
—Era un gato. Los hombres con gran admiración hacían alarde de mis siete vidas. Tenía que confirmar lo que decían. Me puse en marcha hacia la azotea del edificio. Era una residencia de tres pisos. La terraza estaba llena de cachivaches y trebejos, parecía pista de aterrizaje con los aviones estrellados. Me acerqué a la orilla, unos niños jugaban pelota, se veían tan pequeños desde arriba, que sólo les faltaba cola para ser sápidos ratones. Me rasqué la oreja pues me picaba una pulga, lavándome las manos para llevarlas limpias en la caída. En la calle había calculado caer un metro más allá de la banqueta, sería un gran descenso digno de llevarla a los récords de Gines. —Imaginaba que aquellos niños aplaudirían, Sería el representante distinguido de los felinos, las gatas en estampida acudirían a mí de rodillas; sería un extraordinario evento, un acontecimiento célebre por el resto de mis siete vidas, una maniobra sensacional informada por los medios de difusión; así como aquel gato que tan sólo por tener botas se había convertido en un personaje de leyenda. —No lo pensé más, caminé diez pasos atrás con movimientos ágiles, de gato afamado de Hollywood. Abajo: el lugar no lo esperaba, se estacionaba un camión que transportaba pararrayos a una compañía de enseres eléctricos, el conductor y su acompañante comían sopa y guisado en el restaurante de enfrente. Los pararrayos parecían lanzas del siglo XVII listas para la guerra, como las lanzas de Velázquez en la obra titulada “La rendición de Breda”, o como serían incontables quijotes juntos atacando el cielo. —Ajuste los bigotes para que no rozaran tanto al viento. Corrí decidido y llegué al final, era como haber llegado a la meta de los cien metros planos. Me quedé sin piso, sentí náusea y un pequeño sentido en el estómago. El aire corría por la pelusa despeinándome. Alisté mis garras para recibir a la tierra y el impacto. Las pulgas saltaron despavoridas salvando sus vidas. El aire se asustaba al ver tal valentía, ni un ruido llegaba a las orejas. Los colores eran más acentuados en su tono. ¡Era maravilloso volar! —Me di cuenta demasiado tarde; el cálculo se desvaneció, sólo quedaba un camión con lanzas apuntando, esperando impaciente. No pude hacer ninguna cosa, cruzaron mi cuerpo y maullé de dolor, sentí la sangre caliente que salía, y el frío metal que me cegaba. Quedé con la cabeza hacia abajo. Vi como corría la sangre a lo largo de los barrotes de los pararrayos. Los niños que jugaban con bullicio, algunos lloraban, otro se vomitaba por la escena dramática y asquerosa. El conductor y su ayudante ya no comieron más. Perdí la vida pensando que tenía siete. Le digo adiós a mis gatas, adiós a la caída sensacional y adiós al gato con botas.
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