
—¡Qué hermosa guerra! —pensó el hombre mientras observaba los cuerpos tirados en la calle, contorsionados en posiciones grotescas, con las piernas torcidas, cortadas o chamuscadas. Las balas habían hecho su trabajo, dejando boquetes en esos cuerpos, las quemaduras eléctricas marcaban su paso—. Y allí está ese anciano, tirado sin alma, sus ojos dos grandes lágrimas suspendidas. Son todos ellos cuerpos tendidos, excrementos e intestinos expuestos, posiciones cómicas, dedos acalambrados y huesudos.
Pero las calles le recordaban su infancia, aquellas veces en que andaba por la avenida Juárez, la calle Guerrero o Veinte de Noviembre, comprando algún mandado para su madre o simplemente vagando, apedreando perros y lanzando piedras a las urracas del río Zahuapan. “Qué irónico recordar mi historia en estas calles donde siempre pensé que otros eran los dueños. Ahora, todos fingen indiferencia mientras las moscas se meten en sus bocas para acicalarse las patas sobre la lengua. Mira a esa niña que una vez me llamó mocoso y piojoso; ahora sus labios muertos, bien muertos, nadie los quiere.”
Mientras observaba el caos a su alrededor, un destello atrajo su atención. Una puerta, imposible de ignorar, apareció en medio de la calle destruida. Intrigado, el hombre se acercó y, sin dudar, atravesó el umbral.
Al otro lado, la realidad cambió drásticamente.
La ciudad de Tlaxcala, que momentos antes estaba sumida en la destrucción, se transformó en un lugar vibrante y lleno de vida. Las calles estaban llenas de risas, niños corriendo, parejas paseando de la mano. Las antiguas avenidas que recordaba de su niñez estaban adornadas con flores, y los árboles, antes destrozados, ahora se alzaban majestuosos, dando sombra y frescura.
—¿Qué es esto? —se preguntó, aturdido. Donde antes había cuerpos sin vida, ahora había personas conversando, compartiendo comida, ayudándose mutuamente.
El aire, antes cargado de humo y pólvora, estaba lleno de fragancias dulces. Escuchó música suave que provenía de un grupo de jóvenes tocando instrumentos, y las voces se entremezclaban en cantos de paz y unidad. No había miedo ni dolor, solo un profundo sentido de comunidad.
El hombre, acostumbrado al nihilismo y al sarcasmo, sintió una punzada en su pecho. Este lugar, esta dimensión, era lo opuesto a todo lo que conocía. Aquí, no había guerra, no había cuerpos tendidos, no había moscas alimentándose de la desgracia ajena. La gente caminaba con los ojos encendidos, sí, pero de amor y esperanza, no de rabia o locura.
Caminó por la ciudad, observando a las personas que le sonreían amablemente, como si lo conocieran de toda la vida. Se detuvo frente a un edificio que recordaba haber visto destruido en su mundo. Ahora, era una escuela, llena de niños que aprendían y jugaban, llenos de futuro.
—Esto es… imposible —susurró, pero una parte de él no podía evitar sentirse atraída por esta visión de paz.
Volvió a mirar hacia la puerta dimensional, que seguía abierta. Al otro lado, podía ver la realidad que había dejado atrás: destrucción, caos, y el placer morboso que había sentido al contemplar aquel mundo en ruinas.
Pero algo dentro de él había cambiado. En este nuevo lugar, se sintió como un intruso, un extraño que no pertenecía a este mundo de armonía. Y, sin embargo, no podía negar el anhelo que sentía, un anhelo que nunca había experimentado en su propia dimensión.
—Tal vez… —pensó, mientras se acercaba de nuevo a la puerta— tal vez no todo está perdido.
Y con un último vistazo a la ciudad transformada, dio un paso atrás, regresando al caos, pero esta vez, con una semilla de esperanza plantada en su corazón.
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