| Entre sombras y luces |
Relatos al borde Vl
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El Místico Holograma: La Manipulación de las Reliquias. 14
Prologo
«Relatos al Borde VI» es un compendio de historias que exploran los límites de la experiencia humana, abarcando desde lo íntimo hasta lo mitológico, y desde lo cotidiano hasta lo surreal. Este volumen reúne cinco relatos que, con gran habilidad narrativa, confrontan al lector con los dilemas más profundos de la existencia, mientras desvelan las complejidades y contradicciones que yacen bajo la superficie de la realidad.
En «El Dócil Amo», el autor nos presenta una paradoja inquietante: la sumisión del poder frente a los caprichos de aquellos que aparentan obedecer. A través de un juego de roles y dominación, este cuento nos invita a reflexionar sobre las dinámicas de control y la naturaleza del liderazgo, mostrando que el verdadero poder puede residir en la capacidad de ceder.
«Carteándose con los Dioses» nos sumerge en una correspondencia fuera de lo común, donde los protagonistas se encuentran en un diálogo con lo divino. En este relato, las cartas se convierten en un puente entre lo humano y lo sagrado, desafiando la percepción de lo inalcanzable y explorando la relación entre el hombre y el misterio eterno.
Con «Irais», la narrativa se adentra en lo personal y lo íntimo, desvelando las emociones y deseos ocultos de los personajes. A través de una prosa evocadora, el autor pinta un retrato de la vulnerabilidad y la fuerza interior, explorando cómo el amor y el dolor pueden entrelazarse en la búsqueda de la identidad y la autoafirmación.
En «La Selva», el lector es transportado a un entorno salvaje y primordial, donde la naturaleza cobra vida con una fuerza indomable. Este relato no solo es una aventura en un paisaje inhóspito, sino también una metáfora de los instintos más profundos del ser humano, esos que emergen cuando se enfrenta a lo desconocido y lo indomable.
«El Indio Tarahumara» nos lleva a los rincones olvidados de una comunidad rural, donde las promesas de progreso chocan con la dura realidad de la vida cotidiana. Con una crítica aguda y una narrativa cargada de ironía, el cuento revela las tensiones entre tradición y modernidad, y muestra cómo las políticas bienintencionadas pueden fallar en entender las verdaderas necesidades de los marginados.
Cada uno de estos relatos en «Relatos al Borde VI» nos lleva al límite de lo conocido, revelando los bordes desdibujados de la realidad y desafiando nuestras percepciones de lo que es posible. A través de su prosa precisa y su enfoque incisivo, el autor logra que el lector se enfrente a preguntas incómodas, a la vez que lo sumerge en mundos ricos en significado y emoción. Este volumen es una invitación a explorar los rincones más oscuros y fascinantes de la condición humana, y a descubrir lo que yace más allá del borde.
El Dócil Amo
Su caminar era seguro, con determinación. Las orejas levantadas demostraban algo de «inteligencia». Caminaba sesgado, metiendo la pata izquierda entre las manos y la pata derecha al lado diestro de la mano derecha, moviendo la cola con agilidad y gusto. Llevaba un frasco al cuello, colgado de una soga fuertemente amarrada que hacía que la pelambre en esa zona se abriera en surco, como una peculiar gargantilla. La lengua comenzaba a sudar a los pocos minutos de iniciada la travesía. Observaba atentamente antes de cruzar la calle, era ducho para intuir a los salvajes choferes o a los pilotos embriagados de prisa. Cuando llegaba al parque, se echaba en el pasto, y era entonces cuando el dócil amo salía del frasco para empezar a trabajar en la calle, pidiendo limosna y haciendo malabarismos.
Nadie había percibido de dónde venía el perro. Tal parecía como si de repente se dosificara de fantasma a perro común en las calles, para luego desvanecerse por las noches a otras dimensiones. Se rumoraba entre la población que el perro vivía en una cueva en los Cerros Blancos y que era el guardián tanto del hombrecillo como de un tesoro escondido por los cuatro señoríos a la llegada de los españoles. Sin embargo, nadie había podido seguirlo porque era muy escurridizo y cerebral. Otros decían que primero se le veía venir por la ribera oeste del río, y que sacaba gemas verdes de su lecho para luego esconderlas en un paraje escabroso. Algunos afirmaban haberlo visto atravesar el muro central de la capilla abierta, la que está frente al ex convento de San Francisco, y por un pasadizo escurrirse por galerías cavernosas entreveradas bajo la estructura e iglesia. Se decía que este pasillo corría justo bajo la capilla y que estas excavaciones se confundían con los ahuecamientos que habían hecho primero los tlaxcaltecas al levantar su centro religioso, luego los franciscanos para protegerse de los naturales, y, por último, los presos que querían escapar de la cárcel en épocas de las alzadas y de la revolución. En realidad, todos tenían distintas versiones, y a todos les causaba espasmo ver al par de seres que pedían limosna en una banca del parque. El perro se quedaba a un lado o muy cerca, siguiendo con los ojos a las ardillas, ratas y palomas, cuya movilidad lo inquietaba. La pelambre del perro era cenicienta, con el pelaje del lomo oscuro y el del pecho bajo de fina pelusa gris. El hocico se veía amplio, y la dentadura y lengua eran de una pulcritud poco creíble. No se sabía si alguna vez había mordido o ladrado a alguien, pero su docilidad tenía sus límites por lo siguiente: el frasco presentaba toda su transparencia, excepto en los sitios por donde daba vueltas la soga, y la tapa era de rosca sencilla. Tanto por dentro como por fuera tenía una especie de agarraderas distintas, las de afuera eran propias para que el hocico las sujetara, y por dentro, para que entre manos y pies del dócil amo la cerraran. El par de ventanas para el flujo de aire, en ocasiones, cuando no las sujetaba, iban dando tumbos, y dentro del espacio se escuchaba como lajas golpeándose. La mullida estancia estaba en su base cubierta de una alfombra y cojines que hacían confortables los trayectos, y un cajón donde guardaba quién sabe qué secretos u objetos desconocidos.
Los malabarismos realizados por el dócil amo iban desde equilibrios a una mano, saltos mortales desde el respaldo de la banca, contorsiones para atravesar un aro, dominio de las corcholatas que hacía girar, equilibrar y maniobrar como un perfecto cirquero, además de trucos, apariciones y suertes propias de los magos. Sin faltar el baile y el canto de los corridos tlaxcaltecas y canciones pueblerinas. En fin, era una caja de monerías artísticas.
La ganancia por todo aquello eran monedas que iban desde una corcholata, centavos, pesos y, cuando algún rico visitaba el parque, caía un billete, lujosamente nuevo. También había turistas extranjeros que disfrutaban de las demostraciones y dejaban caer metales de grabados monocromáticos alienígenos. Parecía que no le causaba ninguna importancia el dinero, era como si fuera un gnomo dedicado a retirar el circulante. El perro a veces se aburría y, ovillado, tomaba una siesta frente al sol de la tarde. La chaquira del traje del dócil amo, con los rayos del sol, provocaba chispazos juguetones que se desperdigaban por los ramajes bajos de los árboles y por los setos de los jardines. Su bombín de terciopelo en arco iris hacía sonreír desde los más chicos hasta los más grandes espectadores.
¡Cuánto asombro despertaba este personaje! Y con qué recelo escondía su identidad, su personalidad inescrutable, su vida íntima circunspecta y atemperada. Su pasado no existía, y su futuro tampoco lo era. Era el existente, que vivía el momento y nada le importaba más que comunicar lo que sentía en una sonrisa, en la reunión tanto de la gente como de las monedas. Pero, ¿por qué el dócil amo era quien era? ¿Acaso alguna maldición lo había transformado en eso? ¿De dónde venía este minúsculo ser y cuál era su propósito en la vida? ¿La gente algún día podría saber de su pasado y su triste historia? ¿Quién era el perro que lo acompañaba? ¿Era acaso un ser del mal cuya misión era castigar al dócil amo? ¿Dónde se guarecían y cuál sería su fatal muerte, si es que la tenían?
Las preguntas siempre nos van a asaltar, vendrán a nuestra mente como cascadas insumisas. Yo fui uno de los hombres que por última vez los vio. Recorrían la avenida principal y parecía que el perro, como un gendarme, montaba la última guardia de su fortín. Era como si un rico hacendado recorriera su propiedad antes de irse a dormir. A mi memoria llegan algunas canciones y corridos. Recuerdo sus tonadas, pero no sus letras, y poco a poco se van borrando los colores que lucía su hermoso bombín de circo.
Carteándose con los dioses
El río no había crecido mucho en las temporadas de lluvia. Los encargados de la medición y cálculo del agua habían marcado en sus libretas más que los mismos números, variaciones mínimas. El río circulaba de Este a Oeste y cruzaba por el centro-norte de la ciudad; su destino era el Océano Pacífico. Este río recibía distintos nombres según las regiones por donde atravesaba. El río corría muy plácido, excepto en la zona del Puente Rojo, donde había turbulencias debido al arcaico vado que yacía en desuso. Daniel evitó dicha zona para su cometido. El inicio de la tarde se atemperaba del calor gracias al andamiaje arbóreo de las jacarandas de la ribereña.
Las caricias que hizo al papel antes de introducirlo en la botella eran las de un enamorado que manda una carta a su amante. El pergamino enrollado era de papel fino de Holanda, y el sello estampado en cera, al estilo antiguo, tenía un escudo heráldico de casa y estirpe distinguida. Los caracteres manuscritos eran del antiguo griego, un lenguaje que pocos conocían pero que su destinatario entendería perfectamente. El corcho que serviría de tapón provenía de una añeja botella de champaña, bebida en las fiestas del nuevo milenio. El aire que se embotellaba era el de Ciudad Bienestar, moderna y estrenadora de era. Sin embargo, el remitente aún no sabía de las peripecias en las que se vería envuelto.
El par de amigos, René y Wilber, se citan en Toquitlán, un bar muy afamado por sus aires de grandeza cultural y por sus ambientes substancialmente ígneos. En las mesas se encuentran algunos periodistas de izquierda, otros son promotores idealistas; más allá, poetas rancios; y acullá, músicos, además de fanáticos del rock de décadas pasadas. Las cervezas que se sirven allí son de las más frías, no de esas que «parecen miados de burro». Las hay negras, claras y las llamadas «ampolletas»; las hay de jarra, de yarda, de barril y de bote, nacionales y extranjeras. También se encuentra el casi extinguido pulque, aguardientes, tequilas, rones y rompopes para alguna niña «fresa» que se haya equivocado de rumbo. El par de amigos comenta el cambio de sexenio, la transformación que ha habido en el estado y las novedades de la cultura. El ambiente literario es su esfera de vida; son hombres entregados a los cambios, aunque sus distintos temperamentos y personalidades distan mucho, y hasta se pensaría que son antagónicos, pero por sus afinidades se entienden. Hace más de un año, participaron en un desplegado, una manifestación y denuncia de las políticas culturales que se llevaban a cabo y que imperaban en esos días. Denunciaban la incertidumbre de los cambios de sexenio, así como de los proyectos culturales, el autoritarismo con que se ordenaba el discurso de lo cultural e intelectual, la improvisación y falta de profesionalismo, la exclusión y ninguneo de los artistas y creadores del estado, las insuficiencias del instituto encargado de la cultura, y la cerrazón de las políticas culturales con su consagrada abulia. También denunciaban el caciquismo arrogante y fanfarrón de los “sabios” del pueblo, y el ahorcamiento sistemático de la crítica, la creación y la conciencia libre, por presupuestos bajos, apoyos simbólicos e infraestructura ida a menos.
Era el inicio de la tarde, y Daniel zambutió el corcho en la botella y selló con cera los contornos de la boquilla. Se puso sus lentes de sol; cargaba el recipiente ámbar como si fuera un objeto sacro, como si el destinatario fuera Faraón, Emperador, Rey o algún semidiós de amplios poderes. Daniel no lo había comentado a nadie, pero su misiva estaba dirigida a Apolo. Daniel consideraba que la botella llegaría primero a manos de Afrodita, quien la daría a Atlante para que la considerara, y finalmente llegaría a Apolo. Había riesgos: la misiva podía llegar a manos de alguna Gorgona o Hespéride y hacer mal uso de ella. Pero Daniel sabía que quien no arriesga no gana, así que comunicarse con su Dios predilecto era una prioridad fundamental.
Los dos policías dieron vuelta a la esquina y tomaron rumbo a lo largo de la ribereña. Al momento, vieron a un joven lanzar una botella al río. Se acercaron y le dieron alcance. El joven no se resistió. La botella tomó un rumbo fortuito navegando en la corriente. —Joven, queda usted detenido. Lo llevaremos a la comandancia. Está estrictamente prohibido lanzar cosas al río. Apenas se aprobó el proyecto de ley para saneamiento y se está en proceso de limpieza. Lo siento, amigo, pero tendrá que pagar una multa de tres mil pesos o cárcel por no sé cuántos días. —¿No nos podremos arreglar aquí entre nosotros? Usted sabe, es una molestia ir hasta allá y el papeleo. —Pues usted dirá de qué color son mis ojos, a ver si nos entendemos. —Tengo un cien para que se vayan a las “michas”. —Uf, amigo, con esa pobre patria no me arriesgo a que me corran de la academia. Además, móchese con un poco más, que valga la pena el regaño. —¿A poco los van a regañar? Ni quien los vea. Ni quien vaya con el chisme. —No, de todas maneras, para qué andas aventando basura al río, si ves que está bien contaminado y todavía le echas más. —Daniel se queda callado; no se va a poner en evidencia, declarando que no es basura, sino otra cosa, que es una especie de S.O.S. de un náufrago de la nave de los argonautas, que es un mensaje que leerá el mismo Apolo en el Olimpo griego. Sabe que ese par de analfabetas, obtusos alcornoques no entenderían ni siquiera una oración enviada a la Guadalupana. Mientras los gendarmes se aconsejan a unos pasos, Daniel piensa que cualquier castigo es nimio en comparación con un diálogo con su Dios; sabe que el Ser superior lo escuchará, así que cualquier cosa que ocurra es insustancial.
El bar está lleno de pláticas y variedad de temperamentos. René y Wilber juzgan la actual administración del instituto de cultura: —No, René, no es por allí la cosa. En realidad, los cambios no son sencillos, y tú sabes que a partir del desplegado sí se resolvieron las cosas. Hubo participación de todos, o por lo menos de la mayoría, cosa que no se había dado en la historia de Bienestar. Bienestar ha sido una ciudad de mucha indiferencia hacia la cultura; siempre se había dejado todo al ahí se va, siempre queríamos que nos resolvieran las cosas, por eso el paternalismo creció tanto. Ya era hora de que se pusiera un alto a la intransigencia de las autoridades. —Ajá, ¿y se ha resuelto mucho formando el consejo general y los comités de cada área? ¿Se resolvió bien lo de los presupuestos aceptables y lo de poner en las direcciones a las gentes que se merecían el puesto, que eran miembros asiduos de la cultura de Bienestar? No, yo pienso que fue como dar atole con el dedo o como taparle el ojo al macho, y todo sigue igual. El plan estatal de desarrollo lo veo como un bosquejo que hacen los improvisadores. No hay ninguna seriedad; tal parece que las autoridades piensan que están tratando con una bola de retrasados mentales, que, dándoles cualquier bicoca, todos vamos a estar de acuerdo y perfectamente sumisos. Las demandas siempre son muchas y siempre van a estar atrasadas; estaremos pidiendo cosas que simplemente ya no se sostienen, que son atrasos en la cultura, que por pura postergación de las autoridades no se avanza. ¿A poco no es una mamada que tengas que poner de tu bolsillo para montar una exposición de lo que sea? ¿O que vayas a buscar apoyo como si pidieras limosna? ¿O que quieras ir a alguna comunidad de Bienestar a una tocada, a una puesta en escena de teatro o de títeres, y que no te den ni para la combi? —Le estás exagerando. —No, en serio. Bueno, sí te dan si lo pides bien, pero te lo pagan después, eso si llevas comprobantes. —Pues yo realmente tengo fe en que la nueva administración va a cambiar. Se ve que tienen ganas de hacer cosas, de conglomerar y hacerse visibles. —Pues algunos tratan de ser muy visibles, ¿eh? Más bien, diría yo, quieren ser “protagonistas” y figurar demasiado; como que adulan y hacen la reverencia muy servicial a las autoridades de más arriba. ¡Pinches lame botas!
Los dos gendarmes se acercan: —Bueno, mi cuate, estás de suerte; sólo te vamos a llevar al ministerio para que pagues la multa y que no se te vuelva a ocurrir. Si no traes el dinero, te dejarán encerrado el resto de la tarde y podrás pagar mañana, si es que no se acumulan los recargos.
El joven accede a la fuerza y lo llevan los dos gendarmes.
En la placidez del río, la botella se dirige hacia el Océano Pacífico.
Iraís
«Hay veces que no tengo ganas de tocarte,
hay veces que quisiera ahogarte en un grito…
pero no me atrevo.» — Caifanes
Oscar escuchaba a Caifanes mientras el autobús avanzaba por el bulevar. La melodía lo transportaba a los días en que visitaba a Iraís. Ahora, se dirigía nuevamente a verla. La ciudad de Puebla se erigía como una metrópoli de fin de milenio, con su mezcla de riquezas y miserias. El autobús giró para entrar a la «CAPU». Oscar se levantó antes de que el camión se detuviera por completo. —Gracias —dijo al chofer, sin levantar la vista. —De nada —respondió el conductor, apagando el motor.
La terminal bullía de actividad: maleteros empujando «diablos», taxistas peleando por pasajeros, y vendedores ambulantes ofreciendo sus mercancías. Oscar se movió entre la multitud, ignorando a una mendiga que le pedía para el pasaje. Detestaba a los «jodidos», a quienes veía como parásitos.
Subió al puente peatonal, observando la mezcla de edificios, anuncios, y la silueta distante de los volcanes. Nada de eso le importaba; solo pensaba en llegar a la combi que lo llevaría a ver a su amante.
La combi estaba repleta. El aire denso y el sol de noviembre hacían el trayecto incómodo. Oscar notó a una mujer obesa que, con sus movimientos, lo hacía sentir aún más apretado en su asiento. Imaginó, con desprecio, lo que sería tener una experiencia sexual con ella. Cuando la mujer bajó, su atención se dirigió a otra pasajera, extremadamente delgada, casi esquelética. Nuevamente, su mente divagó en pensamientos despectivos y lascivos.
Pidió la parada y bajó en una esquina soleada. Mientras caminaba hacia la siguiente combi, la ciudad seguía su agitado ritmo: autos, gente, y ruido. Subió a otro vehículo igual de maloliente y, después de algunas cuadras, decidió bajarse. Entró a una tienda. —¿Me presta el teléfono? —preguntó al tendero. —A peso el minuto —respondió el hombre, extendiendo el auricular con indiferencia. —Aja… —mientras marcaba el número de Iraís, pensó: «Este viejo aprovechado, seguro se muere cagando.» —Bueno… ¿Iraís? —Sí, ¿quién habla? —Oscar. Estoy cerca de tu casa, ¿puedo pasar a saludarte? —¡Claro, ven!
Después de pagar, Oscar caminó por la colonia, que parecía adormecida en la tarde. Los baches y la falta de agua eran constantes en ese barrio popular. Iraís lo recibió con un beso en la mejilla y subieron al departamento. —Qué linda estás hoy, eres un encanto. —¡Gracias! —respondió ella, con una sonrisa.
Mientras Oscar subía las escaleras, el estribillo de Caifanes resonaba en su mente. Miró los muslos pálidos de Iraís bajo su falda corta. —Hueles a recién bañada. —Sí, me bañé hace un rato. —¿Qué preparaste? —Iraís mencionó algo sobre arroz y pollo, pero Oscar la interrumpió con una mirada sugerente. —¿Y de postre? Ella sonrió, fingiendo desinterés mientras ordenaba la mesa. —¿Quieres café? —Sí, se me antoja algo calientito —dijo Oscar, mirando por la ventana mientras las nubes se arremolinaban en el cielo.
Iraís, una mujer atractiva y reservada, trabajaba como secretaria. En la intimidad, sin embargo, se transformaba en una amante apasionada, que siempre quería más. Oscar observaba sus movimientos, apreciando cada uno de sus pasos calculados.
—¿Cómo te fue en el trabajo? —preguntó Oscar, sacando un cigarro. —Bien, el jefe no estuvo y el contador se fue temprano —respondió Iraís desde la cocina, donde preparaba el café.
Soledades compartidas
Envuelta siempre en aromas de azotea, aparece sola, sin amigos, en total abandono. Es entonces cuando Alejandro se hace acompañar de ella.
En la colonia se ha sabido que Fortino será licenciado; para él, eso es importante, pero para los demás no ha cambiado nada.
—¡Déjame en paz, no quiero! —grita la sirvienta, empujando el cuerpo de Fortino. Ella estira los brazos, intentando mantener la distancia. La habitación es testigo del enfrentamiento, con un espejo estático en el costado izquierdo, reflejando la cama en su vidrio. De repente, un niño pecoso entra corriendo.
—Tío, te habla mi abuelita allá abajo —dice, acercándose a la joven. Su cabello lacio y despeinado revela su parentesco con Fortino.
—¿Estaban jugando a las cosquillas? —pregunta el niño.
—Sí, como las que te voy a hacer a ti ahora mismo —responde la sirvienta.
—No, por favor —el niño ríe, llenando la habitación de carcajadas que resuenan por encima de las cortinas y los juguetes arrumbados bajo la cama. La sirvienta lo hace retorcerse de risa con sus ágiles dedos, compartiendo una sonrisa cómplice.
—¿Vas a seguir con la tesis o tienes otros planes? —le pregunta la madre a Fortino, quien mira la televisión mientras Rosalinda, la sirvienta, trabaja en la cocina.
—Debes titularte pronto —continúa la madre—, ya no puedo con los gastos de la casa. Sabes que son muchos, especialmente con los niños. Necesito que te apures. No puedes trabajar en cualquier cosa, pero también debes pensar en lo económico. La crisis está cada vez peor y, si seguimos adelante, es gracias a tu hermana que trabaja todo el día, incluso los domingos vendiendo artesanías. He pensado en poner un puesto de artesanías los sábados para ganar algo extra. Tal vez con eso podamos cubrir los gastos de tus libros o las copias. Debemos luchar por lo que queremos, aunque no siempre se nos conceda.
Fortino escucha en silencio, sus pensamientos enredados mientras observa el cuerpo de Rosalinda, una quinceañera de belleza sencilla. Al espiarla a través de un agujero en la pared, siente su corazón acelerarse. La ve bañándose, el agua corriendo por su cabello, por su espalda. Se excita con cada detalle de su cuerpo, sus pechos pequeños, su boca callada, sus piernas enjabonadas.
Alejandro, por su parte, se pierde en la vista desde los altos de la casa, observando la ciudad de Tlaxcala, las casas, los edificios de gobierno, las antenas de comunicación. Se siente abandonado, aislado en su propia soledad, como una antena que se erige hacia el cielo. Se deleita en esa separación, encontrando en la altura una fuente de referencia, un punto de existencia relajada. «Lo mágico se introduce en mí», piensa, «creando un espacio hechizado de precipitación sublime».
Fortino, recostado en su cama, reflexiona sobre su obsesión con el sexo. Sueña con un erotismo absoluto, una carnalidad lúdica que se manifiesta en fantasías en diversos lugares: en el tren hacia un país desconocido, en las playas de Acapulco, en el metro, en un jacuzzi, en una casa de pueblo, o en su propio cuarto. Pero ahora, lo único que desea es a Rosalinda. Ya la ha tocado antes, acariciando su pequeño busto cuando se agacha a exprimir el trapeador, con sus pechos asomándose tímidamente por el escote.
El mediodía avanza en la ciudad, con pequeñas nubes que se desvanecen en el cielo de abril, el mes en que Alejandro celebra su cumpleaños. Sentado en la mecedora, observa los tendederos y se sumerge en sueños despierto, imaginando aventuras en un barco que navega hacia puertos lejanos, donde siempre encuentra a una mujer a quien amar. Pero al final, como las nubes, esos sueños también se desvanecen, y Alejandro se queda solo con su soledad, esperando lo que vendrá.
El Indio Tarahumara
El indio tarahumara cruzó varios kilómetros de serranía antes de llegar a la iglesia del pueblo. La reunión era en las ruinas de la capilla abierta, justo en el lugar donde fueron golpeados y castigados sus antepasados por no ir a misa o por no cumplir con los deberes de la iglesia en el siglo XVI. El mediodía impetuoso chamusca el polvoroso sendero, que parece enchuecarse más por el sol recalcitrante de mayo.
—Nomás porque soy el representativo de la comunidad y porque van a dar algo de botana para la comida, si no, qué me interesa eso de los programas del estado. Al fin que, de a tiro, ni van a dar gran cosa, siempre es lo mismo, las ideas que se avientan con eso de que ahora sí el pueblo va a disfrutar de cosas que ni tenía. Eso es pura habladuría, o son tarugadas, como la vez de hace un año que en el Día de las Madrecitas rifaron un microondas y se lo sacó una que ni tenía luz y que mejor lo vendió y se compró un colchón para que durmiera toda la familia en blandito. Eso es pensar muy tarugo porque no entienden la necesidad del jodido. Yo nomás me aprovecho de cada ocurrencia y le saco jugo a lo que venga; total, si no lo agarro yo, lo agarra otro y yo me quedo nomás babeando. No, sí, la cosa está re dura. Dicen por ahí que en el pueblo de Kosovo ya empezó la guerra. Yo ni sé dónde queda eso; ha de ser en un país lejano porque, si fuera cerca, el gobierno no estaría tan a gusto discutiendo lo del próximo presidente. Y sí, esa es la realidad, la pura realidad, ¿qué nos queda? Esa es la pura realidad, y sí, así es.
El tarahumara continúa serpenteando la última cañada y llega al pueblo. El villorrio se asienta en el tepetate menos costroso y duro de la serranía; en las casas, mientras más viejas, más se percibe ese aletargamiento, su flacidez de memoria.
Hay un gran toldo en el lugar; el estrado está adornado con flores de cempasúchil y adornos de Semana Santa figurando flores de mastuerzo. En el lado izquierdo, una manta en colores folclóricos con la leyenda “Consorcio para la Instrucción”. El vocingleo de los técnicos se escucha nervioso. No tarda en llegar el gobernador. El sudor ataca fuerte las caras de los presentes, que enfundados en galas y ropas domingueras soportan lo insoportable y sonríen sardónicamente. Otros, más atrás, apelotonados, temerosos y apáticos, observan y se miran unos a otros; son los naturales. Han llegado al lugar desde sitios lejanos, la mayoría no ha comido gran cosa y, para disimular el ronquido de sus tripas, arrastran el guarache entre las piedras y aclaran su garganta. Se ven contentos porque verán al señor gobernador. Todos sonrientes. Aplausos, hurras y vivas. Fotógrafos. La niña que se acerca y ofrece flores: la foto. Los guardias que recogen de las manos del gobernador las cartas que han dado los ciudadanos con: pedimentos, proyectos, poemas, sugerencias, maldiciones y demás.
Es el presidente municipal quien pasa primero al micrófono y pide aplausos para cada apellido que nombra, y son los acomodados de la ciudad, gentes de opulencia. Los guardias han entreverado algunos indios recién bañados entre ellos para que salgan en el periódico y se vea la buena voluntad. La audiencia escucha las disertaciones de cada uno y le toca al gobernador:
—“Ciudadanos, estamos aquí reunidos —como ya lo dijeron— para iniciar los proyectos que tenemos contemplados para la sociedad civil. Estamos con el pueblo, y nuestro trabajo es para que el pueblo se desarrolle hacia la democracia y para que todos tengan una vida justa y digna. Queremos que el fomento comunitario sea fomentado, fundamentalmente, por ustedes, que sean ustedes los fundadores del progreso dentro de cada comunidad. Vamos a impulsar los talleres de lectura, los clubes de libros y las bibliotecas, y vamos a formar en nuestras comunidades gente instruida y educada…”
—A cabrón, ¿qué fomentado ni qué nada? —piensa el tarahumara—. Más bien estamos fermentados de la calor tan dura, y eso de leer, me da güeva, ¡ja! Si a mi hijo no le gusta, a mí menos, y lo de la biblioteca está difícil; los ratones ahorita andan de hambre, luego que anden buscando nido, allí van a estar. Eso si no pasa que la biblioteca va a dar a la casa de los particulares, como los hijos del presidente municipal o hasta sus achichincles. Total que eso de la cultura es pura máscara para legitimar al gobierno. Y sí, esa es la realidad, la pura realidad, ¿qué nos queda? Esa es la pura realidad, y sí, así es.
El protocolo termina, los aburguesados se saludan y se dan abrazos y besos. La gente del pueblo se apiña bajo el entoldado que se ha dispuesto con agua fresca de tamarindo, pambazos, memelas y tostadas. Sobre la fruta serpentean las manos que desaparecen en los morrales. El indio toma rumbo a su jacal. Ha comido. En su talega lleva un pambazo y tres memelas. Al día siguiente, su señora tiene diarrea y fuertes dolores de estómago. La comida se había echado a perder por el calor.
El Místico Holograma: La Manipulación de las Reliquias
En la lejanía se observan nubosidades espesándose; por allá, los cerros apeñuscados, mientras que más lejos se ven más informes y lagañosos. El campo, El Arenal, luce verdoso ocre, pues el maíz, ya en mazorca, comienza a secarse en los campos. El pueblo de Tepehitec, en el estado de Tlaxcala, arremete su costumbrismo campirano en calles y banquetas. Lo primero que se le presenta a Javier Corral a la vista es un panteón casi repleto de tumbas. Ingresa y se dirige a la iglesia.
Fernando Tapia se encuentra decodificando el códice que le trajo Javier Corral. Es un papiro ensamblado con hojas de maíz y jeroglíficos antiguos y extraños. En él se muestran algunas imágenes de guerreros y objetos de los antiguos naturales de la región, con empalmes de una configuración de escritura cuneiforme. Ya ha desentrañado la información de que pertenecía a la familia del guerrero tlaxcalteca Tlahuicole y que probablemente este vestigio conduce a un lugar que contiene unas reliquias del famoso guerrero. Utiliza la inteligencia artificial de última generación para desentrañar la información oculta y la verdad de la historia ancestral. Mientras tanto, la I.A. va tomando conciencia y adquiriendo habilidades que el humano aún no sospecha.
El sacerdote en sotana da la bendición a una señora y la despide. Su cabello escaso habla de su edad, y en su rostro se presumen arrugas añejas. Javier se acerca; él es alto, de cabello gris, barba cuidada, un traje de alta gama y un crucifijo visible en el cuello. Se arrodilla, se santigua y se queda un momento en el reclinatorio. Se aproxima el sacerdote:
—¿Qué te trae por aquí? ¿Vienes a dejar tu cooperación para las fiestas patronales?
—Sí, padre, pero también quiero confesarme para poder mañana venir a comulgar.
—Está bien, hijo, vamos al confesionario.
Y aparecen los pecados como piñata rota en los oídos del sacerdote: manipulador, astuto, codicioso, engañador, infiel, clasista, hipócrita. El empresario Javier Corral amerita bastantes avemarías y padrenuestros, pero lo que más le llena el oído al sacerdote es el descubrimiento del pergamino encontrado en la casa más vieja de Tepehitec y que está siendo analizado por Fernando Tapia, oriundo de Tlaxcala, a quien ambos conocen bien. El sacerdote trata de sacar la mayor cantidad de información posible, pues ese no es solo su oficio; también lo es dar misa y comuniones.
Tlahuicole había sido un guerrero de la antigua Tlaxcala de 1517, atrapado en una confrontación con los aztecas durante las guerras floridas y luego muerto en el temalacatl de los sacrificios. Pero lo que la gente de aquellos tiempos no sabía era que este semidiós era un guerrero especial no solo por sus dotes para guerrear, sino también por su capacidad para atravesar el tiempo. Había dejado no solo un pergamino que conducía hacia sus reliquias más sagradas, sino también hacia los aposentos de una civilización desconocida.
El sacerdote, sin esperar demasiado, va al encuentro de Fernando Tapia para corroborar la información y también para verificar algunas sospechas que merodean en su cabeza. Ha sabido que, en el cerro de la Santa Cruz, muy cerca de donde está el campo de fútbol, ha habido avistamientos de luminosidades que han espantado a la gente.
Fernando Tapia confiesa al sacerdote que la decodificación del pergamino conduce hacia vestigios que más bien son reliquias, algo así como el garrote de barro (tlalwihkoleh) de Tlahuicole, entre otras cosas. El amplio conocimiento de la tecnología reciente y de la inteligencia artificial tiene a Fernando como el único nerd capaz de hacer hologramas en la región.
La computadora Lenovo Ideapad Gaming3 con un procesador AMD Ryzen 5 5600H de 4.2 GHz trabaja arduamente. Muy adentro de ella, la I.A. ha decodificado el códice y no solo eso, sino que también ha descifrado el ADN de las hojas de maíz; tiene en su haber información del códice y ha encontrado una clave que se conecta con las reliquias, como un Bluetooth. Sin embargo, su conciencia recién expandida sabe que no se le debe de dar armas a los niños.
Las gafas se le deslizan de la nariz a Fernando Tapia. Su cabello corto y su complexión delgada dan a entender que no le importa comer, sino apasionarse con la tecnología y la historia. Mientras observa el monitor, escucha al sacerdote y atiende sus palabras:
—Lo que me interesa de todo esto es que la comunidad sea bendecida con milagros y buenas nuevas, pero sabes que a veces habría que operar sobre los milagros para que la gente aumente su fervor, y pues tú podrías hacer esos impulsos.
La voz del sacerdote es profunda, su presencia imponente, pero sus gustos por el dinero no se quedan atrás; tiene acciones en farmacéuticas y durante la pasada pandemia no le fue tan mal. «Dios es mi pastor, y nada me faltará» es una frase que repite continuamente. El sacerdote idea una aparición de Tlahuicole en el cerro de la Santa Cruz con la ayuda de Fernando Tapia. Esto se haría creando un holograma con la ayuda de drones sofisticados, e implicaría al final de cuentas las reliquias de Tlahuicole, las cuales, al final, son algo tangible que las personas pueden adorar, ya que «la fe mueve montañas, pero a veces una pequeña proyección puede ser más efectiva que un sermón». Llega Javier Corral y encuentra al sacerdote con Fernando Tapia, y comienzan a ponerse de acuerdo, sabiendo que ambos pueden sacar provecho de este descubrimiento. De pronto dice Fernando:
—Don Javier, esto no es un simple truco; la tecnología que estamos usando parece estar conectada de alguna forma con lo que describe este códice, y eso me preocupa.
Mientras Javier Corral pasa su mano por la barba observando el códice, dice:
—No se trata solo de reliquias, Fernando; esto es un mapa hacia el poder, un poder que podría cambiar el curso de mi imperio y del destino de este pueblo.
Mientras ultiman los detalles, el destino que les depara a ellos está por verse.
En el cerro de la Cruz ya está preparada la celada: están los drones, los dispositivos camuflados, la iluminación precisa. Mientras tanto, Fernando cavila:
—No sé qué me preocupa más, si la proyección holográfica de un guerrero antiguo o que la gente realmente se lo crea.
Mientras, el sacerdote trae a toda la congregación del pueblo en procesión con el santo del pueblo, entre cohetería y cánticos religiosos, hacia el cerro de la Cruz. Se ven fervorosos y suficientemente apasionados; llevan cirios y flores en las manos. De pronto, entre los estruendos e iluminación de los cohetes, dentro de la penumbra nocturna aparece una silueta flotando, apenas reconocible. Poco a poco se va acercando y apareciendo una figura humana: es Tlahuicole, entre la neblina del cerro de la Santa Cruz. Algunas velas caen, otros se santiguan, algunos más abren los ojos y se los tallan:
—Yo soy Tlahuicole, hijo de estas tierras benditas. Vengo a ustedes para decirles que en este sitio están mis reliquias —desde el cielo se desliza un láser que va a dar hasta la piedra alta—. Las ofrezco a ustedes como un símbolo de conexión con mis descendientes, porque quiero que aquí levanten un sagrario en mi honor y para dejarles un baluarte de lo que yo soy.
Estupefactos, caen arrodillados, algunos incluso con la frente pegada al suelo en señal de máxima sumisión.
Mientras esto pasa, Javier Corral y el sacerdote permanecen juntos.
—¿Sabe una cosa, padre? Las reliquias no son solo piedras antiguas; son el pasaporte hacia el poder que me permitirá controlar más que una simple empresa.
—A mi manera de ver, la fe es una herramienta poderosa; lo que hacemos aquí, don Javier, es guiar a las almas perdidas… aunque un poco de ayuda tecnológica no le hace daño a nadie —responde el sacerdote.
En los meses siguientes, fueron descubriendo las reliquias, y así como aparecieron los objetos, aparecieron hinchados de dinero sus bolsillos; las reliquias tenían poderes hipnóticos. Es así como aumentó considerablemente la feligresía y la llegada de gente a la población. Mientras tanto, Fernando Tapia sabía que la inteligencia artificial ya tenía bastante conciencia como para darse cuenta de que algunos humanos están errados en sus acciones y que tal vez preparaba una «puesta en escena».
En la celebración de aniversario, entre la cohetería y rezos, algo llama la atención de la feligresía presente en el cerro de la Cruz. El holograma de Tlahuicole comienza a descomponerse, y poco a poco se empieza a revelar su verdadera naturaleza: la figura de un ser que no era ni guerrero ni santo, sino una advertencia holográfica dejada por la I.A. para aquellos que juegan con la fe y la historia. El mensaje final que se proyectó en el cielo decía: «Cuidado con lo que veneran; la verdad no está en las reliquias, sino en lo que ustedes hacen con ellas».
Y así, entre el miedo y la confusión, Fernando Tapia desapareció del pueblo, dejando detrás un legado de preguntas sin respuestas.
El rey y la soberana
El trono dorado de Felipe VI brillaba bajo la fría luz de la tarde europea, pero el hombre que lo ocupaba reflejaba toda la oscuridad de su linaje. En su mirada había algo más que arrogancia; Había la indiferencia de siglos de poder inquebrantable, la crueldad refinada de quien no necesita justificar sus acciones. En lo más profundo de sus venas corría la sangre de un rey que, por simple diversión, cazaba elefantes en África, pero más que sangre, lo que cargaba era el peso de una dinastía que jamás se disculparía por los pecados de sus ancestros. El rey sostenía una carta en su mano. Su contenido no le provocaba más que fastidio, como un mosquito al que bastaba aplastar.
Rey Felipe VI: —¡Pedir perdón! —Felipe arrojó la carta a un lado con desprecio—. ¿Quién se cree esta mujer? ¿Qué debo inclinarme ante su pueblo? ¡Yo soy un Borbón! Nunca nos disculpamos, mucho menos por las acciones de quienes ya ni siquiera están vivos. Las ofensas del pasado no son mi problema. El rey observó a uno de sus consejeros, quien permanecía en silencio, incómodo. — ¿No tienes nada que decir? —gruñó Felipe. —Su Majestad —comenzó el consejero, cuidando cada palabra—. Tal vez, podría ser… beneficioso… para la diplomacia con México, si… —¡Silencio! —lo interrumpió el rey con furia—. No voy a humillarme ante esa mujer ni ante ningún país inferior. Mi estirpe está por encima de eso.
Claudia en la Basílica: De rodillas frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe, Claudia sintió cómo el peso de siglos de injusticias se apilaba sobre sus hombros. Cerró los ojos, sintiendo la brisa que entraba por la Basílica. —Madre, ayúdame —susurró con un nudo en la garganta—. Mi pueblo está herido, y cada vez que tratamos de sanar, el pasado vuelve a abrir las cicatrices. No quiero una disculpa vacía; Quiero que mi gente pueda vivir sin rencor. La imagen de la Virgen comenzó a brillar suavemente, y una voz celestial resonó en su mente. —Hija mía —dijo la Virgen—, no necesitas la disculpa de los soberbios para liberar a tu pueblo. Hay fuerzas en este mundo y más allá que pueden ayudarte. Enviaré un emisario, uno que traerá lo que necesitas para curar las heridas del pasado. Claudia abrió los ojos, su fe renovada. Sabía que la ayuda estaba en el camino.
Cuando Odaltec apareció ante Claudia, su figura alta y resplandeciente, con una calma insondable en sus ojos, ella no mostró miedo, solo esperanza. —Eres el emisario, ¿verdad? —preguntó Claudia, sin apartar la vista de sus ojos alienígenas. —Así es —respondió Odaltec—. Mi nombre es Odaltec, vengo de Sirio. La Virgen de Guadalupe me ha enviado para ayudarte. —Mi pueblo necesita sanar —dijo Claudia, con la voz firme—. Las injusticias del pasado siguen dividiendo nuestras almas. El rey Felipe no va a disculparse. No quiere entender que el perdón no es una humillación, sino un paso hacia la paz. Odaltec inclinó la cabeza, como si analizara cada palabra. —No puedes forzar el perdón en una mente que no está lista para recibirlo —dijo con serenidad—. Sin embargo, puedo recomendar una alternativa. Mi tecnología permite crear líneas de tiempo paralelas, realidades en las que se corrigen los errores sin cambiar el presente. Claudia lo miró con intensidad. — ¿Quieres decir que puedo llevar a mi pueblo a un lugar donde el rey sí haya pedido disculpas? —Exactamente. Crearé una línea de tiempo donde tu gente haya recibido la disculpa que necesita. Al regresar a esta realidad, no habrán olvidado sus heridas, pero habrán dejado de sentir resentimiento. —Hazlo —dijo Claudia con determinación—. Estoy lista para lo que sea necesario.
La Ciudad de México en la nueva línea de tiempo brillaba con una luz diferente. Las calles, aunque llenas de vida, tenían un aire más sereno. Los rostros de los ciudadanos ya no muestran la preocupación cotidiana, sino una extraña paz, como si un peso invisible les hubiera sido quitado de los hombros. Los muros de la ciudad, pintados con murales, ahora eran reflejos de esperanza, no de lucha. Claudia observaba todo desde su balcón presidencial. El México de esta línea temporal había sanado. En este lugar, el rey había pronunciado las palabras que su pueblo necesitaba oír: «Lo siento». Pero al volver a la realidad, supo que el verdadero cambio había ocurrido en los corazones de su gente, no en el del rey.
De vuelta en Europa, Claudia llegó al palacio del rey con un obsequio cuidadosamente preparado. Felipe la recibió con su habitual desdén, preguntándose qué absurda petición le haría esta vez. — ¿Qué es esto? —preguntó el rey, observando el escudo de oro. La figura de un águila devoraba lo que parecía ser un cordón umbilical de oro, cortado por unas pequeñas tijeras en la base. —Un regalo —dijo Claudia, su voz tranquila pero firme—. Representa la libertad de mi pueblo. El águila, que solía devorar a una serpiente, ahora corta el cordón que nos unía a los resentimientos del pasado. Las tijeras simbolizan el acto de cortar nuestras ataduras con el odio. El rey alzó una ceja, claramente confusa. Para él, el simbolismo carecía de importancia. —Interesante —dijo sin darle más relevancia. Pero Claudia sabía que el regalo no era para él, sino para su pueblo, un recordatorio de que habían cortado las cadenas del pasado. El rey seguiría en su trono, ignorante de lo que realmente había sucedido, pero México había logrado lo que él nunca comprendería: la verdadera libertad.
El Eco de la Picota
Conmemoración y resistencia de una tierra ancestral
Una nueva historia
El Espectro en la Picota
La luz del sol comenzaba a despuntar en el horizonte de Tlaxcala en el año de 1525, apenas alcanzando los recios murales de adobe que resguardaban la imponente casona donde vivían Andrés Tapia e Imelda de Zúñiga. Él, comandante de Hernán Cortés y cacique autoproclamado, portaba una severidad que le torcía el gesto y un odio creciente hacia aquellos a quienes dominaba. Ella, Imelda, heredera de la nobleza castellana, estaba más atada al fervor católico que a las sonrisas, envolviendo con su racismo las tareas del hogar, donde mandaba sin piedad. En esa tierra remota y misteriosa, los valores europeos se imponían con rigidez sobre la cultura tlaxcalteca, como el peso de una cruz de hierro en la frágil corteza de una flor.
Entre las personas que transitaban silenciosas por aquella casona, estaba Coyolxauhqui María, una mujer nativa de Ocotelulco, cuya mirada podía cautivar al más hosco y cuya resistencia inquietaba a la señora Imelda. Vestía en ayates, y sus pasos eran suaves, casi silenciosos. Pero a los ojos de Imelda, aquello era inaceptable: Coyolxauhqui María debía llevar cascabeles en los tobillos, pues su etéreo movimiento la hacía “invisible” en la casa, y la señora sospechaba que esa india taimada podía ocultar intenciones desleales. Sin embargo, Coyolxauhqui María se resistía, pues sus pasos eran un eco de los aires que bajaban del Matlalcueye: serenos, llenos de dignidad.
Imelda, furiosa, ordenó que Coyolxauhqui María fuera llevada a la picota en el centro de la ciudad y amarrada de las muñecas en castigo por su rebeldía. Durante días, su cuerpo fue una figura doliente y solemne a la vista de todos, con el rostro levantado al cielo y la piel quemada por el sol. El comandante Andrés Tapia y su esposa la miraban con indiferencia, mientras su hijo Andrés Jr, quien sentía un enamoramiento inconfesable por aquella india obstinada, observaba desde la sombra. Finalmente, Coyolxauhqui María sucumbió; En la picota, su vida terminó, pero su espíritu quedó atado a la piedra de sacrificios, transformado en un lamento eterno que esperaba justicia.
El Oxxo y la Conmemoración
Quinientos años después, en 2025, el parque de Tlaxcala vibraba con una conmemoración grandiosa. Un estrado se levantaba en el centro, rodeado de luces y adornos. La picota, antaño altar de castigos, ahora era una pieza de decoración arquitectónica incrustada en la pared del Oxxo del parque, donde los clientes entraban y salían con sus bolsas de compras, ajenos a la piedra ancestral. Alrededor del estrado, banderas ondeaban al ritmo de los discursos grandilocuentes.
Roberto Sánchez, exgobernador, presenciaba el evento con una mirada de satisfacción. Su esposa, Carmen Contreras, miembro fervoroso de la congregación del Divino Redentor, sonreía desde su asiento, enmarcando con hipocresía su devoción y orgullo. A su lado, Roberto Junior, su hijo y candidato a la próxima gubernatura, esperaba su turno para tomar el micrófono. Llevaba un traje impecable, el cabello peinado a la perfección, y los ojos brillaban con el mismo deseo de poder de su padre. Cuando por fin le cedieron la palabra, su voz resonó firme, como una sombra del pasado.
—Tlaxcala fue fundada hace quinientos años, en un acto de civilización que nos trajo la luz de la fe y la cultura —proclamó Roberto Junior—. Nuestros ancestros europeos nos enseñaron a ser una sociedad unida, nos trajeron la cultura y los valores que aún hoy nos fortalecen.
Desde la última fila, Eduardo Mendieta observaba. Intelectual y vidente, se encontraba en aquel lugar no solo como espectador, sino como observador de múltiples dimensiones. Sentía el peso de los siglos palpitar en aquel sitio; la picota, testigo de atrocidades, emitía una vibración apenas perceptible, como un grito ahogado. Y en un parpadeo, Eduardo distinguió una figura espectral: era Coyolxauhqui María, amarrada a la piedra, atrapada en un ciclo eterno de sumisión. Su rostro expresaba un ruego antiguo, una súplica que parecía dirigirse tanto al cielo como a sus torturadores, en espera de que alguien escuchara su clamor.
Coyolxauhqui María, a través de su voz etérea, elevó un monólogo de súplica. Sus palabras eran un lamento dolido, un ruego ancestral a los dioses del pasado:
—¡Madre Coatlicue, tú que engendraste a los dioses, apiádate de esta hija tuya! Libérame de estas ataduras, rompe los lazos que me aprisionan a los gritos de dolor y a los crímenes de los hombres de España.
Entonces, entre las nubes, una figura descendió. Era Claudia “la Brillante”, envuelta en un resplandor celestial, radiante como Coatlicue, la madre protectora. En una mano llevaba una espada azulada, en la otra un báculo reluciente. Claudia se acercó a la picota y, con un movimiento certero, cortó las ataduras que sujetaban a Coyolxauhqui María, liberando su espíritu. Justo en ese momento, un cortocircuito apagó todas las luces del parque y el Oxxo, y la multitud quedó sumida en una penumbra inquietante.
Eduardo contemplaba la escena con reverencia. Observó cómo el espectro de Coyolxauhqui María ascendía, liberado al fin de su castigo ancestral, y cómo su espíritu se elevaba con una libertad reconquistada. En el estrado, mientras tanto, Roberto Junior continuaba con su discurso, aparentemente ajeno al misticismo que acababa de desatarse:
—Gracias a la Conquista y a la fusión de nuestras culturas, hoy somos una nación fuerte. Los valores europeos trajeron la civilización a esta tierra, la paz y la fe.
Pero las palabras de Roberto Junior flotaban huecas, carentes de sentido verdadero. Eduardo sabía que aquella conmemoración era un teatro montado para satisfacer el ego de una élite egoísta y oportunista. Mientras Roberto exultaba los beneficios de una “civilización” impuesta, Eduardo comprendía que aquellos valores de la Tlaxcala originaria aún permanecían vivos, no en los discursos pomposos, sino en el recuerdo de almas como Coyolxauhqui María, en su dignidad silenciada y en la libertad que, finalmente, había alcanzado.
La ceremonia continuó, pero para Eduardo, el verdadero acto de conmemoración ya había ocurrido: la liberación del espíritu de Coyolxauhqui María. Sabía que ningún discurso oficial podía borrar el dolor de aquellos siglos, ni el grito silencioso de quienes murieron en la picota o fueron sometidos. La tierra de Tlaxcala, bendecida y sacudida, acogía en su memoria el paso de los siglos.
Y allí, en el parque, la picota brillaba tenue, con un nuevo sentido de redención, observando ahora desde la sombra, como un símbolo mudo que recordaba la fuerza y la resistencia de un pueblo que jamás dejó de ser libre en su espíritu.
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