
Era mi vecino de la calle Muñoz Camargo, arteria que partía en dos la ciudad de Tlaxcala. Recuerdos… Yo era un chiquillo. Estudiaba la primaria en la escuela Emiliano Zapata, mientras él, junto con mi hermana, estudiaba la secundaria en la «técnica».
Por aquel entonces, ya se le notaba. Solía gritar desde la azotea de su casa cuando se enojaba con su madre, diciendo: —¡Me voy a matar! Ustedes no me quieren. Y la madre, desde abajo, le contestaba cosas que no lo animaban a hacer lo contrario. Óscar era un adolescente demasiado impulsivo, delgado; desde la azotea podía verse su tétrica y triste figura, su rara personalidad, tal vez porque era homosexual. Solía pasearse por los bares de la localidad e incluso intentar entrar en el ejército, pero su edad se lo impedía. Cuando se inauguró el nuevo mercado llamado Sánchez Piedras, supe que se había ido a Houston.
Se le veía rodeado de tanta gente, conociendo personas, o a algún hombre a quien amar. Sus brazos se entregaban a cuerpos bronceados, pétreos y erguidos, otros que tenían acento extranjero y que esponjaban su corazón con la primera caricia; se convertían para él en huesos firmes y duros como los de las ballenas viejas que habitan el Atlántico. Los días se transformaban en fiesta cuando, en el restaurante, más de uno acariciaba su trasero y él respondía coquetamente con una sonrisa complaciente. Cuando llegaba a su casa después de un lento día de trabajo, depositaba en el cofre de metal, encima del tocador, sus anillos suntuosos y de figuras extrañas. Su compañero soportaba sus extravagancias y hasta su rostro cubierto con mascarillas por la noche; pero era otra cosa cuando él coqueteaba con otro rival, entonces sí se ponía agresivo. Óscar se puso histérico cuando recibió por teléfono la noticia de que su compañero de departamento lo había dejado. La nota decía: —¡Pelandusca chiquita, ya no te quiero!
El padre de Óscar vivía también en Houston. Tenía a su cargo las importaciones de productos petroquímicos derivados, una compañía que era una ramificación de PEMEX. Viajaba mucho. Sólo en dos ocasiones lo vi en Tlaxcala, la primera vez cuando llegaron a México a establecerse, y la siguiente cuando vino a romper con su segunda esposa: Ana, la madre de Óscar.
Su padre supo que su hijo vivía en otra colonia. —¡Puto chiquito! — Decía, peinándose el bigote frente a un escritorio de roble; a su lado, la secretaria se reacomodaba el sostén y corregía sus medias fruncidas.
No recuerdo una sola ocasión en la que su madre se preocupara por él, hasta que le dio «leucemia» (en realidad pienso que lo que tenía era SIDA). Entonces, tuvo que viajar una vez al año durante cinco años. Los hermanos se disgustaban porque no podían contar con el dinero de las rentas, ya que era destinado para el avión.
Cuando enfermó, mi hermana se puso triste; ella sí lo estimaba, lo quería. Inclusive, en una ocasión se quedaron solos en la casa de México. —No te preocupes, conmigo no corres peligro— Dijo él mientras caminaba por la sala como partiendo plaza, con la delicadeza desplazada en un cuerpo femenino. Después de eso, no lo volvió a ver. Un día llegó una carta de Houston, lo cual fue extraño porque en Houston no teníamos conocidos, hasta que mi hermana la leyó. Mientras ella pasaba la vista por las caligrafías, yo sacaba del sobre una foto de una persona irreconocible. Era Óscar, desahuciado, hecho cáscara, con la piel pegada a los huesos. Como si estuviera viendo a un individuo de África, de los que a veces aparecen en la tele, que son pura osamenta, carcasa negra; en esos huesos tristes sonríen la muerte, la miseria y el hambre. Era inadmisible que lo que estaba impreso en la foto fuera Óscar: su cara trataba de sonreír, pero el horror se le emparejaba, lucía el pavor en la cara granuja; una cobija de lana tapaba algunas costillas y, sobre la mesa de noche, un libro de poesía que estaba escribiendo. Encima de su frente asomaban manchas anaranjadas con excoriaciones, y en su cabeza los hirsutos cabellos permanecían regados en la almohada. En su mano lucía los anillos suntuosos y de figuras extrañas extraídos del cofre de metal, frente al espejo, en el tocador.
Ana y su familia no eran cristianos. A Óscar no le importaba, pero cuando incineraron su cuerpo, sus cenizas fueron guardadas en el cofre de metal junto con el libro de poemas y sus alhajas. En la iglesia de San José tuvo su misa de cenizas presentes; fue hasta el mes siguiente cuando hicieron el servicio. Ana tenía que pedir permiso en su templo. Ellos no respetaban nada, inclusive en la ceremonia los veía platicar y juzgar no sé qué cosa. No los entiendo. Al salir, mi hermana cargó el cofre hasta la calle Muñoz Camargo donde vivían los vecinos. Nos invitaron a café y pan de dulce (lo tradicional), pero pusimos pretextos, la mayoría de la gente hizo lo mismo, tal vez por su religión.
La muerte siempre andaba cerca, pero ahora se sentía en el aroma extraño e inusual de las jacarandas del bulevar Mariano Sánchez. Por las noches, mientras el cofre estático aguardaba al lado del teléfono, en la repisa color caoba de la sala de los vecinos, se escuchaba el ulular de las ambulancias que venían a dejar los muertos o los heridos al Hospital General. (Óscar y yo, en ocasiones, solíamos correr a ver a los muertos o atisbar las tripas del herido), un destino que no podía cambiar. Sin embargo, no me preocupaba tanto la muerte de Óscar. Sé que las cosas pasan. Por el momento, tenía la corazonada de que Alicia me llamaría. Necesitaba platicar con ella, decirle cuánto la quería. Le dejé un ramo de claveles rojos sobre su escritorio con una nota diciendo que la amaba; en el apunte había dibujado objetos eróticos para que viera mis ardientes intenciones. Se había ido la luz, el teléfono petrificado, inerte en el atardecer. Chispazos y destellos recorrieron la instalación del teléfono ¡No supe qué pasó! El aparato se puso negro en un segundo, en el cable brotaban hilos de humo tostado que iban a dar al techo; las carpetas de los sillones comenzaron a cubrirse de un tizne grisáceo. Le grité a mi hermana y recordé que no estaba, a esas horas laboraba en su trabajo.
En la casa del vecino sucedía lo mismo, los hilos conductores se fundían, se ponían rojos, incandescentes. La repisa empezó a oler a madera chamuscada, frita. La neblina cundió en la pequeña sala donde se encontraba el cofre de metal, y adentro de éste, el libro de poemas se inflamaba y hacía arder las cenizas guardadas. Los anillos permanecieron candentes hasta el tercer día y nadie se dio cuenta. Aún hoy no sé qué sucedió con los cables, pero algo tuvo que ver el cofre cerca del aparato de los vecinos. Ellos deberían asomarse al interior del cofre de metal, en la repisa que está en su sala, descubrirán que la muerte tiene permiso de hacer fuego las cenizas.
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