Edgar Sánchez Quintana

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—¿La hiciste como te dije, o todavía no? — pronuncia el burócrata a su asistente, que llega con un legajo de papeles y una libreta de notas. Ambos sudan en las primeras horas calientes de la tarde en la ciudad fronteriza. Ciudad Juárez es una entidad apretujada con otra ciudad igualmente problemática, como lo es El Paso; en ellas se acumulan toda la podredumbre, el azar, la inhumanidad y las esperanzas de una vida distinta, renovada. Ciudades independientes de sus naciones por su amplia capacidad de comercio, tráfico y destino; ambas ciudades se drenan y trasfunden las virtudes y deshonras humanas, colaboran para accidentar los destinos, para ocultar las desavenencias de drogadictos, grafiteros, patinadores y rolers. De los inmigrantes, migrantes y fugitivos de la ley, de los que buscan de aquí para allá o de allá para acá una identidad distinta, un destino soñado. Son entidades que viven la modernidad desde la perspectiva del patio trasero, desde los trastos insulsos de la globalización y el entreveramiento de dos naciones cosidas a mano. Nuestra narración tiene como contexto esta urbe bilingüe y birracial, donde convergen lenguajes tan distintos, pero tan cercanos, vecinos, pero en continua confrontación, enlazados diariamente por pachucos, cholos y chicanos, por mexicanos y norteamericanos. La globalización se vive en las calles, en cada compra, en las tiendas, en las caras de los “mojados” permanentes y perdidos en la indigencia, atrapados en la droga o en las redes de su comercio; se vive también en la transacción monetaria en las esquinas “permitidas” de dólares y pesos; de carne humana con minifalda y de polvo de ángel, entre otros contrabandos.

—Sí, ya mandé la circular a los medios de comunicación. Hay que esperar que ratifiquen su asistencia a la rueda de prensa, pero… ¿dónde la vamos a hacer? ¿En el auditorio o en la sala de juntas? —Ve por Don Jacinto para ver si ya terminó con lo que le pedí, y háblale a Carmela para que me pase estos apuntes en limpio. ¡Ah!, y también dile a Eusebio que quiero que me consiga otros datos que necesito para la rueda de prensa. — ¡Muévete, inútil! ¡Pendejo! Eres tan inútil como los de la perrera que no han podido con el problema. Y ahora tengo que ver yo todo.

Los papeles en su escritorio se apilaban, llenos de quejas y solicitudes, pero su mente se desvió hacia su mascota, durmiendo plácidamente en casa. ‘Qué vida tan tranquila lleva,’ pensó, mientras consideraba que, al menos en su hogar, había una criatura que estaba a salvo del caos del exterior.

El responsable de salubridad se encuentra nervioso. Ha convocado a los medios de difusión y prensa para aclarar asuntos y dispersar rumores que empañan su intachable y buena administración. Lleva medio año en el cargo. No sabe por qué lo pusieron en el puesto, no conoce nada de salud, salubridad y demás, pero era un paso para ser uno de los hombres de la lista que podrían ser elegidos como candidatos a diputado por el Partido Efusionista de la Democracia (P. E. D.). La reunión con los medios de difusión será a las cuatro de la tarde, y llegarán los periódicos locales: El Sol de la Frontera, El Avance y el diario Juárez de la Tarde; y de las revistas: Zeta, Jaque y Diálogo Social; y de los noticiarios radiofónicos: Resumen y Ahora. La sala de juntas es la más adecuada para la conferencia, ya que tiene aire acondicionado y, en la vista principal, un librero de pared a pared cedro con libros y enciclopedias que hacen que los hombres parezcan sabihondos, intelectuales y protagonistas científicos. La sala de juntas, en color rojo y dorado, con molduras en estuco y pintadas en oro con figuras griegas y románicas, cuenta con un plafón que oculta la iluminación fluorescente y una amplia cornisa que rodea y enaltece la estancia.

Los profesionales y lujosos reporteros llegan sudorosos; cargan en la maleta su libreta de notas y su grabadora sudorífica, otros más llegan con sus cámaras con correas colgadas al cuello o al hombro. Su piel morena presume el bronceado diario de banqueta. Todos traen un celular en la cintura o bien en la petaca, razón por la cual, a cada momento, pulsa alguna señal telefónica. Se saludan. El compañerismo entre los colegas es amable; son socios todos del chayotismo hermoso y reconfortante, se conocen de andar persiguiendo la noticia a diario, y algunos de tomarse algunas caguamas bien “helodias”. Dos jovenzuelos, novatos y ciscados por el ambiente, andan como perdidos, su nerviosismo los desenmascara ante los zorros y más colmilludos del ámbito, aquellos que cobran aquí y allá y acaparan los espacios; sus caras cínicas y simpáticas hacen recordar más a las hienas que a los zopilotes. Los inexpertos se acomodan acá o allá, y sus tenis sueltan la peste propia para un desmayo, pero la buena ventilación ayuda a calmar la impaciencia odorífera. Llega la periodista de lujo, la articulista estrella, tanto por sus notas periodísticas como por su voluptuoso cuerpo de “Diana Cazadora”. La hermosa se sabe deseada y por eso llega y se aposta en las filas de los preferidos, llega con el escandaloso perfume de Chantibel N° 5 y con un caminar encantador como el que tiene Salma Hayek. Su piel es fina como de durazno, con unas pestañas que envidiaría la mismísima Afrodita; no obstante, despierta en los hombres el idéntico deseo libidinoso de esta diosa griega.

La secretaria del funcionario acomoda los vasos y la jarra de agua, enciende el micrófono y le da unos golpes con el índice para probar su funcionamiento, pone el cenicero que trae guardado eficientemente en la bolsa del saco y reacomoda nuevamente la tercia de sillas tapizadas de terciopelo sintético color vino.

El protagonista entra con el caminar rechoncho que todos conocen; ha pasado un cuarto de hora después de la cita y se ve que trae la gran noticia, como si cargara entre sus ropas, además de la gordura, un as escondido. Como si fuera a dar la noticia del antídoto contra el ébola. Al estrado lo acompañan su secretario y la encargada de finanzas. A la entrada, han puesto un escritorio con vasos desechables, dos jarras, un botellón con agua purificada y una caja con sobres de “Vida Suero Oral”; entre otras cosas, hay trípticos de la Secretaría de Salubridad. Todo eso, gratis.

—Señores periodistas, les agradezco profundamente que hayan asistido a esta reunión con su servidor, para dar a conocer los avances en materia de salud, así como el informe de la campaña de vacunación tan exitosa que llevamos a cabo durante el “Mes de la Salud Familiar”. Desde que entramos a laborar en esta tarea que nos encomendó el señor gobernador del Estado, hemos estado trabajando arduamente por la salud de los niños, ancianos y, en fin, todos los que integran la familia en nuestro estado. Nosotros siempre hemos estado preocupados por la salud y el bienestar de la familia, por ello es necesario que dé algunos datos que clarifiquen el arduo trabajo de esta secretaría. Se vacunó a 5457 niños con la triple viral, y se inyectó a 2134 con la vitamina, que es más que nada un complemento inyectado. Además, se pusieron 684 vacunas contra el tétanos para niños y mujeres embarazadas, y se continúa con los programas permanentes de “Cultura Reproductiva”, “Aguas con el SIDA”, “El Cólera Mata” y otro que es para evitar la deshidratación de los niños en estas épocas de calor.

El ágil disertador continúa su exposición mientras los periodistas anotan en sus libretas y vigilan sus grabadoras puestas cerca de los altavoces; entre ellos, la periodista estrella toma fotografías con poses delirantemente sugestivas. El chisporroteo de las cámaras es incesante, motivo por el cual el oficial regordete se limpia el sudor e intenta una cara fotogénica en cada centelleo. Termina con su verborrea y amablemente concede cinco minutos para preguntas: —Señor licenciado, ¿es verdad que lo van a proponer en su partido para ocupar un puesto de diputado en las próximas elecciones? —No lo sé, eso le compete a mi partido, siempre tomando en cuenta las proposiciones de nuestras bases en el partido. —¿Usted piensa que es el mejor candidato? —Yo sé cumplir la voluntad del pueblo, y si el pueblo quiere, yo obedezco. —¿Es verdad que en la ciudad ha crecido la insalubridad en un 25% y la muerte de menores en un 15%? ¿Y también que los problemas de mordeduras por perros con rabia son un caso grave que lo tienen a usted en jaque? —No, joven, esos son rumores mal fundados. Los rumores y acusaciones sobre insalubridad e incapacidad son solamente eso: rumores, y más de nuestros opositores, quienes buscan, sin ningún éxito, desprestigiar esta noble institución. Y sí, es verdad que ha habido más perros callejeros y una campaña en contra de la insalubridad canina que estamos atendiendo en estos momentos, ya que estamos desarrollando una campaña, en conjunto con las autoridades locales y la ciudadanía, para combatir este mal y no permitir que esta raza canina quede sin atención ni resguardo, por lo que estamos actuando de inmediato para corregir esta situación y erradicar el problema. —¿Por qué la Secretaría de Salud, junto con las oficinas de salubridad y la perrera municipal, no han podido frenar el aumento de perros callejeros? —Eso no es verdad, hemos hecho una gran campaña. Los resultados ya se verán en los días próximos. —¿Y qué hay de los perros rabiosos? ¿Es verdad que ha aumentado el número de mordeduras a los ciudadanos? —Eso lo veremos al final de la campaña, y si hay algo por hacer, lo haremos en el momento. —Es que, en una ocasión, mi esposa estuvo a punto de ser mordida en la calle y solamente por la intervención de un vecino no fue atacada por un perro rabioso. La gente no tiene por qué ser atacada por perros, menos por perros rabiosos. —El caso se está atendiendo por parte de las autoridades correspondientes, no tengan duda. Como es una campaña que estamos realizando para ayudar a toda la ciudadanía, les pido su apoyo para que nos ayuden a seguir mejorando la salubridad en nuestra ciudad y en nuestro estado.

El sudor de todos sigue evaporándose por el aire acondicionado; las preguntas se suceden unas tras otras, y el tiempo no se detiene para escuchar los gruñidos y ladridos que acompañan la algarabía que hace la jauría allá afuera, en la calle, detrás del edificio de salubridad.

Don Jacinto termina la entrevista radiofónica en los estudios de la empresa; no es lo suyo, su ignorancia es tan palpable como la honradez que lo acompaña. Don Jacinto trabaja en el despacho con la computadora y la cámara de video vigilancia encendida; el estruendo de los perros allá afuera no cesa. El encargado de finanzas, en su despacho, lee la revista del Perro Callejero, a la que sus jefes están suscritos.

En la oficina del burócrata, los asuntos se dilucidan. Se limpia el sudor, se para frente a la ventana para ver allá afuera, por el espejo, las calles llenas de polvo y tierra; los arbolitos deshidratados y la gente que pulula por doquier. Una ciudad en el desierto. Se acuerda del “Can”, su perrito maltés, que lo espera en casa con el rabo escondido entre las patas. —¡La jodida perrera! Ni para eso son útiles esos imbéciles— expresa en tono molesto y amargo, mientras las gotas de sudor le caen del cuello y le ensucian su camisa blanca de lino.

A la salida de la conferencia, uno de los periodistas camina hacia el estacionamiento con su cara curtida por el sol, y entre su rostro triste, aparecen pensamientos cínicos y blasfemos, como: “Ahora me he dado cuenta de que el funcionario público es igual de corrupto aquí, allá y en cualquier parte. Nos mienten, pero eso se sabe, y nos dan unas migajas para vivir. Al final de cuentas, me da igual, yo cobro mi chayote y ellos su mordida”. Se retira con un dejo de angustia y satisfacción, mientras el otro, el burócrata, está a punto de llorar. Ha olvidado el tiempo y la hora, está a punto de fenecer con su cargo. Los perros lo rondan en la calle y sus sentimientos amargos se agolpan en su estómago.

El último y único consuelo es llegar a casa y encontrar a su can mojado, revolcándose en el sofá y buscando un hueco donde esconderse; el pequeño animalito le recuerda lo mucho que ha hecho para no morir de inanición, lo mucho que ha luchado por no ser uno más en la lista de desaparecidos. Su perrito maltés lo espera, como siempre, con el rabo entre las patas, fiel a su dueño, fiel a sus migajas y fiel a su vida triste y miserable.

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