Edgar Sánchez Quintana

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El joven escribía la carta para su novia; frente al escritorio media docena de libros, la máquina, la engrapadora y un ciento de hojas blancas. Las cortinas desplegadas en la ventana ocultaban la tarde muerta; imprudente la luna brotaba por entre la autopista y sus rayos accidentados rayaban los ágiles cofres. El improvisado poeta se esforzaba, mientras con destreza, una gota escurría por la frente, el sudor resbalaba por la grasosa piel, esquivando el acné del muchacho.

“Tengo en mi lengua clavadas mil y una palabras para ti niña costeña; tengo agradecimientos que se asientan en mi voz, quiero agradecerte muchas cosas, entre ellas que me tengas confianza, eso me convierte en un hombre de ánimo benevolente; agradezco el cariño que me tienes porque tal vez no lo merezca y eso, cariño, me trastorna los hemisferios. Te agradezco que compartas tu tiempo con un hombre como yo, también el que regales en mis labios tus labios y hagas que tu alma la roce con tu aliento en mi boca. El que seas sincera conmigo y me confíes tu historia, tus deseos y te quedes desnuda. El que ofrezcas tu cuerpo a mis brazos, mis besos y caricias, y más el cariño infinito que me tienes; que me aceptes tal como soy, y en ese tal como soy tu desaparezcas como un fantasma, para ser yo; también que soportes lo que tú no soportas y te agradezco el que aportes lo que yo necesito, lo que yo deseo”.

“Por otro lado, perdóname por no comprender, por ser un terco al quererte; mi niña costeña, la mujer, mi ninfa, mi todo. Perdóname por buscar nuestra felicidad en el tiempo más conveniente y el que oculte mis sentimientos cuando estos están al día. Por ser incomprensible y por ser un hombre tan pequeño que ama a una mujer inmensa, la diosa, el ángel. El ángel que encontró un centelleo de sol en mis ojos. Disculpa que sea un niño. La vida es así, se toma, se regala, se respira”.

Se levanta el jovencete. Se deja caer en la cama cuando suena el teléfono: —sí soy yo. ¿Entonces no vas a poder? ¿Y qué vas a hacer allá Entonces ya no te voy a poder ver? ¡Ahora mismo sales! ¿Y lo nuestro qué? Tú sabes cuánto te quiero… no eso no es suficiente, necesito verte, estar contigo. Bueno no es culpa tuya. Yo también. Adiós. CLICK.. El joven se levanta enojado de la cama, toma la carta y en bola la lanza al cesto de los papeles. Ella descansa. Después de tener las maletas listas y de colgar el teléfono, y en torno a su recámara femínea, cortinas rosas en ventanas coloniales que miran al parque. Ella, sintiéndose sobre almohadones, roza estirando el cuerpo mientras observa escenas en la televisión, vestida con pijama de lívida franela; el cabello suelto, posado, inerte. Los pies desnudos, limpios, sagrados. La sobrecama salmón con rosas níveas se asienta cual capa, como un brindis a su hermosura, de ocasiones, ella gira la cabeza para verse en el espejo siniestro. De vez en cuando percibe la juventud, su adolescencia viendo su perfil conmovedor, deja que el cuello flote ingrávido, señorial con su conjunto de encantos. Tiene suspiros en las piernas al recordar el joven que una vez le ofreciera su amor, el éxtasis de pareja. A él lo recuerda acurrucándose en cama con las yemas acariciando sus labios. Ella tiene el cariño y cuidado de sus padres, pero sigue allí, guardada, observando la televisión en una noche solitaria con sutil vida. La luna sigue asomando su fino e inquieto rayo en las ventanas y cortinas. Escucha tocar la ventana con prisa, y al acercarse es el joven. — ¿Por qué me haces esto? ¡Tú sabes cuánto te quiero linda! – contesta limpiándose la cara de sudor, son gotas por el esfuerzo de cruzar el lomerío de casas. —Deja todo como está, no te volveré a ver. Eres un hombre que no me conviene, y dice mi papá que no vales nada. Adiós, disculpa, pero tocan a la puerta, seguramente es mi mamá. —Al abrir la puerta recibe una feroz bofetada que hace golpearse con la columna cercana. — ¡Yo que sólo tenía una intuición resultó cierto! Qué imbécil eres, estás embarazada estúpida chamaca. ¡Eres una perra! Lo más bajo, pero…co…cómo pudiste hacernos esto a nosotros, que te hemos cuidado tanto, que queremos lo mejor para ti; hasta llevarte a Monterrey a una de las mejores Universidades, y a vivir con tus abuelos, pero que caray, desgraciada, y seguramente es ese mequetrefe aprendiz de literato, pero… ¡Por Dios!” no te soporto verte más aquí ¡Lárgate! ¡Lárgate de aquí ingrata! ¡Malnacida! La joven no deja de llorar, aprieta los ojos y su cara se deforma ante la sorpresa. Se oprime el estómago y encoge los hombros llorando sin descanso. ¿Hay Diosito Santo, porqué a mí? – dice la desafortunada, mientras que su madre ha ido a la recámara de la hija por la pesada maleta, la jala y el rodamiento se desliza. —Largo ¡Largo! Y no te quiero volver a ver —dice la mujer azotando la puerta. —El muchacho había escuchado el escándalo. Estaba radiante por la sorpresa, muy contento; se sentía mayor de edad. —Linda ven aquí, no te preocupes, todo va a salir bien- pronuncia acercándose a la puerta principal. — ¡Hay palomito! ¿Y ahora qué voy a hacer estoy embarazada —llora y grita la veinteañera sentada en la maleta? —Ahora pensamos que hacer. Ya no llores, anda ponte algo que hace frío. Después de unas horas de discutir y empujar la maleta, los dos acuerdan irse a Monterrey con los boletos que ya estaban comprados con anticipación, llegarían a la casa de los abuelos. Ellos no negarían la ayuda. El joven entró a su casa y excitado saca sus ropas sin ton ni son, recoge la media docena de libros que están encima del escritorio y levanta una hoja hecha bola; es la carta que horas antes había lanzado al cesto de los papeles.

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