Edgar Sánchez Quintana

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—Sólo bastaba ver el cielo hacia algún lugar para advertir las parvadas de pájaros dando giros en el aire. Eso me gustaba, más cuando se vive en una ciudad capital donde todo se mueve, cambia y se moderniza por amor a la humanidad, al progreso. Yo realmente no sé lo que significa progreso, pero me imagino que ha de ser tener: radio, televisor, compact-disk o computadora. Los políticos hablan de progreso y democracia, me pregunto si será lo mismo, sólo ellos se entienden.

—Desde que terminé la preparatoria, me dijo mi padre que me pusiera a trabajar, que consiguiera trabajo o que él me lo conseguía; eso me preocupó, porque… ¡Él se mancha! Cuando me vio sentado viendo la telenovela de las cinco, se puso como energúmeno. No recuerdo bien cuál fue el sermón porque mientras lo recibía observaba los anuncios de la tele. Salió la publicidad de la escuela de inglés; fue mi salvación de momento, — quiero estudiar inglés — le dije sin miramientos; él contestó que estaba bien pero que aun así tenía que emplearme en algo. Recordé que mi tío tenía un negocio de lavado de autos en Apizaco y que podía sacar algo. ¡Uf! Salvado, porque… ¡Él se mancha!

—Vivía en la calle Julián de Obregón en San Hipólito Chimalapa y la escuela de inglés estaba a un costado de “Gigante”. Se hace uno caminando como veinticinco minutos y no era muy lejos, lo malo estaba en que me tenía que parar a las seis de la mañana. A esas horas las calles amanecen, están vacías, y sólo se ven adolescentes que corren para entrar a su clase de las siete. La calle que más me desconcertaba era la de los árboles grandotes, la que está por el mercado, creo que se llama Lira y Ortega. Verán. Si han de observar esa calle está arbolada, creo que los sembraron los antiguos habitantes de Tlaxcala, no lo sé; soy malo para la historia. Lo que sé es que siempre ha habido pájaros de todo tipo. Realmente no conozco de variedades de aves, pero cuando iba a la primaria un compañero me dijo mientras paseábamos por la ribereña que esas como águilas negras se llamaban “perros de agua” y que comían caracoles, pequeños sapos de la laguna de Acuitlapilco.

—Al ir a la escuela de inglés, veía regado en el piso el excremento de las aves, esas banquetas olían mal generalmente a no ser que hubiera caído el día anterior un chubasco que permitiera olfatear otra cosa en el piso. Entre el frondoso follaje eran imperceptibles, se podía ver un entramado de raíces y palos, como un sombrero boca arriba ¿serían sus nidos? Sí, puede ser. Me preguntaba cómo poder conocer la cantidad de estas palmípedas, ¡sería posible contarlos! impracticable era en los bambúes del jardín del museo de las artesanías. Me volvía loco al pasar por allí, tanta pilladera ¡es bestial!

—Los pajarracos que les cuento sí. Me imagino que podríamos hacer una investigación, en la cual tendría como problemática la ayuda al ecosistema y a la conservación de las especies a punto de desaparecer. Dado que se secó estérilmente la laguna de Acuitlapilco y estos animales subsistían gracias a ella. El escruto se podría llamar: proyecto de conservación de las especies: “perros de agua” en extinción. Con amplitud de veinte cuartillas y dirigido a los interesados. Sería para conseguir apoyo del gobierno del estado, y autoridades municipales. Entre los trabajos a realizar estarían: El cálculo numérico de animales. El auxilio si las ramas se desgajen. La observación permanente de sus nidos con binoculares desde los edificios más altos para así no molestarlos. Científica medición por metro cuadrado del número de excremento para calcular la cantidad de tiempo en hacer sus necesidades por comunidad. Estudios en laboratorio para tomar en cuenta la posible importación de babosas, sapos y la prevención de enfermedades más comunes o la sustitución de otros nutrientes propios del caracol y la rana.

—Se podría fabricar una solución aromática para rociar todas las mañanas los troncos, la banqueta y también hacer negocio rentando paraguas en los extremos de la calle para que el peatón pase cómodamente y no sufra algún contratiempo. Eso podría beneficiar a la economía de la ciudad.

—Después de la reflexión lo que quedaba era redactar y remitirlo a las autoridades. Son mis deseos: servir a la comunidad, hacer algo de provecho. Porque lavar carros o estudiar inglés pues…sí, pero no me llenaba, como que eso lo hacían muchos y una idea como ésta era como galardón al mérito o como los premios de Jacques-Ives Cousteau por resguardar las especies en extinción de los océanos. Fueron cinco meses de arduo trabajo, dice el dicho que “di las cosas se hicieran tan fácil cualquiera las haría”.

—Esto valía la pena, así que mandé copias de mi pequeña y anticipada investigación, las propuestas de remedio, los objetivos; bueno, el sí el proyecto completo, al gobierno del estado, a la presidencia municipal, al CONACYT, y al maestro de inglés para que lo tradujera y pudiera mandar la información al CDAPI (Centro de Documentación sobre los Animales en Peligro de Inanición) —por aquello de la laguna de Acuitlapilco— en Utah, USA. Después de medio año de remitir aquel proyecto, cuando cursaba el ciclo intermedio, esta mañana, mi pregunta fue: ¿qué ha pasado con aquellas motas en el suelo? Mucha fue mi sorpresa cuando me entero por el periódico que el grupo de colegiados en leyes ha puesto una legislación que prohíbe a las aves ensuciar las banquetas. La política es mantener la limpieza a como dé lugar para bien del turismo.

En la medianoche, la policía había realizado una redada en el sitio tomándolos desprevenidos, y remitidos a la pajarera municipal recientemente construida. Las autoridades correspondientes pusieron a disposición de las aves. Purgan una condena mínima pero significativa, de tal modo que no vuelvan a posar las alas en ese lugar a no ser que quieran recibir una reprensión o ser sacrificadas.

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