Nos conocimos cuando la inflexible clase de experiencias me acompañaba a las compras del mercado. Malintzi me saludó con su envolvente mentalidad de amor, y yo retrocedí ante su hermosura. Nos convidamos el alma y recorrimos, como amigos, la ciudad de Tlaxcala. Ella tenía una inteligencia ruda, y sabemos que la rudeza, aunque se vista de seda, y una pluma de quetzal, en el cabello, golpea fuerte. Se veía como una diosa caminando por la avenida Juárez. Fue entonces cuando, poco a poco y suavemente, se acumuló el porvenir en mi admiración.
Al pasear por las avenidas, Malintzi y yo correteamos como niños, reímos como locos. Su cascada de risas me embrujó hasta el orgasmo. Ella me platicaba de aquellos años de grandeza cuando era traductora. Me dijo que la longeva conciencia permanece atada a la existencia, y ella está, se queda como el viento o el aire de estas tierras. Ella es el alma de Tlaxcala. La cuna terrestre de su frescura estaba por quitarme el bigote de años; pero ella lo impidió con un beso. La observé con el rabillo prudente del fisgón; la tenaz antena del misterio me cubrió de besos. Paseamos por las colonias y después llegamos al parque, nos tomamos un café mientras hacía una propuesta de amor. Quería que compartiéramos el entusiasmo del erotismo. Mientras ella sorbía el café y oteaba mis ojos, yo engalanaba mi cuerpo, enchulándolo con el cautivante enredo de una sonrisa. Mientras, la locura sitiada en la ciudad, elegantemente se posesionaba del transporte público. Al llegar al hotel, el dependiente la reconoció y hasta se acicaló mi oído al escuchar su nombre.
Reconocimos en nave de besos el atardecer. Su indulgente mata de cabello me acogió como una caracola, como un hijo, como un amante. Ahora visitábamos nuestros sentidos, tocando accesos de placer. Sus senos me coronaron la intención de mis avaras manos. Como chupacabras, lamía el cuello. Su playa virginal me llamaba a viajar a su floresta. Desvestí la llamarada de erecciones en la estrella dilatada. Esperé a que despertara la seda de su espalda para ponérmela de corbata. Pero cuando traté de hacerlo, se desvaneció bajo la sábana y sólo encontré de aquello una pluma de quetzal entre la almohada
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