Edgar Sánchez Quintana

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—Una de mis parientes vino a encerar de nuevo la historia que había olvidado. A ella le duelen las rodillas porque dice que le da miedo el hospital, y yo, sin embargo, sigo escuchando las estruendosas calderas de esta fábrica de sanos. Percibo sus chisguetes de vapor, las distintas televisiones de los pacientes, el sacrificio que tienen que hacer estas paredes para soportar los hedores, la asepsia, la hierba de gasas y vendas que crecen por los cuerpos de los insanos, de los accidentados o desahuciados. Con algo he de sopesar este como espejismo, el terror, la pesadilla monzónica que me persigue. Se escucha el “curucú” de las palomas tras el vidrio, por fuera de la ventana, aves de lo más grisáceas… ¡Malditas pajarracas! Cómo me gustaría ser de nuevo un hombre joven para así ir corriendo al mercado a comprar un charpe y partirles el pico en dos, dejar que caigan desde estas alturas como costales de cemento, muertas, totalmente difuntas. No se me escaparía ni una porque, cuando era chamaco, era el rey del charpe, con una puntería de tuerto de barriada. Pero mi realidad actual es otra, no tiene gloria. El canto de mi aura se ha opacado, hay en mí una deserción de fuerzas vitales; los brazos del Señor Muerte se extienden hacia mí con ternura santificada. —

—Faltará poco para que me transforme en un cadáver, tal vez unos días o tal vez veinticuatro horas. Mi situación no me permite otra cosa distinta, pero, aun así, continúo circulando por los pasillos, buscando mi espacio con el aura tan poderosa que me cargo. Sigo golpeando las espinillas con ese aire gélido que obtengo de entre las patas de las camas. Mi sombra continúa importunando a los hombres de blanco, a las visitas de las cuatro de la tarde, a los sistemas eléctricos y elevadores. Sigo con esto y con lo otro, y no me quedo quieto porque tengo aún cosas pendientes. Sigo aquí en este mundo inútil porque aún no tengo la oportunidad de decirles a mis hijos que los quiero y que deseo que me perdonen. El martes que viene estaré en el cielo, disfrutando de unas vacaciones esplendorosamente eternas, coloreadas de quietud, avecindado con esa bandada de alados sin sexo que presumen blancura virginal. Ya mi silvestre desahogo lame la oleaginosa unción acreditada, y mis ojos recortan e intuyen la luz del bosque paradisíaco. —

Los hombres de negro atraviesan los muros del edificio. Los laberínticos pasillos del hospital no tienen sentido para ellos; el par de individuos tal parece como si tuvieran una misión precisa, como buscar darle al clavo. Ni siquiera observan los alimentos del comedor, ni a la parturienta que se afana en dar a luz, ni al policía que acomoda las credenciales de los visitantes. Solo tienen una misión: hacer cumplir al testarudo los designios establecidos. Llegan frente al desahuciado, observan su cara costrosa, como cáscara hibernando en cloroformo, y su cuerpo como una caja vacía, tal cual un portafolio fofo, como cascarón huero. Observan la tenue y azulada luz umbilical, hacen chocar pequeños objetos en ella, y la larga línea se vuelve fosforescente. Siguen el listón con detenimiento hasta dar con el aura desobediente.

—Con que querías hacerte el chistosito, aja, pero aquí vamos a darte tu medicina—. Al aura torcida le empiezan a llover una serie de golpes, patadas y quebradero de huesos (en sentido figurado). Su contorno se estremece con tantos raspones, asolamientos y coscorrones. El esplendor de su espíritu se opaca ante tanto sopapo, y no le quedan ganas de seguir negándose. Lo arrastran maltrecho hasta el cascarón que tiene por cuerpo. Observan, como por una visión calorífica, la radiación de su organismo. Uno de ellos saca de entre sus ropas unas tijeras grandes, como para cortar el césped, y tasajea el cordón. El cuerpo se estremece, se tensa y finalmente expira. La enfermera llega ante el nuevo muerto, checa los signos vitales y se da cuenta de que ya no tiene ninguno. Llama al médico de guardia, y los enfermeros llegan con los distintos instrumentos. Ya no hay más que hacer. Los hombres de negro enredan el cabo en la esfera, como boya inquieta; la depositan en un cántaro humoso, casi transparente como de agua y gel. Se dan la vuelta y se van por donde vinieron. Los profesionistas de la salud salen en grupo con paso lento pero seguro; el último en salir tapa la cara con la sábana. El cadáver poco a poco se va enfriando. Al cuarto entra una señora blanca, de ojos verdosos y de pelo quebrado. Levanta la sábana y observa el rostro; esa cara ha perdido su historia, le han quedado las cicatrices, las arrugas, el tiempo que ha barnizado en todo momento. Despierta en la señora compasión, perdón a cualquier cosa ocurrida durante su existencia, pero ya nadie escucha. En la calle vecina al hospital hay un niño juguetón con un charpe; las palomas están temerosas, no cabe duda de que la vida es un círculo que termina y empieza como un molinillo sin fin.

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