Cuando dejé de caminar, se acumuló el porvenir en mi consecuente mirada. Observé la cascada de entusiasmo de los transeúntes, y mis avaras manos alcanzaron la atmósfera. Me enverdecí de gusto. Las aguas de mi herencia me convidaron un zumo de locura. Los mediterráneos descalabros del pasado me perseguían, pero yo los enfrentaba como si fuera un toro herido. Las parroquias me acosaron, yo no quería, pero… a punta de compromiso fui a misa, y el virtuoso crucificado me obligó a ser puro amor. Me vi obligado a querer a toda la manada de: saltamontes, chimpancés, koalas, hormigas, chupacabras, cebras, iguanas. Utilicé todas las teorías, me hice de argumentos científicos para esta odisea. Almacené gran cantidad de besos y abrazos en mi cuerpo para donarlos, aquí bajo mi brazo, en el sobaco, abajo de la lengua, en el esófago, en el ronquido de mi voz, en los nervios, en la sonrisa, entre las aberturas de los poros. Mi tenacidad era tal que borboteaba como la sangre en un cerdo herido. La intrepidez fue tal que desaparecieron los hombres y se presentó ante mí el amor en persona. Amor me dijo que eso era demasiado. Que la locura había sitiado la ciudad y se había posesionado de la sustancia. Que el gran cenote de amor que quería escanciar pronto se convertiría en orín de hormiga; que aquellos en la ciudad lo beben sin consideración, despilfarrándolo en las cosas, en los cuchitriles, en la vacuidad, en las visiones que aparecen de repente, en la cara de los elementos. Amor me invitó a su mansión, y era el paraíso.
Estando allí, el Edén lucía la felicidad con un gran moño en el horizonte. Sólo con eso. Sólo eso, y se enredó la sonrisa en mis labios. Busqué un sitio donde convidar a la siesta a un paseo de sueños y me encaminé a sus arbustos, cerca del árbol de la representación. El árbol se alisó las ramas con un poco de viento e infló sus frutos con agua nutricia. Me embriagué de sueño, y la embriaguez me llegó hasta los pulmones, recorrió mis uñas, los tendones, el bigote, mi sexo y llegó a mi tórax. Y soñé que era un hombre llamado Edgar, licenciado en filosofía, y que vivía en Tlaxcala. Desperté de esa dolorosa pesadilla que había dejado una llaga en el ojo izquierdo. Cuando me despabilaba, llegó Amor y me dijo:
—Tú ya me aburriste con tu creatividad, prefiero que seas mediocre. Vete allá donde te encontré. Es verdad que no puedes dar amor a todo el que encuentres. Pero, aunque sea ve a dárselo a las putas en vez de estar aquí de holgazán.
Le hice caso y ahora estoy aquí destartalando mi sentimiento para darlo. Me he dado a la tarea de trabajar como un dulce en lengua de infante.
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