Edgar Sánchez Quintana

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—Me iré al departamento de ventas y allí encontraré a los encargados que dirigen el mercado. Las computadoras en la amplia sala estarán interconectadas con un sistema operativo en trabajo de grupo. El fax en la cómoda donde están los archivos de clientes se ubicará en la vitrina, junto con el premio de producción y el premio al producto de mejor presentación en los medios. La publicidad llega a los confines del mundo como un producto necesario para las personas modernas. Los mensajeros llevarán la correspondencia para el departamento de embarques, y ellos dirigirán el destino del producto a lugares que yo no conozco, que nunca conoceré, porque yo sería un empresario de élite que no asiste a lugares sin categoría o que no están señalados en el mapa de la gente pudiente. La sala de juntas estará en la planta alta del edificio; desde allí podré sentir el poder, la gloria, el sabor de la cima. Los empleados de cada departamento tendrán un informe listo cuando yo lo solicite, y el consejero dará ideas de cómo mejorar la producción. Este dará indicaciones al secretario, y yo daré por bien visto si así me lo parece, o si no, que se investigue más a fondo, que se trabaje horas extras para conseguir los datos porcentuales dignos de una empresa que está en la punta de la competencia mundial.

La secretaria lo despertó de sus sueños, estando sentado en su sillón frente a un escritorio metálico. Ella le trae el café y los informes de sus empleados. —Por favor, Irais, tráigame el periódico. —Sí, señor. ¿Alguna otra cosa? —Comuníqueme con el gerente de la empresa “IMESA”, es el señor Santander, para ver si le aumentamos el embarque. —¿Alguna otra cosa? —No.

Es enero de 1995. La devaluación del peso mexicano frente al dólar estadounidense ha sucedido; los cambios en las secretarías de gobierno se sobrevienen uno tras otro, y los errores parecen aumentar. En el periódico que hojea Carlos, contador y socio de la mediana empresa, se leen los conflictos que suceden en ese momento en el país y a nivel internacional: el levantamiento armado en Chiapas, la ley antinmigrante propuesta por el gobierno de California, la guerra en Bosnia, el desastre de la bolsa mexicana de valores, el desequilibrio en los mercados internacionales por el efecto tequila, el inicio de la baja de poder adquisitivo, los primeros descalabros para las empresas pequeñas y el primer regimiento de desempleados nuevos que se suman a los ya existentes desde 1994.

El hijo de Carlos vive en un departamento en “Las Lomas”, por aquel lado de Chapultepec, en un edificio llamado “El 34”. El hijo de Carlos, Oscar, es un joven de 26 años que estudia en la Universidad Iberoamericana. Es mantenido por su padre, quien muchas veces ha tenido que pagar grandes sumas de dinero por los gastos altos de su hijo. La madre de Oscar, esposa de Carlos, es una mujer abnegada, pero no por eso disfruta de compras en grandes almacenes como Sanborns, Rodo reda, Sears o en los centros comerciales más prestigiosos. Los amigos de Oscar son de dinero, sus padres atienden los negocios más rentables en México, son parte de la élite rica de la Ciudad de México. Sin embargo, la posición económica de Oscar no es muy estable, ya que la empresa en la que su papá es socio apenas despega con trabajos en el abatimiento del mercado. Oscar, sin más, es un hombre que gusta lucirse, no escatima y exhibe lo mejor con sus amigos y con las muchachas de la universidad.

La recámara de Oscar se encuentra al final del pasillo. La puerta luce estática en color cedro y con chapa adornada con laminilla ribeteada. Los muros son de color azul pastel. Las iconografías en las paredes divisorias son acrílicas y óleos que ha conseguido su madre. Los muebles son “Dicho”, mientras que la alfombra gris combina con el remate plomizo en yesería de las esquinas. El clóset multiplica sus espacios con unos espejos por puertas donde Oscar esponja su ego al vestirse. Dentro del armario, los trajes de marcas como Sapino, Doces, Nino Cerruti y Roberts; y las corbatas de Jane Barnes y Gianni Versase, son utilizados en días especiales porque, por lo común, usa ropa casual de Leves, Frangle y calcetines Bonelli. Oscar se alista para irse a la escuela. —Ahora sí no vamos a poder escaparnos del examen, lo hemos pospuesto y ahora no nos escapamos —piensa Oscar mientras se viste frente al armario. El joven se afeita con crema Gillette antes de ponerse su loción Polo Sport de Ralph Lauren. El portafolio en piel color vino descansa en la mesa anexa de trabajo, junto a la computadora Acer® que duerme junto con la impresora Seikosha SK 3000 color azabache mate. La monotonía se respira en la arquitectura citadina. El bazar de acciones en la metrópoli no afecta los interiores del departamento; es la opulencia del vidrio y el cemento lo que hace camuflar el vértigo de la calle. El macadán de la colonia residencial, los bulevares, la envoltura de la época, el show del delirio urbano, el ir y venir, son las redes a donde se desenvuelve Oscar; lugar donde en unos minutos estará. Oscar maneja en su “caribe”. —Primero tengo que ir a la escuela, después pasar al banco para pedir mi estado de cuenta y luego ver a Verónica en la cafetería. Y ya en la tarde, a ver qué hacemos —reflexiona Oscar mientras maneja por la avenida. En los pasillos de la escuela se encuentra a los amigos. —Qué tal, René, ¿cómo has estado? —Muy bien, ¿y tú? ¿Ya listo para el examen? —No estudié muy bien que digamos, pero pues, ya nos defenderemos. ¿Y tú pudiste estudiar? —Muy poco, estuve en casa de Gabriela hasta muy tarde… —Seguramente en el agasaje. —Pues qué esperabas, ¿tú fuiste a ver a Verónica? —No, la veré después. No la he visto; le dije que aguantara un rato. Mi papá está bien enojado por el estado de cuenta de una de las tarjetas de crédito, pero es que él no comprende que uno tiene sus gastitos, y no podemos hacer el ridículo… —Mientras dice esto, dos compañeros salen del estacionamiento y se acercan. —Mira, allí vienen los otros cuates. —Qué tal, ¿listos como hachas? —Yo sí me preparé, pero no estoy seguro con lo que dio la semana pasada porque yo no vine dos días y… los apuntes están mal. ¡Oscar, maldito, no sabes escribir! —pronuncia fuerte Sergio, vestido con unos Leves y una camisa de lana; su loción es “Catalyst” de Halston. —No mames, ¿cómo que no le entiendes? Si están claritos como el agua. —No se olviden —dice Martín— que tenemos que entrarle juntos al trabajo que dejó la maestra de cómputo. —Sergio tuerce la boca y hace un chasquido en la boca y prosigue. —Eso lo resolvemos rápido, le digo a Ramiro, el encargado de la red de cómputo de la empresa de mi papá, que nos haga el trabajito y asunto arreglado. Tanto por eso, la maestra se va a quedar pendeja. —Sergio tira la colilla de cigarro muy lejos, cerca de los arbustos del jardín. —Vámonos ya, es hora, y hay que agarrar buen lugar. Yo no me pierdo de sentarme cerca de Adán; puede que se pueda… —indica Martín y toma del suelo su portafolio retinto.

Los amigos se dirigen primero por las escaleras y después por el pasillo.

Después de hojear el diario, la oficina parece lucir deprimente y agripada. Por la ventana se observa la avenida populosa vestida de carros en delirio de persecución. Los autobuses hacen su escándalo. La ruta cien desapareció de la noche a la mañana; sólo quedaron huellas de corrupción. La nata pesada de smog se duerme y cose el ozono en la desolación ecológico-urbana. Las banquetas hinchadas de paseantes, y mientras el sol rechina al pasar por las nubes y fertiliza el calor que emana del asfalto. —¿Cómo dices? —Carlos habla por teléfono. —¿Y esa cantidad la metiste en la bolsa? —¿Y entonces? —Nos quedaremos en la calle! —Sí, tienes razón, debemos tener calma. —No, ya no. —Estaba en pesos. —Nos debe la mitad y… será mejor recurrir al banco y recuperar esa cantidad. —Sí, estamos al corriente con los impuestos. —Sólo lo vi en el periódico, parece que será el 25 de enero. —Así es. —Ya, está decidido, que venga a la oficina el de la empresa “IMESA” para que me comunique con el señor Santander. Nos urge solucionar este problema. —Carlos cuelga el teléfono y dirige su mirada hacia la ventana. La escena de la calle tiene un tono desolador, una crónica de fracasos y desesperanza.

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