Relatos al borde lV
Miradas a lo inesperado
Índice
Contenido
Soltó poco a poco las cuerdas del columpio. 14
La ironía a Chiapas, un cuento de ficción. 20
La muerte tiene permiso de hacer fuego las cenizas. 22
Una pequeña ola reventando en su frente. 25
Un futuro para el mes de mayo. 34
Prólogo
En el umbral de la realidad y la fantasía, donde los límites de la percepción se disuelven y la vida cotidiana se transforma en algo extraordinario, se encuentran los relatos que componen este cuarto volumen de «Relatos al Borde». Este libro, al igual que sus predecesores, desafía las convenciones y explora las fronteras entre lo conocido y lo desconocido.
Cada historia aquí contenida es un reflejo de la complejidad de la existencia humana, un espejo que muestra nuestras sombras y nuestras luces. A través de un caleidoscopio de géneros y estilos, desde el suspense más inquietante hasta la ironía más mordaz, estos relatos invitan al lector a un viaje de introspección y descubrimiento.
En esta entrega, los protagonistas se enfrentan a dilemas que trascienden lo cotidiano, en mundos donde la realidad se tambalea y la imaginación se convierte en una herramienta de exploración y revelación. Los personajes, con sus virtudes y defectos, se convierten en vehículos para cuestionar nuestras creencias, nuestros temores y nuestros sueños más profundos.
La narrativa de «Relatos al Borde IV» no solo busca entretener, sino también provocar una reflexión profunda sobre las condiciones de nuestra vida y la naturaleza de nuestras elecciones. Aquí, lo ordinario se convierte en extraordinario, y lo conocido en misterioso.
Así, te invito a sumergirte en estas páginas con la mente abierta y el corazón dispuesto a cuestionar. Cada relato es un portal a un universo diferente, un desafío a la realidad que conocemos, y una celebración de la riqueza de la experiencia humana.
Bienvenido a «Relatos al Borde IV». Que disfrutes del viaje
La vida ta´cara
—Me dedico a checar tarjeta —dijo el desconocido mientras la combi avanzaba por la ribereña del río Zahuapan, a la altura de la escuela Emiliano Zapata.
—Qué güeno, yo no checo, me chisparon apenas de la fábrica y ahora me dedico a gastar la suela pa’ conseguir, si no consigo aquí en provincia, me voy a Chilangolandia; por lo menos allá me paseo en metro y no gasto tanta suela. Ta’cara.
Los desconocidos, frente a frente en una combi, se dirigen a la central camionera. El mediodía se despunta en un día de la semana. En la parada del puente rojo, los agentes de tránsito revisan el orden, y un perro asolea las pulgas en un costado de la moto oficial. Los dos desconocidos continúan la conversación:
—Para que me pase eso a mí, está difícil. Primero se salen tres que están abajo y después yo. Soy sindicalizado y tengo quien me defienda y cuide de que en estos días de quincena me toque lo que me corresponde; donde sí está fea la cosa es en los precios y el IVA. Por eso ya pedimos aumento de emergencia.
—¡Pos’ sí! La combi ya cuesta 1.30 y ahorita estoy pidiendo prestado al cuñado, pues, ¿de dónde sostengo a mi familia? Sí, son hartos gastos; antes alcanzaba para que los domingos comiéramos mejorcito y viéramos el fut sin preocupaciones, pero ahora solo alcanza pa’que todos los días sea parejo de comer. La panza ahora entra a la fuerza, a lo democrático, y si vemos el fútbol, nomás atentos pa’ver qué errores comete el árbitro y así “refrescársela” y aliviar un poco las penas.
La colectiva se detiene tras la larga cola de carros que se enfilan para pasar el semáforo de las escalinatas. Los estudiantes de la secundaria transitan por los escalones entre risas, bromas y jaloneos. Sube a la combi una señora con vestido floreado en color rosa y zapatillas verdes. Se acomoda en uno de los asientos; uno de los desconocidos piensa: «Ta’cara», y la revisa de pies a cabeza. El otro desconocido continúa la conversación:
—Sí, está difícil. Fíjese que, si no se solucionan los problemas de los asalariados, nos vamos al paro. Tuvimos junta con nuestros representantes para que nos dieran otras prestaciones que nos hacen falta, como por ejemplo los descuentos dominicales para los balnearios o vales para otras necesidades; si no, ¿a dónde vamos a ir a parar? Las obligaciones cuestan, y si no pedimos el aumento, al rato van a querer que pongamos de nuestra bolsa, y pues no es negocio, puras pérdidas.
—Pos’ ¿qué le vamos a’ hacer? Ta’cara la cosa.
—Y no solo eso, sino que la situación no está como para comprar cosas importadas o de lujo, sino nada más lo necesario para seguir pasándola.
Llegan a la central camionera. El chofer cobra 1.30 a cada uno de los pasajeros. La mujer de zapatillas verdes y vestido rosa floreado con escote muestra los pechos al desconocido de enfrente al pagar su pasaje; al desconocido se le agita un poco el corazón. Él mismo continúa la conversación para despedirse:
—Hasta luego, ojalá y consiga trabajo pronto.
—Sí, que se la pase bien, después nos hemos de encontrar.
Uno de los desconocidos se dirige a los baños de la central camionera; el atole y las garnachas del desayuno le habían caído mal. El otro desconocido lo sigue a cierta distancia. Gasta la suela y entra al baño. El otro desconocido se encuentra bajándose los pantalones. El baño está vacío, solo un muchacho de secundaria se asienta los hirsutos cabellos, en tanto que, del otro lado, una muchacha, de la misma escuela secundaria, experimenta pintándose los labios.
El desconocido saca de su bolsa una navaja gastada y sucia. La aferra al puño, aprieta los dientes; la adrenalina se agita en su cuerpo. Con el hombro izquierdo empuja la puerta, sorprendiendo al desconocido, sentado, con los pantalones caídos.
—¡No te muevas de allí, señor! ¡Y dame tu sobrecito de la quincena con to’ y vales… y si no queres! ¡Te destripo en una asesinada! Te vas a ver muy guapo asentado en la mierda con el corazón salido y mi herramienta clavada en tus cochinas tripas… ¡Suéltale! ¡Ándale! ¡Suéltale ya! La vida ta’cara, ¿no ves? Ta’cara; suéltale, cabrón.
El desconocido apunta el arma al pecho, mientras que el otro, con las dos piernas juntas, al lado, empujadas por la puerta, está en desventaja. Le ha nacido en segundos el temor, el espasmo, la cobardía, la duda, el desamparo. Su cabeza no piensa en nada más que en salvar su vida.
—Sí…sí… espérese. Nada más me subo los pantalones… no me haga nada.
—No, no, no; esos allí los dejas, solo sacas lo que quiero y después lo acomodas. ¡Échale! ¡Suéltale! Tacara la vida, ¿no ves?
Tan pronto como el desconocido sentado saca su sobre con el dinero de la quincena y otros objetos de valor, el otro desconocido mete dentro de su bolsa el arma y las demás cosas.
—No te muevas de allí, sigue haciendo lo tuyo por un rato.
Entra al baño un grupo de jóvenes a orinar. Las bromas sexuales se presentan. El desconocido, para no darse por advertido, comenta:
—Amigo… ojalá y consiga el aumento de urgencia. Ahí nos vemos.
Ya tengo algo, con esto ya puedo librar el día, me compro ahorita unos tacos, un refresco y a ver para que más me alcanza.
La huelga apropiada
Los movimientos del cuerpo de Fermín salas buscaron posiciones para recostarse dentro de la tienda de campaña frente al palacio de gobierno. Inmiscuido en la huelga de hambre, buscaba el sueño entre el olor de los cigarros, el té de menta y el pan horneado de “la picota”. El sonido un tanto sajón de los cafés y restaurantes del portal grande impedían que soñara alguna cosa. —Desde que salimos el martes en la mañana de Teopan, no he comido. Los otros seis compañeros están iguales, las tripas vacías son monstruosas como la bestia indómita de Apocalipsis y el agua sólo infla el vacío, pero no reconforta. Nuestro partido nos prometió que no faltaría el suero y que buscarían publicidad para que nuestra causa tuviera eco en la población y que nos hiciera caso el gobierno. Los problemas se resuelven presionando, el licenciado nos platicó que así lo había hecho el señor Gandhi en su pueblo de la india. Fue muy famoso. Nosotros lo hacemos porque deseamos la democracia, porque queremos destituir al cacique rabioso Don Gumercindo, nos ha hecho pura tarugada en la población y ya no aguantamos más, por eso estoy aquí, metido en la gruñida huelga de hambre. La mera verdad yo si me aburro; gesticulo cualquier cosa para sacudirme el hastío. Es monótono estar esperando que nos hagan caso; las compañeras vienen a platicar con nosotros, nos animan a continuar. El dirigente del partido nos apoya, dice que ya lo estamos logrando, que los acuerdos pueden lograrse en unas horas, en cualquier momento. —Hace frío, el fresco de la tarde se congeló en el aire, se pega como diablo en las manos, la cara. No es como en mi tierra veracruzana. La playa cerca de Papantla, el calor, la humedad caliente, el olor salado del mar, los colores de la vegetación. Los recuerdos de mi casa natal de “Rancho Playa” son tantos, siempre que los evoco lo primero que se me aparece es una pesadilla que viví en medio de la tormenta. El aire azotando en la cara, los cocoteros cayéndose, esparciéndose como granizos, rebotando en el agua. Las olas que se levantan muy por encima de la casa de los abuelos. Los abuelos que desaparecen entre las olas junto con los troncos, el tejaban, los trastos de la abuela; el machete. El chile piquín que se confunde con la espuma del mar; los dos perros estrellándose en las rocas de la cuenca. El mar vomitando su furia sobre la tierra. Fueron las horas de la tarde más pesadillosas y turbulentas que he vivido. —Nos fuimos a vivir a Papantla con la esperanza de que mi hermano y yo trabajáramos en la planta de Pemex de Poza Rica, él entró tiempo después. En los noviazgos cada uno de nosotros conoció a cinco, la sexta fue la ganadora; extrañamente nos pasó igual: Sara, Carolina, Beatriz, Petronila, Edith y Julieta Morales: la madre de mi hijo; de Ulises mi hermano es creo que… primero fue Selene, la hija del carpintero, Rocío, aquella que vivía frente a la escuela; también fue Ciriaca, la facilita; me falta de nombrar a Sofía, una mujer costeña de las más hermosas que he visto en mi vida… me parece que Laurentina fue su penúltima. La recuerdo porque en un baile del quince de septiembre, hace muchos años, cuando jóvenes, le entró fuerte al mezcal. Se encueró allí en el parque y corriendo con una banderita gritaba — ¡Viva México! —Y su tía corriendo tras ella para que se pusiera el calzón. La mujer de él se llama Rosa y le ha dado tres hijos, el más chico tiene ocho años. Los otros van a la secundaria. —A mi esposa la conocí en las fiestas del pueblo. Vivía aquí, en Tlaxcala, en Teopan, por la región de Tlaxco. Nos enamoramos rápido. Me la llevé a Papantla y después nos regresamos a esta tierra. Por eso tengo el extrañamiento, las remembranzas que se apretujan con vértigo, la añoranza del caliente olor de la vainilla, de los tamales de picadillo, de los plátanos de Castilla; o las noches al fresco, en la hamaca con las “cebaditas”, el agua de horchata; la comida en la cena, la tortilla, agua para café, memelas, totopos, la albóndiga, el pollo dorándose en el carbón, la leche… ¡Sí eso es! La leche de la cabra, el queso de la cabra, la cabra encarcelada en los barrotes que gruñen, los pozos vacíos, avellanados, sólo agua desértica, colchón de agua que refleja una cara estúpida, la cabra que se ríe de la cara estúpida; el calor que no aparece en este pozo vacío, el desmayo de la cara estúpida el vértigo en las venas, en el frío de las manos vacías. El doctor revisa la presión, guarda sus instrumentos y sale de la tienda de campaña. En sus ojos aparecen las mantas con las leyendas: “fuera del pueblo”, “no te queremos Gumercindo”, “solución señor Gobernador a los huelguistas de Teopan”. Se despide de los dirigentes y observa una vez más el asentamiento provisional. Las botellas vacías de suero hacen fila india a un costado del árbol mostrándose orgullosas, la hornilla y el tanque de gas acostado, se aburren compartiendo la espera. Las mantas de vez en cuando se agitan por el viento o son ensuciadas por las palomas. El parque sigue inmóvil, su verdor está inquieto, los ánimos se le cayeron de manera inocente. Su integridad se complementa con los huelguistas. Dentro del palacio de gobierno, las pinturas de Xochitiotzin están inmutables, perfectas en sus colores. Los inquilinos afuera, en las tiendas, late en su epidermis la genética figurada en esas paredes, lo cual hace que se sientan como en su casa. —De estos desvaríos ya estoy acostumbrado, los tiempos han sido tristes, cuando al medio día con mi mujer, compartíamos el huevo ahogado en el disque caldo de pollo o los chilaquiles pasados por agua, la carcajada de la situación nunca faltaba, era la risa entre el llanto y el nudo de la garganta; la mandíbula que quiere masticar más, la lengua que quiere tragar aprisa y que yo no la dejo. La educación de la lengua es costosa porque no se puede verla cuando está buscando alguna artimaña. Hacer estas cosas del hambre no es fácil. Hay que educarse para no quedar en ridículo. Es muy fácil dejar tocarse por el diablo del hambre, la tentación del chicharrón en salsa verde, las gorditas con queso… queso… queso de cabra, la leche de la cabra, el queso que sale de la leche de la cabra, la cabra que me empuja al hueco vacío, la cabra que se ríe, la cara acuática de la cabra, el agua salada, el suero en la lengua y la lengua que quiere tragar aprisa, quiero tragarme la lengua, educarla, convertirme en un profesional de las huelgas de hambre, viajaré por los países rentándome para hacer presión a los gobiernos y me tendrán miedo por mi tesón, por mi lengua educada, domesticada a punta de hambre. Dos Jóvenes de clase alta pasan patinando cerca de la tienda de Fermín Salas. Lo ven con los calcetines tristes asomando en el hueco del zapato roto. —¡Auch! Mira ese señor color de humo, tan temprano y ya está acostado. — ¡Son de lo peor! No se bañan y así quieren que les hagan caso, ¡Vámonos que aquí apesta! Al día siguiente Fermín Salas amaneció morado, con los ojos abiertos murió viendo el vacío en la tienda con su lengua tragada.
El temazcal
—Sabes bien que no iré —decía Dalia— ¡No iré, no iré! —mientras caminaba con paso firme hacia abajo por el sendero serpentino, mientras Carmelo continuaba sentado en la piedra alta de atar.
—Las piedras ya están al punto. ¿Qué te cuesta? —gritaba casi, mientras observaba a lo lejos la grácil figura de Dalia, que se perdía al voltear la vereda. La estela de perfume a jazmín se extendía a lo largo del camino hasta el recodo.
Carmelo se quedó pensativo, queriendo reanudar la reciente plática. Chupaba un tallo de trigo silvestre entre los dientes, masticándolo de manera inconsciente. Su pantalón, con olor a chivo, se confundía con el hedor a ganado que lo envolvía. Con un fuetazo despabiló al ganado para dirigirlo a la lagunilla; los animales bebieron hasta el hartazgo. Carmelo seguía recordando que la invitación a bañarse en el temazcal había sido un fracaso; tal vez Dalia pensaba en los temores de la primera vez. El noviazgo, la relación amorosa de apenas unos meses, tenía que cruzar el puente de la reconciliación o terminarse. Un mierdero quedó en la ribera, cerca del agua, sumándose al incontable excremento depositado en tierra, copioso, nutrido de moscas, esparcido por las bestias domésticas.
Carmelo miraba la borrasca; el chubasco se acercaba. El perro mordía sus patas, siendo un ser viviente con una colección de parásitos: garrapatas, piojos, moscas, lombrices, sarna.
—Pinche suerte, yo que me la quería coger allí en el temazcal. Alisté la toallita, el jabón, mucha leña; tengo que convencerla… Lo primero será volver a reconciliarme. La voy a llevar a Puebla a ver los aparadores, con eso se contenta. Dalia tiene que ser mía; ésta sí es rejega, porque lo que es Verenice, donde sea: en los campos de labor, aquí en la lagunilla, en el panteón o las veces cuando me tocaba picar las campanas en domingo, nomás nos mecíamos colgados en la soga y la campana sonaba y sonaba. Lo malo es que Berenice ya se casó y se fue a Puebla. A Dalia la tengo metida en la cabeza, se me hace que un día de estos le atajo el paso en el sendero, por allá por la piedra alta de atar, y me la robo. Sí, son muchas mis ganas, sueño a diario con tenerla todas las noches y que me atienda, recibir su calorcito. Tiene una cara bonita, como de virgen, pechos pequeños, levantados, y con picos como una montaña, nada más que de a par. Me la imagino encuerada, sirviéndome la sopa, con sus pezones duros y al aire, los pies desnudos sobre el piso de cemento color mosca.
Las nubes se hacían nudo, como un gran tumor de gas negro. Los chicotazos de Carmelo eran recibidos por los animales más perezosos. Sabía que no llegaría hasta el establo, así que los dirigió hasta el tejaban, cerca del temazcal.
Tuvo frío; advertía que en el temazcal hacía calor. Dejó el sombrero y el cotón en la entrada. La cueva caliente estaba seca. La oscuridad envolvía toda posibilidad de observación. Tomó la toalla que se encontraba encima del banco y la puso en el piso. Se recostó. Dalia lo había esperado por varias horas. Se acercó, puso la mano en su pecho, mientras su boca cerraba la oportunidad a cualquier palabra.
Carmelo acomodó su mente al sabor de la boca que lo besaba, recordando el olor de esa piel tan cercana y lisa.
—Carmelo, tómame… ms.… ms.… necesito que me quieras —susurró ella. Él trató de inventar una sonrisa de satisfacción, pero no le salió. La oscuridad se lo impedía.
La quinceañera
La ciudad se encuentra en éxtasis de aburrimiento permanente, las sombras de la tarde poco a poco se comen los rayos de luz que se ven filtrados en los parabrisas de los carros. El cantinero limpia la barra, con un trapo seca el área de trabajo donde ha servido el par de cubas para Rafael y Carlos. Un reloj descompuesto de fayuca adorna las paredes de la cantina “El jinete Negro”. Oscar entra y se encuentra a sus amigos. —¿Cómo están? —Saludando de mano, continúa la conversación con los ebrios, en cuanto a la música, el compacto de Pedro Infante compone la alegría. —Vengo a invitarlos a unos quince años a la Trinidad Tenanyecac ¿Podrán ir? —Nosotros vamos al mismo infierno… si es que hay copas—contesta Rafael con voz entrecortada y lengua torpe, en tanto que Carlos empina el codo bebiéndose la cuba. — ¡Cantinero! Sírvale una cuba a mi amigo Oscar —Dice Carlos secándose la boca con el brazo. Mientras el cantinero trabaja Oscar comenta a sus amigos: —Desde que estoy en las filas de los desempleados, nomás pienso en mi familia. De los precios estoy hasta el copete y mis deudas crecen y crecen. Lo que queda es olvidar por un rato todo este rollo en las fiestas. ¡Salud! —Oscar, te preocupas demasiado —contesta Rafael con ojos adormilados — ¡Chúpale! Y olvídate de lo demás… súbele a la música cantinero, esa me gusta… la de… ¡hic!, Doña Meche. Dos rondas antes de la caminera circulan en las gargantas aguardientosas de los tres amigos, poco a poco Oscar muestra en su cara los efectos del alcohol. —Me toca pagar la caminera, pero… ¡ya vámonos! El vals con la quinceañera nos espera. En la calle los tres amigos piden parada a los taxis que ni se inmutan ni se molestan por causa del vaso de plástico, que todos conocen por cuba, en manos de sujetos con caminar torpe. —Frente a San José no fallan —dice Rafael adelantando el paso casi a media calle, ocasionando las pitadas de los carros. —Pues a donde va chofer —dice Oscar- por aquí no es. Es que tengo que darle vuelta al parque para salir por Mariano Sánchez, la guerrero y después por el “Trébol”. En el trayecto, Rafael y Carlos discuten sobre el trato que se les debe tener a las mujeres. Rafael contesta: —Carlos, a las mujeres hay que tratarlas bien, tenerlas contentas por muy indefensas e insignificantes que las veas tienen su sentimiento y sufren. Si no respetas a las viejas, la estas regando, porque a la larga pagas caro lo que haces. Te lo digo por experiencia. — A mi señora la traigo cortita — contesta Carlos mientras el taxi circula por la autopista — ¡Me vale! La trato como me da la gana, y si no le gusta que se busque otro que la mantenga. —No seas bruto, la mujer por naturaleza es romántica, como la quinceañera de ahorita. No ves que son soñadoras… ¡salud! Poseen la inocencia y la candidez de que nosotros carecemos ¡hic!… ¡hic!… Al tomar la desviación, Oscar le indica por donde: — siga derecho hasta llegar a la Hidalgo, ahí se va a ver la pachanga.— tan pronto como se bajan, van a un terreno de labor a orinar y a fajarse la camisa. El conjunto toca la canción cumbiambera del momento “el diario de un borracho”, Carlos comenta: —Ya oyeron, nos dan la bienvenida — se abraza el trío y se dirige a la fiesta. La quinceañera con un vestido propio a la ocasión demuestra con su cara y su belleza el festejo y la alegría que hay en su interior. Dos conjuntos musicales y un grupo de luz y sonido amenizan desde la comida la fiesta de quince años; el pastel luce al centro de la pista-calle. La localidad disfruta de la noche fresca de un sábado de primavera que se encuentra en éxtasis de aburrimiento salvo en la fiesta. —¡Chin chin, el que no chupe y baile! — gritó el grupo al unísono, como una oración que ya de memoria se conocían. Encontraron tres sillas desocupadas y se apostaron a disfrutar. La quinceañera le ofreció a Oscar una botella de brandy, los vasos se volvieron a llenar. —Carlos, mira — Rafael señala a un grupo de muchachas esperando a que las saquen a bailar. Las muchachas de falda, de vestido, con escotes y bien arregladas, cuchichean declarando inclinaciones de gusto por los muchachos. El amenizador del conjunto musical hace énfasis en los chistes de siempre, con las frases repetidas fiesta tras fiesta. La gente se sigue riendo de lo mismo. Carlos se levanta de su asiento para pedir a una muchacha que baile esa pieza. Se tambalea y llega frente a ella; al mismo tiempo otros cuatro jóvenes le piden bailar a la misma muchacha. La muchacha titubea frente a las cinco caras de los jóvenes entre ellas la de Carlos con ojos adormilados; las cinco manos se encuentran extendidas. Escoge la mano más blanca y es la de Carlos. Las parejas salen a bailar, Carlos se bambolea con el ritmo de la cumbia y le cuesta aún más por el suelo pedregoso. Carlos le hace la plática: —Oyes linda… ¡hic! ¿Me quieres? —pero si yo ni te conozco, como se te ocurre. —es que tengo corazonada de que me… me… quieres —pos’ ni que fueras “luismi” para quererte luego. Carlos se pega contra la muchacha, su aliento se esparce por la cara de ella como vaho alcoholizado. Rafael, corpulento y de estatura, también baila muy cerca del pastel que luce como una gran copa gastronómica sobre una mesa en el centro de la pista-calle. Carlos se suelta para dejar de bailar, insiste con un torpe jalón que enfurece a la muchacha, empuja con fuerza a Carlos y va a dar con Rafael haciendo que tropiece con las piedras y caiga encima del pastel. Las patas de la mesa se vencen con el peso del hombre embriagado y los manotazos terminan con el trofeo gastronómico que ahora luce en el suelo con el asombro de todos los invitados. La quinceañera es la primera en sollozar: — ¡Hay mamá… no es posible! — y abraza a la madre que, aún sin concebir lo ocurrido, estupefacta y anonadada en el total espasmo por el suceso; atónita sin saber qué hacer. Los tíos de la festejada corren a salvar lo insalvable, el pastel queda irreconocible, la mesa en medio de la pista-calle se emplaza perezosa con el destrozo de sus patas embadurnadas de crema, mermelada y betún de colores. Los beodos se desternillan de la risa. En el suelo se sacuden el polvo y el chantillí. A Carlos lo levantan en vilo. Con los pies arrastrando lo llevan hasta la tierra de faena. Orinaron una vez más. Oscar vomitó lo suyo y abrazados se fueron viendo el horizonte y cantando la canción de “doña meche”. El domingo estaba a unas cuantas horas, prometía el éxtasis de aburrimiento permanente sumado a la “cruda” de los tres catarrines.
Soltó poco a poco las cuerdas del columpio
Se quedó esperando la llamada, mientras; lloraba un poco para no aburrirse. Rompió el eco con un sonido seco de los orificios nasales. Quería averiguar porque estaba tan ofuscada consigo misma. Se quitaba la ropa de manera enérgica como si con eso se arrancara el coraje; la imposibilidad de conseguir una llamada de él la ponía histérica, desesperada. Cómo hacer que la llamara era su preocupación del fin de semana. Acomodó sus pies en el sofá, veía los muslos y sobre de ellos el teléfono. —¿cómo estás? —bien y tú —también bien, estuve trabajando tarde — ¡Ah! Y estás cansado —como para hacerlo, no, —estoy viendo la tele — ¿Está bueno el programa? O, aburrido —más o menos — ¿Por qué siempre más o menos? —Es que así me siento la mayoría de las veces ¿te vas a enojar por eso? —no… lo que pasa es que en las conversaciones siempre eres muy seca, no le pones entusiasmo —¿Qué quieres? ¿qué me ponga eufórica? Sonó el teléfono, su abdomen se contrae y contesta. —cómo estás —bien y tú —también bien, estuve trabajando tarde — ¡Ah! Y estás cansado —como para hacerlo, no, —estoy viendo la tele — ¿Está bueno el programa? O, aburrido —más o menos — ¿Por qué siempre más o menos? —Es que así me siento la mayoría de las veces ¿te vas a enojar por eso? —no… lo que pasa es que en las conversaciones siempre eres muy seca, no le pones entusiasmo —¿Qué quieres? ¿Qué me ponga eufórica? —No, simplemente has lo que te plazca… clic. Pip…pip…pip…pip… Su poca coquetería se quedó pasmada. Después de esperar tanto y de imaginar el mismo diálogo, el teléfono se enmudeció al colgar el auricular. Lentamente fue recuperando su enojo hasta que fue total, como una cera se derritió su expectativa. No pudo arrancarse la ropa para demostrar su irritación porque ya no la tenía, sin embargo, arrojó sobre la televisión, el moño blanco que sujetaba la cabellera. — ¡idiota! Hay… no puede ser, que estúpida soy, ahora tendré que aburrirme el tiempo que dura el fin de semana — se levantó del sofá y puso bruscamente el aparato en su lugar.
El sol se ocultaba tras los volcanes. Las nubes destellaban colores rojizos y lentamente el fresco viernes se transformó en tormentoso fin de semana. Descalza, con la melena al vuelo, recorría su departamento, rememorando una y otra vez el conflicto; transitó por su cabeza el sentimiento de culpabilidad, arrollada en una mortífera sacudida de sentimientos reprimidos, el descuido de los comentarios era la causa eficiente de un viernes tedioso.
La urbanización periférica que rodeaba su departamento combinaba arquitectura funcional con toques de diseño casual. Allá abajo, la ciudad de Tlaxcala representaba una fermentación cada vez más contundente de luces y destellos citadinos, el flujo por las calles: (los autos y los anuncios con luminosidades pletóricas), circulaba en los ojos de los transeúntes. En la oscuridad floreció una cantidad suntuaria de sombras, de claroscuros, de cuerpos negros, la opacidad se conjugaba con las luminarias dispersas. El aspecto lóbrego de algunas zonas resaltaba una alianza con la carencia. Los perros de la localidad dejaban caer sus ladridos en las avenidas, en las azoteas o en algún peatón. El lecho recibía la belleza de la mujer con una libertad envidiable, las sábanas aspiraban de vez en cuando un sollozo. Sus sueños de misterio. La túnica envolvía el cuerpo lindo, virginal; la silueta como un aura murmuraba en movimientos los pasos por aquel jardín lleno de flores, los arcos de mampostería eran cubiertos por enredaderas con rutas indefinidas y múltiples, y abajo, en los pies desnudos la alfombra natural como un colchón fresco y verde, los arbustos recién cortados con figuras clásicas. Encinos y abetos son otro fondo del paisaje, la diversidad de los verdes, el cetrino, el verdemar y el aceitunado en combinación con la montaña pintoresca: su expresividad nata es la belleza. El río a la izquierda cerca de la vaguada, el desfiladero se divide en múltiples bifurcaciones venosas, como crestas de rutas indescifrables, el agua rebota, es el sonido que recobra la percepción del oído. Un murmullo en el aire, el bisbiseo de las hojas frotándose, susurrantes unas a otras en mezcla con el gorgoteo acuático del río, del pez que salta imprevisto con un inadvertido arrojo. Caminaba en el valle. Su piel saboreaba el fresco soplo y el ambiente cálido. Al encontrar un columpio en el roble hercúleo se sienta y se mece lentamente como esperando algo. A lo lejos, en el horizonte distingue una silueta. Es un hombre que cabalga, se ve imponente, masculino, con la fuerza viril conduce al animal por entre los árboles y saltando los riachuelos. El corcel trota con majestuosidad, la maestría y el dominio en las patas educadas. El sol cae en los rizos trigueños, flotan; su movimiento es de émbolo combinado con el trote del caballo. El varón desnudo, a pelo, desmonta del percherón; cerca, por los arcos y camina hacia el columpio, la belleza del hombre era evidente, sus muslos a cada paso se contraen, se tensan. La piel broncínea brilla en tono cobrizo, los ojos expresivos e intensos en una cara cuyo moño es una sonrisa abierta; con ese gesto hizo celebre la reunión. La tomó del talle, haciendo que la túnica se pegara a su cuerpo. Una sola silueta por la fusión de los brazos y las bocas. Fue venciendo su cuerpo y soltó poco a poco las cuerdas del columpio. Se tomó la última copa recordando la llamada de anoche. Sabía que las mujeres eran así, a veces incomprensibles; tal vez había sido un error colgar el teléfono; pero tenía que darle un escarmiento para que cambiara de actitud, para que se educara, la mejor carta que tenía era que ella pidiera perdón y continuara todo como siempre. El ambiente del bar se había desvencijado por las horas y el alcohol, el día hacía señas en aparecer. Un gallo torpe se escuchaba a lo lejos y punza el principio de la resaca. La mano inepta se apoyó en la mesa donde dormía su amigo, y derramó el retrasado sorbo. Pidió el teléfono. Corrieron felices al arroyo, el remanso del agua terminó cuando juguetearon; el caballo bebía en el estanque más abajo, cerca de la cañada. Buceaban. No existía lenguaje, la expresión de sus cuerpos era total. Después de broncearse al sol; un placer comer manzanas del árbol, estirar la mano y tomar. Cae una, y ¡suena un timbre! Se desprenden muchas al mismo tiempo y caen estrepitosamente. — ¿Quién habla? — contesta una voz adormilada entre contenta por el sueño y molesta por la interrupción. —Soy yo mí… ¡hip! Amor. —Qué quieres. —Quiero hacerlas pases, te perdono por ser tan seca en las conversaciones. — ¡ha sí! Pues vete mucho al diablo clic. Pip…pip…pip… —Y… ahora esta ¡triste vieja! — Azota el teléfono en la barra y hace que se caigan los ceniceros apilados. El cantinero se enfurece, brinca el mostrador, mientras lanza la patada. En el piso es pateado por otros dos, la cara, los golpes, sangre, contusión, magulladuras. ¡Todo le llueve! Su amigo está perdido; vomita en el mingitorio. Los amarran y son subidos al Volkswagen. Cerca de Panotla, en el puente que cruza la autopista lo atan. Su amigo duerme la siesta en el pasto seco. Despierta feliz, el sueño que ha tenido la ha rejuvenecido; acaricia las sábanas recordando el cuerpo viril del hombre, sus caricias, el beso apasionado; el sexo pleno, total. — recuerdo que empezó cuando entregué mi cuerpo y solté las cuerdas del columpio. El hombre está colgado, su tronco se vence por las costillas rotas y suelta poco a poco las cuerdas que columpian su cuerpo.
El cuaco
Camilo… ¡Dónde está mi animal! —Cómprame el caballo o véndelo. Yo para que lo quiero — dice su papá en tanto que acomoda la hierba y la esparce en el comedero de los animales. Los rumiantes ni lentos ni perezosos movieron sus mandíbulas. —Allí tenlo, al rato lo vas a necesitar —No… traga mucha pastura y yo nomás lo ocupo dos veces por semana, dile a don Jacinto, a doña Manuela, o a ver a quién, porque yo ya no lo quiero. Cómpramelo tú, así se queda en la familia, y puedes prestármelo el día que lo tengas desocupado. —Pero, papá, apenas si tengo para mantener a mi familia y quiere usted que mantenga al animal. Los surcos que me dio no necesitan de tanto — contesta Camilo rascándose la cabeza despeinada. —Lo vendo en ochocientos pesos. No está caro, piénsalo, después me dices, y si lo vendes a otra persona pues le aumentas cincuenta para ti — exclamó el hombre mientras arrastra con la pala el excremento. — ¡ha! Y otra cosa, mañana no voy a poder sacarlos a pastar porque voy a ir con doña Jacinta para que me haga una “limpia”, últimamente como que me siento mareado, y las comidas que me traes, nomás de que pasan por el panteón se les mete el mal sabor y me truenan las tripas, además de que siento piquetes en el cuello. Vienes temprano para que en la tarde no te agarre la lluvia, y recuerda llevar a lazo al becerro. —Lo bueno que mañana tengo día de descanso en la fábrica, porque si no, iba a tener que decirle a Pablo que se saliera de la escuela. — ¡Ni lo mande Dios y la Virgen de Guadalupe! — Vocifera fuerte el viejo al tiempo que se santigua y mira el cielo — ese chamaco es el mismo infierno, capaz de que los mata en los roquedales, acuérdate de aquella vez que le amarró cohetes al “peluchin”, pobre perro, del susto se aventó a la presa y los remolinos ya no lo dejaron salir. ¡No! ¡No! ¡No! Quiero que los cuides tú… —Está bien papá, nada más que primero compraré el gas en la carretera, si no cuando, y ya se va a acabar el otro. Tengo que pescar el camión temprano porque ya ve que ni entran al pueblo, según porque se les descomponen los muelles — Dice Camilo mientras observa los guajolotes que se pasean torpemente y cacarean con estruendo, asemejando un eco sórdido cuando el viejo grita. —Bueno pues ya vete, llévate los huevos que están en el chiquigüite encima de la leña, creo que ya se están empezando a apestar y antes de que se los dé al “Dogo”. Camilo sigue la senda, al pasar por el árbol de peras que está en la orilla, llena de frutos, el recipiente donde vienen los huevos. Camilo trabajaba en Panza cola en la fábrica de durmientes, descansaba los jueves, ese día lo ocupaba para ir a Puebla a comprar o para hacer alguna que otra cosa. Una señora se acerca. — ¡Camilo, conque cosechando de lo ajeno! — dice entre broma y risa. El delantal floreado es reconocido por Camilo. —Doña Jacinta buenas tardes. — ¡A poco ya son tardes! Si apenas vengo del mercado —Pues sí, ya son más de las doce y media. — ¡Virgen Santísima! Me voy a apurar — dice la señora en tanto que pasa la bolsa a la otra mano. —Hasta luego doña Jacinta, me saluda al compadre Marcos — apenas hubo dicho estas palabras y recoge el cesto del suelo y camina a su casa. El sol se queda pasmado en el medio día. No hay calor, sólo el aire fresco que huele a agosto. Muy de mañana cuando la sinfónica de gallos se escucha desde cerca hasta lo más lejano, hasta los horizontes agrestes, cerca de los magueyales. Prepara la carretilla. Sube el tanque de gas. Quita un lazo del tendedero y amarra el cilindro. Mientras, su esposa sueña que tiene carro, en él se pasea por la “Cinco de Mayo” y la “Avenida Juárez”, allá en Puebla. Las combis colectivas pasan de manera impertinente por la carretera, otros oriundos del lugar aguardan cuando los primeros centelleos de la amanecida parten del contorno de la Malinche. Después de aguardar unos minutos, aparecen a lo lejos los inequívocos carros repartidores con su tronar de cilindros, corriendo, peleándose la pista asfáltica, rebasándose, peleando por la venta. Los clientes a la caza. El tiempo que vale oro. El primero en llegar es quien gana. Los gaseros duchos se lanzan a la venta, suben tanques vacíos, bajan otros llenos con prisa. Camilo abre la puerta de la cabina del camión y paga al chofer que da cambio, éste, al mismo tiempo observa por el espejo retrovisor, la competencia que se acerca a sesenta kilómetros por hora. La esposa de Camilo, bostezando y con la pelambre hecha nudo, prepara el morral que se va a llevar su esposo, media docena de tlacoyos, el galón de agua y tres naranjas. El entramado de palos rebota cuando Camilo empuja con la carretilla la puerta de madera. Deja el tanque cerca del lavadero. Al dirigiese a la cocina se frota las manos para quitarse lo entumecido, obscura por el tiempo de madrugada, se envuelve en un silencio de ermita, duerme la ubicuidad entre los trastos y cazuelas, sólo se escucha el ronroneo del refrigerador. Toma el morral de la mesa, la gorra. Grita a su mujer desde el umbral del tejado — ¡Vengo en la tarde! — Sin contestación se dirige a la casa de su progenitor. La esposa sigue durmiendo, sueña que tiene una casa de lujo con pisos pulidos y sirvientes hacendosos. Las bestias aturdidas por el vaho de la noche, la neblina se mece entre las patas; se impacientan al oír el cacareo de las gallinas, que muy de mañana comienzan a buscar la piedrita que comer o la hoja que engullir. Camilo abre el zaguán de par en par. De pronto salen las gallinas, agitando las alas, efusivas, pataleando el suelo, excitadas por el nuevo día; en seguida un totol esponjado demuestra su género como todo un garañón, se ve fogoso cuando se pavonea con un triste color negro. Desata el caballo dejando la cuerda encima de la grupa, las otras dos vacas al sentirse liberadas inician el cotidiano trayecto, el becerro corre a mamar, pero las patadas de la res al trasladarse impiden acercarse a la ubre. Suben el cerro de la “Cruz” y toman camino por el sendero que conduce a la cañada “Barranca honda”. La mañana está fresca lo mismo que el entusiasmo del ternero; corre, patalea, trata de topar al perro. “Dogo” también juguetea, sube a los pequeños montículos de tierra, los tapancos tepetatosos sirven de escenario para la algarabía, los ladridos permanecen en las orejas de las bestias mientras el becerro continúa con la tarea de fastidiar las tetas. El caballo atrás, impasible observa la cría. La vaca lanza la patada. El caballo relincha justo cuando pasan bajo una retama. Camilo sosiega al joven animal, mientras el cuaco sacude la cabeza como queriéndose quitar algo. El caballo se ha herido un ojo con una vara, sangra, sigue chillando, quiere escaparse, correr; la sangre le cubre el ojo, tropieza con los otros animales. Al llegar a los campos, Camilo lo amarra y vacía en el ojo enfermo el agua del galón. —¡triste animal! ¿Y ahora qué hago? — balbucea entre dientes — Se te fastidió toditito el ojo, ya quedaste como ojo de tirador, y aunque te ponga la violeta, las pomadas, los emplastos y las limpias de Jacinta nomás no se te va a regresar el globo al ojal. Y ahora qué le diré al viejo, él que te quiere vender y ahora me cobrará como si fueras nuevo, nadie comprará un cuaco tuerto a precio real ¡Valdrás la mitad! Y si bien quieres si no te hacen chito — el animal no entiende nada sólo percibe un dolor intenso, el lamento y una oscuridad a medias le quitan el apetito, la hierba se aburre esperando ser comida. Las moscas han olfateado la sangre, se apresuran a festejar el accidente, bailan y danzan con el bisbiseo de las alas frente al ojo sano. — ¡Te dije que llevaras el becerro amarrado! ¡Nunca me haces caso, parece que digo las cosas, te entran por una oreja y te salen por la otra! ¡Hora ver! No vale más que la mitad. Me lo pagas, yo no sé, me lo pagas, consigue dinero, me lo pagas. — Camilo conocía de antemano la reacción de su padre. Tomó la soga del cuaco y se dirigió hacia su casa, agobiado por la situación, temeroso del problema en que se había metido, apático ante la vida, tal pareciera que la suerte le había abandonado de manera patente. En su cara estupefacta asomaba una tristeza insaciable. Recorrió el pueblo tratando de buscar un comprador, lo llevó al tianguis del domingo, pero como la crisis daba sus frutos en los bolsillos vacíos, no había ningún pretendiente de auscultar el diente del caballo, y más al ver al caballo de a media luz, triste, esquelético y con la sombra pegada al suelo con pesadumbre. El viejo llegó a la casa de su hijo, empujó la tranca y entró al patio. Hacía quince días que no veía a su hijo y quería enterarse, que había pasado con el cuaco tuerto; encontró a la mujer dando de comer a Pablo — ¡donde está Camilo! Dile que venga, quiero hablar con él. Desde que se trajo al caballo ya no lo veo. ¡Quiero que me pague mi animal! Necesito dinero para pagarle a Doña Jacinta. Pone las tortillas en la mesa y a continuación dirige la vista al visitante —Pues, hora si se va a quedar sorprendido suegro, fíjese que el cuaco tuerto no se vendió, y nosotros no teníamos dinero para pagárselo, así que Camilo pensó mejor en matarlo y venderlo en canal, el dinero que se juntó no era ni una tercera parte de lo que usted pedía porque unos vecinos nos quedaron a deber la carne, y es hora que no nos pagan. A Carmelo no se le ocurrió otra cosa que ocupar el poco dinero en el pasaje para irse a Ciudad Juárez y pasarse de mojado. Me dijo que cuando él regrese entonces van a hacer cuentas— mientras tanto, Pablo sacude el salero encima de los ojos del perro visitante; que lo mira pidiéndole un bocado bajo la mesa. “Dogo” se rasca los ojos con la pelambre de las patas, la sal en los ojos hace soltar una lágrima.
La ironía a Chiapas, un cuento de ficción.
Estamos dispuestos a vivir pacíficamente dentro de nuestros hogares, más bien espaciosos, si hemos de ser verídicos. Y desde luego y por supuesto, nos enojan los ruidos poco edificantes que nos llegan de las habitaciones de los sirvientes. Sí, pongamos por caso, un movimiento revolucionario de base rural trata de alcanzar la independencia de la dominación extranjera o derrocar estructuras semifeudales apoyadas por potencias mexicanas o si los ilógicos gobiernos rehúsan responder apropiadamente el programa de fortalecimiento que hemos preparado para ellos, si objetan a verse cercados por los benévolos y pacifistas (hombres ricos) que controlan los territorios de sus fronteras como un derecho natural, entonces, evidentemente debemos responder a esta beligerancia con la fuerza apropiada. Es esta mentalidad lo que explica la franqueza con que el gobierno y sus apologistas académicos defienden la repulsa popular a permitir un arreglo político en Chiapas a nivel local, un arreglo basado en la distribución real de fuerzas políticas. Incluso los expertos del gobierno admiten libremente que el M.A.R.C. Es el único partido político en Chiapas basado realmente en las masas, del que el M.A.R.C. ha hecho un esfuerzo masivo y consciente para extender la participación política, aun cuando esté manipulado, a nivel local de forma a envolver al pueblo en una revolución de contenido y apoyo propio y que este esfuerzo se ha visto hasta tal punto presidido por el éxito que ningún grupo político (con la posible excepción de los grupos anticristianos, se cree equiparable en tamaño y poder para arriesgarse a entrar en una coalición, temiendo que si lo hace: la ballena se trague la sardina). Por añadidura, conceden que hasta la introducción de una abrumadora fuerza nacional. El M.A.R.C ha porfiado para que la contienda (se librara a nivel político y que el empleo de poder masivo militar podría ser por sí mismo ilegítimo… el campo de batalla iba a ser de las mentes y lealtades de los chiapanecos rurales, las armas serían las ideas) y correspondientemente, que, hasta mediados del año 2000, la ayuda desde Oaxaca (fue mayormente confinada a dos áreas — reglas doctrinales y liderato personal). Documentos del M.A.R.C. muestran el contraste entre la superioridad militar del enemigo y su superioridad política, confirmando así el análisis de los portavoces militares que definen nuestro problema como (con fuerzas armadas considerables pero escasa fuerza política— para —con un adversario de enorme fuerza política pero solo una modesta potencia militar) Similarmente, el desenlace más chocante de la conferencia de paz en febrero y de la que continuaron en octubre la guerra. Así, proseguimos, que los chiapanecos demandan un “programa de pacificación” que tenga como su meollo… la destrucción de la estructura política clandestina de Chiapas y la creación de un férreo sistema de control político—gubernamental sobre la población. Y desde Puebla una corresponsal cita a un portavoz destacado de Chiapas diciendo: “con franqueza no somos lo bastante fuertes para competir con los que apoyan el T.L.C. sobre una base puramente política. Ellos están organizados y son disciplinados. Nosotros no lo somos, no contamos con ningún partido grande y bien organizado y no tenemos tan siquiera unidad. No podemos dejar que exista el chiapaneco. Los altos cargos en México comprenden la situación perfectamente. Por tanto, el secretario en cargo ha señalado que si Chiapas acude a la mesa de conferencias como miembro con todos sus derechos se habrá, en cierto sentido, anotado la victoria sobre los mismos objetivos que Chiapas y los otros Estados se han empeñado en impedir”. Otro reportero dice: “El compromiso no ha causado la menor satisfacción aquí toda vez que la administración sacó en conclusión hace ya mucho tiempo que las fuerzas del M.A.R.C. no podían sobrevivir en una coalición con los jefes de gobierno. Es por esta razón — y no por causa de una interpretación excesivamente rígida del protocolo — que México ha rehusado firmemente tratar con Chiapas o reconocerlo como fuerza política independiente”. En resumen, permitiremos que los representantes de Chiapas acudan a las negociaciones si acceden a identificarse como agentes de potencia ajena y renuncian al derecho a participar en una coalición gubernamental, derecho que lleva media docena de años sin pedir. Sabemos perfectamente que, en cualquier coalición representativa, nuestros delegados elegidos no durarían un día sin el apoyo de las armas. Por consiguiente, debemos incrementar la fuerza y resistir negociaciones significativas, hasta el día en que un gobierno cliente pueda ejercer tanto el poder militar como el control político sobre su propia población — día este que jamás verá su amanecer, pues como alguien ha destacado, nunca estaríamos seguros de la seguridad del sudeste, cuando la presencia Occidental se hubiera efectivamente retirado. Por tanto, si fuéramos a negociar en la dirección de soluciones que sean puestas bajo la etiqueta de neutralización; esto equivaldría a capitulación ante los anticristianos. De acuerdo con ese razonamiento, luego, Chiapas debe subsistir, permanentemente, como base militar ajena. Todo esto, por supuesto es razonable, en tanto aceptemos el axioma político fundamental de que los Estados, con su tradicional preocupación de los derechos de los débiles y los oprimidos, y con su privativa división de la apropiada modalidad de desarrollo de los pueblos atrasados, debe tener el valor y la persistencia para imponer su voluntad por la fuerza hasta llegado el tiempo en que otras poblaciones estén dispuestas a aceptar esas verdades — o simplemente abandonar la esperanza. Si es de la incumbencia de los cuentistas porfiar por la verdad, es también su deber ver los acontecimientos en su perspectiva histórica. Afortunadamente, esta particular historia tiene un final feliz. En pocas semanas el gobierno dio las resoluciones al M.A.R.C. Entre lo pactado está que el Banco mundial dará de comer por espacio de una década a todo aquél afectado por las situaciones chiapanecas, y que tendrán condiciones inmejorables como las tienen los países del primer mundo, además de que la inversión extranjera escanciaría sus riquezas para que el pueblo chiapaneco sea feliz; por otro lado, los inversionistas extranjeros se propusieron no abusar más de la bolsa mexicana de valores.
La muerte tiene permiso de hacer fuego las cenizas
Era mi vecino de la calle Muñoz Camargo, arteria que partía en dos la ciudad de Tlaxcala. Recuerdos… Yo era un chiquillo. Estudiaba la primaria en la escuela Emiliano Zapata, mientras él, junto con mi hermana, estudiaba la secundaria en la «técnica».
Por aquel entonces, ya se le notaba. Solía gritar desde la azotea de su casa cuando se enojaba con su madre, diciendo: —¡Me voy a matar! Ustedes no me quieren. Y la madre, desde abajo, le contestaba cosas que no lo animaban a hacer lo contrario. Óscar era un adolescente demasiado impulsivo, delgado; desde la azotea podía verse su tétrica y triste figura, su rara personalidad, tal vez porque era homosexual. Solía pasearse por los bares de la localidad e incluso intentar entrar en el ejército, pero su edad se lo impedía. Cuando se inauguró el nuevo mercado llamado Sánchez Piedras, supe que se había ido a Houston.
Se le veía rodeado de tanta gente, conociendo personas, o a algún hombre a quien amar. Sus brazos se entregaban a cuerpos bronceados, pétreos y erguidos, otros que tenían acento extranjero y que esponjaban su corazón con la primera caricia; se convertían para él en huesos firmes y duros como los de las ballenas viejas que habitan el Atlántico. Los días se transformaban en fiesta cuando, en el restaurante, más de uno acariciaba su trasero y él respondía coquetamente con una sonrisa complaciente. Cuando llegaba a su casa después de un lento día de trabajo, depositaba en el cofre de metal, encima del tocador, sus anillos suntuosos y de figuras extrañas. Su compañero soportaba sus extravagancias y hasta su rostro cubierto con mascarillas por la noche; pero era otra cosa cuando él coqueteaba con otro rival, entonces sí se ponía agresivo. Óscar se puso histérico cuando recibió por teléfono la noticia de que su compañero de departamento lo había dejado. La nota decía: —¡Pelandusca chiquita, ya no te quiero!
El padre de Óscar vivía también en Houston. Tenía a su cargo las importaciones de productos petroquímicos derivados, una compañía que era una ramificación de PEMEX. Viajaba mucho. Sólo en dos ocasiones lo vi en Tlaxcala, la primera vez cuando llegaron a México a establecerse, y la siguiente cuando vino a romper con su segunda esposa: Ana, la madre de Óscar.
Su padre supo que su hijo vivía en otra colonia. —¡Puto chiquito! — Decía, peinándose el bigote frente a un escritorio de roble; a su lado, la secretaria se reacomodaba el sostén y corregía sus medias fruncidas.
No recuerdo una sola ocasión en la que su madre se preocupara por él, hasta que le dio «leucemia» (en realidad pienso que lo que tenía era SIDA). Entonces, tuvo que viajar una vez al año durante cinco años. Los hermanos se disgustaban porque no podían contar con el dinero de las rentas, ya que era destinado para el avión.
Cuando enfermó, mi hermana se puso triste; ella sí lo estimaba, lo quería. Inclusive, en una ocasión se quedaron solos en la casa de México. —No te preocupes, conmigo no corres peligro— Dijo él mientras caminaba por la sala como partiendo plaza, con la delicadeza desplazada en un cuerpo femenino. Después de eso, no lo volvió a ver. Un día llegó una carta de Houston, lo cual fue extraño porque en Houston no teníamos conocidos, hasta que mi hermana la leyó. Mientras ella pasaba la vista por las caligrafías, yo sacaba del sobre una foto de una persona irreconocible. Era Óscar, desahuciado, hecho cáscara, con la piel pegada a los huesos. Como si estuviera viendo a un individuo de África, de los que a veces aparecen en la tele, que son pura osamenta, carcasa negra; en esos huesos tristes sonríen la muerte, la miseria y el hambre. Era inadmisible que lo que estaba impreso en la foto fuera Óscar: su cara trataba de sonreír, pero el horror se le emparejaba, lucía el pavor en la cara granuja; una cobija de lana tapaba algunas costillas y, sobre la mesa de noche, un libro de poesía que estaba escribiendo. Encima de su frente asomaban manchas anaranjadas con excoriaciones, y en su cabeza los hirsutos cabellos permanecían regados en la almohada. En su mano lucía los anillos suntuosos y de figuras extrañas extraídos del cofre de metal, frente al espejo, en el tocador.
Ana y su familia no eran cristianos. A Óscar no le importaba, pero cuando incineraron su cuerpo, sus cenizas fueron guardadas en el cofre de metal junto con el libro de poemas y sus alhajas. En la iglesia de San José tuvo su misa de cenizas presentes; fue hasta el mes siguiente cuando hicieron el servicio. Ana tenía que pedir permiso en su templo. Ellos no respetaban nada, inclusive en la ceremonia los veía platicar y juzgar no sé qué cosa. No los entiendo. Al salir, mi hermana cargó el cofre hasta la calle Muñoz Camargo donde vivían los vecinos. Nos invitaron a café y pan de dulce (lo tradicional), pero pusimos pretextos, la mayoría de la gente hizo lo mismo, tal vez por su religión.
La muerte siempre andaba cerca, pero ahora se sentía en el aroma extraño e inusual de las jacarandas del bulevar Mariano Sánchez. Por las noches, mientras el cofre estático aguardaba al lado del teléfono, en la repisa color caoba de la sala de los vecinos, se escuchaba el ulular de las ambulancias que venían a dejar los muertos o los heridos al Hospital General. (Óscar y yo, en ocasiones, solíamos correr a ver a los muertos o atisbar las tripas del herido), un destino que no podía cambiar. Sin embargo, no me preocupaba tanto la muerte de Óscar. Sé que las cosas pasan. Por el momento, tenía la corazonada de que Alicia me llamaría. Necesitaba platicar con ella, decirle cuánto la quería. Le dejé un ramo de claveles rojos sobre su escritorio con una nota diciendo que la amaba; en el apunte había dibujado objetos eróticos para que viera mis ardientes intenciones. Se había ido la luz, el teléfono petrificado, inerte en el atardecer. Chispazos y destellos recorrieron la instalación del teléfono ¡No supe qué pasó! El aparato se puso negro en un segundo, en el cable brotaban hilos de humo tostado que iban a dar al techo; las carpetas de los sillones comenzaron a cubrirse de un tizne grisáceo. Le grité a mi hermana y recordé que no estaba, a esas horas laboraba en su trabajo.
En la casa del vecino sucedía lo mismo, los hilos conductores se fundían, se ponían rojos, incandescentes. La repisa empezó a oler a madera chamuscada, frita. La neblina cundió en la pequeña sala donde se encontraba el cofre de metal, y adentro de éste, el libro de poemas se inflamaba y hacía arder las cenizas guardadas. Los anillos permanecieron candentes hasta el tercer día y nadie se dio cuenta. Aún hoy no sé qué sucedió con los cables, pero algo tuvo que ver el cofre cerca del aparato de los vecinos. Ellos deberían asomarse al interior del cofre de metal, en la repisa que está en su sala, descubrirán que la muerte tiene permiso de hacer fuego las cenizas.
Una pequeña ola reventando en su frente
Se veía muy moderna con su copete alzado, como una pequeña ola reventando en su frente. La observaba oculto entre las ramas, agazapado, tratando de ser imperceptible. Los arbustos eran un refugio ideal para ocultarme. Me sentía fortalecido en mi escondite mientras ella jugaba con su bolso y reía con su amiga en el pasillo de la escuela. Yo no existía en su mundo, era como si fuera invisible.
Vi mi mano adelantada en los setos del jardín, con el reloj para salir corriendo a la siguiente clase; entonces corrí, y se me ocurrió algo que nunca hubiera deseado hacer en mi vida: estornudarle en la cara justo al pasar. Su semblante quedó hecho brisa, con el copete destruido.
Perros de agua
—Sólo bastaba ver el cielo hacia algún lugar para advertir las parvadas de pájaros dando giros en el aire. Eso me gustaba, más cuando se vive en una ciudad capital donde todo se mueve, cambia y se moderniza por amor a la humanidad, al progreso. Yo realmente no sé lo que significa progreso, pero me imagino que ha de ser tener: radio, televisor, compact-disk o computadora. Los políticos hablan de progreso y democracia, me pregunto si será lo mismo, sólo ellos se entienden.
—Desde que terminé la preparatoria, me dijo mi padre que me pusiera a trabajar, que consiguiera trabajo o que él me lo conseguía; eso me preocupó, porque… ¡Él se mancha! Cuando me vio sentado viendo la telenovela de las cinco, se puso como energúmeno. No recuerdo bien cuál fue el sermón porque mientras lo recibía observaba los anuncios de la tele. Salió la publicidad de la escuela de inglés; fue mi salvación de momento, — quiero estudiar inglés — le dije sin miramientos; él contestó que estaba bien pero que aun así tenía que emplearme en algo. Recordé que mi tío tenía un negocio de lavado de autos en Apizaco y que podía sacar algo. ¡Uf! Salvado, porque… ¡Él se mancha!
—Vivía en la calle Julián de Obregón en San Hipólito Chimalapa y la escuela de inglés estaba a un costado de “Gigante”. Se hace uno caminando como veinticinco minutos y no era muy lejos, lo malo estaba en que me tenía que parar a las seis de la mañana. A esas horas las calles amanecen, están vacías, y sólo se ven adolescentes que corren para entrar a su clase de las siete. La calle que más me desconcertaba era la de los árboles grandotes, la que está por el mercado, creo que se llama Lira y Ortega. Verán. Si han de observar esa calle está arbolada, creo que los sembraron los antiguos habitantes de Tlaxcala, no lo sé; soy malo para la historia. Lo que sé es que siempre ha habido pájaros de todo tipo. Realmente no conozco de variedades de aves, pero cuando iba a la primaria un compañero me dijo mientras paseábamos por la ribereña que esas como águilas negras se llamaban “perros de agua” y que comían caracoles, pequeños sapos de la laguna de Acuitlapilco.
—Al ir a la escuela de inglés, veía regado en el piso el excremento de las aves, esas banquetas olían mal generalmente a no ser que hubiera caído el día anterior un chubasco que permitiera olfatear otra cosa en el piso. Entre el frondoso follaje eran imperceptibles, se podía ver un entramado de raíces y palos, como un sombrero boca arriba ¿serían sus nidos? Sí, puede ser. Me preguntaba cómo poder conocer la cantidad de estas palmípedas, ¡sería posible contarlos! impracticable era en los bambúes del jardín del museo de las artesanías. Me volvía loco al pasar por allí, tanta pilladera ¡es bestial!
—Los pajarracos que les cuento sí. Me imagino que podríamos hacer una investigación, en la cual tendría como problemática la ayuda al ecosistema y a la conservación de las especies a punto de desaparecer. Dado que se secó estérilmente la laguna de Acuitlapilco y estos animales subsistían gracias a ella. El escruto se podría llamar: proyecto de conservación de las especies: “perros de agua” en extinción. Con amplitud de veinte cuartillas y dirigido a los interesados. Sería para conseguir apoyo del gobierno del estado, y autoridades municipales. Entre los trabajos a realizar estarían: El cálculo numérico de animales. El auxilio si las ramas se desgajen. La observación permanente de sus nidos con binoculares desde los edificios más altos para así no molestarlos. Científica medición por metro cuadrado del número de excremento para calcular la cantidad de tiempo en hacer sus necesidades por comunidad. Estudios en laboratorio para tomar en cuenta la posible importación de babosas, sapos y la prevención de enfermedades más comunes o la sustitución de otros nutrientes propios del caracol y la rana.
—Se podría fabricar una solución aromática para rociar todas las mañanas los troncos, la banqueta y también hacer negocio rentando paraguas en los extremos de la calle para que el peatón pase cómodamente y no sufra algún contratiempo. Eso podría beneficiar a la economía de la ciudad.
—Después de la reflexión lo que quedaba era redactar y remitirlo a las autoridades. Son mis deseos: servir a la comunidad, hacer algo de provecho. Porque lavar carros o estudiar inglés pues…sí, pero no me llenaba, como que eso lo hacían muchos y una idea como ésta era como galardón al mérito o como los premios de Jacques-Ives Cousteau por resguardar las especies en extinción de los océanos. Fueron cinco meses de arduo trabajo, dice el dicho que “di las cosas se hicieran tan fácil cualquiera las haría”.
—Esto valía la pena, así que mandé copias de mi pequeña y anticipada investigación, las propuestas de remedio, los objetivos; bueno, el sí el proyecto completo, al gobierno del estado, a la presidencia municipal, al CONACYT, y al maestro de inglés para que lo tradujera y pudiera mandar la información al CDAPI (Centro de Documentación sobre los Animales en Peligro de Inanición) —por aquello de la laguna de Acuitlapilco— en Utah, USA. Después de medio año de remitir aquel proyecto, cuando cursaba el ciclo intermedio, esta mañana, mi pregunta fue: ¿qué ha pasado con aquellas motas en el suelo? Mucha fue mi sorpresa cuando me entero por el periódico que el grupo de colegiados en leyes ha puesto una legislación que prohíbe a las aves ensuciar las banquetas. La política es mantener la limpieza a como dé lugar para bien del turismo.
En la medianoche, la policía había realizado una redada en el sitio tomándolos desprevenidos, y remitidos a la pajarera municipal recientemente construida. Las autoridades correspondientes pusieron a disposición de las aves. Purgan una condena mínima pero significativa, de tal modo que no vuelvan a posar las alas en ese lugar a no ser que quieran recibir una reprensión o ser sacrificadas.
El umbral erótico
Caminaba con pasos apresurados en medio de una ciudad que conocía desde pequeño pero que aún no dejaba de percibir cosas nuevas, o situaciones diferentes. Sabía que ella lo esperaba y por eso aceleraba su paso, saludando a algunos amigos con reverencia al estilo político. A lo lejos pudo ver la florería de la esquina y pensó en ese obsequio que hace ablandar los corazones más helados. Entró a la tienda y pidió una sola rosa, aquella que representaría todo el cariño que él sentía. Sin más retraso, continuó su senda con prontitud. Dobló la última esquina, la sonrisa de triunfo, con el corazón exaltado, la falta de aire, con el pulso batiente y la garganta seca. Se recargó en la casa marcada con el número treinta y cuatro para recuperar su aliento. Respiró profundamente mientras sacaba un pañuelo para secar las pequeñas gotas de su frente. Miró a su alrededor, su vista buscaba aquella casa de dos pisos con reja negra cuya particularidad era una fuente de mármol. Recuperado del esfuerzo, suspiró acercando a la nariz la rosa que llevaba entre sus manos y que seguramente despertaría eternas pasiones o simplemente aquella sonrisa que lo hacía volverse loco. Sonrisa deleitable, placentera, hermosa. Llegó ante esa casa y admiró la fuente que dejaba caer aquellos hilos de colores acuáticos. Más aún, se imaginaba aquella cabellera al viento de alguien con quien pronto estaría. La puerta de su alcoba estaba abierta ella tenía los hombros desnudos. Con movimientos sensuales deslizó su camisón mostrando el muslo satinado. Un viento suave ondulaba el negligé, untándoselo al cuerpo. Él la miró desde el vestíbulo y el negligé desapareció ante sus ojos, mientras un temblor le nacía en los labios al imaginar el cuerpo cálido de la mujer al suyo. Las venas de las sienes le pulsaron desbocadas. Sin dudar, ofreció desde lejos el presente, dejándolo en la mesa de centro y subió por la escalera. Al llegar al umbral extendió sus brazos para tocarla y, al dar el paso que lo separaba de ella, se le desvaneció con un golpe en la cabeza. Hecho un ovillo en el suelo y entre sueños escuchó que alguien le decía: — ¡Qué trancazo, José! ¡Vaya golpe!… ¡No vuelvas a dormir en la litera!
El dios de la mosca
Zumbaba cerca, parecía un vuelo desesperado, con prisa, en unos aspavientos acelerados. Danzaba en el aire que respiraba, luego, la mosca se detuvo; aventurándose a comer el azúcar de la taza de café, en el borde floreado y albino. Me miró, diciendo: —Tú eres Dios. Tú eres eterno, lo puedes todo; yo soy perecedero, mortal y etéreo; navego en una realidad apresurada, por eso mi vuelo, por eso mi gesticulación volátil, por eso te molesto tanto. No me das vida, pero sí la quitas con tu propia mano. Tú eres mi Dios, el hombre es mi Dios. — ¡Vete de aquí! — Le dije — ¡Vete! Lánzate a gozar de tu vida, encontrarás en este tu universo pequeño, lo suficiente para tu existencia. Devora las semillas del segundo y no pierdas más tú tiempo. Baila sobre lo que pueda hacerte más feliz, pero no retes a tu Dios, no lo ofendas, no lo disgustes, pues encontrarás cortada tu existencia. Se alejó sin decir más, había dejado sujeta como grapa una enseñanza, ¿Le había dado aliento? ¿Qué hubiera pasado si le hubiera corregido que yo no soy ningún Dios, que era como ella: efímero, transitorio, vaporoso?
La peor hora del día
—Esta es la peor hora del día, vitalidad opaca, deprimente. Odio esta hora. Me siento como si me hubieran comido y vomitado. Circulo por las calles, con el embrutecimiento pegado a la cara, al cuerpo. — El viento dibuja algunas barbas de frescura en su semblante, pero ni así, el cerebro se les acomoda a estas horas perezosas. Adolfo Escalona camina por las calles sonriéndose como un imbécil, las manos pegadas a los bolsillos del pantalón y con el chaleco que le regaló su esposa; un par de botas se enfilan por las banquetas de adoquín. Se le ve el modo cretino al caminar, es de mediano paso, desgarbado, con los hombros caídos al igual que sus ojos. Cruza las calles cuando en el semáforo tintinean los últimos pulsos amarillos. —En la tienda de “Fernanda’s” he visto cosas buenas, lo que pasa es que cuando estás mirando, tirando la baba, los de la fonda de enfrente, esos que almuerzan a esta demencial hora, te quedan espiando para ver si tienes malas mañas o malos gustos; ni modo, algunas veces lo he dicho, inclusive he visto nalgas buenas, casi poéticas. Quiero comprarme unos “Ray—Ban” o algo que se les parezca, que apantallen hasta el más entendido. Esos anteojos estilos John Lennon me quedarían de opulencia, me imagino que el compadre se quedaría de espasmo al verme con ellos o estos otros al estilo Elton John. La cigarrera de al lado se ve formidable con los “oritos” en las esquinas; es un estuche como para presumir en la oficina. Mi jefa usa una de esas pero la diferencia es que está forrada de piel de pitón y ésta es toda brillosa con grecas grabadas encima de los “. oritos” — Adolfo se inclina para ver con notable visibilidad en el aparador. Los carros continúan en la ciudad corriendo desmesuradamente. Los transeúntes pasan, van y vienen presurosos. El claxon de los carros suena a destiempo, los repartidores de refresco acomodan los vidrios en los empaques, y los de gas doméstico hacen lo suyo en la sinfónica de la capital. El olor de las memelas de la fonda de enfrente atraviesa las fosas nasales y va a parar al antojo. La carcajada infame de los aprendices de empresario se deja escuchar cuando la dama joven con las medias flojas, torcidas; se apresura a pasar desapercibida cosa que no consigue. El perro soez en la banqueta durmiendo, el niño que se ha embarrado del bostezo canino. —Las corbatitas de seda de Pierre Cardan, de Gianni Versace, se entallan con un diseño exclusivo y esas de colores serios en forma de pastel estrellado son fantásticas, esas otras de tipo deslavadas están de embeleso. Todo es detalle de alcurnia; como para sentirse todo el día una eminencia. ¡Chulada de cosas! — Adolfo Escalona se imagina tener todo. Observa la felicidad presentada en ese escaparate, cada artículo, cada cosa, sus detalles, sus propiedades, los colores de cada objeto. La eternidad se presenta en la mente. Las horas no existen, han muerto; se quedaron guardadas en algún sitio de su cretinismo. En la cabeza de Adolfo Escalona existe un universo entregado para la degustación de sus ojos mongólicos. El cristal se impone como un gran soldado a sus manos. El acercamiento deseoso se vuelve inminente. El cristal como un policía se presenta en la realidad. Topa con el cristal del escaparate al estar ido y, lo fractura de lado a lado; sin que el dueño lo note. Continúa candoroso con su deambular por las vías de la ciudad. Las empleadas domésticas con su caminar ladino, aturden con sus calzaletas. El día zopenco. La población entera moviendo las manos para hacer algo. Las palomas del parque fascinadas de no hacer nada. La arquitectura churrigueresca anestesiada en las paredes gordas. Los tentáculos de la realidad lo arrastran al pavimento, a las calles, a las líneas de casas, de negocios, de suburbios. La ciudad estrujándose en la jornada deprimente. Día mexicanamente desorbitado. —Y ahora qué hago para sentirme bien en este malogrado día, en esta hora que se me hace que no termina, que me usa y escupe a cada minuto. Camino, creo que de momento incautamente me sentiré mejor, aunque no sea cierto.
Un hombre especial
Algunas veces pensé que ser escritor me haría un hombre especial, como si el hecho de escribir fuera una función importante. La cosa es que sigo indagando y creo que sí, quiero ser escritor. Sigo pensando que puedo ser un hombre especial, nada más que no sé en qué sentido. Especial porque sería un espécimen raro entre la población, porque la rareza se mete hasta la cabeza, o porque me considero Sansón. La cosa es que creo que me equivoco. Si dicha profesión no da de comer, como diría Sancho Panza, no vale dos habas. Tomar como profesión el ser escritor me conduce a una serie de avatares que, al final de cuentas, conducen a la miseria. Hablo desde México, y eso tiene un significado de fundamento. Si naces mexicano y quieres ser escritor, necesitas de varias cosas: ser un hombre bien acomodado para que te vayas sacudiendo poco a poco los frenos, tener parientes conectados en la cultura, o ser un genio. De todo ello no tengo nada. Seguramente porque no tengo nada, soy pobre, cuento con unos cuantos libros, leídos y releídos, con unas libretas gastadas y grasientas, con un escritorio color caoba, una fotografía mía al frente donde aparezco como alguien que no conozco y que conoce la mayoría de la gente, es decir, la cáscara, la mascarada, el caparazón. También cuento con una pequeña cama de tres cobijas y tres almohadas, un reloj con figura de búho, pero… y eso es todo. ¿Contar con esos objetos me hace especial? ¿Soy acaso con eso un escritor? ¡Ah! Se me olvidaba, también tengo un espejo. No podía faltar un maldito espejo para estar observando qué cara cargamos en el día, antes de ponerme a escribir y después. ¿Para qué escribir? ¿Sería una profesión, un deseo inherente al espíritu, un deseo que nace innatamente, o es una pasión que no puedo remediar, como un vicio de no poder expresarme de otra manera? Porque yo sé que eso pasa conmigo: no sé comunicarme con las personas a nivel personal, soy un imbécil para el diálogo. Inclusive, cuando me preguntan la hora, me sudan las manos y la lengua se llena de un pasto polvoso. Por eso, cuando llego a mi casa, enclaustro el espíritu y sigo así, pero no siempre pasa; en ocasiones lo que hago es ir a las fiestas, divertirme, pasear.
Sí, me gusta pasear. Considero que esa es la riqueza que se me ha ofrecido en la vida: el paseo, la vacación. Por eso me ha gustado ir a México, D.F., a pasearme en los museos, en las galerías, en los mercados, o bien por los aparadores, las vidrieras, por las avenidas. Eso es bueno. Algún maestro de por allí ha dicho que los escritores no pueden hablar más que describiendo sus propias experiencias y sacando jugo de sus particularidades, explotando su ser interior. Eso hago. Los materiales para un escritor son esos; no creamos que se trata de tener una máquina de escribir y un buen tanto de hojas, sino de las herramientas que tiene en la cabeza: memoria, vocabulario, sintaxis, reglas gramaticales, experiencia, rigor, tesón, espíritu aventurero, observador… ¿Qué más habría? Pues, entre ellas, creatividad. Esa, creo que es muy importante: «creatividad». Eso es algo así como tener las cosas delante de ti, hacer una mezcla de ellas y a ver qué sale, o bien es la síntesis azarosa de una invención. Aunque, por lo regular, consideramos tener mucha creatividad, pero la verdad es que es una argucia porque esa invención del «agua tibia» la han inventado otro millón de gentes como yo y otro tanto más de gente que también pensaron que habían hecho algo como eso.
La vez pasada, cuando me puse a teclear la máquina, consideré que lo que estaba escribiendo era algo interesantísimo. Era un relato de los pajarracos que viven en los árboles más altos de la ciudad. Era, pensaba, una joya literaria única en la narrativa contemporánea. Pensé que podría gustarle a Octavio Paz, a los hombres de letras más eminentes. Me llevé un chasco cuando mi maestra me dijo que se conocían unos treinta relatos de diferentes autores que trataban el tema de los pajarracos que viven en los árboles más altos de la ciudad. Pues bien, esa enseñanza me desinfló el aire de hombre de letras especial y único. Recuerdo que mi maestro me decía que los griegos habían creado toda la filosofía posible, todas las obras excelsas del espíritu humano, y que a nosotros nos tocaba repetirlas o dar solamente los comentarios. Eso me anima más aún a creerme un espíritu de escritura especial. He conocido a muchos escritores; se ven tan normales que, desde entonces, los considero gente normal. Los que sí no me caen bien son los poetas; como que los aborrezco por decir muchas mentiras o bien toda la verdad. Algunos sí son buenos, pero otros, los he escuchado en ciertos lugares diciendo pestes, con un lenguaje más rebuscado, chato y chabacano que, en verdad, da vergüenza tenerlos como representantes en esta tierra, de aquellos griegos antiguos de los que les hablé. Yo no sirvo para eso. En realidad, no sé si sirvo para escritor. Mi amigo me comentó en una ocasión que dejara de estar escribiendo: que el cuento, que la narrativa, que la novela, que el poemita, que la columna periodística, que el ensayo filosófico; sí, es mucho. Sé que estamos en la época de la especialización, pero tengo miedo de aburrirme, hacer pura narrativa jodida, como que siento que me adormecería. Además, sólo le hago al cuento, porque creo que lo que escribo sirve para maldita la cosa. Nada más pura diversión, pérdida de tiempo, desgaste intelectual; o sea, el vacío de lo vacío, la masturbación literaria, el vaciamiento de las sacadas de onda o el vómito psíquico en las letras. Si después de esta explicación sigo estando íntegro, entonces creo que nos estamos acercando a lo que sería el hombre especializado, al profesionista de las letras, el escritor.
Un futuro para el mes de mayo
—Me iré al departamento de ventas y allí encontraré a los encargados que dirigen el mercado. Las computadoras en la amplia sala estarán interconectadas con un sistema operativo en trabajo de grupo. El fax en la cómoda donde están los archivos de clientes se ubicará en la vitrina, junto con el premio de producción y el premio al producto de mejor presentación en los medios. La publicidad llega a los confines del mundo como un producto necesario para las personas modernas. Los mensajeros llevarán la correspondencia para el departamento de embarques, y ellos dirigirán el destino del producto a lugares que yo no conozco, que nunca conoceré, porque yo sería un empresario de élite que no asiste a lugares sin categoría o que no están señalados en el mapa de la gente pudiente. La sala de juntas estará en la planta alta del edificio; desde allí podré sentir el poder, la gloria, el sabor de la cima. Los empleados de cada departamento tendrán un informe listo cuando yo lo solicite, y el consejero dará ideas de cómo mejorar la producción. Este dará indicaciones al secretario, y yo daré por bien visto si así me lo parece, o si no, que se investigue más a fondo, que se trabaje horas extras para conseguir los datos porcentuales dignos de una empresa que está en la punta de la competencia mundial.
La secretaria lo despertó de sus sueños, estando sentado en su sillón frente a un escritorio metálico. Ella le trae el café y los informes de sus empleados. —Por favor, Iras, tráigame el periódico. —Sí, señor. ¿Alguna otra cosa? —Comuníqueme con el gerente de la empresa “IMESA”, es el señor Santander, para ver si le aumentamos el embarque. —¿Alguna otra cosa? —No.
Es enero de 1995. La devaluación del peso mexicano frente al dólar estadounidense ha sucedido; los cambios en las secretarías de gobierno se sobrevienen uno tras otro, y los errores parecen aumentar. En el periódico que hojea Carlos, contador y socio de la mediana empresa, se leen los conflictos que suceden en ese momento en el país y a nivel internacional: el levantamiento armado en Chiapas, la ley antinmigrante propuesta por el gobierno de California, la guerra en Bosnia, el desastre de la bolsa mexicana de valores, el desequilibrio en los mercados internacionales por el efecto tequila, el inicio de la baja de poder adquisitivo, los primeros descalabros para las empresas pequeñas y el primer regimiento de desempleados nuevos que se suman a los ya existentes desde 1994.
El hijo de Carlos vive en un departamento en “Las Lomas”, por aquel lado de Chapultepec, en un edificio llamado “El 34”. El hijo de Carlos, Oscar, es un joven de 26 años que estudia en la Universidad Iberoamericana. Es mantenido por su padre, quien muchas veces ha tenido que pagar grandes sumas de dinero por los gastos altos de su hijo. La madre de Oscar, esposa de Carlos, es una mujer abnegada, pero no por eso disfruta de compras en grandes almacenes como Sanborns, Rodo reda, Sears o en los centros comerciales más prestigiosos. Los amigos de Oscar son de dinero, sus padres atienden los negocios más rentables en México, son parte de la élite rica de la Ciudad de México. Sin embargo, la posición económica de Oscar no es muy estable, ya que la empresa en la que su papá es socio apenas despega con trabajos en el abatimiento del mercado. Oscar, sin más, es un hombre que gusta lucirse, no escatima y exhibe lo mejor con sus amigos y con las muchachas de la universidad.
La recámara de Oscar se encuentra al final del pasillo. La puerta luce estática en color cedro y con chapa adornada con laminilla ribeteada. Los muros son de color azul pastel. Las iconografías en las paredes divisorias son acrílicas y óleos que ha conseguido su madre. Los muebles son “Dicho”, mientras que la alfombra gris combina con el remate plomizo en yesería de las esquinas. El clóset multiplica sus espacios con unos espejos por puertas donde Oscar esponja su ego al vestirse. Dentro del armario, los trajes de marcas como Sapino, Doces, Nino Cerruti y Roberts; y las corbatas de Jane Barnes y Gianni Versase, son utilizados en días especiales porque, por lo común, usa ropa casual de Leves, Frangle y calcetines Bonelli. Oscar se alista para irse a la escuela. —Ahora sí no vamos a poder escaparnos del examen, lo hemos pospuesto y ahora no nos escapamos —piensa Oscar mientras se viste frente al armario. El joven se afeita con crema Gillette antes de ponerse su loción Polo Sport de Ralph Lauren. El portafolio en piel color vino descansa en la mesa anexa de trabajo, junto a la computadora Acer® que duerme junto con la impresora Seikosha SK 3000 color azabache mate. La monotonía se respira en la arquitectura citadina. El bazar de acciones en la metrópoli no afecta los interiores del departamento; es la opulencia del vidrio y el cemento lo que hace camuflar el vértigo de la calle. El macadán de la colonia residencial, los bulevares, la envoltura de la época, el show del delirio urbano, el ir y venir, son las redes a donde se desenvuelve Oscar; lugar donde en unos minutos estará. Oscar maneja en su “caribe”. —Primero tengo que ir a la escuela, después pasar al banco para pedir mi estado de cuenta y luego ver a Verónica en la cafetería. Y ya en la tarde, a ver qué hacemos —reflexiona Oscar mientras maneja por la avenida. En los pasillos de la escuela se encuentra a los amigos. —Qué tal, René, ¿cómo has estado? —Muy bien, ¿y tú? ¿Ya listo para el examen? —No estudié muy bien que digamos, pero pues, ya nos defenderemos. ¿Y tú pudiste estudiar? —Muy poco, estuve en casa de Gabriela hasta muy tarde… —Seguramente en el agasaje. —Pues qué esperabas, ¿tú fuiste a ver a Verónica? —No, la veré después. No la he visto; le dije que aguantara un rato. Mi papá está bien enojado por el estado de cuenta de una de las tarjetas de crédito, pero es que él no comprende que uno tiene sus gastitos, y no podemos hacer el ridículo… —Mientras dice esto, dos compañeros salen del estacionamiento y se acercan. —Mira, allí vienen los otros cuates. —Qué tal, ¿listos como hachas? —Yo sí me preparé, pero no estoy seguro con lo que dio la semana pasada porque yo no vine dos días y… los apuntes están mal. ¡Oscar, maldito, no sabes escribir! —pronuncia fuerte Sergio, vestido con unos Leves y una camisa de lana; su loción es “Catalyst” de Halston. —No mames, ¿cómo que no le entiendes? Si están claritos como el agua. —No se olviden —dice Martín— que tenemos que entrarle juntos al trabajo que dejó la maestra de cómputo. —Sergio tuerce la boca y hace un chasquido en la boca y prosigue. —Eso lo resolvemos rápido, le digo a Ramiro, el encargado de la red de cómputo de la empresa de mi papá, que nos haga el trabajito y asunto arreglado. Tanto por eso, la maestra se va a quedar pendeja. —Sergio tira la colilla de cigarro muy lejos, cerca de los arbustos del jardín. —Vámonos ya, es hora, y hay que agarrar buen lugar. Yo no me pierdo de sentarme cerca de Adán; puede que se pueda… —indica Martín y toma del suelo su portafolio retinto.
Los amigos se dirigen primero por las escaleras y después por el pasillo.
Después de hojear el diario, la oficina parece lucir deprimente y agripada. Por la ventana se observa la avenida populosa vestida de carros en delirio de persecución. Los autobuses hacen su escándalo. La ruta cien desapareció de la noche a la mañana; sólo quedaron huellas de corrupción. La nata pesada de smog se duerme y cose el ozono en la desolación ecológico-urbana. Las banquetas hinchadas de paseantes, y mientras el sol rechina al pasar por las nubes y fertiliza el calor que emana del asfalto. —¿Cómo dices? —Carlos habla por teléfono. —¿Y esa cantidad la metiste en la bolsa? —¿Y entonces? —Nos quedaremos en la calle! —Sí, tienes razón, debemos tener calma. —No, ya no. —Estaba en pesos. —Nos debe la mitad y… será mejor recurrir al banco y recuperar esa cantidad. —Sí, estamos al corriente con los impuestos. —Sólo lo vi en el periódico, parece que será el 25 de enero. —Así es. —Ya, está decidido, que venga a la oficina el de la empresa “IMESA” para que me comunique con el señor Santander. Nos urge solucionar este problema. —Carlos cuelga el teléfono y dirige su mirada hacia la ventana. La escena de la calle tiene un tono desolador, una crónica de fracasos y desesperanza.
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