Edgar Sánchez Quintana

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No acordó nada, sólo sucedió a partir del cumpleaños de Ramiro. Ella no le daría el abrazo porque lo quería, —aunque a primera vista esto suene ilógico— sin embargo, Alejandra no podía ponerse en evidencia. Prefería guardarse ese deseo, verse recatada; aunque Ramiro sabía que cosa sucedía.

—Quiero comentarte algo —dice Ramiro acercándose a ella mientras trabaja en la cocina— pero no se lo digas a nadie porque Gabriela me dijo que no se lo dijera a nadie. —No, ¿cuándo me has visto que ande comentando las cosas? —Bueno pues, Gabriela me dijo que dos personas le habían dicho que tú eras mi novia. Una persona había sido su sirvienta y la otra persona no sé quién es, y pues, resulta que ella está celosa de ti. —¡Ah! Ahora ya sé por qué no me quiere hablar. Si antes me saludaba bien, me hablaba, y ahora ya no. —Lo que pasa es que, como comprenderás, ella fue mi novia, y creo que todavía siente algo por mí. Aunque no puedo negar que yo también siento algo por ella. No sé qué cosa es, pero creo que la sigo queriendo. Pero… necesito decirte otra cosa, Alejandra. También siento algo por ti, tengo ganas de atraparte. ¿Tú sientes algo por mí? —Pues sólo hemos sido amigos, y yo quiero que sigamos siendo amigos —dice la muchacha mientras que sus manos trabajan en los trastos y sus ojos observan al apuesto joven. Es evidente el enamoramiento al verle. —No, pero a mí no se me quitan las ganas de atraparte. —Pero ¿y por qué no me hablabas antes y ahora sí? Si antes de que me dejaras de hablar nos llevábamos bien. —Porque tú me dijiste que ya no te molestara. —No, pero ya no platicabas, y platicar no es molestar. —Pues sí, para mí sí, porque platicar con alguien es ya atrapar, y eso es lo que yo quiero. —No, somos amigos y quiero que sigamos siendo amigos. —¿A poco no sientes algo por mí? —Sí, pero sólo como amigos. —¿Qué acaso soy feo? —No, no eres feo. —Entonces… —Lo que pasa es que simplemente no puede ser… ya tengo novio. —No importa, podemos querer o a poco no —el joven toma de la cintura a la criada y soba esa parte. Ella se ha subido a un banco para poner algunos recipientes en la alacena. —No, ya déjeme. —Ya te había dicho que yo soy bien pícaro, o sea, bien travieso. —Sí, ahora ya sé por qué Daniel me había dicho que tuviera cuidado con usted. Yo le dije que usted no era así. —No, lo que pasa es que ellos ya conocen que yo soy bien travieso. Si he actuado contigo así es porque no quería hacer daño. Por eso, cuando me dijiste que ya no te molestara, ya no te molesté; pero ahora que sucedió esto que dijo Gabriela, voy a continuar. Aparte de otra razón que tengo. —¿Qué cosa? —¿Por qué no me diste mi abrazo de cumpleaños? —¿A poco quería que se lo diera? —Sí, eso era importante para mí, quería sentir tu cuerpecito cerca. ¿Puedo esperanzarme en que todavía me lo darás? —No lo sé. —¿Acaso no sabes lo que significa un abrazo de cumpleaños? Es el gesto de afecto por una persona, es el congratularse de que existe, es el demostrar un sentimiento, aunque sea mínimo. Pero como no has querido, te lo voy a arrebatar, y no sólo eso, sino que esos abrazos los voy a multiplicar por veinte, porque quiero atraparte. —Sí, pero yo no quiero. —Pues ni modo, ahora me aguantas, porque sabes una cosa: a Gabriela no le vas a cambiar la opinión de que tú eras mi novia, porque ella sabe que yo soy bien canijo. —Entonces está celosa. —Sí está celosa, ya te dije que me sigue queriendo, pero también creo que tú también sientes algo por mí. ¿A poco no te pongo nerviosa? Yo sé que sí, y no mientas, Alejandra. —¡Oh! Ya déjeme. —¿Qué, no te gusta que te acaricie la cintura? —No, me hace sentir mal. —¿Qué tanto es una caricia? Al contrario, las caricias hacen nacer sentimientos. —Bueno, pues dígame bien por qué no me hablaba si platicar no es molestar. —Ya te dije que para mí sí, porque con el verbo se seduce, se atrapa, y si hablo voy a guiar todo para atraparte, para que caigas, y eso es lo que voy a hacer, aunque no quieras, voy a andarte correteando y no te voy a dejar hasta que me odies. —No, yo nunca lo voy a odiar, pero… ¡ya déjeme!… ¿Por qué no va y molesta a Gabriela? —No, a ella ya la molesté mucho. Soy una pesadilla.

El joven se acerca mientras la sirvienta limpia la mesa y le toma la mano en cuanto pasa el trapo cerca. La corretea alrededor de la mesa. Alejandra, con una sonrisa amarrada a los dientes, corre con pasos cortos y sube por los escalones al primer piso. Ramiro la sigue pensando en una cosa: atraparla para arrancarle abrazos y besos. Para Alejandra, esto no es más que un jueguito de “al gato y al ratón”, un correteo infantil. Para Ramiro, va más allá de eso; quiere amarla y saber cuáles son sus límites, necesita conocer hasta dónde permite Alejandra el acercamiento. Antes de que peligre el sexo, lo evapora lascivo. Ramiro, en su relación con Gabriela, fue un volcán pasional donde el ganador fue él, en tanto que Gabriela recuerda buenos momentos y tiene un sentimiento de deseo, de querer a Ramiro, de desear tenerlo siempre cerca, de vivir todos los momentos juntos. Pero Ramiro no está dispuesto a perderse de las aventuras amorosas de la vida —él sabe que cachorra y alternada la vida se repite en vectores de sentimiento—, él ha preferido amar a muchas y compartir el amor con las que sean suficientes. Mientras, Ramiro ha entrado a la recámara de la sirvienta; al tratar de abrazarla, Alejandra se transforma en Gabriela a los ojos de Ramiro. Es el hechizo que ha formulado su exnovia para vengarse del “don Juan”.

Cuando Ramiro intenta abrazar a Alejandra en la habitación, de repente se detiene. Algo en su mente se quiebra al ver cómo la imagen de Gabriela se superpone con la de Alejandra. Las dos mujeres se funden en una sola en su mente, haciendo que Ramiro se sienta atrapado en su propia confusión. El hechizo de su exnovia no era uno de magia, sino uno de emociones no resueltas, de deseos no comprendidos. En un instante de lucidez, Ramiro se da cuenta de que no es Alejandra a quien desea, sino la idea de Gabriela, una idea que ya no existe en la realidad. Se aleja, dejando a Alejandra perpleja y sola en la habitación, mientras él se enfrenta a la dolorosa verdad de que ha estado persiguiendo fantasmas, incapaz de vivir el presente.

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