
—Voy, trato de esconderme entre la multitud, pero allí está la gran cantidad de ojos observándome. Yo como un protagonista. ¿Acaso esperan que haga la maroma? Y me voy a esconder a algún lomerío vacío, pero cuando me doy cuenta, allí están, es la gente; oteando, andan por todos lados, a donde quiera que voy allí están; son la masa informe que va y viene, siempre, yendo de aquí para allá, recorriendo caminos, observando sin interés su entorno cotidiano, agitándose para no aburrirse, transparentándose con los demás, en una sola fuerza en la masa, ahuyentando su soledad inherente, tratando de acomodarse a una inercia holgadamente cómoda. ¿Y quiénes son? Los otros: caras etruscas por la semejanza con lo pétreo y con las vasijas vacías y rotas. Frentes breves, cuerpos hechos para sostener el vientre, caras de tripa y pensamientos de hiena, facultades corporales propia de carnívoros sedentarios. Tórax que hinchan no sólo de aire sino de humo de cigarro, de smog, de polvos dañinos y bióxido carbónico; orejas y ojos de vegetal, miradas de verdura, sonrisa transigente igual que el espíritu que deja consentir a la modorra entre las sienes. La gente me da asco, los detesto, maldita muchedumbre, siempre van, atestando las calles, yendo y viniendo como si tuvieran realmente algún lugar a donde ir, gente estupidizada que va y viene; sonriendo, carcajeándose por las calles, eructando en silencio por las banquetas, andan con sus huaraches quesque de moda con sus patas horribles y callosas… allí va uno bamboleándose por su obesidad, así como con sus nalgas colgantes, celulíticas, gaseosas. —La calamidad del mundo actual es el mismo hombre, por donde sea apestan y yo aborrezco lo que tengo de ello que le vale madre el futuro que tendrán los hijos del futuro, esos que ahora preveo como seres con cerebro de mosquito, comunidades caídas en la platanez absoluta. Chusma joven por todos lados como termitas ciegos y desinflados del espíritu, con la agridez del pirú y la vivencia televisiva de un camarógrafo jubilado de cuarenta años de servicio. Pronto no habrá casas para tanto jovencito; se tendrán que poner sitios colectivos de vida, algo así como asilos para imberbes. Ya Malthus había pronosticado la crisis humana por la excesiva confianza en… tal vez en un dios –“por aquello de creced y multiplicaos” o en las bondades de la tierra –por aquello de que “para que alcance le echamos más agua a los frijoles”- El mito del homo sapiens de ser cada vez más misericordiosos o la idea que tenía Pascal de que la humanidad podría considerarse como un solo hombre que subsiste y aprende continuamente y que las generaciones futuras serían mejores y más inteligentes por los conocimientos adquiridos de generación en generación, fue sólo un sueño, hermoso sueño que podían tener la muchedumbre de changos que somos, y eso sin remitirme a Darwin y sólo observando como la iglesia poco a poco va descobijándose de los mitos insostenibles de que descendemos de Adán y Eva y de que somos los hijos de dios, parientes de las once tribus de Israel y eso de que “hágase la luz” y la luz se hizo y él le dio nombres a las cosas y luego descansó… Mientras se multiplica la población yo espero el cisma demográfico, me pongo las manos en la cintura y quiero ser feliz, extasiarme de lo insoportable como masoquista de semana santa y seguir por toda la vida engentado, entregado a este viacrucis eucarístico. —En días de globalización, el ambiente clamorea tipludamente el mercado más esnobista y deleznable. Ante tal atmósfera ya no carburo, bajo los ojos para ver las banquetas y de ese modo me encuentro a mí mismo, porque ver los aparadores aquí en las avenidas me nacen deseos, envidias, congojas, salen a relucir mis carencias y por lo regular termino diciéndome: “cuantas cosas tan maravillosas hay aquí y que yo afortunadamente no necesito.” Los oriundos de este sitio ya cambiaron por vocación a la globalización y al mercado mundial de suelas de llanta y correas a cómodos huaraches Nike, de pantalones de manta y remiendos a Levis con parches, rotadas y deslavadas; de sombreros aireados y sombreados a gorras de visera. No hace falta más que ver nuestra historia del vestido para comprobar que no ha habido un gran cambio. Las muchachas habían optado por una moda que las subyugaba siempre, que las postraba ante el mercado, ellas no querían dejar la pose de la belleza, pero, si acaso convinieran en pasarle en ese aspecto la estafeta al hombre; entonces, se podría pensar en una evolución y revolución perceptible de ellas. Andan por allí con alma entregada y espíritu vitriólico. Lo que subsiste es correr tras la gloria y la moda del día, con sus ambiciones y vanidades, ese es el individualismo empoltronado en nuestra actualidad. —El tiempo se pone como una caldera, pero ellos ni despiertan; ¡Vaya Humanidad pigmea! El pueblo dormido, siempre dormido, como muchos años atrás, tantos como antes del virreinato o más atrás, como el despierte tempestuoso durante las guerras floridas entre aztecas y tlaxcaltecas. Me repatea el hígado cuando escucho decir que quieren traer más hijos del futuro al mundo, ¡Sí, eso es, traigamos más hijos a la sufridera, rodeémosles a todos ellos de la miseria y penuria humana, convenzámonos, aunque sea falso de que el tiempo venidero será una maravilla para los recién llegados! Si nosotros ya estamos mosqueados, ellos tendrán su calendario menos curtido de inclemencias, los desastres del mundo serán erradicados por la ciencia y la tecnología, porque las indocilidades de la naturaleza las traeremos perfectamente gobernadas con la mano en la cintura… El pueblo siempre será un ingenuo, viviendo de sueños democráticos insulsos, pobres idiotas que creen en las utopías, los que estamos arriba siempre estaremos arriba y apuesto todo y me sostengo a como dé lugar, porque no estoy dispuesto a ceder mis comodidades a otro. —La globalización había hecho que la cultura regional se coronara con unos dirigentes altamente capaces y de cabalística sabiduría ¡Oh! Los hermosos programas culturales y estos no eran para pueblo liliputiense o receptivo de cualquier bicoca o zarandaja, sino la programación que la alta burguesía podría requerir o disfrutar y hablemos de obras famosas dirigidas por los más connotados directores de orquesta y de puestas en escena. Y coincidamos con ellos en que sería una grosería gastar los impuestos para que el artista cumpla su cometido porque hay muchas comunidades que viven en la miseria; sí, tienen razón, primero las ventajas de casa y comida y hasta después eso de cultura y suntuosidades, tienen razón en tratar de ahorrar, por eso ellos ya no quieren recibir viáticos para ir a foros sobre la administración de la cultura en Acapulco o congresos de directivos de institutos de cultura en Cozumel o qué sé yo, pero ¡Ah! Contradicción. El pueblo de Tlaxcala no se merece tantas cosas, no agradecemos a tan gentiles personas su apreciable servicio por la comunidad. Somos unos malagradecidos y bárbaros que no sabemos valorar su sacrificio y sobre todo su capacidad potencialmente arrolladora. No sabemos de preocupaciones y desvelos por las que pasan debido a tanta responsabilidad en los hombros. ¡Imagínense si no la cultura de Tlaxcala es demasiado! Ingrato es el pueblo porque sin base desconfía de las instituciones y hasta de la “transparencia” que se le propone. Hay en mi mirada —si alguno la ha conocido— una pequeña cuenca envenenada de abismos e ironías, en ella parece verse la historia del hombre de una manera descarnada, cruda, sin tapujos. La crueldad de mi ojo hace atravesar vigas en los ojos del vecino. El hombre no sólo pedalea sus cavilaciones sino también su bicicleta por las afueras de la ciudad, ha tomado la ribera del río, parece como si lo llevara la inercia del agua. Poco a poco las aguas van perdiendo su movilidad conforme llega a la pequeña presa que hace surtir del vital líquido a los terrenos del Oeste. Luce a lo lejos, por sobre la loma, las casas entre árboles y cielo; y abajo, el reflejo de ellas en una espejeante y quieta agua de drenaje. El cielo está suficientemente espumoso como para provocar melancolía, es un espumarajo lechoso, espuma chelera, esponja nubosa, algodonada. —Y allí está este mi país, arrugado de montañas enormes, como costras escamosas, ásperas y salvajes. Son cordilleras que bendicen mi terruño, que hacen más pasable la vida entre los hombres, que si no fuera por ellas entonces creería que existe un paraíso distinto, uno metafísico o uno donde hablan distinto idioma que el de Cervantes. Pero de todos, yo me quedo con este, con sus selvas verdes e impenetrables, con sus extensiones de costras tepetatosas, con sus ciudades precortesianas, con sus sierras norteñas y desiertos inhabitables, con la ribera del mar por donde pasea mi playera. Todo eso estaría muy bien si no estuviera decepcionado de las gentes, de la política, del sistema en el que vivimos, pero siempre las gentes asomando sus hocicos donde no les importa, persiguiendo sin gana sus rutinas. La multitud no tiene proezas, la muchedumbre nunca ha realizado nada sustancioso para bien de la historia del hombre, a no ser que hablemos de la revolución francesa, la guerra de los claveles o la revolución de octubre, pero una golondrina no hace verano… ¡pero por Zeus! He querido callarlo, pero la fealdad ideológica actual es humillante. Que Ala y Camaxtli nos protejan ante tanta adversidad y sobre todo pendejez… pero… No nos queda de otra más que perdernos en este laberinto de justificaciones y desesperanzas. ¡Y Aquí voy yo como un Quijote de la Mancha… montado en bicicleta!, Listo a atacar los mercados globalizados con un cerebrito como arma asesina. He decidido ir a berrear este discurso sobre los montes calcinados. Sí, en este paraje donde no se ve la gente y antes de que comiencen a aparecer continuo con lo mío. —Me imagino que el sistema es como una máquina que transforma a los hombres, les arranca la crítica, todo juicio u opinión; y sin darse cuenta van pasando uno a uno para que la máquina les vaya colocando su respectivo bozal y aplicando un par de gotas en cada ojo para que sólo puedan ver lo conveniente. La máquina imaginada sería de algún modo obvio para fabricar locos, o zombis, dicho aparato arremetería contra toda neurona capaz de ser provocadora de objeciones e impugnaciones y hacer fructificar neuronas adormiladas. Pero ya basta de tanta alharaca, el lenguaje siempre tratando de tomar rumbo, o alargar los momentos presentes. El verbo tal vez adivina su perdición, porque si yo muero, él mismo también desaparece. —¡Adiós hijos de Heraclito! Me voy al Hades como Orfeo a buscar a mi amante playera. Pero sépanlo bien, yo no me suicido, me ofrezco como un mártir, como una pieza sacrificial para redimir los pecados de todos, como una víctima propiciatoria adecuada; ¿Qué si soy Werther? No, no soy él, ¿Qué si soy Judas?, pos tampoco. Sólo me curo la herida que tengo por culpa de la existencia, y me voy de una vez porque mientras más estoy menos soy, al cabo que como dice Horacio “non omnis moriar”. Se acerca a la orilla del rio y se lanza.
—Hora mira ese güey tan pendejo. —Sí, oyes ¡Santo chipotazo! —Le fallaron las coordenadas. —El muy bruto ha de ser intelectual. —Va a pescar o un resfriado o una enfermedad. —
Después de lanzarse al río, el protagonista sintió el agua fría hasta las rodillas. Miró a su alrededor, esperando ser tragado por la corriente, pero el río era ridículamente poco profundo. Intentó sumergirse, pero el agua no le llegaba más allá de la cintura. Se rio amargamente, reconociendo la ironía del destino.
Al intentar salir, se dio cuenta de que las orillas eran demasiado empinadas y resbaladizas. La impotencia lo envolvió cuando, tras varios intentos fallidos, empezó a pedir ayuda. Fue entonces cuando vio a la muchedumbre que tanto despreciaba, la misma que ahora lo miraba con curiosidad y con una risa contenida.
—¡Ayúdenme! —gritó, tragándose su orgullo.
Un grupo de personas, esas mismas que él había catalogado como «masa informe», se acercaron y, después de una serie de inútiles tirones, lograron sacarlo del río. Respirando con dificultad, el protagonista observó a aquellos que lo habían rescatado, reconociendo en sus rostros la inevitable conexión con la humanidad que tanto despreciaba.
—Non omnis moriar —murmuró para sí mismo, mientras se sacudía el lodo del pantalón, aceptando, con una sonrisa irónica, que su legado sería más ridículo de lo que había imaginado.
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