Edgar Sánchez Quintana

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—Que dicen, nos vamos a “Buenos Aires” o vamos a coger víboras por aquél lado de la cueva— dijo Toño, el niño pecoso y escuálido a la tercia de chamacos mocudos.

—Hay donde gusten— dice Marcial sujetándose el zapato puesto sobre el guarda fango de la bicicleta de Toño.

— ¡Chin—chin el último en llegar a “Buenos Aires”! — Gritó Andrés, al tiempo que estrujaba la bicicleta para ganar tiempo. Toño pierde el equilibrio y cae  provocando la carcajada que se escabulle por los rines alocados.

—Si serás güey — acierta a decir Oscar mientras esquiva los pedruscos de la calle.

El pueblo permanecía en anonimato permanente, sólo tuvo ocasión de ponerse protagónico de chiripa, cuando un general norteamericano se perdió por la sierra  persiguiendo a la única división militar que invadió su territorio, y por accidente, llegó a la planicie sedienta de Risco Alto. El Santo del pueblo era San Isidro Labrador: milagrero en lluvias benéficas, pero, resultaba infructuoso el responsorio y aun así, se celebraba el 15 de mayo con el alborozo tempranero de las molinderas.

El sol rabioso atacaba los arbustos con temperatura delirante. Las alimañas buscaban los charcos de sombra que fugitivos se movían al compás del día. Los soplidos insignificantes del viento resultaban ingratos sobre la piel. Al cuarteto de chamacos les atosigaba el vientecillo en las gargantas,  pero eso no les impedía correr a la vagancia. “Buenos aires” era el sitio ideal para remendar una aventura, era el basurero del pueblo, y no faltaba quien fuera a tirar: la estufa, la taza de baño, los colchones, las máquinas descompuestas, la chatarra, los trebejos oxidados, o las estructuras de algún negocio fracasado; en fin, la basura era preferente en este listado. Era allí el ambiente viciado por los distintos elementos en descomposición, fermentaciones y hedores se generaban en cantidades proporcionales al pueblo, por tal razón ya no hay que explicar más el irónico nombre.

A los muchachos les gustaba husmear en los desperdicios y descubrir entre todo lo inservible aquello que era un verdadero hallazgo, para unos era la canica en el interior de las botellas, los resortes, los espejos, las bobinas de motor, los lapiceros, las cuentas, los juguetes maltrechos; además los libros de cocina, las revistas pornográficas, las gomas, y jeringas hipodérmicas, entre mil cosas. Los niños jugaban, correteaban por entre los trebejos, por los cerros de tierra y escombro, brincaban sobre las pilas de colchones, formando casas, rampas, cárceles, escondites. En sus cabezas había odiseas, conquistas, guerras, creaciones, invenciones de mundos insólitos; en veces era el naufragio o la llegada a la luna o la batalla con monstruos sin cabeza, todo ello recreado en el ambiente de “Buenos aires”, sin olvidar el sitio “La cueva”: lugar lejano pero que no por eso, dejaba de ser atractivo para el cuarteto de mocudos.

Toño, Andrés, Marcial y Oscar eran los inseparables del barrio, y aunque había otros niños que querían sumarse a la pandilla no aguantaban las bromas pesadas de los llamados: “mocos verdes”; los cuatro tenían ojos aceitunados o bien café claro y eran de tez blanca, y cabello negro, a excepción de Marcial que era pelirrojo y de pecas rozagantes.

Al llegar a la explanada del basurero, Andrés entra a la rampa de madera mal puesta y al intuir el brinco empuja desde los pedales la bicicleta que sigue su rumbo sin dirección dando rebotes por entre un desvencijado catre y los cerros de escombro, mientras él, rebota en esqueletos de colchones oxidados. Los otros tres pícaros hacen su aparición con una ocurrencia peculiar. Oscar llega y derrapa levantando una nube gruesa como para una asfixia. Marcial entre la nube de polvo no ve nada y se va derecho estampándose en las llantas apiladas, Toño llega tosiendo, agotado por el esfuerzo, sufre de asma; entre dientes susurra barbaridades.

Entran al escondite:

—Les voy a contar un cuento de “Cabe” nuestro enemigo— dice Toño acomodándose en una silla mal puesta. En derredor, los almanaques de revistas pornográficas alegran la vista. — Era un niño que se llamaba Cabe y de pronto llegó el policía bien rápido por el niño porque se había robado unas pelotas del CAPEP y la policía lo agarró con esposas y lo llevó a una celda muy fea, obscura y sin dar comida donde tenían una gota de ácido que caía y caía y cuanto más caía más se deshacía el niño — el chiquillo hace la copla con sonsonete aniñado.

“cabe es

Cabeza de marro

Te pareces al marrano”.

— ¡Ha! Ya cállate. Si de veras quieres ponerte con él, ve y sácalo de la cantina — aconseja Marcial, entretanto se enjuaga el sudor con la camiseta, y continúa. Sus pecas siguen pegadas a la cara. — ¿Quieren que les cuente un chiste?… Bueno… ¿Quién es más limpio, el cerdo o el marrano?

—No lo sé — dice Andrés, los otros dos levantan los hombros, — a ver cuál es más limpio.

— Es el marrano porque cuando se le pregunta al marrano: ¿cuándo te bañaste? El marrano dice: oinc—oinc (hoy—hoy).

—Mi papá me platicó— dice Andrés, girando una botella en el suelo — que cuando él era joven conoció a un señor, y era demasiado loco, que él no llegaba a la peluquería a hacerse un corte de pelo porque él mismo se lo hacía, pero quemándoselo con un encendedor… en serio; ya cuando lo sentía largo, les prendía a sus chimpas y se las dejaba todas chamuscadas bien feo. También me contó que ese señor cuando fue a sacarse la foto para tener la credencial de elector llegó con caballo y vestido de vaquero y le dijo a la encargada de las oficinas del I.F.E.: —Sí, aquí quiero, sáqueme la foto aquí montado en mi caballo y con sombrero para que no salga yo despeinado.

—Si tu papá es bien mentiroso, tu que te pones a creerle, por muy loco que esté, a poco no va a sentir el calor en las orejas— pronuncia Marcial.

—Bueno, es lo que me contó mi papá si no quieres creer pues allá tú.

Francisco Dyer era apodado “Cabe”, era un infante de padres extranjeros, pero él había nacido en Risco Alto, Municipio de Ascensión, México. La decisión de quedarse en el pueblo había sido por obstinación del destino. Su padre tenía una tienda de ropa y una cantina. El apodo era porque tenía la cabeza grande en comparación a su cuerpo. Era un niño egoísta, mal educado y caprichoso. El niño estaba como para el desprecio instantáneo, tenía la sangre pesada, sus maldades llegaban desde la crueldad con los animales, hasta la villanía más precoz.

A Francisco Dyer le había encargado su padre en esa tarde, llevar al basurero unas cajas con desperdicios de las tiendas. El camión recolector había pasado, sin llevárselas. “Frank” (así le decía su madre) estaba castigado por haber tomado dinero de la caja de ahorros, había comprado con el dinero, los petardos que en la mañana había lanzado al bote de la basura a la hora del recreo. Cuando llegó Francisco Dyer al basurero, con los desechos de los negocios, intuyó que podrían estar los “mocos verdes”, pero se serenó al pensar que en realidad no lo esperaban.

El camión de la basura venía dando giros por el cerro del “mogote” mientras que Francisco Dyer se parapetaba en las mismas cajas que llevaba a tirar. Lo habían descubierto.

“cabe es

Cabeza de marro

Te pareces al marrano.”

— ¡Ahora sí nos las vas a pagar todas juntas, cabrón! — Pronuncia Marcial enjaretado en un bacín como casco.

—Qué tal si le aventamos de los globos con pintura que tenemos reservados para las grandes ocasiones — aconseja Toño ataviado con propiedad como para una batalla.

El camión aparecía en escena con una fiesta de sonidos. Es el crepitar sin miramientos, es el anudamiento de truenos, es el zapateo de desajustes, de traca—tracas, de rechinamientos meneados al unísono. Con la reversa puesta el camión se invita sólo al barranco donde se encuentra Francisco Dyer parapetado en las cajas de cartón, justo abajo de la enorme carga de basura. El camión con los movimientos calculados, se para al filo y levanta la carga que empieza a resbalar.

“cabe es

Cabeza de marro

Te pareces al marrano”.

Mientras le lanzan con todo, piedras, botellas y llantas. De volteo, caen las toneladas de basura quedando el niño sepultado. Los niños se pasman por lo sucedido, y huyen como nido de ratas al descubierto. Cuando van por el cerro del “mogote” recapacitan. El camión recolector de basura pasa con su tronadero a toda prisa como si fuera una emergencia el recoger la basura.

— ¡Cabrones, le calló toda la mierda! Y ahora que, le avisamos a su papá o lo sacamos de allí — dice Oscar nervioso y asustado.

—Se me hace que mejor vamos a pedir ayuda — comenta Andrés.

— ¡No sean pendejos! Cuando regresemos ya va a estar muerto, mejor síganme, vamos a ver si lo podemos sacar— razona Marcial y de momento le da vueltas a su bicicleta, al arrancar se le cae el bacín que trae de casco.

— ¡Ahora sí nos van a castigar por esta! — pronuncia Toño y continúa — pero todo por culpa de ese pinche “cabe”, si nos castigan porque la hacemos o bien porque no la hacemos y al fin de cuentas es por su culpa. Ahora que nos debía tantas, Y ahora tenemos que hacerle hasta el favor al idiota…cof, cof, cof…no levantes tanto polvo, pinche Marcial…cof, cof. ¡Puto, abusón! —el preocupado cuarteto de mocudos entra de vuelta al basurero, y dejan las bicicletas muy cerca del escondite. Marcial y Oscar se meten al escondrijo y se deshacen de los armamentos que traían colgando, en tanto que Toño y Andrés ya están derrapando en la inclinada pendiente hacia el último cerro de basura por donde se encontraba Francisco Dyer.

Francisco Dyer se encontraba vivo pero presionado por la basura, al recibir el empuje de la basura, había sido lanzado al interior de un tambo. El olor y el calor hacía irrespirable el estrecho aire, con esa cantidad de oxigeno viviría aproximadamente tres horas. El apachurrado chamaco se había desesperado en los primeros siete minutos, pero, cuando escucho unos sonidos apagados, el desbarranco de piedras y un cof—cof, lejano; pensó que no estaba perdido todo. Tanto Toño como Andrés llevaban en sus manos unos garfios, o bastones con gancho; era la herramienta que utilizaban para jalar, levantar y hurgar en la basura.

A Francisco Dyer le empezaron los sofocos, las alucinaciones vendrían después.

Los cuatro niños cavaban con todo, tratando de salvar la vida de “cabe”. La enemistad ya no les importaba, sino la empresa de sacarlo del montón de basura. Habían pasado dos horas cuando pudieron penetrar un lazo con el garfio al tambo donde se encontraba el accidentado a punto del desmayo. Francisco Dyer pudo amarrar el tambo con una solera atravesada en la boca del gran recipiente antes de desmayarse. Y fue cuando regresó el camión de la basura, acompañado de los cuerpos de rescate, de la cruz roja, de los padres del niño accidentado. El chofer del camión se había dado cuenta de lo sucedido y había ido al pueblo a pedir ayuda. Solo faltaba remolcar la soga y tirar de ella para que saliera el tambo con todo y niño.

Cuando estuvo en recuperación. El niño comentaba que se le había aparecido un señor que le decía que lo salvaría, pero, le encomendaba que le dijera a toda la comunidad del pueblo que quería que le construyeran una capilla en ese sitio. Los feligreses del pueblo de Risco Alto ahora tienen a dos santos milagreros que son: San Isidro Labrador: milagrero en lluvias benéficas y San Francisco de “Buenos Aires”: protector de los niños mártires.

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