Edgar Sánchez Quintana

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La primavera apenas se asomaba en la colonia López Mateos. Los perros callejeros aullaban en la madrugada, reemplazando el viejo silbato de la fábrica que antes marcaba el ritmo del barrio. Ese día, el gobernador Antonio Hidalgo, famoso por su rigidez y despotismo, se encontraba en el zoológico del «Lago del Niño» para inaugurar el nuevo deportivo de la colonia.

Hidalgo, el gobernador actual había perdido una pierna a causa de la diabetes, una herida que consideraba tanto física como emocional. Sin embargo, en lugar de esconder la pierna amputada, decidió exhibirla como un símbolo de su supuesto sacrificio. Embalsamada y decorada con una cinta tricolor, la pierna descansaba sobre una mesa en el estrado, brillante bajo la luz del sol.

Durante la ceremonia, los pobladores se mostraban impasibles, sus ojos fijos en la grotesca exhibición. Pero mientras el gobernador pronunciaba su discurso, dos perros xoloitzcuintles, famélicos tras días sin comer, olfatearon la pierna y, guiados por un instinto primitivo, se abalanzaron sobre ella. Los presentes se quedaron mudos, observando cómo los perros devoraban la extremidad con voracidad.

El gobernador, al ver cómo su pierna era destrozada, sintió que su propia identidad se desmoronaba. En un arranque de furia, sacó un arma y disparó a los perros. Tres estruendos resonaron en el aire, y los xoloitzcuintles cayeron muertos junto al estrado.

El encargado del zoológico se acercó con cautela y, en voz baja, dijo: —Señor gobernador, esos eran los últimos perros de esa especie. Estaban en peligro de extinción.

El gobernador, aún con el arma en la mano, respondió con frialdad: —Bueno, pues no iba a dejar que esos perros se comieran mi pierna.

El evento terminó en silencio. La pierna embalsamada, ya irreconocible, yacía en el suelo, mientras los presentes se retiraban sin saber si reír o llorar ante lo que acababan de presenciar. Hidalgo, por su parte, supo que, aunque había sobrevivido políticamente, algo en él se había perdido para siempre.

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