Edgar Sánchez Quintana

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El nahual no sale en las noches de luna llena; esos no son sus días, sino las fechas en que impera la oscuridad. Las noches más calladas tampoco son de su agrado; prefiere cuando el viento mueve las cosas de manera azarosa, cuando los perros inquietos lanzan sus aullidos a sitios distantes, o cuando los ladridos remotos inquietan a los canes más cercanos. La población de Huamantla está a 45 kilómetros de la ciudad de Tlaxcala. Es una entidad singular, que podría confundirse con una ciudad pequeña o con un pueblo grande. Sus habitantes piensan que viven en el año 2000, pero en realidad viven en una época diez años más atrás.

La historia de los nahuales es antigua. Desde antes de la llegada de los españoles, entre los moradores de la región, se creía que había personas que, por las noches, se transformaban en nahuales. Estas gentes vagaban por la medianoche, asustando a la gente, robando ganado y pertenencias, y ultrajando a las mujeres que se quedaban perdidas por los caminos y veredas. Los nahuales podían ser bondadosos o malignos. Casi siempre, los que se dedicaban a la maldad tenían una muerte muy sangrienta y dolorosa; en cambio, los nahuales de bondad terminaban por ser finalmente aceptados en la región. Los nahuales se transformaban en caballos, burros, perros, chivos o cochinos y no tenían cola; otras personas los describen como animales muy fantásticos que lanzaban fuego por sus cuatro patas. También había nahuales que, por las noches, merodeaban las casas de las muchachas, las espiaban por las ventanas cuando se iban a la cama y las asustaban con ruidos y manoseos cuando salían a oscuras a los patios y jardines de sus hogares. Algunas personas de las más viejas, cuando intuyen la presencia de un nahual, al primer malestar de cabeza, se ponen sus chiqueadores, que son hojas de ruda, de epazote o alguna otra hierba de olor mojada en alcohol.

El nahual de Huamantla se pasea por las calles, ausculta los resquicios de las puertas y ventanas, olfatea los hogares, merodea en las colonias y casas apartadas. Tiene un sentido peculiar para identificar, en una casa, la habitación de la mujer hermosa y casadera. Tiene el cuerpo ágil de un felino; sus extremidades avanzan como una perfecta máquina, camuflándose en la oscuridad. Se mueve sigilosamente hasta fundirse con la sombra. Los muros no son ningún obstáculo, ni los cortinajes. Entrar a una propiedad no tiene para él ninguna prohibición; eso es cosa de los hombres, no de los animales. Su pelambre negra absorbe toda luz y su presencia pasa como un soplo de hojas, o bien sin ser percibida. Los ojos gatunos atisban los cuartos y sus habitantes; por entre los resquicios, va asomándose a esa existencia.

La mujer joven, con una soltura que solo puede dar la intimidad, se deshace de sus zapatos y ropa, dejándolos en la silla, en el ropero y en el buró. La desnudez aparece en segmentos o total: los pechos y pezones presumen su juventud, las piernas firmes confirman la belleza desplazándose por la estancia. Tras la cortina, el nahual observa la escena, se complace en la observancia, goza al placer de observar sin ser descubierto, se deleita al develar la intimidad, los secretos oscuros, los enigmas de la mujer soltera; disfruta al descorrer la gasa de la intimidad más celosamente atesorada.

La mujer, ante el espejo, se deleita consigo misma, al ver sus perfiles reflejados, sus contornos curvos y suaves, su cabello suelto y perfumado; sus piernas abiertas, casi en arco, confirman su solaz soltura. El nahual casi puede advertir, en los perceptibles gestos de la cara, los pensamientos secretos, sus deseos más recónditos. Son las sonrisas de un bello recuerdo, las miradas lujuriosas a su cuerpo, las caricias a los labios o los gestos jubilosos de un deseo latente. El nahual arquea su cuerpo, trata de alcanzar, tras el vidrio, a aquel ser deseable por sus formas de Venus. La Venus del nahual no sale de la espuma del mar y de una concha, sino que su espuma es, a veces, el velo que hace disimular al cuerpo; otras veces, es la transparente gasa que hace ver las cosas menos crudas y más perfectas, y la concha donde guarece no es marina, sino terrestre, y esa concha es la habitación que cobija y protege.

El nahual se asoma a otra casa y es el baño, donde la señorita alista los enseres propios para entrar a la regadera. El ojo atraviesa las paredes, atisba los contornos, las variantes, la tez y los movimientos. Es una máquina de la observación, del arte de apreciar la hermosura; cosa distinta es el fisgoneo morboso y trastornado que lastima y contamina al apreciador de las formas perfectas y femeninas. No hay nada de perturbado en ser el advertido de la belleza y ser el fiel esclavo de adorar las efigies de las ninfas en la tierra. Observa y la observada se pasea la espuma jabonosa por la piel turgente, la mata húmeda y negra resbala pegándose al cuello y la espalda. El torso late su vida, pulsaciones que casi imperceptiblemente hacen vibrar los senos duros y serenos; el pezón amorenado y sin mácula se enfrenta a las gotas caprichosas de la regadera, que, urgentes, quieren surcar por todo aquel paisaje curvoso y en algunos sitios velludo. Los brazos suben y bajan recorriendo los extremos, reconociendo cada segmento; la gimnasia se aprecia solemne, ritual, casi religiosa; ejercicio que, al tallar y hacer espuma, se transforma en magia blanca y burbujas. La cara recibe las gotas ignotas del beso epidérmico, que cruzan haciendo malabares en hilos plateados. El calor de las lágrimas acuáticas abre los poros y respira el alma; su licuación del aura se entrevera en el vapor que danza hasta el techo, donde se condensa. El sonido chisporroteante del agua es como una danza de Centauros celebrando sus orgías eróticas, es la fiesta alrededor del cuerpo afrodisíaco.

El ojo nahualesco no esperaba un sopapo en la testa:

—¡Pinche chamaco cabrón!, conque estás espiando a mi hija, te voy a poner tu merecido: toma, toma, ¡y toma esto otro! —¡Pac!, ¡cataplum!, ¡soap!, ¡pun!, ¡ouch!, ¡crack! ¡Snif! — Y no vuelvas por aquí… ¡Libidinoso!

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