
—Tú me vas enfriando el agua con las yerbas para que no esté tan caliente, mira, le vas haciendo así— toma la jarra, la introduce en la cubeta, levanta la jarra y deja caer el chorro opalino y vaporoso, su acción ha dejado una estela gaseosa frente a ellos. La tía Prudencia deja el asa en manos de Lucas. Entra a la recámara de Marcela cuidando de dejar bien cerrada la puerta. Dentro de la habitación se respira un ambiente de sauna, la tía está dándole un “baño de asiento” con yerbas medicinales, después será un masaje, y luego va a “apretar” a su sobrina después del baño. Tras las cortinas de la ventana hay una opalescencia escarchada en los vidrios, motivado por el excesivo tanto de calor como de humedad; el tufo del azufre mezclado con alcohol y eso revuelto con el penetrante aroma de ramas de Eucalipto, Pirú, Romero, Árnica, Manzanilla y hojas de Sompancle; hacen de la ambientación un escenario propio de alquimista medieval venido a menos en un lugar tropical. La pobre mujer atendida sufre su vía crucis con abnegación exacerbada, como si gustara de un masoquismo místico, escrupuloso. La tía aconsejaba a los de la casa que las mujeres no podían atarse el pelo ni llevar anillos, y no deberían cruzar las piernas por ningún motivo; y también se tenían que deshacer todos los nudos que hubiera en el cuarto, no cruzar los brazos ni las piernas ni pisarse un pie con el otro ante un enfermo.Todas estas cosas las había aprendido de la abuela Margarita, curandera del pueblo de Iztulco. La abuela Margarita ya había muerto.
Después del baño la tía Prudencia pidió a Marcela que dejara auscultarla para intentar saber la razón de porque no ha podido tener hijos. Ella accede. El tratamiento del baño era precisamente para eso, para ayudarla a concebir. Hace tres años que se casaron y no han tenido familia. Marcela está desesperada y lo desea con tantas ganas como judía sin descendencia. Él, como cualquier macho mexicano le echa la culpa a ella.
—Hija, tú estás bien de todo, sí hija, ¡Sí!, Todo en su sitio, ninguna anormalidad. ¿Y tus reglas?
—De lo más normal tía, ¡Y como relojito nuevo!
—Bueno pues, entonces el que no funciona es tu marido.
—¿Será?
—Pos puede que su semilla no tenga mucha fuerza, ya ves los malos hábitos y vicios que tiene, no creas, esas cosas también afectan.
—No, pero si apenas que estábamos hablando de enfermedades de cada quien, o sea de la infancia, él me dijo que sufrió de las paperas y que los testículos se le inflamaron re feo, dice que ni podía caminar. Pero eso no lo dice mi suegra, eso se lo calla, ya ve usted tía que toda la culpa me la echa a mí.
—¡Huy! Hija eso de las paperas es malísimo para los hombres, si no se cuidan pueden quedar estériles.
—¡Dios santo! A poco tía, no me diga que me voy a poner a chillar, con tantas ganas que tengo de tener a mi bebé.
—Pos sí hija, tenía mis dudas antes pero ahora ya no. Tu marido es el que no puede.
—Será que nunca podré tener hijos… —La mujer se queda pensativa, esquiva la mirada y observa como baja una gota por el vidrio de la foto de novios, parece una lágrima que ella ha dejado caer. En la foto de estudio ambos se ven tan felices, tan lejos de saber la actual y triste noticia. Ambas se quedan pensativas, quieren buscar soluciones al problema, sus cavilaciones continúan hasta que escuchan la voz de Lucas tras la puerta:
—¡Doña Prudencia! Qué hago con las hiervas hervidas que quedaron en la cubeta, ¿Las echo a la basura?
—Sí, pero espérate, voy para allá. Oyes hija, y si le decimos a Lucas que preste su semilla, sólo una o dos veces y ya tienes a tu hijo, además son hermanos, la cosa quedaría sólo en la familia —El asunto era así como los antiguos espartanos: El viejo, el estéril o el que deseaba mejorar la casta, cedía a la esposa y aún la prestara a sus propios hermanos. El pueblo espartano debido al decrecimiento poblacional por cuestiones de guerra, utilizaba este tipo de interrelaciones sociales; las madres tendían a ser muy reproductivas, la patria necesitaba de soldados por tanto se los exigía; ante todo esto, la cuestión entre Marcela, Ulises y Lucas no era muy nueva.
—¡Hora qué cosas anda diciendo tía!, ¡Qué ocurrencias! Con Lucas. Un hijo. Y Ulises qué…
—Al rato que nos juntemos, más tarde, se lo proponemos a la familia y les hablamos de todo esto, y a ver qué pasa; además, lo que queremos todos es que tengas un hijo, el modo pues que sea el que sea, o que… ¿Para lograrlo quieres prestarle el culo a cualquiera que se te cruce en la calle, a un desconocido?
—Hay no, tía, como cree. Estoy tan desesperada pero no para tanto.
—Bueno pues, entonces al rato lo platicamos.
Fue una reunión informal, platicaron del asunto mientras tomaban refresco y comían botana de pepitas y cacahuates. Ulises estuvo en desacuerdo y tuvo algunas contrariedades, pero al final y a regañadientes accedió. Entre Lucas y Ulises ya había habido prestamos de esta naturaleza; de jóvenes, cuando iniciaban por conocer su sexualidad, muchas veces se rolaban a las novias. La que no estuvo en nada de acuerdo fue la suegra. A ella nadie le iba a quitar de la cabeza que quien tenía la culpa de no embarazarse era Marcela. Ulises era un personaje de lo más complejo; por un lado, era vegetariano, le hacía la competencia a los herbívoros, tal vez por esa razón tenía ojos de borrego y por la otra tenía una personalidad elástica y hacía de su adiposidad una llanta. Le gustaban las corridas de toros y no cruzaba frente a un panteón a solas porque le daba mucho miedo. Creía en los espíritus chocarreros y en el nagual. Cuando andaba con dinero extra acudía a los centros nocturnos y se acostaba con una prostituta. El matrimonio entre Ulises y Marcela era de lo más normal. El devorador de siluetas esbeltas llegó tiempo después del casamiento, de modo como siempre acostumbraba y poco a poco fue comiendo la silueta atlética y joven de él y de igual modo fue defecando bajo la piel, el gordo de manteca que todos conocemos.
Era obvio que Ulises no dormiría en su casa porque su hermano dormiría en su cama, con su esposa, no tenía ganas de hacer mal tercio; por tanto, decidió irse de juerga. Primero en bares que conocía perfectamente, con baile erótico y meseras en bikini, y luego en un baile de esos de corbata, en donde abundaba el color de los cuervos y los escotes voraces, y por último con una putita muy azarosa. Por la madrugada soñaba que fornicaba con una chiva muerta y totalmente despellejada. Hemos de pensar que esa noche la pasó muy bien.
Lucas terminó de bañarse y fue al cuarto de Marcela, ella estaba recostada viendo la telenovela. Tomó el control de encima de la cama y le cambió a un canal de música:
—No espérate, no seas, deja que termine mi novela, que no ves que ya se puso re interesante.
—Que no te vas a bañar, está caliente el agua.
—Con la bañada que me dio mi tía en la mañana a poco crees que necesito más.
—A ver, te voy a revisar… —Él empieza auscultando las orejas y estira la pijama para asomarse adentro.
—Espérate güey por lo menos hasta que estén los comerciales— Lucas se acercó al tocador y se peinó, tomó un poco de loción para después de afeitar de su hermano, era de la marca Giorgio Armani. Luego fingió hacer strip-tease sobre el taburete; cosa que no le resultó pues tenía movimientos a lo Juan Gabriel, un tanto afeminados. Ella rió un poco, se quitó la ropa y apagó el aparato. En ese momento hasta parecía que le rendía culto a la adultera Clitemnestra, una diosa griega de no pocos inciensos en aquella cultura. Lucas empezó con un latino tropezón de besuqueos muy al estilo francés directo al pecho mofletudo. Sus pezones hacían hacer de cerca a Lucas una “o” bien redonda, como bocal algo olímpica. La cama resultó tan cómoda como una pantufla. Marcela era una mujer cachonda, se ponía ardiente tan rápido a modo de procesador Pentium IV a seiscientos Mega-Hertz. Su cuerpo era tan incontenible como excitación juvenil en table-dance. El sexo se deslizaba por sus cuerpos como tabla de juegos extremos y los contorsionismos eran los ejercicios para esa noche. El diminuto polvo que caía sobre las gotas de sudor de sus cuerpos, se divertía de lo lindo. Ella tenía entre las piernas un sexo bizco, ciclópeo, como de cizaña, y ella escandalosa —pero en quejidos— como las bolsas de las papitas. Lucas en veces se veía de espíritu postizo, falso; al principio se sentía un Abrahán celestial pero cuando Marcela terminó de amarlo, parecía Jesucristo al final de su viacrucis. Toda su figura parecía un retruécano predicado por Sor Juana, y eso que no era un hombre necio que acusa a la mujer sin razón.
Opción de cierre número uno:
La tía era demasiado imprevista, podía llegar a la casa con una sarta de insultos equivocados, con su recalcitrante modo de hacer las cosas a su manera o con una canasta: frutas de temporada y quelites o manojos de borraja, flor de tila y estafiate. Esa vez, muy de mañana llegó con una cubeta de alverjones y encima cuatro zapotes maduros. Va a la habitación de Marcela, ella está alistando su ropa. Se va a dar un baño. Lucas sigue durmiendo, ronca como motocicleta en subida.
—Buenos días hija, que, como te fue —su voz es muy baja, no quiere despertar al bello durmiente.
—¡Hay tía!, re bien, figúrese que este Lucas es bien ocurrente, ¡Hay cada cosa!, Pero de mi marido y él pos… que me perdone Ulises, pero resultó mejor amante aquí mis ojos— la coqueta mujer levanta repetidas veces las cejas y mira al hombre durmiendo, la pariente se da por entendida y le lanza a la espalda varonil sus ojos lujuriosos.
—Bueno tía me voy a dar un baño… y me voy a apurar porque tengo que ir a traer la leche—la mujer sale de la recámara y se dirige al baño, al final del corredor.
—Aja. —La tía se recuesta junto a Lucas, acaricia la espalda tratando de hacer cositas, él despierta y se da cuenta de las intenciones de la pariente, él explica que lo que ha hecho por su hermano, había sido por pura obligación y casi a la fuerza.
—No, tía, la mera verdad las mujeres, para mí ¡fuchi! Y no se me acerque más porque me da asco.
Opción de cierre número dos:
La cama no sólo había resultado tan cómoda como una pantufla, sino tan provocadora de sueños que siguieron los dos durmiendo hasta bien entrada la mañana. Habían utilizado ese espacio a manera de balneario veraniego: solaz y descampadamente. En la foto de estudio, colgada en una de las paredes de la habitación, los esposos se siguen viendo tan felices, sonrientes; tan lejos de saber el actual adulterio celebrado a consentimiento. Ulises no aparecería sino hasta la tarde. Poco a poco van desperezándose, despatarrando sus extremidades, bostezando, tallándose los ojos.
—Ulises, Ulises—Hajum, Hajum—Ya despierta, vete a bañar primero, tú tienes más prisa, ándale güey— Lucas se voltea hacia el otro costado
—No estés jodiendo, deja dormir… yo no soy Ulises. —el pensamiento de Marcela da un vuelco y de un chispazo recuerda todo. Lucas está medio despierto, ya no va a reconciliar el sueño. Ella se veía como una ininteligible mujer con pene, pero sus armas labiales del cuñado estaban listas para desramar su rejega pose de abeja reina, de mujer gobernadora. Confiesa estando con la cara oculta dentro del sobrecama, sigue con los ojos cerrados: —usé condón— Marcela se queda pasmada. Despierta del todo pues sabe que de ese modo no se puede.
—Usé condón.
—Y así para qué me sirves güey, si yo lo que quiero es un hijo…
—Pos la verdá lo único que quería era darte una probada. Se lo pedí a tu tía. Ella fue quien enredó las cosas… le tuve que dar una lana y tú me la vas a regresar. Si quieres tener un hijo mío te va a costar cinco mil pesos… con la garantía de que va a ser un chamaco chinguetas… como su padre.
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