—Y ¿Ahora qué vas a hacer con el vestido?
—Allí que se quede, como si me importara, pero triste Diana, conque me quería enjaretar su hijo si yo nunca nada con ella, a lo más, llegábamos a unas calenturas leves.
—¿Cómo te diste cuenta?
—Se fue a probar el vestido y no le quedaba, le habían tomado las medidas dos veces porque el vestido ya le habían cambiado la talla hace como quince días; y vez como es mi mamá, bien metiche y le saca la verdad. Dice mi mamá que se puso a llorar, pero nada se puede resolver, si ella hubiera sido sincera, sabes, hubiéramos resuelto el problema, pero ese engaño ninguno lo pasa, te lo aseguro. ¡Petra, dale vuelta al casete… se acabó! Si, como vez, son jaladas, he de estar salado para que me pasen tantas cosas, me roban mi bicicleta, voy a tomarme unas copas y me parten el hocico, pierde el Cruz Azul y.… y pues esto de Diana. ¡Se pasa!
—¿Y habían entregado las invitaciones?
—No, Martín iba a ser el padrino de invitaciones, me dijo que tenía otras deudas por pagar, pero en esta quincena sí iba a tener dinero para eso, al rato lo voy a ver para decirle las nuevas. se va a burlar el cabrón, pero ya ni modo.
—¡Voy por las tortillas y por allí voy a comprar azúcar…!
—Oyes. Pérate, no seas malita Petra y tráete una caguama, pero te la traes bien helada, sabes… te traes de las del fondo, esas sí están frías.
—Aja
—¿Dónde está tu mamá?
—Se fue por el vestido, pues ya está pagado y terminado.
—Bueno, me voy, nomás venía para enterarme de eso.
—Pérate, ¡No ves, fueron por la caguama! A poco crees que la mande a comprar para mí solo. Aguanta. Aguanta. Petra tiene también hecha la comida… ahorita comemos— Los dos amigos Fulgencio y Nicolás se quedaron platicando sobre el fútbol, sobre los asuntos del trabajo entre otras cosas.
Los dos trabajaban en una tienda de telas en la principal calle de la ciudad. La casa de Fulgencio se encontraba en la unidad habitacional de Santa Gertrudis en el municipio de Ocotlán en el Estado de Tlaxcala. Fulgencio tenía ganas de casarse, y como hombre prevenido, antes de comprometerse con Diana había salido varias veces y simultáneamente tanto con Diana como con Cristina. Cristina era una jovencita de diecinueve años que trabajaba en la papelería que estaba a un costado de la tienda de telas donde laboraba Fulgencio, era una mujer simpática y de cabello lacio. Fulgencio siguió saliendo con Cristina cuando se rompió el compromiso con Diana, pero Cristina no se enteró de su anterior relación y enlace. Al mes siguiente, Fulgencio le propuso matrimonio a Cristina y ésta acepto.
—Mamá, ven Mamá, ven a ver el vestido, lo trajo Fulgencio, ha de estar lindo.
—Estoy viendo la novela, vente para acá, allá en el comedor no hay buena luz niña— la señora se levanta del sofá y enciende la luz. En el centro de la sala hay una mesa de centro de madera y vidrio en tinte de cedro. La muchacha pone el vestido sobre la mesilla y ese mueble desaparece ante el enorme volumen de la prenda.
—Pero mira qué lindo.
—Sí, era la sorpresa que me tenía Fulgencio.
—Hay, pero sí parece que hasta sabía tus medidas, anda sácalo de la bolsa, quiero verlo completo, ¡Hay mi niña de blanco! Pero cuando iba yo a pensar que te ibas a casar tan pronto, pero ni modo, así es la vida. —Cristina saca el vestido, lo desempaca y se lo pone enfrente, como midiéndoselo. Toma la tela a la altura del muslo y lo abanica para dejar ver su esplendidez.
—Hay mamá estoy tan emocionada… y muy nerviosa.
—Hay no creas que yo no, hija, desde que me dijiste que te habían pedido en matrimonio no salgo de las preocupaciones, creo que hasta he bajado de peso nomás de la preocupación.
—Todo saldrá bien mamá, no te preocupes, yo soy la que no debo de subir o bajar de peso, que tal si luego ya no me queda el vestido.
—Oyes hija, pero anda, saca el tocado que también lo quiero ver. Mmm… es este. Hay mira nada más que encanto es como el que usó tu tía Narcisa, en forma de “v” en la frente, nomás que el de ella tenía unos como azares colgando, como toquilla árabe, tenía más pedrería, pero eso pasó de moda. A ver ven para que te lo vea puesto, tenemos que ir pensando de una vez como vas a ir peinada, no quiero que a la mera hora te vayan a querer poner cualquier chongo. Hay pero que linda, mira, te lo vamos a agarrar de acá y de acá para que no se te caiga o te lo jalen, acuérdate que vas a bailar a la “víbora de la mar” y luego jalan mucho el velo.
—Hay ma me pongo tan nerviosa, de que me vaya a tropezar allí entrando en la misa o a pasar cualquier otra cosa. ¡Ah! Tenemos que comprar las zapatillas, las medias, los ligueros y.… bueno todo lo demás que hace falta. Sí, tengo dinero para eso. Luego hago la lista.
—Hija, el viernes no vayas a salir a ningún lado, porque Mary está organizando tu despedida de soltera. Allí vas a recibir tus primeros regalos. A todo esto, hija ¿A dónde van a vivir?
—Mientras, vamos a vivir allí en su casa con mis futuros suegros, y su tío tiene un departamento rentando allá por Ocotelulco y se lo va a rentar barato, pero vamos a esperar un poco hasta que lo desocupen y le hagan unos arreglos.
—Bueno, hija eso no importa, el hombre, aunque sea pobre, pero honrado, y sobre todo que te quiera mucho hijo.
—¡Hay que emoción! Te juro que vamos a hacer muy felices y.… luego, luego quiero tener un bebe, tu primer nieto—En sus caras hay felicidad, regocijo, el compromiso avecindándose las llena de emoción, se entusiasman por el evento. Para la noche, el vestido quedaba colgado desde un sitio alto esperando sus futuros protagonismos.
La secretaria del párroco se acomoda en la silla, y observa el libro, el acta de nacimiento y las fotografías.
—¿Usted dice que se llama cómo?
—Cristina Portilla Méndez, vea, aquí está mi acta de nacimiento y mi fe de bautismo.
—Pues sí, pero… según parece este señor ya se casó, las amonestaciones corrieron hace tres meses y se casó en otra iglesia, aquí no. El nombre de la mujer con la que se casó se llama… mmmm. déjeme ver… aja Diana Hortensia Tlapale Ortega
—No, No es posible, ha de estar usted confundida. Él no está casado, su nombre completo es Fulgencio Pulido… ¿Cuál es su otro apellido mamá?
—No lo sé, pero allí está en su acta de nacimiento además usted ha de tener las fotografías que se dan para las amonestaciones.
—Sí, pero, las amonestaciones que se corrieron en estos meses todavía están pegadas en la vitrina a la entrada a la iglesia.
—¡Fabiola venga un momento por favor! — grita el párroco desde el interior de una oficina contigua—Las dos mujeres, madre e hija se quedan sin comprender nada, anonadadas ante la noticia. Se miran una a otra, en sus caras campea la sorpresa. La secretaria regresa.
—Lo siento, pero no se pueden casar, él ya está casado. Si quieren pueden ver las amonestaciones, aún están pegadas a la entrada de la iglesia.
—Gracias señorita, nosotras casi, casi nomás veníamos a pedir informes, pero… vamos a ir a ver cómo se resuelve este malentendido o que nos den explicaciones de esta burla. —recogen sus papeles y salen de la oficina. Cuando van a la iglesia van diciendo pestes y maldiciones, diálogos indescriptibles.
Cristina entró a su casa. El timón que gobernaba su templanza estalló por los aires, de modo tan eficaz que hizo un hoyuelo cavernoso en sus poderosos ojos vidriosos y animalescos. Estando así su aura azul color calma se transformó en amarilla color puntiagudo; el desarreglo de su espíritu, tan imprevisto y sólido como el esqueleto de un felino haría temblar al mismísimo diablo y observándola en cámara infrarroja se podría atisbar a una bestia que bufaba furia o a una máquina que fabricaba el carmesí calorífico propio de los elevados grados centígrados. Entró a su recámara y allí estaba el vestido, no encontró otra cosa en que vengar su dolor que en esa prenda —¡Maldito Fulgencio, me las vas a pagar! ¡Te querías burlar de mí, me querías ver la cara!, ¡Pero no se te hizo, no soy ninguna tonta y ahora veras! — La muchacha intempestiva, furiosa, toma los cerillos que están en el buró, arranca de un jalón el plástico que protege el vestido y empieza a lanzar cerillos encendidos desde su cama. Está encorajinada. Al vestido le van apareciendo llamas que luego se apagan, se le van haciendo una especie de lunares negros, hematomas tostados. La prenda va pasando de vestido blanco y pulcro a vestimenta: disfraz de traga fuegos.
La mamá de Fulgencio se codeaba muy bien con la cocina y se entendía de tú con las especias. Llegó Fulgencio a la cocina y con la habilidad de un tejón digirió todo lo que estaba sobre la mesa, luego se limpió con la manga del suéter— Ma voy a ir a ver a Cristina para ver cómo le quedó el vestido, horita le voy a decir lo de Diana. Espero que no se enoje.
—Y cómo crees que no se va a enojar, si eso acaba de pasar y tú ya te vas a casar de nuevo. Y lo peor es que con el mismo vestido. A ver si no te hace comprar otro. Porque a las mujeres no nos gusta eso de “cosas de segunda mano”.
—Bueno a ver cómo me va, nos vemos.
—Aja, ¡Oyes hijo, de regreso compras un litro de leche y pan para la cena!
Huyó su esperanza para casarse, como un tornado sobre los campos de Arkansas, cuando vio la cara de ella al abrirle la puerta, en ese momento era tan brava que un insulto de su boca podría de algún modo causar una infección. Ella lanzó su ponzoña exacerbada y cuidó muy bien de hacer a él con sus palabras el mayor mal, minando así el horrendo pecado que había cometido, haciendo y diciendo se fue contra él y casi desaparece ante los golpes y los insultos, había en todo el vecindario por culpa de esa camorra: palabras en estallido, cuchicheos tras las ventanas, griterías de los vecinos. El enamorado no podía explicar nada, nadie lo escuchaba, los otros no tenían oídos para escuchar sino sólo lengua para injuriar y brazos para golpear. Al hombre le nacían moretones por el cuerpo de igual modo como le habían nacido hematomas tostadas al vestido. En últimas supo que quien podría salvarle serían sus piernas, y no tenía otra opción, así que utilizó esa opción. Salió como tapón de sidra en noche de Navidad. Otro día explicaría las cosas, en ese momento no. Cuando regresó Fulgencio a su casa, su madre no le preguntó sobre el encargo que le había mandado traer. Tampoco lo iba a castigar con unos cuantos golpes, ese día ya había recibido su dotación. Esa noche no cenaron ni leche ni pan.
Dos días después los padres de ambos se reunieron para aclarar las cosas. Fue entonces cuando supieron que Fulgencio se iba a casar con Diana, pero se había suspendido la boda porque ella estaba embarazada de otro y quería comprometer a Fulgencio. También se supo que las amonestaciones habían corrido y como habían especificado una fecha y una iglesia pues en la catedral, la arquidiócesis dio por sentado el casamiento de Fulgencio en otra iglesia. Pero Fulgencio nunca aclaro el rompimiento del enlace. Otro de los datos relatado entre las dos familias era el de Cristina, ella había quemado con cerillos el vestido de novia y aunque se aclararan las cosas, el vestido quedaría inservible. Para esto, salió a relucir que la mamá de Fulgencio no sólo se hablaba de tú con las especias y la cocina sino también con la costura, y se convino en el arreglo con holanes, encajes y bipiur.
En el día de la boda el sol había despertado de buen humor, parecía todo él una serranía de ortigas amigables y como un rascacielos mancomunado con las nubes así se veía la relación del sol caliente con el evento que se avecindaba. A los vientos parecía los habían embalsamado y en esa tarde no pudieran molestar. En la casa de Fulgencio se vivía un entusiasmo desde tres días antes. En el patio se había puesto un manteado que cubría todo el patio, y uno más… pequeño, de color azul frente a la cocina de humo, allí se podía ver a la gente trabajando para hacer la comida. El mole ya lo tenían listo, faltaba que terminara de cocerse el pollo y el arroz. Los repartidores de refresco y cerveza descargaban cajas y Petra y algunas primas de Fulgencio adornaban el improvisado salón de fiesta. Al patio le habían echado agua para que a la hora de la fiesta no se levantara el polvo. Se había calculado muy bien el número de mesas y de sillas, pero el lugar resultaba pequeño para recibir a doscientas cincuenta personas sin contar el espacio que ocuparía el conjunto y sus bocinas. A la entrada, en el quicio del zaguán había una herradura de flores con dos lianas de margaritas que se extendían a los costados y allí frente a la casa, el coche de Nicolás, el amigo y compañero de Fulgencio; tenía el auto un adorno con globos, flores y listones.
Los miedos de Cristina sobre tropezarse a la entrada de la iglesia habían sido infundados, todo ocurrió normalmente como cualquier boda de pueblo, donde no falta un chilango, la naca o la despampanante mujer que roba miradas frente a los santos de la iglesia. El padre dio su sermón invariable sobre fidelidad y otras virtudes cristianas; y como siempre, no falta la enorme lista de amigos, conocidos y hasta desconocidos que pasan a tomarse la foto del recuerdo frente al altar. Mientras esto ocurría. Diana, con cuatro meses de embarazo, continuaba con sus vómitos todos los días, le daban mucho coraje esos malestares y siempre buscaba desquitarse con alguien, como no pudo convencer al padre de su hijo, pues iba a tener que resolver su asunto ella sola.
Fulgencio andaba como poseído, feliz porque se casaba, cargó a la novia y la introdujo a la casa, llevaban incienso, flores y un canasto de no sé qué, luego bailaron el guajolote, después de eso se fueron a meter a la sala todos los mayores, los padres y los novios, y luego la comida. Conforme transcurría la fiesta se iban vaciando las cazuelas de arroz, los chiquihuites de tortillas, los cartones de cerveza y refresco. Era de adorarse la pureza que tenían en sus pechos las muchachas, es una pureza semejante a la que anuncian en el agua de garrafón, ellas se veían encantadoras como hermosas piezas de joyería adornando la fiesta; y en el baile, los invitados de muchos lugares, van levantando en la zona el polvo, ellos y ellas sudorosos, las manos pegajosas, dando aplausos a las cumbias del conjunto y oliendo a perfume barato; son acomplejados, no levantan las manos cuando dice el animador porque, “¿Qué dirán los demás?”. El animador del conjunto se afanaba en amenizar el ambiente de la celebración, pero la gente poco, muy poco… seguía aplatanada. Fulgencio se quitó el traje y se fue a poner un pantalón de mezclilla con pinzas, una camisa anaranjada, botas chatas y un sombrero de pana. Se veía ridículo. La mera verdad había mucho naco en la boda. El eterno vals duró hasta las cansadas y luego se acostumbraba que, en las bodas, al novio lo conducían como a un muertito y le tocaban una marcha fúnebre y en la ocasión pues a la novia también, cuando empezaban a levantar a Cristina para pasearla como muertito le cayó encima, sobre el vestido un globo con sangre. De lejos Diana se marchaba entre empujones y gritando: —¡Ese era mi vestido y tú no lo vas a lucir mejor que yo!
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