Edgar Sánchez Quintana

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“Toda la historia de la vida de un hombre está en su actitud”

Julio Torri

Estuve presenciando la voz de un hombre menudo perfectamente vestido cuyas palabras formaban universos extraños sacados de algún palimpsesto, todas esas palabras misteriosas reflejaban que éramos dos mundos diferentes, y después se reía, me daba unas cuantas palmadas en la espalda diciéndome: —“Las cábalas políticas mexicanas son como las amibas; se fusionan, desprenden subdividen y vuelven a fusionarse en la oscuridad palaciega sin que el pueblo se percate” —Yo le dije, al tanto que me recargaba en la pared mientras el horizonte enrojecía. “A veces los mexicanos despertamos” Él con parsimonia tomó el último sorbo de su cerveza y continuó. —Déjate de tonterías, las cosas no van a cambiar, mejor me voy “…Haz que todo me sea alistado para la hora de partir” Cuando se fue, tentado estuve de pedirle que se quedara, pero ese no era su destino. El hombre tenía que llegar allá cuando el ocaso, para hacer teatro de mascaradas. Nos habíamos puesto de acuerdo en que yo estaría allí aplaudiéndole y diciendo que él era genial que una palabra y sólo una podría hacer cimbrar la multitud, la muchedumbre. El camino era angosto. Una monumental bajada con terrado recorría la vía; y el asfalto envejecido permitía el giro de las llantas hasta llegar a un recodo donde se tornaba a un laberinto con piedras y ladrillos a los lados. Apareció el autobús que me condujo a un recorrido imprevisible. Después de los años, cuando el horizonte se alejó y el ocaso de nuestras vidas se apretujaba en los años que nos quedaban de vida, nos vimos… Yo estaba aletargado en compañía de las moscas circunvecinas y con llagas en las corneas, veía a las libélulas copular en el aire desértico del pueblo de Palomas. Atisbaba las nubes del Puerto de Palomas y me horneaba en ellas, y era mirar el huracán tras la línea estadounidense. Yo, era uno de los hombres desheredados del pueblo, mi destino me había barrido hasta esos sitios substanciales del bochornoso clima chihuahuense. Llegó el hombre y lo reconocí. Él continuaba hablando de cosas Extrañas e in entendibles que yo, por no ser descortés, dejé que corrieran las palabras por las lomas sedientas. Le dije de continuo, ahorrándome palabras: —Así como el gallo tuerto come de lado, así yo con el ojo de buey me nutro de ideas a diestra y siniestra. Él con voz de amo siguió: —Cruzaré la frontera México-Americana de indocumentado porque tengo deudas con la justicia, y también para llevar unos paquetes que son propios del negocio—Terminó diciendo al tiempo que se descalzaba de sus mocasines amielados “haz que todo me sea alistado para la hora de partir”. Partimos hacia la garita pasando la malla de alambre por un costado de la escuela Ramón Espinosa Villanueva con las garrafas llenas de agua. Para perdernos, sólo teníamos que equivocar el rumbo y no llegar a Columbus, cosa que sucedió. A mí me picó primero la serpiente. Él continuó, y con sarcasmo adulé su valentía, seguía cargando los paquetes de polvo. Me quedé sentado observando el entorno, despertándome de vez en cuando “tal como lo hacemos los mexicanos”. Me avivé pescando hormigas con un garfio, lo introducía en el pequeño agujero donde salen y prueban su fiereza con el metal quemante, se escurrían de nuevo a las profundidades del orificio fresco y retornaban a morder con fuerza sobre el objeto extraño. Yo extranjero, picaba con el garfio y el sol me atacaba salvajemente en cuello y espalda. Cuando vi un solo punto de aquel hombre supe que ya no lo volvería a ver, Él continuó caminando. Las autoridades de inmigración encontraron a los dos cuerpos calcinados por el sol, después de cinco y siete días respectivamente. Al primer cuerpo, encontrado a un costado de un hormiguero, no le dieron mucha importancia; el segundo cuerpo, lo llevaron a México, lo presentaron a los medios de comunicación con todo y hormigas, con la lengua de fuera y con Los ojos achicharrados por el sol, con la piel negra y seca. Había muerto el llamado: “El señor de las nubes y los medios”, narcotraficante muy buscado en el continente Americano. El otro muerto, antes de morir, arrojó palabras sobre la cañada, pero no tuvo auditorio.

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