Edgar Sánchez Quintana

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La ciudad estaba conformada por cuatro territorios. Los habitantes de esta zona eran llamados “Los Zopes,” muy afamados en la región. Alrededor del territorio que circundaba el gran reino había todo tipo de extranjeros, desde los típicos gringos hasta los boricuas y arios. Descubierta la ciudad por los foráneos, estos trataban siempre de extender su territorio.

“El Charrito” era vecino. Había nacido en una familia numerosa. Su padre había venido desde Morongo, una ciudad lejana como el mismo horizonte, traído por su abuelo a estas tierras. El gran sacerdote sabio, llamado Tectlo, le había dicho que su misión era construir una gran muralla, guarniciones y pozos profundos para protegerse de los ataques de los forasteros.

“El Charrito” era joven. Su padre le había enseñado a manejar el Street Fighter II y la cuchara de albañil, pero era mejor para la recolección de basura. Después de hablar con el sacerdote sabio, se sentó a la sombra de un zapote que lucía sus frutos, inflados y verdosos como píldoras rubicundas y aretes zapotecos. Entonces se manifestó el gran Camún, dios protector de los Zopes. Apareció de la nada, con un traje excelso, adornos y notables lujos. Su atuendo se marcaba con diamantina que caía copiosamente, gran penacho y una espada de Power Ranger muy colorida. Camún le dijo:

—¡Te encargo la protección de la Zona! Te encomiendo proteger la progenie. No dejaré que Grendar, el dios de la muerte, devore todo. A ti te encargo a los pobladores de la ciudad. Yo soy el dios de los Zopes, el dios que hace cimbrar la tierra y que hace funcionar la sangre. Tendrás que levantar una muralla, harás fosos, parapetos y guarniciones donde agazaparse y protegerse. Te recompensaré con un gran rango y te regalaré una flor de suave perfume, una mujer llamada Claudia Schiffer.

Desapareció.

“El Charrito” siguió sentado bajo el zapote. No podía comprender lo que había sucedido, pero sintió que había nacido en su interior una misión de vida. Era un honor servir al dios de la Zona, además de que tenía coraje y una gran sed de venganza hacia los foráneos, quienes le habían arrebatado a su abuelo y lo habían confinado en una cámara de gas en la ciudad de Milhumos. Después de descansar bajo el zapote, “El Charrito” se dirigió a Tiza, donde se entrevistó con el gran sacerdote sabio. Este le dijo que debía convocar a los maestros encargados de la edificación. Los jefes de obra le informaron que podía contar con trescientos hombres, aparte de los vigilantes, pero antes tenía que ir a Milhumos a pedir permiso de obra.

“El Charrito” se puso a trabajar. Se complacía en la obra que edificaba. Eran pocos los lugares por donde los Zopes podían ser asaltados, y en esos sitios, el nuevo ingeniero, con maestría y estrategia, había procedido. Los ataques dirigidos desde el exterior a la comarca de los Zopes eran constantes. Tal era el tesón de los intrusos para infiltrarse en el lugar que no les importaba sacrificar su idioma ni un sinfín de costumbres. “El Charrito,” de esa manera, había adquirido muchas palabras nuevas que enriquecían su vocabulario, así como costumbres como la de Santa Claus y Halloween.

“El Charrito” se enorgullecía de su territorio, del gran honor que era vivir dentro, además de poder ducharse en los baños públicos mixtos, únicos en la región. Un día, mientras se bañaba, apareció entre el vapor el gran dios Camún, sorbiendo su refresco con popote. Le dijo:

—Te prometí una hermosa flor de lindos atributos, una mujer, y ahora que has cumplido tus veintidós años, la tendrás como premio a tu tesón.

Apareció Claudia Schiffer, hermosa, de cabellera voluptuosamente dorada, forrada con una túnica húmeda, caminando hacia “El Charrito” entre las aguas de la alberca burbujeante. Tenía la vista diáfana de una virgen inalcanzable. Sus brazos se apretaban al compás del chasquido bocal de un beso correspondido. Después de hacer el amor, “El Charrito” quedó aturdido por el esfuerzo. Ella le confesó en ese instante que acababa de tener su última batalla, porque era extranjera y la había enviado Grendar para acabar con los Zopes. En ese momento, acababa de adquirir una enfermedad incurable. “El Charrito” seguía en las nubes, con una psicodelia multicolor en sus ojos.

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