Edgar Sánchez Quintana

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—Me dedico a checar tarjeta —dijo el desconocido mientras la combi avanzaba por la ribereña del río Zahuapan, a la altura de la escuela Emiliano Zapata.

—Qué güeno, yo no checo, me chisparon apenas de la fábrica y ahora me dedico a gastar la suela pa’ conseguir, si no consigo aquí en provincia, me voy a Chilangolandia; por lo menos allá me paseo en metro y no gasto tanta suela. Ta’cara.

Los desconocidos, frente a frente en una combi, se dirigen a la central camionera. El mediodía se despunta en un día de la semana. En la parada del puente rojo, los agentes de tránsito revisan el orden, y un perro asolea las pulgas en un costado de la moto oficial. Los dos desconocidos continúan la conversación:

—Para que me pase eso a mí, está difícil. Primero se salen tres que están abajo y después yo. Soy sindicalizado y tengo quien me defienda y cuide de que en estos días de quincena me toque lo que me corresponde; donde sí está fea la cosa es en los precios y el IVA. Por eso ya pedimos aumento de emergencia.

—¡Pos’ sí! La combi ya cuesta 1.30 y ahorita estoy pidiendo prestado al cuñado, pues, ¿de dónde sostengo a mi familia? Sí, son hartos gastos; antes alcanzaba para que los domingos comiéramos mejorcito y viéramos el fut sin preocupaciones, pero ahora solo alcanza pa’que todos los días sea parejo de comer. La panza ahora entra a la fuerza, a lo democrático, y si vemos el fútbol, nomás atentos pa’ver qué errores comete el árbitro y así “refrescársela” y aliviar un poco las penas.

La colectiva se detiene tras la larga cola de carros que se enfilan para pasar el semáforo de las escalinatas. Los estudiantes de la secundaria transitan por los escalones entre risas, bromas y jaloneos. Sube a la combi una señora con vestido floreado en color rosa y zapatillas verdes. Se acomoda en uno de los asientos; uno de los desconocidos piensa: «Ta’cara», y la revisa de pies a cabeza. El otro desconocido continúa la conversación:

—Sí, está difícil. Fíjese que, si no se solucionan los problemas de los asalariados, nos vamos al paro. Tuvimos junta con nuestros representantes para que nos dieran otras prestaciones que nos hacen falta, como por ejemplo los descuentos dominicales para los balnearios o vales para otras necesidades; si no, ¿a dónde vamos a ir a parar? Las obligaciones cuestan, y si no pedimos el aumento, al rato van a querer que pongamos de nuestra bolsa, y pues no es negocio, puras pérdidas.

—Pos’ ¿qué le vamos a’ hacer? Ta’cara la cosa.

—Y no solo eso, sino que la situación no está como para comprar cosas importadas o de lujo, sino nada más lo necesario para seguir pasándola.

Llegan a la central camionera. El chofer cobra 1.30 a cada uno de los pasajeros. La mujer de zapatillas verdes y vestido rosa floreado con escote muestra los pechos al desconocido de enfrente al pagar su pasaje; al desconocido se le agita un poco el corazón. Él mismo continúa la conversación para despedirse:

—Hasta luego, ojalá y consiga trabajo pronto.

—Sí, que se la pase bien, después nos hemos de encontrar.

Uno de los desconocidos se dirige a los baños de la central camionera; el atole y las garnachas del desayuno le habían caído mal. El otro desconocido lo sigue a cierta distancia. Gasta la suela y entra al baño. El otro desconocido se encuentra bajándose los pantalones. El baño está vacío, solo un muchacho de secundaria se asienta los hirsutos cabellos, en tanto que, del otro lado, una muchacha, de la misma escuela secundaria, experimenta pintándose los labios.

El desconocido saca de su bolsa una navaja gastada y sucia. La aferra al puño, aprieta los dientes; la adrenalina se agita en su cuerpo. Con el hombro izquierdo empuja la puerta, sorprendiendo al desconocido, sentado, con los pantalones caídos.

—¡No te muevas de allí, señor! ¡Y dame tu sobrecito de la quincena con to’ y vales… y si no queres! ¡Te destripo en una asesinada! Te vas a ver muy guapo asentado en la mierda con el corazón salido y mi herramienta clavada en tus cochinas tripas… ¡Suéltale! ¡Ándale! ¡Suéltale ya! La vida ta’cara, ¿no ves? Ta’cara; suéltale, cabrón.

El desconocido apunta el arma al pecho, mientras que el otro, con las dos piernas juntas, al lado, empujadas por la puerta, está en desventaja. Le ha nacido en segundos el temor, el espasmo, la cobardía, la duda, el desamparo. Su cabeza no piensa en nada más que en salvar su vida.

—Sí…sí… espérese. Nada más me subo los pantalones… no me haga nada.

—No, no, no; esos allí los dejas, solo sacas lo que quiero y después lo acomodas. ¡Échale! ¡Suéltale! Tacara la vida, ¿no ves?

Tan pronto como el desconocido sentado saca su sobre con el dinero de la quincena y otros objetos de valor, el otro desconocido mete dentro de su bolsa el arma y las demás cosas.

—No te muevas de allí, sigue haciendo lo tuyo por un rato.

Entra al baño un grupo de jóvenes a orinar. Las bromas sexuales se presentan. El desconocido, para no darse por advertido, comenta:

—Amigo… ojalá y consiga el aumento de urgencia. Ahí nos vemos.

Ya tengo algo, con esto ya puedo librar el día, me compro ahorita unos tacos, un refresco y a ver para que más me alcanza.

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