Edgar Sánchez Quintana

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Salgo al aire cuando se ha estrenado el día, y todo es igual que siempre. Malo sería que la ciudad estuviera de cabeza: que las casas fueran habitadas por las gentes, que los carros circularan por las calles, que la vida citadina fuera igual todos los días, que las leyes fueran puestas para ser obedecidas, que los matrimonios permanecieran unidos para siempre, que los mercados y supermercados estuvieran repletos de mercancías, que los policías se encargaran de poner el orden, que el viento soplara horizontalmente, que el sol dejara caer los rayos de luz sobre las cosas, que las montañas se elevaran por encima de las nubes, que los mares fueran salados, que la política fuera la profesión del cinismo, que la vida fuera desagradable, que las nubes dejaran caer agua.

Las casas son habitadas por las cosas, todas las casas están vestidas con una cantidad de artículos que benefician la arquitectura: mesas, pinturas, instrumentos, piezas de colgar, candelabros, libreros; los armatostes configurados para las esquinas, los centros, o los lugares más iluminados. Así como los objetos para la habitación de estar, para la sala de lectura; o los diferentes tipos de ropero para guardar cosas pequeñas y, dentro de estos roperos, cajones que conservan objetos cada vez más minúsculos, hasta llegar a los alhajeros diminutos de cosas como granos de arroz con el nombre del propietario, o cerdas de caballo con poemas inscritos. ¿Y las gentes? Las gentes son los esclavos eternos que proveen de cosas a las casas.

Los carros se duermen lánguidamente por donde pasan las calles a toda carrera, metiendo tercera y cuarta velocidad; los carros están marcados con números de colores para que las calles no se pierdan en la travesía. Cuando las calles llegan casi a su destino, los carros tienen una identificación más: cada uno tiene su olor característico que los diferencia de los demás. La vida en la ciudad es turbulenta, con el bazar de aventuras vividas al mismo tiempo, como un circo permanente postrado en las diferentes localidades. La vida es carnavalesca, lúdica, es un escaparate de mil formas, un andamiaje de risas y desajustes permanentes, ciclónicos, explosivos. Es como una nave hecha de retazos inconexos, pero siempre diferentes.

Los juristas son los que planean las características que tendrán las leyes para que próximamente se violen y así cumplir con su función. La abogacía, por remediar los enredos de una ley mal administrada, conduce a que las normas se obedezcan equivocadamente. Las legislaciones se norman para que se puedan desobedecer; si no es así, los leguleyos tienen que trabajar para que se cumplan. ¡Imagínense si no fuera así!

Lo que es llamado matrimonio es considerado sagrado. Los matrimonios deben cumplir la norma de permuta (si no es así, se incurre en un pecado capital) porque las gentes, al permanecer dos días juntas, comienzan a soldarse de tal forma que quedan castigadas. Por lo tanto, durante la madrugada, cada gente se turna a la siguiente, y así gira el nuevo día en la ciudad con nuevas caras por conocer.

Los mercados y supermercados están repletos de sentimientos, pasiones, intrigas, amores, vanidades, saberes, voluntades, opciones, tristezas, oraciones, éxtasis, sutilidades, misterios, tiempos, vida, reflexión, excitaciones. Cada gente compra según su bolsillo lo que quiere, pero tiene que consumir de otras cosas no deseadas para que la plusvalía ganada por el capitalista sea conveniente.

A los policías siempre se les anda persiguiendo por ser la mafia más organizada de la ciudad. Los policías andan provocando el caos, disparando en los ataques que cometen contra las casas. Los balnearios son los más visitados por estas gentes. Poseen una industria del mal que, de pensarla, mi pobre imaginación se queda idiota.

El viento se deja caer de arriba hacia abajo, haciendo que la ciudad permanezca eterna porque no hay erosión de esa manera. Los vientos son tranquilos y templados; se fertiliza en las capas altas y se deja caer, alimentando las tierras de cultivo.

El sol es el órgano de la vida, es el motor del universo. Las cosas, los objetos, lo irradian con su luz y lo alimentan para que así continúe la vida. Juntas, todas las ciudades, todos los países, todos los mundos, lo irradian, y este crece como un gran dios dador de vida, de existencia. Las montañas descienden hasta las profundidades del planeta, lejos, donde nadie llega tan fácil. Las nubes son los velos fabricados por los gobiernos para proteger al gran dios sol, dador de vida. Nada ni nadie puede estar por encima de las nubes, puesto que se consideraría una acción de sacrilegio.

Las aguas de los mares y océanos son distintas, pero nunca saladas: el océano Pacífico tiene el sabor de la amante, el océano Atlántico, al probarlo, se percibe como agua de esencias de las vírgenes de 18 años, el mar del Olor es increíblemente fantástico, y así todos los demás.

La política es la profesión dedicada a salvaguardar la verdad de la ciudad por sobre todas las cosas; la política se dedica a poner la vergüenza en cada gesto de los protagonistas dados al oficio.

La vida en la ciudad es tan agradable y placentera como un paraíso poblado de felicidad, reposando en esta existencia que se dinamiza en el presente. Si acaso las nubes dejaran caer agua, sería la catástrofe completa, la muerte impredecible, puesto que somos de arena.

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