Edgar Sánchez Quintana

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Queridísimas amigas mías:

Yo no soy ningún fisgón, pero ¿me creerían que la casa que visité hace unos días era un verdadero trochil? Estaba toda patas pa’ arriba. Si la vieran algunas de ustedes, tal vez saldrían espantadas. ¡Ay, no! Toda la casa era un espanto. ¡Qué horror! Inmundicia por aquí, inmundicia por allá. Sí, se los cuento para que nunca se paren por ese sitio. Mis chicas queridas, las adoro. Sí, las adoro, y por eso me preocupo por ustedes para que no vean cosas tan insanas. ¡Ay, no! ¡Qué asco!

Solo les voy a describir las cosas que había en el tocador de la recámara, solo eso, porque si me hubiera asomado a la cocina, seguramente me desmayo o quedo afectada por la impresión. ¡Qué barbaridad! Pues verán, empiezo mi lista:

Tijeras oxidadas, aretes de bolitas de diferentes colores, tarro de calcio, lentes, reloj despertador, desodorante, pomo de alcohol y pedazos de raíces y hojas entre otros ingredientes; lámpara de petróleo, tubo interno de rollo de papel sanitario, tres invitaciones pendientes pegadas entre el espejo y el marco de la luna, radio de pilas, pequeño cesto de flores secas, desodorante ambiental, cinco cajas de “Ambrosol”.

Perro de peluche “toy’s house”, cassette de Joe Cocker: I Can Stand a Little Rain, espejo pequeño, pomo de “aceite del roble”, cuadro con letras doradas: “Dios dice: no te desampararé ni te dejaré”, dos cepillos, pasta de dientes, la foto de la nuera, colores, carrete de hilo blanco, rosario de cuentas negras; pila de tamaño “C”, pedazos de papel de baño usado, tres seguros atados en la garra rosa donde están prendidos quince pares de aretes y tres sin par, una aguja con un pedazo de hilo blanco colgando, gotas para los ojos.

Alcohol en dos tamaños distintos, cajita dorada como las que dan cuando se compran unos aretes, patito de cerámica con gorra amarilla y cinta roja en el cuello, cadena con medallón del Perpetuo Socorro, cerillo quemado; tres monedas de diez centavos, monedero de piel de distintos colores ensamblados, donde guarda las direcciones en papeles sueltos de las amistades del otro lado. Vaso desechable con nueces y cáscara de nueces, alcanfor, agua oxigenada, un búho de prendedor; aguja hipodérmica, portarretratos con la foto del nieto, medicina: “Fotoestimulina”, cinto con hebilla medio asomando entre el mueble y la pared, perfume: “Racing Club Woman” de Ralph Lauren.

Hasta allí terminé mi lista, porque en eso entró la dueña de la casa, en una bata muy transparente, con una cara lasciva, y se me fue aproximando. ¡Qué horror! ¡Vaya susto! Me creerán si les digo que quería hacer el amor conmigo. Yo le dije que era homosexual y que ni tantito me gustaban las mujeres, pero ella, insistente, me agarraba las piernas tratando de abrírmelas. ¡Ay, Dios Santo! ¡Qué barbaridad! Lo bueno es que sonó el teléfono, y eso fue para mí como si me hubiera salvado la campana.

No puedo ni imaginarme hacer eso, y luego con ella. ¡Válgame Dios! Yo creo que ni en pesadillas, porque si vieran a esa gordis, malacarienta, con sus patas callosas embutidas en unas chanclas corrientes que venden en cualquier lado… ¡Auch! Y déjenme decirles que sus piernas no las tenía depiladas, así que ya han de imaginar a qué cosa se parecía. Además, tenía un cuerpo tan antiestético que yo pienso que Diosito se ensañó con ella y le puso fealdad de más, en lugar de ponerle algo de belleza. Bueno, me despido de ustedes; ojalá nunca les pase algo como esto. Si les sucede algo parecido, que sea con un hombre apuesto y fuertote, y verán cómo las voy a envidiar. PD: Escríbanme pronto, chicas. Adiosito.

El afeminado entra a su casa después de dejar la carta en el buzón de correos. Agita las palmas de sus manos para refrescarse; su blusa sudada mitiga en humedad. Arroja los botines, y al momento se percibe el olor a pies de hombre, como el hedor a palomitas destiladas. Se quita las calcetas y las lanza al cesto rebosante de ropa sucia. Entra a la cocina, toma un vaso sucio y lo enjuaga bajo el chorro de agua. A su alrededor, el trochil de la cocina es evidente: platos amontonados, manchas en la mesa, restos de comida en el suelo.

Con el vaso ya limpio, se sirve agua y se apoya en el marco de la puerta, mirando el caos a su alrededor. En el fondo, sabe que su propia casa no es muy diferente de la que describió en la carta, pero se consuela pensando que al menos, no tiene que enfrentarse a la dueña de casa en bata transparente y con intenciones lascivas. Mientras bebe el agua, se imagina la reacción de sus amigas al leer su carta; sabe que las hará reír y murmurar entre ellas. Quizá una de ellas le responda contando alguna anécdota escandalosa, o tal vez lo inviten a una reunión para comentar la carta en persona.

Al terminar el vaso, lo deja en el fregadero, que ya está lleno de utensilios sucios. Suspira. El desorden de su vida es tangible, pero, por ahora, no tiene energías para enfrentarlo. Se dirige a su habitación, donde su propio tocador es una réplica del que describió: lleno de objetos amontonados, recuerdos de tiempos pasados, medicinas olvidadas, y pequeños tesoros sin valor. Se tumba en la cama, agotado, y mira al techo, donde una telaraña en la esquina es lo único que se mueve, balanceada por la brisa ligera que entra por la ventana.

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