Relatos al borde V
Cuentos de la vida cotidiana
Índice
Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías. 4
El charrito y la fortificación.. 15
En la falda de la malinche. 17
El funcionario y su Sombría Perrera. 23
Pobreza Global: Una Limosna en la Calle. 36
El Hallazgo de Chalchiuhtlicue. 39
Una investigación de naturaleza científica. 42
Prólogo
«Relatos al Borde V» es una colección de catorce cuentos que invita al lector a transitar por los márgenes de la realidad y la ficción, donde los personajes se encuentran al borde de situaciones que desafían lo cotidiano y, en algunos casos, la propia razón. Cada historia se erige como un microcosmos en sí mismo, abordando temas universales como el deseo, la muerte, la identidad y la desesperación, todo desde una óptica que roza lo fantástico y lo grotesco, pero que, al mismo tiempo, se mantiene anclada en lo profundamente humano.
En estos relatos, la línea entre lo real y lo imaginario es tenue, permitiendo que el lector se sumerja en mundos donde lo insólito se presenta con naturalidad. La narración, rica en detalles y con una prosa que fluye con agilidad, logra captar la atención desde las primeras líneas, conduciéndonos a través de escenas que van desde lo íntimo hasta lo visceral, con giros inesperados que mantienen la tensión narrativa hasta el final.
Los personajes que pueblan «Relatos al Borde V» son seres complejos, muchas veces atrapados en situaciones límite que revelan sus miedos más profundos, sus deseos ocultos y las contradicciones inherentes a la condición humana. Estos personajes no son meros espectadores de su destino; son partícipes activos de sus propias tragedias, a veces resignados, a veces desafiantes, pero siempre enfrentados a la inminencia del abismo que se cierne sobre ellos.
La atmósfera de los relatos es densa y envolvente, construida a partir de descripciones precisas que evocan imágenes vívidas y sensaciones palpables. Desde los callejones oscuros hasta las habitaciones privadas donde se desnudan los secretos, cada escenario es cuidadosamente trazado para que el lector se sienta inmerso en las mismas sombras que envuelven a los protagonistas.
«Relatos al Borde V» no es solo una serie de cuentos; es un viaje a los rincones más recónditos del ser humano, un recorrido por las emociones más extremas y los pensamientos más perturbadores. Al final de cada relato, queda la sensación de haber vislumbrado una verdad incómoda, una realidad que se oculta bajo la superficie de lo visible y que, a veces, preferiríamos no haber descubierto.
Esta colección es una invitación a quienes se atreven a explorar los límites de la narrativa y a confrontar sus propios miedos e incertidumbres. Porque en cada cuento hay un borde, y en cada borde, una caída libre hacia lo desconocido.
Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías
No entiendo por qué no puedo. Los veo a ellos, la maestra sentada frente a mí. Se ha formado un círculo ante la figura de la Maestra Beatriz Espejo. Soy uno de los tres que están en el taller de narrativa. Mi cabeza está en otro lugar, en no sé dónde.
Recuerdo cuando estuviste conmigo esa tarde. Un sábado como hoy, y te regalé un estuche de madera, con objetos inconcebibles en su interior, cosas que en ese momento simbolizaban nuestra interconexión íntima, dual. Te dije que no lo abrieras hasta después, cuando estuvieras descansando en tu recámara. Entonces lo guardarías en algún lugar donde no lo encontrara tu hermana menor, donde solo tú pudieras encontrarlo y sacar esas cartas especiales, esas fotografías donde estábamos los dos abrazados en un autobús de pasajeros, con la sonrisa plena y el corazón lleno, repleto, sublime. Ese sábado como hoy, en la sala, inventaba excusas para que mis manos rozaran tu cuerpo y descubrir las rodillas altamente sensibles. Bastaba con poner tres dedos sobre tus medias y moverlos con una pericia innata para hacerte temblar, como si activara una máquina sexual, preparatoria. En la estancia, tu cuerpo siempre bronceado combinaba con la sensualidad que sentía al ver tu cabello, esa gran mata felina moviéndose con el coqueteo de tu cuello y hombros naturales, perfectos. Entonces volvía a tocar las medias con los dedos, como si fueran a abrir una cerradura peligrosa, o un sitio reservado. Movías los muslos hacia un lugar menos riesgoso. Mientras platicábamos, tus zapatillas jugueteaban, saltando entre la punta y el tacón, entre la izquierda y la derecha, con el roce casual y azaroso de los zapatos.
Me dijiste que podíamos ir al centro comercial «Las Ánimas», pero antes tenías que bañarte. Entonces ofrecí mis servicios como buen mozo. Quería bañarte la espalda, poner jabón sobre ella y sentir la espuma, la epidermis húmeda, la curvatura lisa de tu cuerpo. Ver tus ojos grandes, expectantes, mirándome, con el cabello lacio, pegado, su volumen disminuido por el líquido, y el rocío jugoso en tu cutis sereno. Pasaste por el pasillo con una toalla larga sujetada a la espalda. Te vi desde el sillón de la sala. Los zapatos mojados por la regadera me recordaron la excitación que producías. Te acercaste a mí cargando un cepillo y la secadora de cabello. La enchufaste a la pared y, como no alcanzaba el cordón, te sentaste en mis piernas. Entonces dirigí la pistola de aire hacia tu mata de cabello. La tentación de quitar esa toalla aumentaba. Bastaba con levantar una esquina para desvanecer el supuesto nudo y tener esa espalda muy cerca de mis labios. Tus ojos grandes, expectantes, miraban a otro lado, a otro mundo. Era yo quien estaba ensimismado en ese cosmos que eras tú, el mundo de tu cuerpo, el universo de tu corporeidad. Poco a poco, tu cabello fue tomando vuelo, flotando; pronto, tu cuello se descubrió y sentí el deseo impetuoso de morder esa zona.
Dentro del centro comercial «Las Ánimas» nos sentamos en una banca, muy cerca de las escaleras eléctricas, frente a la tienda «Ripley». Dejé explotar la pasión con furia, como si mis manos y labios no tuvieran otra misión que hacerte sentir la voluptuosidad más salvaje de besos y caricias. El carmesí de tus labios lo saboreé con paciencia y perseverancia. Así como esa bebida embriagante con sabor a durazno que te forcé a probar desde mi boca. Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías. Ese día sábado, como hoy, cuando veíamos los aparadores, los objetos —pulseras, relojes, vestidos, novedades, anteojos, jeans, tapetes, artículos suntuosos, lapiceros, estéreos, discos compactos— todo nos acercaba mientras saboreábamos en la cafetería un delicioso café americano. La charla era igual de placentera, porque sentía que esa boca al hablar era como una fiesta de símbolos e imágenes que llegaban del presente, cuando te observaba con tus ojos altamente expresivos, oliendo el perfume dulce combinado con tu esencia natural, y el aroma del champú que liberabas al pasar la mano por tu cabello para acomodarlo. Recordaba el pasado, las veces en que, escapándonos por las noches después de tu trabajo, nos acomodábamos en el carro, a orillas de un parque sereno y romántico, para acariciarnos y amarnos lo más posible. Tus cabellos me hacían cosquillas en la nariz y tu cuerpo ardía en un chasquido de pasiones selváticas, complejas. Sentía tus pechos rozando mi corbata y tus manos surcando las entradas de mi frente. Los cristales empezaban a empañarse mientras la penumbra permanecía silenciosa, como guardando las apariencias, como si fuera un testigo muerto, bien muerto. Te exploraba íntegramente. No eran tres dedos, sino los diez, más mi boca, reconociendo todo terreno. Besuqueaba tu nariz, tus ojos. Te pedía que me regalaras tu ombligo, y tú, generosa, lo ofrecías para un beso. Los roces del alma se daban en la boca, la exploraba, cada diente, nuestras lenguas bailando. Respirábamos unidos. Tocando la conciencia, el calor recóndito. Apretando el labio inferior, oprimiendo el superior, sorbiendo ambos ¡presionando la mandíbula de manera salvaje! Soplaba mi alma en la tuya para tratar de quedarme en ella, durmiéndome en un besuqueo permanente, inmortal. Eran las comisuras tipo pétalo, la suavidad que se quedaba pegada, el sabor del carmín, la combinación con el afeite producía el éxtasis. Era el suspenso en hilos de caricias de un mundo tan grande que no cabría en un carro, pero que, sin embargo, no necesitaba más que eso. Las rodillas habían sido superadas por una excitación mayor en el cuello y las orejas. Era la aventura plena al interior de tu boca. Cuando la serenidad volvía a los atormentados amortiguadores, y los movimientos del cuerpo buscaban la historia, o bien, otras posiciones, soñábamos juntos. Era la casa grande con varias recámaras. Los paseos al interior del país. Me servirías el café mientras yo escribía y fabricaba un mundo donde el rostro imaginario en los textos fueras tú. La cara de niña decente quedaría estampada una y otra vez, y mientras yo hacía eso, tú estarías lista para disfrutar de la cama, poniéndonos horizontales y encimados. Desplegando las ramas de la respiración exhausta. En el sueño dentro del sueño, estaría la playa, la isla y tú. La isla y tu seguro servidor, con los ojos fijados en las gaviotas, en algo de paisaje, en un pedazo de mar coqueto, muy coqueto. Esa realidad pasaría lenta como si fuera una golosina que quisiéramos que nunca se acabara, o como un libro que es imposible dejar a un lado y que se quisiera terminar ya por lo interesante, deseando que tuviera infinitas páginas. Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías.
Mi cabeza sigue en no sé dónde. La maestra habla de los cuentistas, y yo pensando en otras cosas. En ocasiones parezco idiota, cuando leemos un cuento, mis compañeros dan apreciaciones críticas y aportaciones interesantes, y yo me quedo como sonámbulo, solo observando, ido. Efrén sí conoce a muchos cuentistas y sabe identificar las características de cada uno. Y ni hablar de Yassir, él, como profesionista, sabe dar un análisis acertado del cuento, identificar la estructura, las obras del autor, y hacer una localización tanto del cuento como del autor. Pero yo… A duras penas sé leer y escribir, me gusta la literatura, pero eso no significa que conozca tanto como otros. Cuando la maestra Beatriz me pregunta: —¿Qué te pareció el cuento? — Yo le digo: —Me gusta, está bueno—, y muy dentro de mí, me estoy maldiciendo por la incapacidad de desarrollar un discurso en torno a la lectura. Por ejemplo, ahora mismo la maestra me acaba de preguntar, y yo le respondí con algo trivial, por estar pensando en otra cosa. No sé qué me pasa, desde que terminé con ella me siento desorbitado.
Fue un día de fiesta cuando comenzó el fin de nuestra relación. Tu padre, como siempre, con el alcohol en la cabeza, diciendo y haciendo comentarios inoportunos. El machismo encarnado: tu padre, el autoritario en persona. ¿Por qué tenía que rezarle obligatoriamente a un Dios suyo que no comprendo? Porque es un cristianismo equivocado que vive pidiendo perdón después de haber soltado las injurias, los disgustos, las peleas, los chismes, los prejuicios, la mentira, la traición, las maldiciones. El tipo que más odio en el mundo tenía una Biblia en sus manos. Esa noche me puse a cuestionarte. Y tú, con el corazón en la garganta, me preguntabas si no te quería, si ya no estaba a gusto contigo. Con lágrimas en los ojos me decías que ese era tu padre, y que él me había aceptado, y que debíamos entenderlo porque ya estaba viejo. Te veía y no encontraba una respuesta concreta. Tu cuerpo se desmoronaba por mis dudas. Yo no había pensado en el matrimonio, en tener hijos, pero esa situación me estaba deshaciendo por completo. La gran mata de cabello ya no estaba en mis ojos. No lograba tocarte ni tus rodillas ni tu ombligo. En cambio, tu rostro era una gran lágrima que se desbordaba. —No te pongas así, le dije—. Traté de secar tu dolor, de abrazarte. Tus temores no ayudaban mucho. Mis nervios estaban en un momento culminante, al borde del colapso. Tu cuerpo trémulo me producía más angustia. Finalmente, te quedaste dormida en mis brazos, tratando de sujetarte a mí. Temías que yo te dejara, te desecharía por completo. Los reproches de tu padre eran tuyos también. Estabas muy atada a él y a tus creencias, y querías obligarme a seguir ese camino. Yo no había hecho otra cosa que alabarte. Te puse en lo más alto de mi existencia. Con los ojos llorosos y cerrados, la gran mata en mi regazo, mi cabellera se esponjaba con el viento suave de la madrugada. Yo también sentía que había perdido algo. Que todo iba a terminar. No era yo, eras tú quien había dejado de ser el centro de mis emociones. Una súbita voz irracional me dictaba terminar contigo. Ahora pienso en todo lo que te he dicho, y me duele, me duele tanto que, sin darme cuenta, las lágrimas caen sobre la hoja de papel. Las gotas tocan la palabra «fin». No sé cómo sucedió, pero de la misma forma en que comenzó, se cerró el ciclo de nuestra historia.
El paseo de los excluidos
—Me volví terrestre de repente, sin darme cuenta, hasta que el auto comenzó a moverse en el parque de la ciudad. Entré a otro mundo, pero, como siempre, sólo vine a pasear. Pensé que escaparía del aburrimiento, pero el hastío de la gente se me pegó de inmediato, a la cara, a los ojos. Mis órganos de conciencia querían apagarse, como desconectar un aparato eléctrico. El «Datsun» se movió; no sabía que el auto se movería, ya que desde lejos parecía estar parado, como un muro o un tronco tirado.
—Sé —y lo sé desde que salí de casa para escapar del aburrimiento— que el mitin en el pueblo de “Agua Verde” lleva tres días. Este pueblo exige los servicios básicos para sobrevivir. ¿Dónde queda? No lo sé, en la primaria no me enseñaron la geografía del estado, o bien no lo recuerdo; tal vez por allá por “Lázaro Cárdenas”.
—Desde la fuente al lado de San José, observaba los toldos cubriendo el espacio. Los humos de las fogatas se elevaban entre los árboles del parque, mientras las pelotas de los niños a veces golpeaban los edificios públicos. El humo de los cigarrillos formaba un aura que cubría todo el sitio. El agua salpicaba a mis espaldas en un estruendo inusitado. La vendedora de pepitas en el escalón de la fuente mostraba su mercancía, mientras tomaba de ella cada vez que su lengua lo indicaba. Las secretarias se besaban con sus novios después de comer antes de volver a trabajar.
—Me fui acercando. Sólo vine a pasear, como siempre, así que mis pasos dejaron huella en la zona. El “Datsun” se movió. Entré.
—Una señora, agachada y encorvada entre plásticos negros y palos, se encontraba en un baño improvisado. El registro de drenaje tenía una nueva función: servir como baño durante el mitin.
—La gente estaba celosa de su espacio, desconfiada de los desconocidos. Algunos dormían la siesta en las banquetas del parque, platicaban, y no faltaba un cigarro. Las mujeres masticaban chicle o chicharrón. Un niño mugroso y harapiento lloraba o gritaba entre la gente. Los gorros de los maridos panzones mal fajados servían de identificación social, mientras que el rebozo y la chancla sucia eran distintivos de las mujeres. Algunas mujeres vendían comida, golosinas en algún zaguán o esquina, o eran amas de casa en un poblado medio construido o en la miseria. La pirámide de forraje y rastrojo servía de combustible para las cocinas de humo y las cazuelas de mole en el techo. La jauría ladraba a todas horas. El terreno seco y la tolvanera celebraban la aridez. El monte almacenaba el tiempo.
—Eso es lo que imagino mientras los observo. Paso junto a ellos y me desconocen. Me gustaría decirles que sólo vine a pasear, como siempre, que soy un hombre citadino de la capital del estado y que vengo en son de paz. Pero sus miradas y su olor me excluyen. La bocanada de humo de cigarrillo se aleja hacia el cielo. ¡Me siento excluido!
—Pero… todo está cercado. ¿A dónde me he metido? Es un círculo tipo caravana del oeste, construido con carros, donde los muros humanos impiden el paso. ¡Híjole! ¿Podré salir? Las puertas de los edificios de gobierno están cerradas, todo está cercado. Creo que están organizados, algunos con listones amarillos, otros con listones rojos. Seguramente son representantes de algún grupo. Me siento un extranjero entre ellos. Me siento menos evidente sentado en el suelo. Dos jóvenes recostados a mi izquierda leen novelitas baratas, luego se alejan y se apoyan en un carro en los límites de la zona. Mientras, babeo.
—La asta de la bandera está a dos metros del siguiente baño improvisado. En los muros cuelgan cartulinas con anuncios: “En Laguna Verde queremos agua y luz”, “Exigimos al señor gobernador atención a nuestras justas peticiones”.
—¿Qué querrán? No entiendo. Xochitiotzin dice que es un “boicot político”. Desde aquí veo miseria, mugre, diversión, coerción, injusticia. Pero también se divierten, juegan, cantan canciones rancheras con un trío. Un tipo convence a una quinceañera para que se vaya. Los cabizbajos y meditabundos parecen recordar viejos tiempos mientras el sol languidece entre las ramas del parque. Vine a disfrutar de la tarde, del aire, a saborear la corriente con olor a Tlaxcala. Me gustaría decirles que sólo vine a pasear, como siempre, pero me ven mal… tengo miedo de que los preventivos aparezcan, se pongan agresivos y me toque por estar aquí… Bueno, con mi credencial de elector o la de mi escuela podría identificarme, he visto en la tele que cuando sucede se pone peligroso: golpes, piedrazos, sangre, ojos llorosos, ira, desquite, mentadas de madre, mordidas de perro, macanazos. Todo eso sumado a los destrozos materiales y morales.
—El joven permanece en el piso, recargado en la baranda del árbol frente a la campana de Dolores. Mientras piensa, toma una pequeña rama del suelo para rascar canales en la tierra. Es un joven barbón con lentes oscuros, de buena alimentación, apuesto, nariz recta, ojos hundidos, espalda ancha y cabello en rizos cortos. Viste pantalón de mezclilla, camisa blanca con rayas azules, suéter color hueso con estrellas agrisadas y cuello plomizo; los calcetines son negros. Los encargados de seguridad del sitio se reúnen para comentar la situación y dar los reportes, luciendo un listón rojo en el brazo izquierdo.
— ¿Todo bien, está calmada la situación? — ¿Qué sabes de la policía? — No habrá represión, pero uno nunca sabe. — Compadre, ¿qué dicen la licenciada y el maestro? — No se preocupen, ya es tarde, creo que la negociación se dará hasta mañana. — Vi a un “colado”, me parece que es provocador. Ustedes dicen. — ¿Cuál es? — Preguntan varios. — Aquél echado allá, disimulen, no sea que se las huela. — Ustedes dicen si le calentamos el trasero. — ¡Hijo de su puta madre, yo sí le parto su hocico, déjenmelo a mí! — Calma, calma, puede ser que sea “colado”, no vaya a ser pariente. — ¡Javier, párate en los botes de basura, cerca, pero ya sabes cómo! — Voy a hablarle a la licenciada y al maestro para ver qué resuelven. — El de ayer se nos escapó, pero este tiene la misma pinta. Ya parece que nos engaña. — ¿Qué dijeron la licenciada y el maestro? — Que resolvamos con cautela, dijeron que: “Debemos proteger los intereses y el buen desarrollo de nuestras peticiones”. — ¡Ajá! — Entonces, ¿qué hacemos? — Yo ya sé lo que opino. — ¡Hijo de tu chingada madre, déjenmelo, yo le pongo en su madre! Este cabrón se cree muy cabrón, piensa que nos va a ver la cara de pendejos. — ¡Si es provocador, seguro que lo es! — Échenle mano y súbanlo a la camioneta de don Joaquín, cúbranse la cara y a él pónganle bozal. — Amenazan al hombre. — A caray, sí tienen cara de malditos. — ¡Párate de allí y ven para acá! — ¿Qué se les ofrece? — Tú has caso y no te pongas pendejo.
Los individuos con pasamontañas conducen al hombre y lo suben a la camioneta a empujones. Dos puñetazos en el estómago lo doblan. El dolor comienza y se acurruca en el piso de la camioneta.
— ¡Conque un cabroncito colado! — Ya de una vez, pártele su madre. — Hazle una de las que ellos saben hacer. — Sí, el tehuacanazo, los piquetes, o lo otro… — ¿Eres o no eres provocador? ¿Cuál era tu función en esta tarde, llevar el chisme? — Sí, eres un provocador, hijo de tu puta madre. — Ahora sí, te cagas del miedo, ¿verdad? ¿Te suda el trasero? Pensabas que eras muy chingón. — Este cabrón no traía armas, ni siquiera sus credenciales eran verdaderas. — ¡Somos más astutos que ustedes porque nos las olemos antes, puto! — ¡Toma, para que aprendas a no meterte en nuestro movimiento! — Los golpes llueven, los aullidos de dolor llenan el lugar.
Los canes de enfrente
Mi corazonada no había sido tal cuando supe que no los encontraría más que en la perrera municipal. Sin duda, pagaría una multa por los canes de enfrente. A mi madre siempre le han gustado los perros, y por supuesto que a mí también, siempre y cuando sean míos, porque los que son de la calle me inspiran desconfianza.
Cuando era niño, mi madre nos compró una perra bulldog. La perra era tierna, pero tenía una cara de miedo; debo decir que tenía arrugas sobre arrugas, sus cachetes colgaban más allá de la cara, casi hasta el cuello, y siempre descendía de su boca la gruesa baba chiclosa, con los colmillos caldosos y la lengua sudada. Era una perra sensible cuando la regañaban por comerse las flores del jardín; mi madre salía después a rogarle que la perdonara, pero que no volviera a hacer esas cosas, de lo contrario, la muy digna cachorra o no comía, o bien, no volvía a mirarle a los ojos y a ponerse contenta… La perra de ninguna manera movía la cola para demostrar sus sentimientos porque no la tenía; se la habían operado cuando era cachorra, lo mismo que las orejas —aunque una le quedó gacha— tenía su porte de perro maldito, el pavor que despertaba en los visitantes de la casa: hasta el escalofrío y el sobresalto. Se llamaba “Chirca”, en realidad no sé de dónde salió el nombre; fue bautizada por mi hermana Trinidad. Recuerdo que le hicimos un pastel con galletas Marías y budín de chocolate; el pastel nos lo comimos nosotros, y a la “Chirca” de bautizo le tocó una jarra de agua helada. Pienso que desde entonces le dio reuma y un poco de sarna en el lomo. La “Chirca” era una perra juguetona. El amplio patio era su sitio de recreo, su casa, su espacio; aún no tenía piso de cemento, por lo que los agujeros rasgados por la perra resultaban muy comunes; eran microcráteres cuyo aerolito enterrado venía siendo un hueso o una torta dura. Mi madre se molestaba por los dichosos cráteres que dejaba la perra, y aún más si estos se acercaban a los rosales, casi sagrados, intocables, eran el tercer amor de su vida. Siempre estaba mi padre después de sus hijos y luego los rosales, en ese orden. Éramos mi hermana Trinidad y yo los responsables del cuidado del jardín y de la “Chirca”; ella de la perra y yo del jardín. Recuerdo que, para poder cuidar el jardín de mi madre, había ideado una especie de alarma para proteger los rosales. Pero antes de narrar cómo era este artilugio, debo señalar cómo estaba el patio. Pues bien, el patio corría a un costado de la casa de dos pisos y terminaba en la parte posterior del hogar. En realidad, eran dos patios: el patio de costado y el traspatio, donde se encontraban los tendederos y el lavadero. En el traspatio siempre había todo tipo de objetos, arrinconados en las diferentes regiones limitantes. En el patio de costado se encontraba el jardín y al final de él estaba el portón de la calle. El jardín estaba conformado no solo por rosales, sino también por plantas de ornato como “el huele de noche”, “las margaritas”, “la pasionaria” y un árbol de higo, entre otras plantas de suelo. De suerte, se encontraba hasta la “hierba buena”, “la ruda” y “el epazote”; la manzanilla nacía por donde fuera como si fuera maleza. El árbol de higo se encontraba en un sitio aparte, donde crecía libremente, y a donde recurríamos para arrancarle sus frutos suficientemente jugosos. Por cierto, recuerdo el día en que me trepé al higo y, por traer zapatos de piso, me accidenté con una saliente del tronco; aún tengo la cicatriz en el tórax.
Mi madre había colocado provisionalmente una cerca para impedir que la “Chirca” hiciera sus gracias dentro del jardín, pero la perra siempre buscaba entrar. De cualquier manera, traspasaba para juguetear con las flores y masticarlas. Había ideado en mi mente una especie de cerca eléctrica que funcionaría con un acumulador y unos alambres, pero la idea no era tan buena; la batería no funcionaba. También pensé en electrificarla, pero eso era demasiado peligroso. Pensé en impregnar las flores con chile y otras sustancias amargas, pero, aunque ya no le gustaran las flores, seguiría haciendo agujeros en el jardín. Otro de los impedimentos es que no tenía el dinero suficiente, así que coloqué varios alambres sensibles alrededor de tal manera que protegieran toda la zona y estos alambres terminaban en una alarma ruidosa compuesta por botes y canicas; al sonar la alarma, trozaría el hilo donde se sujetaba la alarma y esta caería a una bolsa de aire que haría chiflar la flauta atada en los extremos de salida de la bolsa. En fin, al día siguiente amanecí desvelado porque toda la noche había hecho aire y los botes sonaron sin parar. En cuanto a la bolsa de aire, la “Chirca” la había masticado y había echado a perder la flauta que mi hermana ocupaba en la clase de música en la escuela secundaria. Mi padre hizo una cerca alta para proteger el jardín y se terminaron los problemas.
A mi madre siempre le han gustado los perros. Se entristeció mucho al despedirse de la “Chirca”. La llevaría a la casa de mi tío Jorge para que cuidara su casa porque a sus perros los habían envenenado. Seguramente porque querían entrar a robar a su casa y como su casa no es segura. De vez en cuando veo, cuando visito a mi tío. La perra trata de mover la cola, pero no puede porque no la tiene; la operaron cuando era cachorro. No quedamos sin perra. La casa era segura porque existían los canes de enfrente, los perros de la vecina.
El vecindario era de clase media, estaba alejado por aproximadamente media docena de cuadras del centro de la ciudad. Siempre teníamos problemas con el agua y algunas calles no estaban aún pavimentadas. Los pandilleros “los Tizas” tenían a resguardo las noches, de los transeúntes extraños y tal vez alguno de la banda de “la Bondojo”, enemigos incansables de “los Tizas”. La calle donde se ubicaba la casa parecía que daba hasta las faldas de la montaña La Malinche, pero no; esa era su dirección. La calle terminaba al tope con la carpintería “El Roble”; los dueños le habían vendido a mi papá los palos para la cerca del jardín. Son unos güeros, me han dicho que son de Chihuahua. A mí me caen gordos esos tipos porque se creen más que los demás.
En la calle, eran un problema los perros de enfrente, es decir, los canes del vecino. Sus características: indómitos y violentos. Eran bestias guardianas de la casa de enfrente, tomaban en serio su papel; ellos cuidaban de más el acercamiento de personas por la calle. Eran tres chuchos escandalizando las veinticuatro horas. Dos eran grandes; uno con pinta de galgo y otro con cabeza de mastín y cuerpo de perro policía; el otro era uno de esos lanudos miniaturizados. Este último era el vocinglero y alborotador de los otros dos. La vecina dueña de los perros, en su totalidad era una mujer fea y escandalosa; supongo que en su juventud tuvo algo de aquello que se llama belleza, pero después no más. Se pintaba el cabello de negro para que no se vieran las canas —que supongo yo eran aproximadamente el cincuenta por ciento de la totalidad del cabello— vivía sola con sus animales, porque no solo tenía perros sino también gatos y tal vez —nunca entré a su casa— algunos pájaros. Era una mujer anclada en la época de finales de los sesenta. Su carácter era inusual porque con los animales tendía a ser platicadora y enojona, pero con las personas prefería la cerrazón y la introversión. Algo sucia. Desde la ventana de la cocina vaciaba los desperdicios al patio; la tierra permanecía sucia, lambida, grasienta, aparte de la suciedad que dejaban los perros. La vecina, cuando salía a comprar a la tienda de la esquina, los perros la seguían con una algarabía tal que el escándalo se escuchaba a cincuenta metros a la redonda. Además, no faltaba el día en que las perras de otros sitios se ponían en celo y los perros domiciliados en frente invitaban a aullar y gruñir a la jauría durante toda la temporada.
Las corretizas de los perros hacia los transeúntes no se hacían esperar; durante el día ocurrían aproximadamente cada tres horas. Mi madre había intentado reclamarle a la vecina por la seguridad de los perros, pero nunca hubo una respuesta satisfactoria. Estaba cansada, la vecina le dijo a mi madre que cuando pasara algo lo diría, mientras tanto no tenía nada que hacer y se negaba a encerrar a los perros. Mi madre ya se había cansado de reclamar y de perder el tiempo en una lucha sin ganancia. Con el paso del tiempo, se había acostumbrado al ruido constante y al ver que sus perros se refugiaban en el patio de mi casa. En la noche era casi imposible dormir, los perros ladraban como si el fin del mundo estuviera llegando; en algunas ocasiones los perros de la casa se unían a la bulla. La situación no era ideal porque a veces se sentía temblor en la ventana, y la puerta de la casa se desajustaba. Las cosas no eran cómodas, más cuando ya no hay un perro guardián.
Cuando mi madre me pidió que arreglara el problema con la vecina, a mí no me gustaba salir a hablar con los vecinos porque siempre terminaba en problemas, con una conversación sin sentido y con la vecina gritona. Estaba decidido, mi objetivo era encontrar una solución de manera rápida y que no interfiriera mucho en la vida de mi madre. Hablé con mi padre sobre las posibilidades de tratar el tema de los perros, pero él estaba muy ocupado con su trabajo y con las cosas de la casa, así que la solución tenía que salir de mí. Mi plan era sencillo, yo tenía que encontrar una solución que fuera directa y no dejara dudas. Mi plan consistía en calmar a los perros con un tranquilizante, así podría volver a dormir. La primera noche después de la solución, pude dormir a gusto, al siguiente día ya no había ruido de perros, así que la vecina no me podía reclamar por los problemas con los perros. Todo estaba bien, sin embargo, la tranquilidad duró poco porque al siguiente día un cachorro se escapó de la perrera. Mi madre se preocupó por el cachorro, mi hermana y yo lo encontramos al final del día, pero no estábamos seguros de que se pudiera recuperar. La perra ya no podía caminar ni por sí sola y estaba un poco nerviosa, el cachorro estaba en condiciones deplorables y mi madre, con lágrimas en los ojos, lloró cuando supo de la pérdida del cachorro. Así que las cosas siguieron igual, la vecina no se preocupaba por sus animales y el ruido seguía. La tranquilidad nunca duró mucho y el cachorro seguía en la perrera municipal, donde siempre habíamos terminado en busca de los perros perdidos. A veces, los perros encontrados en la perrera también terminaban con problemas de salud, y la situación no parecía cambiar nunca.
El charrito y la fortificación
La ciudad estaba conformada por cuatro territorios. Los habitantes de esta zona eran llamados “Los Zopes,” muy afamados en la región. Alrededor del territorio que circundaba el gran reino había todo tipo de extranjeros, desde los típicos gringos hasta los boricuas y arios. Descubierta la ciudad por los foráneos, estos trataban siempre de extender su territorio.
“El Charrito” era vecino. Había nacido en una familia numerosa. Su padre había venido desde Morongo, una ciudad lejana como el mismo horizonte, traído por su abuelo a estas tierras. El gran sacerdote sabio, llamado Tectlo, le había dicho que su misión era construir una gran muralla, guarniciones y pozos profundos para protegerse de los ataques de los forasteros.
“El Charrito” era joven. Su padre le había enseñado a manejar el Street Fighter II y la cuchara de albañil, pero era mejor para la recolección de basura. Después de hablar con el sacerdote sabio, se sentó a la sombra de un zapote que lucía sus frutos, inflados y verdosos como píldoras rubicundas y aretes zapotecos. Entonces se manifestó el gran Camún, dios protector de los Zopes. Apareció de la nada, con un traje excelso, adornos y notables lujos. Su atuendo se marcaba con diamantina que caía copiosamente, gran penacho y una espada de Power Ranger muy colorida. Camún le dijo:
—¡Te encargo la protección de la Zona! Te encomiendo proteger la progenie. No dejaré que Grendar, el dios de la muerte, devore todo. A ti te encargo a los pobladores de la ciudad. Yo soy el dios de los Zopes, el dios que hace cimbrar la tierra y que hace funcionar la sangre. Tendrás que levantar una muralla, harás fosos, parapetos y guarniciones donde agazaparse y protegerse. Te recompensaré con un gran rango y te regalaré una flor de suave perfume, una mujer llamada Claudia Schiffer.
Desapareció.
“El Charrito” siguió sentado bajo el zapote. No podía comprender lo que había sucedido, pero sintió que había nacido en su interior una misión de vida. Era un honor servir al dios de la Zona, además de que tenía coraje y una gran sed de venganza hacia los foráneos, quienes le habían arrebatado a su abuelo y lo habían confinado en una cámara de gas en la ciudad de Milhumos. Después de descansar bajo el zapote, “El Charrito” se dirigió a Tiza, donde se entrevistó con el gran sacerdote sabio. Este le dijo que debía convocar a los maestros encargados de la edificación. Los jefes de obra le informaron que podía contar con trescientos hombres, aparte de los vigilantes, pero antes tenía que ir a Milhumos a pedir permiso de obra.
“El Charrito” se puso a trabajar. Se complacía en la obra que edificaba. Eran pocos los lugares por donde los Zopes podían ser asaltados, y en esos sitios, el nuevo ingeniero, con maestría y estrategia, había procedido. Los ataques dirigidos desde el exterior a la comarca de los Zopes eran constantes. Tal era el tesón de los intrusos para infiltrarse en el lugar que no les importaba sacrificar su idioma ni un sinfín de costumbres. “El Charrito,” de esa manera, había adquirido muchas palabras nuevas que enriquecían su vocabulario, así como costumbres como la de Santa Claus y Halloween.
“El Charrito” se enorgullecía de su territorio, del gran honor que era vivir dentro, además de poder ducharse en los baños públicos mixtos, únicos en la región. Un día, mientras se bañaba, apareció entre el vapor el gran dios Camún, sorbiendo su refresco con popote. Le dijo:
—Te prometí una hermosa flor de lindos atributos, una mujer, y ahora que has cumplido tus veintidós años, la tendrás como premio a tu tesón.
Apareció Claudia Schiffer, hermosa, de cabellera voluptuosamente dorada, forrada con una túnica húmeda, caminando hacia “El Charrito” entre las aguas de la alberca burbujeante. Tenía la vista diáfana de una virgen inalcanzable. Sus brazos se apretaban al compás del chasquido bocal de un beso correspondido. Después de hacer el amor, “El Charrito” quedó aturdido por el esfuerzo. Ella le confesó en ese instante que acababa de tener su última batalla, porque era extranjera y la había enviado Grendar para acabar con los Zopes. En ese momento, acababa de adquirir una enfermedad incurable. “El Charrito” seguía en las nubes, con una psicodelia multicolor en sus ojos.
En la falda de la malinche
El auto circulaba por el camino terregoso después de pasar por el pueblo. El compadre había comentado sobre los robos que estaban sucediendo en esa localidad.
—Sí, compadre —contestó el conductor—, por esta zona dicen que se está poniendo feo. Inclusive ya me advirtieron que no ande de noche porque ha habido muchos asaltos. La otra vez asaltaron al camión repartidor de gas, dicen que se llevaron como diez mil pesos, y a los repartidores de refrescos también les han dado su susto.
—Pues, ¿que no esos carros tienen caja de seguridad?
—Sí, pero, aunque la traigan, los choferes a veces cargan el dinero en las bolsas del pantalón y no miden las consecuencias.
—¿Supiste del asalto a la tienda del ISSSTE?
—No, cuéntame… ¿cómo fue?
—Fue la semana pasada, cuando habían pagado el aguinaldo. Los ladrones pensaron que había bastante dinero en la tienda. Fue a mediodía, pero les fue mal porque acababa de pasar el camión de la “Panamericana” y se había llevado a resguardo el dinero que había en las cajas. Cuando llegaron los ladrones, solo se llevaron cinco mil pesos.
—Tanto arriesgue para nada. No sabía de eso, lo que pasa es que por el trabajo ya no escucho las noticias.
—¿Por qué te tardaste tanto en la tienda? —dijo el acompañante mientras observaba por la ventana del carro las tierras de labor y, a lo lejos, la silueta de la Malinche—. Casi me estaba durmiendo aquí en el carro y tú no aparecías.
—Es que la viejita de la tienda me contó una historia de este pueblo, que dicen que hasta salió en las noticias de “24 Horas”.
—¿De qué se trata? Cuéntame.
—Me dijo la señora que hace como un mes se corrió el rumor en el pueblo de que, a un señor, cuando trabajaba en el campo, se le apareció una serpiente con cara de mujer. Era tan hermosa que el hombre no pudo resistir el deseo de besarla. Cuando se acercó a ella y la quiso besar, la serpiente con cara de mujer lo mordió y huyó al jagüey, el que está en la falda de la Malinche. Dicen que por esos días había llovido mucho y el jagüey estaba bien lleno. Y como había corrido la noticia por la televisión, vino mucha gente a constatar el hecho y a ver lo que por aquí sucedía.
Otra versión es que se le apareció al señor, que era muy buena persona, y nunca había hecho mal a nadie. Era muy servicial y cuando le pedían un favor, él con mucho gusto lo hacía. Este señor, cuando fue a trabajar al campo, escuchó una voz melodiosa y dulce entre los matorrales. Escuchó que le decía:
—Ayúdame, por favor. Estoy perdida, soy la hija de la Malinche. Por jugar mucho y no obedecer a mi madre, me perdí y ahora no puedo regresar. Ella ha de estar muy preocupada. Llévame y ella te recompensará.
—Pero tengo que cumplir con mis deberes —decía el hombre— y atender a mis animales.
—Por favor, mi madre te recompensará —decía esto mientras su cara se asomaba por entre los arbustos, dejando al hombre fascinado.
—Está bien, te llevaré.
—Y el hombre llevó a la serpiente con cara de mujer hasta la Malinche, su madre. Y la Malinche lo premió con una bolsa llena de oro. Dicen que ese hombre ahora es muy rico.
—Hay otra versión, ¿quieres oírla?
—Sí, claro, ¿cuál es?
—Bueno, la otra versión dice que sí es cierto lo de la serpiente, pero que la trajeron de otro país para exterminar las ratas de una fábrica. Dicen que en esa fábrica había muchas ratas, una plaga. También dicen que no era una serpiente, sino que eran dos. Habían puesto un cerco para que no escaparan las serpientes de la instalación, pero de todas formas se escaparon. A una serpiente sí la lograron matar, pero la otra anda por la falda de la Malinche. Dicen que un muchacho la vio cuando se había ido de pinta y no había entrado a clases en la escuela. La serpiente lo castigó dejándolo mudo, porque al verla fue tal su impresión que ya no pudo hablar. Según las señas del muchacho, era grande, del diámetro de un tubo de drenaje, y enroscada daba como uno cincuenta de altura.
—Pero eso son más que cuentos, ¿no crees?
—Pues puede ser, pero lo que sí lograron es que la gente venga al pueblo. Me dijo la viejita que los de las tiendas del pueblo se beneficiaron porque no falta quien quiera comprar un refresco, una botana, o chicles.
—A ver qué otra cosa inventa para que la gente se dé cuenta de que existe este pueblo —dijo el acompañante mientras veía la polvareda que levantaba el carro a sus espaldas—. Párate por allí, compadre, que voy a orinar.
El carro se detuvo a orillas del camino de terracería. El conductor encendió un cigarrillo mientras su acompañante se dirigía a los magueyes. Mientras bajaba la bragueta, escuchó un chasquido de eses repetidas. Se asomó entre las hojas del maguey y vio que una serpiente se dirigía al carro con gran rapidez. Terminó y corrió al carro con prisa, asustado por lo que pudiera pasar. El conductor vio a su compadre que corría hacia el carro.
—¡Compadre, compadre, la serpiente! ¡La serpiente con cara de mujer! ¡Pélale, compadre, pélale!
Subió al coche y el compadre arrancó mientras observaba por el espejo retrovisor una cara de mujer, muy hermosa. El cuerpo se encontraba en el capote trasero, encima de la cajuela. Después de recorrer un gran tramo con aquello de pasajero y tratar de tirarla para huir del peligro, entraron a la carretera “Vía Corta Puebla-Tlaxcala”. Con un rechinido de llantas y un giro brusco, hicieron que el inoportuno pasajero cayera en la carretera y fuera aplastado por una docena de llantas de un tráiler con prisa. Después de veinte minutos solo quedaba una salea de nada, pegada al asfalto. El sol contribuiría a borrar cualquier rastro. De la serpiente con cara de mujer hermosa solo quedaba la historia.
La casa de la ribera
Las nubes debutantes de la tarde oscurecen los riscos de la escarpada del valle de «Casas Grandes». En los cúmulos oscuros y vaporosos, los colores enamorados de centellas plateadas e indomesticables visten al humo de la casa con destellos, mientras el viento azaroso acumula vaivenes que se pierden en el cielo. En lontananza, lejos de los riscos, por donde el río serpentea, se aproxima a pasos de Goliat la oscuridad de una noche presurosa, ansiosa por devorar todo en su negrura. El color chocolate del río se intensifica por las caídas de las medianas cascadas al entrar al valle y por los chubascos de los días anteriores. Su oxigenación se enriquece aún más al chocar con las rocas y lajas, cortantes, duras y filosas. La maleza de la ribera varía desde los abrojos grisáceos por hongos imperceptibles, zarzas punzantes y jarillas sarnosas de plaga. El pasto que llega hasta la casa, tan verde que huele a menta, está cubierto de hojas en descomposición, formando un compost ya fermentado, listo para nutrir las raíces. Los cimientos pétreos de la casa sobresalen y miran por encima del pasto, y en ese nivel hay dos ventanas que exhalan aires rancios del sótano, un olor mefistofélico que presagia horrores en las sombras de esos muros.
La habitación está cubierta por amplias cortinas que llegan hasta el suelo de mármol. El lugar parece tener una decoración minimalista; el vacío y la soledad en los muros reinan como si fueran parte esencial de la casa. El ahuecamiento del espacio parece devorar toda entidad con sentido propio; los distintos aposentos carecen de identidad privativa, conformando una sola homogeneidad, como si fueran extremidades de una estructura ósea. Como si se tratara de una caja hermética viva o la corporeidad de un engendro maligno convertido en casa. La organicidad se manifiesta en la respiración que fluye entre las cortinas, en el humo que sisea por la chimenea y se pierde en el cielo, y en el aire rancio que se filtra por las ventanas del sótano, al nivel de los cimientos ligeramente expuestos. Se percibe en el ambiente una mirada introspectiva, dirigida no hacia el horizonte oscurecido ni hacia los riscos escarpados del valle, sino hacia su interior, como si la casa fuera un individuo autista, atrapado en su propia mente. En este sentido, nacen figuraciones de un ente que se devora a sí mismo, que permanece ensimismado en su configuración psíquica afectada, solazándose en comprimir todo lo que hay en su interior, como un agujero negro galáctico que absorbe todo ser sin distinción. Es comparable a un asesino que estrangula sin matar, complaciéndose en ello mientras su compenetración se enriquece en voluntad. Dentro de este mundo, un personaje inmóvil hurga en sus recuerdos desde su calvario.
Es un personaje flaco, su nariz moribunda y aguileña apunta al suelo, y en sus ojos borbotea el último destello de vida. Sentado en una silla de ruedas, inmovilizado por una parálisis total debido a una embolia, parece un tronco tumbado, un engendro de la naturaleza, un organismo mal formado que yace quieto y vegetativo en el centro de la habitación. En el techo zumban las moscas, atraídas por el olor de la putrefacción, algunas ya han puesto sus huevas en el cable de la luz del foco, envueltas en secreciones gástricas.
El hombre cae en las larvas del recuerdo. Su vil sinceridad se codeaba con la política y la frondosidad sofista de viejos tiempos. Encendía la luz de la añoranza y sentía que la vida volvía a mirarlo y sonreírle. Se imaginaba que aún podía hacer que las grietas se movieran a su paso, que aún podía obligar a los desposeídos a hacer cosas inhumanas y deshonrosas, que podía arengar cualquier cosa a su conveniencia y manipular las tertulias de la clase pudiente. Era un hombre que podía torcer el pescuezo de la elocuencia a su antojo, satisfaciendo así sus instintos más salvajes y despreciando a las clases bajas, al «lumpen». En el gueto de literatos fracasados, recitaba su poesía lánguida y decadente. Recordaba el juicio en el que arrebató despiadadamente la propiedad en la que vivía, pero con qué lentitud deletreaba su existencia hasta convertirse en lo que era: un ser injertado en una morada pesada y de ambiente autoritario, un personaje caricaturesco, seco y estéril, circuncidado de la sociedad, apartado de toda humanidad, lenguaje y convivencia. Solo le hacían compañía los muros planos y tenuemente cuarteados. La casa lo apretujaba entre sus paredes, y en los pasillos largos sentía que se encontraría con un espacio estrecho, de apenas cincuenta centímetros de ancho y ochenta de altura. Sentía que el techo se estrechaba hasta rozarlo con los cabellos, succionándole las entrañas, tratando de introducirse en su esencia. Su contenida presencia era disminuida por los movimientos de los muros, que se atraían hasta fusionarse en una sola, obesa e inflada tapia. El ahogamiento y la desesperación de sentirse prisionero lo convertían en una criatura oprimida, castigada por una estructura ósea famélica que se adhería a su piel ajada y tumefacta. Las cortinas parecían algodones secos como polvorones que se introducían en la garganta y absorbían toda saliva, toda humedad bucal. Los ojos se entreabrían para inhalar más aire, pero solo conseguían que las venas de las sienes se hincharan de sangre, mientras en las pupilas crecían imperceptibles hebras de plasma. El individuo seguramente tenía en la punta de la lengua un «¡ay!», pero no podía pronunciarlo. Su lengua, torpemente quieta y pastosa, era como una masa de barro atrapada en una cueva entre dentadura maltrecha y unos labios que parecían más una llaga asomándose al mundo. Su reclusión no tenía escapatoria; sabía que no tardaría en llegar el momento en que los muros se transformarían en un sarcófago incrustado en el valle de «Casas Grandes». La estrechez de la vivienda se volvía cada vez más densa, el sofoco llegaba como un orgasmo que hacía contraer las grasas del cuerpo, los vellos se erizaban y por ellos penetraba un frío gélido que alcanzaba las capas más profundas de la piel. Su rostro, con una barba crespa, mostraba arrugas que se entrelazaban como si disputaran ese territorio. El cuello exhibía una mezcla de arrugas, papada y grasa. Su esperanza de salvación se había desvanecido hace mucho tiempo, era un eco opaco, desaparecido y anestesiado del espíritu optimista. Su mirada se dirigía al techo, hacia el foco, una esfera de vidrio por donde se arrastraban, dejando un rastro baboso, las larvas de mosca listas para caer en su cuerpo melifluamente enrarecido y fétido. Las larvas caían en su boca, donde se anidaban; otras caían en sus ojos y se deslizaban como lágrimas lechosas hasta el oído. A través de la oreja escapaban traviesas larvas del cerebro, ya podrido, devorando poco a poco una vida que se resistía a desaparecer. El ser sepulto y corrompido oscurecía las estancias que parecían apretarlo más, como si quisieran exprimir sus jugos más consubstanciales.
Las cortinas dejaban entrar un resuello que venía de chocar con los filosos riscos de la escarpada del valle. Bajo el piso, gusanos gordos y bien alimentados se escurrían hasta el oscuro sótano, donde se enterraban en la arcilla polvorienta. Las ventanas no dejaban pasar ningún rayo de luz; tanto afuera como en el sótano reinaba una oscuridad luciferina y aterradora.
El funcionario y su Sombría Perrera
—¿La hiciste como te dije, o todavía no? — pronuncia el burócrata a su asistente, que llega con un legajo de papeles y una libreta de notas. Ambos sudan en las primeras horas calientes de la tarde en la ciudad fronteriza. Ciudad Juárez es una entidad apretujada con otra ciudad igualmente problemática, como lo es El Paso; en ellas se acumulan toda la podredumbre, el azar, la inhumanidad y las esperanzas de una vida distinta, renovada. Ciudades independientes de sus naciones por su amplia capacidad de comercio, tráfico y destino; ambas ciudades se drenan y trasfunden las virtudes y deshonras humanas, colaboran para accidentar los destinos, para ocultar las desavenencias de drogadictos, grafiteros, patinadores y rolers. De los inmigrantes, migrantes y fugitivos de la ley, de los que buscan de aquí para allá o de allá para acá una identidad distinta, un destino soñado. Son entidades que viven la modernidad desde la perspectiva del patio trasero, desde los trastos insulsos de la globalización y el entreveramiento de dos naciones cosidas a mano. Nuestra narración tiene como contexto esta urbe bilingüe y birracial, donde convergen lenguajes tan distintos, pero tan cercanos, vecinos, pero en continua confrontación, enlazados diariamente por pachucos, cholos y chicanos, por mexicanos y norteamericanos. La globalización se vive en las calles, en cada compra, en las tiendas, en las caras de los “mojados” permanentes y perdidos en la indigencia, atrapados en la droga o en las redes de su comercio; se vive también en la transacción monetaria en las esquinas “permitidas” de dólares y pesos; de carne humana con minifalda y de polvo de ángel, entre otros contrabandos.
—Sí, ya mandé la circular a los medios de comunicación. Hay que esperar que ratifiquen su asistencia a la rueda de prensa, pero… ¿dónde la vamos a hacer? ¿En el auditorio o en la sala de juntas? —Ve por Don Jacinto para ver si ya terminó con lo que le pedí, y háblale a Carmela para que me pase estos apuntes en limpio. ¡Ah!, y también dile a Eusebio que quiero que me consiga otros datos que necesito para la rueda de prensa. — ¡Muévete, inútil! ¡Pendejo! Eres tan inútil como los de la perrera que no han podido con el problema. Y ahora tengo que ver yo todo.
Los papeles en su escritorio se apilaban, llenos de quejas y solicitudes, pero su mente se desvió hacia su mascota, durmiendo plácidamente en casa. ‘Qué vida tan tranquila lleva,’ pensó, mientras consideraba que, al menos en su hogar, había una criatura que estaba a salvo del caos del exterior.
El responsable de salubridad se encuentra nervioso. Ha convocado a los medios de difusión y prensa para aclarar asuntos y dispersar rumores que empañan su intachable y buena administración. Lleva medio año en el cargo. No sabe por qué lo pusieron en el puesto, no conoce nada de salud, salubridad y demás, pero era un paso para ser uno de los hombres de la lista que podrían ser elegidos como candidatos a diputado por el Partido Efusionista de la Democracia (P. E. D.). La reunión con los medios de difusión será a las cuatro de la tarde, y llegarán los periódicos locales: El Sol de la Frontera, El Avance y el diario Juárez de la Tarde; y de las revistas: Zeta, Jaque y Diálogo Social; y de los noticiarios radiofónicos: Resumen y Ahora. La sala de juntas es la más adecuada para la conferencia, ya que tiene aire acondicionado y, en la vista principal, un librero de pared a pared cedro con libros y enciclopedias que hacen que los hombres parezcan sabihondos, intelectuales y protagonistas científicos. La sala de juntas, en color rojo y dorado, con molduras en estuco y pintadas en oro con figuras griegas y románicas, cuenta con un plafón que oculta la iluminación fluorescente y una amplia cornisa que rodea y enaltece la estancia.
Los profesionales y lujosos reporteros llegan sudorosos; cargan en la maleta su libreta de notas y su grabadora sudorífica, otros más llegan con sus cámaras con correas colgadas al cuello o al hombro. Su piel morena presume el bronceado diario de banqueta. Todos traen un celular en la cintura o bien en la petaca, razón por la cual, a cada momento, pulsa alguna señal telefónica. Se saludan. El compañerismo entre los colegas es amable; son socios todos del chayotismo hermoso y reconfortante, se conocen de andar persiguiendo la noticia a diario, y algunos de tomarse algunas caguamas bien “helodias”. Dos jovenzuelos, novatos y ciscados por el ambiente, andan como perdidos, su nerviosismo los desenmascara ante los zorros y más colmilludos del ámbito, aquellos que cobran aquí y allá y acaparan los espacios; sus caras cínicas y simpáticas hacen recordar más a las hienas que a los zopilotes. Los inexpertos se acomodan acá o allá, y sus tenis sueltan la peste propia para un desmayo, pero la buena ventilación ayuda a calmar la impaciencia odorífera. Llega la periodista de lujo, la articulista estrella, tanto por sus notas periodísticas como por su voluptuoso cuerpo de “Diana Cazadora”. La hermosa se sabe deseada y por eso llega y se aposta en las filas de los preferidos, llega con el escandaloso perfume de Chantibel N° 5 y con un caminar encantador como el que tiene Salma Hayek. Su piel es fina como de durazno, con unas pestañas que envidiaría la mismísima Afrodita; no obstante, despierta en los hombres el idéntico deseo libidinoso de esta diosa griega.
La secretaria del funcionario acomoda los vasos y la jarra de agua, enciende el micrófono y le da unos golpes con el índice para probar su funcionamiento, pone el cenicero que trae guardado eficientemente en la bolsa del saco y reacomoda nuevamente la tercia de sillas tapizadas de terciopelo sintético color vino.
El protagonista entra con el caminar rechoncho que todos conocen; ha pasado un cuarto de hora después de la cita y se ve que trae la gran noticia, como si cargara entre sus ropas, además de la gordura, un as escondido. Como si fuera a dar la noticia del antídoto contra el ébola. Al estrado lo acompañan su secretario y la encargada de finanzas. A la entrada, han puesto un escritorio con vasos desechables, dos jarras, un botellón con agua purificada y una caja con sobres de “Vida Suero Oral”; entre otras cosas, hay trípticos de la Secretaría de Salubridad. Todo eso, gratis.
—Señores periodistas, les agradezco profundamente que hayan asistido a esta reunión con su servidor, para dar a conocer los avances en materia de salud, así como el informe de la campaña de vacunación tan exitosa que llevamos a cabo durante el “Mes de la Salud Familiar”. Desde que entramos a laborar en esta tarea que nos encomendó el señor gobernador del Estado, hemos estado trabajando arduamente por la salud de los niños, ancianos y, en fin, todos los que integran la familia en nuestro estado. Nosotros siempre hemos estado preocupados por la salud y el bienestar de la familia, por ello es necesario que dé algunos datos que clarifiquen el arduo trabajo de esta secretaría. Se vacunó a 5457 niños con la triple viral, y se inyectó a 2134 con la vitamina, que es más que nada un complemento inyectado. Además, se pusieron 684 vacunas contra el tétanos para niños y mujeres embarazadas, y se continúa con los programas permanentes de “Cultura Reproductiva”, “Aguas con el SIDA”, “El Cólera Mata” y otro que es para evitar la deshidratación de los niños en estas épocas de calor.
El ágil disertador continúa su exposición mientras los periodistas anotan en sus libretas y vigilan sus grabadoras puestas cerca de los altavoces; entre ellos, la periodista estrella toma fotografías con poses delirantemente sugestivas. El chisporroteo de las cámaras es incesante, motivo por el cual el oficial regordete se limpia el sudor e intenta una cara fotogénica en cada centelleo. Termina con su verborrea y amablemente concede cinco minutos para preguntas: —Señor licenciado, ¿es verdad que lo van a proponer en su partido para ocupar un puesto de diputado en las próximas elecciones? —No lo sé, eso le compete a mi partido, siempre tomando en cuenta las proposiciones de nuestras bases en el partido. —¿Usted piensa que es el mejor candidato? —Yo sé cumplir la voluntad del pueblo, y si el pueblo quiere, yo obedezco. —¿Es verdad que en la ciudad ha crecido la insalubridad en un 25% y la muerte de menores en un 15%? ¿Y también que los problemas de mordeduras por perros con rabia son un caso grave que lo tienen a usted en jaque? —No, joven, esos son rumores mal fundados. Los rumores y acusaciones sobre insalubridad e incapacidad son solamente eso: rumores, y más de nuestros opositores, quienes buscan, sin ningún éxito, desprestigiar esta noble institución. Y sí, es verdad que ha habido más perros callejeros y una campaña en contra de la insalubridad canina que estamos atendiendo en estos momentos, ya que estamos desarrollando una campaña, en conjunto con las autoridades locales y la ciudadanía, para combatir este mal y no permitir que esta raza canina quede sin atención ni resguardo, por lo que estamos actuando de inmediato para corregir esta situación y erradicar el problema. —¿Por qué la Secretaría de Salud, junto con las oficinas de salubridad y la perrera municipal, no han podido frenar el aumento de perros callejeros? —Eso no es verdad, hemos hecho una gran campaña. Los resultados ya se verán en los días próximos. —¿Y qué hay de los perros rabiosos? ¿Es verdad que ha aumentado el número de mordeduras a los ciudadanos? —Eso lo veremos al final de la campaña, y si hay algo por hacer, lo haremos en el momento. —Es que, en una ocasión, mi esposa estuvo a punto de ser mordida en la calle y solamente por la intervención de un vecino no fue atacada por un perro rabioso. La gente no tiene por qué ser atacada por perros, menos por perros rabiosos. —El caso se está atendiendo por parte de las autoridades correspondientes, no tengan duda. Como es una campaña que estamos realizando para ayudar a toda la ciudadanía, les pido su apoyo para que nos ayuden a seguir mejorando la salubridad en nuestra ciudad y en nuestro estado.
El sudor de todos sigue evaporándose por el aire acondicionado; las preguntas se suceden unas tras otras, y el tiempo no se detiene para escuchar los gruñidos y ladridos que acompañan la algarabía que hace la jauría allá afuera, en la calle, detrás del edificio de salubridad.
Don Jacinto termina la entrevista radiofónica en los estudios de la empresa; no es lo suyo, su ignorancia es tan palpable como la honradez que lo acompaña. Don Jacinto trabaja en el despacho con la computadora y la cámara de video vigilancia encendida; el estruendo de los perros allá afuera no cesa. El encargado de finanzas, en su despacho, lee la revista del Perro Callejero, a la que sus jefes están suscritos.
En la oficina del burócrata, los asuntos se dilucidan. Se limpia el sudor, se para frente a la ventana para ver allá afuera, por el espejo, las calles llenas de polvo y tierra; los arbolitos deshidratados y la gente que pulula por doquier. Una ciudad en el desierto. Se acuerda del “Can”, su perrito maltés, que lo espera en casa con el rabo escondido entre las patas. —¡La jodida perrera! Ni para eso son útiles esos imbéciles— expresa en tono molesto y amargo, mientras las gotas de sudor le caen del cuello y le ensucian su camisa blanca de lino.
A la salida de la conferencia, uno de los periodistas camina hacia el estacionamiento con su cara curtida por el sol, y entre su rostro triste, aparecen pensamientos cínicos y blasfemos, como: “Ahora me he dado cuenta de que el funcionario público es igual de corrupto aquí, allá y en cualquier parte. Nos mienten, pero eso se sabe, y nos dan unas migajas para vivir. Al final de cuentas, me da igual, yo cobro mi chayote y ellos su mordida”. Se retira con un dejo de angustia y satisfacción, mientras el otro, el burócrata, está a punto de llorar. Ha olvidado el tiempo y la hora, está a punto de fenecer con su cargo. Los perros lo rondan en la calle y sus sentimientos amargos se agolpan en su estómago.
El último y único consuelo es llegar a casa y encontrar a su can mojado, revolcándose en el sofá y buscando un hueco donde esconderse; el pequeño animalito le recuerda lo mucho que ha hecho para no morir de inanición, lo mucho que ha luchado por no ser uno más en la lista de desaparecidos. Su perrito maltés lo espera, como siempre, con el rabo entre las patas, fiel a su dueño, fiel a sus migajas y fiel a su vida triste y miserable.
Se ha perdido la musa
Me quedo sin mover ni un dedo, oscilando en la silla mecedora. Observo el patio donde crece el herbazal, el pasto y la manzanilla. Descanso la testa en el filo del respaldo, la nuca soportando el peso de la cabeza, y así sigo, como queriendo adormilarme; meterme en una ensoñación total, como si el cuerpo se ablandara para recibir lo que sea. Todo parece haberse puesto de acuerdo: el movimiento del estómago en cada respiración, el zumbido de los oídos por la permanente calma, la presión del aire que entra por quién sabe dónde, el sopor que bosteza en las cortinas floreadas, el descolorido y apaciguamiento de los colores de los libros y revistas, la indolente quietud de la cama y la sobrecama, el relajamiento de tensiones de las telarañas. El día, a pesar de su tierna aparición, surge desganado y hosco. El crudo sol penetra sosamente con su cosquilleo de rayos por las ramas y cortinas de la ciudad. El aire es una mezcla de empujes tibios y rocíos tardíos; en él se elevan los vapores de las calderas de las fábricas y baños públicos. La claridad del orto va alejando esa mantequilla que son las sombras penosas de la noche hacia otros sitios terrestres.
La estación es la que sea, no me importa cuál. Eso no tiene que ver conmigo; ni los horóscopos ni la meteorología me dan de comer. Hoy lo que tengo son bostezos largos y jugosamente distribuidos. La desgana del espíritu es fiel hasta en las manifestaciones que no tienen que ver conmigo. No merezco estas horas —o tal vez sí— ya que las otras han sido de riqueza y han sido mías. Tal parece que, después de los años, observo el talón de Aquiles de mi existencia. Y no es que me ponga muy melodramático o tenga el espíritu de ese filósofo alemán del que hablan los letrados, creo que se llama Nietzsche, que dice puros pesimismos. No, no es necesario. Lo que sí pesa son los años, como si fueran sacos de cemento en la espalda; son como heridas o llagas que a cada paso nos van frenando por el dolor y, a cada año, otra llaguita. Mejor debería dedicarme a la venta de publicidad; al fin y al cabo, conozco el medio.
Las metáforas ya no me llegan; por más que combino verbos con sustantivos y unos adjetivos muy estruendosos, no desarrollo ideas. Me siento muy desamparado, perdido en una página en blanco, claro, no es la hoja en blanco tradicional, eso es un decir; es la pantalla en blanco, la de la computadora, y por más que busco en Internet algo que fusilarme, nada, no cuaja nada. ¡Ah! Divino cuando las cosas salían por pura espontaneidad, no tenía que buscar nada; la idea se formaba solita y tejía, únicamente tejía a complacencia y sacaba rollo tras rollo, notas bien pagadas y ensayos lúcidos. Eran los días en que me dieron el premio de periodismo. ¡Qué placer andar por la calle y ser reconocido y saludado por los amigos, por los colegas y vecinos, por los diputados y licenciados! Es algo de lo que me siento orgulloso.
Ahora no me ha quedado de otra más que menearme en esta mecedora, cuidando hasta de no estornudar porque al hacerlo se me caen los cabellos de la frente. ¡Así ha de estar de acelerada mi calvicie! A todos nos ha de tocar el día en que se nos acaba la cuerda, es como las pilas alcalinas que agotan su energía, dan todo lo que tienen y ya; así he de ser yo, ya he de haber dado todo lo que debía dar y lo que queda es ir a darse un largo y hermoso sueño en seis pies de tierra. ¡Qué placentero ha de ser cerrar los ojos y no molestarse en abrirlos más! Apagar el interruptor, click-click, y adiós, que siga el mundo su viaje sin regreso, “que yo me pinto de mil colores”. Prefiero que me coman los gusanos y con eso alimentar a la naturaleza tan divina y perfecta. ¿Por qué, llegar a ser un hombre es tan primoroso como ufano? Su efimeridad es lo que es tan absurda, su llegar a ser en el mundo es complicado socialmente, pero cuánta insubstancialidad hay a la muerte de cada uno. “Eso de que polvo eres y en polvo te convertirás” es una verdad que da al traste con todos nuestros deseos y existencias de vanidad y soberbia. A veces, realmente, me resulta la vida muy estúpida por la manera en que se vive; a veces, se van los años, años vividos en el error, en la conciencia errática, en la experimentación de una existencia equivocada, sin destino, perdida en un laberinto tan pequeño de tan inexistente. Son tramposamente nuestros engaños los que atrapan, los que fijan y amarran todo: tanto nuestras inseguridades como nuestros más comunes temores. La imagen de un hombre rico en un ataúd equilibra toda desavenencia; en ese sentido, Lázaro es más afortunado y más rico porque regresa de entre los muertos, porque es llamado por el hijo de Dios a la existencia. Con todo esto, me vivo y me solazo en mi existencia mientras vivo, ya que eso es maravilloso; no encuentro palabras que describan esa dicha de estar aquí, acampando en esta ciudad cosmopolita y yo sin ideas, desamparado de la musa que por años me había resguardado. Dejado a la buena de Dios y sin un ángel de la guarda que sople alguna inspiración piadosa para este menesteroso del pensamiento penetrante. Me voy a acurrucar en los sueños para ver si allí, en el inconsciente, encuentro algo que alimente a este espíritu desvitaminizado he ido a menos. A veces, la risa y la ironía me habían salvado; eran una campana antes del nocaut, más por técnica que por ingenio, pero lo malo es que a mí no me gustan las locuras, esos escritos irracionales e incongruentes, es decir, sin lógica, que llenan un ambiente estrafalario y sin una conexión a la realidad. Eso me cansa la cabeza al leerlo, y más al tratar de escribirlo.
—Patrón, allí lo busca un señor que dice que es el director del periódico; lo hice pasar a la sala.
—Mmm. Dile que pase hasta acá, es un viejo amigo de años. Prepara café para él y para mí agua mineral de sabor con hielo. Llévate los restos del desayuno. —El periodista sigue columpiándose levemente en la mecedora, en su mano derecha manipula el control remoto del estéreo colocado en la vitrina. El compacto que programa es el de Joaquín Rodrigo y su tema preferido: El Concierto de Aranjuez.
—Antonio, ¿cómo te va? Dice el dicho que, si la montaña no va hacia ti, tú vas hacia la montaña.
—Pásale, ¿cómo estás?, ¿cómo te ha ido? Siéntate allí donde gustes.
—Pues bien, allí andamos llevándola. Pero cuéntame, ¿qué es lo que estás haciendo? Desde hace unos meses no hemos recibido nada tuyo y bien sabes que tienes lectores que no puedes dejar sin tus publicaciones. Vengo por tus originales.
—Pues, ha habido cambios en mi vida. Últimamente he sentido como si me movieran el tapete, como si ya no tuviera nada que escribir, y aunque te dé risa, la musa me ha abandonado. No he podido escribir nada desde hace un buen rato. Se me acabó la creatividad, ya no puedo seguir, de imprevisto ya no tengo nada que escribir, la musa me abandonó. ¡De a tiro me abandonó!
—¿Cómo va a ser eso, Toño? Tantos años de experiencia y con la fama que tienes tanto entre la comunidad como entre los colegas e intelectuales. En esta profesión no hay manera de rajarse, sino hasta la muerte, y tú aún no estás para la muerte. Estás joven, eres un chamaco y pareces un conejo, de tan ágil y vivo. No, Antonio, ve a pasear, toma vacaciones y vas a regresar con aires nuevos. Te recomiendo las playas de Puerto Escondido en Oaxaca, renta una cabañita y desde allí nos escribes y nos mandas tus columnas. —La sirvienta entra a la estancia con una charola, la pone en la mesa de centro y se retira.
—El tuyo es el café, para mí pedí agua. El café me hace ir muchas veces al baño, ya mejor no lo tomo, aunque tú sabes, me encanta. —El visitante se acerca a la mesa y se prepara el café a su gusto; el tintineo del par de hielos en el vaso contrasta con la música que hay de fondo; en el ambiente se suma el olor del humeante café fresco y apetecible.
—¿Te van a publicar tu última novela?
—Sí, ya
—¿Y tú qué? ¿A qué te has dedicado en estos últimos tiempos? —preguntó el periodista mientras tomaba un sorbo de su agua mineral, refrescante.
—He estado muy ocupado con mi propio trabajo. Me han dado nuevas responsabilidades en el periódico y he estado escribiendo mis propias columnas. Además, he estado trabajando en un proyecto paralelo que me ha tenido bastante entretenido. ¡A veces la vida te da giros inesperados! —respondió el amigo mientras sorbía su café.
—¡Qué bien, ¡qué bueno que sigas activo! Me alegra saberlo. A veces pienso que una pausa puede ser tan beneficiosa como cualquier nuevo proyecto. Tal vez lo que necesito es un cambio de perspectiva. Quizás salir de la rutina, ver otras cosas, o incluso encontrarme con viejos amigos pueda reavivar la chispa que parece haberse apagado.
—Eso es exactamente lo que debes hacer, Antonio. No te quedes atrapado en la rutina. Sal, viaja, conoce nuevas personas y lugares. A veces, lo que más necesitamos es un pequeño empujón desde fuera para volver a encontrar nuestra pasión.
—Sí, tienes razón. Creo que tomaré tu consejo. Necesito desconectar y ver las cosas desde un ángulo diferente. A veces uno se queda tan inmerso en sus propios problemas que olvida lo sencillo que es rejuvenecer a través de experiencias nuevas.
—Me alegra oír eso. Siempre he pensado que las experiencias nos moldean y nos dan nuevas perspectivas. No te preocupes, la musa siempre vuelve a aquellos que la buscan con sinceridad.
—Gracias por tus palabras. Realmente me han hecho reflexionar. Prometo que me tomaré un tiempo para mí mismo y regresaré con nuevas energías. Tal vez descubra que mi musa no se ha ido tan lejos como pensaba.
—¡Eso espero! Y recuerda, si necesitas algo, aquí estoy. No dudes en pedirme ayuda. A veces, un amigo puede ser el mejor apoyo en momentos de incertidumbre.
—Lo tendré en cuenta. Muchas gracias por tu visita y por el consejo. Me has dado mucho en qué pensar. Ahora, me voy a dedicar a planear mi próximo paso, a ver si logro redescubrir la inspiración que parece haberse perdido.
—¡Perfecto! Entonces, te dejo para que lo pienses. No olvides que el mundo está lleno de posibilidades y que, a veces, el mayor obstáculo es nuestra propia mente. ¡Hasta pronto!
—¡Hasta pronto! —despidió el periodista a su amigo mientras se acomodaba en la mecedora, sintiendo una leve esperanza en el aire.
El Pirómano
—Ándale, Oscar. Vas muy lento, yo ya voy en la segunda, y tú apenas llevas la mitad. —Agustín pone sobre el refrigerador la botella vacía de cerveza Sol y lo abre para sacar otro par, destapa la suya y empina el codo. Después del trago, hace un gesto agridulce y refrescante mientras mira la botella, estirando el brazo— ¡Ah! ¡Hajum! —respira— Está buena, ya tenía ganas de una así. Andaba con sed. —Oscar se retranca en la pared; la tienda está repleta de mercancía, hay una fiesta de colores publicitarios, de olores dulzones y acidulados, del aroma de tortas compuestas y de cerveza derramada en el suelo. En el centro de la tienda, hay una mesa enclenque que aguanta con esfuerzos un canasto grande de pan de dulce y teleras. El tendero plática con el repartidor, hacen cuentas y cierran negocios. Los dos amigos miran a la calle mientras se dan un respiro en la plática; el silencio es bueno para los dos, dejan que sus mentes se organicen en ideas, recuerdos, proyectos y problemas. Los tragos se van sucediendo y a veces coinciden con un — ¡Salud! —y continúan la plática. La calle es una arteria secundaria de la ciudad de provincia, por ella circulan los autos a marcha moderada, los transeúntes hacen sus quehaceres: van de compras, salen a dar una vuelta en el parque, esperan con grandes esperanzas al novio, venden paletas en un triciclo con cajón tipo baúl, adosando voluntades afables entre los peatones, viendo caras, cuerpos, gestos; espíritus errantes en vestimentas tradicionales. La ciudad se comporta engreída en su verdor por el julio lluvioso y bien plantado. El sol se acomoda en la decaída diurna, donde las gentes más viejas han tomado la siesta, y las sombras se preparan para pintar chiripas en los añosos muros de las casas coloniales. La cebada va burilando un relajamiento tanto en las mentes como en los cuerpos; su envoltura es una reducción de la vista y ligeros escalofríos al ir entrando el alcohol en el organismo. Son tres cervezas las que toma cada uno, suficientes para estar a gusto y bien.
—Joven, cuánto le debemos, fueron tres y tres, son seis. —El comerciante cobra y despacha, da cambio y las gracias—. Sí teníamos sed, y así está bien, gracias, eh, hasta luego, hasta luego. —Los dos salen de la tienda y en el frontis, duda el amigo mayor, no sabe adónde ir. Titubeante, da pasos y se regresa, es su espíritu inseguro el que se asoma; da tres pasos y luego se regresa de nuevo—. No, mejor vámonos por acá, sirve que pasamos por el parque.
Pasan por un zaguán donde una señora rechoncha plática con la vecina. Su negocio a la salida de su casa son elotes, esquites y chilatole.
—¿Qué se te antoja, un chilatole?
—Hay, como quieras.
—Señora, ¿qué tiene?
—Elotes, esquites y chileatole. Pruebe, el maíz está tiernito, mire, no es del que ya está pasado, está bien cocidito, y el elote se lo preparamos como usted guste.
—Como ves.
—Se me antojan los esquites. Seño, deme unos esquites.
—¿Mediano o grande?
—Mediano.
—A mí deme un chilatole. ¿Está bueno?
—Sí, está recién hechecito, y bien rico.
—Como ves.
—Hay, como veas tú.
—Sí… me da uno —observa los elotes, la señora destapa la olla y va a servir el jarabe.
—No, sabe qué, seño, mejor deme un elote, pero que esté bueno, no le ponga mucho chile.
Van disfrutando del sabor del maíz en sus distintas presentaciones. Pasean por el parque. Los dos hombres deambulan en sus treinta y cuarenta años, son de miradas serias e inteligentes, aunque han hecho ambas locuras que rayan en la extravagancia, en la aventura creativa y propia de mentes complejas. Nunca han transgredido las leyes. Los dos han sido amigos de muchos años, se conocen bien, tienen gustos semejantes. Las veces que tomaban algunas cervezas en alguna tenducha cualquiera —cosa que ambos preferían y no irse a meter a un sitio establecido porque, como Agustín decía: “no, allí no, porque de allí ya no salimos”— les gustaba pasear por la ribereña del río Zahuapan, por el parque o por el mercado, y en ocasiones llegaban al departamento de Agustín para seguir platicando sobre el trabajo o sobre cualquier otra cosa. La casa de Agustín quedaba cerca del centro histórico, a unos minutos, y también quedaba cerca su centro de trabajo. Era bibliotecario en el Centro de Investigaciones de Tlaxcala, comúnmente llamado “el C.I.T.”. Lugar de reunión con otros amigos, pero en esta fecha estaba cerrada por periodo de vacaciones; sin embargo, Agustín tenía llaves para entrar y salir a la hora que quisiera.
—Y si nos tomamos una copita chiquita.
—Hay, como veas, ¿tienes en tu casa “alcohol”?
—Sí, pero también tengo en la biblioteca una botella de tequila que dejó la otra vez Álvaro, así que como quieras, me da igual.
—Hay, como veas. Vamos a la biblioteca, es lo que está más cerca. —El par de amigos se dirigen al centro de trabajo. Oscar carga un refresco de litro y medio de toronja. La tarde a oxidado el aire con una capa de asfalto aéreo; las nubes chocolatosas se disponen a dormir en el mullido cielo de provincia. Sobre los muros virreinales, las sombras ya no pintan chiripas sino chucherías tozudas o tal vez ingenuas. Mientras entran a la biblioteca, surge una conversación que ya han tenido semiroída en otros encuentros.
—¿Te acuerdas que te dije de cómo me gustaría romperle la cabeza a alguien, como aquel amigo que te conté que decía: “me gustas para un tirito” y sopas, te caía a golpes? Pues así me gustaría una vez, pero no así, sino con un hacha, tomar el hacha y ¡pacatelas! Saber de esa manera qué cosa está pensando el idiota. Siempre he encontrado esa imposibilidad; no podemos conocer las cosas de manera inmediata sino a través de lo fenoménico, o sea, a través de las representaciones que llegan a la cabeza. Siempre he tenido ese “rollo” metido, como también el gusto por conocer el dolor o hacer locuras “Donjuanezcas” como las que narra Carlos Castaneda.
—Yo soy de la idea de que se debe buscar modos de ir soportando la existencia. Finalmente, sabemos que en el espíritu las cosas que quedan en él no son las cosas ordinarias sino más bien las extraordinarias, y llegar a ellas es provocando el espíritu, desajustando nuestro ordinario existir, ¿no crees?
—Pues sí… finalmente es eso. De esto se pueden decir infinidad de cosas, y voy a decir una tontería, pero vieras que también hay veces que las cosas más minúsculas te llegan a afectar de manera evidente y sin que exista una cosa excepcional, por ejemplo, un grito, una escena en una película, la cara de alguien en la calle o algo que pasa o la manera en que sucede, que a veces pienso que por estas cosas tiene que existir Diosito. —El amigo que escucha se queda callado y se acomoda en la silla de escritorio perfectamente ergonómica. La sala amplia de la biblioteca luce los altos muros blancos y los vastos anaqueles llenos de volúmenes sustanciosos, añosos y contemporáneos; clásicos, regionales y únicos, pesados, descoloridos y mamotretos ilegibles. El fichero se aposta a respirar por una larga noche más. El olor vetusto de los libros; papel, tinta, pintura, polvo, desodorante “pinol” y olor a cigarro son una conglomeración sensitiva que ambienta la plática de los dos amigos.
—¿Dónde tienes los vasos? No los veo.
—Tráetelos de allá del archivero de la esquina, por donde están las cosas del aseo, por allí te traes un cenicero.
—Ajá, no quieres también tu chupirul, oyes, ahorita que me acuerdo, la próxima semana te entrego los libros que me llevé, el de Bachelard y el otro de “Mi lucha” de ya sabes quién.
—Sí, tráelos cuando los acabes. Tú sí eres de confianza, porque los demás cab… ya no les presto nada hasta que me regresen los que se llevaron.
—¿Me sirves o yo mismo me castigo?
—Sírvete, hombre. El copetín es chiquito, nomás para estar un rato a gusto. Sabes que me gustaría un día tener el espíritu de incendiario, pero también uno que no está encadenado a ningún lado. Es una experiencia muy diferente la que te toca. Si quieres una experiencia con adrenalina en su máxima expresión, eso es lo que más te falta.
—¿Sí?
—Sí, pero una experiencia con fuerza, como la que hace arder las casas. ¿Tú te imaginas?
—Claro, pero yo también tengo mi experiencia ardiente con una chica.
—¿Cómo la has tenido?
—Así… ya te he contado, por ejemplo, el día que me tomé tres cervezas con la chica del lugar.
—¿Cómo?
—Sí, las cosas no son nada complejas. Solo tienes que darte la oportunidad.
—Oye, ¿tú cómo ves las oportunidades de negocios en el futuro?
—No, no lo sé. Lo veo muy incierto. Es más, el día de mañana lo voy a leer bien. Ya es tarde.
—Sí, es verdad. Ahora sí mejor nos vamos a descansar y en la mañana le damos.
—Perfecto.
Pobreza Global: Una Limosna en la Calle
El menesteroso, sentado en la pierna que le hormiguea, piensa que eso es un sacrificio que hay que soportar para ganarse el pan y la manteca diaria. Los trapajos vestidos lucen a tono, y su amigo y colega cabecea por el sopor de las primeras horas de la tarde. En todo el día les ha caído unas cuantas monedas de limosna; la suma es raquítica, pero continúan allí poniendo su cara de pobres y desamparados, estirando la mano tiznada, roñosa y arrugada.
—Compita, póngase a vocear, ya sabe que el que no habla, Dios no lo oye.
—Nel, carnal, ya me aplatané de que nomás nada, con la raza, de a tiro pienso como usted, cuando dice que Dios nos ha desamparado.
—No, pues, cual desamparado, si así es la vida, pues ni para qué negarla. Pero usted sígale en la voceada, ya sabe que bien dice el dicho que más discurre un hambriento que cien letrados: ¡señor, una caridad por el amor de Dios!
—A veces pienso, mano, que lo mejor es que nos jale la calaca porque está ya no es vida, nomás nos andamos mosqueando —estira la mano y pone una cara de sufrimiento con los ojos medio adormilados.
—Cuando se le va a quitar el espíritu de jodido, no compita, la gente rica tiene la obligación de darnos, pero de la situación, esta de la crisis, no hay mal que por bien no venga. Así es como pienso yo, y más tarde que nunca, veremos la fortuna o por lo menos un buen morir.
—Nel, bato, usted siempre al mal tiempo le pone buena cara. Pero yo siempre ando viendo nubarrones. —Saca una cajetilla de cigarros sin filtro, estruja el estuche y toma con los labios el carrujo. Tiene en la mano derecha una escayola roñosa y dura que le sirve para aparentar mejor su invalidez. Con los dedos asomándose en la punta del yeso, rasga un cerillo y enciende su tabaco y continúa— Hasta la abuelita de Superman ya se dio cuenta que está dura la cosa, con eso de la globalización y la liberalidad nos van a quitar el pan de la boca. Al rato van a venir colegas de otros países, se van a sentar, mire, allí a un lado y esa competencia nos va a llevar a la chin… No, pues si le digo que el gobierno quiere acabarnos a pura hambre, a lo mejor esos mendigos resultan que saben pedir mejor que uno, y como dice el pueblo: cada maestrillo tiene su librillo; puede que resulte que tienen mejor técnica, nosotros no vamos a tener otra cosa que nomás mirarlos.
—Aguas, allá vienen unas ñoras, ya cállese. No ve el dicho: oveja que bala, bocado que pierde.
— ¡Una limosna para este pobre invidente!
— ¡Señor, una caridad por el amor de Dios!
Bajo la banqueta están dos perros de los más corrientes que pueda haber, ovillados. Por su pelambre recorren ágilmente las pulgas. Las garrapatas entierran aún más sus extremidades hasta provocar rasquera en las orejas del par de desgraciados y enjutos canes. Se escucha una flatulencia.
—Compa, te estás pudriendo, deja de pedorrearte porque así espantas a la clientela.
—Es que los tacos que me tragué ayer ya estaban medio podridos y ya sabe que a buena hambre no hay pan duro y ya ve las consecuencias.
—No compa, yo no los veo, nomás los oigo y los huelo. De tanto ya hasta se me quieren ampollar las narices, no mames, ponte un corcho en el culo.
—Présteme atención, colega, y póngalo en la caña.
—Lo que le voy a poner será una empinada.
— ¡Una limosna para este pobre invidente!
— ¡Señor, una caridad por el amor de Dios!
—Ya, compa, párele, vamos allá a la parroquia, ya es la hora de la misa de las cinco. —Las pocas monedas tintinean en el bote, sonido que hace despabilar al par de perros. Como si supieran la diaria rutina de la pareja de amos, van despatarrando sus pesuñas y bostezando sus hocicos jubilosos; reinician su olfateo en los muros veteados de orines, así como por los postes degradados a mojones de marca territorial. Al levantarse, por el esfuerzo se sueltan una serie de flatulencias que hacen sólo menear la cabeza al compañero.
—Tenga, compa, le toca esta ganancia. Cómprese unos “Alka-Seltzer” para aliviar la panza o unos tacos allá con el tuerto.
—A ver. —El compañero toma las monedas, observa las águilas impresas, soba sus contornos mientras inicia el camino. El otro se retrasa, tiene la pierna acalambrada de estar mal sentado. Los perros se han adelantado y, bien contentos y felices, mueven la cola con cierto orgullo.
—Sabe que, parner, esta morralla, esta limosna es para usted. Porque yo nomás estuve cabeceando y ni voceaba. Y usted es de los que no doblan la pata y son tercos como las mulas. Además, como dice el dicho: los dineros del sacristán, cantando se vienen, cantando se van. Yo nomás voy andorreando la vida. —La iglesia se apoltrona al centro del pueblo con su par de torres con copulin y cruces de hierro forjado. Sus campanas acaban de dar el primer repiqueteo, cosa que ha hecho elevarse por el aire pañuelos blancos y aerodinámicos: las alas de las palomas juguetean con la gravedad de sus cuerpos.
— ¡Una limosna para este pobre invidente!
— ¡Señor, una caridad por el amor de Dios! —Estira la mano y al recibir la limosna de su amigo— Usted sabe que, la neta, mi bolsa y mi globalización están de a tiro en las últimas, pero esperemos que, en algunos años, ¡si Dios nos concede vida, claro!, que podamos salir de la miseria, y que en lugar de comprar “pisto” corriente se nos haga un añejo, a poco no.
—No, no siga, parner, porque se me hace agua la boca.
Al tratar de cruzar la calle, uno de los perros no logra alcanzar la banqueta próxima y es atropellado por un auto. El sonido es seco y directo, que va unido a un chillido leve salido de la vitalidad más substancial. El otro perro es el primero que se acerca al malherido can que, acostado perpendicular a la guarnición de la banqueta, respira entre jadeos y sangre que brota de los ojos, lame el hocico y voltea a ver a los amos con las orejas bien levantadas y vuelve a lamer el hocico de su amigo de correrías. El par de menesterosos se apresuran cojeando, lanzando «Jesuses» al cielo, tintineando sus trebejos y olvidando casi sus cegueras y sus minusvalías. Cosa que se aprecia como una escena cómica de director novato. La gente se ha detenido. Los comerciantes de la calle se han asomado para ver, con fisgoneo y morbosidad, quién ha sido el desafortunado. El auto del percance se ha detenido más adelante. Los dos mendigos observan al herido y por experiencia saben que la vida del desdichado animal ya se termina. Desde la torre viajan campanadas que barnizan la ciudad; es la segunda llamada para la misa de las cinco. El conductor se baja del auto y se apresura a ver al herido. Habla muy rápido, y en un lenguaje que no se entiende. Al mismo tiempo, los dos indigentes reclaman y lanzan leperadas.
—Mon Dieu! Pardón!…Ciel! Je ne pus regarder pas rapidement quand le chien traversé la rue. Je ne sais pas quoi faire en cette situation! Malheur! Nous pouvons conduire à vétérinaire?
— ¿Y este qué dice? —Pregunta uno de los indigentes a su compañero. Se quedan como idos, tanto por el accidente del perro como por el extranjero que se topa en sus vidas. El francés hace aspavientos tratando de darse a entender, pero no consigue nada, hace mímica como tratando de levantar al perro, pero no lo entienden.
—Oyes, tú que te fuiste de mojado y anduviste con los gringos, has de saber qué cosa dice este.
—No, parner, no le entiendo ni jota, ha de ser ruso. Pero enséñale el botecito, a ver si te da algo. —El colmilludo mexicano hace lo suyo, y teatralmente observa al perro agonizante. Y suelta— ¡Tenga, para la misa de las cinco!
— ¡Vámonos ya, ya se nos hizo tarde! —Un gato que se acerca por el zaguán de la tienda de abarrotes va siguiendo con curiosidad al duelo de los perros. Los mendigos se lanzan con el bote en la mano en dirección al templo con esperanzas de que el mercurial trote del extranjero les genere algún rédito en su miseria. La misa da inicio, pero no se abre la puerta de la iglesia y se cierra el callejón; los mendigos se ven obligados a quedarse en la banqueta, ahora los dos perros yacen en la calle, y entre las piedras y el polvo se han integrado con el paisaje urbano.
El Hallazgo de Chalchiuhtlicue
Jacinto iba a dar la segunda pasada con su arado a un par de surcos nuevos cuando se topó con una piedra; era un ídolo de los antiguos habitantes de la región. En esa zona era común encontrarse figurillas de barro cocido representando a pequeños niños sonrientes o títeres en terracota, así como caritas y vasijas incompletas que, más que nada, eran guijarros. Pero no era común encontrarse con una deidad de tal dimensión. Los nuevos surcos se los estaba agenciando del bordo del arroyuelo. El comisario ejidal no diría nada porque era su tío, así que dos surcos más le redituarían algunos costales extra de mazorcas.
El clima era cálido; la sequedad de los terrenos de temporal se sentía en la garganta cuando el viento frontal estrellaba los bufidos arenosos en la cara, lo que hacía que Jacinto se tapara la boca con su pañuelo y cerrara los ojos hasta dejarlos como unos ojales planos y apretados. Algunas ingenuas nubes hacían su aparición, pero tan pronto probaban el salvajismo del sol primaveral, salían huyendo a esconderse entre el aire bronceado. A lo lejos, iban y venían pequeños, y a veces minúsculos, remolinos que cruzaban danzando por los campos, como si fueran personajes de alguna comedia. Por sobre la loma, justo en el pueblo, se veían dos torres gemelas; la iglesia estaba allí parada, como un gendarme cristiano que cuidaba que no se asentara en la tierra el diablo.
Jacinto fue sacando la pieza, haciendo poso con el azadón y usando las bestias para tirar de ella. Al principio no le tomó mucha importancia, pero a medida que iba sacudiendo la tierra, comenzaron a aparecer en la piedra esculpida unos ojos saltones que brillaban con el sol, una toquilla con medallones, o más bien, un casco de diosa importante con inscripciones raras; los brazos cruzados al torso, y al lado de las manos, dos pechos salientes y apezonados; la falda tenía hendiduras como canales en forma de rombos y sus pies apenas asomaban de la falda. La piedra se transformaba entonces en una escultura de antigüedad y con valor. Sacudió la pieza con un costal y raspó con la hoz los canales bien contorneados. Sabía que tenía valor y que no la iba a dejar allí, así que la envolvió con el saco para la pastura y la cubrió con zacate; esperó hasta la hora de regreso. Se las ingenió para cargarla en una de las bestias. Cuando llegó, su padre lo esperaba para la ordeña. La troje era el lugar idóneo para guardar el hallazgo. Bajó la pieza con cuidado y fue a seguir con los quehaceres de la casa. Dio de comer a los animales. Los puercos, las chivas y las gallinas, después de comer, se echaron a disfrutar de una siesta contagiosa. Cuando terminó, llevó agua y escobeta para limpiar la escultura; empezó a tallarla y, conforme iba escurriendo la tierra barrosa, aparecían los perfectos contornos de la Chachiutlicue. Jacinto conocía leyendas y mitos en torno a la diosa. Sabía que en el mercado negro darían buen precio por ella, pero también podía recibir bondades de la diosa si le ofrecía un sacrificio. Después de todo, el pueblo seguía creyendo, de manera sesgada, en los dioses de los antiguos pobladores tlaxcaltecas.
Esa noche, Jacinto quemó incienso; el sahumerio, frente a la escultura, se encontraba invocando bendiciones para la tierra y sus moradores. Mató una gallina abada, mientras dejaba escurrir el agua propia de una diosa que era dadora de este don. Danzó el baile del chochocol y luego se fue a dormir. El monolito se quedó inmóvil, tenía de guardianes unas flores de cempasúchil.
Esa misma noche, una mujer soñó con Jacinto. Era Candelaria, la hija de don Facundo, que, en edad de casorio, trabajaba en las labores de la casa. Su madre le había dicho que, si alguna vez soñaba una caja de muerto y en ella un cadáver, debía fijarse en la cara del muerto, porque ese sería su futuro esposo. Candelaria, en sus sueños, veía a una mujer hermosa y antigua, una diosa que tenía a los pies serpientes, y estas serpientes, a su paso, iban dejando arroyos de agua cristalina. La diosa la conducía ante un ataúd y le decía: «Entrégate a él, serás dichosa.» Ciertamente, Candelaria conocía esa cara, la de aquel hombre joven que había visto en la fiesta del pueblo; él correteaba feliz entre los cohetones del torito. Candelaria sabía el rumbo que tomaba el joven hombre.
Una semana pasó para que llegaran las autoridades a arrestar a Jacinto. Alguien había llevado el chisme, y fueron a recoger la pieza —cosa que no lograron— y a procesar a Jacinto —cosa que tampoco se realizó—. Las autoridades aplicarían sanciones expedidas en el Reglamento de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos. En el Capítulo VI y Artículo 51 se dictaban esas sanciones, que decían: «Al que se apodere de un monumento mueble arqueológico, histórico o artístico sin consentimiento de quien pueda disponer de él según la ley, se le impondrá prisión de dos a diez años y multa de tres mil a quince mil pesos». Algunas personas interesadas del Instituto Nacional de Antropología e Historia estaban por hacer cambios en su ley, y tenían en agenda una iniciativa de ley general del Patrimonio Cultural de la Nación, lo cual estaba causando revuelo por los cambios. En ella, había una excusa que rezaba: «Si la persona tiene en su poder monumentos muebles arqueológicos exclusivamente para su apreciación y goce en forma privada, tomando en cuenta la educación, las costumbres y la conducta del sujeto, no le será aplicable la sanción prevista en el presente artículo, con independencia de que le sean impuestas las sanciones administrativas que procedan en tal caso.» Jacinto no tenía la pieza y tampoco diría dónde había quedado; tampoco podía ser castigado porque no había objeto alguno por el que podría haber sido castigado. Y si las autoridades se empecinaban en ello, tenía el recurso de la iniciativa de ley, que próximamente sería sometida a voto en el senado. Pero, para no hacer larga la plática, finalmente Jacinto fue castigado administrativamente, pagando una suma de tres mil quinientos pesos. El lugar donde había sido encontrada la diosa Chachiutlicue fue puesto a disposición y reserva del INAH. Volvieron a tapar el hoyo que había hecho Jacinto, porque, como siempre, no hay presupuesto en el Instituto y solo hay para mantenimiento de los centros arqueológicos oficiales. No hay tanto dinero como para ponerse a rascar por todos lados, porque por todos lados hay restos prehispánicos y paleontológicos.
El afamado y rico escultor Sergei Kokomo de Estados Unidos estrenará una pieza más en su colección. La paquetería ha llegado al condado de Nueva York; en unos días será desempacada, habrá brindis y fiesta en la mansión. La diosa del agua Chachiutlicue de Tlaxcala traerá bendiciones o desgracias a la zona, no se sabe. Pero los pronósticos de los científicos, con todos los adelantos tecnológicos y con las computadoras más avanzadas, auguran una decena de ciclones en el Océano Atlántico que afectarán sus costas, pero no saben que tendrán el doble. La diosa hará caer agua en su milpita.
Candelaria entró a la troje cuando Jacinto afilaba la guadaña para el día siguiente. La leve penumbra hacía que las sombras se acurrucaran en los trebejos. Para Jacinto, el simple hecho de encontrarla allí, en su troje, ya era una provocación, así que tomó la iniciativa y fue acercándose a esa deseable y virgen joven. Con delicadeza le puso la guadaña al cuello, cerca de la nuca, y, por el largo mango de la herramienta, fue acercando a la mujer, que sin hacer resistencia avanzaba hacia él. Jacinto se figuraba pescar con caña una presa de lo más apetitoso. —La diosa del agua me dijo que me entregara a ti… puedmmm… Mmm…—. Los besos suspendieron el diálogo, y fueron explorando sus cuerpos con caricias, besos y demás. El sahumerio fue testigo fiel del cumplimiento de los mandatos de los dioses. Esa misma noche, cantaron los gallos a una hora poco habitual. Los más viejos del pueblo sabían que había llegado el cambio de clima; se esperaban las lluvias que llegaban a buen tiempo. El pueblo tendría buenas cosechas. Los dioses prehispánicos siempre cobran en carne y alma.
Una investigación de naturaleza científica
7:10 AM.
El escritorio de Maira Díaz está repleto de materiales. La máquina trabaja imprimiendo la investigación en la que ha laborado durante tres días consecutivos, para evaluar uno de los cursos de la Maestría Multidisciplinaria: Control y Evaluación de la Acción, de la Universidad Pública del Estado. El trabajo versa sobre uno de los aspectos del complejo problema desarrollado por toda la clase en la maestría. Su trabajo es una pieza del rompecabezas que ágil y diestramente armará el maestro emérito en la materia, condecorado por los doctores en ciencias y tecnologías. Se ha pensado que este hombre es el Einstein de la sociología y la administración pública, hombre que ha escrito media docena de libros sobre sus investigaciones y ha ofrecido conferencias y disertaciones siempre bien atinadas y sabihondas, pero que muy pocos entienden. Es fin de cursos y, al igual que Maira Díaz, sus compañeros están apurados estudiando para los exámenes o terminando de hacer sus trabajos. Los arqueólogos han abordado el problema desde una perspectiva arqueológica; los literatos han hurgado en libros para saber más sobre el tema; los burócratas han realizado propuestas para delegar tareas y han sugerido normativas que se deben tomar en cuenta; y los especialistas en vida marina han sido encargados de investigar sobre los lirios acuáticos, la composición del agua y los organismos unicelulares que viven en ese ambiente. Es necesario detenerse para señalar de qué trata la investigación. El título del proyecto presentado por el erudito maestro es: “La Región de Contaminación y Rescate de la Laguna Bustillos del Estado de Baja California Sur”. Dicha investigación será presentada ante el congreso del estado, y, si es avalada, cada participante tendrá trabajo dentro del proyecto de rescate y será incluido en la nómina del gobierno.
8:10
Maira se ha bañado y se ha puesto una falda negra, blusa oscura con motas blancas y una pañoleta al cuello; en las piernas maquilladas lleva unas medias parduscas embotadas en zapatos grotescos de grueso calibre. En su cuello asoma una sutil papada que hace lucir a la mujer llenita y antojosa. Desayuna sus respectivos corn flakes con leche y su torta de tamal. Toma sus originales y sale rumbo a la fotocopiadora para engargolar su trabajo. Sus pasos son torpes por los enormes zapatos de plataforma; parece que camina con tablas pesadas y da la impresión de que se le hará una hernia.
9:45
La secretaria del secretario, amigo del maestro emérito, es la encargada de recibir los trabajos. Todos han ido a preguntar por los resultados y por el maestro, pero no responden a sus ansias e inseguridades; aunque la mayoría piensa que su trabajo merece nueve, algunos se han jactado de que, gracias a su colaboración e investigación, el congreso del estado aprobará el proyecto. Han entregado sus trabajos con la mejor presentación posible: pastas plásticas y engargolados con hoja de presentación a colores. El número de hojas no baja de 15, y algunos, queriendo impresionar, han presentado un mamotreto obeso, lleno de paja farragosa y grandilocuencia en el tema.
12:00
La esposa del maestro emérito recoge en la oficina los trabajos y se asegura de que no falte ninguno; de lo contrario, la investigación quedaría incompleta. Los alumnos han tenido que hurgar en bibliotecas, revisar periódicos, conversar con los habitantes de la región, realizar cuestionarios y entrevistar a los funcionarios de los pueblos circundantes a la laguna Bustillos. También hicieron pruebas de laboratorio para determinar la alcalinidad y mineralogía de las aguas, lanzaron sondas meteorológicas para conocer la composición de la estratosfera sobre la laguna, y tomaron muestras de suelo, fauna, flora y el entorno social de las comunidades. Además, han contabilizado el número de fábricas, el número de hatos vacunos que visitan el abrevadero y la cantidad de piaras que se solazan en el fango de las orillas. Entre otras cosas, han registrado el número de cándidos que han ido a ahogarse en sus aguas desde una perspectiva antropológica e histórica.
14:09
Maira regresa a su casa, pone la mesa y se sienta a comer viendo la televisión. En el televisor, dan las noticias de una catástrofe ecológica en la laguna de Janitzio, en el lejano estado de Michoacán. Entre otras noticias, la policía judicial captura al “mochaorejas”, un afamado secuestrador del Estado de Morelos.
18:13
El maestro emérito evalúa los trabajos, y más que evaluarlos, simplemente les da una lectura rápida y profesional; son más de diez y menos de veinte los alumnos, por lo que no es necesario detenerse en cada afirmación o cifra, en cada tesis y cuestionamiento. Toma el teléfono y llama a su asistente:
—Dionisio, soy yo, necesito que mañana empiecen a capturar lo del proyecto de la laguna Bustillos. ¿Ya enviaste el correo electrónico que te dije?
—Sí, profesor. Ajá, mañana le digo a la secretaria que me ayude a capturar; ya va a tener tiempo, es periodo de vacaciones.
—Bueno, quiero que te comuniques con el encargado del archivo general del estado y le digas que le vas a entregar un original hasta la próxima quincena, que estos días no. Él ya sabe de qué se trata—. El maestro emérito sabe que el proyecto no va a ser presentado al congreso del estado, eso es evidente; sabe que no hay presupuesto para ecología y desarrollo sustentable y que en el estado no queda otra opción más que dejar los proyectos guardados para mejor ocasión. Sin embargo, su atinada investigación aparecerá en la publicación de la Asociación Internacional de Control y Evaluación de la Acción (AICEA) y le valdrá el puntaje para subir de categoría y aumentar su salario. Los alumnos descansan; sus días futuros anuncian investigaciones altamente científicas que ayudarán al bienestar, la eficiencia y la solidaridad de la sociedad entera.
La Jungla del Cuarto 2
Ocurrió en la noche, cuando calculabas que dormir te traería buenos y reconfortantes sueños. Considerabas que almohada y cobijas eran suficientes para transportarte a mundos oníricos placenteros. Pensaste que Dios no te quería y quisiste pasar desapercibido por la vida, pero no te diste cuenta cuando el omnipotente observaba de reojo las hazañas que pretendías. Tu cuerpo se resguardaba, tirabas de él para agrandarlo con gimnasias. Las babas de ella habían dejado caminos por todo el cuerpo. Se atemperaban las insistencias de los movimientos desesperantes, pero considerabas que ya todo estaba predestinado, que la babosa había trabajado eficientemente hasta dejarte blanco, casi transparente.
Las paredes amarillas de la habitación fraguaban gotas lechosas y escurridas en la decoración moderna y muy a tono. La otra pared, rosada, marcaba en los clavos puestos como un horóscopo en el cielo estrellado, pero no sabías cuál sería esa constelación. La centena de libros, los más insumisos, aquellos que tercamente querían apostarse en la vida, como los obligados, los esenciales, los distintos en cada relectura, se aguardaban hasta el fin de los días o hasta que su relectura ya no fuera tan necesaria para construir la existencia. El par de repisas sobre el escritorio era su soporte, en donde vivían Carmela y Donaciana: el par de polillas ambarinas. Los libros eran lo más coloreado; lo demás figuraba triste y opaco, como la puerta, los espejos, la ventana, la chimenea, el escritorio.
La puerta de nogal miraba al oeste. Los vientos que entraban por ella eran reconfortantes por su posición. Las chambranas a su alrededor la hacían verse regia y sólida, mientras que la moldura interior achicaba los huecos y llenaba las dimensiones. Sus cuatro bisagras, sin aceite, pero con gusto, hacían el trabajo de mover el objeto separador. Y la chapa dorada montaba un pezón como seguro. En el dintel se hallaba una herradura con un listón rojo. En ocasiones, te habías puesto a pensar sobre los sitios que habría pisado ese zapato caballar, las travesías aventureras; casi te imaginabas como los argonautas tras el vellocino de oro. Su herrumbre proliferaba por todo su contorno y su delgadez, casi vidriada, se adosaba al muro alto de la puerta, como un talismán. Era el amuleto que por años había guardado las distancias de los anatemas malignos, los entes maledicentes, los espíritus chocarreros y diabólicos. Y había dejado entrar por su celaje bendito y eclesiástico, las auras sanas y bienaventuradas. El tapete pelirrojo se aplebeyaba al recibir las visitas, postrado a la entrada. El sudoroso polvo se acumulaba hasta formar minúsculos montículos de granos en la base, su tejido lamía las suelas de los distintos calzados visitantes.
El espejo a un lado de la puerta se postraba como aterciopelado en sus reflejos. Hortensia, la mosca, había ido a dejar motas negras sobre el vidrio. Había una especie de caparazón que impedía reflejar fielmente cualquier cosa. Dicho caparazón camuflaba a veces la belleza y a veces la fealdad, pero por lo regular ponía algo de su cosecha cuando el cuarto 2 se atenuaba. El muy insolente trataba de hacer reflejos con el mínimo de luz por sus entrañas. De otro carácter era el espejo colgado en la pared sureña, por él, la ventana hacía reverberar los juguetones brillos de las gotas del rocío de la hierba del patio, con cuánta felicidad se dejaban reproducir por el cristal afable.
La ventana avejentada parecía haber nacido en el siglo pasado. Cada pieza de ella, con los años, se había encorvado; hasta la misma claridad de los vidrios se doblegaba hacia lo deslustrado y lagañoso. Los ángulos habían sumado grados y la pasta que los detenía desprendía unos pellejos de pintura lastimosos, craquelados. La simetría la había perdido al principio de su madurez, como si hubiera sido su virginidad celosamente cuidada. Te preocupabas de que los atufados vidrios en épocas de invierno no consiguieran el total vaho del cuarto 2, pero no había manera de impedir tal cosa, porque Andrés y Cristina, el par de arañas patonas, repelarían al mínimo toque en sus telas de araña.
La chimenea era un mueble inservible, útil solo por su color, que al cuarto 2 lo colocaba como de arquitectura campestre, bucólica; sin embargo, el tizne más joven se había asentado en la década pasada. Era el hogar de Palmiro, el escarabajo embalsamador. Los ladrillos rojizos contrastaban con su juntura blanca y pulida, y su boca en “o” dejaba ver el color satánico del mal. Sobre ella, en la esquina sudeste, se avecindaba el pequeño hormiguero de los Cilenes: tropa de pulcritud en su organización. La fila india diaria comenzaba a las 7:45 y terminaba a las 6:13; las más tardadas, de castigo, les tocaba hacer guardia como un tapón en la entrada anal.
El escritorio, barboteando su pereza, se aplazaba en sus cuatro patas verdosas. Su planicie amplia guardaba el nivel justo. Sobre él, una lámpara estrellaba su luz sobre el cristal, encimadera silícica que atemperaba la aclimatación pasional de los escritos. Bajo él, los hermanos Rodríguez dormían la siesta; eran el par de mosquitos que recientemente habían cenado.
La noche correteó las luces de la tarde a golpes de negrura y fue aclimatándose hasta hacerse de roca. La roca musical cantó con gravas efervescentes y un filón lechoso abona el queso lunar. Los rayos atraviesan la ventana y van a rebotar en la colcha ondulante. Por allí ha pasado la babosa, reconociendo el campo, midiendo su odisea. Tu cuerpo se resguardaba, buscando destinos distintos, imaginando situaciones disímiles, inalcanzables; los sueños reconfortaban del quehacer cotidiano. Los giros entre las cobijas eran una gimnasia nocturna que tu cuerpo fabricaba, pero los trazos rectilíneos y entretejidos iban chupando las elasticidades corpóreas. Los hermanos Rodríguez seguían con la panza inflada, llena de savia plasmática; ningún desasosiego los importunaba. Los Cilenes debían recuperar fuerzas para que la tropa marchara sin descanso al día siguiente, mientras la castigada hormiga se entumecía con medio cuerpo al aire. Hortensia roncaba con sus alas al norte del cuarto 2, y el par de polillas, Carmela y Donaciana, seguían sin importarles roer a medianoche y hacer surcos sinuosos en la madera. Andrés y Cristina habían despertado a buena hora y andaban probando su temple y resistencia en sus hilos de araña fabricados con esmero. Desde lo alto de la ventana podían observar cómo laboraba la babosa, pues los rayos de luz se accidentaban sobre el acolchado tálamo. Los caminos de la babosa iban formando un capullo ovoide de fosforescencias. Los senderos, cristalizándose por osificación. Los babeantes senderos, enemigos de los cristales salinos, iban produciendo la argamasa. Poco a poco, transparentaban la colcha, las almohadas ensalivadas y elásticas morían de movimientos azarosos. Palmiro entró como estaba previsto por una de las dos puntas del ovoide para embalsamar tu cuerpo, le daría la eternidad que buscabas. El escarabajo era un eficiente dador de infinito, y tenías el privilegio de estar en sus manos. Cangrejeó hasta la boca, atenaceó la lengua e inyectó sus sustancias resinosas. Solo faltaba la espera; la jungla del cuarto 2 seguía impasible, esperando el renacimiento de tu vida a otra cosa, a ser una libélula de los campos y los ríos, dueño del sol y el aire libre.
El nahual de Huamantla
El nahual no sale en las noches de luna llena; esos no son sus días, sino las fechas en que impera la oscuridad. Las noches más calladas tampoco son de su agrado; prefiere cuando el viento mueve las cosas de manera azarosa, cuando los perros inquietos lanzan sus aullidos a sitios distantes, o cuando los ladridos remotos inquietan a los canes más cercanos. La población de Huamantla está a 45 kilómetros de la ciudad de Tlaxcala. Es una entidad singular, que podría confundirse con una ciudad pequeña o con un pueblo grande. Sus habitantes piensan que viven en el año 2000, pero en realidad viven en una época diez años más atrás.
La historia de los nahuales es antigua. Desde antes de la llegada de los españoles, entre los moradores de la región, se creía que había personas que, por las noches, se transformaban en nahuales. Estas gentes vagaban por la medianoche, asustando a la gente, robando ganado y pertenencias, y ultrajando a las mujeres que se quedaban perdidas por los caminos y veredas. Los nahuales podían ser bondadosos o malignos. Casi siempre, los que se dedicaban a la maldad tenían una muerte muy sangrienta y dolorosa; en cambio, los nahuales de bondad terminaban por ser finalmente aceptados en la región. Los nahuales se transformaban en caballos, burros, perros, chivos o cochinos y no tenían cola; otras personas los describen como animales muy fantásticos que lanzaban fuego por sus cuatro patas. También había nahuales que, por las noches, merodeaban las casas de las muchachas, las espiaban por las ventanas cuando se iban a la cama y las asustaban con ruidos y manoseos cuando salían a oscuras a los patios y jardines de sus hogares. Algunas personas de las más viejas, cuando intuyen la presencia de un nahual, al primer malestar de cabeza, se ponen sus chiqueadores, que son hojas de ruda, de epazote o alguna otra hierba de olor mojada en alcohol.
El nahual de Huamantla se pasea por las calles, ausculta los resquicios de las puertas y ventanas, olfatea los hogares, merodea en las colonias y casas apartadas. Tiene un sentido peculiar para identificar, en una casa, la habitación de la mujer hermosa y casadera. Tiene el cuerpo ágil de un felino; sus extremidades avanzan como una perfecta máquina, camuflándose en la oscuridad. Se mueve sigilosamente hasta fundirse con la sombra. Los muros no son ningún obstáculo, ni los cortinajes. Entrar a una propiedad no tiene para él ninguna prohibición; eso es cosa de los hombres, no de los animales. Su pelambre negra absorbe toda luz y su presencia pasa como un soplo de hojas, o bien sin ser percibida. Los ojos gatunos atisban los cuartos y sus habitantes; por entre los resquicios, va asomándose a esa existencia.
La mujer joven, con una soltura que solo puede dar la intimidad, se deshace de sus zapatos y ropa, dejándolos en la silla, en el ropero y en el buró. La desnudez aparece en segmentos o total: los pechos y pezones presumen su juventud, las piernas firmes confirman la belleza desplazándose por la estancia. Tras la cortina, el nahual observa la escena, se complace en la observancia, goza al placer de observar sin ser descubierto, se deleita al develar la intimidad, los secretos oscuros, los enigmas de la mujer soltera; disfruta al descorrer la gasa de la intimidad más celosamente atesorada.
La mujer, ante el espejo, se deleita consigo misma, al ver sus perfiles reflejados, sus contornos curvos y suaves, su cabello suelto y perfumado; sus piernas abiertas, casi en arco, confirman su solaz soltura. El nahual casi puede advertir, en los perceptibles gestos de la cara, los pensamientos secretos, sus deseos más recónditos. Son las sonrisas de un bello recuerdo, las miradas lujuriosas a su cuerpo, las caricias a los labios o los gestos jubilosos de un deseo latente. El nahual arquea su cuerpo, trata de alcanzar, tras el vidrio, a aquel ser deseable por sus formas de Venus. La Venus del nahual no sale de la espuma del mar y de una concha, sino que su espuma es, a veces, el velo que hace disimular al cuerpo; otras veces, es la transparente gasa que hace ver las cosas menos crudas y más perfectas, y la concha donde guarece no es marina, sino terrestre, y esa concha es la habitación que cobija y protege.
El nahual se asoma a otra casa y es el baño, donde la señorita alista los enseres propios para entrar a la regadera. El ojo atraviesa las paredes, atisba los contornos, las variantes, la tez y los movimientos. Es una máquina de la observación, del arte de apreciar la hermosura; cosa distinta es el fisgoneo morboso y trastornado que lastima y contamina al apreciador de las formas perfectas y femeninas. No hay nada de perturbado en ser el advertido de la belleza y ser el fiel esclavo de adorar las efigies de las ninfas en la tierra. Observa y la observada se pasea la espuma jabonosa por la piel turgente, la mata húmeda y negra resbala pegándose al cuello y la espalda. El torso late su vida, pulsaciones que casi imperceptiblemente hacen vibrar los senos duros y serenos; el pezón amorenado y sin mácula se enfrenta a las gotas caprichosas de la regadera, que, urgentes, quieren surcar por todo aquel paisaje curvoso y en algunos sitios velludo. Los brazos suben y bajan recorriendo los extremos, reconociendo cada segmento; la gimnasia se aprecia solemne, ritual, casi religiosa; ejercicio que, al tallar y hacer espuma, se transforma en magia blanca y burbujas. La cara recibe las gotas ignotas del beso epidérmico, que cruzan haciendo malabares en hilos plateados. El calor de las lágrimas acuáticas abre los poros y respira el alma; su licuación del aura se entrevera en el vapor que danza hasta el techo, donde se condensa. El sonido chisporroteante del agua es como una danza de Centauros celebrando sus orgías eróticas, es la fiesta alrededor del cuerpo afrodisíaco.
El ojo nahualesco no esperaba un sopapo en la testa:
—¡Pinche chamaco cabrón!, conque estás espiando a mi hija, te voy a poner tu merecido: toma, toma, ¡y toma esto otro! —¡Pac!, ¡cataplum!, ¡soap!, ¡pun!, ¡ouch!, ¡crack! ¡Snif! — Y no vuelvas por aquí… ¡Libidinoso!
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