Edgar Sánchez Quintana

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Me extiendo en mi asiento, dando un gruñido y un bostezo. Observo, aquí frente al hotel, el mercadillo de Chatuchak, cerca del río Wat Phai Tan en la ciudad de Bangkok. Hay hombres, mujeres, asiáticas de color cobrizo, todos en el trajín con cestos, paquetes, bicicletas; los infantes pidiendo, limosneando a los turistas, el rugido de motocicletas de dos levas, gente jodida con el lodo de los arrozales pegado en el tobillo. Me quedo quieto observándolos, tratando de penetrar, de hurgar en su interioridad, pero termino fatigado, porque para eso ni a mí mismo. Los insectos reinician su danza en el lóbulo de mis orejas. El calor sofocante es mitigado con una Coca Cola™ medio fría. A lo lejos, creo escuchar xilófonos, tambores y varios gong-carrillón; son instrumentos que arman la música tradicional de Tailandia, es posible que estén interpretando danzas del Ramayana hindú. Pero por el momento no quiero caminar, sino estar sentado aquí tomándome un buen refresco. La mesera ha venido a dejarme un pequeño caso de arroz acompañado de ajo en polvo, leche de coco y un poco de nam pla (salsa picante hecha a partir de anchoas). Devoro eso y pido un pescado y un batido de fruta. Con el estómago lleno, me tomo otro refresco. Me gusta escuchar a los vendedores ambulantes pregonando la comida tailandesa en carromatos de tres ruedas en el idioma tailandés; me recuerdan a mi infancia cuando voceaba periódicos por las calles de Tlaxcala o cuando andaba vendiendo chicles por el parque y los portales. No cabe duda de que somos parte de nuestra historia, un personaje apenas subrayado, pero la totalidad está allí atrás, observándonos, juzgando nuestro actuar cotidiano. Esto que me pasa no es añoranza por aquel Estado que dejé hace tres meses, sino reconciliación con ese pasado con el que me he construido. Ahora no me considero una entidad apartada o territorializada, sino alguien que quiere compartir su mundo con el mundo, que se abre al conocimiento de lo otro, de los demás.

El monzón no tardará en lanzar sus primeras banderas informes, blancas, espesas, de cinco días, obesas de agua. Con una precipitación de 106 a 153 centímetros cúbicos de agua al año, Tailandia se iguala con Filipinas y Myanmar en cuanto a lluvias y se pasa de la raya durante la temporada de los monzones. Se escucha el tren que va rumbo al norte, al interior del país, a la ciudad de Najon Sawan, casi siguiendo las laberínticas venas del río Phiraya, el más importante de Tailandia y por el cual a esta ciudad de Bangkok se le ha dado en llamar la Venecia del Este.

La llegada a esta región ha sido para mí como una travesía que llega hasta las venas. He visto gran cantidad de hombres con piernas amputadas; son tal vez refugiados camboyanos. Los veo con sus muletas malhechonas, cojeando entre los puestos del mercadillo. En Vietnam y Camboya siguen sembradas las minas en los campos, y cada vez cobran una pierna o una vida. A pesar de los años que han transcurrido, tal parece como si fuera una guerra permanente, que se despierta de vez en cuando, que nos pone en guardia y que estruja el letargo. Pero la guerra es para algunos insospechadamente aprovechable. Existen naciones que, si no fuera por las guerras, decaen, sufren crisis financieras o simplemente no son, porque tienen en sus sociedades una cultura bélica. Tailandia es una de las naciones que no es como las naciones de las que les estoy comentando, sino una nación que se ve envuelta o involucrada en situaciones de pugnas belicosas. La gente va y viene, y aquí en Bangkok hay una población grande de personas sin extremidades. Por lo tanto, la idea de llegar a este sitio no es solo por puro turismo, sino debido a los negocios que me traía yo entre manos. Soy empresario, y mi tirada era hacer negocio en la venta de prótesis de madera con grabados y bajorrelieves muy artísticos, con imágenes como los murales de Cacaxtla y otros motivos tlaxcaltecas y mexicanos. La idea me vino cuando vi la artesanía de Tizatlán: sus bastones, los tallados diversos en madera de encino, los pisapapeles en forma de búho, entre otras cosas. Pero no, no funcionó. Le había apostado todo a esa carta, pero ni modo: el libre mercado me ha vencido. Es culpa del libre comercio, de la globalización. El vecino país de Taiwán hace prótesis de aluminio y materiales livianos con empotramientos electrónicos como MP3, localizador instantáneo y estuche de monerías; en lo que al precio se refiere, este es inigualable. Llevaré a casa una decena de ellas y algunos budas para frotarles la panza y ver si así me traen suerte. El monzón ha llegado y estará presente por largos días en la ciudad. Mi expedición tailandesa ha terminado. Seguramente colocaré esta nueva prótesis musical a buen precio, y se venderá como pan caliente.

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