Edgar Sánchez Quintana

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Jacinto iba a dar la segunda pasada con su arado a un par de surcos nuevos cuando se topó con una piedra; era un ídolo de los antiguos habitantes de la región. En esa zona era común encontrarse figurillas de barro cocido representando a pequeños niños sonrientes o títeres en terracota, así como caritas y vasijas incompletas que, más que nada, eran guijarros. Pero no era común encontrarse con una deidad de tal dimensión. Los nuevos surcos se los estaba agenciando del bordo del arroyuelo. El comisario ejidal no diría nada porque era su tío, así que dos surcos más le redituarían algunos costales extra de mazorcas.

El clima era cálido; la sequedad de los terrenos de temporal se sentía en la garganta cuando el viento frontal estrellaba los bufidos arenosos en la cara, lo que hacía que Jacinto se tapara la boca con su pañuelo y cerrara los ojos hasta dejarlos como unos ojales planos y apretados. Algunas ingenuas nubes hacían su aparición, pero tan pronto probaban el salvajismo del sol primaveral, salían huyendo a esconderse entre el aire bronceado. A lo lejos, iban y venían pequeños, y a veces minúsculos, remolinos que cruzaban danzando por los campos, como si fueran personajes de alguna comedia. Por sobre la loma, justo en el pueblo, se veían dos torres gemelas; la iglesia estaba allí parada, como un gendarme cristiano que cuidaba que no se asentara en la tierra el diablo.

Jacinto fue sacando la pieza, haciendo poso con el azadón y usando las bestias para tirar de ella. Al principio no le tomó mucha importancia, pero a medida que iba sacudiendo la tierra, comenzaron a aparecer en la piedra esculpida unos ojos saltones que brillaban con el sol, una toquilla con medallones, o más bien, un casco de diosa importante con inscripciones raras; los brazos cruzados al torso, y al lado de las manos, dos pechos salientes y apezonados; la falda tenía hendiduras como canales en forma de rombos y sus pies apenas asomaban de la falda. La piedra se transformaba entonces en una escultura de antigüedad y con valor. Sacudió la pieza con un costal y raspó con la hoz los canales bien contorneados. Sabía que tenía valor y que no la iba a dejar allí, así que la envolvió con el saco para la pastura y la cubrió con zacate; esperó hasta la hora de regreso. Se las ingenió para cargarla en una de las bestias. Cuando llegó, su padre lo esperaba para la ordeña. La troje era el lugar idóneo para guardar el hallazgo. Bajó la pieza con cuidado y fue a seguir con los quehaceres de la casa. Dio de comer a los animales. Los puercos, las chivas y las gallinas, después de comer, se echaron a disfrutar de una siesta contagiosa. Cuando terminó, llevó agua y escobeta para limpiar la escultura; empezó a tallarla y, conforme iba escurriendo la tierra barrosa, aparecían los perfectos contornos de la Chachiutlicue. Jacinto conocía leyendas y mitos en torno a la diosa. Sabía que en el mercado negro darían buen precio por ella, pero también podía recibir bondades de la diosa si le ofrecía un sacrificio. Después de todo, el pueblo seguía creyendo, de manera sesgada, en los dioses de los antiguos pobladores tlaxcaltecas.

Esa noche, Jacinto quemó incienso; el sahumerio, frente a la escultura, se encontraba invocando bendiciones para la tierra y sus moradores. Mató una gallina abada, mientras dejaba escurrir el agua propia de una diosa que era dadora de este don. Danzó el baile del chochocol y luego se fue a dormir. El monolito se quedó inmóvil, tenía de guardianes unas flores de cempasúchil.

Esa misma noche, una mujer soñó con Jacinto. Era Candelaria, la hija de don Facundo, que, en edad de casorio, trabajaba en las labores de la casa. Su madre le había dicho que, si alguna vez soñaba una caja de muerto y en ella un cadáver, debía fijarse en la cara del muerto, porque ese sería su futuro esposo. Candelaria, en sus sueños, veía a una mujer hermosa y antigua, una diosa que tenía a los pies serpientes, y estas serpientes, a su paso, iban dejando arroyos de agua cristalina. La diosa la conducía ante un ataúd y le decía: «Entrégate a él, serás dichosa.» Ciertamente, Candelaria conocía esa cara, la de aquel hombre joven que había visto en la fiesta del pueblo; él correteaba feliz entre los cohetones del torito. Candelaria sabía el rumbo que tomaba el joven hombre.

Una semana pasó para que llegaran las autoridades a arrestar a Jacinto. Alguien había llevado el chisme, y fueron a recoger la pieza —cosa que no lograron— y a procesar a Jacinto —cosa que tampoco se realizó—. Las autoridades aplicarían sanciones expedidas en el Reglamento de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos. En el Capítulo VI y Artículo 51 se dictaban esas sanciones, que decían: «Al que se apodere de un monumento mueble arqueológico, histórico o artístico sin consentimiento de quien pueda disponer de él según la ley, se le impondrá prisión de dos a diez años y multa de tres mil a quince mil pesos». Algunas personas interesadas del Instituto Nacional de Antropología e Historia estaban por hacer cambios en su ley, y tenían en agenda una iniciativa de ley general del Patrimonio Cultural de la Nación, lo cual estaba causando revuelo por los cambios. En ella, había una excusa que rezaba: «Si la persona tiene en su poder monumentos muebles arqueológicos exclusivamente para su apreciación y goce en forma privada, tomando en cuenta la educación, las costumbres y la conducta del sujeto, no le será aplicable la sanción prevista en el presente artículo, con independencia de que le sean impuestas las sanciones administrativas que procedan en tal caso.» Jacinto no tenía la pieza y tampoco diría dónde había quedado; tampoco podía ser castigado porque no había objeto alguno por el que podría haber sido castigado. Y si las autoridades se empecinaban en ello, tenía el recurso de la iniciativa de ley, que próximamente sería sometida a voto en el senado. Pero, para no hacer larga la plática, finalmente Jacinto fue castigado administrativamente, pagando una suma de tres mil quinientos pesos. El lugar donde había sido encontrada la diosa Chachiutlicue fue puesto a disposición y reserva del INAH. Volvieron a tapar el hoyo que había hecho Jacinto, porque, como siempre, no hay presupuesto en el Instituto y solo hay para mantenimiento de los centros arqueológicos oficiales. No hay tanto dinero como para ponerse a rascar por todos lados, porque por todos lados hay restos prehispánicos y paleontológicos.

El afamado y rico escultor Sergei Kokomo de Estados Unidos estrenará una pieza más en su colección. La paquetería ha llegado al condado de Nueva York; en unos días será desempacada, habrá brindis y fiesta en la mansión. La diosa del agua Chachiutlicue de Tlaxcala traerá bendiciones o desgracias a la zona, no se sabe. Pero los pronósticos de los científicos, con todos los adelantos tecnológicos y con las computadoras más avanzadas, auguran una decena de ciclones en el Océano Atlántico que afectarán sus costas, pero no saben que tendrán el doble. La diosa hará caer agua en su milpita.

Candelaria entró a la troje cuando Jacinto afilaba la guadaña para el día siguiente. La leve penumbra hacía que las sombras se acurrucaran en los trebejos. Para Jacinto, el simple hecho de encontrarla allí, en su troje, ya era una provocación, así que tomó la iniciativa y fue acercándose a esa deseable y virgen joven. Con delicadeza le puso la guadaña al cuello, cerca de la nuca, y, por el largo mango de la herramienta, fue acercando a la mujer, que sin hacer resistencia avanzaba hacia él. Jacinto se figuraba pescar con caña una presa de lo más apetitoso. —La diosa del agua me dijo que me entregara a ti… puedmmm… Mmm…—. Los besos suspendieron el diálogo, y fueron explorando sus cuerpos con caricias, besos y demás. El sahumerio fue testigo fiel del cumplimiento de los mandatos de los dioses. Esa misma noche, cantaron los gallos a una hora poco habitual. Los más viejos del pueblo sabían que había llegado el cambio de clima; se esperaban las lluvias que llegaban a buen tiempo. El pueblo tendría buenas cosechas. Los dioses prehispánicos siempre cobran en carne y alma.

Jacinto iba a dar la segunda pasada con su arado a un par de surcos nuevos cuando se topó con una piedra; era un ídolo de los antiguos habitantes de la región. En esa zona era común encontrarse figurillas de barro cocido representando a pequeños niños sonrientes o títeres en terracota, así como caritas y vasijas incompletas que, más que nada, eran guijarros. Pero no era común encontrarse con una deidad de tal dimensión. Los nuevos surcos se los estaba agenciando del bordo del arroyuelo. El comisario ejidal no diría nada porque era su tío, así que dos surcos más le redituarían algunos costales extra de mazorcas.

El clima era cálido; la sequedad de los terrenos de temporal se sentía en la garganta cuando el viento frontal estrellaba los bufidos arenosos en la cara, lo que hacía que Jacinto se tapara la boca con su pañuelo y cerrara los ojos hasta dejarlos como unos ojales planos y apretados. Algunas ingenuas nubes hacían su aparición, pero tan pronto probaban el salvajismo del sol primaveral, salían huyendo a esconderse entre el aire bronceado. A lo lejos, iban y venían pequeños, y a veces minúsculos, remolinos que cruzaban danzando por los campos, como si fueran personajes de alguna comedia. Por sobre la loma, justo en el pueblo, se veían dos torres gemelas; la iglesia estaba allí parada, como un gendarme cristiano que cuidaba que no se asentara en la tierra el diablo.

Jacinto fue sacando la pieza, haciendo poso con el azadón y usando las bestias para tirar de ella. Al principio no le tomó mucha importancia, pero a medida que iba sacudiendo la tierra, comenzaron a aparecer en la piedra esculpida unos ojos saltones que brillaban con el sol, una toquilla con medallones, o más bien, un casco de diosa importante con inscripciones raras; los brazos cruzados al torso, y al lado de las manos, dos pechos salientes y apezonados; la falda tenía hendiduras como canales en forma de rombos y sus pies apenas asomaban de la falda. La piedra se transformaba entonces en una escultura de antigüedad y con valor. Sacudió la pieza con un costal y raspó con la hoz los canales bien contorneados. Sabía que tenía valor y que no la iba a dejar allí, así que la envolvió con el saco para la pastura y la cubrió con zacate; esperó hasta la hora de regreso. Se las ingenió para cargarla en una de las bestias. Cuando llegó, su padre lo esperaba para la ordeña. La troje era el lugar idóneo para guardar el hallazgo. Bajó la pieza con cuidado y fue a seguir con los quehaceres de la casa. Dio de comer a los animales. Los puercos, las chivas y las gallinas, después de comer, se echaron a disfrutar de una siesta contagiosa. Cuando terminó, llevó agua y escobeta para limpiar la escultura; empezó a tallarla y, conforme iba escurriendo la tierra barrosa, aparecían los perfectos contornos de la Chachiutlicue. Jacinto conocía leyendas y mitos en torno a la diosa. Sabía que en el mercado negro darían buen precio por ella, pero también podía recibir bondades de la diosa si le ofrecía un sacrificio. Después de todo, el pueblo seguía creyendo, de manera sesgada, en los dioses de los antiguos pobladores tlaxcaltecas.

Esa noche, Jacinto quemó incienso; el sahumerio, frente a la escultura, se encontraba invocando bendiciones para la tierra y sus moradores. Mató una gallina abada, mientras dejaba escurrir el agua propia de una diosa que era dadora de este don. Danzó el baile del chochocol y luego se fue a dormir. El monolito se quedó inmóvil, tenía de guardianes unas flores de cempasúchil.

Esa misma noche, una mujer soñó con Jacinto. Era Candelaria, la hija de don Facundo, que, en edad de casorio, trabajaba en las labores de la casa. Su madre le había dicho que, si alguna vez soñaba una caja de muerto y en ella un cadáver, debía fijarse en la cara del muerto, porque ese sería su futuro esposo. Candelaria, en sus sueños, veía a una mujer hermosa y antigua, una diosa que tenía a los pies serpientes, y estas serpientes, a su paso, iban dejando arroyos de agua cristalina. La diosa la conducía ante un ataúd y le decía: «Entrégate a él, serás dichosa.» Ciertamente, Candelaria conocía esa cara, la de aquel hombre joven que había visto en la fiesta del pueblo; él correteaba feliz entre los cohetones del torito. Candelaria sabía el rumbo que tomaba el joven hombre.

Una semana pasó para que llegaran las autoridades a arrestar a Jacinto. Alguien había llevado el chisme, y fueron a recoger la pieza —cosa que no lograron— y a procesar a Jacinto —cosa que tampoco se realizó—. Las autoridades aplicarían sanciones expedidas en el Reglamento de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos. En el Capítulo VI y Artículo 51 se dictaban esas sanciones, que decían: «Al que se apodere de un monumento mueble arqueológico, histórico o artístico sin consentimiento de quien pueda disponer de él según la ley, se le impondrá prisión de dos a diez años y multa de tres mil a quince mil pesos». Algunas personas interesadas del Instituto Nacional de Antropología e Historia estaban por hacer cambios en su ley, y tenían en agenda una iniciativa de ley general del Patrimonio Cultural de la Nación, lo cual estaba causando revuelo por los cambios. En ella, había una excusa que rezaba: «Si la persona tiene en su poder monumentos muebles arqueológicos exclusivamente para su apreciación y goce en forma privada, tomando en cuenta la educación, las costumbres y la conducta del sujeto, no le será aplicable la sanción prevista en el presente artículo, con independencia de que le sean impuestas las sanciones administrativas que procedan en tal caso.» Jacinto no tenía la pieza y tampoco diría dónde había quedado; tampoco podía ser castigado porque no había objeto alguno por el que podría haber sido castigado. Y si las autoridades se empecinaban en ello, tenía el recurso de la iniciativa de ley, que próximamente sería sometida a voto en el senado. Pero, para no hacer larga la plática, finalmente Jacinto fue castigado administrativamente, pagando una suma de tres mil quinientos pesos. El lugar donde había sido encontrada la diosa Chachiutlicue fue puesto a disposición y reserva del INAH. Volvieron a tapar el hoyo que había hecho Jacinto, porque, como siempre, no hay presupuesto en el Instituto y solo hay para mantenimiento de los centros arqueológicos oficiales. No hay tanto dinero como para ponerse a rascar por todos lados, porque por todos lados hay restos prehispánicos y paleontológicos.

El afamado y rico escultor Sergei Kokomo de Estados Unidos estrenará una pieza más en su colección. La paquetería ha llegado al condado de Nueva York; en unos días será desempacada, habrá brindis y fiesta en la mansión. La diosa del agua Chachiutlicue de Tlaxcala traerá bendiciones o desgracias a la zona, no se sabe. Pero los pronósticos de los científicos, con todos los adelantos tecnológicos y con las computadoras más avanzadas, auguran una decena de ciclones en el Océano Atlántico que afectarán sus costas, pero no saben que tendrán el doble. La diosa hará caer agua en su milpita.

Candelaria entró a la troje cuando Jacinto afilaba la guadaña para el día siguiente. La leve penumbra hacía que las sombras se acurrucaran en los trebejos. Para Jacinto, el simple hecho de encontrarla allí, en su troje, ya era una provocación, así que tomó la iniciativa y fue acercándose a esa deseable y virgen joven. Con delicadeza le puso la guadaña al cuello, cerca de la nuca, y, por el largo mango de la herramienta, fue acercando a la mujer, que sin hacer resistencia avanzaba hacia él. Jacinto se figuraba pescar con caña una presa de lo más apetitoso. —La diosa del agua me dijo que me entregara a ti… puedmmm… Mmm…—. Los besos suspendieron el diálogo, y fueron explorando sus cuerpos con caricias, besos y demás. El sahumerio fue testigo fiel del cumplimiento de los mandatos de los dioses. Esa misma noche, cantaron los gallos a una hora poco habitual. Los más viejos del pueblo sabían que había llegado el cambio de clima; se esperaban las lluvias que llegaban a buen tiempo. El pueblo tendría buenas cosechas. Los dioses prehispánicos siempre cobran en carne y alma.

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