
Antes de que pudiera intentar alguna otra cosa, Martín Barrios fue invitado al bautizo, aunque pudo bien quedarse en casa, viendo “tele” como lo tenía pensado, pero su boleto de ociosidad se acabó al cocinarse la tarde. Llego Patricia a invitarlo; ella finalmente no iría a la boda de Mónica en Puebla porque la habían dejado sus parientes por haber salido tarde del trabajo. Patricia llegó a la casa vestida para una boda, su vestimenta también le servía para una fiesta de bautizo y ella como se le conoce, no es de las que se quedan como “el perro de las dos tortas”. Patricia tenía la seguridad de que ese sábado estaría en una fiesta. Había muchas diferencias entre las dos fiestas, pero Patricia no era fijada al respecto, le daba igual en cierta manera hacer bulla durante el “bolo” que durante “la víbora de la mar”. Eran celebraciones y en cualquiera de ellas se divertiría, comería muy bien. Para Martín Barrios era la cosa diferente, tal vez se podría decir que opuesto, a él le molestaban las fiestas y prefería quedarse en casa viendo la tele o rentando películas, además de que lo más seguro es que en el bautizo se encontraría con Verónica, el amor platónico que una vez conociera en la cena de compromiso de uno de sus primos y que desde ese entonces jamás olvidaba. El aseo de su recuerdo lo hacía decidir por esa tediosa alternativa. Pero que sin embargo prefería el sacrificio de no verla — incluso en las fiestas de bautizo — a recibir de ella un desprecio o una decepción. La fiesta iniciaba justo cuando llegaban y Martín Barrios sintió un sudor frío y la agitación profunda hasta la médula porque allí estaba ella, en la sala platicando con una de sus hermanas. El banquete consistió en: arroz, barbacoa, carnitas a la mesa con salsa verde, roja y guacamole, refrescos (entre ellos la incansable Coca Cola) aparte de los vinos tradicionales y refrescos de cebada. La lona cubría la zona, era parte del patio y llegaba a proteger del clima airoso y soleado del mes de Enero Tlaxcalteca. A como llegaban al convite se les servía. La fiesta se llenó de risas y encuentros inesperados. Los ojos habidos de los invitados observaban al comer, la carne jugosa, oliendo rico, deleitando su lengua culinaria con la masticación de los manjares tradicionales. La gastronomía de la casa cerraba el ciclo de alimentarse con la cuba y para los niños la bolsa de dulces. La fiesta continúo hasta entrada la noche. Al final de cuentas Martín Barrios bailó con Verónica, ella lucía un vestido verde muy entallado con escote a la espalda, las zapatillas eran color esmeralda. Ella sabía cuánto la quería Martín Barrios, pero la imposibilidad estaba en que el papá de ella no aceptaba dicha relación por cuestiones de creencia y por diferencias entre las dos familias. Martín Barrios recordaba su situación económica y esa era otra de las imposibilidades para dicha relación. La noche lucía perfecta y la música invitaba al baile. Verónica quería bailar. Había pocos hombres solteros en la fiesta y los que había ya estaban apartados. Verónica veía con insistencia a Martín tratando de decir algo con su mirada. El observado permanecía sentado en el sofá y por el rabillo del ojo percibía la mirada de ella. Verónica platicaba con su hermana menor, se reía de manera evidente para llamar la atención del hombre mientras observaba a los bailarines en el jolgorio. De pronto se hizo el huateque haciendo la larga cola de hombres y mujeres al compás de la tonada cumbiambera, los más jaraneros invitaban a los sentados al relajo y halaron a Verónica e inmediatamente a Martín, de esa manera coincidente quedó ella tomando a Martín de la cintura, al ritmo, ella movía sus manos en la cintura, él por el momento gozaba teniéndola cerca, oler su perfume y percibir de vez en cuando el aroma de su cabellera. Cambió la dirección del círculo de personas en forma de cola y fue cuando Martín tomo a Verónica del talle, percibía con las manos la estrechez de su cintura, esa parte del cuerpo y abajo observaba sus zapatillas verdes y las medias negras maquillando sus piernas estilizadas. Verónica era una mujer hermosa, era delgada, pero con una cadera suficiente como para enamorarse de una vez por todas, de las piernas puedo decir que le sacaba suficiente provecho para verse mujer sensual, deseable, erótica. En ocasiones usaba las medias súper transparentes con dibujos tras la pantorrilla o con una línea más obscura a todo lo largo en la parte trasera. Pero cuando hacía frío prefería las mallas azul cielo o bien blancas. Después Martín la invitó a bailar, bailaban y él no dejaba de admirar cada parte de su cuerpo, sus movimientos, el meneo de sus senos junto al pecho de Martín. El viento soplaba de manera permanente en el altozano sureño de la ciudad de Tlaxcala. El aire arreció hasta lograr un apagón en la colonia. Los invitados gritaron al unísono. A Martín le gustó escuchar a las mujeres gritar en el apagón y en sus brazos Verónica sujetándose fuertemente de él. Martín Barrios aprovechó la ocasión para besarla. La temible sombra fue testigo de la caricia bucal, los labios se unían y él exploraba con sus labios las comisuras de ella, con la lengua buscaba el calor, la miel de su abertura. Eran los belfos unidos por el deseo y el arrullo más sublime, más completo. El acunamiento más entero de las almas para demostrar el cariño. Había un susurro en las bocas que ambos no percibían pero que equivalía al anhelo por compartirse, por entregar su ser al otro. Martín intuyendo algo dejó de besarla, pasó un minuto y fue entonces cuando todo foco en la fiesta se expresó según su capacidad. Adrián Moncada Ordóñez era el celoso padre de Verónica, cuando la vio bailando con Martín Barrios la ira se le acumuló en los dientes. Su irritación se formuló al calor de las sorbeteadas copas de vino añejo. Hubo varios. Entre ellos su esposa que lo contuvo y convencieron a serenarse al ebrio. —Mejor deberíamos dejar hasta aquí la cosa — dijo Martín estando al centro de la pista provisional y observando las discusiones del borrachín. —A qué cosa le tienes miedo, ¿A enfrentarte con mi padre? —La mera verdad a mí no me interesa ponerme a discutir nada más porque bailo contigo. Así es que como tú quieras, cada quién por su lado o le seguimos. —O sea que no enfrentarías a mi padre por mí. —Bien sabes que te quiero, pero si me enfrento a tu padre no sé lo que ocurra, él tiene su carácter, y pues yo también tengo mi carácter, y si queremos hacer coincidir las dos diferentes formas de pensar, es simplemente difícil— Una guitarra sonorizó de diferente manera la estancia y los más tomados lanzaron sus respectivas exclamaciones charras. Las costras etílicas de sus alientos embriagaron el esófago de Martín. Verónica tomo tres copas, las suficientes como para sentirse mareada y a la vez contenta. No pudo conducir su auto al final de la fiesta, pretexto para que Martín se ofreciera para hacerle el favor. El auto circulaba por la carretera. La noche airosa se refrescaba con el ambiente húmedo. Ambos no encontraban la manera de iniciar una conversación sobre sus sentimientos, pero hablaban de cosas sobre el clima. Al llegar al destino y estacionarse, sin contratiempo Martín le arranca un beso y la abraza, las manos de Martín Barrios se posan en las piernas, sus manos sienten el tejido de las medias y roza a la altura de las corvas la costura. —Espera no, no lo hagas, me haces sentir mal. —Tú sabes bien cuanto te quiero. Verónica, te necesito, vamos, ven, necesito quererte. —Pero tú sabes cuantos problemas ha habido, esto no puede ser, mi padre no lo acepta, y esto no es más que un juego tuyo. No sé porque me pasa esto, pero ya no aguanto la situación, los problemas de mi casa, del trabajo, aparte los gastos y las deudas que tengo, tú no sabes que difícil se me hace la vida. Quisiera escapar, irme lejos, terminar con todo, pero antes que nada está mi padre, mi familia, ellos son todo para mí y tú no eres para defender el cariño que me tienes, eres un cobarde, eres un tonto, y fíjate que así dice mi padre: que eres un perfecto idiota, que no sirves para nada, que eres un pobre diablo, que no tienes nada, que eres un imbécil que no sabe valorar las cosas… en fin… — Sobre la mejilla izquierda resbala una lágrima producto del sentimiento y de las copas. El hombre queda enternecido por ella, por el momento. Se acerca a la mejilla y besa la lágrima que aun estando en movimiento resbala adentro, a las comisuras de los labios y es allí donde atrapa la gota.
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