
La ciudad se encuentra en éxtasis de aburrimiento permanente, las sombras de la tarde poco a poco se comen los rayos de luz que se ven filtrados en los parabrisas de los carros. El cantinero limpia la barra, con un trapo seca el área de trabajo donde ha servido el par de cubas para Rafael y Carlos. Un reloj descompuesto de fayuca adorna las paredes de la cantina “El jinete Negro”. Oscar entra y se encuentra a sus amigos. —¿Cómo están? —Saludando de mano, continúa la conversación con los ebrios, en cuanto a la música, el compacto de Pedro Infante compone la alegría. —Vengo a invitarlos a unos quince años a la Trinidad Tenanyecac ¿Podrán ir? —Nosotros vamos al mismo infierno… si es que hay copas—contesta Rafael con voz entrecortada y lengua torpe, en tanto que Carlos empina el codo bebiéndose la cuba. — ¡Cantinero! Sírvale una cuba a mi amigo Oscar —Dice Carlos secándose la boca con el brazo. Mientras el cantinero trabaja Oscar comenta a sus amigos: —Desde que estoy en las filas de los desempleados, nomás pienso en mi familia. De los precios estoy hasta el copete y mis deudas crecen y crecen. Lo que queda es olvidar por un rato todo este rollo en las fiestas. ¡Salud! —Oscar, te preocupas demasiado —contesta Rafael con ojos adormilados — ¡Chúpale! Y olvídate de lo demás… súbele a la música cantinero, esa me gusta… la de… ¡hic!, Doña Meche. Dos rondas antes de la caminera circulan en las gargantas aguardientosas de los tres amigos, poco a poco Oscar muestra en su cara los efectos del alcohol. —Me toca pagar la caminera, pero… ¡ya vámonos! El vals con la quinceañera nos espera. En la calle los tres amigos piden parada a los taxis que ni se inmutan ni se molestan por causa del vaso de plástico, que todos conocen por cuba, en manos de sujetos con caminar torpe. —Frente a San José no fallan —dice Rafael adelantando el paso casi a media calle, ocasionando las pitadas de los carros. —Pues a donde va chofer —dice Oscar- por aquí no es. Es que tengo que darle vuelta al parque para salir por Mariano Sánchez, la guerrero y después por el “Trébol”. En el trayecto, Rafael y Carlos discuten sobre el trato que se les debe tener a las mujeres. Rafael contesta: —Carlos, a las mujeres hay que tratarlas bien, tenerlas contentas por muy indefensas e insignificantes que las veas tienen su sentimiento y sufren. Si no respetas a las viejas, la estas regando, porque a la larga pagas caro lo que haces. Te lo digo por experiencia. — A mi señora la traigo cortita — contesta Carlos mientras el taxi circula por la autopista — ¡Me vale! La trato como me da la gana, y si no le gusta que se busque otro que la mantenga. —No seas bruto, la mujer por naturaleza es romántica, como la quinceañera de ahorita. No ves que son soñadoras… ¡salud! Poseen la inocencia y la candidez de que nosotros carecemos ¡hic!… ¡hic!… Al tomar la desviación, Oscar le indica por donde: — siga derecho hasta llegar a la Hidalgo, ahí se va a ver la pachanga.— tan pronto como se bajan, van a un terreno de labor a orinar y a fajarse la camisa. El conjunto toca la canción cumbiambera del momento “el diario de un borracho”, Carlos comenta: —Ya oyeron, nos dan la bienvenida — se abraza el trío y se dirige a la fiesta. La quinceañera con un vestido propio a la ocasión demuestra con su cara y su belleza el festejo y la alegría que hay en su interior. Dos conjuntos musicales y un grupo de luz y sonido amenizan desde la comida la fiesta de quince años; el pastel luce al centro de la pista-calle. La localidad disfruta de la noche fresca de un sábado de primavera que se encuentra en éxtasis de aburrimiento salvo en la fiesta. —¡Chin chin, el que no chupe y baile! — gritó el grupo al unísono, como una oración que ya de memoria se conocían. Encontraron tres sillas desocupadas y se apostaron a disfrutar. La quinceañera le ofreció a Oscar una botella de brandy, los vasos se volvieron a llenar. —Carlos, mira — Rafael señala a un grupo de muchachas esperando a que las saquen a bailar. Las muchachas de falda, de vestido, con escotes y bien arregladas, cuchichean declarando inclinaciones de gusto por los muchachos. El amenizador del conjunto musical hace énfasis en los chistes de siempre, con las frases repetidas fiesta tras fiesta. La gente se sigue riendo de lo mismo. Carlos se levanta de su asiento para pedir a una muchacha que baile esa pieza. Se tambalea y llega frente a ella; al mismo tiempo otros cuatro jóvenes le piden bailar a la misma muchacha. La muchacha titubea frente a las cinco caras de los jóvenes entre ellas la de Carlos con ojos adormilados; las cinco manos se encuentran extendidas. Escoge la mano más blanca y es la de Carlos. Las parejas salen a bailar, Carlos se bambolea con el ritmo de la cumbia y le cuesta aún más por el suelo pedregoso. Carlos le hace la plática: —Oyes linda… ¡hic! ¿Me quieres? —pero si yo ni te conozco, como se te ocurre. —es que tengo corazonada de que me… me… quieres —pos’ ni que fueras “luismi” para quererte luego. Carlos se pega contra la muchacha, su aliento se esparce por la cara de ella como vaho alcoholizado. Rafael, corpulento y de estatura, también baila muy cerca del pastel que luce como una gran copa gastronómica sobre una mesa en el centro de la pista-calle. Carlos se suelta para dejar de bailar, insiste con un torpe jalón que enfurece a la muchacha, empuja con fuerza a Carlos y va a dar con Rafael haciendo que tropiece con las piedras y caiga encima del pastel. Las patas de la mesa se vencen con el peso del hombre embriagado y los manotazos terminan con el trofeo gastronómico que ahora luce en el suelo con el asombro de todos los invitados. La quinceañera es la primera en sollozar: — ¡Hay mamá… no es posible! — y abraza a la madre que, aún sin concebir lo ocurrido, estupefacta y anonadada en el total espasmo por el suceso; atónita sin saber qué hacer. Los tíos de la festejada corren a salvar lo insalvable, el pastel queda irreconocible, la mesa en medio de la pista-calle se emplaza perezosa con el destrozo de sus patas embadurnadas de crema, mermelada y betún de colores. Los beodos se desternillan de la risa. En el suelo se sacuden el polvo y el chantillí. A Carlos lo levantan en vilo. Con los pies arrastrando lo llevan hasta la tierra de faena. Orinaron una vez más. Oscar vomitó lo suyo y abrazados se fueron viendo el horizonte y cantando la canción de “doña meche”. El domingo estaba a unas cuantas horas, prometía el éxtasis de aburrimiento permanente sumado a la “cruda” de los tres catarrines.
Deja un comentario