Edgar Sánchez Quintana

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— ¡A ver, niños, ya se pusieron su pijama!

— No, es que Nacho estaba en el baño y no salía.

— ¿Y a poco no te puedes cambiar aquí?

— No, es que la pijama estaba encima del canasto.

— Bueno, ya apúrenle. Voy a la cocina, cuando regrese ya tienen que estar listos.

— Sí, apá. —Nacho se abrocha los botones de la camisola; Luis juega con un par de coches.

— Ahora sí… tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán, tarán. La, la, la, la. tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán, tarán… la, la, la, la… tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán, tarán… la, la, la, la. —Cuando el papá entró a la recámara, andaban de una cama a otra; eran verdaderos saltamontes estrenando maizal.

— Ajá, ¡ja! Con que, saltando en la cama, canijos estos…

— ¡Papá, cántanos una canción! —el papá se aproxima a los niños y, acercándose, va haciendo movimientos con el cuerpo como animal que acecha:

Anoche yo estaba solo.

Yo estaba solo.

Y vino el lobo.

Y vino el lobo.

A que me como.

A que me como a este niñito.

— ¡Así! Ja-ja-ja-ja-ja —El padre se abalanza sobre los niños parados en la cama, los toma de la cintura e inicia un cosquilleo que los hace tirar y retorcerse.

— ¿Ya le dieron el beso a su mamá?

— ¡Ya! —responden a coro.

— ¿Ya se lavaron los dientes y rezaron sus oraciones?

— ¡Ya!

— Bueno, pues… ¡Buenas Noches! Y ahora a dormir, porque mañana se tienen que levantar temprano.

— No, apá, mejor cuéntanos un cuento —dice uno de ellos mientras ambos se van metiendo a las cobijas.

— Bueno, pues, pero van a estarse quietecitos. Una vez, cuando había ido a dar una vuelta, me encontré con una familia muy singular. Ellos caminaban sobre la avenida principal, era una familia de papel cartón, con caras de papel reciclado, sus ojos eran las letras impresas en el cartón, y cada uno llevaba un par de amigos bajo el brazo. ¿De qué creen que habla una familia que es de cartón?

— ¿De la lumbre?

— Ajá. En la familia había un niño muy juguetón; era el mediano de la familia, al niño le decían el niño-pasita: era pecoso y escandaloso. Su sonido era algo así como chric-chric-chric. —El papá mueve los brazos, haciendo gestos divertidos; los niños se carcajean y él continúa con el relato.

— Toda la familia tenía cierta belleza en las letras doradas que relumbraban como una bolsa de papitas; tenían ornatos en las tapas y, en sitios por dentro muy escondidos, se distinguían una serie de grapas rotas. En el niño y la madre colgaban, como si fueran corbatas requetecoloridas, unos hilachos de cinta canela. Aunque el pegamento de la cinta ya no servía, la familia se veía muy feliz y entusiasmada, como si regresaran de una divertida fiesta con payasos».

— ¿Y con magos?

— Sí, una fiesta muy divertida. Entonces, como eran cajas de cartón, no podían cruzar las calles juntos porque se estorbaban, y porque las banquetas eran muy pequeñas; entonces, los más chicos de la familia iban atrás, como en fila india. Y luego cantaban la canción de Blanca Nieves y los siete enanos: aijó, aijó, vamos a descansar… trarárarararárara’ aijó, aijó —El papá infla los cachetes y pone las manos juntas a la altura del omóplato, como si cargara una herramienta al hombro. Los movimientos del padre solo despiertan sonrisas en las caras algo soñolientas.

— Apá, cuando iba a la escuela vi a un monstruo que estaba dentro de un agujero… Y luego el monstruo tenía en su cabello una coleta bien amarrada y les decía a los niños que iba a probar sus dedos para saber a qué sabían y después a la abuelita la iba a convertir en carne.

— Sí, apá, era un señor que roba a los niños, les rompe la cabeza y muerde los dedos.

— Bueno, pero guarden silencio si quieren que les siga contando la historia de la familia cartón.

— Ajá.

— Entonces, un señor que era malo les puso por toda la ciudad un rompecabezas para que estuvieran separados y, entre las piezas del rompecabezas, les ponía cerillos de lumbre.

— ¿Y qué hizo la familia para estar junta, papi?

— Todavía no llego hasta allí. El niño-pasita buscó la manera de esconderle los cerillos al señor malo para que no los usara, pero como el niño era muy escandaloso, el señor se dio cuenta y dijo:

— Ajajajá, con que me querías engañar —Y tomó al niño de una de sus tapas de cartón, lo enredó con cinta canela y lo dejó en una pieza de rompecabezas muy difícil de colocar.

— ¿Y después qué pasó?

— La familia, para volver a ser unida y feliz, empezó a recortarse entre unos y otros y a mezclarse. Cada vez eran de pedazos más pequeños y más pequeños y de colores distintos. También comenzaron a recortar las piezas del rompecabezas hasta llegar con su hijo, el escandaloso, y luego siguieron recortándose hasta transformarse en algo que en las fiestas siempre quieren porque hace reír y celebrar y ser felices: o sea, el confeti. Por eso, cuando lanzan al aire un puño de confeti, es como si vieran a la familia cartón unida y muy feliz.

La dormitación de los niños se acrecentaba cada vez que dejaba corear un pequeño siseo entre los labios. El papá apagó la luz, pero la luz imaginaria de los niños empezaría poco a poco a florecer en sus sueños.

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