
Se quedó esperando la llamada, mientras; lloraba un poco para no aburrirse. Rompió el eco con un sonido seco de los orificios nasales. Quería averiguar porque estaba tan ofuscada consigo misma. Se quitaba la ropa de manera enérgica como si con eso se arrancara el coraje; la imposibilidad de conseguir una llamada de él la ponía histérica, desesperada. Cómo hacer que la llamara era su preocupación del fin de semana. Acomodó sus pies en el sofá, veía los muslos y sobre de ellos el teléfono. —¿cómo estás? —bien y tú —también bien, estuve trabajando tarde — ¡Ah! Y estás cansado —como para hacerlo, no, —estoy viendo la tele — ¿Está bueno el programa? O, aburrido —más o menos — ¿Por qué siempre más o menos? —Es que así me siento la mayoría de las veces ¿te vas a enojar por eso? —no… lo que pasa es que en las conversaciones siempre eres muy seca, no le pones entusiasmo —¿Qué quieres? ¿qué me ponga eufórica? Sonó el teléfono, su abdomen se contrae y contesta. —cómo estás —bien y tú —también bien, estuve trabajando tarde — ¡Ah! Y estás cansado —como para hacerlo, no, —estoy viendo la tele — ¿Está bueno el programa? O, aburrido —más o menos — ¿Por qué siempre más o menos? —Es que así me siento la mayoría de las veces ¿te vas a enojar por eso? —no… lo que pasa es que en las conversaciones siempre eres muy seca, no le pones entusiasmo —¿Qué quieres? ¿Qué me ponga eufórica? —No, simplemente has lo que te plazca… clic. Pip…pip…pip…pip… Su poca coquetería se quedó pasmada. Después de esperar tanto y de imaginar el mismo diálogo, el teléfono se enmudeció al colgar el auricular. Lentamente fue recuperando su enojo hasta que fue total, como una cera se derritió su expectativa. No pudo arrancarse la ropa para demostrar su irritación porque ya no la tenía, sin embargo, arrojó sobre la televisión, el moño blanco que sujetaba la cabellera. — ¡idiota! Hay… no puede ser, que estúpida soy, ahora tendré que aburrirme el tiempo que dura el fin de semana — se levantó del sofá y puso bruscamente el aparato en su lugar.
El sol se ocultaba tras los volcanes. Las nubes destellaban colores rojizos y lentamente el fresco viernes se transformó en tormentoso fin de semana. Descalza, con la melena al vuelo, recorría su departamento, rememorando una y otra vez el conflicto; transitó por su cabeza el sentimiento de culpabilidad, arrollada en una mortífera sacudida de sentimientos reprimidos, el descuido de los comentarios era la causa eficiente de un viernes tedioso.
La urbanización periférica que rodeaba su departamento combinaba arquitectura funcional con toques de diseño casual. Allá abajo, la ciudad de Tlaxcala representaba una fermentación cada vez más contundente de luces y destellos citadinos, el flujo por las calles: (los autos y los anuncios con luminosidades pletóricas), circulaba en los ojos de los transeúntes. En la oscuridad floreció una cantidad suntuaria de sombras, de claroscuros, de cuerpos negros, la opacidad se conjugaba con las luminarias dispersas. El aspecto lóbrego de algunas zonas resaltaba una alianza con la carencia. Los perros de la localidad dejaban caer sus ladridos en las avenidas, en las azoteas o en algún peatón. El lecho recibía la belleza de la mujer con una libertad envidiable, las sábanas aspiraban de vez en cuando un sollozo. Sus sueños de misterio. La túnica envolvía el cuerpo lindo, virginal; la silueta como un aura murmuraba en movimientos los pasos por aquel jardín lleno de flores, los arcos de mampostería eran cubiertos por enredaderas con rutas indefinidas y múltiples, y abajo, en los pies desnudos la alfombra natural como un colchón fresco y verde, los arbustos recién cortados con figuras clásicas. Encinos y abetos son otro fondo del paisaje, la diversidad de los verdes, el cetrino, el verdemar y el aceitunado en combinación con la montaña pintoresca: su expresividad nata es la belleza. El río a la izquierda cerca de la vaguada, el desfiladero se divide en múltiples bifurcaciones venosas, como crestas de rutas indescifrables, el agua rebota, es el sonido que recobra la percepción del oído. Un murmullo en el aire, el bisbiseo de las hojas frotándose, susurrantes unas a otras en mezcla con el gorgoteo acuático del río, del pez que salta imprevisto con un inadvertido arrojo. Caminaba en el valle. Su piel saboreaba el fresco soplo y el ambiente cálido. Al encontrar un columpio en el roble hercúleo se sienta y se mece lentamente como esperando algo. A lo lejos, en el horizonte distingue una silueta. Es un hombre que cabalga, se ve imponente, masculino, con la fuerza viril conduce al animal por entre los árboles y saltando los riachuelos. El corcel trota con majestuosidad, la maestría y el dominio en las patas educadas. El sol cae en los rizos trigueños, flotan; su movimiento es de émbolo combinado con el trote del caballo. El varón desnudo, a pelo, desmonta del percherón; cerca, por los arcos y camina hacia el columpio, la belleza del hombre era evidente, sus muslos a cada paso se contraen, se tensan. La piel broncínea brilla en tono cobrizo, los ojos expresivos e intensos en una cara cuyo moño es una sonrisa abierta; con ese gesto hizo celebre la reunión. La tomó del talle, haciendo que la túnica se pegara a su cuerpo. Una sola silueta por la fusión de los brazos y las bocas. Fue venciendo su cuerpo y soltó poco a poco las cuerdas del columpio. Se tomó la última copa recordando la llamada de anoche. Sabía que las mujeres eran así, a veces incomprensibles; tal vez había sido un error colgar el teléfono; pero tenía que darle un escarmiento para que cambiara de actitud, para que se educara, la mejor carta que tenía era que ella pidiera perdón y continuara todo como siempre. El ambiente del bar se había desvencijado por las horas y el alcohol, el día hacía señas en aparecer. Un gallo torpe se escuchaba a lo lejos y punza el principio de la resaca. La mano inepta se apoyó en la mesa donde dormía su amigo, y derramó el retrasado sorbo. Pidió el teléfono. Corrieron felices al arroyo, el remanso del agua terminó cuando juguetearon; el caballo bebía en el estanque más abajo, cerca de la cañada. Buceaban. No existía lenguaje, la expresión de sus cuerpos era total. Después de broncearse al sol; un placer comer manzanas del árbol, estirar la mano y tomar. Cae una, y ¡suena un timbre! Se desprenden muchas al mismo tiempo y caen estrepitosamente. — ¿Quién habla? — contesta una voz adormilada entre contenta por el sueño y molesta por la interrupción. —Soy yo mí… ¡hip! Amor. —Qué quieres. —Quiero hacerlas pases, te perdono por ser tan seca en las conversaciones. — ¡ha sí! Pues vete mucho al diablo clic. Pip…pip…pip… —Y… ahora esta ¡triste vieja! — Azota el teléfono en la barra y hace que se caigan los ceniceros apilados. El cantinero se enfurece, brinca el mostrador, mientras lanza la patada. En el piso es pateado por otros dos, la cara, los golpes, sangre, contusión, magulladuras. ¡Todo le llueve! Su amigo está perdido; vomita en el mingitorio. Los amarran y son subidos al Volkswagen. Cerca de Panotla, en el puente que cruza la autopista lo atan. Su amigo duerme la siesta en el pasto seco. Despierta feliz, el sueño que ha tenido la ha rejuvenecido; acaricia las sábanas recordando el cuerpo viril del hombre, sus caricias, el beso apasionado; el sexo pleno, total. — recuerdo que empezó cuando entregué mi cuerpo y solté las cuerdas del columpio. El hombre está colgado, su tronco se vence por las costillas rotas y suelta poco a poco las cuerdas que columpian su cuerpo.
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