Edgar Sánchez Quintana

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Me engalané el cuerpo, enchulándolo con el cautivante enredo de una sonrisa. Y todo para verte, mientras circulaba por la avenida “Te amo”, me diligencié un recuerdo de tu bronceado pecho y se perjuició mi mástil orgánico. Cuando llegue a la avenida del “Éxtasis” esquina “Sabanas Virtuosas”. Se me figuró todo negro porque en esa esquina se encontraba el puesto de revistas donde la nota principal rezaba: “Apañaron la inocencia de las mujeres arrancándoles su virginidad”. Cabizbajo recorrí el empedrado descendiendo la colina. Mi intención de preguntarte por el asunto se me azotó a la cara como un puñetazo, porque cuando abriste la puerta, la castidad la cargabas en tu pecho como un pabilo de corbata o un enjuto trapo rasgado. No pude más, no soporté verte así, la dolencia me extirpó las lágrimas, y las lágrimas rodaron cuesta abajo dejando un hilito húmedo en el cuello. Con la cavilación de unos meses se me agrego al entrecejo unos parientes que se apellidan: Talión Venganza. Convocamos a una junta para dar resolución al problema. Yo sería el hacedor. Decidí hacerme de un laboratorio al estilo alquimista porque de la tecnología de punta se tenían serias dudas para resolver el dilema. Mezclé las esencias de las rosas, con el tejido de las telarañas y una pizca de polvos de virtud; pero no funcionaba porque el aquello era demasiado chiquito. El himen fabricado debía de tener nuevas características de mejor calidad y propiedades como la recicatrización, la elasticidad, los diferentes tejidos de la membrana, o sea al gusto. La usuaria debía de sentirse completamente segura con su compra y con su interioridad singular. Inclusive podríamos agregarle características como de autolimpieza o de autoremangado por aquello de las violaciones. Innové algunos tipos de tejidos utilizando materias primas jamás utilizadas, pero más bien eso sirvió para inventar las sedagasas y el durojean, probé la rehilvanación, pero por lo regular quedaban imperfecciones en el tejido por el pequeño espacio y por la estructuración del desgarre. Probé la injertación utilizando como base un cuerpo de cordones fuertes y al final un imperceptible hilo de araña enana, pero ah fracaso, el injerto sobresale hasta las rodillas, y para andar arrastrando la doncellez pues no vale ni enrollada porque cualquiera la manosea. Consideré la idea de una microscópica malla, pero electrificada con la elasticidad suficiente como para que el sexo entre hasta la cocina, pero pamplinas, de nueva cuenta las íes revoloteando en la idea; porque de electrificar la malla se necesitaría conectar a tierra para no sufrir alguna descarga, pues eso provocaría una erupción de orgasmos incontrolables, y los clímax deben de ser administrados tal como se dicta en las leyes interpersonales.

Un asunto más que debía de atenderse — aunque no se tuviera el producto terminado — es la producción en masa y la introducción en los mercados internacionales. Podríamos adelantar el servicio de ventas por correspondencia y con la mayor discreción por si acaso la esposa o la amante quisieran ofrecer una sorpresa de regalito.

Hemos doblado los esfuerzos y nuestra empresa continúa hacia arriba, tal vez para la próxima década tengamos el producto terminado redituándonos grandes ganancias.

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