Edgar Sánchez Quintana

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—Nací cuando mi padre sembró en el traspatio un árbol de manzana. Mi abuelo tenía una huerta, y quienes ayudaban con la cosecha eran en parte los tarahumaras. En el momento en que mi padre regaba el árbol, yo abría los ojos a la vida.

—Después de tantos años, ahora bajo la sombra de este manzano, sentado en la silla de cedro, miro el rojizo horizonte norteño. Siento una satisfacción similar a la del manzano, que después de dar frutos en cada cosecha, sigue siendo útil al cubrirme del sol tardío y del viento del Este que, desde la loma de «La Estrella», se arremolina sobre los pastos resecos.

—La existencia me ha brindado un florilegio aceptable. La vida ha sido seductora. «No sé si me he encontrado o sigo buscándome» —como diría Artaud—. El yo que podría ser sigue estando en algún lado, interno, como un órgano de la conciencia o una parte esencial del ego. Considero que nunca he sido el mismo; podría ser irónico —como Sócrates— pensar que sólo sé que desconozco muchas cosas, que mi saber es limitado. La percepción que ahora experimento me lleva al disfrute del paisaje. Los cincuenta años que tengo no me inducen a reconsiderar lo bueno y lo malo de mi existencia, sino solo a la contemplación total, armónica con lo que me rodea.

—Cuando el manzano encontró su lugar, yo llegaba al mundo en una noche pacífica, con la luna salpicando su luz en las tres ramitas flácidas del árbol. No me imagino cómo pudieron configurarse las minúsculas raicillas en un ambiente extraño, nuevo, inesperado; donde la naturaleza externa intimida a la naturaleza interna del pequeño tronco, las pocas hojas, el musgo de las raíces. Y cómo fue desarrollándose, sorbiendo las nutritivas sustancias del suelo, del agua y sus minerales. No puedo comprender esa maravilla de la creación que permite a una planta enraizarse en un universo desconocido, y cómo es que, sabiéndose cobijada, sorbe de la tierra los nutrientes para su desarrollo. ¿Qué sucede si la naturaleza del suelo es adversa, hostil a la planta? Pues su existencia es, de alguna manera, cercenada. De tajo, se le arranca el estímulo necesario para cumplir su ciclo como árbol.

—No me intuyo a mí mismo sembrado en este sitio, pero me gustaría ser el árbol, convertirme en su existencia. Sorber de la tierra lo necesario para crecer, para dar frutos, brindar cobijo y sentir el aire del Este soplando en las hojas. En el mismo sentido, realmente no sé si al árbol le gustaría mi existencia. Sé que la diferencia está en el corazón, pero sí es de envidiar estar aquí, en la silla de cedro, contemplando el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara.

En la colonia de gnomos, Fralous era el chamán; él era vidente y había percibido el pensar del hombre que estaba sentado a la sombra del manzano. Como encantador, podía hacer que el hombre percibiera la vida desde la perspectiva del manzano.

Los gnomos eran habitantes de la sierra tarahumara. Eran enanos con poderes extraordinarios, como convertirse en espíritus, hacer que baje la niebla y se ponga pesada, imitar fielmente los sonidos de los animales para poder comunicarse entre ellos, hibernar a conveniencia en las profundidades de alguna grieta, entre otras cualidades. La colonia de gnomos era incontable, no porque fueran muchos, sino porque nunca se sabía cuántos había en la región. La peculiaridad de los gnomos es que son espíritus viajeros. Viven en el mundo y cualquier sitio es su casa. El oficio de chamán entre los gnomos no era para cualquiera; esta capacidad superior se formaba por sí sola, además de que tenía mucho que ver con la pureza del espíritu y la longevidad del ente. Mientras que algunos de los gnomos chamanes tenían facultades telepáticas, otros tenían aptitudes como la de ser videntes, hacer transformaciones de la materia o mover a su conveniencia cualquier fuerza de la naturaleza. Fralous era el chamán por antonomasia. Hacía más de un siglo que estaba en una gruta perdida en las cañadas de Las Barrancas del Cobre. Como sapo petrificado, seguía la vida, alimentando su espíritu y reforzando sus facultades embrionarias.

Para los gnomos comunes, los hombres no son más que animales, bestias de hacer y hacer cosas. Su mundo les parece inútil, trivial, como perseguir al aire. El tipo de conciencia de los hombres es yermo porque su concepción del mundo de vida cabe en un puño de percepciones; no llegan a comprender la vida y la muerte como una totalidad circulante del Ser, sino como entidades separadas, de tal forma que su concepción de la vida pierde terreno al intuir la diferencia entre el ser y la nada, o peor aún, cuando ni siquiera sospechan la diferencia. Para Fralous, la situación era distinta: la luz del Ser lo irradiaba por completo. Él percibía la existencia e interpretaba todos los lenguajes. El lenguaje era la casa del Ser. Fralous era todo lenguaje, así que podemos pensar, metafóricamente, que Fralous era un sirviente de la casa del Ser.

Cuando el hombre se quedó dormido en la silla de cedro, contemplando el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara, no sabía lo que le esperaba. Fralous hizo transformaciones en la materia y puso la conciencia del hombre en el manzano; así, cuando el hombre despertó, su cuerpo eran ramas y tronco, raíces y hojas. Había desaparecido todo olor, todo sabor, todo dolor. La desmembración de los sentidos había ocurrido. Se quedó atónito porque no le quedaba de otra. Percibía el sol y el viento, la humedad en las raíces, la savia circulando adentro, moviéndose lentamente. Advertía las larvas de mosca en las frutas y los parásitos en las raíces, carcomiendo todo. Los hongos en el tronco viejo y cercano hacía tiempo que lanzaba sus esporas al ambiente, creando más parásitos. Y las hormigas, carcomiendo las frutas podridas, de vez en vez y por regimientos subían por el tronco a cortar hojas, morder la fruta y ejercitar sus extremidades. Todo a su alrededor ocurría. Todo se transformaba, y el árbol, quieto. Todo quieto. El manzano, ciego, inmóvil, indolente, intuía las cosas parecido a como lo hacía Fralous. La diferencia estaba en el corazón. El manzano tan sólo irradiaba su savia; la fotosíntesis que ocurría en las hojas no era más que una transformación química, era energía.

El hombre seguía bajo el manzano. El paro cardiaco había hecho cambiar su existencia a otra cosa. Como tronco lánguido, se desparramaba en la silla de cedro, y a la vista, el inquieto horizonte rojizo de la sierra tarahumara iba poco a poco entregándose a la oscuridad. Era una noche sublime, llena de luminarias.

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