Edgar Sánchez Quintana

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 —A mí como mujer no me interesa en lo más mínimo, los hijos del vecino, y viéndolo bien tampoco me han importado los míos o los que podría haber criado, los hijos como las frutas,  pueden darse o no, es una situación de lo más sensata, pensar en que tengo que sacrificar mi vida para dársela a otro, alguien que no conozco, que me arrebatará mis horas en las que podría disfrutar del fin de semana o las horas en que podría estar en un café platicando con mis amigas o el tiempo en el que podría estar ganando un poco más de dinero para poder vivir un tanto holgada; La vida actual, con un trabajo, no da de comer más que a una persona, compartir la subsistencia a la larga resulta demasiado cara, demasiado comprometida, es más, es injusta la existencia social cuando te enjaretan las obligaciones maternales, la pose de la mujer deseosa del hijo que espera, la romántica imagen de la hembra que se soba el abdomen viendo el horizonte ¡Son imágenes que horrorizan a una buena parte de mi generación! Pero mira que gracias a este espíritu indoblegable es como he podido salir airosa de tanto desajuste social. La actualidad ya no está para arcaísmos, yo pienso que necesitamos un estrujamiento o sacudimiento de esos mitos o de la pose abnegada de la mujer. ¿Por qué la mujer tiene que desprenderse de parte de su vida para entregársela a otra personita? Sí, eso está bien, lo haría uno con gusto porque así es como es nuestra naturaleza, internamente la naturaleza nos llama a la maternidad, nosotras queremos participar en la creación humana,  pero también,  la vida debe brindarnos bondades y también hacer dejar fructificar nuestros objetivos de vida, esas ilusiones que se quedan guardadas, los sueños imposiblemente realizados; es realmente cierto que el espíritu de la mujer es permanentemente contradictorio y vive generalmente perdido en ese laberinto de la inmediatez, en las cosas tangentes, prácticas, pero también en este tipo de espíritus se pueden realizar cosas que dignifican a un ser humano y no solamente por la maternidad. Muchas veces se piensa —y este pensamiento lo considero un pensamiento retrógrado—  que la mujer que no tiene hijos es una mujer fracasada, huera, es como un hermoso desierto de la nada, es lo inexistente; lo único que recibe de la gente es lástima, una efervescente compasión que a la larga termina uno creyéndolo, sabiéndose una inútil, como un terreno baldío donde no germina ni el pasto ni los quelites. O como la fábrica de óvulos cuya producción es sólo de números rojos porque la ganancia es fervientemente inexistente.

—Mientras me observo en el espejo, me siento poderosa, capaz de enfrentar cualquier crítica, cualquier expectativa social. Pero no puedo evitar notar el reflejo del armario, ligeramente entreabierto, donde guardo el disfraz de Gatúbela y las esposas que uso cuando él lo pide. Me río para mis adentros; ¿acaso no soy la misma mujer que acaba de declamar sobre la libertad y la independencia? El poder de las palabras se disuelve en la realidad de ese armario.

—¿Hay mucha crueldad en mi pensamiento? ¿Existe acaso un pensamiento perverso en estas ideas? ¿Es necesario continuar creyendo en los cuentos de hadas cuando sabemos que las pasiones humanas no lo son? En estas ideas no hay hostilidad sino confesión, de ideas que ya no se pueden sostener. Ya no es posible que sigan creyendo a la mujer como algo que no es, y yo precisamente odio que nos coloquen a las mujeres como unas entidades cándidas y puras; y en ocasiones hasta de tontas. Nosotras sabemos que nuestra vida es cuerpo, nuestro cuerpo se nos impone, él es un principio constitutivo de nosotras y también sabemos que el cuerpo se acaba, se inclina hacia la decadencia, se arruga, el tiempo lo aniquila.

—Mi cuerpo envejece, se transforma, siento el peso de los años y antes que ser mujer soy un ser humano; entonces, si sabemos que eso le pasa, porque seguir esperando y dejando que el tiempo nos pisoteé, o postrarnos sumisas también con él. Aja, la naturaleza nos impone cosas, la sociedad otras tantas y nuestra interioridad también, o sea que tenemos todo un cosmos de fuerzas destructoras e implacables que nos embisten. Nosotras vivimos con la lucha constante del conflicto originario del individuo, o sea ser y sobreponerse a las vicisitudes que nos acometen inclusive aquellas contra el sí mismo de nosotras.

—Muchas de nosotras, o sea, de mi generación no quieren saber nada sobre el matrimonio. Antes eran los hombres quienes salían corriendo ante la posibilidad de llegar al altar; ahora somos nosotras quienes no queremos escuchar esa palabra.  Un buen tanto de mujeres no quiere ataduras, consideran que nunca se van a casar, nosotras preferimos sólo andar jugueteando; sin embargo, tanto las mujeres como los hombres es cada vez más difícil comprometerse rápidamente con una persona. La impetuosidad cada vez es más que nada una imposibilidad. Es mejor, primero pensar las cosas a casarse con un orangután.

—Nosotras lo que queremos es divertirnos, y luego ya veremos… pero aparte los donjuanes no abundan. Nos gustaría que los hombres se comportaran un poco más accesibles, que fueran más audaces, dispuestos a quebrantar las reglas sociales, un tanto más pendientes de aquellas cosas que a nosotras las mujeres nos gustan, dados a complacer y disfrutar de la vida, de divertirse plenamente, o sea, tener un espíritu aventurero, guerrero, indomable pero dulces con nosotras en la vida diaria.

Acomoda el rubor con una brocha, los labios ya lucen brillantez y carmín, las pestañas presumen su física anti gravitatoria, todo se alista para un encuentro.

—¿Cómo sería la nueva concepción de la idea maternal, cuando el vientre materno es cambiado por un vientre externo, como lo sería una cuba materna que asemejara la matriz? ¿El apego al hijo sería el mismo? Si el caso es que el óvulo y el espermatozoide sean distintos a los procreadores creo que no habría problema al ser un parto normal, por química continúan con el sentido maternal, pero, considero que en el caso de las cubas maternales hay una separación del producto y de la madre, aunque los procreadores sean los mismos genéticamente. Este es uno de los problemas en los que se verán envueltos la sociedad en un futuro. ¿En donde radican los cambios en la mujer entonces? En lo Social, en lo biológico, y en el rol que tendremos con la pareja.

—Todas tenemos un derecho maternal, así como también todas tenemos el derecho a no querer tener hijos y del mismo modo, todas tenemos el derecho a decidir la manera de tener nuestros hijos. Nosotras —como ya lo dije anteriormente— no queremos dolor ni sacrificios, no nos gusta pasar por los dolores del parto, nosotras consideramos que es innecesario y menos dejar que nos hagan cesárea porque es igualmente una práctica de lo más anacrónica y salvaje, y tampoco entregarse a los quehaceres domésticos. Para muchas, es preferible tener el objetivo de lograr los cuatrocientos metros planos en alguna competencia u olimpiada, que el objetivo de tener hijos que muchas veces no les deja ninguna satisfacción y que en cambio raspa y merma nuestra calidad de vida; Claro, eso si  no contamos con un capital o con una solvencia económica holgada, porque si así fuera, nada nos detendría para ser madres solteras y comprar el mejor semen con las características genéticamente inigualables y con un óvulo —no le hace que no sea mío— con la arquitectura  biológica más avanzada, y de los cuidados pues que allí se encarguen las instituciones o las indias mexicanas, aunque sí son las mexicanas, terminamos perdiendo porque estas les enseñan su cultura y su folclor de país tercermundista, y después andamos preguntando las causas de los continuos “boom latinoamericanos”.

—¿Qué haces tú allí, otra vez hablando a solas frente al espejo?

—Ha, hola mi amor, como estás, no te esperaba.

—Es viernes.

—¡Qué bueno!

—Busca mis pantuflas… ¿Compraste la cuerda que te dije el otro día?

—Si allí está guardada, para que la quieres.

—Porque “esta noche cena pancho” y tú vas a disfrutar del mejor sadomasoquismo jamás sentido.

—¡De veras mi amor… de veras me vas a dar ese gusto! ¡Mi fantasía de muchos años, el juego que siempre he querido sentir, gracias mi amor, gracias!

—¡Si, pero ya… busca mis pantuflas pendeja… apúrate! —Dócil la mujer accede a los mandatos de su macho.

Se dirige al pasillo hacia la estancia contigua, reflexionando.

—¡Me río de mí misma! He hablado tanto de la libertad y del rechazo al sacrificio, pero aquí estoy, entregándome al juego que él desea. ¿Soy libre o simplemente he aprendido a disimular mis cadenas? Tal vez la libertad no es más que una ilusión, un espejismo que desaparece cuando te acercas. Y mientras siga siendo prisionera de mis propios miedos, seguiré fingiendo que no los veo.

Mañana volveré a mirarme en ese espejo, y quizás esta vez encontraré la fuerza para romperlo.

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