Edgar Sánchez Quintana

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Había extrañamiento de esos perros roñosos, de los menudos que se remolinaban por los puestos de tacos o los grandes que peleaban a la hembra  enjundiosa; ¡Hay! Aquellos años en que vagabundeaban de un lado a otro, días en que se les veía no sólo en los mercados y parques sino hasta dentro de las iglesias o durante algún acto protocolario. Por lo menos había una razón para tener la mirada en la banqueta y… ¿Cuál era esa razón? Pues el peligro de pisar las mierdas que dejaban los perros callejeros, y aunque el suelo citadino es un elemento sabiamente postrado, se subyuga para ser algo, aunque sea receptor de ese tipo de mogote, es fuente donde se prenden las existencias para ser, para construirse, sumisión que llega a ser jugosa de leyendas y objetos. Es la historia de perros y de muchas otras cosas, la que se desarrolla en la calle, ella es su elemento, los ciudadanos no podían coincidir separados entre una y otra cosa, pero… cuanta remembranza…

            La vida en las calles deja experiencias enriquecidas, memorias que nos vienen de las arterias, de la vida comunal, del encuentro azaroso con el mundo de gente, la interconexión con un sinnúmero de almas que se entrecruzan frente a los zaguanes, las oficinas postales, los distintos parques, los mercados, la tenducha, en fin. Frente al puesto de periódicos está uno de mis sospechosos. He estado investigando la desaparición de los perros callejeros. Parecen haberse extinguido, y no porque los de la perrera sean eficientes; de hecho, según supe, han estado importando jaurías de Puebla para justificar sus sueldos ante la Secretaría de Salubridad. La vida de un perro callejero no vale nada; cuando los atropellan, nadie los recoge, y su carne se desparrama bajo las ruedas de los coches. Antes, estos animales eran sagrados, sacrificados a los dioses o consumidos por las clases altas, pero hoy, apenas queda rastro de ellos en las calles. Mi curiosidad por este fenómeno me ha llevado hasta aquí, sentado en la orilla de la fuente.

El sospechoso al que he seguido desde hace dos días está sentado cerca del puesto de periódicos. Es de estatura regular, tiene el labio superior algo invadido a los orificios nasales, razón suficiente para conformarse con un bigote muy lineal y excesivamente ralo, su parroquia de canas se ausenta cada vez más por su catedral de calvicie y su ajada cara nos afirma que ha vivido los últimos veinte años de su vida en la banqueta, con el sol siempre de frente. Él es un “teporocho” y es miembro activo del llamado “escuadrón de la muerte.” El Escuadrón de la muerte es el grupo de borrachines empedernidos que gusta asolearse disfrutando de la cruda tras la iglesia de San José. A él le dicen “Barrabás” y es un hombre desheredado de la gracia de Dios, se decía que él tenía un monstruo revoloteando en su cabeza, y siempre anda por allí como perdido, como si anduviera buscando un impermeabilizante para los helicópteros. Mentira que él anduviera descalzo, injusto decir que andaba greñudo y aún más insultante decir que andaba por las calles harapiento y cabizbajo; él era un hombre autóctono, ¡Sí, y eso que tiene de malo! La verdad era que él como ningún otro se enfrentaba a la muerte con la mano en la cintura; pero claro, nadie es perfecto, con una cobija de alcohol bajo el sobaco. Y allá. Aquél que viene con un perro amarrado es su compinche, uno de los miembros del club. Tiene la cara un poco españolizada, tiene una permanente sonrisa de idiota. Vivían en una pobreza que retoñaba todos los días. Yo los veo y me hago el desentendido, finjo que espero a alguien y que estoy desesperado y más, que no me interesa sus vidas; pero, por el rabillo del ojo izquierdo los atisbo.

¿Por qué consideraba que ese par podrían ser parte de los culpables de que estén extintos los perros callejeros? Esos hombres se veían que eran muy cariñosos con los animales, les daban de comer y se les veía cada vez con distintos. Tal vez por eso, es que tengo mis dudas en ellos, pero, ¿Cómo es que le han vendido algunos kilos de carne de res al señor de los tamales si ellos ni de donde puedan tener ganado? Y luego ese dinero para lo único que sirve es para comprarse el mezcal, el tequila y esas no son todas mis sospechas, sino que también tienen una cabaña —ellos le llamaban “bunker” —que era visitada por “el escuadrón de la muerte”, pero sólo por las tardes y noches, sus preferencias diurnas estaban en esta estancia tan acogedora digna de la más excelsa farándula como lo es el parque tras la iglesia de San José donde me encuentro ahora. Yo conozco de lejos esa cabaña, no les daré el sitio exacto porque de igual modo como dicen las autoridades: “para no entorpecer el desarrollo de las investigaciones” y el sitio es más o menos al noroeste de la capital de Tlaxcala frente al pueblo de Axotla del Río y en un sitio poco accesible.

—Barrabás, a este me lo encontré muy solito allá por la escalinata, parece que tiene hambre, que te parece si “le damos pa sus tunas”— dice el compañero que llega y se acomoda en la banca, es una voz de guturación cavernosa como si las cuerdas bucales estuvieran destripadas o las tuviera a punto de la amputación. Sus harapos no se cohíben ni tantito cuando pasa algún trajeado rumbo al palacio legislativo.

—¿Sabes que ha pasado con el sol?… ¡Ya se fue el güey tras la nube!

—Y eso a mí que me interesa, el puto ni siquiera calienta… —se quedan los dos allí viendo como pasa la gente, en ocasiones avientan una carcajada sin razón, se cuchichean. Yo los observo, trato de escuchar toda su conversación, pero no logro entender algunas cosas que dicen, el albureo es su medio de expresión más hospitalario.

Tal parece que los coches se estacionan aquí en la calle, frente a mí para que yo hable sobre de ellos, pero para que; son simples carros con motores de combustión interna, además no son parte de mi investigación… dejo eso porque los borrachines ya se van, se dirigen rumbo al mercado por la calle Veinte de Noviembre y yo voy a seguirlos sin que se den cuenta.

Se ve que van contentos, hasta les lanzan algún piropo a las muchachas. De vez en cuando le dan un jalón al lazo del perro, de lejos ven a otros dos compañeros. Están en el mercado tirados en el suelo, su embriaguez los invita a estar en esa placentera comodidad; ya hasta el perro que tienen a un lado se aburrió y está tranquilo con las orejas levantadas y la lengua de fuera, el calor de las primeras horas de la tarde se le espesa en la lengua. Se ve que fueron a limosnear las tortillas porque allí las tienen, y es posible que también algún taco a las cocineras del mercado. Guardo cierta distancia. No cruzo la calle. Me quedo como que viendo el puesto de plantas de ornato. Son bonitas, Los tipos se ayudan unos a otros y se dirigen al Este. Parece que se dirigen a una fiesta. Uno de ellos se regresa al mercado, supongo que va a buscar algo. Al pasar por la Michoacana se me antoja una paleta. Es de limón. Después de seguirlos por tres calles, ellos entran en una puerta, los sigo. La puerta está entreabierta, seguramente para que pueda entrar el otro beodo. Entro y es un largo pasillo de tierra y al final unas escaleras malhechas, de lado izquierdo arbustos. Me quedo quieto tras de ellos. Sé que el hombre que falta no tarda en entrar. Pasa cantando una canción de José Alfredo Jiménez. Espero un momento y luego continúo subiendo por los escalones hacia la cabaña. Me desvío por unos matorrales, sigo subiendo y sobrepaso la altura del techo de la cabaña. Se escucha una música estrenada, recién echada a funcionar. La canción desatornilla los distintos instrumentos como si quisiera que cada uno corriera por su lado, como un almácigo revuelto de semillas de bosque. Me acomodo en el sitio, es un escondite entre la maleza. Si me llegan a ver son capaces de venir a romperme la cara. A las dos mascotas las tienen amarradas a una estaca en el patio, ¡Qué lindas, hasta parece que las tienen consentidas! Pero… regresan con unos instrumentos. A uno de los perros le pusieron como que cloroformo en el hocico, y se desmaya, luego con una maquinita rasuran la pelambre, el que hace el trabajo es el menos bebido, luego de que termina lo levanta en vilo y como que lo ofrenda a los cuatro vientos. Cuando lo voltea hacia mí veo la inscripción en el lomo del perro, dice Camaxtli. En cada calambre del animal punzaba una desbandada de temblores como “chiripiorcas” muy sonoras y vibrantes. Era el perro que ya despertaba de su anestesia. El hombre toma fuerzas y desde las alturas azota al animal en el piso. Titiritaba el perro, se veía que tenía frío, tal vez buscaba su edén, él ignoraba que se convertiría tal vez en un bocadillo. El hombre toma el cuchillo del suelo y  degüella al animal.

Barrabás enciende la fogata mientras destazan al animal, otro se acerca con una bolsa de chiles y tortillas, la sal está en un cajete sobre una piedra. Al otro perro se le empieza a hacer agua la boca al ver la jugosa y fresca carne. Lo más seguro es que ese será su último festín. Para mañana estaremos disfrutando de esas delicias que hace el tamalero.

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