Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

Él había sido un bruto y se llamaba Sixto, Su vida había sido una aventura hermosa, sin complicaciones, vida que por esa razón cualquiera podría envidiar. En aquellos años tenía tan ausente la sabiduría que se perdía a sí mismo cuando abría la puerta de su ignorancia, esa encantadora tan suya y consentida. Su sonrisa campeaba bajo el bigote rústico, su mazorca de dientes y todo el paisaje facial hacía recordarme la insuficiente agricultura mexicana. La manzana donde vivía Sixto era una donde apacentaba el comercio, se podría decir que a la manzana le pasó contrariamente que como a Newton: a la manzana le cayó el comercio en la mera cabezota y la despertó. Era en ella toda una compra y vende por aquí y por allá. Los comerciantes llegaban desde las colonias aledañas e incluso de las barriadas más pobres, desde temprano y se retiraban hasta muy tarde, eso a Sixto le gustaba, el movimiento, la acción en la calle, la cantidad de gente pasando, la cantidad de fisonomías, de caracteres; el mare mágnum de contratos, componendas y transas; todo eso pasaba a ser parte de él. En la mañana el clima había arreciado ruinmente, pues la escarcha había dejado caer su baba helada, enronqueciendo el verdor del pasto dormido que se localizaba en los jardines, en los camellones y en las jardineras. El cielo parecía borrego en plena trasquila.

Sixto había sido un bruto, pero ya no lo era tanto, él sabía que era todo un bruto desde que tenía uso de razón, pero su conocimiento de ser un bruto no le atormentaba; incluso sabiéndose bruto se sentía de lo más contento, se explayaba solazmente, pero luego la cosa fue distinta. Él siempre tenía inquietudes de cómo funcionaban las cosas, el saber era una entidad de la cual Sixto estaba relegado. Poco a poco y desde los veinte años empezó algo que cambiaría su vida, de ser “el bruto del Sixto” a pasar a ser “Sixto el sabihondo y el genio de la colonia” continuamente lo molestaba la gente, envidiaban sus capacidades, le codiciaban su enorme memoria. Sixto antes tenía preferencia por artistas populacheros como: Spice Girls, Vicente Fernández, Kabah, Selina, Grupo Mojado, Límite, Huracanes del Norte, Fey, Shakira, Los Rieleros, entre otros; pero luego la cosa fue distinta y era: Vivaldi, Bach, Coreli, Albinioni, Caudioso, Mozart, Beethoven, Brahams y de sus lecturas ya no eran de: “Fantomas”, “Memin Pinguin”, “el libro vaquero” y “sabrosas y enjundiosas”  luego eran lecturas tanto de clásicos griegos como: Homero, Arquíloco, Heraclito, Esquilo, Sófocles, Aristóteles y Platón. Como de autores distintos como: Marx, Kant, Baudelaire, Freud, Paúl Valery, Nietzsche, Hegel, Kafka, Mallarmé, James Joyce, W. Benjamín, Beckett, Allan Poe, Víctor Hugo, Rimbaud, Habermas. Entre otros muchos más. Su interés había llegado a las artes plásticas, la genética, la música, los idiomas, bueno, en fin; Él era toda una enciclopedia con patas.

—Ese mi sesudo, cómo va el chinguetas. —saluda Roberto, un vecino de la colonia—Ya no leas tanto que te vas a volver loco.

—Que tal, como estamos Roberto. Francamente te equivocas. Tú andas pensando en que yo soy un hombre inteligente, pero quiero pedirte un favor, que no andes pensando en ese tipo de tonterías, detesto la pose, me vomito en ella, eructo. La gente por lo general desprecia a los hombres inteligentes, desconfía de ellos, los tiene recelosamente en la mira. He experimentado en carne viva que al bobo se le recibe con complacencia, se vuelve un compañero con el que se puede codear fácilmente, sin recelo, la lucha de conocer entre dos o más se evapora, se hace un hermanamiento; en cambio el “sesudo” parece un apestado, alguien parecido a los leprosos del cual hay que alejarse…

—La neta yo no sé de esas cosas, esas para mí son mariguanadas, y.… chale… ya ni se puede platicar contigo porque sales con citas, autores y experiencias que, en mi vida, jamás voy a tratar ni a conocer. Y pos… ya ni pedo. —Como un infinito que le hacía un guiño, así mismo la inteligencia diminuta se desposeía de sus lacónicas e insipientes conexiones neuronales de Roberto. Ellos continuaban platicando, él uno esforzándose cognitivamente al máximo, el otro en idas y vueltas mientras el otro apenas va. El interruptor convino en dejar de hacer debutar a una luz que estimulaba a los pequeños insectos que andaban tras la luz del foco, en la marquesina de la fachada.  Había amanecido completamente.

La razón por la que Sixto había tenido dicho cambio se había debido a un experimento que habían realizado los investigadores de la Universidad de Massachusetts, durante el lapso de tiempo en el que Sixto se había ofrecido de voluntario para correr pruebas para posibles enfermos de Alzheimer en esa Universidad. El experimento que habían realizado había sido hecho sin su consentimiento, o sea que no se había ni enterado; él como todo un tonto les había caído ahí al dedillo, es decir, que ni mandado a hacer. Cuando fue seleccionado para correr las pruebas, le hicieron un examen cuyo resultado era contrario a lo que se espera, generalmente quien pasa un examen es porque se queda, es promovido; en este caso quien lo reprobaba y resultaba pobre de coeficiente intelectual era ideal para el puesto, Sixto cantó pésimamente las rancheras y por tanto se quedó, en aquellos días estaba tan contento que en la colonia casi le hacen fiesta. El químico suministrado a una docena de camaradas igual que Sixto era la proteína Kinasa y  genomas polimórficos manipulados que hacían aumentar la actividad tanto de las sinapsis como del desarrollo e incremento de nuevas células, estas células según se había descubierto, nacían en áreas centrales del cerebro y emigraban a regiones de la corteza periférica, entre ellas la corteza prefrontal, parietal y temporal, estos últimos —se sabía— participaban en procesos de almacenamiento de datos y modulación del comportamiento. Este tipo de investigaciones, según argumentaban los investigadores no le haría daño a ninguno; era: “como darle vitaminas a un anémico”. Los avances en genética había llegado al grado de que todo el mundo quería hacerse la prueba de ADN para saber cuántos cromosomas eran buenos y cuantos anómalos, simplemente para presumir en la escuela o el trabajo. Pero muchas veces el tiro les salía por la culata pues en lugar de recibir buenas noticias se enteraban de que iban a morir de cierta enfermedad a los cuarenta o cincuenta años o bien que tenían enfermedades como Alzheimer, Gaucher, cáncer de Colon, de Pulmón; Enfermedad de Huntington u obesidad o cualquier otra no listada. Muchas veces los genetistas retenían la información por el bien de la humanidad ya que había habido una temporada cuando aún no estaba legislado en que la tasa de muertes por suicidio era directamente proporcional a los pacientes que habían conocido su futuro modo de muerte o sea la enfermedad que irremediablemente les quitaría la vida.

El doctor y genetista Nicolás Mejía, director del Centro de Investigaciones del Genoma Humano de la Universidad de Massachusetts, recibía en su despacho al periodista Carlos Olivera del periódico Atlantis. El investigador de genomas era todo un cinta negra de la biología, tenía a su cargo el laboratorio de genética y dirigía la investigación de la secuencia del cromosoma 21, dicha tarea se le había encargado a él ya que dominaba en extensión el mapeo previo de este gen y algunas proteínas que interactuaban con ese pedazo de DNA. Las investigaciones que él había llevado a cabo tenían que ver con la enfermedad de Alzheimer y con el descubrimiento de la proteína Kinasa conocida como ERK (por sus siglas en inglés) dicha proteína interactuaba a nivel neuronal al estimular las neuronas vecinas y así potenciar a largo plazo las sinapsis o los puntos de contacto entre las neuronas. Esto ayudaba a que se tuviera un mejor conocimiento de cómo se formaban los enlaces y de ese modo la memoria; puesto que era aquí en los enlaces de la memoria donde ocurría la mutación de la enfermedad de Alzheimer. La entrevista ocurría en los días en que los avances en genética estaban a una velocidad impensable, ya que se tenía un previo mapeo del genoma humano y sólo faltaba la corroboración de ese mapeo, así como: el descubrimiento de la interrelación de genes y proteínas, la identificación de cada uno de los genomas polimórficos y la distinción de genes muy singulares que ni el genetista más creativo hubiera podido imaginar. Todo este faltante de información implicaba no sólo años a futuro dentro del proyecto, sino cientos de investigadores y un número substancioso de instituciones, laboratorios y empresas farmacéuticas. Los cuestionamientos del reportero tenían que ver con acusaciones que habían salido a relucir y una demanda en contra de la institución que él comandaba. El Doctor Nicolás es gordo, con barba de chivo y algo canosa, cabello lacio y entrecano; pómulos salientes, de papada y chaparrón; hombre de lentes, zapatos flexi, pantalón negro, y saco verde olivo. Sus movimientos son ágiles a pesar de su abdomen. Es un poco zambo.

El periodista Carlos Olivera es de cabello quebrado, boca grande y lengua ágil; cejas pobladas y frente estrecha, su barba medio crecida; su vestimenta es conformada por pantalón negro y arrugado, lentes que apantallan o fingen intelectualidad, camisa cuadrada, y zapatos de vestir; cámara, grabadora y para no variar teléfono celular a la cintura. Sus manos brillan sudorosas. No le falta nada. Luce por tanto como todo un periodista.

—¿De qué manera es posible que, a corto plazo, la humanidad se beneficie de los avances genéticos?

—Sí, verá, los métodos de ADN recombinante permiten el aislamiento, la multiplicación y la propagación de regiones específicas de ADN de cualquier origen. Es posible establecer métodos de diagnóstico y posibles métodos de curación para ciertas enfermedades moleculares. Las posibilidades se amplían a tal grado que su alcance parece estar limitado sólo a la imaginación. Se puede conocer a detalle la configuración genética de cada persona y con ellos, el riesgo de afectar la privacidad biológica del individuo. El examen de ADN… originalmente se diseñó para el estudio de los desórdenes genéticos hereditarios, pero ahora la predisposición a enfermedades, las respuestas corporales a ciertos agentes infecciosos, drogas y productos químicos y además el diagnóstico de enfermedades infecciosas. Aproximadamente de 100 a 500 mil genes humanos, tienen miles de oportunidades de mutación, en consecuencia, los mismos genes en distintos individuos experimentan variaciones en su secuencia de ADN. Esto es posible a partir de una muestra de tejido biológico, normalmente es sangre, el ADN del individuo se fragmenta en enzimas de restricción las cuales cortan el ADN en sitios específicos.

—Se conocen casos diversos—afirma el periodista poniéndose la grabadora cerca de la boca— en donde han intervenido los avances en genética, la mayoría de las veces positivas en cuanto a enfermedades genéticas que la humanidad venía arrastrando y que no se verán más; pero también hay casos en donde más valía seguir ignorando esa información para así no experimentar. ¿Cuáles son los costos genéticos que tenemos que pagar?, ¿Será que la vida ahora será a la carta? ¿Será acaso que quien tenga dinero pueda comprarse o comprar para sus descendientes una vida sin enfermedades y tan larga como el doble? Habla usted de la imaginación, ¿Acaso los seres híbridos en los que andan experimentando furtivamente, no tienen parangón en la historia de la ciencia natural?

—Bueno, son distintas preguntas, que tienen que ver con lo mismo, verá, los avances en biología molecular que actualmente tenemos, son debido a muchas generaciones de investigadores y muchos años de ciencia. Siempre se había buscado “la piedra filosofal” y “las pócimas de la juventud” que nos harían vivir jóvenes para toda la vida, eso desde la edad media con alquimistas y luego con investigadores distintos, a partir del inicio del secuenciamiento de algunos cromosomas  e impulsos sobre el genoma humano debido al conocimiento genético de seres unicelulares y pluricelulares —entre ellos la mosca de la fruta— se pudo saber —fíjese, ¡Cosa increíble!— que la biología de los seres vivos utilizaba una especie de economía genética, de la cual todos los seres vivos participamos, desde la mosca de la fruta, hasta los seres más complejos biológicamente como lo son los seres humanos. Significaba que, conociendo la arquitectura genética de distintas especies, podíamos del mismo modo conocer la estructura genética humana, por comparación; es decir, buscando las similitudes y las desigualdades ¿No es acaso esto maravilloso?

—Pero aún no ha contestado a mis preguntas…

—A.… sí… No, me parece que no, creo que no hay una factura que pagar de parte de la humanidad, las investigaciones que se habían realizado con fondos públicos son resultados del público, todo mundo lo puede conocer, está a la vista. Las que sí no están en “cartelera” son las investigaciones que realizaron las empresas privadas, ellas hicieron inversión y como toda empresa, pues esperan ganancias. Y sobre los híbridos de los que habla, pues siempre los ha habido. Pero en otras áreas, recordemos que desde hace mucho tiempo se viene mejorando, variedades del reino vegetal como el trigo, el maíz etcétera, para un genetista el material a trabajar viene siendo casi el mismo y pues en esto no hay límites… sólo aquellos límites que la sociedad y sus instituciones impongan.

—La razón de mi entrevista es por dos razones, vera doctor, según tengo entendido, está interpuesta una demanda en contra de la institución que usted dirige, hace algunos años contrataron gente en puestos temporales para correr exámenes y cosas sencillas… no me acuerdo muy bien de qué cosa, el caso es que uno de ellos reclama indemnización porque se le aplicó—estando en esta institución— una serie de compuestos químicos sin su autorización que ciertamente mejoraron su calidad de vida pero fue perjudicado socialmente. Aunque es risible y hasta irónico, el hombre era un perfecto tonto pero feliz, y ahora con el tratamiento que le dieron se volvió de un coeficiente intelectual alto pero infeliz porque tiene problemas sociales… y cosas de esas. ¿Qué cosa me puede decir al respecto?

—Sí, estoy enterado del caso y pues… ya estamos preparando nuestra defensa, tenemos a los mejores abogados… de la misma Universidad. Nosotros lo único que hicimos fue alimentar bien a nuestros trabajadores dándoles vitaminas “de las buenas” y con algunos resultaron demasiado buenas, ya ve usted que cada persona, cada individuo es una singularidad y el organismo de cada uno responde de manera distinta. Sabíamos… a base de mucha investigación, que no había modo de equivocarnos. Sabíamos que no perjudicaríamos la vida de la persona, ningún daño se iba a correr. En cuestión de genética e investigación todo salió a la perfección. No hubo error. Pero nosotros no previmos que nos encontraríamos con grandes logros y avances científicos, pero con cerrazones sociales e incomprensiones retrógradas. La sociedad desgraciadamente va lento, lleva su ritmo.  Una cosa son los grandes avances en ingeniería genética y otra son la manera como esos avances van a ser recibidos por la sociedad. Desgraciadamente siempre ha sido de ese modo, recordemos la inquisición o la conquista de los “bárbaros” por los civilizados. Nunca se sabe a ciencia cierta el modo como la sociedad va a responder a los avances científicos, recordemos “la revolución industrial” o bien “la revolución de Bill Gates” son dos paradigmas distintos que mueven a toda una sociedad y que son recibidos de modo muy distinto, el uno destruyendo las máquinas a garrotazos porque son las culpables de que se queden sin trabajo y el otro entrándole al Internet porque si no le entramos estás fuera, eres de los nuevos analfabetas.

—Bueno, la siguiente cuestión es sobre una de las nuevas enfermedades que han aparecido, que claro no tiene nada que ver con ustedes, o sea con esta institución la cual usted atinadamente dirige, pero que la sociedad quisiera conocer más a fondo, conocer su proceso. Es sobre el Vitíligo tripigmentado… ¿podría dar algunos parámetros de esta rara enfermedad?

—Bueno, no le podría dar mucha información porque, la dermatología no es mi especialidad, yo soy genetista. Tengo entendido que es una disfunción de la melanina o sea de la pigmentación de la piel. Los estudios los están llevando a cabo diferentes empresas farmacéuticas como Novertis, la compañía inglesa Glaxom y la multinacional Bristell son empresas muy prestigiosas, seguramente ellas van a dar con el problema…

—Pero es un problema genético… podría usted darme información acerca de los genes que podrían estar interactuando…

—No, lo siento, pero. Me llevaría un poco más de tiempo ya que es algo muy complejo y además yo no soy dermatólogo, soy genetista.

—Una última cosa, sí ha de estar enterado de la manifestación que se llevará a cabo esta tarde, la llevarán a cabo la gente que sufre la enfermedad del Vitíligo Tripigmentado, y creo que una de sus paradas en la marcha será en esta institución, para interceder para que ustedes hagan algo al respecto.

—Sí, estoy enterado, nos van a enviar una compañía de policías antimotines para resguardar las instalaciones y cuidar el orden por si acaso suceden cosas imprevistas. Nosotros no tenemos que ver con nada de seguridad, de eso se encargan las instituciones del orden, nosotros a lo nuestro.

—Bueno, muchas gracias.

—No, al contrario, gracias a usted.

El Vitíligo tripigmentado era una especie de “mal del pinto” novedoso y al parecer genético. Era una enfermedad benigna, que no tenía consecuencias mayores que las manchas novedosas y un tanto antiestéticas en la piel. Su etiología era aún desconocida puesto que según parece era adquirida de manera endémica y sin curación espontánea. Era el tono casi transparente de los albinos, la mancha voraz y rojiza parecida a alguna variedad de pigmentación sifilítica y el color verdoso encendido y singular de los camaleones, todo ello en manchas que se iban compactando hasta lograr en los crónicos una dermis propia de camuflageo que podría envidiar el soldado de infantería en batalla selvática.

            Sixto se pasó la mañana en lecturas interesantes, sobre el escritorio están dos citas:

“…y así mismo, vendían niños recién nacidos y de dos años para arriba para este cruel e infernal sacrificio y para cumplir sus promesas y ofrecer en los templos de sus ídolos como se ofrecen las candelas de cera en nuestras iglesias Diego Muñoz Camargo. Historia de Tlaxcala Pág. 155

Shakesperare decía:

“Alejandro murió, Alejandro fue sepultado, Alejandro hízose polvo; el polvo es tierra; de la tierra se hace barro y ¿por qué con ese barro en que se convirtió no podría taparse un barril de cerveza?” (Hamlet, a. V, escena I)

Sixto tenía pensado salir a una manifestación, participaría en la marcha-mitin que llevarían a cabo los aquejados de Vitíligo tripigmentado, él no estaba enfermo de eso, pero se sentía hermanado de algún modo; Sixto se manifestaría en contra de los laboratorios de genética de la Universidad de Massachusetts por haberle realizado experimentos sin su autorización. La demanda que había interpuesto iba por buen camino.

Al principio era sólo un millar de pecas húmedas en el piso. Después, la tormenta llegaba y cogía a la ciudad aún medio atarantada, era lugar sitiado por las negras nubes embravecidas. La noche hogareña se aprestaba para ser tan arrullante como una hamaca. El sol de bruces sobre la cresta de los edificios, curioseaba finalmente por las azoteas. La ciudad se despatarraba cada vez más —y no debido a la noche— y su deformación llegaba a ser hereditaria. Recorrer la mirada en cuerpo de ciudad mojada era armar vericuetos memorables y rumiar un socavón de experiencias pasadas; vivencias empaquetadas en las neuronas. Las calles se aposentaban con una simetría casi cursi, estilo cubismo, pintaban algo románticas y vitrificadas, tal pareciera que las gentes lo que hacían eran hacerles semejanza o ser un espejismo sinuoso de las calles; calles que rechazaban los movimientos bruscos y tajantes, los cambios genéricos e instintivos de la modernidad, calles envilecidas en lo inmoble, en el adormecimiento casi opiáceo de la realidad. En una ciudad nunca se sabe, de manera acertada quienes están ni a donde se dirigen, yo diría que saberlo no es importante, es más, lo considero intrascendente, la mayoría de las veces se va por las calles como entidades dormidas, seres que se transportan a sitios distintos, que van o vienen llegando, siempre en la ciudad ese movimiento eterno, vuelco de voluntades o el movimiento de inercia, el lance centrífugo cuyo eje es la ciudad misma, punto urbano donde se entrecruzan los humanos.

La comunidad se encuentra preocupada de que una gran cantidad de gente sufre de la enfermedad del Vitíligo tripigmentado, temen contagiarse, hay prejuicios que han aparecido, algunas personas fanáticamente religiosas aseguran que son muestras de que el final se acerca, de que estamos a las puertas del Apocalipsis; hay una especie de racismo contra los “Vitíligos”, por lo regular se les veía y saludaba con cierto desprecio y repulsión. Debido a esa razón la gente adinerada que sufría la disfunción, que tenía este mal; recurría al uso de cosméticos para disimular la hipopigmentación e hiperpigmentación con soluciones de permanganato potásico en disolución adecuada y derivados del Psoraleno para hacer permanecer un solo color en la piel. —¡Aunque sea negra! — decían algunos. Las manchas rojas, las manchas albinas y las manchas verdes eran tan singulares y diversas en las personas que debido a que se identificaban plenamente, entre ellos ya habían formado clubes, empresas y sociedades para procurar sus intereses, en la red es posible ver algunas páginas en www.vitíligotripigmentado.com  o en www.Vitíligos.com entre muchas otras.

Los medios de comunicación estaban presentes en la manifestación. El periodista Carlos Olivera del periódico Atlantis había ido a dejar su nota sobre la entrevista de la mañana, luego unos tacos de canasta, refresco y ya estaba listo para el siguiente reportaje, seguiría de cerca el desarrollo del evento. En tanto espera. Piensa. —Que carambas, todo por la nota, y para seguir percibiendo una baba de sueldo, aja, no tengo ganas de ver sus mapas, sus manchas caliginosas, sus parches verdes y azarosos; los pies blancos, sus brazos morenos, gente ensamblada, aja. Inche gente parchada—

La minoría hace manifestación para reclamar sus derechos y para hacerse justicia en contra de la segregación al que se ven sometidos por la sociedad. El común denominador de la manifestación lo eran sus enormes manchas blancas, rojas y verdes Iban tan amontonados en la manifestación como canicas en bolsillo de niño. Como un gentío solidarizado por su aislamiento en el Universo. Como una muchedumbre disciplinada y tan lenta la marcha como computadora sin disco duro. Las pancartas en tonos multicolores dejaban ver no solo sus recriminaciones sino también sus complejos: “¡Prohibido acomplejarse frente a los morenos!” “¡Mi cuerpo se destiñe, sufre, siento dolor, soy humano!” “¡Más apoyo a los centros dermatológicos de investigación!” “¡Basta de segregación: No estamos apestados!” “¡Ven, caminemos juntos!”, “¡Stop!” “¡Orgullo Pinto!” El boulevard principal de la urbe estaba ocupado, por él circulaban los manifestantes entre gritos, frases rimadas y pancartas; el bulevar terminaba en una calle torcida que hacía un mohín y continuaba por otro rumbo muy distinto al de la marcha. Sobre de él espera el paso, un hombre con jiote brilloso al pómulo en auto nuevo. Ellos continuaron hasta llegar al instituto. Dentro de la manifestación marchaba Sixto, coreaba con ganas sus anatemas a los Institutos Genéticos de Investigación. Él no se había dado cuenta que poco a poco su piel iba adquiriendo manchas blancas, verdes y rojizas, y tal vez por eso Sixto se sentía inconscientemente tan hermanado.

 La plaza principal está repleta de manifestantes. Los gritos y las pancartas se alzan en el aire, pero una destaca más que las demás: «¡Basta de aborrecerme, soy humano!» La sostiene Martín Caballero, alto, delgado, con su nariz aguileña y ojos cafés, mientras su hermana Engracia lo acompaña. Entre la multitud, Sixto lo reconoce y se acerca.

Sixto: (sorprendido) Martín… ¡No puedo creerlo! ¿Eres tú?

Martín: (voltea, reconociendo la voz) ¡Sixto! Cuánto tiempo… no esperaba encontrarte aquí.

Sixto: (mirando la pancarta) ¿Tú también? Nunca imaginé verte en una manifestación. Parece que los años han cambiado más que solo nuestras caras.

Martín: (con una sonrisa amarga) Sí, han pasado demasiados… Nos fuimos alejando, ¿no? Pero algunas cosas nunca cambian. Mira a Engracia, también está luchando su batalla.

Sixto: (mirando a Engracia, asiente) Recuerdo cuando éramos inseparables, todos juntos en la secundaria… ¿Qué nos pasó, Martín? Éramos como una familia.

Martín: (suspira) La vida nos llevó por caminos distintos. Unos encontraron su lugar, otros se perdieron en la búsqueda. Pero ahora, estoy aquí por algo más grande que nuestras viejas amistades… Estoy aquí para que nos vean como lo que somos: humanos.

Sixto: (con un tono más suave) Lo entiendo. A veces, el mundo necesita recordatorios. No sabes cuánto me alegra verte, aunque sea en estas circunstancias. Luchas por algo justo.

Martín: (con determinación) Así es, Sixto. No podemos permitir que nos borren. Esto es por todos los que se sienten invisibles. Por nosotros.

Se quedan en silencio un momento, observando la multitud que los rodea. A pesar de los años y la distancia, en este momento, están más conectados que nunca.

Posted in

Deja un comentario