
Algunas veces pensé que ser escritor me haría un hombre especial, como si el hecho de escribir fuera una función importante. La cosa es que sigo indagando y creo que sí, quiero ser escritor. Sigo pensando que puedo ser un hombre especial, nada más que no sé en qué sentido. Especial porque sería un espécimen raro entre la población, porque la rareza se mete hasta la cabeza, o porque me considero Sansón. La cosa es que creo que me equivoco. Si dicha profesión no da de comer, como diría Sancho Panza, no vale dos habas. Tomar como profesión el ser escritor me conduce a una serie de avatares que, al final de cuentas, conducen a la miseria. Hablo desde México, y eso tiene un significado de fundamento. Si naces mexicano y quieres ser escritor, necesitas de varias cosas: ser un hombre bien acomodado para que te vayas sacudiendo poco a poco los frenos, tener parientes conectados en la cultura, o ser un genio. De todo ello no tengo nada. Seguramente porque no tengo nada, soy pobre, cuento con unos cuantos libros, leídos y releídos, con unas libretas gastadas y grasientas, con un escritorio color caoba, una fotografía mía al frente donde aparezco como alguien que no conozco y que conoce la mayoría de la gente, es decir, la cáscara, la mascarada, el caparazón. También cuento con una pequeña cama de tres cobijas y tres almohadas, un reloj con figura de búho, pero… y eso es todo. ¿Contar con esos objetos me hace especial? ¿Soy acaso con eso un escritor? ¡Ah! Se me olvidaba, también tengo un espejo. No podía faltar un maldito espejo para estar observando qué cara cargamos en el día, antes de ponerme a escribir y después. ¿Para qué escribir? ¿Sería una profesión, un deseo inherente al espíritu, un deseo que nace innatamente, o es una pasión que no puedo remediar, como un vicio de no poder expresarme de otra manera? Porque yo sé que eso pasa conmigo: no sé comunicarme con las personas a nivel personal, soy un imbécil para el diálogo. Inclusive, cuando me preguntan la hora, me sudan las manos y la lengua se llena de un pasto polvoso. Por eso, cuando llego a mi casa, enclaustro el espíritu y sigo así, pero no siempre pasa; en ocasiones lo que hago es ir a las fiestas, divertirme, pasear.
Sí, me gusta pasear. Considero que esa es la riqueza que se me ha ofrecido en la vida: el paseo, la vacación. Por eso me ha gustado ir a México, D.F., a pasearme en los museos, en las galerías, en los mercados, o bien por los aparadores, las vidrieras, por las avenidas. Eso es bueno. Algún maestro de por allí ha dicho que los escritores no pueden hablar más que describiendo sus propias experiencias y sacando jugo de sus particularidades, explotando su ser interior. Eso hago. Los materiales para un escritor son esos; no creamos que se trata de tener una máquina de escribir y un buen tanto de hojas, sino de las herramientas que tiene en la cabeza: memoria, vocabulario, sintaxis, reglas gramaticales, experiencia, rigor, tesón, espíritu aventurero, observador… ¿Qué más habría? Pues, entre ellas, creatividad. Esa, creo que es muy importante: «creatividad». Eso es algo así como tener las cosas delante de ti, hacer una mezcla de ellas y a ver qué sale, o bien es la síntesis azarosa de una invención. Aunque, por lo regular, consideramos tener mucha creatividad, pero la verdad es que es una argucia porque esa invención del «agua tibia» la han inventado otro millón de gentes como yo y otro tanto más de gente que también pensaron que habían hecho algo como eso.
La vez pasada, cuando me puse a teclear la máquina, consideré que lo que estaba escribiendo era algo interesantísimo. Era un relato de los pajarracos que viven en los árboles más altos de la ciudad. Era, pensaba, una joya literaria única en la narrativa contemporánea. Pensé que podría gustarle a Octavio Paz, a los hombres de letras más eminentes. Me llevé un chasco cuando mi maestra me dijo que se conocían unos treinta relatos de diferentes autores que trataban el tema de los pajarracos que viven en los árboles más altos de la ciudad. Pues bien, esa enseñanza me desinfló el aire de hombre de letras especial y único. Recuerdo que mi maestro me decía que los griegos habían creado toda la filosofía posible, todas las obras excelsas del espíritu humano, y que a nosotros nos tocaba repetirlas o dar solamente los comentarios. Eso me anima más aún a creerme un espíritu de escritura especial. He conocido a muchos escritores; se ven tan normales que, desde entonces, los considero gente normal. Los que sí no me caen bien son los poetas; como que los aborrezco por decir muchas mentiras o bien toda la verdad. Algunos sí son buenos, pero otros, los he escuchado en ciertos lugares diciendo pestes, con un lenguaje más rebuscado, chato y chabacano que, en verdad, da vergüenza tenerlos como representantes en esta tierra, de aquellos griegos antiguos de los que les hablé. Yo no sirvo para eso. En realidad, no sé si sirvo para escritor. Mi amigo me comentó en una ocasión que dejara de estar escribiendo: que el cuento, que la narrativa, que la novela, que el poemita, que la columna periodística, que el ensayo filosófico; sí, es mucho. Sé que estamos en la época de la especialización, pero tengo miedo de aburrirme, hacer pura narrativa jodida, como que siento que me adormecería. Además, sólo le hago al cuento, porque creo que lo que escribo sirve para maldita la cosa. Nada más pura diversión, pérdida de tiempo, desgaste intelectual; o sea, el vacío de lo vacío, la masturbación literaria, el vaciamiento de las sacadas de onda o el vómito psíquico en las letras. Si después de esta explicación sigo estando íntegro, entonces creo que nos estamos acercando a lo que sería el hombre especializado, al profesionista de las letras, el escritor.
Deja un comentario