
—No puedo creer que aquello que estoy viendo sea el nagual. Me habían contado que por estos sitios se podía ver, y aquello que está allá en la arboleda, en el claro que conforman los campos semienhierbados, es sin lugar a duda. Me había fijado en ese lugar en muchas ocasiones. Ahí donde los árboles han crecido se pasea triste, columbrado. Hay una silueta áurea que lo sigue, que lo acompaña y sigo viendo. Atrás de las orejas se me va formando un escalofrío que recorre la espina dorsal, es un miedo ante aquella cosa que se agita, se comba sin descanso. No logro entender. A lo lejos se mueve. El nagual corretea, se inquieta como si quisiera escapar de algún dolor, como si quisiera presentarse al dolor de los demás; en ocasiones flota, se apacigua en el aire, en la brisa, sólo se puede ver en la brisa, en la ligera lluvia de las tardes de mayo, como ahora. El agua corre, los relámpagos chispean en el cielo y hacen configuraciones imprecisas de luz. —Más tal pareciera que cerca del nagual, de aquella cosa que cambia de configuración… ¡Ahora lo veo en forma de perro!… no… ¡No es perro!… ¿será perro? Mmm… ¿No seré yo el que está allá? Mmm… Y ese cuerpo desnudo, escamoso, mmm… ¿qué le cuelga allí?, Parece que es… ¡las vísceras! Santo dios… ¿es la cola?, Es la cola de perro, cambia tanto, me espanta, ya no quiero ver. Me quiero ir de aquí, mmm… se ha escondido en los matorrales, atrás del árbol… no, no se ha escondido, se ha guardado de algo, tal vez tiene temor a que lo vean. ¿Acaso estoy violando los misterios que tiene que ser incognoscibles e indecibles? Es el objeto o la cosa viviente quien no acata las leyes físicas por las cuales mi razón se sustenta, es decir, la lógica racional sin la cual pierdo la cordura. —A veces las imágenes son precisas porque el agua cae y forma un velo tenue y azulado. El velo se acentúa más; al mismo tiempo que se agigantan las gotas de lluvia, caen esporádicos granizos, pero ese velo deforma, se vuelve confuso en la humedad y la imagen es cambiante y diversa como mezcla fantástica. La hierba se moja con ese… y esas patas, las patas del nagual, no alcanzo a verlas, pero imagino que son de hombre, podrían ser de perro. Sigue una tarea, la faena que asusta, que me engarrota todito. Me golpea el corazón. Me enferma. Me hace una atemorizada sanguijuela. — ¡Que mal! … ¡Santo Dios!, se ha convertido en un esqueleto, es una armadura de huesos, es el armazón estéril, infecundo. Tengo que escribir esto, la circunstancia me hace estar erizado, tieso. Me quiero escabullir. Quiero escapar, me acobardo… ¿quién no ante este pinche show? En este momento me gustaría más ser un árbol, un maguey, un nopal para no sentir este alucine. Algo pasa, algo pasa en torno a ese nagual, ha mutado en algo blando, adiposo, es un adobe… ¿un adobe o un abdomen? Es la informalidad, el cambio amplio, enconado, es lo que me debilita. Estoy abatido, raquíticamente abatido por esta imagen, ojalá y sea fantasía en desvarío una ficción que me aterra y que no puedo escapar mientras aquella cosa… ¡Apiádate de mi Dios Mío!; Ahora es un burro sin cola, pero tiene cabeza de simio y cola de cuervo… No, no es un cómo… no es una cola de cuervo, es una sombrilla que cubre el lomo, entonces que hay en el lomo, ¿qué se encuentra en ese lomo que está cubriendo? —Esa cosa inverosímil es la representación de otra cosa que no entiendo y que no logro comprender. ¡Caramba! De no ser por mi juventud, de estar mal del corazón, seguramente estuviera mañana en camino al panteón. Siento que los poros se me enchinan, se crispan, los bellos y su raíz se electriza, se hacen pabilo; y esta imagen, esta representación, esta ensalada centrífuga de partículas mezcladas en sus formas me hace estremecer. —Sigue lloviendo, es el velo, el himen acuático que desfigura a ese perro con cola patas de chivo que olfatea el aire, la tierra mojada, las plantas y arbustos… mmm… ahora se escapa, como si hubiera visto al chamuco el mismo nagual… ¡me está viendo a mí! Ha visto que lo estoy observando. ¡Qué ojos! Es el rojo encendido que centella entre la guinda fosforescente y el azul de las urracas. Mis vísceras se desparraman, sufren espasmos. Aquello me ve, aquello me asusta. ¡Me estoy orinando! —No escapa hacia el macizo, sino que se dirige hacia la colina; atraviesa árboles; se aleja. Lo veo entre magueyes tiernos y se pierde en la colina, mientras el agua corre en arroyos, se escurre hacia los estanques del pueblo.
Deja un comentario