Edgar Sánchez Quintana

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El río siempre ha estado allí, pero lo que apareció fue reciente y muy inesperado. Los antiguos tlaxcaltecas lo sabían, aunque nunca pudieron expresarlo. El río Zahuapan ha sido, desde antes de que se edificara la ciudad, parte integral del paisaje de este sitio anclado en el altiplano mexicano. En sus inicios, el agua era cristalina, pero con el paso de los años se transformó en un líquido turbio y contaminado.

Yo estaba presente cuando instalaron las barreras de contención, que en ese momento me parecían exageradas y colosales. Se construyeron enormes muros debido al constante peligro de desbordamiento durante las tormentas. Estudiaba en la escuela primaria Emiliano Zapata, y recuerdo que colocaron un rompeolas cerca de la escuela, aunque no soportaba los embates del torrente.

La escuela, el río y sus alrededores están llenos de historias, algunas de las cuales dejaron una huella profunda en mi vida. Los recreos eran una constante fuente de diversión; cada uno era único, lleno de acontecimientos, desde jugar con amigos y patear una pelota hasta corretear a la niña simpática del salón. A veces, escapábamos a jugar en la “playita”, un lugar solitario formado por la arena dejada por el río.

A unos setenta metros de la escuela, se encuentra el puente rojo, famoso por su nombre. Esta estructura carmesí conecta la región norte de Tlaxcala con el centro. A su lado, se encuentra la fábrica Zahuapan, una maquiladora de telas. Con el tiempo, nos acostumbramos a los sonidos y vibraciones de la fábrica, incluso llegamos a conocerla por dentro.

La fábrica tenía un drenaje amplio que se unía al desagüe pluvial de la avenida Guridi y Alcocer, que terminaba en el río. Para los niños, este sitio era toda una aventura, conocido como “la cueva del diablo”. Mi hermano Damián era intrépido y disfrutaba asustando a los demás niños cerca de la cueva.

Para entrar, teníamos que bajar el muro de contención, pisar piedras y luego la arcilla. Entre los huecos y la basura se escondían los nidos de ratas, y enfrentarlas era una prueba de valentía. Caminábamos junto al muro unos veinte pasos hasta llegar a la balaustrada indómita. Allí, el sonido de un aire extraño resonaba, parecía que algo hablaba desde dentro de la caverna. Mi hermano Damián lideraba el grupo, animándonos a mí y a otros tres chicos, pero todos quedábamos estremecidos al ver la silueta de lo que parecía ser el hijo de la llorona.

El sonido misterioso y la silueta al final de la cueva parecían acercarse cada vez más. Los niños se miraron unos a otros, sin saber si retroceder o avanzar. De repente, una corriente de aire frío atravesó la cueva, empujando un olor a humedad y descomposición. Damián, siempre el más valiente, decidió seguir adelante, pero antes de que pudiera dar un paso más, una figura emergió de las sombras. No era el hijo de la llorona, ni un monstruo, sino un anciano, su rostro arrugado y cubierto de tierra, sus ropas harapientas. «Este río me lo arrebató todo», murmuró, su voz ronca y quebrada. «Mi familia, mi hogar… todo se lo llevó el agua». Los niños, sorprendidos y asustados, se quedaron congelados en su lugar. El anciano les contó cómo había perdido a su familia en una inundación años atrás y cómo había jurado vigilar el río, atrapado entre la vida y la muerte. Antes de que pudieran reaccionar, el anciano se desvaneció en el aire, como si nunca hubiera estado allí. Desde ese día, los niños nunca volvieron a jugar cerca del río, sabiendo que había algo más profundo y oscuro en sus aguas de lo que jamás podrían comprender.

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