho — especula Alonso — casi cayendo y me lo destruye… pero ya se van a divorciar, ya para qué. Yo lo más seguro es que me vaya a vivir con mi abue, con ella si estoy a gusto, aunque es muy enojosa porque no le gusta que haga tiradero. Mi papá el otro día escupió sangre, dice que porque tiene llagas en la lengua de que a veces la trae muy seca. Mi mamá ya no tarda en venir por mí. Mi mamá dice que nunca nos va a faltar nada, que ella va a dar todo lo necesario para lo de la escuela y todo lo demás. De lo de la cena de Navidad la verdad quien sabe, mi papá seguramente va a empezar a tomar desde un día antes, y después se va a poner a discutir con mi mamá y yo voy a pasármela metido en mi cuarto. Mi abue hace mucho tiempo que no pone pie en mi casa. Yo creo que con el tiempo me voy a acostumbrar a pasar Navidades tristes… como me gustaría tener una familia como las que salen en la tele en estas fechas donde en la cena de Navidad hay un gran pavo relleno y regalos y el papá se alegra por lo del santo Clos u después el papá juega junto con el hijo con el trenecito que le trajo el santo Clos o con lo que le haya traído… y todos son felices en estas fechas… mi mamá ya no ha de tardar — el niño se asoma a ver la entrada de la iglesia. Al portón se acerca una señora con escoba. Recogerá la basura del atrio. —Bueno pues — Edgar Reflexiona — quien sabe, Diosito… mejor ni te pido nada… bueno, si se puede. Lo que me gusta de la Navidad es deque nos toca un refresco a cada quien y comemos pollo en pipián y comemos buñuelos y juntamos la colación que nos dan en otros lados y con todo eso hacemos una piñata y la quebramos entre todos. ¡Y dale, dale, dale, No pierdas el tino!… y lo del trenecito pues a ver si me lo traen los Santo Reyes, pero si no se puede voy a ir juntando con lo de la venta de los periódicos y con eso me lo compro — el niño continúa su introversión, de reojo observa a una señora que pasa, es una señora bien vestida. Toca el hombro del niño que está hincado unas bancas más adelante. Es la mamá de Alonso. Alonso se persigna, la mamá hace lo mismo y salen de la iglesia. Edgar se queda sentado, pasa la señora con la escoba y dice: —Ya nada más voy a dejar la escoba y a despedirme del padre, ahorita ya nos vamos — comenta en voz baja la señora. Es la vecina de junto. En Navidad, Alonso la pasó encerrado en su cuarto, la cena se quedó allí. Por el disgusto, seguramente el santa Claus no quiso molestar o se le olvidó dejar el regalo y no hubo. En la casa de Edgar hubo una cena de Navidad con pollo, ponche, una litera con colchones que olían a nuevo; pero, no hubo regalo. Los Santos Reyes seguramente decidieron no traerle a nadie juguete porque están caros.

Lamia

“…Robert Burton narra la historia de una Lamía,

que había asumido forma humana y que sedujo a un joven filósofo

‘no menos agraciado que ella”. Jorge Luis Borges

Diosito me dio la oportunidad de soñarte, y allí es donde te encontré, quería que fueras parte de mi voluntad. El deseo de poseerte ha sido de tiempo atrás, como cuando eras niño y tu madre te espantaba con el hecho de que yo te llevara. Seguramente con los años pensaste que no era yo más que una fantasía, el mito que se crea para controlar las travesuras de niños malcriados. Existo. Soy parte de este contexto, el mundo donde tú vives y de otros mundos que ni siquiera te imaginas. Negar mi existencia suena insustancial. Soy la entidad que gobierna mentes, o acaso, ¿Podrás negar que te tengo atrapado?, ¿Qué no acaso mi voluntad es exactamente ese albedrío que según piensas es tuya, más, sin embargo, no lo es? Carezco de la facultad de hablar. No importa. Puedo dominar las mentes y hacer que la imaginación se conduzca como yo quiera. Pondré un ejemplo para que no dudes de mi existencia. Escribe e imagina un cuarto. Lo tienes, bien; el cuarto que tú imaginaste es más o menos de cuatro por cuatro metros y la altura aproximada es de dos metros, ahora bien, imagina y escribe una mesa en medio de ese cuarto, lo tienes, bueno pues, la mesa que has imaginado es o bien de fierro o bien de madera y tiene cuatro patas y la forma de la mesa es rectangular. Has escrito he imaginado lo que yo quiero; mi voluntad se ha expresado y tu mente ha sido mi herramienta. Lo ves Edgar, ahora ya deja de creerte un hombre creativo. Todo ha sido mío, ha sido la experiencia que he tenido en otros mundos, ha sido mi vida, mi voluntad. ¡Y Aquí estoy y no podría estar en otra forma! Sin mí eres una nube a punto del desmayo o como un bagazo. Ya puedes empezar a sentirte frustrado, al fin y al cabo, eso es lo que yo deseo. Quiero que te sientas como una costra. Es más, así como te he seducido, también he atrapado a los lectores. ¡Oye tú! Sí…………tú…………quien está leyendo, pensabas que no me había dado cuenta, también has caído en el juego, en el garlito. Te he atrapado. Quizá continúes leyendo o puede que no, lo importante es que ya hiciste la lectura anterior y al darte cuenta de mi presencia se libera tu albedrío. He de presentarme para no ser descortés. Soy Lamia. La hechicera.

Las lágrimas se zafaron desde la noche de enero

Antes de que pudiera intentar alguna otra cosa, Martín Barrios fue invitado al bautizo, aunque pudo bien quedarse en casa, viendo “tele” como lo tenía pensado, pero su boleto de ociosidad se acabó al cocinarse la tarde. Llego Patricia a invitarlo; ella finalmente no iría a la boda de Mónica en Puebla porque la habían dejado sus parientes por haber salido tarde del trabajo. Patricia llegó a la casa vestida para una boda, su vestimenta también le servía para una fiesta de bautizo y ella como se le conoce, no es de las que se quedan como “el perro de las dos tortas”. Patricia tenía la seguridad de que ese sábado estaría en una fiesta. Había muchas diferencias entre las dos fiestas, pero Patricia no era fijada al respecto, le daba igual en cierta manera hacer bulla durante el “bolo” que durante “la víbora de la mar”. Eran celebraciones y en cualquiera de ellas se divertiría, comería muy bien. Para Martín Barrios era la cosa diferente, tal vez se podría decir que opuesto, a él le molestaban las fiestas y prefería quedarse en casa viendo la tele o rentando películas, además de que lo más seguro es que en el bautizo se encontraría con Verónica, el amor platónico que una vez conociera en la cena de compromiso de uno de sus primos y que desde ese entonces jamás olvidaba. El aseo de su recuerdo lo hacía decidir por esa tediosa alternativa. Pero que sin embargo prefería el sacrificio de no verla — incluso en las fiestas de bautizo — a recibir de ella un desprecio o una decepción. La fiesta iniciaba justo cuando llegaban y Martín Barrios sintió un sudor frío y la agitación profunda hasta la médula porque allí estaba ella, en la sala platicando con una de sus hermanas. El banquete consistió en: arroz, barbacoa, carnitas a la mesa con salsa verde, roja y guacamole, refrescos (entre ellos la incansable Coca Cola) aparte de los vinos tradicionales y refrescos de cebada. La lona cubría la zona, era parte del patio y llegaba a proteger del clima airoso y soleado del mes de Enero Tlaxcalteca. A como llegaban al convite se les servía. La fiesta se llenó de risas y encuentros inesperados. Los ojos habidos de los invitados observaban al comer, la carne jugosa, oliendo rico, deleitando su lengua culinaria con la masticación de los manjares tradicionales. La gastronomía de la casa cerraba el ciclo de alimentarse con la cuba y para los niños la bolsa de dulces. La fiesta continúo hasta entrada la noche. Al final de cuentas Martín Barrios bailó con Verónica, ella lucía un vestido verde muy entallado con escote a la espalda, las zapatillas eran color esmeralda. Ella sabía cuánto la quería Martín Barrios, pero la imposibilidad estaba en que el papá de ella no aceptaba dicha relación por cuestiones de creencia y por diferencias entre las dos familias. Martín Barrios recordaba su situación económica y esa era otra de las imposibilidades para dicha relación. La noche lucía perfecta y la música invitaba al baile. Verónica quería bailar. Había pocos hombres solteros en la fiesta y los que había ya estaban apartados. Verónica veía con insistencia a Martín tratando de decir algo con su mirada. El observado permanecía sentado en el sofá y por el rabillo del ojo percibía la mirada de ella. Verónica platicaba con su hermana menor, se reía de manera evidente para llamar la atención del hombre mientras observaba a los bailarines en el jolgorio. De pronto se hizo el huateque haciendo la larga cola de hombres y mujeres al compás de la tonada cumbiambera, los más jaraneros invitaban a los sentados al relajo y halaron a Verónica e inmediatamente a Martín, de esa manera coincidente quedó ella tomando a Martín de la cintura, al ritmo, ella movía sus manos en la cintura, él por el momento gozaba teniéndola cerca, oler su perfume y percibir de vez en cuando el aroma de su cabellera. Cambió la dirección del círculo de personas en forma de cola y fue cuando Martín tomo a Verónica del talle, percibía con las manos la estrechez de su cintura, esa parte del cuerpo y abajo observaba sus zapatillas verdes y las medias negras maquillando sus piernas estilizadas. Verónica era una mujer hermosa, era delgada, pero con una cadera suficiente como para enamorarse de una vez por todas, de las piernas puedo decir que le sacaba suficiente provecho para verse mujer sensual, deseable, erótica. En ocasiones usaba las medias súper transparentes con dibujos tras la pantorrilla o con una línea más obscura a todo lo largo en la parte trasera. Pero cuando hacía frío prefería las mallas azul cielo o bien blancas. Después Martín la invitó a bailar, bailaban y él no dejaba de admirar cada parte de su cuerpo, sus movimientos, el meneo de sus senos junto al pecho de Martín. El viento soplaba de manera permanente en el altozano sureño de la ciudad de Tlaxcala. El aire arreció hasta lograr un apagón en la colonia. Los invitados gritaron al unísono. A Martín le gustó escuchar a las mujeres gritar en el apagón y en sus brazos Verónica sujetándose fuertemente de él. Martín Barrios aprovechó la ocasión para besarla. La temible sombra fue testigo de la caricia bucal, los labios se unían y él exploraba con sus labios las comisuras de ella, con la lengua buscaba el calor, la miel de su abertura. Eran los belfos unidos por el deseo y el arrullo más sublime, más completo. El acunamiento más entero de las almas para demostrar el cariño. Había un susurro en las bocas que ambos no percibían pero que equivalía al anhelo por compartirse, por entregar su ser al otro. Martín intuyendo algo dejó de besarla, pasó un minuto y fue entonces cuando todo foco en la fiesta se expresó según su capacidad. Adrián Moncada Ordóñez era el celoso padre de Verónica, cuando la vio bailando con Martín Barrios la ira se le acumuló en los dientes. Su irritación se formuló al calor de las sorbeteadas copas de vino añejo. Hubo varios. Entre ellos su esposa que lo contuvo y convencieron a serenarse al ebrio. —Mejor deberíamos dejar hasta aquí la cosa — dijo Martín estando al centro de la pista provisional y observando las discusiones del borrachín. —A qué cosa le tienes miedo, ¿A enfrentarte con mi padre? —La mera verdad a mí no me interesa ponerme a discutir nada más porque bailo contigo. Así es que como tú quieras, cada quién por su lado o le seguimos. —O sea que no enfrentarías a mi padre por mí. —Bien sabes que te quiero, pero si me enfrento a tu padre no sé lo que ocurra, él tiene su carácter, y pues yo también tengo mi carácter, y si queremos hacer coincidir las dos diferentes formas de pensar, es simplemente difícil— Una guitarra sonorizó de diferente manera la estancia y los más tomados lanzaron sus respectivas exclamaciones charras. Las costras etílicas de sus alientos embriagaron el esófago de Martín. Verónica tomo tres copas, las suficientes como para sentirse mareada y a la vez contenta. No pudo conducir su auto al final de la fiesta, pretexto para que Martín se ofreciera para hacerle el favor. El auto circulaba por la carretera. La noche airosa se refrescaba con el ambiente húmedo. Ambos no encontraban la manera de iniciar una conversación sobre sus sentimientos, pero hablaban de cosas sobre el clima. Al llegar al destino y estacionarse, sin contratiempo Martín le arranca un beso y la abraza, las manos de Martín Barrios se posan en las piernas, sus manos sienten el tejido de las medias y roza a la altura de las corvas la costura. —Espera no, no lo hagas, me haces sentir mal. —Tú sabes bien cuanto te quiero. Verónica, te necesito, vamos, ven, necesito quererte. —Pero tú sabes cuantos problemas ha habido, esto no puede ser, mi padre no lo acepta, y esto no es más que un juego tuyo. No sé porque me pasa esto, pero ya no aguanto la situación, los problemas de mi casa, del trabajo, aparte los gastos y las deudas que tengo, tú no sabes que difícil se me hace la vida. Quisiera escapar, irme lejos, terminar con todo, pero antes que nada está mi padre, mi familia, ellos son todo para mí y tú no eres para defender el cariño que me tienes, eres un cobarde, eres un tonto, y fíjate que así dice mi padre: que eres un perfecto idiota, que no sirves para nada, que eres un pobre diablo, que no tienes nada, que eres un imbécil que no sabe valorar las cosas… en fin… — Sobre la mejilla izquierda resbala una lágrima producto del sentimiento y de las copas. El hombre queda enternecido por ella, por el momento. Se acerca a la mejilla y besa la lágrima que aun estando en movimiento resbala adentro, a las comisuras de los labios y es allí donde atrapa la gota.

El espanto del Zahuapan

El río siempre ha estado allí, pero lo que apareció fue reciente y muy inesperado. Los antiguos tlaxcaltecas lo sabían, aunque nunca pudieron expresarlo. El río Zahuapan ha sido, desde antes de que se edificara la ciudad, parte integral del paisaje de este sitio anclado en el altiplano mexicano. En sus inicios, el agua era cristalina, pero con el paso de los años se transformó en un líquido turbio y contaminado.

Yo estaba presente cuando instalaron las barreras de contención, que en ese momento me parecían exageradas y colosales. Se construyeron enormes muros debido al constante peligro de desbordamiento durante las tormentas. Estudiaba en la escuela primaria Emiliano Zapata, y recuerdo que colocaron un rompeolas cerca de la escuela, aunque no soportaba los embates del torrente.

La escuela, el río y sus alrededores están llenos de historias, algunas de las cuales dejaron una huella profunda en mi vida. Los recreos eran una constante fuente de diversión; cada uno era único, lleno de acontecimientos, desde jugar con amigos y patear una pelota hasta corretear a la niña simpática del salón. A veces, escapábamos a jugar en la “playita”, un lugar solitario formado por la arena dejada por el río.

A unos setenta metros de la escuela, se encuentra el puente rojo, famoso por su nombre. Esta estructura carmesí conecta la región norte de Tlaxcala con el centro. A su lado, se encuentra la fábrica Zahuapan, una maquiladora de telas. Con el tiempo, nos acostumbramos a los sonidos y vibraciones de la fábrica, incluso llegamos a conocerla por dentro.

La fábrica tenía un drenaje amplio que se unía al desagüe pluvial de la avenida Guridi y Alcocer, que terminaba en el río. Para los niños, este sitio era toda una aventura, conocido como “la cueva del diablo”. Mi hermano Damián era intrépido y disfrutaba asustando a los demás niños cerca de la cueva.

Para entrar, teníamos que bajar el muro de contención, pisar piedras y luego la arcilla. Entre los huecos y la basura se escondían los nidos de ratas, y enfrentarlas era una prueba de valentía. Caminábamos junto al muro unos veinte pasos hasta llegar a la balaustrada indómita. Allí, el sonido de un aire extraño resonaba, parecía que algo hablaba desde dentro de la caverna. Mi hermano Damián lideraba el grupo, animándonos a mí y a otros tres chicos, pero todos quedábamos estremecidos al ver la silueta de lo que parecía ser el hijo de la llorona.

El sonido misterioso y la silueta al final de la cueva parecían acercarse cada vez más. Los niños se miraron unos a otros, sin saber si retroceder o avanzar. De repente, una corriente de aire frío atravesó la cueva, empujando un olor a humedad y descomposición. Damián, siempre el más valiente, decidió seguir adelante, pero antes de que pudiera dar un paso más, una figura emergió de las sombras. No era el hijo de la llorona, ni un monstruo, sino un anciano, su rostro arrugado y cubierto de tierra, sus ropas harapientas. «Este río me lo arrebató todo», murmuró, su voz ronca y quebrada. «Mi familia, mi hogar… todo se lo llevó el agua». Los niños, sorprendidos y asustados, se quedaron congelados en su lugar. El anciano les contó cómo había perdido a su familia en una inundación años atrás y cómo había jurado vigilar el río, atrapado entre la vida y la muerte. Antes de que pudieran reaccionar, el anciano se desvaneció en el aire, como si nunca hubiera estado allí. Desde ese día, los niños nunca volvieron a jugar cerca del río, sabiendo que había algo más profundo y oscuro en sus aguas de lo que jamás podrían comprender.

El abrazo

No acordó nada, sólo sucedió a partir del cumpleaños de Ramiro. Ella no le daría el abrazo porque lo quería, —aunque a primera vista esto suene ilógico— sin embargo, Alejandra no podía ponerse en evidencia. Prefería guardarse ese deseo, verse recatada; aunque Ramiro sabía que cosa sucedía.

—Quiero comentarte algo —dice Ramiro acercándose a ella mientras trabaja en la cocina— pero no se lo digas a nadie porque Gabriela me dijo que no se lo dijera a nadie. —No, ¿cuándo me has visto que ande comentando las cosas? —Bueno pues, Gabriela me dijo que dos personas le habían dicho que tú eras mi novia. Una persona había sido su sirvienta y la otra persona no sé quién es, y pues, resulta que ella está celosa de ti. —¡Ah! Ahora ya sé por qué no me quiere hablar. Si antes me saludaba bien, me hablaba, y ahora ya no. —Lo que pasa es que, como comprenderás, ella fue mi novia, y creo que todavía siente algo por mí. Aunque no puedo negar que yo también siento algo por ella. No sé qué cosa es, pero creo que la sigo queriendo. Pero… necesito decirte otra cosa, Alejandra. También siento algo por ti, tengo ganas de atraparte. ¿Tú sientes algo por mí? —Pues sólo hemos sido amigos, y yo quiero que sigamos siendo amigos —dice la muchacha mientras que sus manos trabajan en los trastos y sus ojos observan al apuesto joven. Es evidente el enamoramiento al verle. —No, pero a mí no se me quitan las ganas de atraparte. —Pero ¿y por qué no me hablabas antes y ahora sí? Si antes de que me dejaras de hablar nos llevábamos bien. —Porque tú me dijiste que ya no te molestara. —No, pero ya no platicabas, y platicar no es molestar. —Pues sí, para mí sí, porque platicar con alguien es ya atrapar, y eso es lo que yo quiero. —No, somos amigos y quiero que sigamos siendo amigos. —¿A poco no sientes algo por mí? —Sí, pero sólo como amigos. —¿Qué acaso soy feo? —No, no eres feo. —Entonces… —Lo que pasa es que simplemente no puede ser… ya tengo novio. —No importa, podemos querer o a poco no —el joven toma de la cintura a la criada y soba esa parte. Ella se ha subido a un banco para poner algunos recipientes en la alacena. —No, ya déjeme. —Ya te había dicho que yo soy bien pícaro, o sea, bien travieso. —Sí, ahora ya sé por qué Daniel me había dicho que tuviera cuidado con usted. Yo le dije que usted no era así. —No, lo que pasa es que ellos ya conocen que yo soy bien travieso. Si he actuado contigo así es porque no quería hacer daño. Por eso, cuando me dijiste que ya no te molestara, ya no te molesté; pero ahora que sucedió esto que dijo Gabriela, voy a continuar. Aparte de otra razón que tengo. —¿Qué cosa? —¿Por qué no me diste mi abrazo de cumpleaños? —¿A poco quería que se lo diera? —Sí, eso era importante para mí, quería sentir tu cuerpecito cerca. ¿Puedo esperanzarme en que todavía me lo darás? —No lo sé. —¿Acaso no sabes lo que significa un abrazo de cumpleaños? Es el gesto de afecto por una persona, es el congratularse de que existe, es el demostrar un sentimiento, aunque sea mínimo. Pero como no has querido, te lo voy a arrebatar, y no sólo eso, sino que esos abrazos los voy a multiplicar por veinte, porque quiero atraparte. —Sí, pero yo no quiero. —Pues ni modo, ahora me aguantas, porque sabes una cosa: a Gabriela no le vas a cambiar la opinión de que tú eras mi novia, porque ella sabe que yo soy bien canijo. —Entonces está celosa. —Sí está celosa, ya te dije que me sigue queriendo, pero también creo que tú también sientes algo por mí. ¿A poco no te pongo nerviosa? Yo sé que sí, y no mientas, Alejandra. —¡Oh! Ya déjeme. —¿Qué, no te gusta que te acaricie la cintura? —No, me hace sentir mal. —¿Qué tanto es una caricia? Al contrario, las caricias hacen nacer sentimientos. —Bueno, pues dígame bien por qué no me hablaba si platicar no es molestar. —Ya te dije que para mí sí, porque con el verbo se seduce, se atrapa, y si hablo voy a guiar todo para atraparte, para que caigas, y eso es lo que voy a hacer, aunque no quieras, voy a andarte correteando y no te voy a dejar hasta que me odies. —No, yo nunca lo voy a odiar, pero… ¡ya déjeme!… ¿Por qué no va y molesta a Gabriela? —No, a ella ya la molesté mucho. Soy una pesadilla.

El joven se acerca mientras la sirvienta limpia la mesa y le toma la mano en cuanto pasa el trapo cerca. La corretea alrededor de la mesa. Alejandra, con una sonrisa amarrada a los dientes, corre con pasos cortos y sube por los escalones al primer piso. Ramiro la sigue pensando en una cosa: atraparla para arrancarle abrazos y besos. Para Alejandra, esto no es más que un jueguito de “al gato y al ratón”, un correteo infantil. Para Ramiro, va más allá de eso; quiere amarla y saber cuáles son sus límites, necesita conocer hasta dónde permite Alejandra el acercamiento. Antes de que peligre el sexo, lo evapora lascivo. Ramiro, en su relación con Gabriela, fue un volcán pasional donde el ganador fue él, en tanto que Gabriela recuerda buenos momentos y tiene un sentimiento de deseo, de querer a Ramiro, de desear tenerlo siempre cerca, de vivir todos los momentos juntos. Pero Ramiro no está dispuesto a perderse de las aventuras amorosas de la vida —él sabe que cachorra y alternada la vida se repite en vectores de sentimiento—, él ha preferido amar a muchas y compartir el amor con las que sean suficientes. Mientras, Ramiro ha entrado a la recámara de la sirvienta; al tratar de abrazarla, Alejandra se transforma en Gabriela a los ojos de Ramiro. Es el hechizo que ha formulado su exnovia para vengarse del “don Juan”.

Cuando Ramiro intenta abrazar a Alejandra en la habitación, de repente se detiene. Algo en su mente se quiebra al ver cómo la imagen de Gabriela se superpone con la de Alejandra. Las dos mujeres se funden en una sola en su mente, haciendo que Ramiro se sienta atrapado en su propia confusión. El hechizo de su exnovia no era uno de magia, sino uno de emociones no resueltas, de deseos no comprendidos. En un instante de lucidez, Ramiro se da cuenta de que no es Alejandra a quien desea, sino la idea de Gabriela, una idea que ya no existe en la realidad. Se aleja, dejando a Alejandra perpleja y sola en la habitación, mientras él se enfrenta a la dolorosa verdad de que ha estado persiguiendo fantasmas, incapaz de vivir el presente.

Malintzi

Nos conocimos cuando la inflexible clase de experiencias me acompañaba a las compras del mercado. Malintzi me saludó con su envolvente mentalidad de amor, y yo retrocedí ante su hermosura. Nos convidamos el alma y recorrimos, como amigos, la ciudad de Tlaxcala. Ella tenía una inteligencia ruda, y sabemos que la rudeza, aunque se vista de seda, y una pluma de quetzal, en el cabello, golpea fuerte. Se veía como una diosa caminando por la avenida Juárez. Fue entonces cuando, poco a poco y suavemente, se acumuló el porvenir en mi admiración.

Al pasear por las avenidas, Malintzi y yo correteamos como niños, reímos como locos. Su cascada de risas me embrujó hasta el orgasmo. Ella me platicaba de aquellos años de grandeza cuando era traductora. Me dijo que la longeva conciencia permanece atada a la existencia, y ella está, se queda como el viento o el aire de estas tierras. Ella es el alma de Tlaxcala. La cuna terrestre de su frescura estaba por quitarme el bigote de años; pero ella lo impidió con un beso. La observé con el rabillo prudente del fisgón; la tenaz antena del misterio me cubrió de besos. Paseamos por las colonias y después llegamos al parque, nos tomamos un café mientras hacía una propuesta de amor. Quería que compartiéramos el entusiasmo del erotismo. Mientras ella sorbía el café y oteaba mis ojos, yo engalanaba mi cuerpo, enchulándolo con el cautivante enredo de una sonrisa. Mientras, la locura sitiada en la ciudad, elegantemente se posesionaba del transporte público. Al llegar al hotel, el dependiente la reconoció y hasta se acicaló mi oído al escuchar su nombre.

Reconocimos en nave de besos el atardecer. Su indulgente mata de cabello me acogió como una caracola, como un hijo, como un amante. Ahora visitábamos nuestros sentidos, tocando accesos de placer. Sus senos me coronaron la intención de mis avaras manos. Como chupacabras, lamía el cuello. Su playa virginal me llamaba a viajar a su floresta. Desvestí la llamarada de erecciones en la estrella dilatada.

Esperé a que despertara la seda de su espalda para ponérmela de corbata. Pero cuando traté de hacerlo, se desvaneció bajo la sábana y sólo encontré de aquello una pluma de quetzal entre la almohada.

Amor

Cuando dejé de caminar, se acumuló el porvenir en mi consecuente mirada. Observé la cascada de entusiasmo de los transeúntes, y mis avaras manos alcanzaron la atmósfera. Me enverdecí de gusto. Las aguas de mi herencia me convidaron un zumo de locura. Los mediterráneos descalabros del pasado me perseguían, pero yo los enfrentaba como si fuera un toro herido. Las parroquias me acosaron, yo no quería, pero… a punta de compromiso fui a misa, y el virtuoso crucificado me obligó a ser puro amor. Me vi obligado a querer a toda la manada de: saltamontes, chimpancés, koalas, hormigas, chupacabras, cebras, iguanas. Utilicé todas las teorías, me hice de argumentos científicos para esta odisea. Almacené gran cantidad de besos y abrazos en mi cuerpo para donarlos, aquí bajo mi brazo, en el sobaco, abajo de la lengua, en el esófago, en el ronquido de mi voz, en los nervios, en la sonrisa, entre las aberturas de los poros. Mi tenacidad era tal que borboteaba como la sangre en un cerdo herido. La intrepidez fue tal que desaparecieron los hombres y se presentó ante mí el amor en persona. Amor me dijo que eso era demasiado. Que la locura había sitiado la ciudad y se había posesionado de la sustancia. Que el gran cenote de amor que quería escanciar pronto se convertiría en orín de hormiga; que aquellos en la ciudad lo beben sin consideración, despilfarrándolo en las cosas, en los cuchitriles, en la vacuidad, en las visiones que aparecen de repente, en la cara de los elementos. Amor me invitó a su mansión, y era el paraíso.

Estando allí, el Edén lucía la felicidad con un gran moño en el horizonte. Sólo con eso. Sólo eso, y se enredó la sonrisa en mis labios. Busqué un sitio donde convidar a la siesta a un paseo de sueños y me encaminé a sus arbustos, cerca del árbol de la representación. El árbol se alisó las ramas con un poco de viento e infló sus frutos con agua nutricia. Me embriagué de sueño, y la embriaguez me llegó hasta los pulmones, recorrió mis uñas, los tendones, el bigote, mi sexo y llegó a mi tórax. Y soñé que era un hombre llamado Edgar, licenciado en filosofía, y que vivía en Tlaxcala. Desperté de esa dolorosa pesadilla que había dejado una llaga en el ojo izquierdo. Cuando me despabilaba, llegó Amor y me dijo:

—Tú ya me aburriste con tu creatividad, prefiero que seas mediocre. Vete allá donde te encontré. Es verdad que no puedes dar amor a todo el que encuentres. Pero, aunque sea ve a dárselo a las putas en vez de estar aquí de holgazán.

Le hice caso y ahora estoy aquí destartalando mi sentimiento para darlo. Me he dado a la tarea de trabajar como un dulce en lengua de infante.

La Gelatina

Mi esqueleto se escapó por la ventana, se licuó entre la falda de la Malintzi y las sombras del entorno. Pensé en recuperarlo, pero necesitaba un recipiente en donde meterme. Me introduje en la pelota de mi sobrino, tan liviano como el aire. Mi acuosidad inicio en rebotes la búsqueda. Dejé atrás la estancia, impávida quedó al recordarme mis mozos años cuando en brincos sobre ella machucaba lo que ahora es piel de mis entrañas.

Recorrí el barullo del mercado, los gritos de los comerciantes me llegaron hasta los pulmones, ellos comerciaban con tal simpatía que remangaban la mitad de la cara con una risita fácil, espontánea y a veces muy vendida. Algunas veces esa risa deambulaba en mi jalea interior. Pregunte entre los comerciantes si habían visto mi esqueleto, y me respondieron que habían visto algo parecido por el lado de las tiendas de compraventa de fierro viejo. Llegué al sitio y engalanaba el lugar las horquillas, los picos, las estructuras de telares viejos, los caparazones de un chasis inocuo, los diferentes arietes, los báculos inactivos. Nada se parecía a lo que yo buscaba: mi osamenta.

Di con las autoridades, era una pérdida casi irreparable. Los oficiales diligenciaron cartas en el asunto; Tomaron mi declaración, pero argumentaron que era mía la culpa, que yo era el causante de dicha perdida, y que iba a pagar caro el haber dejado libre el esqueleto. Porque con un esqueleto suelto se corre el peligro de extinguir el calcio y otros minerales del planeta, que para eso se había inventado la carne como mediadora de la voracidad de las osamentas. La pena se pagaba con la muerte. Solo muriendo la carne moría su otra parte. Me desesperé, la razón fugaz de mi existencia se cosechaba al final como violencia. Quería huir, escapar, pero ya me habían etiquetado como pelota al paredón. Me imaginaba aquel muro salpicado de gelatina de muchos sabores, de colores, de consistencias, de esencias en gel, de masas orgánicas destartaladas en agua. Ese muro era la báscula del homicidio legal. No calculaba tal dolencia. Necesitaba un respiro. Opté por salirme del balón y escurrirme por la alcantarilla. No veía nada, sólo nadaba por los tubos de drenaje hasta llegar al río Zahuapan. Así estuve por varios años hasta que llegué a un paraje donde estaban unas vacas tomando agua a la orilla y allí estaba mi esqueleto, pastando con ellas comiendo codo a codo y chupaba con unas ganas increíbles, ávidamente, las ubres de las terneras. Parsimonioso me acerqué y sigilosamente le caí encima. Se encabritó de tal modo que indómito despilfarraba la fiereza al estilo rodeo, las viradas y saltos llegaban hasta las copas de los árboles — las reses saltaron la cerca y huyeron despavoridas — hasta que logré someter y domesticar.

Cada noche me tomo mi vaso de leche y las respectivas vitaminas. Ese es el convenio a que llegamos. Somos inmensamente felices.

La búsqueda

Me engalané el cuerpo, enchulándolo con el cautivante enredo de una sonrisa. Y todo para verte, mientras circulaba por la avenida “Te amo”, me diligencié un recuerdo de tu bronceado pecho y se perjuició mi mástil orgánico. Cuando llegue a la avenida del “Éxtasis” esquina “Sabanas Virtuosas”. Se me figuró todo negro porque en esa esquina se encontraba el puesto de revistas donde la nota principal rezaba: “Apañaron la inocencia de las mujeres arrancándoles su virginidad”. Cabizbajo recorrí el empedrado descendiendo la colina. Mi intención de preguntarte por el asunto se me azotó a la cara como un puñetazo, porque cuando abriste la puerta, la castidad la cargabas en tu pecho como un pabilo de corbata o un enjuto trapo rasgado. No pude más, no soporté verte así, la dolencia me extirpó las lágrimas, y las lágrimas rodaron cuesta abajo dejando un hilito húmedo en el cuello. Con la cavilación de unos meses se me agrego al entrecejo unos parientes que se apellidan: Talión Venganza. Convocamos a una junta para dar resolución al problema. Yo sería el hacedor. Decidí hacerme de un laboratorio al estilo alquimista porque de la tecnología de punta se tenían serias dudas para resolver el dilema. Mezclé las esencias de las rosas, con el tejido de las telarañas y una pizca de polvos de virtud; pero no funcionaba porque el aquello era demasiado chiquito. El himen fabricado debía de tener nuevas características de mejor calidad y propiedades como la recicatrización, la elasticidad, los diferentes tejidos de la membrana, o sea al gusto. La usuaria debía de sentirse completamente segura con su compra y con su interioridad singular. Inclusive podríamos agregarle características como de autolimpieza o de autoremangado por aquello de las violaciones. Innové algunos tipos de tejidos utilizando materias primas jamás utilizadas, pero más bien eso sirvió para inventar las sedagasas y el durojean, probé la rehilvanación, pero por lo regular quedaban imperfecciones en el tejido por el pequeño espacio y por la estructuración del desgarre. Probé la injertación utilizando como base un cuerpo de cordones fuertes y al final un imperceptible hilo de araña enana, pero ah fracaso, el injerto sobresale hasta las rodillas, y para andar arrastrando la doncellez pues no vale ni enrollada porque cualquiera la manosea. Consideré la idea de una microscópica malla, pero electrificada con la elasticidad suficiente como para que el sexo entre hasta la cocina, pero pamplinas, de nueva cuenta las íes revoloteando en la idea; porque de electrificar la malla se necesitaría conectar a tierra para no sufrir alguna descarga, pues eso provocaría una erupción de orgasmos incontrolables, y los clímax deben de ser administrados tal como se dicta en las leyes interpersonales.

Un asunto más que debía de atenderse — aunque no se tuviera el producto terminado — es la producción en masa y la introducción en los mercados internacionales. Podríamos adelantar el servicio de ventas por correspondencia y con la mayor discreción por si acaso la esposa o la amante quisieran ofrecer una sorpresa de regalito.

Hemos doblado los esfuerzos y nuestra empresa continúa hacia arriba, tal vez para la próxima década tengamos el producto terminado redituándonos grandes ganancias.

Todo es igual que siempre

Salgo al aire cuando se ha estrenado el día, y todo es igual que siempre. Malo sería que la ciudad estuviera de cabeza: que las casas fueran habitadas por las gentes, que los carros circularan por las calles, que la vida citadina fuera igual todos los días, que las leyes fueran puestas para ser obedecidas, que los matrimonios permanecieran unidos para siempre, que los mercados y supermercados estuvieran repletos de mercancías, que los policías se encargaran de poner el orden, que el viento soplara horizontalmente, que el sol dejara caer los rayos de luz sobre las cosas, que las montañas se elevaran por encima de las nubes, que los mares fueran salados, que la política fuera la profesión del cinismo, que la vida fuera desagradable, que las nubes dejaran caer agua.

Las casas son habitadas por las cosas, todas las casas están vestidas con una cantidad de artículos que benefician la arquitectura: mesas, pinturas, instrumentos, piezas de colgar, candelabros, libreros; los armatostes configurados para las esquinas, los centros, o los lugares más iluminados. Así como los objetos para la habitación de estar, para la sala de lectura; o los diferentes tipos de ropero para guardar cosas pequeñas y, dentro de estos roperos, cajones que conservan objetos cada vez más minúsculos, hasta llegar a los alhajeros diminutos de cosas como granos de arroz con el nombre del propietario, o cerdas de caballo con poemas inscritos. ¿Y las gentes? Las gentes son los esclavos eternos que proveen de cosas a las casas.

Los carros se duermen lánguidamente por donde pasan las calles a toda carrera, metiendo tercera y cuarta velocidad; los carros están marcados con números de colores para que las calles no se pierdan en la travesía. Cuando las calles llegan casi a su destino, los carros tienen una identificación más: cada uno tiene su olor característico que los diferencia de los demás. La vida en la ciudad es turbulenta, con el bazar de aventuras vividas al mismo tiempo, como un circo permanente postrado en las diferentes localidades. La vida es carnavalesca, lúdica, es un escaparate de mil formas, un andamiaje de risas y desajustes permanentes, ciclónicos, explosivos. Es como una nave hecha de retazos inconexos, pero siempre diferentes.

Los juristas son los que planean las características que tendrán las leyes para que próximamente se violen y así cumplir con su función. La abogacía, por remediar los enredos de una ley mal administrada, conduce a que las normas se obedezcan equivocadamente. Las legislaciones se norman para que se puedan desobedecer; si no es así, los leguleyos tienen que trabajar para que se cumplan. ¡Imagínense si no fuera así!

Lo que es llamado matrimonio es considerado sagrado. Los matrimonios deben cumplir la norma de permuta (si no es así, se incurre en un pecado capital) porque las gentes, al permanecer dos días juntas, comienzan a soldarse de tal forma que quedan castigadas. Por lo tanto, durante la madrugada, cada gente se turna a la siguiente, y así gira el nuevo día en la ciudad con nuevas caras por conocer.

Los mercados y supermercados están repletos de sentimientos, pasiones, intrigas, amores, vanidades, saberes, voluntades, opciones, tristezas, oraciones, éxtasis, sutilidades, misterios, tiempos, vida, reflexión, excitaciones. Cada gente compra según su bolsillo lo que quiere, pero tiene que consumir de otras cosas no deseadas para que la plusvalía ganada por el capitalista sea conveniente.

A los policías siempre se les anda persiguiendo por ser la mafia más organizada de la ciudad. Los policías andan provocando el caos, disparando en los ataques que cometen contra las casas. Los balnearios son los más visitados por estas gentes. Poseen una industria del mal que, de pensarla, mi pobre imaginación se queda idiota.

El viento se deja caer de arriba hacia abajo, haciendo que la ciudad permanezca eterna porque no hay erosión de esa manera. Los vientos son tranquilos y templados; se fertiliza en las capas altas y se deja caer, alimentando las tierras de cultivo.

El sol es el órgano de la vida, es el motor del universo. Las cosas, los objetos, lo irradian con su luz y lo alimentan para que así continúe la vida. Juntas, todas las ciudades, todos los países, todos los mundos, lo irradian, y este crece como un gran dios dador de vida, de existencia. Las montañas descienden hasta las profundidades del planeta, lejos, donde nadie llega tan fácil. Las nubes son los velos fabricados por los gobiernos para proteger al gran dios sol, dador de vida. Nada ni nadie puede estar por encima de las nubes, puesto que se consideraría una acción de sacrilegio.

Las aguas de los mares y océanos son distintas, pero nunca saladas: el océano Pacífico tiene el sabor de la amante, el océano Atlántico, al probarlo, se percibe como agua de esencias de las vírgenes de 18 años, el mar del Olor es increíblemente fantástico, y así todos los demás.

La política es la profesión dedicada a salvaguardar la verdad de la ciudad por sobre todas las cosas; la política se dedica a poner la vergüenza en cada gesto de los protagonistas dados al oficio.

La vida en la ciudad es tan agradable y placentera como un paraíso poblado de felicidad, reposando en esta existencia que se dinamiza en el presente. Si acaso las nubes dejaran caer agua, sería la catástrofe completa, la muerte impredecible, puesto que somos de arena.

Una vida es suficiente

—Era un gato. Los hombres con gran admiración hacían alarde de mis siete vidas. Tenía que confirmar lo que decían. Me puse en marcha hacia la azotea del edificio. Era una residencia de tres pisos. La terraza estaba llena de cachivaches y trebejos, parecía pista de aterrizaje con los aviones estrellados. Me acerqué a la orilla, unos niños jugaban pelota, se veían tan pequeños desde arriba, que sólo les faltaba cola para ser sápidos ratones. Me rasqué la oreja pues me picaba una pulga, lavándome las manos para llevarlas limpias en la caída. En la calle había calculado caer un metro más allá de la banqueta, sería un gran descenso digno de llevarla a los récords de Gines. —Imaginaba que aquellos niños aplaudirían, Sería el representante distinguido de los felinos, las gatas en estampida acudirían a mí de rodillas; sería un extraordinario evento, un acontecimiento célebre por el resto de mis siete vidas, una maniobra sensacional informada por los medios de difusión; así como aquel gato que tan sólo por tener botas se había convertido en un personaje de leyenda. —No lo pensé más, caminé diez pasos atrás con movimientos ágiles, de gato afamado de Hollywood. Abajo: el lugar no lo esperaba, se estacionaba un camión que transportaba pararrayos a una compañía de enseres eléctricos, el conductor y su acompañante comían sopa y guisado en el restaurante de enfrente. Los pararrayos parecían lanzas del siglo XVII listas para la guerra, como las lanzas de Velázquez en la obra titulada “La rendición de Breda”, o como serían incontables quijotes juntos atacando el cielo. —Ajuste los bigotes para que no rozaran tanto al viento. Corrí decidido y llegué al final, era como haber llegado a la meta de los cien metros planos. Me quedé sin piso, sentí náusea y un pequeño sentido en el estómago. El aire corría por la pelusa despeinándome. Alisté mis garras para recibir a la tierra y el impacto. Las pulgas saltaron despavoridas salvando sus vidas. El aire se asustaba al ver tal valentía, ni un ruido llegaba a las orejas. Los colores eran más acentuados en su tono. ¡Era maravilloso volar! —Me di cuenta demasiado tarde; el cálculo se desvaneció, sólo quedaba un camión con lanzas apuntando, esperando impaciente. No pude hacer ninguna cosa, cruzaron mi cuerpo y maullé de dolor, sentí la sangre caliente que salía, y el frío metal que me cegaba. Quedé con la cabeza hacia abajo. Vi como corría la sangre a lo largo de los barrotes de los pararrayos. Los niños que jugaban con bullicio, algunos lloraban, otro se vomitaba por la escena dramática y asquerosa. El conductor y su ayudante ya no comieron más. Perdí la vida pensando que tenía siete. Le digo adiós a mis gatas, adiós a la caída sensacional y adiós al gato con botas.

El regalo

El arrodillado cuartucho de Josebio, estaba absorbido por cachivaches que no sirven para nada. Su sarape ocupaba un rincón entelerido, quieto como chuleta fláccida y su cocina eran unas piedras y un hoyo en el suelo. Josebio era nervioso, parecía que siempre andaba “ciscado” de miedo. Mi evocación llega a tener sólo un vaho reminiscente de él, aparte de ser tan flaco como una carcasa asoleada. El herbazal cubría el lomerío, se mecía en oleaje al vaivén y arbitrio de las ventoleras. Me acerqué a su covacha de ensamblajes de madera y lámina de cartón embreado. Toqué la puerta chirriante y podrida. Salió Josebio todo arrebozado. Lucía traje raído y pantalones colorados; su camisa ennegrecida le entonaba con su cabellera negra, la cual se revelaba brillante, se había puesto manteca de puerco para sentar los hirsutos cabellos; tenía dientes blanquísimos y dentadura de conejo. Me reí de su figura. Voltee a ver sus pocos enseres, todo era un trastrueque, un reburujo de los mil demonios. —Lo miré a los ojos, y le pregunté la razón de por qué se encontraba tan guapo. Josebio de súbito se dirigió a un rincón, y aventando a todos lados sus trapos, sacó una cajita y me la enseñó. — Esto ser un regalo… y no diré pá quien es — Sonreí maliciosamente pensando en que tal vez era para mí, o ¿Para quién pudiera ser aquel regalo?… Le di órdenes para el siguiente día, y atisbando con profundidad, ratificó: — Aquí estaré —. Cuando me fui, las luces del poblacho guiñaban como espejitos al recibir fulguraciones de la luna. Amaneció. Las nubes cambiaron de color al salir el sol legañoso: amarillas, naranjadas y purpúreas, después a las cambiantes opalinas y lechosas. Subí a la camioneta. Llegué al cuchitril del cuarto de Josebio. La puerta estaba abierta, y dándome valor, me adentré al cuartucho. Dentro de aquel tilichero tenía en un sitio apartado, una concavidad, y en ella cosas personales: lociones de gardenia, pomos de alcohol de varios colores, anillos de fantasía, pañuelos y recortes de muchachas bellas. Cerré todo y me alejé. El sol se exhibía. Busqué a Josebio por todos lados. De Josebio me gustaba su compañía, me reconfortaba en mi deprimida soledad; a pesar de que era un ser insustancial, tan desabrido como su talante pasivo, taimado. De pronto, vi en las puertas entreabiertas de la capilla una luz mortecina y pálida. Me acerqué. El aislamiento del templo era mausoleo glacial. En medio de dos velas e hincado estaba Josebio, rogándole a la Virgen. Estaban colgados objetos de: oro, plata y carey. Josebio volteó a verme con ojos arrasados de lágrimas y me dijo: — estos son mis regalos pá la virgencita, por la Navidaaa. — me cubrió un velo de repulsión hacia mi persona… lo tomé del hombro: ¡vámonos!… Al salir se espantaron las palomas y volaron al cielo. Eran pañuelos… mi fe en Dios había renacido nuevamente.

La Turista

La encontró en la escalinata tomando fotos del primer cuadro de la ciudad, mientras su peinado suelto negro azabache absorbía los rayos de sol que caían sobre su cuerpo. Era de tez rosada y nariz perfecta, hermosa como las mujeres del norte. Él se presentó como avecindado en Tlaxcala, pero lo cierto es que era del DF y trabajaba como maestro de Bachilleres, aunque también daba clases en la Universidad.

—¿Sabes algo de toros? —le preguntó ella mientras enfocaba la lente hacia los lugares más convenientes para imprimir un recuerdo.

Los ojos de él recorrían el escote de su blusa holgada, descubriendo dos hermosas toronjas como para apagar la sed. Se turbó al sentir la mirada de ella, un ojo que sospechaba sobre su propia sensualidad y descubrí el interés del pretendiente.

—Sé que te gusto y podríamos pasarla bien —dijo ella mientras guardaba en el estuche la cámara fotográfica y miraba hacia arriba, al resto de la gran fuente, más que fuente, una cascada—. Invítame una Budweiser. Se me antoja a esta hora del día.

Entraron al bar del primer descanso y allí platicaron del color de la cerveza y su sabor. Quiso referirse a su tierra, pero él la calló, argumentando que prefería el misterio. Mientras, ella introducía su zapatilla entre los pies cruzados del hombre, invitándolo con ese roce a una relación más estrecha. En ese momento, realmente necesitaba a una mujer; la infructuosa relación con su amante de hacía meses lo había dejado hambriento de sexo. Volvió a mirar sus pechos, encontrando en ellos lunares, diminutos asteriscos.

—Deja de mirarme de esa manera, tranquilízate, las cosas deben ser como esta cerveza al beberla, paso a pasito.

Él recordó, mientras la miraba, al muchacho que había sido, la erección solitaria en el cine Matamoros con películas calientes en entradas clandestinas. Mientras bebían, el silbato de la fábrica Zahuapan marcó el mediodía. La mujer dijo:

—Vámonos juntos, ¿quieres?

Se dejó llevar. El guía que la acompañaba lucía el perfil masculino de un hombre maduro y nada feo. Mientras subían al auto, los rayos del sol sembrados segundos antes se transformaban en sombras de una nube que recorría el cielo hacia el sur. En el semáforo, ella le acarició la mano mientras él embragaba la velocidad. Él solamente contestó:

—Te necesito.

Condujo su auto hacia su departamento en la loma. Al cerrar el zaguán, vino al encuentro un sexy cachorro de gato, muy minino, que rozaba la bastilla del pantalón del hombre, buscando caricias. Ese peluche vivo pedía cariño.

—Te sobra un poco de amor para mí —dijo la mujer, lasciva, mientras ofrecía sus pechos al abrir la blusa.

El hombre cayó abrazado en un tálamo mullido, y la habitación despertó con los primeros rechinidos de la cama. Aún vestidos, revolcaron sus almas en la colcha. Cayeron las zapatillas de la dama en la sinuosa y acolchada alfombra; siguieron prendas de ambos sexos, sin orden, con prisa, desnudándose, mordiéndose, besándose. Ella, cerrando los ojos, se concentraba en el puro goce, esperando un orgasmo imprevisto, fugaz.

—En este momento, tú eres mi torero. ¡Mátame! —La excitación llenaba la habitación de eco, un solo sonido mezclado con gritos, jadeos, rechinidos de cama, roces de epidermis ardientes. La anatomía se mezclaba con las cosas, los cuerpos, los órganos, toda una mezcla en erupción.

—Espera un momento.

Desde el baño, le contaba de sus viajes por el país y sobre la situación económica. Regresaba bamboleándose como diosa de lujuria, desnuda, paseándose por la recámara, muy cachonda, seduciendo y excitando. Estaban desnudos, saciados de la primera vez, fumando y descansando, platicándose cosas para que la segunda vez fuera más amistosa, íntima, y no ese relámpago de sexo del principio. Él le comentó que su madre había muerto en el terremoto del 85. Trabajaba como cocinera en un edificio lujoso. Nunca encontraron su cuerpo; se imagina que todavía está en México y algún día irá a rescatarla. Posó sus manos en los pechos de ella, acariciando los contornos como jugando a las excitaciones. Las caderas de ambos se pusieron en movimiento y una vez más treparon al paraíso de la vida sexual. Bebían los sudores de los muslos, se emborrachaban las bocas de éxtasis, se encajaban los dientes. La noción del tiempo se perdía entre los objetos, testigos fieles del deseo compartido. Ella lo invitó a bajar hasta su vagina; el buen mozo continuó lo indecible, gimió. Se fundieron otra vez y se quedaron dormidos.

Emparedados, leche fría y cóctel de frutas fueron el tentempié mientras platicaban del sexo; ella le tomó una foto para el recuerdo y depositó la cámara en la mesa del comedor. Él le dio un beso en la mejilla mientras entrelazaba sus dedos en la mata de cabello. Ella inclinó su cuerpo para lamerle los vellos del pecho y chupar las tetillas, bajando hasta su sexo. Él miró la cabeza allá abajo, la boca, la mata de pelo azabache oscilando en un movimiento de fuga y entrega frenética. El pene respondió a los ataques de sus labios y, una vez más, hicieron énfasis en la promiscuidad.

—Dormiré contigo, y mañana me iré a otro sitio. Mientras, duérmete, mi niño —dijo ella.

Él soñó con la felicidad, el regazo de aquella mujer que le servía mientras dormía. Ella fumaba, dando un poco de ternura a ese pobre amor, y pensaba en el recorrido y las distancias del día de mañana.

Despertó con campanadas huecas en la ciudad. El horizonte legañoso y húmedo distinguía la silueta de la Malinche en tonos sombríos, rojizos y amarillos. El vaho de la niebla sembró la humedad en los rostros mañaneros, en los cristales, el rocío de la mañana en provincia. La turista despertó recordando dónde se encontraba; miró el rostro sereno y apacible del hombre y lo besó antes de dirigirse al baño a ducharse. Se dio prisa para abordar el camión a buena hora. El gato perezoso la miraba desde la mecedora. Salió, azotando el zaguán. Fue con el ruido estruendoso de las láminas que él despertó sobresaltado, buscando algo, incluyendo las causas de su sobresalto. Recordó a la turista y, de pronto, vio la cámara a lo lejos, sobre la mesa del comedor. De un salto, alcanzó los pantalones, buscó la ropa regada en la habitación, y corrió a tomar la cámara fotográfica. El gato huyó asustado, con el pelambre erizado, a ocultarse bajo la tarja.

Muy de mañana, don Javier, trabajador del rastro municipal, arreaba desde San Diego Metepec dos vacas y un toro indómito para las carnitas del sábado. Con chiflidos de arriero y piedras, los animales obedecían. La turista los había visto de lejos sin tomarles importancia. Subió al camión y se fue. Los animales doblaban la esquina cuando el hombre cerró con prisa para alcanzar a la turista. Corrió con la cámara en la mano, poniéndose una chamarra guinda. El toro se desbocó, embravecido al oír el ruido estruendoso de las láminas; trotó para embestir aquello que se moviera.

—¡Soo! Toro, soo! —Gritaba don Javier para tratar de calmar al animal, pero solo vio cómo el hombre con la cámara fotográfica fue lanzado por los aires. Cayó sobre el cofre de un carro, rompiendo el parabrisas. La cámara voló por los aires y tocó el suelo justo cuando pasaban las llantas del carro de un lechero.

—¡Arre! Toro, ¡arre! Toro. Disculpe, joven… ¡Arre! Toro, ¡arre! Toro —y siguieron los animales rumbo al matadero.

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