
La encontró en la escalinata tomando fotos del primer cuadro de la ciudad, mientras su peinado suelto negro azabache absorbía los rayos de sol que caían sobre su cuerpo. Era de tez rosada y nariz perfecta, hermosa como las mujeres del norte. Él se presentó como avecindado en Tlaxcala, pero lo cierto es que era del DF y trabajaba como maestro de Bachilleres, aunque también daba clases en la Universidad.
—¿Sabes algo de toros? —le preguntó ella mientras enfocaba la lente hacia los lugares más convenientes para imprimir un recuerdo.
Los ojos de él recorrían el escote de su blusa holgada, descubriendo dos hermosas toronjas como para apagar la sed. Se turbó al sentir la mirada de ella, un ojo que sospechaba sobre su propia sensualidad y descubrí el interés del pretendiente.
—Sé que te gusto y podríamos pasarla bien —dijo ella mientras guardaba en el estuche la cámara fotográfica y miraba hacia arriba, al resto de la gran fuente, más que fuente, una cascada—. Invítame una Budweiser. Se me antoja a esta hora del día.
Entraron al bar del primer descanso y allí platicaron del color de la cerveza y su sabor. Quiso referirse a su tierra, pero él la calló, argumentando que prefería el misterio. Mientras, ella introducía su zapatilla entre los pies cruzados del hombre, invitándolo con ese roce a una relación más estrecha. En ese momento, realmente necesitaba a una mujer; la infructuosa relación con su amante de hacía meses lo había dejado hambriento de sexo. Volvió a mirar sus pechos, encontrando en ellos lunares, diminutos asteriscos.
—Deja de mirarme de esa manera, tranquilízate, las cosas deben ser como esta cerveza al beberla, paso a pasito.
Él recordó, mientras la miraba, al muchacho que había sido, la erección solitaria en el cine Matamoros con películas calientes en entradas clandestinas. Mientras bebían, el silbato de la fábrica Zahuapan marcó el mediodía. La mujer dijo:
—Vámonos juntos, ¿quieres?
Se dejó llevar. El guía que la acompañaba lucía el perfil masculino de un hombre maduro y nada feo. Mientras subían al auto, los rayos del sol sembrados segundos antes se transformaban en sombras de una nube que recorría el cielo hacia el sur. En el semáforo, ella le acarició la mano mientras él embragaba la velocidad. Él solamente contestó:
—Te necesito.
Condujo su auto hacia su departamento en la loma. Al cerrar el zaguán, vino al encuentro un sexy cachorro de gato, muy minino, que rozaba la bastilla del pantalón del hombre, buscando caricias. Ese peluche vivo pedía cariño.
—Te sobra un poco de amor para mí —dijo la mujer, lasciva, mientras ofrecía sus pechos al abrir la blusa.
El hombre cayó abrazado en un tálamo mullido, y la habitación despertó con los primeros rechinidos de la cama. Aún vestidos, revolcaron sus almas en la colcha. Cayeron las zapatillas de la dama en la sinuosa y acolchada alfombra; siguieron prendas de ambos sexos, sin orden, con prisa, desnudándose, mordiéndose, besándose. Ella, cerrando los ojos, se concentraba en el puro goce, esperando un orgasmo imprevisto, fugaz.
—En este momento, tú eres mi torero. ¡Mátame! —La excitación llenaba la habitación de eco, un solo sonido mezclado con gritos, jadeos, rechinidos de cama, roces de epidermis ardientes. La anatomía se mezclaba con las cosas, los cuerpos, los órganos, toda una mezcla en erupción.
—Espera un momento.
Desde el baño, le contaba de sus viajes por el país y sobre la situación económica. Regresaba bamboleándose como diosa de lujuria, desnuda, paseándose por la recámara, muy cachonda, seduciendo y excitando. Estaban desnudos, saciados de la primera vez, fumando y descansando, platicándose cosas para que la segunda vez fuera más amistosa, íntima, y no ese relámpago de sexo del principio. Él le comentó que su madre había muerto en el terremoto del 85. Trabajaba como cocinera en un edificio lujoso. Nunca encontraron su cuerpo; se imagina que todavía está en México y algún día irá a rescatarla. Posó sus manos en los pechos de ella, acariciando los contornos como jugando a las excitaciones. Las caderas de ambos se pusieron en movimiento y una vez más treparon al paraíso de la vida sexual. Bebían los sudores de los muslos, se emborrachaban las bocas de éxtasis, se encajaban los dientes. La noción del tiempo se perdía entre los objetos, testigos fieles del deseo compartido. Ella lo invitó a bajar hasta su vagina; el buen mozo continuó lo indecible, gimió. Se fundieron otra vez y se quedaron dormidos.
Emparedados, leche fría y cóctel de frutas fueron el tentempié mientras platicaban del sexo; ella le tomó una foto para el recuerdo y depositó la cámara en la mesa del comedor. Él le dio un beso en la mejilla mientras entrelazaba sus dedos en la mata de cabello. Ella inclinó su cuerpo para lamerle los vellos del pecho y chupar las tetillas, bajando hasta su sexo. Él miró la cabeza allá abajo, la boca, la mata de pelo azabache oscilando en un movimiento de fuga y entrega frenética. El pene respondió a los ataques de sus labios y, una vez más, hicieron énfasis en la promiscuidad.
—Dormiré contigo, y mañana me iré a otro sitio. Mientras, duérmete, mi niño —dijo ella.
Él soñó con la felicidad, el regazo de aquella mujer que le servía mientras dormía. Ella fumaba, dando un poco de ternura a ese pobre amor, y pensaba en el recorrido y las distancias del día de mañana.
Despertó con campanadas huecas en la ciudad. El horizonte legañoso y húmedo distinguía la silueta de la Malinche en tonos sombríos, rojizos y amarillos. El vaho de la niebla sembró la humedad en los rostros mañaneros, en los cristales, el rocío de la mañana en provincia. La turista despertó recordando dónde se encontraba; miró el rostro sereno y apacible del hombre y lo besó antes de dirigirse al baño a ducharse. Se dio prisa para abordar el camión a buena hora. El gato perezoso la miraba desde la mecedora. Salió, azotando el zaguán. Fue con el ruido estruendoso de las láminas que él despertó sobresaltado, buscando algo, incluyendo las causas de su sobresalto. Recordó a la turista y, de pronto, vio la cámara a lo lejos, sobre la mesa del comedor. De un salto, alcanzó los pantalones, buscó la ropa regada en la habitación, y corrió a tomar la cámara fotográfica. El gato huyó asustado, con el pelambre erizado, a ocultarse bajo la tarja.
Muy de mañana, don Javier, trabajador del rastro municipal, arreaba desde San Diego Metepec dos vacas y un toro indómito para las carnitas del sábado. Con chiflidos de arriero y piedras, los animales obedecían. La turista los había visto de lejos sin tomarles importancia. Subió al camión y se fue. Los animales doblaban la esquina cuando el hombre cerró con prisa para alcanzar a la turista. Corrió con la cámara en la mano, poniéndose una chamarra guinda. El toro se desbocó, embravecido al oír el ruido estruendoso de las láminas; trotó para embestir aquello que se moviera.
—¡Soo! Toro, soo! —Gritaba don Javier para tratar de calmar al animal, pero solo vio cómo el hombre con la cámara fotográfica fue lanzado por los aires. Cayó sobre el cofre de un carro, rompiendo el parabrisas. La cámara voló por los aires y tocó el suelo justo cuando pasaban las llantas del carro de un lechero.
—¡Arre! Toro, ¡arre! Toro. Disculpe, joven… ¡Arre! Toro, ¡arre! Toro —y siguieron los animales rumbo al matadero.
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