Edgar Sánchez Quintana

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— ¡La ambulancia por favor! Envíela frente a la presidencia, tenemos dos accidentados, uno de gravedad; envíe equipo de emergencia, repito. Envíe equipo de emergencia. Tuvimos un percance en la demostración, ¡dense prisa! — El jefe de bomberos repetía exaltado por el radiotransmisor llamando a la corporación de la Cruz Roja. Héctor Rulfo era uno de los accidentados, sus lesiones sólo llegaban a ser golpes leves que a media semana se borrarían. Los de su compañero eran de consideración. — ¿Y cómo fue el accidente? — Pregunta el curioso al señor más cercano. — Lo que pasa es que se subieron a una escalera de seis metros; mire, allí ya se la llevan. Y con los tres que se subieron no aguantaron las sogas y fíjese que con todo y equipo dieron al suelo. El compañero de Héctor Rulfo se retorcía de dolor con convulsiones, los temblores seguían cuando llegó la ambulancia. La muchedumbre se arremolinaba como moscas en perro muerto. Los compañeros bomberos pedían la calma. Los policías ineptos se ponían nerviosos. El presidente municipal cuchicheaba con su secretario y mientras; los camiones rojos, pipas y demás aditamentos se aburrían esperando ser utilizados. Se había hecho una exhibición con todo el equipo, y extendido en el pavimento, los botiquines eran desparramados para buscar el remedio presto para curar al casi hermano, al compañero de trabajo. Pero, no había nada para curar al grave de derrame cerebral. Si fuera algún asfixiado o quemado cualquiera de ellos era competente. Héctor Rulfo era uno de los más prestigiados hombres de la heroica agrupación de bomberos, tenía en su currículo una afanosa lista de reconocimientos, diplomas y fotos con personalidades distinguidas que corroboraban su capacidad en el trabajo. Ser bombero no había sido fácil para él. La elección al oficio había sido una promesa que se había hecho a sí mismo por la muerte de su padre, en el incendio de la iglesia ocurrido en 1938. Héctor había pasado por catástrofes como: inundaciones, temblores, derrumbes, incendios, entre otros; y accidentes de electrocutados, de personas salvadas a punto del suicidio, perdidos en grutas insondables, niños ahogados con un pedazo de bocado, en fin. De lo que se sentía más orgulloso era de lo ocurrido dos meses atrás. Resulta que recibió en su turno una llamada en dialecto propio de los naturales de la región, y que ni tarde ni perezoso acudió al auxilio; era el incendio de una troje llena de pastura, pero el problema era que cerca estaba el cobertizo donde la comunidad guardaba el grano para la siguiente cosecha y también enseres que eran propios para el trabajo. Héctor Rulfo como superior de bomberos dirigía las acciones con tino, dando como resultado el cese del fuego en pocas horas, no sin antes arriesgarse él mismo para salvar el becerro torpe de patas. La comunidad había acordado que enviarían una invitación para que el jefe de bomberos seleccionara a uno de sus oficiales, para que el Día del Bombero acudiera a la comunidad. Se haría una comilona en su honor. Cuando se reunieron los bomberos después de la demostración, en el salón de sesiones de la corporación de bomberos, había un apesadumbrado viento fresco que empalagaba todas las caras de abulia por lo sucedido, muy a pesar de encontrarse celebrando su día. En la mente de Héctor Rulfo se repetía el discurso del presidente municipal: “Sabemos que lo ocurrido a los compañeros es muy lamentable, son cosas que suceden, y que lamentamos. Seguiremos muy de cerca el restablecimiento del compañero, la exhibición tiene que continuar, y sólo esperamos que terminen de colocar los aditamentos de la próxima demostración. El oficio de bombero, todos lo sabemos, no es fácil, arriesgan su vida, y ellos están dispuestos a todo, están al servicio de la comunidad, así como nosotros lo estamos, o sea, todos los que formamos parte de la presidencia que yo dirijo; pero vamos, señoras y señores, un aplauso a los bomberos, por favor ¡Un aplauso!” A Héctor Rulfo lo despertaron de su introversión cuando pasaron una gorra con unos pequeños papeles hechos bola, era el sorteo de cosas como: encendedores, lentes de contacto, una suscripción gratis para la revista que dirigía el presidente municipal, el premio para ir a comer con la comunidad de los naturales y, también, una dotación de condones suficientes para todo el año, donados por la secretaría de Salud gracias a las influencias del presidente municipal, entre otras cosas. Cada uno de los bomberos iba inaugurando una cara de sorpresa; pero no tanto para Héctor Rulfo, le había tocado ir a comer a la comunidad de los naturales, pero él lo que quería era estar con su amigo delicado, hizo un gesto de aprobación cuando le tocó nombrar su estímulo. Cosa que más que un regalo, en esas circunstancias era para él un castigo. En la gorra había quedado un papelito, era el papel del obsequio que correspondía al lesionado más grave, le había tocado una dotación de condones donada por la Secretaría de Salud. Cuando llegó a la comunidad lo primero que avistó fue una troje negra, chamuscada, luciendo unos rayos traviesos jugueteando en el interior; al lado, cerca de la iglesia, se miraba un manteado y más allá dos mesas con carne de puerco escurriendo sangre, las tajadas estaban listas para las carnitas. Las moscas, sobre todo y más que los comensales, festejaban como si fuera su santo. Los perros irradiaban de felicidad, y peleaban con desgano, debido a la comilona, un pedazo de cebo hediondo. El superior de la comunidad llegó a recibirlo. Su pantalón limpio contrastaba de manera salvaje con sus pies embotados en guaraches de suela de llanta y los pies gruesos de polvo, como costras cuarteadas por la historia. Con una sonrisa radiante el señor extendió la mano y muy amablemente Héctor hizo lo mismo. Habían hecho una pequeña valla humana hasta las mesas. Al pasar el agasajado todos aplaudían. Los borrachines gritaban en su idioma y festejaban desmesurados con el alcohol, que era tradición regional. Ninguno entendía de buena manera el idioma de Héctor, cosa que no le afligía en lo más mínimo. Cuando le sirvieron el arroz consideró escapar del asunto, pero era demasiado tarde, le habían puesto enfrente una bebida propia de la región, la cerveza, los hielos, las servilletas, el pan de caja, las tortillas recién hechas, un vaso con arreglo floral y, sobre el vaso, un dibujo en papel de un bombero apagando el fuego, realizado en la escuela primaria. Después del primer plato siguió una charola cuya fuente era: cueritos, chicharrones, costillas, tripitas, pedazos de hígado y bofe; acompañados con limón, salsa roja, cilantro y cebolla, entre otros complementos. El tercer taco fue de bofe, cuando quiso tragar el pedazo y no pasó fue cuando supo que estaba en problemas. Héctor levantaba las manos intentando acomodar la garganta, tratando de ayudar con los movimientos de la cara. Mientras, los parroquianos disfrutaban del banquete pensando que el bombero festejado se le había subido el alcohol a la cabeza, y en su idioma contaban el chiste viendo la demostración. Héctor como mimo señalaba la espalda e intentaba golpeársela, cosa que ocasionaba la risotada de los más ahogados en alcohol; cuando cayó al suelo con la cara morada, intentando jalar aire, los asistentes lo rodearon apelotonándose. Algunas personas imploraban a los espíritus de la montaña, otros se alejaban pensando en que se le había metido un demonio, algunos más acomedidos se inclinaban para darle un vaso de agua o la copa de aguardiente. Dejó de respirar. Todo fue tan rápido. Se dieron cuenta demasiado tarde. Se había ahogado el bombero con un pedazo de bofe. Las lesiones de la caída ocurrida en la mañana todavía seguían allí, no se borrarían. El currículum de gran bombero allí se cerraba.

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