Edgar Sánchez Quintana

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—¡Qué pasó, Daniel, ¡cómo estás! Pero pásale, estaba en mi cuarto nomás de flojo. Y tú… ¿de dónde vienes?

—Fui con mi tía Leonora y tu casa me quedaba de pasada, pero ya se me hizo tarde, mira, ya casi son las ocho.

—Tú no te apures, total aquí te quedas a dormir. Puedes hablar por teléfono a tu casa diciendo que te vas a quedar conmigo.

—No… Ahorita veo, pero… ¿qué has hecho? Desde que salimos de la prepa ya no te había visto y.… por cierto, quedaste a deber lo de la cena y Pilar tuvo que pagar lo que te correspondía a ti.

—Por tonta.

—No seas cabrón, ¡le voy a dar tu dirección!, ¡eh! A ver, a ver…

—No me amueles, a lo mejor ella ya ni se acuerda. Pásale, mira, este es mi cuarto, está chiquito, pero no importa; lo importante es que nadie se mete con mis cosas.

—¡Andrés, ya nos vamos! —grita la mamá al salir de la casa— hay gelatina en el refrigerador, ¡ah! y otra cosa, no vayas a agarrar del bistec porque es para la comida de mañana. Dale comida al perro. Nos vemos.

—Sí, ma’… ¿A qué hora vienen?

—No sé a qué horas termine la reunión.

—Bueno. Nos vemos.

—¿Y a dónde van tus papás? —pregunta el amigo visitante.

—A una reunión con amigos de su trabajo —contesta Andrés al tiempo que se sienta en la cama.

—Ah.

—¿Y tu hermana?

—Ella no vive aquí, vive con unos primos, sólo viene los fines de semana. Está estudiando la universidad.

—Ah.

—Dame chance de hablar a mi casa, ¿no?

—Órale, vente, vamos a la sala. —pronuncia Andrés, y se escucha el chirrido de los tornillos de la cama.

El joven marca en el aparato telefónico, toma el auricular. Andrés ha ido a la cocina y ha sacado del refrigerador un recipiente con gelatina.

—Bueno. Sí. Habla Daniel. ¡Quién es! ¡Ah! Tú, “Cuajada”. Dile a mi papá que ya fui a darle el recado a mi tía Leo, pero ya se me hizo tarde. Me voy a quedar con Andrés… ¿Cómo que cuál Andrés? Pues “el rufles”, para que me entiendas… sí, ese. No… No voy a ir mañana, no, no me toca sino hasta el segundo turno. Bueno, nos vemos.

—¿Qué haces?

—Comiendo gelatina. Bueno, no es gelatina, es flan que hizo mi mamá. ¿Quieres?

—Sí, dame… tragón, come solo.

—Oye, ¿qué tal si nos guisamos unos bistecs? —sugiere Andrés, sus cejas se ponen jubilosas moviéndose de arriba hacia abajo, y la cara estrena una mueca que invita a aprobar la propuesta.

—¡Huy! No mames. Dijo tu mamá que eran para mañana.

—Si agarramos dos, ni se da cuenta. Es más, agarramos otro de esos —señalando al refrigerador—, lo aplastamos más y luego lo dividimos y asunto arreglado.

—Ahí tú sabes. Yo sólo soy visita.

—Mi mamá ni me dice nada, es más, qué tanto son dos cachos de carne. ¡Eh!, pero ayuda, saca de allí un sartén. ¡Ah! Y pon la gelatina en la mesa, ahorita le seguimos dando baje.

—¡Ah, cabrón… pinche cebolla! —balbucea Andrés mientras pica los ingredientes. Daniel se recarga en el desayunador y pregunta al cocinero:

—Oye, ¿y qué pasó con Maira?, ¿sigues con ella?, ¿te la cogiste o qué?

—No. Ese negocio ya se acabó. Estuvo mejor así. Pero a veces sí me siguen dando ganas de aquellos fajecitos que nos aventábamos en la sala de su casa. Pero, ¡ja!, no le hagas que nos cacha su mamá cuando —continúa sonriéndose— estábamos apachurrando como leones en pleno cachondeo allí en el sofá.

—¿En serio?

—Sí, ya le había quitado el sostén y sólo tenía la camiseta. Yo estaba encima de ella y había metido mi cabeza debajo de la tela y estaba en eso… cuando entra su mamá. Del sobresalto nos caemos del sofá, y yo con la cabeza metida bajo su camiseta. Me sermoneó, pero ya ni modo. Las veces en que me encuentro con Maira nos da risa eso que nos pasó, pero eso ya se acabó, ese negocio ya murió.

—Oye, no los guises tanto, ya están bien pinches negros, parecen cartones chamuscados. A ver este de aquí, échamelo para acá. Pon unas tortillas encima del sartén para que se vayan calentando y así les queda a las tortillas el sabor de la carne.

—Órale, tú sí sabes.

—Pues… soy maestro en todo. Y… ¿con qué nos lo pasamos?

—Pues con un chescolín, pero ese tú píchalo.

—Órale, me parece buena tu onda. A ver, presta un envase. ¿Dónde está la tienda?

—Es allí dando la vuelta a la esquina por donde está la refaccionaria.

—Órale, pues, ahorita vengo.

—Qué… ¿si hubo?

—Pues no había de naranja, pero sí hubo de toronja… hijo’desu… ya hasta se está enfriando esta suela de llanta.

—¡Pendejo! Le faltó que le echaras la sal, ¡cómo serás güey!

—¿De veras? Bueno, tú allí ponle. Y no le hagas tanto a la cardiaca.

—Bueno, presta pa’ca el salero. Oye, pero siéntate, no comas parado, se te están escurriendo del taco las cebollas, estás dejando todo embarrado.

—Cabrón, te enojas de todo. Hasta de lo que no comes te hace daño.

—Bueno, ya.

—Oye, ahorita lo que me entusiasma —chom—chom— es la vecinita de aquí junto. Si la… ¡mm!… vieras.

—¿Qué? ¿Esa qué tiene de bueno?

—Pues… ¡mm!… apúrate, ya va a ser hora del show, ahorita vas a ver qué rica nalguita. Lo bueno es que nunca se ha dado cuenta de que la ando espiando. La señora es la que está buena. Tiene una hija que también se está poniendo bien buena. Nomás de acordarme se me para… el corazón.

—Qué se me hace que eres puto.

—Sí, pero bien que te lo zambuto.

—Presta pa’ca el refresco, ya te lo estás acabando… no mames, ya le echaste pescados. Ya no quiero.

—Pues toma agua, allí hay mucha —dice Andrés, encaminándose hacia su recámara.

—Vente por acá, es por mi cuarto, pero… ya deja de masticar.

—Espérate —chom—chom— que se me atora.

—Tú sabes que las morenitas son mis preferidas y esta señora bronceada es un encanto.

Mira, allí está alistando su toalla y sus cosas; de lejos se ve que nomás no la hace, pero de cerquita… Ven, mira, asómate por aquí —los dos jóvenes se entusiasman, atisban la escena por el orificio.

—¡Uta!, pero estorba ese árbol y.… se ve la regadera… ¡ay güey!, ahora sí ya la vi —dice Daniel con balbuceo entrecortado.

—Se está alistando apenas. A ver, deja ver a mi vecinita, hijo’desu, ya se me está alocando el corazón.

—Qué se me hace que eres p…

—¡Cállate ya, que van a escuchar los ruidos! Ya encendió las llaves y ya se va a meter a la regadera, hijo’desu, ya se metió y se está mojando el cabello… y el agua escurre por todo su cuerpecito…

—¡Quítate, deja ver!

—Se me hace que mejor vamos por allá afuera, se ve más de cerquita y no te pierdes nada del show.

—Mami, báñate rápido, que sigo yo. La cena ya está lista, dejé hirviendo los frijoles, pero le bajé a la llama.

—Sí, hija. Ve a la tienda por un litro de leche y pan de dulce. Si ves viejos feos en la refaccionaria mejor te regresas, no sea que te vayan a decir majaderías.

—¡Ay, ma! Ahorita que está bien interesante

—¡Ay, ma! Ahorita que está bien interesante la novela.

—Ni modo, hija, si no vas tú, ¿quién más? Yo ahorita no puedo.

—Voy ahorita que estén los comerciales.

—Mejor apágale a los frijoles, no sea que se quemen como el otro día.

La mujer se enjabona. Pasa el esponjado estropajo por sus tersas y firmes piernas. La espuma se desliza por su piel cobriza, sus pechos cuelgan y se mueven. La mujer piensa:

—Andrés ha de estar viéndome. ¡Ja! Con lo que me encanta ese chamaco, si tuviera yo menos años… o él tuviera más años… las cosas serían distintas, sería el amante perfecto… sí, eso me hace tanta falta ahora que me dejó José y se casó allá en el otro lado con una gringuita. Pero ahora no puedo iniciar un romance; así con esto que me pasó, ando en lengua de todos. No sé por qué me gusta tanto que me vea, me siento deseada, me excita el tener encima su mirada furtiva. ¡Ja! Si supiera mi hija… Se me hace que este cabrón también anda espiando a mi hija, no, eso no quiero, le voy a decir que ponga algo en la ventana.

—A poco nos tenemos que subir al árbol.

—Pues sí, sólo así se ve de cerquita.

—¡Ora pues, trépate tú primero!

—¡Sst! Cállate, no hables tan fuerte, si nos llegan a cachar te voy a poner tu merecido —el joven aprendiz de chango escala el árbol hacia la rama más cercana, el otro joven se queda en la penumbra.

—Ma, ya vine, no traje cambio porque me compré unas papitas, ahora sí ya déjame ver mi novela.

—Aja —contesta la bañista y reflexiona— ha, si supiera esta hijita lo que cuesta ganar el dinero, pero yo tengo la culpa por chiplearla tanto, pero… si no es a ella, ¿a quién más? En eso escucha un crujido de ramas y una caída como de costal en el patio del vecino.

—¡Hija, ¿qué fue eso!  —grita la mujer.

—¿Qué cosa, ma?

—Un ruido en el patio de los papás de Andrés.

—Déjame ver. —la jovencita se asoma al patio, atisba todo. En la penumbra escucha algo.

—¡Miau!… ¡Miau! —las guturaciones felinas de Daniel salvan a Andrés. Andrés, aguantándose todo dolor, se queda oculto tras la enredadera.

—No era nada, ma, sólo era un gato brincando por las ramas.

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