—Sabes bien que no iré —decía Dalia— ¡No iré, no iré! —mientras caminaba con paso firme hacia abajo por el sendero serpentino, mientras Carmelo continuaba sentado en la piedra alta de atar.
—Las piedras ya están al punto. ¿Qué te cuesta? —gritaba casi, mientras observaba a lo lejos la grácil figura de Dalia, que se perdía al voltear la vereda. La estela de perfume a jazmín se extendía a lo largo del camino hasta el recodo.
Carmelo se quedó pensativo, queriendo reanudar la reciente plática. Chupaba un tallo de trigo silvestre entre los dientes, masticándolo de manera inconsciente. Su pantalón, con olor a chivo, se confundía con el hedor a ganado que lo envolvía. Con un fuetazo despabiló al ganado para dirigirlo a la lagunilla; los animales bebieron hasta el hartazgo. Carmelo seguía recordando que la invitación a bañarse en el temazcal había sido un fracaso; tal vez Dalia pensaba en los temores de la primera vez. El noviazgo, la relación amorosa de apenas unos meses, tenía que cruzar el puente de la reconciliación o terminarse. Un mierdero quedó en la ribera, cerca del agua, sumándose al incontable excremento depositado en tierra, copioso, nutrido de moscas, esparcido por las bestias domésticas.
Carmelo miraba la borrasca; el chubasco se acercaba. El perro mordía sus patas, siendo un ser viviente con una colección de parásitos: garrapatas, piojos, moscas, lombrices, sarna.
—Pinche suerte, yo que me la quería coger allí en el temazcal. Alisté la toallita, el jabón, mucha leña; tengo que convencerla… Lo primero será volver a reconciliarme. La voy a llevar a Puebla a ver los aparadores, con eso se contenta. Dalia tiene que ser mía; ésta sí es rejega, porque lo que es Verenice, donde sea: en los campos de labor, aquí en la lagunilla, en el panteón o las veces cuando me tocaba picar las campanas en domingo, nomás nos mecíamos colgados en la soga y la campana sonaba y sonaba. Lo malo es que Berenice ya se casó y se fue a Puebla. A Dalia la tengo metida en la cabeza, se me hace que un día de estos le atajo el paso en el sendero, por allá por la piedra alta de atar, y me la robo. Sí, son muchas mis ganas, sueño a diario con tenerla todas las noches y que me atienda, recibir su calorcito. Tiene una cara bonita, como de virgen, pechos pequeños, levantados, y con picos como una montaña, nada más que de a par. Me la imagino encuerada, sirviéndome la sopa, con sus pezones duros y al aire, los pies desnudos sobre el piso de cemento color mosca.
Las nubes se hacían nudo, como un gran tumor de gas negro. Los chicotazos de Carmelo eran recibidos por los animales más perezosos. Sabía que no llegaría hasta el establo, así que los dirigió hasta el tejaban, cerca del temazcal.
Tuvo frío; advertía que en el temazcal hacía calor. Dejó el sombrero y el cotón en la entrada. La cueva caliente estaba seca. La oscuridad envolvía toda posibilidad de observación. Tomó la toalla que se encontraba encima del banco y la puso en el piso. Se recostó. Dalia lo había esperado por varias horas. Se acercó, puso la mano en su pecho, mientras su boca cerraba la oportunidad a cualquier palabra.
Carmelo acomodó su mente al sabor de la boca que lo besaba, recordando el olor de esa piel tan cercana y lisa.
—Carmelo, tómame… ms.… ms.… necesito que me quieras —susurró ella. Él trató de inventar una sonrisa de satisfacción, pero no le salió. La oscuridad se lo impedía.
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