Edgar Sánchez Quintana

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Mi esqueleto se escapó por la ventana, se licuó entre la falda de la Malintzi y las sombras del entorno. Pensé en recuperarlo, pero necesitaba un recipiente en donde meterme. Me introduje en la pelota de mi sobrino, tan liviano como el aire. Mi acuosidad inicio en rebotes la búsqueda. Dejé atrás la estancia, impávida quedó al recordarme mis mozos años cuando en brincos sobre ella machucaba lo que ahora es piel de mis entrañas.

Recorrí el barullo del mercado, los gritos de los comerciantes me llegaron hasta los pulmones, ellos comerciaban con tal simpatía que remangaban la mitad de la cara con una risita fácil, espontánea y a veces muy vendida. Algunas veces esa risa deambulaba en mi jalea interior. Pregunte entre los comerciantes si habían visto mi esqueleto, y me respondieron que habían visto algo parecido por el lado de las tiendas de compraventa de fierro viejo. Llegué al sitio y engalanaba el lugar las horquillas, los picos, las estructuras de telares viejos, los caparazones de un chasis inocuo, los diferentes arietes, los báculos inactivos. Nada se parecía a lo que yo buscaba: mi osamenta.

Di con las autoridades, era una pérdida casi irreparable. Los oficiales diligenciaron cartas en el asunto; Tomaron mi declaración, pero argumentaron que era mía la culpa, que yo era el causante de dicha perdida, y que iba a pagar caro el haber dejado libre el esqueleto. Porque con un esqueleto suelto se corre el peligro de extinguir el calcio y otros minerales del planeta, que para eso se había inventado la carne como mediadora de la voracidad de las osamentas. La pena se pagaba con la muerte. Solo muriendo la carne moría su otra parte. Me desesperé, la razón fugaz de mi existencia se cosechaba al final como violencia. Quería huir, escapar, pero ya me habían etiquetado como pelota al paredón. Me imaginaba aquel muro salpicado de gelatina de muchos sabores, de colores, de consistencias, de esencias en gel, de masas orgánicas destartaladas en agua. Ese muro era la báscula del homicidio legal. No calculaba tal dolencia. Necesitaba un respiro. Opté por salirme del balón y escurrirme por la alcantarilla. No veía nada, sólo nadaba por los tubos de drenaje hasta llegar al río Zahuapan. Así estuve por varios años hasta que llegué a un paraje donde estaban unas vacas tomando agua a la orilla y allí estaba mi esqueleto, pastando con ellas comiendo codo a codo y chupaba con unas ganas increíbles, ávidamente, las ubres de las terneras. Parsimonioso me acerqué y sigilosamente le caí encima. Se encabritó de tal modo que indómito despilfarraba la fiereza al estilo rodeo, las viradas y saltos llegaban hasta las copas de los árboles — las reses saltaron la cerca y huyeron despavoridas — hasta que logré someter y domesticar.

Cada noche me tomo mi vaso de leche y las respectivas vitaminas. Ese es el convenio a que llegamos. Somos inmensamente felices.

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