Edgar Sánchez Quintana

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Ella se mecía y se mecía en el columpio. Sus manos ataban las cadenas. Los eslabones sosteniendo el herrumbrado chirriar. Como un péndulo accionaba el radio de alcance. Sus cabellos corriendo al ambiente; sus piernas se lanzaban de frente y su cuerpo arqueado con figuras, curvas. En su cara una sonrisa en la cual reflejaba su juventud, su inocencia; mientras, su vestido azul de encajes largos jugaba, flotando. Sus pechos aún pequeños, reflejaban lo femenino, la sensualidad diamantina. Su sonrisa era aniñada, usual. Unas horas después, los columpios se mecían y se mecían, pero sólo empujados por el viento. Ella no estaba. El viento empujaba las ramas, excitaba algunos arbustos, hacía bailes levantando polvo y arenisca. Los columpios se movían rechinando en el ambiente, con la inquietud de los asientos. En donde siembra su hortaliza, las semillas pronto germinarán, echarán sus escasas raíces y daría vuelta una vez más el ciclo de la naturaleza. Ahora los columpios siguen balanceándose cuando la naturaleza los agita. Ella desapareció, sus cabellos ya no están meciéndose al viento. Algo ha de presagiar cuando las nubes se ponen rojas en el horizonte. Me maravilla que sucedan cosas incomprensibles, sobre todo cuando tienen que ser forzosamente misteriosas. Un proceso que hace pensar la vida demasiado fascinante. Las nubes prendidas en el horizonte podrían estar en cualquier lugar, pero se presentan prodigiosas, cerca; las tonalidades entre el rojo carmesí hasta tornar al amarillo y después al blanco. A lo lejos las montañas: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl traen añoranzas, cavilaciones. Las nubes y el viento de la tarde acarrean imágenes, sonorizaciones que se tuercen en estruendos. Los nubarrones obscuros se cargan de lluvia, de humedad, de energía; y cuando están abotagadas, se rompen, se flagelan chispeándose unas a otras, mojando todo como un velo acuático. El momento podría hacernos recordar a una mujer sentada en un columpio meciéndose con la cadencia de su juventud; además, su cabellera salpicándose en el aireo y ese cuerpo… el vestido azul de encajes me trae memorias de un beso, de una caricia, de unos pechos vírgenes meciéndose y meciéndose. —La ciudad siempre me ha aburrido. El ir y venir de la gente, de los coches, es lo que hace entregarme a la abulia; y más, andar yo de aquí para allá buscando que un editor me publique mis trabajos. Cargo en mi portafolios un par de textos, pero sólo les voy a presentar el de “La oración al columpio”, porque el otro no le encuentro chiste, como que se me hace que hay que trabajarlo más. Lo bueno que lo de la revista no está tan lejos del centro, y si termino rápido, me va a dar tiempo de ir a la librería a curiosear, aunque sea. Si logro publicar el trabajo, qué orgulloso se va a sentir mi papá, él siempre apoyándome; como mi papá no pudo estudiar, en mí, sus sueños se hacen realidad. —En ocasiones los sueños son inalcanzables. Yo sólo quiero seguir haciendo escritos, si no me salen estos inventos, pues me dedicaré a otra cosa; tal vez, a un curso de computación, están de moda, y según he escuchado pagan bien, y no se la pasa uno en el sol. Me inquieta el que no le vaya a dar importancia a mi escrito, yo sé que el trabajo está bien bueno y no tiene faltas de ortografía. Andrés Espinosa me dijo que los trabajos que le entregara fueran de lo mejor. Él me dijo que yo sí sabía escribir, que sólo tenía que pulir más los estilos. Don José Luis Domínguez es el director de la revista “La Fragua”, es una eminencia en el estado; todos lo respetan. De pensar en la cita me sudan las manos, ojalá y no se note mi nerviosismo. Según me han contado, Don José Luis Domínguez ha escrito libros, ha viajado por muchos países, y parece que lo querían lanzar para la gubernatura, pero le faltó equipo y al final de cuentas no se animó. El novato escritor entra a las oficinas de la empresa editorial. Las divisiones de tabla roca jerarquizan, los vidrios dividen interiormente, las jardineras se esfuerzan en recrear un ambiente natural, los teléfonos ocupados se animan, las secretarias cruzan la pierna y ponen cara de inteligentes. —Bu…Buenas tardes, venía a ver al señor Andrés Espinosa. —Fíjese que no se encuentra el jefe de redacción, el señor Andrés viene hasta más tarde, él trabaja hoy desde las siete de la tarde hasta las doce de la noche. Desea dejarle algún recado. — No, es deque lo que pasa es que quedamos de entrevistarnos con el director de… — ¿Tenía cita con Don José Luis Domínguez? Un momento, déjeme ver…mm, si, aquí está anotada la cita, si gusta sentarse — La secretaria se levanta de su escritorio con la libreta de taquigrafía en la mano y empuja la puerta, se deja ver hacia el interior un librero repleto y un par de trofeos. —El señor Andrés Espinosa no está— el joven se preocupa, medita mientras se acomoda en el sofá de la recepción — y ahora voy a tener que entrar a la entrevista yo solo, con lo que me pongo nervioso, pero qué le voy a decir, si no sé nada de nada, qué tal si el trabajo tiene faltas de ortografía… mejor me voy y otro día regreso, si otro día que venga más calmado y no esté tan nervioso; además, está nublado allá afuera y eso me da mala espina, y luego como que la secretaria me vio feo, me barrió con la mirada y ya con eso me sentí como que, fuera de órbita. Creo que el señor este es muy importante como para que yo lo moleste… mejor me voy a dedicar a otra cosa, le voy a pedir dinero a mi papá para un curso de computación de esos de dos meses como los que anuncian en el radio; según sé, cuando uno trabaja en eso le pagan a uno bien, y no se la pasa uno en el sol, eso ya es ventaja; además, están de moda… pero. Y si continuara con esto a mi papá le daría mucho gusto; sí, él me apoyaría, que tal si después escribo un libro como el de las fábulas de Esopo o como Alicia en el país de las maravillas y se convierte en un libro que todos quieren. ¡Huy! Me hago rico…— La secretaria lo despertó de su introversión. Le comentó que en cuanto saliera una persona que estaba adentro él podía entrar. No había escapatoria. —Tome asiento por favor, en que puedo servirle; pero, siéntese por favor. —Gracias… este, le traje unos trabajos, no digo… perdón, este, le traje un trabajo. —Y eso para qué. —es deque… me dijo el señor, este… ¿Andrés Espinosa?, que, este… se podría publicar en la revista “La Fragua”, él me dijo, que… este, yo sí sabía escribir y que sólo me faltaba, este… pulir los estilos. —Sí, pero, ajum—ajum — aclarando la garganta — en esta compañía editorial no publicamos cualquier cosa; además, no tenemos espacio. Cualquier espacio en la revista cuesta dinero, y en ocasiones la publicidad no deja; por eso, el material tiene que ser muy bueno. —Sí, este… creo que, si es muy bueno, a las gentes que, este… lo han leído el trabajo me han dicho que es muy bueno. — ¡Aja! A quienes. — ¡A mi mamá y a mis hermanos! —Bueno a ver déjame leer lo que traes. —Mm…La Oración Al Columpio. Cómo está eso de la oración al columpio. No joven, no quiero tener problemas con el clero, usted bien sabe que vivimos en México y todos los mexicanos somos Guadalupanos, se le puede orar a la Virgen de Guadalupe o a la Virgen del Perpetuo Socorro, pero a un columpio no. Déjeme seguir leyendo. El director de la revista examina el texto con la paciencia que se adquiere de años. Otea puntos y comas, ideas y errores sintácticos, ortografía y lógica. Atisba todo el contenido. Equilibra gustos con ganancias. El joven escritor se hunde en la silla. Se observa incómodo. Sus ojos se pasean en el librero y en el muro repleto de reconocimientos. Observa la foto donde está Don José Luis Domínguez saludando al Presidente de la República, o la foto donde el paisaje es un pedazo serpenteante de muralla china. Todo el ambiente es formal. La decoración de la oficina con objetos de tiendas como: Neiman Marcus, Bloomingsdale´s, y Saks; parecen intimidar al neófito de las letras. Su espíritu se achica hasta tener el tamaño del trofeo de indio azteca puesto en el librero. En el librero observa títulos de libros como: Paula de Isabel Allende, La Reina Isabel Cantaba Rancheras, de Hernan Rivera; París En El Siglo XX, de Julio Verne, Nombre De Torero, de Luis Sepúlveda; Atrapando La Luz, de Arthur Zajonc. Historia Del Futuro: La Sociedad Del Conocimiento, de Taichi Sayaika. La Conquista De La Voluntad, de Enrique Rojas, La Lentitud, del autor Milán Kundera, Boleros en la Habana de Roberto Ampuero. El Hombre Light, de Enrique Rojas. —Mire joven le voy a ser sincero— pronuncia el señor acomodándose la corbata Gianni Versace— yo sé que usted está iniciando en esto de las letras. El trabajo es bueno, pero le faltan ciertas cosas. En ocasiones salta a la vista las palabras abstractas y la inclinación forzada a hacer el texto poético. A la gente no le gusta mucho los escritos rebuscados o bien los textos muy poéticos; a la mayoría les gusta que les narren cosas reales, de aquellas cosas que suceden en la vida real, que sean cosas empíricas, que tengan que ver con este mundo, que tengan como fundamento la cotidianidad. Desgraciadamente así es la cosa, aunque a mí personalmente me gusta mucho la poesía; sin embargo, estamos abiertos para recibir colaboraciones de gente joven que le guste escribir. Tenga, llévese su texto, estoy seguro que los siguientes escritos si podremos publicarlos, con mucho gusto. —Sí, señor, este… voy a hacer unos trabajos que…que, tengo pensados. —Bueno pues, estamos para servirle. En sus próximos trabajos por favor entrégueselos a Andrés Espinosa —dice el señor estirando el brazo para despedirlo y levantándose de la cómoda silla. —Sí, hasta luego, este, dice que se los entregue a este…como se llama. Bu…bueno ajá, con permiso, bu… buenas tardes — se despide el aprendiz de tartamudo, con una sonrisa sacada a golpes de nerviosismo. La calle se luce en movimientos, van y vienen los carros y los vendedores ambulantes hacen el negocio frente a las oficinas. En el cielo hay nubes que se van inflando poco a poco, se van cargando de humedad; otras más allá se ponen como salvajes. —Me lleva. Bueno pues, ya ni modo. Lo bueno que me dijo que tenía que pulir más los estilos. El trabajo este de La Oración Al Columpio creo que ni sirve, mejor voy a hacer unas fábulas como las de Esopo. Si en el próximo mes no me sale, pues me dedico a aprender computación, es lo que está de moda, y además pagan bien. Mi papá si me apoya en todo lo que yo quiera. ¡Hijole! Mejor me apuro. Creo que por aquél lado de los cerros ya quiere llover y ya empezó a hacer un poco de aire. Mejor ya no voy a la librería a bobear, para qué… si compro algún libro y ni lo leo. Entra a su casa y se dirige a la recámara. En la pared frontal hay un póster de Thalía y tres gorras. Las cortinas están semiabiertas. Se asoma a la ventana. En el patio del vecino hay una adolescente en el columpio. Ella se mece y se mece. Sus manos atan las cadenas, sus cabellos corren al ambiente y sus piernas se lanzan de frente mientras que su cuerpo se arquea para conseguir mayor velocidad. En su cara se ve una sonrisa inocente coqueta y atractiva. Y su vestido azul de encajes flota, sacudiéndose en el aire. Se nota que sus pechos son pequeños pero sensuales y su sonrisa transparente, viva. La jovencita terminó de jugar y se fue; mientras, los columpios siguieron haciendo rechinidos por causa del aire. El viento hacía mover todo inclusive las ramas y arbustos. En el horizonte se veían tonos rojos sobre las nubes y más cerca se advierte un chubasco que se acerca con prisa, los nubarrones obscuros se cargan de humedad, y llueve. El muchacho sigue viendo desde la ventana de su recámara. Y se acuerda de la jovencita que estaba meciéndose en el columpio, con un vestido azul de encajes. Ella fue su novia y se acuerda de los besuqueos que se daban. —Todo este día me aburre, los coches, la gente. El ir y venir es lo que hace entregarme a la abulia; y más, andar yo de aquí para allá buscando que un editor me publique mis trabajos— piensa el joven y se recuesta en la cama —mejor me voy a echar un sueñito.

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