
El Mundo de Víctor
Los colores se desperdigaban en una abyección absorta y constante, que era chupada continuamente por su propia naturaleza. La concordancia entre el espacio y el desbaratamiento de la entidad era compacta. Un cuerpo de áureos contrastes untuosos y explosivos. La entidad se desmembraba en colores y luego se diseminaba por el sitio, en un jugueteo endiablado, psicodélico, como la pirotecnia de un festejo de la Independencia. Eran mendrugos de luz contorsionándose en un desproporcionado movimiento. La ingrávida presencia se aposentaba en el sitio, era su ambiente y dueño del contexto donde se representaba; su residir allí se instituía ante las demás cosas de un modo ensamblado, su acoplamiento en la existencia y en el entorno moraba en la aceptable percepción. ¡Vaya energética salpicadura de su identidad! Va aquí y allá cabalgando como una compacta nube de caspa diamantina, y luego se desperdiga barnizándose tanto en los cuerpos animados e inanimados, en los materiales duros y blandos, transparentes y opacos, así como en torno a sí misma, haciéndose y tragándose en un embudo acaracolado, en un erizo astral, o parecido a un pulpo ciclónico de alguna luna de Neptuno. Apoteosis de esta entidad que apenas se conoce y que, sin embargo, en algo es semejante a aquella forma que tenían los griegos llamada Quimera, pero que dista mucho de ser la misma. Ante esta cosa, el lenguaje comete tropezones al no saber su género, al no contar con el preciso adjetivo o verbos que describan una acción por demás extraña ante los ojos humanos. Intrínsecamente, cada acción del hábitat la contiene. Entonces, ¿cómo describir un ente que en sí mismo es verbo?
La ostentosidad imaginativa de la decoración de la estancia me emocionaba a tal grado que los ojos se ponían cuadrados y voluminosos. Allí, los nopales reguilete, atrás brincando los peces que salen del suelo, en todos lados las cosas que con la presencia caen. Acullá, un hombre que se comía su sombra y de eso se alimentaba. Allende, una reata de adobe hecha realidad. Y más allá, quién sabe dónde, como: el elástico que corría como si fuera un coyote, su color de cuervo se desprendía como ojiva de mosquete; las destornilladas marejadas en el cielo que temblaban nomás del miedo de verme; el olor azulado de la menta que se descolgaba desde los altos muros de los globos estacionarios, y venía a robustecer la llama dominante de un aura andrajosa que campeaba cerca de las neuronas; la fastuosidad de mi socarrona mirada que mentaba la madre a los transeúntes y a los jefes de tribus ingobernables. Toda esta suntuosa descripción se encontraba también pegada como una leyenda muy pedagógica en una pancarta de obreros en marcha del primero de mayo, en la esquina superior izquierda del horizonte. Además, los patos revoloteaban en la enredadera, estaban asidos a una red canela, la malla dejaba pasar sus pescuezos, andaban metiendo una y otra vez en la boca su lengua velluda; y abajo, las palomas circulaban delante de nuestros pasos, como una ola plácida de pantano, una ola que así prefería, sin provocaciones, porque si acaso había ¡las malditas dejarían caer sus corucos como maná en tiempos bíblicos! Y eso no era todo. La neblina se hacía gel tan pronto como bajaba la temperatura y luego se escurría como baba chiclosa y hacía que los peces ya no brincaran del suelo, sino que se desplazaran por esa gelatina uniforme, y que yo encontrara cierta tibieza en sus escamas. Era entonces cuando comenzaban a crecer una especie de espárragos que despachaban desde su interior unas oraciones del Antiguo Testamento y cabrilleando andaba el elástico como burro sin mecate. Había un adherido estornudo en los muros violetas que los hacía decolorarse, mientras que las bocinas, con un pequeño foquillo verde, inquietaban con un cloqueo antes de salir marchando. Por cenagales hediondos andaban un par de caimanes ciegos que se prestaban un par de ojos mutuamente; largas patas de araña circulaban por su nuca y cuello. La coincidencia estaba en que mientras la entidad se posesionaba del entorno, los objetos se alimentaban de su aura chispeante, era como si la totalidad estuviera embotellada, contenida en sí misma, o se compenetrara todo con todo, proliferando en ello los roces y los ajustes en las acciones y en las quietudes. Me parecía que todo tendería a convulsionar, que yo mismo y mis neuronas se coagularían para formar un demente o un individuo comatoso, porque la comprensión de esa realidad tendía más allá de una metafísica lógica o de una verdad coincidente con las leyes de la física elemental aprobada por nuestra razón.
La inquietud imaginativa quedaba superada en una realidad absorbente; el manto de mis sentidos aseguraba que estaba despierto, vivo, testigo de la entidad, de las cosas y de mí mismo. Pero… Vulcano era quien hacía espesar los eructos del volcán. La lava corría como miados de él. Ya habíamos terminado de desayunar, yo me preparaba un pan tostado con mantequilla cuando llegó el temblor montado en patineta, su desliz hizo que se me fuera el angelito; ruinmente, detuve su desequilibrio con una zancadilla y fue a dar abajo del refrigerador. Poco a poco, las cosas fueron aplacándose de la furibunda excitación y todo regresó a la normalidad; no pasó gran cosa, más que caerse dos edificios y una estatua que de por sí ya iban a tumbar.
El caos de Víctor
Entrar en un burdel, tomar alcohol del más escamoso y abestiarse, esa es la aventura. Ella era la que me señoreaba con un síncope de indómitos regalos. La apoteosis prometida llegaba a desenvainar una rapsodia autóctona, pero los balidos que simultáneamente se percibían eran de las acompañantes que ceñían sus caderas con un hilo de alhajas y bisutería. El latido llegaba al cerebro con un cargamento de alcohol y se acumulaba en los términos de las raicillas neuronales, donde hacen enlace, y en ese colchón de alcohol me ampliaba como un globo inflado con soplete. ¡Ah, qué hermosa vacación! Nada cuesta mostrar segmentos fotográficos, dormir los sentidos y despertar a la bestia con sus gritos y fornicaciones salvajes. Y la bóveda del burdel son pantallas e iluminación inalámbrica que sube y baja, prende y acciona a complacencia de la computadora y según el calor del ambiente. Sagitario estaba bailando en un templete circular y suspendido a una altura de siete metros, su aureola resplandecía cada que el disc-jockey hacía sus cambios casi imperceptibles. La luna participaba desde la salida hacia el bosque de los enamorados con un plenilunio, pero que era parte del decorado, pues era un globo con iluminación interna; este globo era sostenido por unas nubes de gas pesado. Ningún pájaro ni avión pasaba por allí, ese tipo de cosas no existen, son invenciones de chamacos. ¡Pura fantasía! Todo alcohol me aburre, mejor dentro de mí me duermo.
La realidad de Víctor
La recámara de Víctor es sencilla, como la que podría tener un adolescente de clase media. La puerta no tiene seguro, además de que ni falta que le hace, ni modo de que quisiera escaparse o encerrarse. Más encerrado no podría estar. Su madre, Doña Margarita, ha puesto unas cortinas floreadas de color azul con rosas salmón, tiene para él una litera, -la de abajo- y juguetes que le quedan de cuando era niño. A mano izquierda, una mecedora que Víctor no utiliza como mecedora, sino solo para estar sentado. Víctor no tiene amigos. No hay modo de que se pueda comunicar con ellos, él es autista. La única conexión con el mundo es su madre. Todos los demás seres humanos que le rodean existen solo como objetos lejanos, que están separados de él por un vidrio de doce pulgadas. Unas enormidades de cosas no tienen existencia. Hay ropa de su hermano tirada: prendas sucias, calcetas de fútbol, pantalón de vestir, cachucha roja con “NY” en la parte central. Y otros objetos como la envoltura de chicle entre la cama y el buró, el pedazo de papel de baño encima de los libros de la escuela que están sobre la mesita de trabajo y. polvo, polvo en los muebles y bajo la litera. Víctor va a las terapias los días lunes, miércoles y viernes de cuatro a seis de la tarde. El DIF es una institución que cuenta con especialistas para diferentes problemas: niños autistas, síndrome de Down, problemas de aprendizaje, chiquillos maltratados, jovencitos con problemas de conducta, jovencitas violadas y embarazadas, entre otras complicaciones. Víctor ha aprendido una recitación-presentación para ayudar a congeniar con otros compañeros que tienen el mismo problema. Su mamá se siente muy orgullosa. De lo que pasa en su mente, nadie lo imagina:
La traslucidez se atiborraba de espejismos ignotos, manchas en descampo, sombras revoloteando y hendidas en los claroscuros, negruras hipotecadas en quicios y esquinas imaginadas; y el deslustrado de los objetos hacía mostrar bodegones como tabernas de poca monta o tugurios de quinto patio; el enervante de dicho espacio lo era el parpadeo de un neón o la muerte advertida de un balastro, el tartamudeo luminoso daba un cumplido sollozante a las persianas tiznadas de zinc. La época hacía sus respectivos pliegues, como pendones colgaban las acciones simultáneas. La elasticidad era una propiedad que se adaptaba indisolublemente a la materia y el doblez se elaboraba sobre un doblez antecedente, era el pliegue sobre el pliegue por donde la luz perdía potencia y era tragada; y los hay que son pliegues arremolinados como un embudo para transformarse en pliegues complejos. El tiempo, como un entablado de costura, pero no ha de pensarse que precisamente por imaginarse de ese modo, no podría tener astillas, rugosidades o asperezas; por el contrario, tenía astillas, rugosidades y asperezas. El tiempo es el norte que dicen los abuelos, aquel que ahora se encuentra en el rocío que lucen los herbazales. Con la cara semidormida hago malojear mi par de manos por sobre el horizonte, a la altura de los cerros blanquizcos, el alimonado colorido cercano me hizo recordar las pastillas refrescantes en la bolsa de la chamarra. Era apremiante la mirada hacia ese pequeño elemento del tiempo: puñado de puntos cardinales… Como un azote, la humanidad había pisoteado por todo ese sendero de la temporalidad, lo imaginario. ¡Tuve la obstinación calcificada de lucideces! El ostracismo de mi academia no quería compaginar con mi ocioso daño cognitivo. Me imagino como una revolvedora desinflada que al mismo tiempo que mezcla los elementos con el cemento, también se vacía junto con todo… Estoy frente al busto del héroe, noto su inmovilidad, la rigidez de sus facciones, la pobreza de su vitalidad. La única vitalidad que en él resulta está en la cara: frente a la nariz le cuelga una tela de araña como moco permanente; el viento hace vibrar esas insignificantes cuerdas, y el moco sube y baja, es la araña en su hábitat. Un audaz enturbamiento en los pensamientos hizo un cortejo a los sentidos hibernados.
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